Las enseñanzas de Xii, el Abuelo. I

Esta amistad ya venía de lejos. El dulce acuerdo que mantenían mis oídos y el sonido de lo profundo ya formaba parte de la constitución de ambos. Pero aquella noche el encuentro fue sublime. Ambos nos abrazamos desnudos sin vergüenzas que esconder y sin emociones que disimular; y la unidad que resultamos pisaba la tierra con imponente confianza. Mis ojos se despertaron y miraban devotos la ilusión cósmica, aquella que brillaba con promesas y hablaba de cálida unión armónica con suspiros de congoja.

Pero el cauce de las aguas fluyó ligero, sin dificultosas petrificaciones que sortear. Todo sucumbía al viento que producía la reunión de la materia y las luces. Todo, sin conflicto, se convergió en éxtasis cósmico y entonaron la misma melodía que unía corazones ensangrentados. El fuego fue testigo mudo y cómplice de la transgresión de mi mirada. Yo me perdía y me reconocía en la vorágine de luces y estallidos. Pero lo destructivo del fuego resultaba reconfortante para las emociones nómadas. La compañía era grata y me mantenía las raíces firmes y las entrañas en calma. Juntos, todos juntos, bailamos las danzas caprinas de la noche de los bosques y nos fuimos diluyendo poco a poco en el calor de la tierra. La noche resultó intensa y las enseñanzas humillaron los corazones de muchos que se replegaron sobre sí mismo para llorarse hasta reconocerse nuevamente. El profundo Tum! que retumbaba en lo más hondo de mi pecho, y parecía haber nacido en él, me guió hasta mi propio recogimiento y me vi por dentro. Vi todos mis colores jugando a formar un mundo, divertidos e inocentes. Y cuando estos se cansaron, el vacío resultó reconfortante, la sensación de hogar que sentía en su presencia me pareció un dulce lecho donde reposar mis emociones. Y en una travesía que duró hasta el amanecer, me fui acercando con paso lento hasta lindar los mundos del sueño, sin llegar a distinguirlos con certeza de la vigilia.

La mañana siguiente me pareció una nueva era. Y con las vísceras llenas de recuerdos soñolientos me propuse aceptarme renacido. Los músculos me hablaban de guerra y la inevitable sonrisa que se tensaba en mi cara me recordó la victoria. No podía sino sentirme satisfecho y pese a la humillación que sufrió mi ego en su compañía, como si de una redención se tratase, el canto a la vida que me resultó su enseñanzas sonó más fuerte que nunca.

Ato G. R.

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