Carta de un asesino a la familia de la víctima

Mi nada estimada familia Duarte,

Yo, Marqués de Salor y asesino confeso de su querida hija, he sentido la necesidad de daros una explicación sobre mis actos. Empezaré diciendo que esta no es una carta de arrepentimiento; soy una persona coherente consigo misma, por lo que nunca en la vida he sentido tal cosa. Si he de darle un porqué a estas líneas, diré que al igual que mi estimada hija suya, la cual fue objeto de mi devoción durante mucho tiempo, estas palabras ayudan a avivar mis libidinosas pasiones y por tanto a aumentar mi placer. Y si este placer es intensísimo al experimentar atrocidades como a las que su hija sirvió, no es menos este cuando vuelco en tinta mis lúbricos recuerdos.

No siento su pérdida más que por el golpe tan rotundo que ha recibido, esta misma noche, la belleza del mundo con el fallecimiento de su hija – sin embargo, tengo que decir que fue una muerte extraordinariamente emotiva y dejó tras de sí un hermosísimo cadáver -. Como ya he adelantado, su hija fue un admirable objeto que levantó en mí, como pocos pueden ya, las más intensas pasiones. Su belleza igualaba a la de las figuraciones más sensuales de la diosa clásica de la pasión amorosa; y la voluptuosa forma como se alzaban sus nalgas mantuvo mi cabeza caliente como en la primera juventud. Pese a que llevo alimentando tan descorazonadas pasiones desde muchos años atrás, he de decir que hacía mucho tiempo que no me divertía tanto como cuando enculé a su hija por primera vez; a cada embestida de mi envenado badajo sentía esfumarse escandalizada su virginidad. Durante mucho tiempo me regocijé en esta pasión, más de lo que ella hubiese querido. Pero mi corazón lascivo no era lo único que valoraba de ella, sino que sus tiernas carnes y la blancura y tersidad de su piel también incendiaron mi pecho y mi miembro como en mis sueños más húmedos. No sé cuantos golpes, latigazos, fustazos, pinchazos, palmadas, patadas, quemaduras y demás brutalidades aguantó la dulce criatura, pero no los suficientes como para saciar mi mente libertina, la cual aguantó deseosa hasta el final de la velada. En estas voluptuosidades se afanó mi alma hasta ver la celestial piel de vuestra hija despegada del músculo y pintada del rojo de la sangre; mas no fue hasta que mis furiosas manos retorcieron su gaznate cuando mi placer estalló en líquido viscoso, de tal forma que los berridos de mi éxtasis coincidieron con las últimas exhalaciones de su hija.

También pretendo con esta carta ensalzar su orgullo Sr. Duarte, pues no todos hubiesen podido concebir tan adorable criatura con un semen tan asqueroso como el que usted debe tener. ¡Oh, que agradecido les estoy por haber concebido semejante regalo para los sentidos! Creo haber, con todo ello, dado la oportunidad a su hija de servir a los propósitos más admirables de la naturaleza, que habiendo estos hablado a través de mis placeres, quedaron bien honrados en mi encuentro con ella.

Entiendo que ahora es a ustedes a quien les toca atender a las emociones de su ánimo. Y como tendrán, digo, mucho que llorar, me despido para no hacerles perder más el tiempo con mi apasionada verborrea. Como mi alma siempre se inclinó hacia las más impúdicas y perversas pasiones, y nunca se inmutó con emociones de compasión, no puedo llegar a imaginar el dolor por el que ustedes estarán pasando. Me despido, pues, con mi más sincero agradecimiento y mis más sarcásticas condolencias.

Atentamente,

S. H. Y. marqués de Salor, el mayor admirador de su hija.

La noche de su muerte.

Pd: A la carta acompañan veinte mil pesetas, dinero que suplirá con creces la pérdida de su querida hija.

Ato G. R.

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