Las enseñanzas de Xii, el Abuelo. II

           Con el pensamiento disperso por las dudas me dispuse a ir a su encuentro. Obvié las frágiles cadenas que me atan al mundo y como aire caliente me elevé entre las nubes con ánimo de reunirme con él. El día me había parecido un silencioso pasillo por el que dirigí mis pasos, sin segundos pensamientos, hasta la estancia donde él se encontraba. Esta era austera, decorada con los destrozos del paso del tiempo pero anunciada por un fresco aroma a tierra nutrida. En el centro de la estancia esperaba su discípulo, justo en el punto de la tierra donde después se depositarían las intenciones de los invitados.

Sentados, formando un círculo con los pechos descubiertos, alivianamos el peso de nuestros pensamientos y nos enfrentamos a nuestras intenciones, que se disponían con armonía en el centro del círculo. Cuando la música empezó a sonar, él se despertó y nos dio la bienvenida calmando nuestras inquietudes con palabras de unión y comprensión. Uno a uno nos fue soplando en las gargantas con su cálido aliento y cuando se presentó ante mí no le tuve miedo. Le jalé, le jalé como el guerrero que soy.

           Su aliento llenó mis pulmones de agua de manantial, y mis costillas se abrieron como las puertas del paraíso desprendiendo una luz que avergonzó a la oscura noche. Esta huyó y ante mí se presentó el pleno día. Su luz iluminó todas las sombras de dudas y las cosas se me presentaron desnudas y sin vergüenzas que disimular. No había escisiones ni diferencias en presencia de él, su aliento ahondaba en los recovecos más ocultos de mis dudas y las dispersaba como las hojas marchitas sucumben a los vientos otoñales. La fina membrana que definía mi ego y lo distinguía del mundo se resquebrajó y por algunos momentos no me sentía diferente al aire que respiraba y a la tierra que me sostenía. No me sentí otra cosa sino fuego que necesita de la tierra y del aire para arder. Pero pronto el fuego empezó a extinguirse y los contornos del mundo fueron reapareciendo, los colores fueron durmiendo su brillo y descansando en lechos separados, las formas comenzaron a delimitar lo posible. La membrana con la que se arropaba mi ego consiguió recomponerse pero esas heridas las sufrirá hasta el fin de sus días. Él, que consideró acabada ahí la enseñanza, se fue alejando satisfecho y mirando atrás por el rabillo del ojo. Mientras, yo lo miraba con el corazón en el puño preguntándole donde habría que volverlo a colocar: si en el centro de mi pecho, o enterrado bajo mis pies para que se mezclase con la tierra.

         Corto fue esta vez su abrazo, pero intenso, como si todos los latidos que produce el corazón en un año se uniesen y retumbasen en uno solo. Él se alejó de mí y confió en mis fuerzas para defenderme solo, hasta nuestro próximo encuentro. Su ofrenda fue la enseñanza que destensaba mi mirada, y la mía las hojas marchitas que impedían el surgimiento de las nuevas y frescas.

Ato G. R.

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