La sonrisa del repartidor

Una vez más, sentado en la butaca de su ordenado despacho, al Prof. Wahrsagen le sorprendió el alba mientras realizaba uno de sus habituales cálculos aritmético-sociológicos para intentar predecir el número exacto de veces que sonreirá el repartidor cuando le traiga por la mañana el paquete que está esperando.

No era ningún día especial, el Prof. Wahrsagenlleva dedicando su tiempo a este tipo de cálculos disparatados casi toda su vida. Doctorado en todas las disciplinas académicas existentes e incluso en una que él mismo inventó y de la cual es el único titulado, la Lógica de la Artes (en la que se analizan las causas de las grandes obras de la poética y las artes plásticas, y se intentan predecir las obras venideras); el profesor parte de un principio inamovible: el mundo se fundamenta en una estructura lógica cognoscible por la racionalidad humana, y siendo lo suficientemente prudentes podemos conocer y expresar todo cuanto ha sucedido, sucede o sucederá.

Aquella mañana, como todas las demás, cuando la aurora inundó la estancia, el Prof. Wahrsagen recopiló y organizó todos los cálculos y anotaciones realizadas durante la noche y los amontonó, cuadrándolos perfectamente con la esquina de la mesa, a la espera de su comprobación empírica. Tras una dura noche de trabajo, resultó muy contento, pues gracias a la genialidad de incluir la variable T, como temperatura atmosférica, había conseguido reducir las posibles sonrisas del repartidor a un intervalo cerrado de entre 3 y 5. Entusiasmado por los resultados obtenidos, se dirigió a la cocina, preparó su café solo sin azúcar matutino y se sentó en el porche a la espera delrepartidor, que tenía prevista su llegada a primera hora de la mañana. A las 9:17 a.m., unos minutos más tarde de la hora acordada, un camión de reparto del servicio de mensajería aparcó en frente de la casa. El conductor paró el motor, abrió la puerta y, al bajar de la cabina, le dedicó al profesor – que observaba impaciente desde el porche – una soñolienta mirada sin esbozo alguno de sonrisa. El profesor se inquietó sin perder la esperanza, pues confiaba plenamente en su trabajo. El repartidor continuó su rutina yse dirigió a la parte trasera del camión para recoger el paquete, pero un inesperado tropezón con su propia torpeza y le hizo caer de bruces dándose con la cabeza en el suelo. El profesor, al escuchar el terrible golpe seco, corrió en ayuda del desgraciado repartidor y descubrió que al golpe le sucedió un grotesco charco de sangre que no dejaba ninguna duda de la defunción de este. Absurdo. El profesor no encontraba otra palabra para definir lo sucedido. La repentina muerte del cartero no tenía razón de ser, no era lógica. El Prof. Wahrsagen, que esperó entusiasmado al repartidor, no por el paquete que traía, sino para contar las veces que sonreiría con la certeza de que serían entre 3 y 5; asumió el fracaso de su predicción. El repartidor no sonrió. Esta vez, como la mayoría de las veces, el fracaso de la predicción no se debió a un fallo de cálculo por parte del profesor, los cuales eran impecables, sino a la irrupción repentina de una variable absurda que resquebrajó la estructura lógica de su predicción aritmético-sociológica.

Ensimismado y desconcertado volvió a entrar el profesor en casa huyendo de la sinrazón. Se encerró de nuevo en el despacho, recogió los papeles que tenía sobre la mesa y los apiló en una bandeja etiquetada como predicciones fallidas. Se sentó en su butaca confuso y, con la mirada perdida, encendió un cigarrillo: “Si el repartidor no hubiese muerto habría sonreído entre 3 y 5 veces”, se repetía una y otra vez mientras miraba el polvo que acumulaba la bandeja en la que ponía predicciones satisfactorias.

Ato G. R.

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