La desaparición de “C” (categoría: transformaciones. 2015)

 

Hacía varios días que no veíamos a nuestro compañero C. Cosa que era de extrañar, ya que vivíamos en el mismo piso. Varias veces habíamos tratado de contactar con él llamándole a voces desde el otro lado de la habitación e incluso, aporreábamos la puerta de su cuarto durante varias horas seguidas sin conseguir respuesta.

Así pasaban los días sin que atisbáramos una sola muestra de su existencia. Con el tiempo empezamos por desesperarnos realmente: como nos gustaba mucho el ácido, alguno de nosotros llegó a pensar que quizás nuestro amigo C nuca había existido y que era un recuerdo ficticio generado por nuestras alucinadas mentes. Sin embargo, esta suposición era algo precipitada ya que al final de mes cada uno pagaba su parte y la cuota siempre estaba completa, por lo que necesariamente nuestro amigo C habría de haber existido en algún momento, al menos durante aquellos días en los que se hacía el ingreso conjunto para pagar el alquiler.

Todos coincidíamos en que era imposible que estuviera fuera de casa, ya que C jamás salía de su habitación si no era para hacer sus necesidades o cocinarse un pollo a la “nada”, que como él decía, era de lo único que se alimentaba a parte de las latas de guisantes y garbanzos, a las que era especialmente aficionado. De cualquier forma, era evidente que algo muy extraño estaba sucediendo y que nosotros no podíamos explicarnos este extraño misterio.

Tras varias semanas desde su misteriosa desaparición, comenzamos a oír algo así como una especie de crujidos que se producían siempre a media noche y después, una serie de lamentos, que por su naturaleza nos resultaban intrigantes, pues desconocíamos por completo, que llantos de aquella procedencia pudieran ser emitidos por alguna criatura de la tierra.

Otro de nuestros compañeros empezó a sospechar que era muy probable que a nuestro compañero C lo hubieran aducido alguna clase de extraterrestres y que en estos momentos estuvieran realizando experimentos con él, ya que según aquel, esto explicaría perfectamente los peculiares ruidos que escuchábamos cada noche desde la habitación de C.

Con el paso del tiempo, todo aquello nos llegó a parecer tan “extrañamente” normal, que poco a poco, sumergidos en la monotonía, todos nosotros experimentamos un efecto parecido al de las almas que bebían del Leteo y así fue como fuimos olvidando a nuestro compañero C y todo lo relacionado con su inexplicable desaparición. Sin embargo, lo enigmático y sobrenatural de este asunto, no tuvo un final tan inconcluso.

Recuerdo especialmente aquella noche de enero que salí del trabajo. Era una fría noche de invierno, donde el viento, como un látigo de autoridad, azotaba las calles rugiendo igual que un tigre hambriento. La luna, en las alturas, se asomaba desprendiendo una luz pura que incidía sobre la ciudad anunciando su reinado. Era una luna entera, con las mismas cicatrices que deja el acné y el tiempo. Seguí caminando como un fantasma por aquellas calles solitarias, rodeadas de árboles desnudos y cubiertas de hojas secas…

Pensando en la luna y en todos los fenómenos que se asociaban a su mágica atracción sobre la tierra y sus criaturas; me acordé de repente de mi viejo amigo “havy-metal”. Este tipo era o decía ser muchas cosas, aunque su característica principal era sin duda la de un mentiroso compulsivo. Mentía tanto y sin ningún pudor que muchas veces creía que era un profeta o un mago. No podía culparle de nada, la mentira era su única forma de integración social y además el camino a casa, que hacía con él cada noche después del gimnasio, se hacía mucho más ameno con sus mentiras que sin ellas. Como digo, este tipo mentía acerca de todo lo que uno pueda imaginarse, no solo se trataba de mentiras relacionadas con sus múltiples aventuras amorosas, sino que también mentía acerca de su naturaleza humana. Una vez me habló de la luna llena, de que en cierta tradición religiosa, la luna encarnaba al dios de las transformaciones. Me habló de que cuando la luna llena alcanzaba el punto más cercano a la tierra, debido a su poderosa fuerza gravitatoria, podían producirse ciertos cambios fisiológicos en la naturaleza humana, y no solo se refería a la menstruación, si no que él alguna vez había padecido el síndrome del licántropo y sin recordar absolutamente nada amanecía desnudo y con dolor de cabeza en el portal de su casa al día siguiente.

Anonadado con tanto recuerdo me topé sin darme cuenta con el portal de mi casa en barrio oeste. Cuando abrí la puerta de casa escuché unos pasos acelerados que venían hacia mí, y al verme, uno de mis compañeros pareció sentir alivio enorme:

-“¡Menos mal que has vuelto! pensé que ya no tenía remedio, que me había vuelto loco del todo y que deberían encerrarme”. Dijo con voz asustadiza y con actitud nerviosa e impaciente.

-“¿Pero qué pasa? ¿Por qué estás tan nervioso? Te tiembla la voz y el cuerpo”. Repuse yo intrigado.

-“Vamos, tienes que venir a ver esto, la puerta de la habitación de C se abrió hace un rato…”.Dicho esto, calló de repente y desapareció en la oscuridad del pasillo.

Le seguí bastante impaciente con una intriga que me devoraba las entrañas y me aceleraba el corazón. Plantado ante la habitación de C, señalaba con el dedo índice de su mano derecha hacia el interior. Con voz histérica dijo:

-“¡Mira! ¡Mira que hostias ha pasado y dime que no es real, que se trata de un efecto retardado del “dox “ que eso de ahí no existe más que en mi mente!”

Miré hacia el interior dejando atrás al compañero (que parecía haber sufrido un ataque de pánico pues se había sentado en el suelo con las piernas recogidas posando su frente sudorosa sobre las rodillas y rodeando a estas con sus brazos y temblaba de miedo) entonces fue cuando vi a aquella criatura moribunda y deforme arrastrándose por el suelo presa de terribles dolores, no pude evitar soltar un grito del asombro. Pues en aquella criatura deforme creía poder reconocer a nuestro compañero C, una especie de híbrido entre hombre y silla, el demonio de las pesadillas de un subnormal, algo inexplicable y oscuro como la misma vida, y aun así, todavía había algo en aquel ser que reclamaba su naturaleza perdida.

IRINEO LEONEL

 

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