I – La busqueda de Deseo

Erase una vez.
Es una bonita forma de empezar cualquier historia. Sea real o imaginaria. Pues, ¿qué es la realidad sin la ficción? ¿a que aspira lo terrenal sin el trascendente imaginativo que insufla oxígeno a la candente llama de la experiencia? Una mirada perdida que observa por detrás de la lluvia. ¿Pero que observa?


Personajes soñados. Algunos vulgares, otros excitantes y otros necesarios. Todos ellos partes de una canción altisonante y orgullosa con toda la fuerza del Yo.
Paisajes de fabulosos bosques con ruinas antiguas y honorables. Recintos de serenidad, curiosidad y severidad donde las hojas secas de la historia se mezclan con los tibios brotes de un campo irlandés, olores de orquídeas florecidas y el incienso embriagante del sopesar.
¿Cuándo era ese “erase una vez”? Fue antes de la Realidad. Cuando el pasado y el futuro eran uno, sin conocer al terrible presente.
Es entonces cuando un viejo ermitaño, con cachava nudosa de avellano y capa gastada de tosca lana, corre inquieto entre las columnas de alabastro que, con aires de grandeza, intentaban emular las glorias de Grecia y Roma. Sus sandalias resuenan por las losas de mármol, adornadas con motivos arcaicos y encumbrados, creando ondas sonoras, apresuradas y mudas ante el peligro. El viejo sujeta un grueso libro encuadernado en un cuero granate tan oscuro como los secretos que se ocultan tras él.
El anciano, mezcla de druida, monje franciscano e ilustrado enciclopedista; había vivido olvidado del tiempo. En sus largos días y oscuras noches, la rutina del estudio, serio y concienzudo, ocultaba el lento fluir de las arenas de su reloj. Por lo menos hasta ahora, en la que ni todo el aire que llenaba el arcano templo podía liberarlo de su ahogo espástico.
Corre nuestro anciano mirando su retaguardia a cada paso. Se apoya en las columnas para recuperar brevemente el aliento pero, sin perder el ahora existente tiempo, vuelve a correr sacando las fuerzas de lo más profundo del miocardio.
La luna observa curiosa al apresurado viejo iluminando con plata pulverizada los últimos metros de la inmensa galería. Una puerta sobria presenta una playa bañada por un mar tranquilo con olores de olivo y palmito.
No eran más que unos pocos escalones hasta la arena, pero las viejas sandalias no pudieron mantener en pie al aterrorizado sabio que su fin veía llegar.
Con la arena escondida en sus cabellos levantó la vista hacia el pórtico de piedra. Allí estaba ella.
Si pensamos en un pecado de pasión, ¿en que piel lo imaginamos? Quizás, en una bella sensualidad que resplandece suavemente. Un cascarón tan liso como el aceite que desprende una ligera luz azul muy caliente. Bailaría al andar como una cobra real y en sus pupilas se vería una avaricia felina. Así era Deseo.
Sus pies descalzos rozaron la arena sumergiendo sus dedos entre los millones de granos y el asustado arcano se arrastró hacia el mar como un gusano, aun sin soltar su libro y su cayado. Ella inclinó la cabeza mientras lo atravesaba con una mirada curiosa. El anciano lloraba y gemía pero calló súbitamente cuando una voz, que parecía provenir de las grietas por donde se cuela el aire en invierno, rasgó la noche estival. <> Luego una sonrisa consumió en llamas su cuerpo y sus pasos mancharon la arena con cenizas de hoguera. El viejo ya no tenía fuerzas ni para lamentar haber leído el libro que abrazaba desesperado. Solo se afanaba en respirar sus últimas bocanadas de aire mientras se preguntaba por qué adoraba beber conocimiento para llenar un corazón podrido de no sentir. Así se fue el primer hombre de este recién creado tiempo en leer los secretos del deseo y los muertos.

Ahora quiero imaginar su nombre. Le llamaremos Numerios.

SR. J. FAILURE

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