“Noche de brujas”

“Encuentro en el mal un atractivo bastante punzante para despertar en mí todas las sensaciones de placer y me entrego a él sólo por él, y sin otro interés que él en sí mismo”

 

Durcet, el banquero.

En aquel sitio apartado unos niños llamaron al timbre de la casa número 69. Se trataba de una pandilla de críos de entre siete y nueve años, eran cuatro: dos niñas y dos niños. El motivo de la visita aquella última noche de octubre era el de que se celebraba “La noche de brujas”.

Pasaron unos segundos antes de que la puerta se abriera, desde el exterior los niños esperaban tímidos pero ansiosos, se soplaban el aliento infantil en sus manoplas para calentarse y sus mofletes reflejaban el color de la vergüenza. Al fin salió un hombre repeinado, vestido muy elegante, hermoso hasta lo sobrenatural,  de buena planta, su edad oscilaría entre veintitrés y veinticinco años, tras de sí parecía envolverle un áurea blanquecina y en sus ojos rutilaban pensamientos ocultos que, salvaguardando la perspectiva de los más pequeños; cualquier persona ya formada advertiría que tras esos ojos verdes y chispeantes más que ocultar, se reflejaban las más siniestras intenciones.

-“¿Truco o trato?”. Gritaron todos al unísono y, mientras una risa tímida les trepaba por la garganta, aquel hombre dijo:

-“¡Oh, si son unos pequeños niños disfrazados! ¿Qué os a traído a mi casa?” El hombre les dirigió una sonrisa maquiavélica.

-“Truco o trato señor, -dijo el más diminuto de los cuatro. -“Tiene que darnos algo o si no le daremos un buen susto”.

Después, las mismas tímidas risas volvieron a contagiarse entre las cuatro criaturas, que miraban con sus ojos muy abiertos bajo el resguardo de las máscaras “terroríficas” que llevaban.

-“¡Oh niños! ¿Asustarme a mí? ¡Qué divertido! Bueno- continuo- la verdad es que no tengo nada para daros, no os esperaba ciertamente”.

-“No pasa nada señor, -dijo una niña encantadora que iba disfrazada de bruja- “Nosotros ya nos vamos”, concluyó.

Cuando los niños se disponían a irse no demasiado contentos, el hombre dijo:

-“¡Esperad niños, esperad! Se me ocurre una magnífica idea. Pasar dentro a mi casa y coger lo que más os guste, yo os dejaré llevaros lo que queráis”.

Los niños, que ya se habían dado media vuelta para seguir la ruta de “truco-trato”, cambiaron de parecer y gritando de pura felicidad cruzaron el jardincito que les llevaba hasta el interior de la casa. El hombre les guió a través de un largo y estrechado pasillo que parecía no tener fin. Las paredes estaban iluminadas tenuemente por pequeños “farolillos” cuya luz era tan siniestra como agradable a los ojos, pues no era muy distinta a la luz vespertina. Sobre las paredes que formaban aquel infinito pasillo se presenciaban imágenes que reproducían una serie de escenas de índole bíblico, especialmente todas aquellas que guardaban relación con la expulsión del paraíso y el nacimiento del demonio.

Toda la serie era realmente hermosa y digna de una atenta contemplación, incluso para un grupo de mocosos que miraban ensimismados todo el repertorio: Adán y Eva se tapaban sus partes pudentas y tenían el rostro cubierto de lágrimas, en lo alto, un hombre corpulento, vigoroso y autoritario les señalaba acusándoles con el dedo índice de la mano mientras se rascaba una voluminosa barba y miraba a los dos cónyuges de forma inquisitoria. Alrededor de los mismos había un cortejo de ángeles que parecían burlarse de los expulsados.

En otra de las escenas aparecía este mismo señor en una postura rígida sobre un trono que resultaba ser de oro y que se erguía sobre un mar de pomposas y blancas nubes. Frente a él había un ángel, quizás el más bello que jamás hubo en el cielo, tenía las alas desplegadas mostrando toda su envergadura, yacía sin postrarse, (no como el resto de los ángeles que le rodeaban) desafiante ante aquel hombre extraño y distante que solo parecía estar enfadado.

En la última de las escenas que daba fin al alargado pasillo, se mostraba a ese mismo ángel en un lugar remoto, desapacible, rodeado de una tierra negra que le abrasaba la piel. Unos cuernos le desgarraban la frente, mostrando un rostro sombrío, los ojos hundidos y melancólicos del ángel reflejaban  el aborrecimiento y el desprecio más grande que un alma pueda descargar sobre sí misma.

Confiados, aquellos niños anonadados encabezaban la marcha, tras ellos, el hermoso joven (que guardaba cierto parecido con él ángel de aquellas pinturas). Llegando a una puerta que quedaba a mano izquierda,  justo cuando el muestrario terminaba, el bellísimo anfitrión anunció:

-“Bueno, mis pequeños amigos, es la inocencia una mala yerba que crece en el alma joven y conviene extirparla cuanto antes si uno no quiere permanecer en el delirio de la idealidad, por ello, he considerado de máxima importancia que comencemos por esta habitación, creo que será una buena forma de empezar la visita”. Los niños, no estando seguros de lo que quería decir exactamente aquel hombre extraño, asintieron y esperaron.

Dicho esto, el joven se abrió paso entre el grupo de niños y abrió la puerta. Al entrar, lo primero que vieron fue una tétrica habitación, tenuemente iluminada por una luz crepuscular: había dispuesta una butaca sencilla y frente a ella un televisor encendido donde se proyectaba una película pornográfica. Sentado sobre la butaca, gritando de júbilo, se encontraba un ser  abracadabrante y libertino, se meneaba una polla descomunal que parecía estar a punto de derramar grandes cantidades de semen. El chasquido húmedo que emitía el enorme glande se mezclaba con los gemidos desgarradores de uno de los personajes que gritaba desesperadamente tras ser enculado por un negro viril como un caballo. De la frente del negro manaban gruesas gotas de sudor y bajo ellas brillaba de forma esplendente una hermosa esvástica:

-“Scheiße! oder Scheiße! gehen in Ihren Asslog zu kommen!“ Eso decía el negro libidinoso y  follador con la boca inmensamente abierta que toda ella era como una cueva oscura dónde resplandecían unos dientes brillantes como el cuarzo. El enculado, que padecía la montura de aquel efebo más negro que el ébano, pronto pareció morirse de placer cuando comenzó a correrse de forma abundante. El negro, una vez concluida la misión de satisfacer a su amante, sacó del honorable agujero su polla inconmensurable y comenzó a agitarla sobre la espalda del folladísimo hombre que no paraba de gemir extasiado: “Cum, Schwarz cum Hölle, Sperma auf meinen Rücken!” a lo que el negro comenzó a eyacular contundentemente yéndose con un clamoroso: “Ich liebe dich Hitller!”.

Tras tremendo espectáculo, los niños, aterrorizados, formaron tal alboroto que, el ser, girándose iracundo hacia la puerta y fastidiado por que se le había cortado en la cúspide del orgasmo, con los ojos centellando de rabia, dijo:

– “¿Qué está pasando aquí Lucifer? ¿Cómo te atreves a entrar en mi cuarto así de sopetón cortándome de raíz el paroxismo de mi placer?”.

Aquel ser satírico y desagradable era tan feo que ni siquiera la imaginación de un loco podría igualarlo: además de ser calvo, gordo y dotado de una polla impensable, también era enano,  vulgar y apestaba a estiércol. Sus ojos despedían un odio y una rabia atroz.

-“Ten cuidado Cupido de no hablarme así delante de mis amigos- agarró a dos de ellos por las espaldas a modo de presentación y empujó con delicadeza al resto hacia la sala- si me vuelves a faltar el respeto no dudaré en darte cien mil latigazos como la última vez”.

Esto dijo Lucifer sonriendo a Cupido de una forma tan agradable que disipó de un golpe sus malos humores. De la misma forma que un aire puro barre del cielo las negras y preñadas nubes que amenazan con descargar una fuerte tormenta y en el cielo vuelve a reinar la calma y la serenidad; así se pacificó también el alma de Cupido que haciendo un gesto de disculpas dijo:

-“De verdad Lucifer que eres una caja de sorpresas -señalando a los niños continuo- ¿y estos niños? ¿Son acaso un presente para el alma desdichada de tu amigo?”- con un ademán de particular interés insistió- “¿son para mí no es cierto, por qué si no ibas a traerlos hasta aquí?”.

A todo esto, los niños no dejaban de sollozar y temblar de miedo, uno de ellos, el más pequeño, se había orinado encima y tanto era el miedo que tenía como larga fue su evacuación, pues no solo mojó notablemente su entrepierna, si no que formó un charco lo bastante grande como para que éste invadiera parte de la sala. Además, la orina del niño despedía un olor bastante delicado que las narices de Cupido no pudieron  aguantar la tentación de acercarse.

-“¡Oh! -Exclamó Cupido- ¡no puedo si no sucumbir ante esta ambrosía!”.

Empezó a sorberlo en intervalos cortos para degustarlo, después lo lamió muy ansioso hasta que quedó todo más limpio que una patena. Era más que cierto que a Cupido le entusiasmaba el pis, especialmente si este era trasparente y virgen y, si no fuera por la mirada penetrante de Lucifer que contemplaba la escena con auténtico asco; bien pronto la desinflada polla de Cupido volvería a alzarse de nuevo con su característico vigor.

-“¡Basta ya! ¡Asquerosa criatura del infierno! -y esta vez  sentenció colérico- ¡Deja de hacer estas marranadas delante de mis amigos o juro que te atizaré hasta el mismísimo día del juicio final! Estos niños no son para ti, ni mucho menos para que te entregues con ellos a tus malvadas depravaciones. Estos niños han venido aquí porque es “noche de brujas” y quería que conocieran mi casa. “Además -continuó diciendo Lucifer en tono más pausado- ya sabes lo que te hará el de arriba si se entera de que desfloras a unas de estas preciosas criaturas, ya sabes que Él las quiere vírgenes, ya sabes que le hace muy feliz bañarlas con su torrente divino”.

-“Sí, ya sé -contestó Cupido un poco triste- Él es el más pervertido de todos”.

Una de las niñas, la única que no tenía congelado el habla por el miedo, aunque estaba igualmente aterrorizada, exclamó entre lágrimas:

-“¡Nos queremos ir de aquí! Déjenos marchar señor, por favor, ya no queremos coger nada ni ir a ningún sitio más, ¡solo queremos volver a nuestra casa!”.

-“¡Oh no! Dulce niñita, aun no hemos concluido la visita, de aquí no se va a ir nadie hasta que yo lo diga”. Diciendo esto, les lanzó tal mirada que hubiera bastado para congelar el corazón de una ballena. Volviendo a dirigirse a Cupido, dijo:

-“Ya sabes Cupido, amigo, que solo aquel que establece la norma también conoce la trampa y a nadie más que a Él le corresponde disfrutar de los más viciosos y corrompidos placeres. Solo Él sabe como enmascarar la virtud y, envuelta así en bella crisálida, dejar crecer la larva del vicio.  ¿Cómo si no iba a ser Él el creador?”

-“¿Y quién le otorga ese título?”- añadió Cupido que, aun de sobra conociendo la respuesta, no por ello dejaba de preguntar, pues así es el angustioso espíritu del conocimiento: un laberinto con muchos caminos pero sin ninguna salida. Lucifer respondió sonriendo:

-“Él mismo Cupido, iluso. Él es el padre y el hijo, solo el que se crea así mismo puede otorgarse el título de “Rey del universo””.

-” ¿Y cómo puede ser tan arrogante? Además- seguía Cupido mientras lloriqueaba- ¿con qué derecho nos obliga a ser cómplice de sus maldades? Si es tan perfecto ¡Don perfecto! ¿Qué necesidad tenía de someternos a la erogenia de nuestros sentidos? ¿Por qué no somos si no esclavos de nuestro propio deseo? ¿Por qué? ¡Lucifer!.-Cupido, muy desolado, se inclinó hacia Lucifer y besándolo en las manos mientras lloriqueaba y sufría como los mismos niños que presenciaban atónitos la escena, continuo diciendo -¿por qué estoy condenado a no poder dejar de masturbarme? ¿Qué culpa tengo yo de ser así sin poder remediarlo? ¿Por qué somos siempre los malos de esta historia, Lucifer?”.

Las lágrimas brotaron imparables de los ojos de Cupido, que lloraba ahora junto a los niños, como si fuera uno más compartiendo su amarga existencia.

-“¡Me das asco Cupido! ¿Pero qué coño estás haciendo? Eres tan débil como un hombre, como estos niños. Ya sabes que “los caminos del señor son inescrutables”. No te quejes más Cupido o no saldrás nunca de este purgatorio” -rechazando los besos y los lloriqueos de Cupido les dijo a los niños en tono satírico- “Mirad niños cómo llora el gran Cupido, antes en boca de poetas, ahora desdichado ¡arrastrándose como el más miserable de los gusanos! ¡Vámonos de aquí! ¡Apesta a debilidad!

Así fue como Lucifer y los atemorizados niños abandonaron al pobre de Cupido, que una vez solo de nuevo, olvidando toda su tristeza comenzó a entregarse una y otra vez a los vicios más deleznables.

Al salir de la sala y con el corazón en un puño, otra de las niñas alzó la voz y preguntó:

-“¿Ya nos vamos de aquí señor? No me gusta más este juego y el señor canijo ese de ahí nos daba mucho miedo”-comenzó a llorar- “¡Solo queremos ir a nuestra casa señor!

Lucifer, conmovido por tanta dulzura se inclinó ante la niña y con una voz más tranquila que las aguas de una laguna les dijo:

-“Siento este mal trago que os hice pasar, mis queridos y dulces niños. Todavía no hemos terminado la visita, pero no os preocupéis, aún es noche cerrada y antes de que despunte el alba, os pienso llevar al mejor de los sitios posibles. Por ahora os llevare a arriba, donde el desván, allí  conoceréis a unos viejos amigos.”

Dicho esto, giraron todos en grupo hacia la derecha, los niños como al principio encabezaban la marcha y detrás Lucifer, siempre sonriendo y con una cara tan hermosa y una voz tan serena, que muy desconfiado había que ser para no sentirse seguro en compañía de un ser tan celestial. Todo esto era del todo cierto, la belleza de Lucifer era inigualable, y si como dicen, fue Narciso el que mirando extasiado su imagen reflejada en el estanque, sin poder apartar sus ojos de la belleza que emanaba de sus propio rostro, terminó muriendo por  agotamiento; claro está que no fue de su imagen de lo qué quedó prendido, si no de la del mismo demonio, pues Dios así lo quiso y le creó dotándole de la más inimaginable belleza, Lucifer (ángel de luz) y así lo hizo para después vengarse de su propia obra, habiendo creado en realidad a un monstruo bajo la piel de un ángel. Así como su belleza no tenía competidor, tampoco su crueldad, una crueldad astuta e infinitamente malévola, porque así había sido dispuesto  y es imposible ir contra la naturaleza de uno mismo.

Siguiendo el recorrido por la derecha toparon de lado con un habitáculo que olía muy fuerte, realmente repugnante, como el que se desprende de un cadáver descompuesto. Como era de suponer, un olfato sensible y poco acostumbrado como el de un niño, no tardó mucho tiempo en hacer reacción con su delicada fisionomía, por lo que uno de los chicos comenzó a vomitar de tal forma que poco hubiera faltado para no quedar completamente vacíos los aposentos de su estómago y, como una reacción en cadena, todos comenzaron a vomitar por turnos, igual que si formaran todos ellos una orquesta de la inmundicia. El joven, no dejando de disfrutar ni por un instante de tanta ceremonia, rompió a reír a carcajada limpia y les decía a los niños:

-“¡Niños, niños, ya vale! ¡Caray! ¿Acaso queréis matarme de la risa?

-“Señor, aquí huele muy mal, por favor ¡déjenos salir de aquí!”- Dijo una de las niñas y esta vez, debió de ser menos lúcida que la otra, pues ¿Acaso podría una esperar la más mínima consideración de parte del mismísimo diablo?

-“Basta ya de cháchara, ya os he dicho que de momento iremos al desván. ¡Vosotros!” – y señaló en tono autoritario- “¿veis ese armario que está empotrado allí en la esquina? ¿Lo veis?” -los niños asintieron blancos y destemplados- “pues quiero que os metáis dentro y no salgáis hasta que yo vuelva del desván”-y siguió iracundo- “cómo se os ocurra abrir la puerta del armario antes de que vuelva, pienso cortarle yo mismo la polla al idiota de Cupido y estrangularos con ella como a dos alimañas”. Tras una pausa de silencio absoluto y en un tono mucho menos severo continuo diciendo: “¿me habéis entendido mis queridos e inocentes niños?” Sin rechistar, los dos niños se metieron en el armario sintiendo algo de alivio, como si todavía albergaran en sus ilusos corazones la más mínima esperanza de salvarse. Después, el diablo agarró cariñosamente de la mano a las dos niñas que ya no tenían otra voluntad más que la del miedo que les inspiraba. Salieron los tres del hediondo habitáculo y, si no os contara lo que os he contado, seguro estoy que coincidiríais conmigo en que la escena era de lo más tierna…

Por otro lado, respecto de la advertencia que el diablo les hizo a las criaturas, no penséis ni por un segundo, que se trataba de una advertencia real, pues solo por el gusto de meter miedo a esos inocentes niños les había hablado de esa manera, bien sabía Lucifer que de la casa del demonio nadie pude escaparse.

Saliendo pues del habitáculo, llegaron a una escalera con forma de caracol que ascendía hacia confines insospechados y de nuevo, las niñas delante y él detrás, comenzaron un prolongado ascenso de casi dos horas. A medida que subían por aquellas escaleras, aumentaba notablemente  la temperatura y las niñas, sudando por todas partes como las manos de un herrero, comenzaron a desnudarse poco a poco como si estuvieran en trance, sonámbulas, sin poder discernir si era todo aquello una pesadilla o simplemente la cruda realidad. No tardarían en estar completamente desnudas, sus cuerpos virginales y por formar, relucían ante los farolillos que iluminaban el ascenso. Además, desprendían un olor característico, más suave y agradable que el de cualquier flor, era más bien como el olor de lo que está por florecer, de lo fresco. El diablo sabía que este olor excitaría de forma muy placentera a los amigos que aguardaban en el desván, esperando al más exquisito de los postres.

Dieron con la puerta del desván, una puerta carcomida por el tiempo y surcada por pequeñas grietas desde donde se apreciaba una luz muy fina. Lucifer abrió sin avisar, de la misma forma que antes con Cupido, pues al diablo le era muy de su agrado pillar a sus inquilinos en plena fechoría. Al entrar empujó a las niñas, que cayeron de rodillas ante los ennegrecidos pies del Arcángel Miguel, el único que custodiaba el desván con fidelidad insuperable. El Arcángel Miguel, como todos los Arcángeles, era de un feo y una suciedad espeluznante. Todos ellos no eran más que una cuadrilla de proxenetas y viejos verdes al servicio siempre de lo que dictara su Amo, qué era el Ser más sádico de todas las criaturas que habitaban en el universo. Su crueldad y visceralidad superaban con creces a las del príncipe del exilio, su inmoralidad no conocía límites y el odio que sentía hacia toda su creación se reflejaba especialmente en lo que él mismo denominó “el mundo terrenal”. En aquel mundo absurdo y contingente se cumplían a la perfección todas sus macabras fantasías que desde el desván imaginaba: guerras, epidemias, torturas, violaciones e injusticias de toda índole asolaban una y otra vez el mundo que Él mismo había diseñado para celebrar de una forma sublime, el más exacerbado de los sufrimientos. Allá dónde el sol de la existencia extendiera los rayos de la vida, todo quedaba bajo la jurisdicción de lo efímero, de lo caduco y de lo corrupto. Toda la vida consiste en redirigirse hacia la nada y la destrucción, pero mucho antes de alcanzar la nada, los seres vivientes no podrán abandonar su mundo sin llevarse a la tumba el más desagradable de los recuerdos, pues todos ellos deberán padecer mil inclemencias, sufrir mil infortunios y experimentar mil laceraciones. Así era la naturaleza  malévola de este ser supremo, que especialmente se había ensañado con su creación más “divina”, el hombre,  al que le había introyectado todo su veneno, para que este se extendiera degradando toda su dignidad y viviera siempre en sentimiento de pecado y auto negación perpetua.

Una vez dentro del desván, Lucifer anunció al Arcángel:

-“Aquí os traigo un buen regalito, ellas estarán encantadas de serviros como más os plazca, pero recordar que no podéis desflorarlas hasta que Él las posea, después son vuestras. En caso de que Él las rechace, que no lo creo, dile a “Sariel” que no se le ocurra encularlas hasta que regrese del banquete, no me gustaría perderme  todo lo que le haréis a estas inocentes criaturas.” A lo que el otro, con ojos de carnero degollado, respondió:

-“Lucifer, ahora no nos puedes hacer esto, ya sabes que precisamente Él hoy no está para libertinajes de este tipo. Continua reconciliándose consigo mismo, la última orgía que se practicó con su hijo y el Espíritu Santo no le fue nada bien ¡Es más!, -continuo  el Arcángel Miguel- estoy convencido de que no lo conseguirá nunca…”.

Tras unos instantes de vacilación, Lucifer, en tono irónico pero sutil, respondió:

-“Entonces, querido amigo, será mejor que me las lleve, porque, quién sabe, quizás solo tengáis que esperar una eternidad hasta que se reconcilie y eso, ¡si aún en la eternidad lo consigue!”.

Lucifer conocía muy bien la lubricidad que bullía en alma de estos pervertidos y tras hacer un amago de inclinarse a por las niñas, que yacían taciturnas y olvidadas a los pies de sus dueños; el Arcángel, con espíritu temeroso y ojos dubitativos, finalmente se decidió y dijo:

-“¡No! espera, espera Lucifer. Déjanoslas, será una dura prueba de fe frente al pecado, de voluntad frente al desasosiego y en definitiva, la prueba verdadera de que nosotros no somos cómo tú, Lucifer. Porque nosotros, condenado demonio, somos los auténticos guardianes de la virtud.

-“¿Y qué virtud es esa mi degenerado amigo? Dime ¿es acaso por ventura más grave pensar en el pecado que ejecutarlo? ¿Crees en enserio que aun sin tocar a estas preciosas niñas, aunque ni siquiera las olfatees como un lujurioso perro con tu sucio y vicioso hocico, podrás salvarte de ese pensamiento tuyo que esconde la más depravada de las perversiones? Porque amigo mío, ni el alma más ascética podrá nunca librarse de la tentación”.

-“Tu lengua de serpiente desgasta mis oídos y contamina el aire, Lucifer-respondió enojado el Arcángel- Sea cual fuere la cuestión nada me importa y, puesto que solo has venido para traérnoslas, ¡ya estás tardando en volver a tu inmundo agujero! Además, lo que hagamos o no con estas niñas  ya no es de tu incumbencia, ahora somos nosotros sus dueños y ellas-señalando hacia las niñas que continuaban postradas bajo sus pies- nuestras siervas”.

Tras lo dicho, llamó al instante a el Arcángel Gabriel, el mensajero celestial, que relamiéndose los labios como un perturbado, agarró a las niñas por los cabellos como si ya no fueran más que unos desgraciados animales que van al matadero y, entre lloriqueos y súplicas, las arrastró hacia lo más profundo del desván lejos de la mirada del atento Lucifer que observaba la escena con cierta simpatía. Finalmente, Lucifer dijo:

-“Hacer lo que más os plazca, vosotros mejor que nadie sabéis como disfrazar de dulces mentiras la verdad más amarga, pues no habéis podido tener mejor maestro. Decirle al de arriba que no las quiero de vuelta, que una vez usadas no me interesan y decirle también que no abuse de su “torrente divino” que por ahí abajo piensan que de tanto uso está perdiendo facultades”.

Con estas burlonas palabras se despidió el demonio de su viejo compañero. No podía cesar de imaginar las más guarras obscenidades que aquella pandilla de degenerados sexuales acometerían contra aquellas jóvenes criaturas: imaginaba las manos de aquellos trepando por los cuerpos desnudos como tarántulas, hundiendo sus dedos en los orificios todavía impolutos de pecado. También les imaginaba olfateando esos cuerpos virginales y desnudos, clavando sus asquerosos hocicos entre las nalgas o incluso deslizando sus viscosas lenguas entre la vagina y por el ano de la forma más voluptuosa.

Lucifer salió del desván, se dirigió hacia las escaleras descendiendo tan rápido como pudo. Una sonrisa pintaba su boca y un hambre atroz le rugía en el estómago, ahora, le tocaba a él entregarse a sus pasiones, había trabajado muy duro aquel día y se sentía un poco cansado.

Como era de esperar, encontró a los niños en el mismo lugar,  abrazados dentro del armario, con la tez blanca y muy asustados. Una vez salió con los suyos del habitáculo volvió hacia las escaleras, pero esta vez no se dirigían hacia arriba, si no que de forma invertida, descendían hacia el mismo interior de la tierra, el verdadero centro del terror, donde las fantasías más desdeñables de Él creador se convierten al fin en auténticas pesadillas. Allí empezaba el verdadero reino del mal, dónde Lucifer y no otro, era el señor legítimo, el príncipe de las tinieblas. Si durante el ascenso, la temperatura iba subiendo a cada peldaño, aquí sucedía justo al contrario, cosa natural, ya que para descender hasta lo más profundo del infierno hace falta tener la sangre fría y el corazón de piedra.

Al contrario de lo que os podáis imaginar, el infierno o en este caso el sótano, como el cielo en el caso del desván, era de una limpieza impecable y, en lugar de que apestara a huevos podridos, un aroma a mirra y jazmín inundaba todo el espacio como si no hubiera un lugar más puro ni agradable en todo el universo. El recinto era tan extraordinariamente vasto que ni la vista de una lechuza podría discernir el horizonte. No sabía uno ciertamente si estaba al principio o al final y lo único que se extendía a la vista de los niños era un mar de adoquines de color lapislázuli. La primera sensación que se experimentaba era quizás la de un olvido absoluto en la nada  y el vacío: un lugar insuperablemente tranquilo. Sin embargo, todo en aquel lugar fluía según la caprichosa voluntad del diablo y en no menos de lo que tarda el aleteo de un insecto, los dos niños y el maligno aparecieron frente a la mesa de un banquete colosal.

Allí se estaba celebrando un festín en honor “al día de todos los santos” había varias mesas dispuestas de madera de Caoba, tanto la cubertería como la vajilla eran de un marfil finísimo y en variedad de platos y comida no había límite siendo todo de la mejor calidad posible. Entre los principales comensales que ocupaban la mesa se encontraban: la muerte, la más hermosa dama que hayan visto por última vez los ojos de un moribundo y esposa de Lucifer, el miedo; hijo éste del demonio y la muerte, Tomás de Aquino, filósofo gordo y robusto como un buey, ser vicioso, vengativo y de un resentimiento tenaz, Adán y Eva; hijos por adopción del propio demonio, que se habían cosido los labios con metal, al igual que los ojos y además se habían amputado los genitales y el clítoris. (La vergüenza y especialmente el resentimiento que tenían hacia sí mismos, les había inducido a cometer estos actos indecentes con su propio cuerpo). Por último, estaban las furias. Estas últimas se encargaban de servir y preparar la comida, su alimento principal son las almas de los inocentes, pero como al infierno, suelen llegar realmente muy pocas almas de este género, su aspecto era bastante famélico y desagradable.

“-Llegas al fin, ¡oh querido! Mi corazón de hielo latía fuertemente por tu ausencia”-dijo la muerte.

-“Mi queridísima esposa, yo también te he añorado. Bueno, en realidad os añoré a todos, pues quién es el diablo sin su primogénito, sin la bella muerte, sin sus furias, o sin ese odio hacia sí mismo como el que comparten conmigo Adán y Eva.”

-“¿y qué noticias traes?- dijo Tomás de Aquino mientras devoraba un trozo de ternera asada- ¿qué noticias del mundo de los hombres?”

-“Bueno, siguen engañados, ya sabéis, su alma es endeble como un arbolito bajo el vendaval, siguen sin entender nada, albergan la esperanza de una salvación eterna”. En esto, Tomás de Aquino se atragantó con un trozo de muslo de ave y, ya fuera por el hecho de tapar una de las aberturas principales de su cuerpo o por cualquier otro motivo, en tanto que se tapó la boca para no toser encima de las fuentes de comida, le salió de improvisto un pedo descomunal que fue recibido de lo más contento entre los comensales. Un poco ruborizado e intentando retener los impulsos naturales de su estómago, con el fin de seguir la conversación, dijo:

-“La esperanza de los hombres no tiene parangón, siempre soñando, eludiendo la crueldad, magnificando la vanidad. Han rehuido de ellos mismos, se han negado alejándose de sus instintos, pero un día llegará que se exterminen y entonces al fin reinará la paz en el mundo y no habrá más que la nada ni mejor melodía que el silencio”.

-“Me alagan esas palabras del dulce Aquino -dijo la muerte- creo que entonces podré descansar junto a mi hijo y mi bello marido, sin que nadie nos moleste y siendo completamente libres.”

-“No olvides, mi esposa querida, que siendo tal la maldad de El Creador, nos creó de tal forma que aunque no hubiera nada sobre lo que practicar el mal, la muerte o el miedo, jamás podríamos dejar de hacerlo. Pues, nuestra naturaleza es como la de un genio que aun estando durmiendo y no fuera la causa de un desorden concreto, esta maldad implícita en su ser seguiría incrementándose hasta la corrupción total e incluso se propagaría más allá de su existencia”.

-“¿Y qué seres has traído contigo, querido padre?”-pregunto inquieto el miedo al ver como temblaban de pies a cabeza esas indefensas criaturas.

-“Son nuestros invitados de esta noche, sus almas serán para las furias y a cambio de este considerable detalle, nos prepararán el guiso  más suculento que hayáis probado nunca.”

-¿Y de qué será el guiso, padre?”-preguntó el miedo de nuevo.

-“¡Oh, de lo más exquisito, pues que hay más tierno, querido hijo, que las nalgas de un niño?”

Todos sonrieron y aplaudieron la propuesta, pues nadie podía contradecir al diablo,  mucho menos cuando se trataba de una propuesta tan generosa como la que se les presentaba aquella noche. Entonces, en forma de preludio de aquel irresistible festín, preguntó:

-“¿Alguien tiene alguna sugerencia antes de que las furias empiecen a elaborar su guiso?”

Durante unos segundos todos se miraron expectantes, finalmente, Tomás de Aquino, que en materia de imaginación no tiene competidor, dijo:

-¡”Oh, se me ocurre una desmesurada pero genial y divertida idea!”-rascándose un poco las barbas continuó- vamos a solicitar que antes de que nos sirvan el plato de nalgas, ejecuten  sobre sus pequeños cuerpos indefensos, las más brutales torturas que se hayan visto nunca. Creo, Lucifer, que eso nos alegrará mucho la noche y todos disfrutaremos de algo tan placentero como inaudito”.

-¡Vaya! Sin duda Aquino está muy lúcido esta noche, ¡me parece una estupenda sugerencia!- dirigiéndose a las furias, ordenó- ¡Sea lo que Aquino dice! pues no hay nada en esta vida que me produzca tanto placer, ni me inspire más deseo que el hecho de ver sufrir a otras criaturas, pues es de la vista del que no goza de donde se concluye aquello de “soy más afortunado que él””.

De esa forma se hizo para complacer a los comensales, y uno tras otro, los dos niños fueron cruelmente sodomizados. Pusieron mucho orden y empeño, trabajaron con elegancia y la velada fue de lo más agradable.

 Irineo Leonel

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s