Los hijos de Antonio

No quisiera yo aventurarme a contar  esta historia afirmando que sea toda ella verdadera, pues tan distinto soy yo ahora del que fui como  del que probablemente seré, y porque así de traicionera e infiel es la memoria. Uno recuerda solo borrosos fragmentos, instantes de una vida que pronto se olvidará incluso de sí misma. Sea como sea, cómo olvidarme yo de aquellas tardes ígneas de verano en la Castilla abulense, tardes en que, si no fuera por lo que me dispongo a contar, me habría muerto yo de aburrimiento o de darme  puñetazos con mi hermana.

No es extraño que los niños se peleen y  menos aún teniendo que lidiar eternas horas con el bicho de  mi  hermana. No obstante, igual que yo, mi hermana ya no es como era y, aunque esencialmente no cambiamos, ¡qué mal cuajaba nuestro carácter por aquellos días! De la infancia uno se acuerda solo cuando es muy viejo, por eso advierto, porque  yo no soy viejo, que así como  recuerdo esta historia  bien  pudiera  no ser del todo cierta.  Justo por debajo de la barbilla me llega mi hermana en estatura y es rubia como los cabellos filiformes del sol. Sus ojos son azules como el cielo, es blanquita de piel y, sobre todo, alegre y dicharachera. Tenía tal vocación de artista que durante las fechas navideñas, cuando la familia se reunía cada año, le bastaba con dos minutos de ensayo para darnos un espectáculo y dejarnos a todos boquiabiertos. Pero  todo lo bueno que de artista tenía,  lo tenía también de víbora cruel, pues parecía que el mayor gusto lo sacaba en hacerme  rabiar  a mí, su hermano, casi tres años mayor que ella y de carácter y temperamento totalmente opuestos: yo era, por el contrario, serio y melancólico, introspectivo como el otoño, aunque con una imaginación capaz de rebasar los límites de cualquier ficción, hasta el punto de creer por cierto lo que no lo era y desechar por falso e ingrato lo que resultaba ser verdades puras. Solo podía salvarme de mí mismo transfigurando lo real.

Puesto que los padres siempre estaban con el tema de la siesta, como iguanas al sol, mi hermana y yo nos quedábamos a solas y en perpetuo conflicto: mientras ella maquinaba una nueva estratagema para rabiarme, yo procuraba ensoñarme con alguna de las muy variadas fantasías que eclipsaban mi imaginación. Sin embargo, no todas las tardes eran tan tediosas, pues cabía la posibilidad de que nuestro tío Anto, una grandísima persona (en el sentido literal de la palabra) con mucho carisma y con un inigualable sentido del humor, se convirtiera en la fuente de nuestro entretenimiento. Con la premeditada intención de seguir siendo el hermano favorito de nuestra madre (que era la  mayor) y quizás con la comprensible propósito de ganarse alguna propina   ̶ a fin de cuentas por aquellos días nuestro tío Anto no era más que un chaval de veintitrés años̶ ,   de muy buena gana nos arrastraba hacia su cuarto-dormitorio, uno de los muchos que había en aquella casa. Allí nos acomodábamos los tres en una cama enorme (o así nos lo parecía) pues, como he dicho, mi tío Anto era grandísimo, uno a cada lado y él en medio, tal era la imagen que parecíamos el león y sus cachorros.

Una vez así dispuestos, tanto mi hermana como yo le rogábamos que nos contase esas divertidas historias sobre su mujer Mercedes y los tres hijos que con ella tuvo. Entonces nos decía: “bueno, Luis y Paulita, me tenéis que dejar pensar un poco, pues aún estoy dolido por la ruptura de mi matrimonio y han sido tantas locuras que estoy un poco falto de hechos”. Entonces nosotros nos subíamos encima de él, ya que si no le persuadíamos por las buenas,  podíamos resultar  tan pesados los dos juntos que ni el diablo podría malograr nuestro capricho. Tras concentrase un momento, fijando sus ojos en el infinito como si realmente estuviera recordando algo, comenzaba:

̶Ya sabéis que vuestro tío Anto estuvo casado en santo matrimonio con Mercedes, ¡vuestra querida pero imposible tía Mercedes!

̶¡Sí  ̶decía Paula̶   ¡la que roncaba como diez osos juntos!

Y según decía esto se dejaba caer encima de mi tío mientras le daba un ataque de risa

̶Muy bien Paulita, la misma.

En seguida, rascándose la barbita continuaba:

̶Resulta que debido a los malos tratos que de ella recibía, tuve que largarme de Piedrahita y así fue que tomé un barco con destino al trópico, esperando refugiarme de ella en los profundos bosques del Amazonas.

Mientras mi hermana se moría de risa, yo angustiadísimo confirmaba:

̶ Claro, por eso pasó tanto tiempo en que no te veíamos  ̶porque en mi desbordante imaginación, yo sentía la necesidad de apoyar lo dicho con los hechos, tal era de exaltada mi fantasía.

̶Claro  ̶decía él mientras se codeaba con mi hermana y se  reía a hurtadillas ̶  pero las cosas no salieron como yo esperaba  ̶ continuaba diciendo, cuando yo, con ojos de pedir más, me mordía las uñas de impaciencia.

̶Ella, o sea, Mercedes, mi mujer, no soportando mi escapada gritó tanto y tanto de rabia que el viento, asustado, me trajo hasta donde estaba la cólera de sus bramidos y, temiendo que me encontrara, me escondí en lo más recóndito de la Patagonia…

̶¿Y qué es eso de la Patagonia?   ̶preguntaba yo intrigadísimo.

Entonces  Anto contestaba:

̶Es un sitio que está muy lejos de aquí y de muy difícil acceso, pues está protegido por montañas puntiagudas como cuchillos. Bueno, pues resulta, que me amaba demasiado y viendo que no volvía, en un ataque de pasión cruzó el océano Atlántico, el gran charco que separa Europa de América  ̶nos explicaba dulcemente mi tío̶  y, aunque son muchos los kilómetros que separan ambos continentes, ella en tan solo un par de horas cruzó ferozmente el charco…

Tales eran las disparatadas historias que contaba mi tío,  y yo, sin dudar por un momento que fueran ciertas, lo trasfiguraba todo en mi fantasía imaginando a la enfadada de Mercedes como una mujer dos o tres veces más grande que mi tío, con unos brazos más fuertes que los de Hércules y de una cólera infinita;  blanca como una ballena, con unos cabellos largos y oscuros como una noche sin luna, furiosa como las hienas y de una rudeza como la que se me aparecía en la imaginación cuando otro de mis tíos me hablaba de las mujeres “bávaras”. Entre unas cosas y otras, así nos pasábamos las tardes, no obstante, la tía Mercedes no me llamaba tanto la atención, como era el caso de mis tres supuestos primos que él fingía haber  concebido con ella milagrosamente. Tanto mi hermana como yo, le instábamos a que nos contara más cosas de nuestros primos que, si no recuerdo mal los detalles, la historia era como sigue: el mayor y único varón se llamaba José Exuperio y, según contaba mi tío, era fuerte como su madre y con tan solo tres años de edad ya superaba en altura a mi tío (cosa que me resultaba del todo increíble). Contaba mi tío, que una vez estuvo en un apuro en medio de la selva:

̶  Me encaminaba con José Exuperio por las verdes floradas del Amazonas, bordeando la orilla del río bajo un sol insufrible, cuando de repente, un cocodrilo gigantesco nos atacó con las fauces abiertas de par en par.

En esto  mi tío debía divertirse de veras al tener a dos mocosos contemplándole atónitos y atentos a todo cuanto se le cruzaba entre los hemisferios y más inspirado aún continuaba:

̶Cuando ya me veía más dentro que fuera del cocodrilo, mi hijo José Exuperio me subió a sus hombros, de tal manera que  parecía ser yo el hijo y él el padre y, agarrándome yo a su cuello agarró él la cola del cocodrilo, con tal fuerza, que lo zarandeó  como si no fuera más que una diminuta lagartija, arrojándolo tan lejos que pude ver como se perdía en el horizonte.

Después de José Exuperio, cuando este ya cumplió cinco años, él y Mercedes concibieron a la que sería nuestra segunda primita, se llamaba Francisca Gertrudis que, como él mismo nos la pintaba:

̶Tenía una cara redonda y salpicada de pecas, era pelirroja y muy blanquita de piel, su madre le solía hacer unas trenzas para adecentarla un poco y, como ella misma decía (o sea Mercedes), “trenzar sus cabellos era como fundir y retorcer vidrio”.

De ella nos contaba, que también había heredado la terquedad y fuerza de su madre y que un día que andaba la familia al completo, jugando los hermanos en un bosque (pues como yo me suponía  era muy raro sacar a jugar a estos niños al parque) Francisquita agarró a un venado pensando que era un conejito y sin medir sus fuerzas, le arrancó las patas y los cuernos como si fueran  las patas y antenas de una hormiga.

Si de todo lo que mi tío contaba, yo creía desde la primera a la última palabra, no estaba de acuerdo con que una niña tan pequeña tuviera tantísima fuerza, por otro lado, me parecía que mi hermana no se detenía en detalles de este u otro tipo, pues era tan simple  que prácticamente se dedicaba a saltar en la cama y a troncharse de la risa, dejando entrever en su sonrisa bobalicona e infantil los pocos dientes de leche que le quedaban.

La última en nacer fue la guapísima Obdulia Rebeca, que  tan solo contaba unos meses, los mismos que llevaba separados de Mercedes, pero que, como decía mi tío:

̶Al poco de nacer ya tenía unos dientes como colmillos de jabalí y, no pudiendo su madre darle de mamar, teníamos que ir a los prados de la vega a que la muchacha por instinto, se amarrara a alguna vaca hasta que la dejaba más seca y arrugada que una cáscara de nuez.

Yo no podía entender tanta risa, pues con las carcajadas de una y las burradas del otro, creía yo que se trataba más bien de una especie de concurso a ver quién decía más barbaridades y en lugar de primos, tales criaturas me parecían venir de otro planeta, igual que  Mercedes, de la que dudaba yo  que en  una sola mujer pudieran darse tantas virtudes.

Cuánto tiempo hace ya de eso, casi el mismo que tardé en olvidar cada una de las  descabelladas historias que nos contaba nuestro tío Anto y que, en el fondo, nunca  dejé de creerme, pues no era falta de juicio lo que yo tenía, mucho me temo que al contrario, porque siempre  buscaba razones para explicar tanta anormalidad. Yo siempre tuve necesidad de creerle, lo hacía con todas mis fuerzas, pues no era mi locura una falta de discernimiento, sino más bien una voluntad de querer y seguir queriendo, creerme para siempre todas aquellas disparatadas historias de los hijos, que son mis primos, de mi tío Antonio.

 Irineo Leonel

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