La finca de “Los Vaqueiro”

Sobre cien hectáreas de encinas se extendía la hermosa finca de los Vaqueiro, una bella dehesa situada en las proximidades de la ciudad cigüeña. Los Vaqueiro, matrimonio sencillo y gente muy agradable, habían decidido pasar aquel esplendente sábado de finales de otoño en su finca, pues no es si no en la naturaleza donde el hombre encuentra su verdadera patria. No hay nada más reconfortante para el espíritu que respirar aire puro, lejos del rumor del tráfico y del interminable pitido de los semáforos, solo allí puede uno descansar por completo de la colmena social. El plan era perfecto, comprarían un cochinillo y lo asarían sobre leña de encina, resguardados en su pequeña cabaña junto al calor de la lumbre y asilados del mundo. Además  coincidía con que era temporada de setas, lo que les brindaba la oportunidad de dar un hermoso paseo por los encinares en busca de estos suculentos frutos de la tierra.

El día antes habían pensado los Vaqueiro en invitar a tres de sus jóvenes amigos, aunque la soledad y la paz de espíritu son dos buenos compañeros de vida, no por ello iban a renunciar ellos a tan agradable visita siendo además la hospitalidad una de sus mejores virtudes. Así fue como al día siguiente, la mujer preparaba con cariño un delicioso y contundente cochinillo, mientras su marido ¡el buenísimo de su marido! metía a enfriar un barrilito de cerveza, pues a su juicio, tres eran los ingredientes de una buena compañía: buena comida, buena bebida y ante todo, una buena conversación. Por otro lado, ¿cómo no iban a tenerla? aquellos muchachos que rozaban los veinetitantos eran muy extrovertidos, cada uno con su propia locura, pero, conversación no les faltaba en ningún sentido. Si uno era músico, el otro pretendía ser escritor y, si  uno no era ninguna de estas dos cosas, al menos, podría ser un gran aventurero, tal era el caso de Yosua. De la misma manera que la madured para la juventud es el fruto de la experiencia (un cofre con mucha sabiduría guardada) la juventud trae consigo una frescura inmortal, donde el germen de la vida palpita intensamente, la juventud solo es el espejo donde la madurez se mira. Los visitantes y los invitados y en definitiva, el estrecho círculo de los amigos, quedaron en reunirse en torno a las doce del medio día, pero por motivos que no merece detallar en esta historia, los tres muchachos se retrasaron una hora, por lo que las ganas contenidas de visitar a los Vaqueiro fueron en aumento conforme avanzaban los minutos de aquel impertinente retraso. No obstante al fin llegaron, traían con ellos a una juguetona compañera, Tara, una linda cochorrita de perro que una vez se sintió libre comenzó a olfatear cada micra del recinto, inspeccionando con detenimiento su curioso mundo de los olores. Por otra parte, los Vaqueiro también tenían su propio perro, Cincho, que a pesar de ser un perro que tenía un miedo casi inexplicable al mundo exterior, no por ello iba de dejar de olfatear el culo de su nueva amiga, pues no hay nada que pueda hacerse contra la fuerza inherente de los instintos.

-“¡Aurelio! ¡Aurelio! ¡Qué alegría conocer tu finca!” Eso dijo Yosua cuando salió del coche y nuestro Anfitrión acudió en su busca.

-“Yo me alegro de que halláis llegado al fin, que el día se nos va pronto, muchachos- dijo Carmen, la mujer de Aurelio y algo así como una segunda madre para los muchachos- ¡Aurelio no aguantaba un segundo más sin abrir el barrilito- codeándose con el conyugue, dijo- ¿Verdad Aurelio cariño?”

-“Vamos, pasar, aquí os espera una buena” anunció este último con amabilísima impaciencia.

Aunque Aurelio no hablaba mucho,  pudiendo permanecer horas seguidas bebiendo sin inmutarse ni pronunciar palabra alguna, cuando hablaba, lo hacía tan seriamente que era imposible llevarle la contraria o tomarlo en broma. Además poseía unos enormes ojos de color miel que engrandecían ese aire de misterio que rodeaba todo el áurea de Aurelio. No obstante, a pesar de su semblante, su carácter solía ser de bonachón, especialmente cuando la modorra del alcohol le teñía la carrillada y la lengua se le trababa en la boca como encerrada en una jaula. Su mujer, Carmen, era de un carácter distinto, era una mujer muy cariñosa y astuta como solo una mujer sabe serlo. Su temperamento era el de una luchadora implacable, ya desde muy pequeña tuvo que abrirse paso entre un montón de hermanos hasta alcanzar su propia independencia. Sin embargo, era muy sensible y a pesar de ser una de las personas más racionales que yo he conocido nunca, tendía por momentos a resguardarse en cosmovisiones de toda índole muy lejos del juicio racional, cosmovisiones en las que ella creía encontrar una posible explicación al sentido contradictorio y sufrido de la existencia.

Todos los amigos se abrazaron y saludaron entre risas y halagos:

-“Hermosísimo campo Carmen, no sabes las ganas que tenía de volver a la finca y más aun un día como hoy, amparados por este sol tan impresionante para ser diciembre”. Eso dijo Luis, el joven que algún día pretendía ser escritor y que, visto el fracaso continuo de sus trabajos y el desolador estado de ánimo que le afligía por un amor roto, había comenzado por desarrollar una filosofía tan absolutamente negativa como enigmática, a sus veinticuatro años de edad toda la inocencia se había borrado en sus ojos y su corazón era tan negro como una noche sin estrellas.

-“Ya sabes Luis, solo aquí podemos limpiarnos por dentro y liberarnos de tanto malo pensamiento” Dijo ella afectuosamente.

Luis que la sonreía desde lo más adentro respondió:

-“Yo no llevo hoy conmigo esas nubes que turban el cielo de mi alma, Carmen, estoy contento de estar aquí, de vuestra invitación. Hoy será un día a lo grande -señalando al mar de encinares que tenían en frente, dijo- pero ya tendremos tiempo de charlar largo y tendido sobre ello, marchemos pues a por setas antes de que se haga tarde”.

-“Yo estoy deseándolo y con la vista que tengo seguro que las diviso a más de cien metros”. Alardeo Daniel contentísimo, cosa rara en su carácter taciturno y soñador, pues tanto Daniel como Luis eran de un talante naturalmente negativo. Sin embargo, como niños que esperasen el consentimiento paterno ante un juego peligroso, los dos recibieron de muy buena gana la cesta de mimbre y los cuchillos en forma de hoz (ideales para la recolección) que Carmen, sonriente como el brillo del sol que resplandecía en toda la finca aquel día, les había prestado:

-” Estos cuchillos eran de mi padre, ni se os ocurra perderlos y por favor, tener cuidado con las setas que cogéis, no todas son comestibles aquí -continuando con la advertencia y señalando la cesta, dijo- “¿veis esa seta que hay ahí? es un champiñón y esas setas son las que Aurelio y yo cogemos aquí, podéis utilizarla como referencia”.

-“No Carmen -respondió Luis- descuida que yo conozco una alta variedad de setas, llevo yendo con mi padre desde niño, te prometo que no cogeremos nada distinto a ese champiñón”.

-“Tú tal como eres -señaló Aurelio con tono desenfadado- les envenenas y te los cargas”.

-“¡Jajaja!, -rió aquel- ¿Cómo has adivinado mi pensamiento, Aurelio? ¿También eres vidente además de cervecero?”.

-“Ya le vigilo yo, Carmen- contestó Yosua, y silbando a Tara para que se pegara a sus rodillas, continuo- le conozco desde hace tiempo y a pesar de sus macabras fantasías, solo es un buen tipo con una  imaginación muy disparatada”.

“Bueno, hay alguna excepción ¿no sabéis que Luis decapitó a diecisiete moscas y se las fumó en un cigarro?” Esto afirmó Daniel añadiendo más leña al fuego, pues ¡Qué provocativo era este muchacho! Desde niño siempre intentó forjar una imagen para los demás muy distinta de la que él percibía respecto de sí mismo, extraño comportamiento que le había producido muchas angustias. Siempre intentando dejar mal al prójimo y lo hacía de tal manera y con tanto humor que resultaba una pérdida de tiempo molestarse por ello. Al fin y al cabo, todos tenemos corazas bajo las que bullen nuestros más íntimos demonios.

-“Eso no fue más que un acto poético en el cual expresé todo mi odio que siento hacia las moscas”. Luis siempre trataba de recurrir a cualquier artimaña lingüística para evitar dejarse mal, que en el fondo era lo que más temía. Todos rieron.

-“Si fuera solo eso lo que haces, pero hay tantas cosas que se podrían decir de ti que es mejor callarse, no vaya a mancharse un día tan bueno como el que hoy hace”. Eso dijo Yosua, que al contrario que Daniel, tenía unos principios mucho más firmes y por nada del mundo dejaría mal antes a un amigo que así mismo.

-“En cualquier caso, estáis todos más “paquí que pallá”. Muchachos, iros ya antes de que la maravillosa luz que os rodea se pierda para siempre, que  los días son muy cortos y pronto hará bastante más frío que ahora.” Eso dijo Carmen con disimulada ansiedad e indicando que comenzaran el paseo, miró a Aurelio y por alguna desconocida o secreta razón este le guiñó un ojo, acontecimiento del cual no se percató ninguno de nuestros muchachos.

Los Vaqueiro se despidieron de los muchachos concertando comer a las cuatro de la tarde, pues en la finca de este afable matrimonio nunca se come antes de la tres y media. Cuando  los tres muchachos y la perra (ya sin Cincho que no se atrevía a ir de paseo con aquellos “extraños”) se perdieron en el horizonte verdoso del encinar en busca de champiñones, los Vaqueiro se metieron en la cabañita a esperar el regreso de los jóvenes mientras preparaban un primer aperitivo y descansaban mirando aquel hermoso paraje por última vez.

Los tres amigos partieron en busca de aquellos misteriosos champiñones que amarilleaban conforme pasaba el rato, pero que como Luis afirmaba severamente, “por mucho que amarillé un champiñón es una seta inconfundible”. Siguieron un camino estrecho y polvoriento, oteando como halcones cada metro cuadrado, buscando concienzudamente alrededor de los troncos de encina y entre los arbustos de jara, pues era allí, en plena penumbra donde aquel misterioso hongo crecía por decenas. Rebuscando entre la maleza y el polvo, el hocico de Tara dio con una bellísima seta que parecía emerger de un huevo y que por tal característica, Luis determinó que se trataba de una amanita.

-“Fijos que aspecto tiene, brilla como un diamante entre la oscura tierra y es tan bella como siniestra” señaló Yosua emocionado al toparse con un ejemplar tan singular como aquel.

-“¿Qué seta es esa?” Preguntó Daniel asombrado, pues nunca había visto una seta igual.

-“Es una amanita faloides, la más mortal de las setas y la más hermosa desde luego” Aseveró Luis admirando el hongo.

-“¿Cómo algo tan bonito puede ser tan mortífero, no es terriblemente tentadora?” preguntó aquel de nuevo.

-“¡Tara aléjate de ella! – Y dirigiéndose ya no solo al grupo si no especialmente así mismo, declaró- No me inspira mucha confianza ese color”.

-“Tranquilo Yosua, los animales no son como nosotros, solo los hombres son tan necios de amar lo que les destruye” Esto dijo Luis mientras contenía a Yosua que estaba por librarse de aquella amanita cuyo color parecía absorberle las energías, un color tan potente y radiactivo como sobrenatural.

Continuaron su paseo hasta adentrase en los más profundo de la finca, donde se escuchaba el murmurar de un río, allí se separaban por momentos, a veces iban en pareja y dejaban al otro retirado en sus pensamientos, otras andaban cada uno por su lado, pero en ninguna de las ocasiones se desperdiciaba la más mínima oportunidad de humillar al otro. Si por ejemplo, andaban en pareja Luis y Daniel; estos no paraban de intercambiar comentarios ofensivos que de no haber sido a las espaldas de Yosua; seguro que este se hubiera sentido al menos bastante afligido, pues más allá de la crítica lo que más le molestaba a este buen hombre de principios era que las cosas no se dijeran a la cara y en consecuencia, no encontraban los otros dos mejor entretenimiento que desvalorar cada uno de los principios morales en los que se debería forjar una verdadera amistad. Principios que Yosua había jurado desde su más remota infancia y que al violarlos de esa manera tan gratuita, no podría considerar los hechos más que como una sucia y mezquina traición. Tampoco había momentos en los que Luis dejara mal a Daniel en presencia de Yosua, cuando por ejemplo Daniel se lanzaba emocionado a la caza de un nido de setas y aprovechando su ausencia; aquel propinara todo tipo de insultos y comentarios denigrantes contra su amigo al que conocía desde hacía casi quince años. No obstante, el único propósito de todo ello no consistía en otra cosa que envilecer y confundir el alma pura de Yosua al mismo tiempo que se pisoteaba el nombre y la persona de Daniel, pues de esta forma no solo la tensión lo hacía todo más excitante, sino que además se mataban dos pájaros de un tiro. Tampoco Daniel en presencia de Yosua, cuando Luis se entretenía por el camino mirando con ojos asesinos los hormigueros que se formaban en la tierra; dejaba pasar por alto la oportunidad de despreciar y degradar hasta la más minúscula mota la dignidad de su amigo, pues casi el mero hecho de quedar por encima de éste o de cualquier otro (le era indiferente) le sumía en un placer sin escrúpulos. Siempre esforzándose por coger más y más setas, pues como actividad lúdica no estaba mal y solo de pensar como estarían esos champiñones amarillos asados al horno, se les hacía la boca agua como animales. No pasó mucho tiempo hasta que la cesta se les llenó por completo, ni tampoco habían dudado ya en comerse alguno crudo, pues solo en lo crudo se detecta el verdadero sabor de la sustancia y aunque uno y otro desconfiaba de que se pudieran comer así, Luis les convenció de que para dilucidar la esencia de las cosas, es necesario asimilarlas en toda su crudeza.

-¿“No habéis notado algo extraño entre Aurelio y Carmen? Sospecho que les pasa algo y que han querido ocultarlo”. Preguntó Luis tras unos momentos de recapacitación, cuando hacía ya bastante rato que cada uno estaba inmerso en su propia cabeza.

-“No los conozco tanto como para advertirlo, la verdad”, dijo Daniel.

-“Ahora que lo dices-dijo Yosua sopesando y acariciándose el mentón- yo también he notado cierto distanciamiento, como si algo les preocupara, como si estuvieran disgustados por algo o con algo”.

-“¿Será por qué llegamos tarde? Bien sabe Dios lo jodidamente cuadriculados que son esta gente” Dijo Dani.

-“No sé, he estado pensando en ello durante este rato, me resulta raro que no nos hayan acompañado e incluso percibí en Carmen cierta angustia que temblaba en sus ojos cuando nos despedimos…-tras unos segundos de meditativo silencio, continuó- no sé, no me hagáis caso, a veces me da por pensar cosas que no son”.

-“Yo creo que estuvieron muy agradables, además, como tú bien dices, es muy propio de ti que le des mil vueltas a cosas que no tienen importancia y pareces perder los nervios con lo más lógico y sencillo”-Dijo Daniel soltando unas palmaditas sobre el hombro de su amigo.

-“Tienes razón, no será nada- y, abrazando a Daniel con camaradería- y qué ¿has llenado tú solo la cesta al final, eh?”

-“No sé, la verdad es que comparto con Luis esa percepción, quizás tenga razón aunque sea solo por esta vez, en cualquier caso-exclamó- ¡Qué carajo más da! ¿No tenéis hambre, colegas? ¿Por qué no tomamos el camino de vuelta de una vez? ¡Ya está atardeciendo!”.

-“En verdad que Aurelio estará borracho y cómo no nos demos prisa ya se habrá bebido tres cuartos de barril al menos, jaja”. Esto dijo Luis, animado, sediento y con ganas de sentir ese cochinillo entre sus entrañas.

Tomando el camino de vuelta bajo las primeras sombras del crepúsculo, consiguieron al final discernir la cabañita en el horizonte, una larga columna de humo salía de la chimenea y el estómago de nuestros invitados comenzó a rugir de forma violenta, como si no fueran más que lobos hambrientos. Con la cesta a rebosar y el ánimo por las nubes, sorprendieron a los anfitriones bajo la última luz de la tarde, charlando tranquilamente en el porche mientras Carmen rajaba las castañas que asarían después durante la merienda y que tomarían acompañadas del mejor vino de la tierra.

Al divisar a lo lejos a los muchachos, Aurelio cruzó el porche y se metió en la cabañita. Carmen dejó las castañas en un plato de cerámica y fue al cobertizo de la izquierda de dónde sacó unos platos de porcelana que contenían cecina de su pueblo, condimentada con orégano y bañada en un delicioso aceite de oliva que ellos mismo hacían en la finca, pues no solo había encinas en el recinto, sino que además contaban los Vaqueiro con una de las mejores plantaciones de olivos de la provincia. En esto que Aurelio regresó de la cabañita con un barrilito de cerveza de trigo y cinco vasos helados que habría sacado del arcón. Todo estaba dispuesto sobre la mesa de abedul que tenían en el porche, donde además se colocó una cestita muy linda cargada con rodajas de pan gallego.

-“Si alguna vez hubo mejores anfitriones bajo el cielo, ¡qué me digan dónde que lo pienso desmentir ahora!” Dijo Luis saludando a los Vaqueiro y cargado con la cesta a rebosar de amarillos champiñones.

-“¡Serás pelota!” -dijo Yosua burlándose- “¡Vaya con los Vaqueiro! Con cervecita Franciscana y todo, ¡qué lujo!”

-“¡Muchachos! Ya veo que traéis un buen cesto de champiñones, ¡cómo lo vamos a disfrutar en un rato! Pasar y poneros cómodos, en lo que Aurelio os sirve quiero que probéis la cecina de mi pueblo, que por supuesto-exclamó- ¡no existe otra igual!”.

-“No dudes Carmen, que estoy deseando devorarla, traigo hambre como cien leones, jaja” Dijo Luis abalanzándose sobre el plato.

-“Yo iré a lavar los champiñones” -comentó Aurelio mientras cogía la cesta y examinaba con gratitud su contenido.

-“¿Bueno, y cómo ha ido, os ha gustado el paseo?” preguntó Carmen. -“A ver, ¿Quién ha cogido más setas?”

-“Qué cosas tienes Carmen, ¿pues quién si no yo?” afirmó Daniel orgulloso.

-“El paseo bien, Tara se ha desahogado mucho y el camino ha sido muy entretenido, aunque estos dos parecían un matrimonio” Eso dijo Yosua abrazando a sus dos amigos.

En esto ya volvía Aurelio con los champiñones limpios, se dispuso a colocarlos sobre una fuente de barro con perejil fresco y un poco de aceite. Aprovechando que le quedaba de camino, se bebió de un trago el vaso de cerveza y metiéndose dentro, dijo a Carmen:

-“Voy a echar un ojo al cochinillo, no vaya a ser que se nos pase como la última vez”.

Los restantes amigos se quedaron disfrutando de la puesta de sol en el porche, mientras alababan la cecina y se ponían a tono con el barril, también se encendieron muchos cigarrillos y hablaron sobre distintas cosas mientras esperaban con no fingida ansiedad la resolución del cochinillo. Carmen escuchaba con atención las disertaciones y los debates que se proponían sobre la “entre-mesa”, a todos ellos les gustaba sacar cualquier tema y a modo de banquete platónico discutían sobre uno y otro aspecto, sin otro orden que el que les dictaba sus impulsos y su necesidad de protagonismo. Así, por ejemplo, Yosua y Luis podían discutir sobre cualquier materia, pues a ambos les gustaba filosofar, pero si Yosua era mucho más directo y tajante en sus sentencias, a Luis le gustaba más perderse en especulaciones abstractas. Dani hablaba poco y Carmen, cuando la dejaban, daba su opinión sobre uno y otro asunto. Una de las cosas sobre las que discutieron detenidamente mientras bebían sin parar y se encendían un cigarrillo tras otro, fue la cuestión sobre las relaciones humanas. Para Luis, todas las relaciones humanas estaban forjadas por el intercambio de intereses, según él, una relación como la amistad o incluso como la que se mantiene entre una madre y un hijo, no tendría ningún tipo de consistencia ni de soporte si esta no estuviera sustentada por el interés, en el primer caso como el mismo señalaba de “favores” y en el segundo, “interfilial”.

-“Es la posibilidad de dar y recibir de forma recíproca sobre lo que se fundamenta una amistad y no es más que el interés de las especies por continuar sobre la tierra lo que crea la necesidad de establecer lazos maternos”.

-“Yo no lo creo así, para mí hay algo superior, algo así como una fuerza invisible que nos mantiene unidos por encima del interés o la necesidad” Dijo Yosua, que acariciaba a su perrita casi dormida entre sus piernas.

-“Todo eso no son si no artilugios emocionales que el hombre reproduce en su pensamiento para humanizar las relaciones, pero ya te digo yo que el principio originario que nos mueve a ser seres sociales no es otro que el del interés”.

-“¿Entonces cómo puedes explicar otras sensaciones igualmente naturales como son el amor y el cariño?” Preguntó Carmen, un poco angustiada, pues no soportaba que una visión así de la vida demoliera sus convicciones sociales.

-“Yo no niego que el amor entre una madre y su hijo o entre los propios amigos o amantes sea algo no natural, lo es claro está, pero solo en tanto que forma parte de la necesidad, desarrollamos sentimientos porque nos son útiles para la supervivencia.”

-“Me niego a pensar así”. Dijo Carmen mientras un nudo le estrangulaba el estómago y se le retorcía por dentro una sensación de vértigo y desamparo.

-“Puedes pensar lo que quieras -prendiéndose un cigarrillo- solo digo que si el sentimiento entrara en conflicto con la supervivencia propia, tal sentimiento se disolvería en los mismos términos por los cuales se originó y se antepondría antes el interés propio.

“¿No ha habido casos en los que se ha sacrificado una madre o un padre por sus hijos? ¿Qué me respondes a eso?”. Dijo Yosua.

-“Claro que los hay, igual que ha habido casos contrarios en los que una madre se ha comido hasta sus propios hijos con tal de sobrevivir. En cualquier caso, que uno suplante su existencia por la de un ser querido puede tener su explicación en términos de patología mental, como la generosidad absoluta o la megalomanía”. Respondió Luis soltando una densa bocanada de humo, perdiendo de vista por unos segundos el rostro de sus comensales que parecían evanescerse entre las sombras del ocaso y la niebla del cigarro.

Daniel que hasta entonces había permanecido taciturno y en silencio, tras encender de nuevo el cigarro a medio consumir y dándole unos sorbos a su cerveza, dijo:

-“¿Qué me dices entonces acerca del arte? Porque según las razones expuestas, el arte no tendría lugar en el actuar humano ya que este parece no tener nada de útil para nuestra supervivencia”.

-“No estoy de acuerdo Dani, en que el arte no posea una tremenda utilidad para el hombre. ¿No me has dicho tú en alguna ocasión que sin tu guitarra no podrías vivir? Ahí tienes la respuesta que buscas. Necesitas tocar para vivir que es algo muy distinto que vivir para tocar”.

Como ya dije antes, aunque el temperamento de Luis y Daniel se asemejaba en el punto de que ambos mantenían una postura negativa sobre la existencia, esta negatividad distaba mucho de la forma en que uno y otro la concebían. Daniel consideraba la tragedia como una especie de analgésico inspiratorio para la creatividad y no era si no con el propósito de cauterizar las heridas del alma con lo que la negatividad adquiriría para él un valor y un sentido supremos. En cambio, para Luis, la negatividad no era un medio para la creación, si no el fin al que tiende toda la existencia y en consecuencia, todo posibilidad estética o incluso religiosa quedaban subyugadas siempre a ese destino fatal que rodea el acontecer humano, no siendo más que interesantes mecanismos de evasión para olvidar el presente efímero y mortal en el que viven.

-“No puedo creer que pienses así, es del todo deleznable. Para empezar no tienes ni la más mínima idea de lo que significa ser padre de alguna criatura, ni tampoco has tocado un puñetero instrumento en tu vida, además creo que desprecias todo lo que has recibido de tus padres y tus amigos pensando como piensas. ¿Acaso no has recibido de tus padres el cariño y el amor de una familia? ¿Has tenido alguna vez la necesidad de hacer algo por ti mismo? Tu forma de pensar es más propia de un inmaduro, de un cretino que nada sabe de la vida y que se atreve a juzgarla desde una óptica tan simple como insulsa”. Todo ello profirió irritada Carmen, pues se sentía convulsa por dentro, como si cada palabra que emanara de la boca venenosa de su amigo fueran sutiles puñaladas contra un corazón tan bueno y generoso como el suyo.

-“No le hagas caso a este imbécil, Carmen. Le conozco desde hace diez años y es un cretino integral, es más, a veces me pregunto por qué sigo siendo amigo suyo” -Dijo Yosua, que tras tranquilizar a Carmen con un gesto amistoso continuo- “creo que lo que le gusta es provocar sin creces a cualquiera que hable con él y tú que le conoces deberías también saberlo -prendiéndose un nuevo cigarrillo…- además este tío nunca habla del todo en serio”.

-“Yo ya no sé qué pensar tampoco” Dijo Carmen más tranquila; a lo que Luis contestó:

-“Fíate más de mis amigos que de mis palabras, Carmen. Desde hace un tiempo encuentro un gusto indescriptible en hacer vacilar los fundamentos morales de las personas con las que me rodeo, es solo provocación, nada serio en cualquier caso”.

“A ti lo que te pasa es que solo te gusta discutir, no aguantas un minuto sin abrir el pico” dijo Daniel.

Interrumpiendo el largo debate, apareció Aurelio con más cerveza y asomándose desde la puerta indicó a su mujer y los amigos que pasaran a dentro, que seguramente estarían más a gusto junto al fuego, que ya estaba bien de hablar tanto. Ya era hora de pasar a disfrutar del cochinillo que él mismo había desmenuzado y que la comida y el vino ya estaban servidos. No hicieron falta dar más razones para convencerlos, pues todos tenían ya un hambre bastante considerable, así que apuraron los vasos de cerveza que quedaban y todos pasaron dentro de la cabañita. Por dentro, la cabaña era toda de madera y piedra, en la parte de la derecha había dos literas que también eran de madera y a la izquierda estaba la mesa puesta, muy cerquita de la lumbre para que el frío no se convirtiera en un inconveniente que pudiera amargar tan alegre visita. Al fondo, entre la lumbre y las literas había una pequeña ventanita por dónde entraba una minúscula franja de la luz que parecía resistirse con inútil esperanza ante un cielo cada vez más oscuro.

El cochinillo yacía en una fuente de barro completamente descuartizado, la mitad de una cabeza se distinguía entre el costillar y un contra muslo, parecía dormir el dulce sueño de un bebé chamuscado. La piel tostada y fundida con la grasa y la carne tenían un aspecto de lo más jugoso, el olor que desprendía aquel infeliz animal era realmente irrefrenable para unos muchachos tan glotones como aquellos y, aun más gratificante era para Carmen y Aurelio ver como aquellos ojos juveniles, atónitos y brillantes miraban con tanto deseo el plato de comida. Disfrutaban de esto con más vehemencia que el incontenible furor de los chavales por hincar el diente a la criatura. A parte del cochinillo, había un recipiente de ensalada hecha con la misma lechuga que cultivaba Carmen en su huerta, la bandeja con los champiñones asados que también resultaba un bocado muy apetecible y por último, no podían faltar dos botellas del mejor vino de la tierra, algo que era insustituible a la hora de comer un plato tan nutritivo.

Durante la comida fueron pocas las palabras que se cruzaron, todas las energías estaban centradas en devorar con infinito placer el plato con el que llevaban soñando todo el día. Era realmente significativo como aquello que pueda tener de criatura divina el hombre salte por los aires a la hora de engullir con hambre una comida, pues más que personas parecían una tribu de salvajes que utilizando las manos y los colmillos desgarraban la gelatinosa carne entre los dientes, donde un montón de nervios y astillados huesos se partían y mezclaban con la espesa saliva que segregaban sus inmensas bocas:

-“¡Quién quiere vino!” Dijo Aurelio levantando la botella de una forma tan impetuosa que consiguió contra todo pronóstico que todos levantaran la cabeza del plato, pues todos ellos parecían haber olvidado que existía algo más que la comida.

-“¡Joder Aurelio ponte una ronda para todos ya! Qué tipo más acertado resultas ser siempre, jaja”. Gritó Yousa animado.

Todos levantaron las copas y el rojo vino fue llenando su contenido. Bastaba con un poco de vino para que Luis sintiera la felicidad más absoluta, pues pocas cosas le gustaban más que el vino ya que no había mejor vehículo que calentara las lenguas y encendiera los corazones, dijo:

-“En primer lugar, propongo que brindemos por nuestros maravillosos anfitriones- todos alzaron las copas y brindaron sorbiendo de un solo trago sus contenidos y tras rellenar de nuevo las copas continuo- y en segundo lugar, vamos brindar por tan prodigioso plato de carne, pues por Dios juro que soy incapaz de entender a los vegetarianos”.

-“¡Qué Dios perdone al vegetariano por rechazar tan generosa ofrenda!”. Exclamó Yosua excitado.

-“¿Qué Dios los perdone, dices? Más bien debería condenarlos por ser tan desagradecidos y negarse a disfrutar de un plato como éste”. Esto dijo Daniel mientras notaba crujir entre sus dientes la corteza churruscada de la piel del cadáver.

-“Jaja, sin duda muchachos, los vegetarianos son como alimañas, algo insólito y antinatural, fijaos que plato tan tierno son estas “manitas”- y haciendo una pausa para tragar el cartílago y los huesos de las pezuñas del animal continuo- son tan tiernas que los huesos se me deshacen como si fuera mantecado”, dijo Aurelio.

-“¡Chicos! Tampoco desaprovechéis el rabito, ni las orejas, ni los riñones o los pulmones todo de este animal se come”.

-¡Desde luego Carmen -dijo Luis mientras hundía una cuchara sopera en los sesos del animal- a mí la parte que más me gusta es el cerebro”.

Así trascurrió la comida, entre bocado y trago, trago y brindis, cigarro, trago y bocado, bocado, brindis y cigarro etc. Pues es realmente en el exceso sin escrúpulos dónde el placer puede sentirse en su infinitud, no hay nada peor que el deseo frustrado, que las pasiones a medias, que el furor reprimido y, siendo como es el hombre, un ser ridículamente finito; solo a través de la superabundancia sin límites podemos alcanzar el paroxismo de lo absoluto. Todos ellos repitieron varias veces, repitieron hasta notar que se les partían las costillas, poco después apenas si quedaban un par de huesos de la criatura churruscada, los cascos vidriosos del vino yacían completamente vacíos y resplandecientes a la luz del farolillo que iluminaba tenuemente la mesa, la bandeja de champiñones había sido tan vorazmente asaltada que incluso se habían bebido el “agüilla” impura que sueltan estos hongos al cocinarse. Cuando todo hubo finalizado Aurelio sacó un juego de varios licores, cada cual más fuerte, pues no había nada mejor como el orujo puro para dirigir tanta demasía. Mientras tanto, Carmen preparaba café y metía a asar las castañas al fuego. Conforme los vapores del alcohol fueron trepando voluptuosamente por el ánimo de nuestros amigos, el temperamento de cada uno fue minando hasta liberar a sus hinchadas lenguas de todo tipo de secretos, secretos que guardaban con poco decoro y que bien hubieran podido permanecer en lo más oculto de sus enturbiados espíritus. Sirviendo el licor Aurelio anunció:

-”Creo sinceramente, mis jóvenes amigos, que no hay más placer en el mundo que tener el estómago completamente lleno, a veces me pregunto ¿Cuánto durará esta dicha? Si la vida fuera dichosa en cada momento ¿qué nos separaría de un Dios? ¿Qué diferencia habría entonces entre el reino de los ángeles y el reino de los hombres? ¡Oh amigos! Acaso un hombre no pueda elegir el cómo viva, pero quizás si el cómo muera, ¿no es acaso en esto en lo que consiste la libertad?”

-“Yo creo que la libertad consiste más bien en abstenerse de las posibilidades que te ofrece el sistema, quiero decir, que no se puede entender más que como libertad negativa. Solo puedo afirmar una libertad que consiste en negarme- en esto, alzó la mirada hacia al techo y señaló- ¿Dónde está esa libertad tan salvaje como divina en la que el hombre se afirmaba a sí mismo, aunque para ello tuviera que negar al resto de la humanidad? Ojalá existiera un mundo dónde la libertad fuera incondicionada y absoluta… Además, es completamente contradictorio que nos enseñen a pensar que la libertad acaba allí donde se coacciona la del prójimo – mirando otra vez hacia arriba, como si esperara una respuesta desde aquel otro lugar donde solo reina la indiferencia, exclamó- ¡Qué injusticia y qué abuso! Dios es libre porque es absolutamente ilimitado ¿No os parece?”  Tras lo dicho, Luis se prendió otro cigarrillo y apuró el orujo.

-“La libertad no existe-  Dijo Dani, al que por cierto le sudaba la frente como si tuviera fiebre y, pasándose la manga de la camisa sobre el rostro empapado, continuo- todo de alguna manera ya está determinado, incluso lo que no has pensado hacer y lo haces, eso ya está determinado mucho antes de que tú mismo seas consciente de lo que estás haciendo” En esto, sintió un fuerte apretón en el estómago, una sensación extraña más allá de la nausea, como si en lugar de que el estómago digiriera lo comido, fuera lo comido lo que digiriera al estómago. Con el difícil disimulo que le permitía su estado, señaló: “¡Oh,  debo ir al baño! Parece que el licor ejerce pronto su efecto…” Eso dijo saliendo emperifollado de la cabañita, a la fría noche estrellada y en silencio, dirigiendo sus pasos al cobertizo entre fuertes convulsiones.

“No estoy de acuerdo, si es cierto que puede haber un alto índice de determinación, pero en cierta manera la libertad es precisamente poder elegir, poder elegir no solo el camino, sino además cómo quieres andar por él…-Continuó Yosua- se me vienen a la cabeza muchas imágenes, imágenes lejanas pero muy nítidas,  recuerdos de la infancia y que bien de horrores me traen a la memoria. Es aquí de donde deduzco que si yo no hubiera tenido la capacidad de actuar libremente, no hubiera sido yo mismo si no el demonio el que hubiera tomado el timón de mi vida… ¡Yo jamás permitiría eso! Por tanto, concluyo, que soy perfectamente libre.

-” ¿Te gustaría hablarnos de ello, Yosua querido?” Dijo Carmen posando una de sus manos en su rodilla, tal como él había hecho antes cuando se sentía más afligida.

-”Bueno, yo no he tenido una vida fácil. De hecho pasé parte de mi infancia en el reformatorio de Trujillo. Allí tuve que aprender a sobrevivir y tal como decía Luis, si es cierto que hay lazos que solo se mantienen por interés, habría que añadir que eso tan solo ocurre en los estadios de necesidad, pero si efectivamente fuera cierto; entonces yo no sería quién soy y posiblemente no estaría con vosotros en este momento… Ante todo- matizó Yosua- uno elige qué sentido darle a su vida, creo yo”.

-“Percibo en tus palabras un matiz ético que me repugna, no concibo cómo puedes llamar a eso libertad, aunque así sea, no es positivo manchar un concepto tan hermoso con baluartes morales de uno y otro tipo. Como seres racionales deberíamos irracionalizarnos, deshacernos de toda esa patraña tradicional que nos dice cómo comportarnos, una moral sucia que nos hegemoniza”. Una vez más, la piadosa Carmen refunfuñó ante el comentario de Luis y respondió:

-“¿Sabes que eres un provocador nato? Ni tú mismo puedes creerte las idioteces que sueltas”.

A pesar de las disputas, de los desacuerdos y en general de la densa red subjetiva que envuelve todos los puntos de vista, todo el placer del ocio en la vida adulta parecía reducirse únicamente a hablar, o a hablar y discutir, pero en cualquier caso, al intercambio inconmensurable de opiniones que, estimuladas por el alcohol y el desenfreno, reducían la vida miserable al apogeo del goce y la vanidad.

-¿”Cómo acabaste en un reformatorio tan pequeño, no serás el típico demonio reformado verdad?, jajaja” Preguntó Aurelio en tanto repartía ya las últimas sobras de la botella.

-“Fue lo mejor que pude hacer,  aunque más que un reformatorio se trataba  más bien un centro de acogida para niños con problemas. Mis padres no eran precisamente ejemplares y si no era mamá la que me ataba y encerraba en un baño toda la tarde para que no le incordiara, era papá el que llegaba borracho a casa y parecía que no había otra forma de que pagara su resentimiento más que con mi endeble e indefensa estampa. Entre ellos también discutían mucho, pues aunque mi padre fuera alcohólico, al menos no estaba completamente tarado como era el caso de mi madre, una mujer mezquina y cruel que no dudaba en poner histéricamente celoso a mi madre y lo hacía incluso ante sus propios ojos… Una vez recuerdo que encontré a mi padre desangrándose en la alfombra del salón, completamente borracho y sudado, como un cerdo inmundo. Entonces fui a  buscar a mi madre, que por supuesto estaba en el bar de abajo y allí la vi con otro hombre… ¡Quería matarla en ese instante!- la rabia resplandecía de odio en la mirada de Yosua- juro que la hubiera matado allí en ese momento como a una alimaña… Entonces pensé ¿acaso voy a ser yo lo mismo que ellos?

-“Yo creo -dijo entonces Luis en tono burlón- que si hubieras querido, además de no ponerte a su nivel, podrías haberles demostrado algo…”

-Algo como qué…ya te veo venir ¡cabrón endemoniado!

-“Algo como… no sé… quizás… ¡mira! así como Cristo ofreció su sangre para beberla, tú podrías haber ofrecido tu cuerpo como receptáculo de golpes y reconciliador de las pasiones. ¡Eh, piensa en ello! fíjate: “Yosua salvó el matrimonio de sus padres gracias a que recibió una paliza brutal por ambas partes, jajaja”. ¡Joder qué bizarro sería!”.

Todos rieron del sarcasmo, aunque algunos más por pena que por el chiste en sí. Entonces el café silbaba fuerte en el fuego. Carmen, tan hospitalaria como era, se dispuso a servirlo en unas tacitas de porcelana de lo más bonitas y especiales. Los amigos, con las cabezas cada vez más nubladas, continuaron a su ritmo bebiendo y fumando sin parar como si de veras se tratara de su última cena. Los perros dormían plácidamente junto a los pies de sus amos, soñando sus sueños de perro. Todo marchaba de maravilla o si no de maravilla si al menos como debería marchar según lo pactado entre Carmen y Aurelio.

Del que no se volvió a saber nada fue de Dani, nadie preguntó nada pues ¡qué de insignificante es una criatura para este complejo mundo! Lo cierto es que entre desmayos y sudores consiguió dar con el baño del cobertizo. Aunque el cobertizo no estaba lejos de la cabañita, nadie escuchó sus aullidos de moribundo mientras se deshacía en la taza del retrete. La muerte sorprendió a Dani como a todo ser humano le sorprende algún día, en medio de una horrible soledad: tenía la cabeza hundida y vomitaba una sangre negra y espesa como la tinta de una sepia. Lloraba de dolor e incomprensión, sentía como se le reventaban los órganos y como se le subían las vísceras a la garganta. Buscaba en algún lugar de su alma la esperanza perdida, la salvación imposible, incluso murmuró con escasas fuerzas alguna oración. Pero como siempre sucede en estos casos, el mundo permanece en silencio frente al grito de desesperación del hombre y el corazón le latía tan fuerte que pronto estallaría por el esfuerzo de mantenerse vivo…

La muerte es la única cosa en el mundo que no hace distinciones, a todos nos iguala con su ineludible presencia final. Que Dani muriera antes o después solo era cuestión de tiempo y debilidad, pero mientras tanto, en la cabañita, los amigos continuaban pasándolo de fábula, ahora disfrutaban de las castañas asadas que era un plato muy apetitoso en el otoño. La conversación ahora era diferente, pues a medida que sus mentes estaban más calientes, la vergüenza ya no era un impedimento para demostrara quienes eran en el fondo y es así como Luis, impaciente por retomar el liderazgo de la conversación, se lanzó a contar uno de los sueños que más le gustaron en su día y que se procuraba de guardar muy bien en su memoria:

-“Casi no sé si quiero escucharlo”- Dijo Carmen.

-“¡Calla mujer! Parece que se la tengas jurada al chaval, tú habla y cuenta lo que quieras que estamos borrachos y en confianza”.

-“Qué cosa tan extraña son los sueños, veréis. No recuerdo como llegué a esa tienda, jamás la había visto y jamás estuve allí. Yo no era más que un chaval, un chaval majo y luminoso, no como ahora. El caso es que entré en esa tienda que parecía algo así como una ferretería…

-“¡Joder! Ya sé que sueño vas a contar tío ¡siempre el mismo! Parece que no hayas soñado otra maldita cosa en tu vida”. Eso dijo Yosua mientras se echaba hacia atrás intentando acomodarse, aunque, cosa extraña, desde un rato le venía doliendo el estómago y no conseguía estar augusto en ninguna postura.

-“Bueno, en la tienda estaba mi abuela como de dependienta o yo que sé, junto a ella, como de ayudante, mi tía Rosa, que ya sabéis que vive con ella en la vida real. El caso fue que según las vi, sentí una rabia atroz  por dentro que luchaba contra mi voluntad por liberarse y desatar el caos…Finalmente me encontré con mi abuela degollada por mis propias manos y mi tía Rosa igual de muerta junto a ella, recuerdo el cuello abierto en forma de luna y todo muy extraño y desagradable. ¿Os lo podéis creer? Yo que solo tengo para mi querida abuela los más elevados y puros sentimientos. Lo más extraño fue que en el mismo sueño volvía a ver a mi abuela, un día en el hospital, aunque después de lo que había hecho no sé cómo pude ir a verla, pues de veras que la dejé bien muerta. Entonces, en aquella sala blanquecina y de mal aspecto, la vi tumbada en la camilla, mirándome fijamente con sus ojos negros y pequeños, me sonreía tiernamente…

-“¡Pero cómo puede contener tanta perversión esa cabecita tuya!” Aulló Carmen encolerizada.

-“Jolín, dijo Aurelio, pues no sé porque te enfadas tanto Carmen, a mi me ha resultado de lo más divertido”.

-“Lo siento Carmen y gracias Aurelio. La verdad es que tiene segunda parte por extraño que os parezca”.

-“A mi ya de ti nada me parece extraño, Luis” Dijo Carmen mientras se acurrucaba junto Aurelio para escuchar y ver el “final de la historia”. Abrazando a Carmen, preguntó Aurelio:

-“¿La contarás? Me gustaría mucho que lo hicieras”.

-“Yo voy fuera, me siento un poco mareado, voy a que me dé el aire…-llamando a la perra- ¡Vamos Tara, despierta que salimos!

-“Unos meses después de este incidente onírico, tuve otro sueño en el que me encontraba atado en una silla de pies y manos. Sin embargo, con la boca bien suelta para que pudiera maldecir y chillar cuanto quisiera. De otra habitación que no alcanzaba a discernir, llegaron mi padre y mi abuela, estaban muy contentos y cada uno de ellos tenía entre las manos unas planchas de estas de metal que se usan para planchar la ropa. Cuando estuvieron bien calientes me abrasaron la piel con ellas y podía ver con desesperación como mi blanda piel se levantaba pegándose a la incandescente placa de hierro. Ellos reían descosidamente mientras yo sufría y gritaba hasta que me desperté del mal rato”. Como hacía cada vez que terminaba una cosa, se prendió el cigarrillo para mirar a su público expectante tras la cortina de humo.

-¡”Joder, este sí que ha sido bueno, bueno”! Comentó Aurelio muy satisfecho- en esto, Luis comenzó a sentirse excesivamente mareado, ya fuera por el alcohol o porque tenía el estomago hinchado como si le fuera a reventar, el caso es que se sintió tan indispuesto que por un momento creyó que perdería el sentido-“Ese tipo de sueños han de ser sin duda alguna frutos de algún tipo de infortunio, cómo quizás un deseo sexual reprimido con la madre de tu padre, lo cual no solo explicaría ese odio tuyo hacia tu abuela, sino que también el odio natural hacia tu padre en tanto que competidor sexual”.

Cada palabra de Aurelio era lenta y pesada como el tiempo de la eternidad, un aglomerado de sonidos inertes que se asemejaban a los balbuceos de alguien que olvidó hablar. Eso al menos percibía Luis, sentía como su cuerpo perdía conexión con su mente, como si ya no fuera una unidad completa con su organismo, como si no fuera más que un ser disperso y sin fundamento.

-“¡Luis, Luis a fuera!” gritó Yosua desde el porche.

A Tara se la escuchó ladrar y Luis se levantó como pudo y salió a fuera. La noche era negra y profana, Yosua estaba apoyado en una especie de baranda, parecía estar muy estresado, tenía la ropa echa un asco,  el ceño fruncido y la mirada decaída. Dijo:

-“Mira hermano, mira lo que he encontrado bajo las cestas… ¿Pero es que acaso ellos no han comido ni un solo champiñón?

-“¿Cómo?

-“Joder mira la puta guía tío ¡mira esto joder! ¡Mira la página que tiene marcada!

Entonces Luis comprendió y de solo pensarlo le vino la nausea fea y visceral. Dio unos pasos en dirección a la vereda y apoyándose trágicamente sobre una encina, vomitó todo lo que tenía dentro.

-“Yo acabo de echar la raba igual, igual de sucia”- decía Yosua encogiéndose sobre su vientre como una criatura.

Bajo la escasísima luz que iluminaba con debilidad el porche, leyeron con detenimiento lo que decía la página marcada. Debajo del nombre “Agaricus campestris” aparecía una foto con idénticas características al de los champiñones que habían cogido aquella misma tarde así como al magnífico ejemplar  que Carmen, de forma cautelosa, se había tomado la irónica molestica de procurarles como referente: los mismos tonos amarillentos, la misma forma curvada y alargada del tronco y las mismas y blancas láminas como perlas. Dicho champiñón pertenecía a la categoría de tóxico y mortal, bajo la fotografía había una detallada descripción de sus efectos nocivos para el organismo. Ante la muerte inminente, ambos amigos se miraron con ira y desasosiego, no podían dejar las cosas como estaban, debían vengarse a toda costa de los Vaqueiro. Ante la posibilidad de que alguno de los Vaqueiro saliera a fuera a comprobar lo que sucedía, se dirigieron al cobertizo con la idea irreversible de tramar un improvisado plan que terminaría de una vez por todas con la vida de aquellos malhechores. Cuando entraron al cobertizo les llegó un olor a cadáver y putrefacción, se trataba de Dani, que yacía plateado y rígido como una estatua, entre charcos de vómito y heces disueltas. Aunque sintieron lástima de su viejo amigo, el tiempo corría en su contra y debían de encontrar la manera rápida de acabar con los Vaqueiro. En dirección opuesta al improvisado nicho de Daniel, encontraron un viejo armario cubierto por telarañas y polvo, al abrirlo dieron con lo que necesitaban, pues entre otras cosas, el armario albergaba un hermoso hacha que parecía bastante afilado y que posiblemente usaría Aurelio para cortar la leña de encina con la que preparaban el cochinillo.

-“Ven a mí, preciosa herramienta, esta noche no cortarás leña si no cabezas” Dijo Yosua en estado de euforia, ya fuera por la intoxicación o por el deleite infinito que le provocaba la necesidad ya no solo epicúrea, sino que también moral, de vengar su propia muerte.

Acordaron lo siguiente: entrarían de sopetón en la cabañita, sin mediar palabra Yosua iría directo a por Aurelio y Luis, en la retaguardia, se ocuparía de Carmen con no otras intenciones con las que Yosua se lanzaría a por Aurelio.

Se aceraron sin armar murmullo y en sigilo al porche, la puerta de la cabaña estaba ligeramente entreabierta y un fino hilo de luz se vislumbraba desde fuera, sin embargo, convinieron en esperar unos segundos para escuchar lo que aquellos decían:

-“Como el mundo no es justo, ¡oh amor mío! Hemos hecho bien”.

-“Ya sabes que yo siempre te apoyaré hasta la muerte y todo cuanto creas oportuno yo lo acataré sin paliativos”.

-“Es esta enfermedad, esta maldita enfermedad que está acabando con mis células ¡oh querido!”.

-“Tan injusto es que tú mueras como que ellos lo hagan y si es la voluntad del destino el que tú te vayas de este mundo, también ellos lo harán y yo también”.

-“Dame un último beso ¡oh amor mío!”

-“¿Qué mejor ofrenda hay, mi esposa querida, que devolver con más muerte al mundo lo que el mundo por injusticia nos ha de quitar?”.

-“¡Oh, Aurelio! ¿Qué somos ante la mirada de este Dios universal del terror si no larvas insignificantes y retorcidas?

Entonces, de improvisto, Yosua abrió la puerta de una patada y ambos amigos entraron en la estancia gritando el grito de la muerte. Sin que tuvieran tiempo de reaccionar, los Vaqueiro esperaron con serena voluntad el circunloquio de su fútil existencia: Yosua hundió el hacha resplandeciente en el cráneo calvo y voluminoso de Aurelio, salpicando por el techo y las paredes la voluptuosa sangre. Los ladridos de los perros se mezclaron con los aullidos de los hombres. En tanto que Aurelio expiraba su último aliento, Luis se abalanzó sobre Carmen  golpeándola con ira la cabeza, optando finalmente por estrangularla con sus propias manos homicidas. Entre espasmos imposibles intentó Carmen liberarse, pero su piel se fue azulando y finalmente la luz de sus ojos se nubló  con la paz de la muerte. Por otra parte, nuestros amigos exhaustos y satisfechos, se dejaron caer en la tarima mientras aguardaban el final en silencio, pues no había nada que decir: sus ropas manchadas de sangre y vómito, sus rostros arrugados y carcomidos por la angustia, los dolores de estómago y el sufrimiento ante un tránsito que  solo es posible “vivir” en máxima apatía y soledad, fueron los precedentes a las largas horas que seguirían hasta el desenlace de sus vidas. Los perros, fieles a sus amos, no se movieron de su regazo, ladraron durante días a los hediondos cadáveres sin obtener respuesta, finalmente ellos también fenecieron en aquel lúgubre agujero, un día cualquiera durante un hermoso otoño y aislados del mundo.
 Irineo Leonel

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