De entre el cielo y el infierno, llegan las palabras al mundo terrenal.

Allí donde las letras son, y son por sí mismas; como las divinas ubres que dan de mamar al famélico poeta. Amasijo de letras traicioneras que se unen en sangriento motín para petrificar los vientos de lo que puede ser; y altaneras juegan a crear mundos que no pueden ser. Son estos mundos los que le sirven de compañía al poeta, que se siente resguardado y protegido en ellos, como se siente el borracho en compañía de la embriaguez.