V – La Búsqueda de Deseo

V  –  La búsqueda de Deseo

 

La verdad sea dicha, Danil no iba a tener demasiadas dificultades en el viaje: la intendencia se la habían solucionado los monjes y tampoco tenía un tiempo límite en el que llegar a su destino. Esa flexibilidad, le gustaba a Danil. Nunca había necesitado que le repitieran las cosas dos veces cuando se trataba de su obligación.

Lo único que verdaderamente ponía nervioso a Danil era el campeón. Tal era su empeño en hacer las cosas bien que empezaba a ponerle nervioso no encontrar a alguien que se pareciera al campeón de sus sueños.

 

¿Qué podría encontrarse Danil en el Monte Cetrino? Bueno, creía que a su llegada le reservarían una tienda donde pudiera charlar un rato con los aspirante. Danil hablaría un rato con cada uno de ellos. Les haría ver que el deseo no era algo fácil de controlar… luego vendría el temilla de las espadas y esas cosas. No le preocupaba demasiado pues pensaba que la Fuerza sólo era útil para sortear los inconvenientes que surgieran en el camino, pero no en la misión en sí. Cuando el campeón tuviera que enfrentarse a sus demonios más vale que se cubriera con una armadura de cristal transparente y su espada fuera una llama que apagara la avaricia del que siempre quiere más. Una fortaleza interna que pudiera soportar tormentas. Todo esto lo sabía gracias a los múltiples e inútiles consejos que le dieron los sabios mohosos, pues el poco sabía del demonio Deseo. Pero, la verdad, es que ni ellos mismos eran capaces de precisar qué narices significaba una fuerza interna capaz de soportar tormentas. Enviaron a Danil prometiéndole que encontraría sus respuestas cuando hablara con los aspirantes. Todo esto estaba empezando a poner nervioso al pobre Danil, y él no estaba acostumbrado a que sus nervios se movieran por su propia cuenta revolviendo su estómago.

 

Cuanto más se adentraba en el bosque de robles y hayas más sombras extrañas empezaban a poblar la mirada de nuestro Iniciado. Cada liana era una serpiente, cada pájaro que se movía entre las hojas, un fiera tigre que le devoraría por la espalda. Sabía que no había excesivos peligros… quizás los lobos, pero había leído que su peligro estaba sobrevalorado.

Las noches empezaron a volverse intranquilas. Soñaba con su cama, con su fuego y sus vacas. Una noche la pasó bajo un acevo gigante pues temía las extrañas formas que poblaban el bosque por las noches, algo extraño, pues nunca había tenido miedo de la naturaleza. Cuando un urogallo fue hasta el improvisado refugio para saborear los dulces frutos rojos del árbol, Danil pegó tal grito que despertó a todas las alimañas, escolopendras y murciélagos que, en completo silencio, estaban compartiendo el alojamiento del viajero.

 

Ya no pudo conciliar el sueño en toda la noche y se quedó acurrucado en un tocan observando las imprecisas sobras hasta que, sin que él lo viera, las arenas de Morfeo hizo que sucumbiera y se adentrará en su sueño. Un sueño donde el niño del bosque de abedules reía despreocupado mientras daba cuenta del queso, donde su casa aparecía en la cima de una colina, escarpada e inaccesible.

 

Danil despertó sudoroso y partió presto sin desayunar. ¡Pobres tripas vacías! Estuvieron quejándose hasta el mediodía. Daniel quería llegar lo antes posible y decidió no parar a comer nada tampoco, pero se llevó un trozo de carne seca a la boca. Evarista miraba con creciente envidia como su amigo podía comer sentado en su grupa mientras ella solo podía soñar con agachar la cabeza y probar las ricas hierbas que crecían a la sombra de las hayas. Evarista no compartía los miedos de Danil y estaría disfrutando del viaje si no fuera por su terrible hambre.

Si Danil hubiera tenido más consideración por los sentimientos de su fiel compañera, puede que ella hubiera haberle advertido sobre los ojos que se escondían entre las sombras y analizaban a su próxima presa. Es importante cuidar a quien te cuida. Esos ojos siguieron al nuestro pobre protagonista durante unos pocos kilómetros hasta un cruce de sendas y caminos junto a un obelisco.

El bosque dejaba entrar la luz entre el espeso follaje, alumbrando los helechos y flores que cubrían el suelo. Era una luz cristalina que acariciaba la piel de Danil con la fuerza del mediodía… ¡Cuánto deseaba que llegara la tarde! Una nueva luz que quizás le ayudará a recobrar parte del valor que había perdido en las noches pasadas. Danil se quedó observando el obelisco esperando, no, deseando, que tras esa negra piedra se alzaba la falda del Monte Cetrino. Pero en su fuero interno había algo más que deseaba. Algo que le aterraba:

¿Acaso era eso lo que de verdad quería hacer? ¿Llegar al Monte Cetrino y cumplir su misión? No estaba seguro. La hiedra de la inseguridad crecía entre sus piernas y le hacían dudar de sus metas… metas que nunca había pedido. Metas que no estaban a su alcance…. Nunca antes había tenido un miedo tan denso y pegajoso. Se miró las manos extrañado al no encontrar algún tipo de sustancia física que representará su miedo. Las cosas que antes reconfortaban su corazón: el rumor de los arroyos, el canto de los estorninos y el crecer de las cosas vivas; ahora eran recuerdos atrapados por el peso titánico de su tarea. ¡Cuánto deseaba no haber partido! Las prisas comenzaron a susurrarle falsos consejos y atajos escondidos y empezaba a desear… ¿Que deseaba?

En esas cavilaciones andaba sumido cuando Evarista tropezó con una cuerda en medio del camino. Danil cayó de bruces y algo le golpeó la cabeza. Mientras las brumas cubrían su visión del terrorífico bosque, una figura saltó desde el obelisco y observó con mirada inquieta como el Iniciado era lanzado al abismo de sus pensamientos y sueños.

Danil perdió el conocimientos con la mirada fiera de La Cazadora como único anclaje a la realidad. Aquella misma que pocos segundos atrás le resultaba tan aterradora.

 

Soñó con el monasterio de los hombres orgullosos. Ahora, aquellos que una vez consideró sabios, se alzaban sobre él como hienas. Él estaba ordenando sus aperos tras un largo día de trabajo y todos los viejos ascetas apolillados observaban, sin mover un dedo, como Danil realizaba su trabajo. Sus ojos se volvieron espejos sordos y sus cabellos, antes blancos, se transformaron en serpientes que entorpecían la labor del Iniciado.
No era  justicia lo que aquellos hombres buscaban, solo una forma de ocultar su vergüenza. Y Danil cada vez lo veía más claro. El suyo era un viaje para calmar al grillo que habían escondido tras sus papiros antiguos y telescopios dorados. Las lágrimas quemaban el rostro de Danil mientras la añoraba de su vida tranquila se transformaba en el deseo de volver a casa. En su sueño, las lágrimas eran de brea caliente y manchaban sus blancos ropajes describiendo a la perfección la sensación de putrefacción que le causaba el mundo.

Fue entonces cuando una voz susurró sensualmente: <<Vuelve a casa>>. Palabras sencillas que brotaban de su corazón. Un Deseo simple pero muy peligroso. Danil ya no sabía a qué tenía miedo, pero deseaba no tenerlo. Deseaba la seguridad de los familiar, de la rutina y lo predecible. Deseaba, y eso era lo más peligroso de todo.

Mr. Failure

SR. J. FAILURE

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