Los Moradores

Capítulo I: Consideraciones previas

No se trata de una casualidad, la curiosidad siempre fue un imperativo bien definido en la naturaleza humana. Cuanto más inteligente y racional es una persona, mayor es su curiosidad, y muchas veces, esa curiosidad desemboca en una morbosidad exacerbada hacia el mal, hacia lo perverso, lo clandestino… 

A mi siempre me obsesionó el mundode las apariencias, de la mentira, siempre me atrajo ese distintivo hedor que desprende la sociedad contaminada por sus propias creencias, donde los individuos despersonalizados y autómatas cohabitan devorándose mutuamente como termitas caníbales guiadas por esa fe atroz de la mala publicidad. Así es la urbe, extraño paraíso, desierto infecto, mundo iluminado. Solo en las cloacas, aquellos lugares plagados de rutas laberínticas hundidas en tinieblas, donde no se respira ese aliento nauseabundo de la mala compañía, es donde uno puede meditar acerca de la naturaleza de las cosas: ríos de deshechos humanos, ríos de olvido y miseria, secretos escondidos, ratas infectadas, cucarachas y nada más que porquería… ¡Pero qué pura es esta mierda! ¡Qué sincera! al menos no se olvidó de que solo es mierda.
Antes del sueño iluminado de la urbe, hay que conocer íntimamente sus pesadillas, familiarizarse con la oscuridad antes de familiarizarse con la luz, así uno puede captar el origen, ¡el útero siempre fue un lugar alumbrado por penumbras!

Desperté así un día, mi propósito no era otro que el de analizar cada uno de los movimientos de aquellos moradores, movido como he dicho antes por una angustiosa curiosidad. Para poder adentrarme en su mundo, debía de adaptar su vestuario, contagiarme de su miseria, camuflarme como un don nadie para resultar desapercibido.

Llevaba ya varios días siguiendo la pista a uno de esos moradores, lo que más me atraía de él era esa forma de arrastrarse, decrépito, moribundo, lastimero, como un sucio gusano al que le habían sacado las tripas tras ser aplastado por una bota. También recuerdo el olor que emanaba de su boca, siempre abierta, exhalando todo el ser descompuesto que se le moría por dentro. Circundaba al azar o así lo sospechaba yo, cada linea de metro de la ciudad, parando alternativamente en cualquier parada, tomando una línea tras otra, invirtiendo los sentidos, una y otra vez, hora tras hora, día tras día, semana tras semana. Nunca llegué a adivinar su verdadero paradero, hasta entonces me conformaba con seguirlo unas 20 o 25 paradas al día, manteniendo una distancia prudencial de unos diez o doce metros.

Las razones por las cuales no dedicaba todo el tiempo necesario a seguir a este sujeto eran varias: con el paso de las horas mi investigación resultaba demasiado monótona y agotadora, había ciertas necesidades fisiológicas que me impulsaban a parar el seguimiento, necesitaba fumar cada tres paradas y para ello debía salir del subterráneo y finalmente tenía más sujetos que estimulaban mi morbosa curiosidad.
Sobre las cuatro de la madrugada cada noche, me dirigía hacia el centro caminando, me gustaba sentir el soplo gélido del invierno en mi cara, lo necesitaba para mantenerme despierto y poder razonar con lucidez. Desde hacía ya un tiempo, el mismo prácticamente que llevaba siguiendo al morador número uno, me dedicaba también a observar a otra moradora que me resultó siempre la mar de extraña. Su aspecto era bastante sucio y desaliñado, siempre promulgaba voces atroces contra no se que pensamientos que le carcomían su deteriorado tejido neurológico, padecía estereotipias de toda índole y parecía encontrar cierta filia en saquear papeleras y contenedores cada noche, aparentemente si ningún propósito. Acostumbraba a llevar en una de sus manos una bolsa de plástico gigante que normalmente la cargaba a la espalda y siempre la tenía hasta los topes de Kilos de papel higiénico.

Recuerdo que estuve observándola algo más de un mes, durante todas las noches que pasé en esa oscura ciudad de los infiernos. El propósito de mi estudio era constatar si verdaderamente estos sujetos padecían algún tipo de locura que pudiera ser verificada y diagnosticada por algún especialista o; por el contrario (y esta era el verdadero propósito que acrecentaba mi curiosidad), demostrar tras cierto periodo de observación que en efecto, estos moradores no eran más que perfectos actores cuyos fines últimos aún estaba muy lejos de comprender.

Capítulo II: El gusano

Hace frío, un frío que produce entumecimiento muscular, una capa de escarcha cubre el asfalto, los árboles; ya sin hojas en esta época del año, parecen criaturas sin alma que suplican al cielo. Hace tanto frío que pienso que se me van a congelar los globos oculares. Es noche cerrada, las calles están desiertas y una oscuridad al fondo parece tragarte como boca de lobo. No hay luz, no hay nada, salvo extraños edificios dormidos como gigantes en la oscuridad más absoluta…

Ni un ruido, es sencillamente perfecto para lo que estoy tramando. Ajeno a lo que pasa, el hombre al que sigo continua cojeando como durante las dos últimas horas que ando siguiéndole por el metro, como las últimas semanas que ando espiándolo a escondidas: tras las arrugadas páginas de un periódico, tras la columna de humo de un cigarrillo o tras el tumulto del metro, invisible. Mis sospechas empiezan a cobrar peso, pronto le delataré y acabaré con él…

Hace unos quince minutos que cerraron el metro, llevo tras sus pasos desde “Leverkusen”, dejando al margen derecho el Rhein, que bordea la ciudad retorciéndose como una serpiente marina arrastrando los putrefactos desechos de la ciudad alargada…

Acabamos de llegar a “Troisdorf”, aquí las calles cada vez son más estrechas y tenebrosas, hace mucho que dejamos el corazón candoluminiscente de la “metrópoli”. 

Me siento un tanto angustiado, ¿Cómo es posible que siga fingiendo cojera y se mantenga en la misma postura de jorobado minutos después ya de haber dejado el metro? ¿Hasta dónde quiere conducirme? ¿Cuál será el recóndito lugar donde se quita la máscara todas las noches? Al fin llegamos. “¡Scheiße!” ¿Por qué se mete ahí dentro? me pregunto. Acaba de entrar en un tétrico tuburio de barrio, ¿Qué hago? Empiezo a agobiarme, esto no estaba dentro de los planes, es tarde, deberíamos haber llegado ya a su maldita guarida de pordioseros. Tras unos minutos de indecisión, creo que ha llegado la hora de encararme con él, con ese farsante, gusano, mal oliente embustero. Entro.

Una tenue luz roja da iluminación a ese lúgubre rincón perdido en algún lugar de “Troisdorf”. Huele a viejo y a moho, da la sensación de que el techo va desplomarse sobre las cuatro paredes podridas que sostienen aquel antro. Parece que nadie se percata de mi presencia, algo satisfactorio, estoy bien camuflado, parezco uno de ellos: he dejado crecer mi pelo enmarañado y mi barba, estoy sucio, de la ropa se desprende el polvo y las suelas se han separado de los zapatos. El tabernero fuma un cigarrillo sin apartarlo de la boca, mientras seca con un viejo trapo las jarras de cerveza milenaria. Mi objetivo se ha ido al fondo, acaba de sentarse en un taburete a la izquierda de la barra, en la más remota soledad. Intercambia unas palabras con el tabernero, que parece cansado, o al menos así lo delatan sus ojeras que caen como una cascada de piel bajo unos ojos pequeños y negros como el carbón. Al segundo, el tabernero le sirve un vaso de algún alcohol destilado de dudosa identificación. De repente, mis sospechas quedan completamente confirmadas: el gusano enciende un cigarrillo que empieza a fumar compulsivamente mientras se levanta en perfecto estado, con los hombros mirando hacia delante y sin cojear un ápice. 

Tras una larga bocanada de humo expulsa grotescamente una carcajada y se pimpla de un trago todo el contenido del vaso. Veneno para ratas, elixir del farsante, que con una cartera atestada de billetes celebra un día más su éxito como lisonjero en esta sociedad de precarias circunstancias.

Capítulo III: La bruja

Estás agotado, miras la hora y te da la sensación de que el tiempo se ha detenido, de que la noche cerrada en la que te escondes nunca más verá la luz de un nuevo día. Bajando unas tétricas escaleras dejas atrás la esplendente catedral (Dom) inmensa y brutal como un monstruo de dos cabezas que se alzan hasta el mismísimo cielo de ébano. La luna en lo alto, como una vieja cicatriz de la noche, resplandece entre las nubes grises que estampadas allí arriba, parecen formar un mar de cenizas. Tú eres ese desconocido, cuyo nombre se ha suprimido de las lista de los hombres que brillan en la historia. Tú no brillas, es más, eres naufrago y naufragio de cada una de las noches que no has podido dormir, y que, movido por un impulso de perversa curiosidad, continuas con tus propósitos clandestinos, sí, aquellos extraños propósitos fuera de toda órbita racional, pero que en algún sentido te hacen sentir útil, aunque se trate de una utilidad que nace de la misma inutilidad de tu persona, por no servir para nada, por eso, por eso estás metido en este asunto hasta el cuello, nadando en la misma inmundicia en la que todos vivimos pero de la que solo unos pocos son testigo.

A veces piensas en ella, la imagen de su desnudez y su deseo han dejado un rastro de nostalgia en tu mirada, pero ya casi no te acuerdas, has abandonado todo lo que quisiste un día para dar rienda suelta a unos pensamientos ingobernables, poco a poco has ido enredándote en esa peligrosa telaraña que teje el mundo del subconsciente, ya no sabes si es un sueño lo que estás viviendo o es la propia vida lo que estás soñando. Continuas. Por momentos te ves a ti mismo como un salvador que nunca salvará nada, persigues una meta inconquistable y lo que más miedo te da es despertar un día tan lúcido como tu propia locura, comprender ese día que sin quererlo te has vuelto uno de ellos y que tu única verdad es el umbral donde empieza la locura de los otros, eso es, quizás ya estés loco y solo tienes que mirarte al espejo para corroborarlo. Sin embargo, tras semanas de absoluta vigilia has dado de golpe con la confirmación de una de tus sospechas, entonces piensas que quizás tu imaginación no te ha engañado y que todo tu propósito tiene un sentido lo suficientemente lógico como para seguir adelante con ello. Continuas. Vas al único sitio donde podrás encontrarla a estas horas de la madrugada, allí en “Hauptbahnhof”, junto a los raíles de cualquier línea, allí estará vaciando papeleras, maldiciendo en voz alta sus propios pensamientos, llegando a conclusiones que solo su mente trastornada comprende, cargada como siempre con metros y metros de royo higiénico para limpiar toda esa mugre que le carcome la sustancia gris de su cerebro.

Bajando hacia una de las cuevas de metro das con ella. Está sentada en un banco de metal, encogida y meciéndose como en una butaca, su cara permanece escondida entre sus manos arrugadas y viejas, a su lado, sobre el suelo, descansa la enorme bolsa de plástico con todos los royos de papel higiénico. Observas cada uno de sus movimientos, a esas horas no hay vigilantes y decides encenderte un cigarrillo, al ruido de la piedra cuando la chispa salta y quema la punta del cigarrillo formando un anillo de fuego, todo su cuerpo en movimiento se vuelve completamente rígido, y de sus manos descubre la cara, que la gira para mirarte a lo lejos con perpleja inquietud. Te mira fijamente, no comprendes si por miedo o curiosidad. Tienes la necesidad de aguantarle la mirada, pues a veces son los ojos los que hablan. Se levanta, su cara está marcada por gruesas arrugas, sus ojos negros comienzan a brillar como poseídos por la luz de un pensamiento. Se acerca lentamente hacia ti, sin vacilar, ahora comprendes que no tiene miedo y que posiblemente el que tiene miedo eres tú, sinceramente, no has sentido más miedo en toda tu vida, sientes auténtico pavor, cada vez está más cerca y cuando yace a menos de tres metros de distancia, alza su brazo y endereza el dedo índice de su mano señalándote, con fuerza, aunque está a menos de tres metros parece que te está tocando, sientes la presión de su dedo índice sobre tu pecho. En ese instante, en su boca empieza a dibujarse una sonrisa irónica, los labios se despegan y como un rayo que irrumpe declarando la guerra a un cielo silencioso, empieza a vomitar unas terribles carcajadas. La vieja comenzó a reírse histéricamente de ti, y tú, que en ese momento ya no sentías ningún temor, empezaste también a troncharte de risa, pues al fin, habías comprendido que tanto tú como ella, no erais más que una sola broma, la broma de un mundo que llevaba mucho tiempo fuera de rumbo, un mundo que vivía suspendido en el vacío de una noche eterna, rodeado de una soledad desbordante en medio de una nada infinita y que no hubiera podido sobrevivir si no estuviera completamente loco.

 Irineo Leonel

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