Sin duda alguna ¡Júpiter estaba allí!

Mi vecino, un tipo singular y extrovertido, con no pocas dotes de seductor, mujeriego, y que en definitiva, a pesar de mi condición sexual, no puedo sino admitir que resulta ser un hombre bastante atractivo, tiene el peculiar nombre de Júpiter. Dicho nombre, no viene dado en ningún caso por el hecho de que mi vecino sea un planeta, ni tampoco creo yo que mi vecino esté en condiciones de ser el auténtico rey de dioses, que en la mitología clásica fue conocido por el mismo nombre.

La verdad es que no perdería ni un minuto de mi vida contando esta historia y tampoco tendría valor para ello, si no fuera porque es una historia tan cierta como imposible.

Todo aconteció como de costumbre, durante uno de mis tranquilos y fructíferos paseos a media tarde, una tarde bellísima, ligeramente cálida todavía, a pesar de que el otoño se hubiera manifestado ya hacía tiempo, deshojando las copas de los árboles. Estaba pues paseando cuando de frente, en una estrecha y alargada calle, me topé con mi vecino Júpiter. Sin preverlo ni esperarlo, nos entretuvimos charlando durante largo rato, algo del todo insólito pues a lo largo de mi vida pocas veces había cruzado con él más de tres palabras seguidas y fue precisamente ahora, cuando le dio por confesarme uno de sus más extraños secretos: resulta que a Júpiter le chiflaba salir solo por la noche, bajo el resplandor de las estrellas, en pleno concierto de los grillos. Entonces buscaba algún lugar tranquilo, donde en alguna pared pudiera pegarse durante varias horas seguidas e intentar contra todo pronóstico convertirse en un chicle.

Evidentemente, todo esto que me contaba Júpiter era bastante disparatado y absurdo y es muy posible que quizás mi vecino no estuviera en sus cabales, pero atento a la conversación e intrigado le pregunté: “Bueno ¿conseguiste alguna vez transformarte en un chicle?” Mirándome con cierta ironía en tanto que el último rayo de luz en la tarde temblaba reflejándose por un instante en los cristales de sus gafas, contestó: “Ciertamente no, pero tengo auténticas esperanzas, pues trabajo mucho en ello y sé que algún día lograré mi propósito”. Realmente se trataba sin lugar a dudas de un propósito un tanto desorbitado, pero no le quise dar mucha importancia al asunto, pues estaba ocupado en otros pensamientos, así que finalmente, nos despedimos con cortesía y yo le deseé que siguiera adelante con ello y le dije que también estaba seguro de que si seguía poniéndole tanto empeño pues quizás algún día mi vecino Júpiter sería un verdadero chicle pegado en una pared.

Pasaron las semanas, unas tras otra, indiferentes, sin volver a saber nada de Júpiter y sus sueños, cuando llegando una noche a casa, ya entrada la madrugada, sentí unas terribles ganas de mear, necesitando parar inmediatamente si no quería mearme entero. Así que tomé el camino de tierra y me dirigí a unas viejas ruinas que antaño me sirvieron de refugio y juego infantil. Bajo la poca luz que había en el cielo nocturno, pude comprobar con asombro lo abandonado que estaba aquel lugar, salpicado de vegetación por todas partes, era como si todo el complejo fuera un cadáver y la vegetación lo hubiera devorado desde dentro, como sucede efectivamente con los cuerpos podridos que acaban carcomidos por su propia inmundicia.

Meé como solo Dios lo sabe, liberando a mi hasta entonces dolorida vejiga de la presión urinaria que la oprimía. Escurriendo la últimas gotitas de pis sobre el casi derruido muro de juegos infantiles, comencé a escuchar una voz tranquila que se elevaba tenuemente hacia los más encerado de mis oídos, mientras sentía un escalofrío recorriéndome la médula espinal y erizárseme cada uno de los pelos que poblaban mis brazos. Acercando mi oreja como el que espía tras una puerta, me apoyé en la pared y distinguí claramente que esa voz tan familiar y agradable era la de mi vecino Júpiter que me decía: “¡Ahora soy un chicle de fresa, pruébame!” Sin creerlo y con la sensación desagradable de que se me revolvían las entrañas, iluminé parcialmente con la luz del móvil la grieta desde donde se elevaba la voz de Júpiter y al fin pude distinguir, con total nitidez, un chicle arrugado y bien pegado, como solo Júpiter hubiera soñado; distinguí también sus pequeños e inteligentes ojos tras sus gafas de cristal, su nariz puntiaguda y sus mofletes sonrosados, bajo los cuales se dibujaba una sonrisa que se debatía entre lo diabólico y lo inesperado, sin duda alguna, ¡Júpiter estaba allí!

 Irineo Leonel

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