Juan Currante

 

A esas alturas, Juan ya sabía serle esquivo al tedio que acarreaba su vida rutinaria. Otro, en su lugar, hubiese preferido acabar colgado de una soga antes de despertarse un día más encarnado en semejante criatura desdichada. Pero Juan Currante ya no se permitía sentir nada y, como aquellos virtuosos de las religiones ascéticas que no perturbaban su ánimo ni aunque se les presentase el mismísimo diablo con sus cuernos y todo, parecía, digo, que por alma ya no tenía sino un cayo endurecido por las flagelaciones del tiempo. Así tiraba Juan de su vida, hacia delante y sin prestar atención a los flamígeros deseos de su espíritu, como si llevase puestas las anteojeras que se le ponen a los burros para que no se distraigan de camino.

Vivíaen el seno de una gran familia,como aquellas ingentes familias que se escuchan en las historias que le cuentan los abuelos a los niños. Esta se desenvolvía con los valores que caracterizan una familia “chapada a la antigua”, no porque se considerasen los mejores valores para que florezca la misma, sino porque el pesos de la tradición aplastaba con fuerza su capacidad crítica; y así, más por costumbre que por educación, en la familia de Juan todos tenían su cometido ya desde antes de nacer. Desde que sus fuerzas y su constitución se lo permitieron, Juan trabajaba en la misma empresa de construcción. La tierra y la roca fueron sus fieles compañeras desde la más primitiva juventud, y en su compañía ha desperdiciado la mayor parte de su tiempo. Predestinado e instruido con dureza en el trabajo, Juan Currante se levantaba cada mañana con el cuerpo dolorido; y si algún sentimiento de extrañeza hacia el mundo le rondaba su espíritu desde los primeros rayos de la aurora, se compensaba echando un tierno vistazo a su alrededor, donde la visión de su hermosa y numerosa familia le hacían olvidar las desdichas de su destino. Si este sentimiento de amor filial sustentado y a la vez desgastado a fuerza de abuso era lo que ahora le impulsaba cada mañana a seguir viviendo, también ha sido durante todos estos años una de las causas de su aciago destino. Su prematura paternidad – fruto de la tan inconsciente como lúbrica juventud – le habían obligado a trabajar resignado durante muchos años, tantos que ni se atrevía a contarlos. Y pese a que después de tantos servicios no había podido permitirse ningún lujo durante los duros años de su vida, bien podía presumir de que su familia estaba bien amparada y que, en definitiva, una leve sensación de ser el redentor de sus seres queridos era lo que le velaba el amargor de su pesada rutina e hinchaba pobremente su ego.

Sin muchos más preámbulos – no vaya a ser que intempestivos pensamientos de ensoñadas vidas quijotescas le perturbasen la tranquilidad de su rutina diaria – se dirigía Juan Currante hacia el trabajo cada día. Un temido vértigo que le nacía desde lo más profundo de su corazón era el que mantenía callado en la cabeza de Juan ese tipo de pensamientos utópicos. Sin embargo, aquella mañana se levantó más turbia de lo habitual, y durante el pequeño período de tiempo que tardaba en llegar de su lecho a donde dormían su pico y su pala, Juan no pudo evitar pensar en su juventud. Pese a que ya entonces trabajaba para la empresa a la que, a regañadientes, agradecía la manutención de sus familiares, su espíritu era por entonces más vivaracho y soñador. Recordaba, casi con lágrimas en los ojos, todos los planes y aventuras alrededor del mundo que Juan concibió para su vida, arruinados ahora por el peso de las responsabilidades que arrastró el macabro paso de los años. Ya se sentía viejo para cumplir todas aquellas aventuras que sólo las alocadas cabezas de la juventud se permiten soñar. No era esto lo que ahora quería para sí mismo, mas no por ello estaba dispuesto a ofrecer la totalidad de sus día a una empresa que, más que sustentabilidad, lo que le había traído eran dolores de espalda.

Poco a poco el suave ronroneo que producían las brasas ya casi marchitas del alma flagelada de Juan, fueron cogiendo fuerza y avivándose hasta salirle las llamas por los ojos. Su rostro pálido se tornó en rojo bermellón y, mientras apretaba los puños hasta hacerse sangre, un sentimiento de indignación y venganza empezó a inundar su espíritu. Ya no soportaba más la voluntaria servidumbre a la que fue sometido desde su nacimiento, no soportaría ni un día más trabajar en aquella funesta empresa, que más que un trabajo parecía un cementerio donde los cadáveres todavía conservaban la suficiente fuerza como para mover piedras de un lado a otro sin mediar palabra entre ellos. Si en otro tiempo fue la necesidad de dar de comer a su familia la que le obligó a interpretar semejante papel infame, ya no sentía esa necesidad, muchos de sus consanguíneos ya eran independientes y los más pequeños tendrían la oportunidad de disfrutar de él si tuviese el coraje de mandar a la mierda aquel trabajo matador. Con el espíritu más alto que las nubes del cielo y la cabeza caliente por los recuerdos de todos aquellos años de explotación, llegó aquella mañana Juan al trabajo. Sus compañeros a penas le reconocían, se asustaban al verle echar fuego por los ojos y oír el veneno que fluía de su lengua ahora que las nubes se disipaban de su cabeza.

Así pues, con el orgullo en ristre, pretendía Juan, nuestro héroe de capa caída, enfrentarse a su jefe, criatura desalmada como la fría roca. Ese día era el último, no pretendía pisar Juan otra vez aquella infecta cloaca de almas en pena. Y sin duda hubiese triunfado en su honorable misión si el siguiente suceso disparatado no hubiese perturbado sus planes: la empresa de Juan sufrió un brutal colapso, y habiéndose dañado gravemente los cimientos, toda la estructura se derrumbó, sepultando en vida a nuestro héroe, ya convertido en mártir, así como a la mayoría de almas en pena que allí empleaban su tiempo. El accidente no fue completamente fortuito, tenía una razón de ser, que pese a ser algo irrisoria, descartaba al azar como causa del infortunio. Un niño juguetón, tan inocente como dañino le hacía su inconsciencia, había dado un pisotón tan fuerte en el hormiguero que ahora se podían ver en él sus entrañas laberínticas, así como la multitud de cadáveres que adornaban la estampa. Así es, Juan no era humano, había sido una hormiga desde el día en que nació al calor de una recóndita colonia, y así había perecido. Nuestro trágico héroe, por designio del despiadado destino, había muerto esclavo de sus decisiones, tal y como vivió su infame vida. Pero a diferencia del apestoso olor a podredumbre que ya desprendían los cadáveres de sus compañeros; no eran sino frescos aires de sueños de revolución los que manaban del cadáver de Juan. Rápido se evaporaron estos y se mezclaron con el fluir del viento hasta convertirse en nada. Cruel metáfora del espíritu guerrero de Juan Currante, que flagelado por la carga que suponía la responsabilidad de la tradición, no fue hasta su último día cuando su dignidad reflotó hasta sentirse orgulloso por el reflejo de sus sueños de juventud. Y así fue como Juan Currante, que pretendió ser un héroe demostrando la resistencia de sus riñones, acabó siendo un mártir trasnochado de lumbares entumecidos.

Ato G. R.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s