La Búsqueda de Deseo – II

El conocimiento era una musa que paseaba entre las polvorientas bibliotecas de este panteón de las ciencias. Pero había oscuras salas en la torre norte donde su sombra lujuriosa aparecía para mostrar misterios prohibidos. Dos candados de plata y uno de oro cerraban las puertas de la torre, pero aún se podía ver por las ventanas la atracción que producían sus siluetas.


Todos los ascetas estudiosos pensaban en los mensajes antiguos y poderosos que se escondían en las líneas de los libros que allí se custodiaban. Ver a tal bella dama, intuirla al menos, era suficiente para desacreditar a aquellos que mantienen preso todo ese conocimiento.
Numerios siempre controló sus impulsos. En el curso de sus investigaciones había descubierto muchas cosas, pero cuanto más sabía más cosas desconocía. No fue hasta ser ya un anciano cuando su mirada se centró en las formas que hace el humo al escapar de una pira funeraria. En las curvas, sensuales y peligrosas que ascendían de algo cotidiano y natural, como es el fuego y la muerte, encontró un suntuoso misterio. ¿Quién no quisiera saber más sobre lo que hay más allá? El gran misterio que solo se comprende al mirar tras el velo que separa lo terrenas de lo metafísico. Numerios abrió los candados de la torre norte. Paseó por sus pasillos vanagloriándose en el poder del conocimiento atemporal. En cada tomo se escondían las herramientas para construir un escalón. Y muchos escalones creaban una sinuosa escalera para comprender una lengua que no se hablaba desde Pirgos tes Babel.
Las noches a la luz de una vela cansada se volvieron refugio de pasiones profundas. Deseo trepaba entre las piernas frágiles del anciano hasta que nublaron su vista. Entonces, solo la luz rojiza de lo incomprensible era capaz de traspasar la densa niebla de su conciencia, cada vez más muerta.
Esa luz se dibujaba en los títulos de muchos libros, pero cuanto más se acercaba el anciano Numerios al centro de la torre, más nítidamente veía el libro oscuro que, con tintes de sangre falsamente inocente, iluminaba las baldosas del único camino que le quedaba por recorrer al viejo estudioso. Un camino poco transitado alumbrado con faroles, colocados tiempo atrás como advertencia, pero que ahora simulaban señales miliarias; direcciones que tomar.
Numerios bebió de un conocimiento escondido y sus ojos se llenaron de las lágrimas que produce la visión de lo real. Palpó la luz del alma humana y su deseo se materializó en un ser que nadie debería contemplar. Ella, Deseo, reclamó lo que el orgullo fabricó y solo el miedo dejó. Los hermanos estudiosos de Numerios sabían que quien suena demasiado con la dulce musa del conocimiento termina enamorado de su lujuriosa hermana Deseo.

Todos mantenían su amor por el pobre Numerios. Por eso, la carga de su muerte cayó en el templo del conocimiento con una promesa. La promesa de honrar el pecado de su hermano. Pero eran animales domésticos acostumbrados a la vida contemplativa del que “sabe” pero no “sabe hacer”. Necesitaban de alguien que pudiera adentrarse en el caótico mundo exterior. Alguien dispuesto a nadar entre las multitudes y que no tuviera miedo al embriagante sonido de la duda y el desconocimiento. Y solo había un nombre que venía a sus labios cuando de aventuras se tratase. El hermano Alfabethicus escribió líneas desesperadas al Palacio Esmeralda; el príncipe Valesty les salvaría. Nadie más en las tierras de este imaginado sueño se había enfrentado a tantos peligros. Hasta en el templo se oían las canciones de sus victorias y amoríos. Un hombre sin miedo. Un ente de leyendas al que confiar los pecados de Numerios y suplicar ayuda. Alguien a quien no habían visto nunca.

Pobres ancianos que se consideraban sabios. En sus incompletas vidas de búsqueda, se habían olvidado del alma humana. Sus libros eran un reflejo demasiado distorsionado del mundo que se extendía allende las columnas y las salas de su morada.
La carta con el mensaje fue a chocar con la realidad detrás de la leyenda. El mito se rompió para descubrir la vulgaridad del héroe ocioso. Como buena historia, los hechos pasados repercutían en el presente. Y el príncipe valeroso se transmutó en un rey temeroso. La experiencia mató su curiosidad. Ahora solo se sentía seguro en su palacio esmeralda, alejado de los miedos que sentía, sin frecuentar las incógnitas que antaño perseguía. Así es el fin de la imaginación. Cuando la Búsqueda encuentra la Razón. Valesty había olvidado la niñez y la solidaridad dando paso al orden y la prosperidad.

La carta de los viejos hermanos estudiosos se encontró con una corte de burócratas armados con paciencia y ley. Y la ley servía a un gobernante no a los ascetas de antiguos templos. Por muy sabios y honorables que fueran los hermanos, no eran más que mendigos enclaustrados con más páginas que patatas. Nada interesaba más al antiguo aventurero que llenar sus arcas con riquezas suficientes para mantener a sus burócratas felices y así poder vivir él en su hedonismo. ¡Que poco sabían los sabios ancianos! Ellos jamás se plantearon tener que comprar el vino y las mujeres del nuevo monarca para solucionar el pecado de Numerios. Sus apolilladas mentes empezaron a desesperarse. ¿Qué podían hacer ellos? Habían liberado un profundo mal escondido en sus libros y ahora no tenían fuerzas para atraparlo. Y cuando piden ayuda al mayor héroe de esas tierras descubren que el poder le ha hecho perezoso y acobardado.

Su solución fue de nuevo la tinta y el papel: Mandaron mensajes a todos los destinatarios que se les ocurrieron. Escribieron durante días a todos los zapateros, magos, artesanos, pescadores, guerreros y comerciantes que conocían.

< y a los héroes nos encomendamos.
A todo aquel que la gloria desee,
que acuda a nosotros y no espere.

Volar como estorninos
al monte Cetrino,
y a todos los valientes
se les procurará pruebas más allá de sus mentes. >>

La llamada de los sabios ascetas muchos escucharon. Los caminos se llenaron de caballeros de fortuna. Ricos y pobres, plebeyos y poderosos. Pero, ¿a qué causa? La sacritud de los motivos, de los que tan seguros estaban los sabios ascetas del templo, ahora se diluía en vanas promesas de gloria eterna. Los sabios estaban más seguros de la muerte de los campeones que de su victoria. Así que enviaron al Iniciado Danil para escoger a verdaderos creyentes en lo divino y lo arcano.
Con más imaginación que originalidad:

SR. J. FAILURE

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