La búsqueda de Deseo – IV

En estas cosas iba pensando Danil, cuando los álamos del camino dejaron paso a los abedules. Eran los únicos abedules en esas tierras y ofrecían una encantadora imagen del Paso de los Juncos, la única forma de cruzar el río.


Dani esperaba encontrar algunos nobles caballeros que fueran camino del Monte Cetrino. Pero solo la luz tenue de la mañana acompañaba a nuestro Iniciado. <Tampoco era mala compañía> pensó Danil: Daba al blanco bosque un aspecto de irreal confortabilidad. El terreno era llano, un terraza fluvial, y cubierto por multitud de herbáceas que le llegaban a Danil por las espinillas. Evarista disfrutaba metiendo un bocado de vez en cuando a los hongos parásitos que crecían en la base de los abedules. <Lenguas de buey> pensó Danil, o así solía llamarlas su padre.
El Iniciado caminaba tranquilo, pues, por muy atemorizado que estuviera por la empresa de perseguir a un demonio como Deseo, todo el mundo sabía que los abedules espantaban a los malos espíritus. El aire que respiraba Danil, en ese pequeño bosque fluvial era una bocanada de paz. Decidió que era un buen sitio para descansar y tomar un poco de aquel delicioso queso que guardaba en el zurrón y unos sorbos del exquisito rubí que había en su bota. De las mejores bodegas proserpínicas. Apoyo su espalda en un tronco y se relajó escuchando los cantos del arrendajo y del herrerillo. A lo lejos, incluso podía oír alguna chova del cercano boque de hayas y robles. Solo faltaba que un ciervo se paseara por allí y tuviera una agradable charla con Danil.
En vez del ciervo, otra figura se escondía tras los árboles. Se movía furtiva de un árbol otro asomando su graciosa cabecita para observar el festín que tenía preparado nuestro amigo. Cuando se acercó lo suficiente el novicio se dio cuenta de que no era más que un niño.
Danil le ofreció queso con un gesto. Entonces el niño se acercó con soltura al iniciado y se acuclilló. Fue entonces cuando se dio cuenta de que aquel muchacho presentaba facciones extrañas. Su cara pasaba por la de un juvenil o un alocado adolescente, pero su cuerpo era pequeño y delgado como el de un niño esbelto. Llamaba la atención unos pies y unas manos de pianista que sobrepasaban las proporciones de un cuerpo tan menudo. <Muchas gracias, soñador.> Danil preguntó por aquel extraño saludo, y el niño le contesto que así era como llamaban a los humanos inmigrantes cuando duermen y visitan su país. Unas veces por las noches y otras por el día siempre para huir de la rutina.
Danil volvió a fijarse más detenidamente en aquel extraño visitante. Tenía el pelo rojizo y tapaba su cabeza con un gorro adornado con plumas: Cuervo, Pavo real, Quetzal y faisán, pudo reconocer el iniciado. Su cuerpo estaba vestido del color de los bosques. ¡No! Del color de los bosques de robes en primavera, para ser exactos. Y en su cintura llevaba un cuchillo de sílex con mango de hueso. Y colgado de su hombro un zurrón.
Cuando hubo terminado de comer, el niño le pidió el queso para ofrecérselo a sus primos. Danil se negó argumentando que lo guardaba para su viaje al Monte Cetrino. El chico prometió devolvérselo la noche antes de que llegara. El iniciado se río, pensando que era imposible que devolviera el queso intacto… quizás una pequeña cuña….no, sería un pequeño timo.
Pero el niño se acercó a Danil y mirándole fijamente prometió, por la lluvia, la roca y el árbol, que se lo devolvería intacto, incluso consistió en firmar un contrato. Danil argumento que sus escasas cuartillas estaban reservadas para la reunión pero se fijó en las pupilas del niño. No eran exactamente negras, se parecían más al oscuro firmamento nocturno, asaltado con tenues estrellas lejanas. Los momentos parecían hacerse eternos hasta que el niño cortó el momento y se acercó a un abedul y, mientras le hablaba y acariciaba, a Danil le parecieron los balbuceos de Numerios en sus últimas noches, cortaba con su cuchilla un trozo de la corteza. Presentando así una hermosa cuartilla.< Regalo de la naturaleza, dijo el niño, algo de pacha-gaia y algo nuestro.> Cogió su chuchillo de nuevo y se hizo un corte en el antebrazo. Así llenó un tintero con su sangre roja oscura mientras sonreía pícaramente.
Escribió con bonitas palabras las condiciones del acuerdo y apunto el nombre del solicitante de retorno como: Iniciado Danil, soñador. Luego entregó el documento con mucha seriedad y pompa. Cuando Danil lo hubo aceptado el crío se rio y dijo que ahora debían brindar con el vino de Danil, pues él ya había puesto algo rojo al acuerdo. Brindaron y el travieso niño se levantó apresurado balbuceando que debía partir con las últimas luces del sol de la mañana, pues no se llevaba bien con el mediodía. Salió corriendo dejando el zurrón y al iniciado con cara de tonto. Quizás fue una sugestión, pero Danil percibió un cambio de luminosidad: Un perdida de frescura en el ambiente que le incomodaba.
Recogió el zurrón del muchacho como pago por el queso y guardo dentro el tintero con sangre y el contrato firmado de corteza de abedul. Ya se estaba arrepintiendo de aquel trato cuando, mientras tocaba la piel del zurrón le devolvió algo de la frescura del amanecer. Sosegado como el rocío y liviano como los rayos del sol, colocó su propio zurrón en la silla de Evarista y continuó su camino a pié.
Dejó atrás el bosque de abedules y cruzó el río por el vado, plagado de losas para facilitar el paso de carromatos. Al poco de cruzar el río, Danil sintió un fuerte aroma a hojas que provenía del zurrón del niño. Un olor muy reconfortante. Miro el zurrón y se dio cuenta de que tenía adornados los bordes con pelo de zorro. No era una obra perfecta pero había un cariño infundido en los hilos que lo componían que sustentaba… a la vez que asustaba al pobre Danil. No había cotilleado ni el tintero, que le daba un mal rollo interesante, ni los otros objetos… salvo uno. En su interior encontró una flauta fabricada con Taxus baccata. Era delgada y oscura. Siete agujeros y uno más en la zona ventral. Nunca había tocado un instrumento de música tan refinado… De pequeño, oía al párroco de su pequeño pueblo tocar el clavicordio, pero jamás le dejaron que se acercara lo suficiente. Guardó la flauta con excesivo cuidado y se dedicó a pensar de nuevo en su tarea. Llevaba demasiado tiempo soñando despierto.

SR. J. FAILURE

 

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