La  Rata

Entre las grietas asfaltadas, como lombrices en la tierra, se levanta una retirada urbanización, no muy grande, perdida en la montaña, camuflada bajo las nubes y el espesor del entorno. Bajo ella, yace la escoria, el mundo oscuro y marginal de la pre-superficie, donde se alza el hediondo imperio del estiércol, es lo que el Demiurgo llamó el olvido, la más corrupta mierda.

Este mundo del deshecho está habitado por seres inmundos, tienen largas y retorcidas colas, son negros como el carbón, están provistos de colmillos y hocicos con los que olfatean la podredumbre, son como gatos diabólicos, gatos enfermos, alimañas que recorren las cañerías como termitas por la madera podrida. Estos seres del infierno se van comiendo su mundo, hasta que un mal día, cuando el sol ya no es más que un recuerdo y el calor de verano se va filtrando por el hormigón, deciden colonizar la superficie. Afloran de las cloacas en manada, como un pus negro e infecto que se derrama por las calles desiertas. Entonces buscan el cobijo de los de arriba (privilegiados del Demiurgo) y también buscan la luz en la noche, la comida en la sobra, la basura en lo pulcro. Sin embargo, estas criaturas del infierno, olvidan que el mundo de arriba fue siempre un lugar peligroso, repleto de trampas y malas intenciones. 

Ellos no recuerdan exactamente cuándo empezó todo, los días pasaban insípidos y absurdos y como se decía en la gran guerra: “sin novedad en el frente”. El fin del verano solo era una ilusión, pues el sol estival aun azotaba con rabia y desde la pequeña urbanización podía contemplarse la extensa llanura, un páramo seco y sin vida.

Una noche, uno de los compañeros alertó al otro de que había visto una rata deslizarse rápidamente entre sus pies hasta esconderse en algún rincón de la despensa. Desde aquella noche, los días empezaron a cobrar una mayor excitación, fue como si la rata hubiera dado un sentido a sus vidas, un impulso hacia la acción. Como en lo que respecta al arte de la guerra no conoce fronteras el ingenio humano, ambos compañeros dedicaron día y noche a dar caza a la rata: rociaban de veneno todos los rincones donde podría estar, envenenaban toda la comida sin importarles que fuera la suya propia, estrechaban el cerco, tendían cepos y bromeaban con atraparla con la podadora y cortarle la cabeza de una tajada. ¿Cómo puede ser posible que desearan con tanto júbilo, matar, exterminar, destripar y destrozar lo único que hasta entonces había tenido algo de sentido en sus vidas? Sin embargo ¿no es el hombre el único animal que se define por su propia contradicción? ¿No es la vida humana un contra-sentido?

Pasaron los días y las noches sin obtener una sola victoria y si he de ser sincero con esta historia, lo cierto era que no había indicio alguno de que existiera la tal rata que con tanta pasión y entretenimiento buscaban. Uno de los compañeros no paraba de hablar de ella, parecía estar completamente obsesionado con la idea de que había una rata en casa, devorando la comida, correteando por aquí y por allá, hasta el punto que no sería una exageración decir que en su pensamiento no existía nada más salvo la idea de la rata. La rata se había convertido en su impulso vital, si la vida merecía la pena era solo en tanto que esa rata estaba allí, merodeando, cagándose en la comida y a pesar del calor insufrible y el caos circunscrito en que se desarrollaba su vida, todo habría merecido la pena si lograba arrancarle la cabeza a esa rata y colgarla de alguna pared como trofeo de guerra. Desde que la rata apareció en sus vidas y se escondió en la despensa, no hubo otro tema de conversación ni otro pensamiento que no estuviera referido exclusivamente a la rata: “Mira lo que ha hecho la rata esta noche”, “mira el nuevo cepo que le he colocado, este le partirá la cabeza en dos en cuanto lo pise”, “mira dónde se subió esta noche, hay restos de harina por todos lados, seguro que la rata ha estado por ahí arriba…”. El otro compañero, que no había visto nunca a la rata, comenzó a pensar que había algo raro en la historia de su compañero. Con esta sospecha que empezó a treparle por el pensamiento hasta englobarlo por completo, decidió una noche esconderse debajo de una mesa y, de forma clandestina, esperar a que la rata apareciese en algún momento, pues aunque al principio la rata parecía ser motivo de contento y unión entre los compañeros, desde hacía ya un mes, su compañero parecía ser un lunático por completo. No dormía, las ojeras le colgaban de los ojos como pellejo y hasta tal punto llegaba su obsesión que si no aparecía hasta tres veces la palabra rata en una oración, por muy simple que esta fuese, no se quedaba tranquilo. Las horas pasaban lentas como siglos en la oscuridad de la cocina, ni se veía ni escuchaba nada. Cuando dieron las cuatro de la madrugada, empezó a escuchar de repente unos pasos pesados que venían del piso de arriba y que según le parecía, no eran de rata si no de humano. Con el oído puesto en la pared contigua, escuchó que los pasos bajaban por las escaleras y que tomaban la dirección hacia la cocina. También escuchaba unos murmullos agudos y repelentes unidos a cada paso y, si de alguna manera no dudaba que aquellos pasos no podían venir si no de su compañero, por el contrario, los chirridos, con toda evidencia, eran los de una rata gorda y gigante.

La puerta se abrió de sopetón. Lo primero que distinguió desde debajo de la mesa y entre la penumbra, fueron unos pies descalzos enormes y peludos con las uñas largas como dedos. Después, aquella criatura nauseabunda, se puso a cuatro patas y empezó a olisquear el suelo y a lamer con la lengua el polvo y la mierda que se había acumulado allí durante días. Ahora que lo tenía tan cerca, a pesar de la oscuridad en la que se encontraba, podía distinguirlo con cierta nitidez, no tenía ninguna duda de que aquella criatura era en parte, lo que quedaba de su compañero y, que contra todo pronóstico, la obsesión de su compañero por las ratas le había transformado en su propia obsesión: el hombre que buscaba incansablemente la rata se había transformado al fin en una de ellas. No había tiempo que perder, ahora, le tocaba a él dar a caza a esa rata.

Irineo Leonel

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