El Rey de Imperio

Siempre, desde que tengo memoria, le recuerdo un poco encorvado, hiperactivo y moviéndose de un lado a otro como mosca estresada. Los mostradores los limpiaba con saña, primero con una bayeta sucísima, pestilente y después con un paño que parecía no presentar mejor aspecto. Eso sí, mi hermano siempre me esperaba. Resulta que yo, ya desde bien pequeña, siempre he hecho con cierto retraso las cosas, pero no penséis por ello que fuera una lela absoluta, simplemente había heredado un carácter más tranquilo, sin esos espasmos y “ticts” que sacudían tanto a mi padre como a mi hermana cada vez que hablaban de cualquier cosa poniéndose un poco nerviosos.  También  nací sin ese estrés iracundo que amenazaba con demoler la casa entera cuando mi madre y mi hermano se alteraban por alguna idiotez sin importancia.

 La historia es que siempre terminaba la última a la hora de comer y mi hermano, de muy buena voluntad, se dedicaba a recoger la cocina mientras los padres  se echaban la siesta, una siesta que alcanzaba un sueño muy profundo gracias al tono monótono de aquellos interminables documentales  de la dos. Por otro lado, mi hermana, que era una adolescente precoz por aquella época, apenas si se la veía un instante pasar por casa.

De esta forma, por mediación de la sobremesa, comenzó una cada vez más íntima y afectuosa relación entre mi hermano y yo. A lo largo de varios años compartimos ese rato; mientras yo crecía mi hermano, se convertía en adulto y estación tras estación, ambos nos mantuvimos unidos en aquella estrecha cocina. Mi hermano nunca paraba de hablar y yo desde que tengo memoria le escuchaba atentísima, como si fuera una psicóloga inexperta pero muy paciente, pues no he conocido mente humana como la de mi hermano, su capacidad inconmensurable de reproducir todas y cada una de las ideas que desfilaban por su viva imaginación  resultaba la más de las veces, poco soportable. Actualmente, sospecho que eran bastantes las ocasiones en que me utilizaba tan solo como un medio para desarrollar sus propias disertaciones, pues sus monólogos parecían ir exclusivamente dirigidos hacia él mismo y conmigo solo interactuaba para decirme cosas como:

– “¿No has terminado aún, reina? Ya solo me queda rematar la mesa. ¿Ves lo reluciente que dejé el resto? Apura ese plato pequeña o se nos hará de noche”.

 Por lo demás, al comienzo de nuestra extraña relación, tan solo hablaba de sus estudios, estudios muy diversos sobre las ciencias de la naturaleza, filosofía,  historia, literatura o incluso matemáticas. Todo me lo explicaba con detalle o, mejor dicho, se lo explicaba a sí mismo. No obstante, logré hacerme con alguna vaga idea de lo que me contaba, aunque actualmente no recuerde más que un aglomerado infinito de conceptos que poca relación guardan entre sí, tales como: reproducción celular, el partido nazi, simbiosis, morfema lexema, el Quijote, la verdadera España musulmana, los números primos o ¡qué sé yo cuantas historias! Sí recuerdo en cambio, que hablaba mucho de Dios o el viejo “Bogo” que era como solía referirse a esta criatura.

         -“Querida hermanita, perdona que insista tanto en este asunto, pero debes comprender lo importante que es ser ateo. Verás, “Bogo” es el ser por excelencia, el fundamento último de la realidad, ¿lo entiendes verdad, pequeña? Pues bien, “Bogo”, que no es algo distinto al movimiento perpetuo de la naturaleza, ha creado a los seres de este mundo con el único fin de hacerlos sufrir hasta su destrucción. “Bogo”, el mismo “Bogo”,  hermanita,  legitima la existencia del mal en el mundo, sin embargo,  no contentándose con el devenir inconsciente que mueve a los seres a la descomposición de sus formas, estableció la consciencia y dotó de este don supremo a los hombres. Te preguntarás, hermanita, qué movió a este ser insaciable  para llegar a tal grado de altruismo. Pues bien, no creas que fue de ningún modo gratuito que dotara al hombre con semejante virtud, pues no hay nada con lo que más le guste jugar a este Dios que con la contradicción que nació en el corazón del hombre tras concebir su primer pensamiento. Viéndose el hombre original sumido en el más cruel de los destinos, optó por buscar una solución más allá del sufrimiento intrínseco que padecía. Fue en esa liviana esperanza, mi preciada hermanita, dónde “Bogo” actuó encarnizadamente ensañándose para la eternidad con su maltrecha creación. De muchos modos y de las formas más diversas demostró “Bogo” su capacidad de manifestarse, aunque quizás la más dañina de todas haya sido la forma en que se reveló en Cristo. Allí “Bogo” actúo con prudencia mas no con menos maldad. Verás, mi pequeña hermanita, así como en la naturaleza existen ciertas larvas que, royendo la diminuta masa cerebral de la hormiga, pueden ejercer un control completo sobre sus movimientos, de tal modo que la voluntad de la larva y la voluntad de la hormiga sean la misma cosa, de la misma manera parasitó “Bogo” el alma de Cristo siendo así que los deseos de “Bogo” ya no eran algo distinto de las pasiones de Cristo y, como sucede al final con la hormiga (esta pierde la cabeza y sirve de alimento a la larva), sucedió al igual con Cristo: pagó con su miserable vida  la exaltación del narcisismo y vanagloria de “Bogo”. Seguramente, mi querida hermanita, estarás pensando que, si “Bogo” y Cristo eran en realidad una sola y misma cosa, en consecuencia, ambos intereses debieran estar inclinados en la misma dirección. ¿Cómo es posible  entonces que el objetivo no se tradujera en otra cosa que en el aniquilamiento de sí? Crees que todo esto es un disparate, ¿verdad? Pues no, “Bogo” sabía muy bien lo que hacía. Verás, la idea principal era que Cristo muriera por los pecados de los hombres, encarnando en su propio cuerpo todos los dolores y males inimaginables, todo ello con la presunta ilusión de salvar a los hombres de su propio mal. Sin embargo, puesto que Cristo era también “Bogo”, esto quiere decir que el mismo “Bogo” se sacrificó a favor de los hombres. Por tanto, si efectivamente Dios se sacrifica por el hombre ¿no cabe  pensar en “Bogo” como el ser más bueno, compasivo y misericordioso del universo? ¡Oh, hermanita! Claro que sí, excepto por el hecho de que el fin de esta odisea nunca fue otro que cobrarse del hombre la más fanática de las adulaciones. De aquí, hermanita mía, se deducen dos cosas clave: en primer lugar, “Bogo” dota de pensamiento al hombre. No obstante, se trata de un pensamiento imperfecto, esto es, le introyecta la capacidad de dudar; y, en el mismo momento que este se hace una idea de la bastedad en la que se halla inmerso, “Bogo” se despliega liberando todas sus contradicciones. Entonces el hombre, enajenado por la limitación de sus capacidades, pierde toda lucidez incurriendo en el más erróneo y monstruoso de los vicios: la irrevocable adoración a “Bogo”. En segundo lugar, este Dios universal y “benigno” crea la falsa ilusión de que se ofrece a perdonar el supuesto mal del que el mismo es la causa primera y de ambas cuestiones sale siempre vencedor. En conclusión, mi dulce hermanita,  resulta que “Bogo, desde su espontánea inclinación hacia el mal, ha conseguido hacerse víctima de sus propios errores, extendiendo por todo el globo como si fuera la peste, la ridícula idea de una supuesta salvación. Fíjate como esta esperanza, nacida de la pasión más irracional, ha logrado arraigarse en el corazón ignorante de los hombres más ilusos. Es ahí, hermanita, donde reside la auténtica mentira: solo si nos perdonamos a nosotros primero de su propia culpa (que él mismo ha hecho nuestra), podremos vivir libres y sin remordimiento. No obstante, pequeña criatura, eso es tan solo una excusa para eludir toda la responsabilidad. ¿Lo entiendes, pequeña? Puesto que somos libres como el sol en la mañana, porque podemos decidir y por tanto, perdonar, también podemos decidir no hacerlo, y es ahí, reafirmando nuestro derecho de albedrío, como el ateísmo se convierte en la decisión moral más digna y por tanto, la más acertada.  No obstante, así como toda llama necesita un soplo de aire que la avive, de la misma manera una idea tan sumamente ridícula como la que te he expuesto, necesitará de algo más que de sí misma para sustentarse. De esta forma, la supuesta salvación se recrea una y otra vez por mediación del rito, ¡imagínate si es disparatada del todo! O sea, que para mantener viva la llama que “Bogo” enciende en nuestra alma, debemos beber de su sangre y comer de su cuerpo, siendo a su vez su sangre sustituida por el vino y su cuerpo por una miserable porción de torta de harina. Todo ello, mi querida hermanita, para acabar por unos conductos donde se producen las dos excreciones más impúdicas y viles del ser humano…”

Por supuesto que de todo lo que él decía, en relación con lo que yo podría llegar a entender, había un abismo tan profundo, que no era de extrañar que mezclara algunas ideas. Así por ejemplo, recuerdo un día (yo no contaría con más de 10 años) que durante la clase de religión,  la profesora, una mujer morena, con cara de estreñida y de un talante natural algo insípido, nos preguntó tras unas gafas de vidrio tupido, que si habíamos reflexionado sobre lo que el día anterior, el Padre Ángel, nos había explicado sobre la eucaristía. Entonces alcé la mano con vigorosa energía, como si aquella pregunta debiera ser contestada únicamente por mí y, tras nombrarme para que hablara, contesté sin vacilación:

     -“La eucaristía es algo nauseabundo, ¿cómo puede ser sagrada la hez?, señorita. ¿Qué tipo de Dios es éste que pretende que lo comamos y caguemos una y otra vez?”.

La profesora me escrutó expectante con aquellos ojos oscuros como botones de alabastro, para después acabar escribiendo una nota que tuve que llevar a casa para que la leyeran mis padres, pero que, sin embargo, nunca llegó a sus manos. Mi hermano se hizo cargo de todo y la quemó mientras una sonrisa malévola se formaba en la comisura de sus labios. Entonces, lanzándome una mirada felina, me dijo:

     -“¡Ay, hermanita! No debes decir en clase lo que yo aquí te enseño, desgraciadamente, vivimos en un mundo sordo e hipócrita levantado sobre el ciclópeo prejuicio de la estupidez suprema. Sí, mi querida e inocente hermana, el mundo es como una flor podrida incluso antes de que se abra. Te preguntarás, ¡oh, dulce niña!,  para qué tanta vanidad, tanta apología del progreso y del mundo moderno ¿Qué somos nosotros, los individuos contemporáneos, si no piezas aisladas  que no encajan en ningún puzle?

 Entonces mientras echaba el “frus frus” quita grasas y remataba la encimera, se giraba y continuaba diciendo:

     -Pero no pienso hablarte hoy del sistema inmunológico, los nazis o la aritmética. Hoy mi querida hermanita, voy a hablarte de algo que me viene rulando por el cerebro como el gusano por la manzana. Verás, a veces, en la tierra estéril de la memoria, aun quedan pequeñas parcelas de fertilidad dónde las ideas, como si se tratara de pequeñas semillas que un día brotarán en forma de gruesos árboles; o como si, en medio de un desierto yermo infernal, toparas milagrosamente con el agua cristalina y refrescante de un oasis; aun partiendo de lo inconcebible, poseen todavía esa materia prima que nos es tan imprescindible para la creación.

¡Oh, hermanita! resulta que el otro día llegué a la conclusión de que ya no se cuentan grandes historias, de que el individuo, atrapado en la telaraña de su subjetividad, olvida por completo las grandes historias que en algún momento dotaron de pleno sentido su existencia. Hará diez años, cuando no eras más que un proyecto en potencia, yo jugaba alegre, libre como un soplo de viento  por este gran cerco de encinas que rodea nuestro residencial. Claro que, todo ello ya pertenece a otra generación. Antes se jugaba mucho, bastaba con el ingenio de nuestras quimeras, mientras que  ahora estáis todos inmersos en no sé qué historias,  alejados del mundo que os rodea y observa. Pues bien, justo tras ese enorme terraplén de barro y escombros -entonces arrojó el paño sucio y mal oliente sobre la mesa (aun por limpiar, pues yo no había terminado de comer) y señaló hacia la ventana desde dónde se podía ver ese muro de barro, divisándose por encima las pistas valladas que guardaban el recinto igual que una prisión-,  antes de que construyeran esas malditas pistas de hormigón, había un frondoso bosque de encinas milenarias tan vasto como nuestra fantasía. Allí, mi dulce hermana, jugábamos mis amigos y yo, perdiéndonos en mil aventuras, construyendo cabañas a base de ramas y basura, fabricando nuestros propios arcos y pasándolo de fábula. Entonces nos inventábamos esas historias que eran tan ajenas al mundo como lo era el propio barrio, pues has de saber que este barrio no fue siempre legal y, abandonado por los servicios de mantenimiento, la vegetación crecía devorando las infraestructuras, como si la propia naturaleza quisiera recuperar el terreno  original que el hombre, en su afán de expandirse, le había amputado. Si esto era la situación real, ¿cómo no íbamos nosotros a transfigurarla a favor de nuestra fantasía…?”

     Entonces, mirándome con un semblante que se debatía entre el suplicio y la más terrible de las impaciencias, me decía:

     -“Mi niña, fíjate, llevamos aquí dos horas y aún no terminaste ni el primer plato, ¿acaso quieres que nos hagamos viejos? Anda déjame que me coma yo eso”.

     Acto seguido, mi hermano se abalanzaba sobre el plato como si hiciera siglos que no probaba bocado. En realidad, ¡me gustaba tanto que lo hiciera! Yo no comía demasiado y prácticamente no me gustaba nada, además así papá y mamá no me castigaban por despreciar lo que a otros, desgraciadamente, les faltaba tanto. Tras comer y retirar el plato, me servía el segundo, todavía con suerte mis padres seguirían durmiendo ininterrumpidamente mientras duraran esos dichosos documentales.

     -“Como te decía, hermanita querida! La situación que nos embargaba era lamentable y el entorno tan salvaje, tan remoto… Pues antes solo había un camino para llegar a este lugar y desde luego  no era fácilmente transitable. Para llegar debías cruzar la montaña entera y bajar por un sendero empedrado de tierra y polvo, además de atravesar cientos de hectáreas pobladas por matas de espinos y hoyos de víbora; ¿cómo no iban a imaginar cuatro críos inocentes que quizás aquel lugar en el que vivían  quizá no fuera  parte de la ciudad, sino un viejo reino o más bien un grandioso imperio moderno, con su propia dinastía, sus propias leyes e incluso su propia etnia y moneda? Quizás esto no fuera del todo cierto, pero, ¿a quién le importa la verdad cuando resulta de más provecho la mentira?”.

Todo esto decía mi hermano entusiasmado, sus ojos le brillaban como si viera en ese recuerdo enterrado al mismo “Bogo”, pues juro que no exagero si  afirmo que entraba en el más loco de los arrebatos. Continuaba:

     -“Entonces comenzamos a fabricar mitos de toda índole, así era la cosa: debíamos tener un rey, sí, un rey que fuera todopoderoso, un Rey-Dios igual que el viejo ”Bogo,” al cual ofreciéramos plena lealtad, incluso nuestra propia vida. Todas nuestras costumbres, pues, deberían girar en torno a este rey de forma semejante a como la luna gira alrededor de la Tierra y la Tierra alrededor del Sol. Un rey  en el cual se vertiera todo nuestro pensar. Además, quizás pienses “¿y cómo un Rey del Imperio?”    Pues ahí está la cosa, ¡niñita! ¿No es algo del todo singular? ¡El Rey del Imperio!

     En esto, cerraba los ojos y suspiraba hondamente, parecía entrar de nuevo en ese arrobamiento especial en el que toda realidad exterior quedaba siempre enteramente rebasada por el  delirio de su ficción. Volviendo en sí, exclamaba:

     -¡El Rey del Imperio R.U. Razón y Unidad!”.

En esto, dejaba el paño cuidadosamente doblado sobre el radiador, algo que me llamaba la atención, pues quizás lo más lógico hubiera sido tirarlo a lavar, después de haber pasado durante horas ese paño por la mugre de los mostradores y, sin embargo, lo doblaba como si de esa forma consiguiera disimular lo sucio que estaba. A continuación, se dirigía hacia la parte posterior de la cocina y allí, a mano izquierda, se metía en un cuartucho que hacía de despensa. Regresaba con el cepillo y el recogedor, aunque el barrido parecía exigirle la más ardua de las concentraciones. Pero como  sus monólogos no conocían pausa ni fin, a menudo solía detenerse unos segundos, apoyando sus manos sobre el extremo del palo de la escoba y posando su barbilla sobre ellas. Entonces  me miraba fijamente. Solo mediante el contacto visual que mantenía conmigo durante esos fortuitos instantes, podría decirse que al fin y al cabo mi hermano no hablaba únicamente para él, ya que solo durante ese furtivo contacto se salía  de sí para estar conmigo, como si yo fuera un punto de apoyo firme y seguro ante la espiral imparable de pensamientos que le retrotraían una y otra vez a lo más recóndito de sí mismo. Actualmente estoy convencida de que yo era ese salvoconducto que le permitía lidiar con la realidad objetiva, algo de lo que no sé si sentirme orgullosa. No obstante, quizás por esta razón me quería tantísimo y tenía tanta paciencia. ¡Hasta los ojos de un loco buscan cobijo en la mirada del prójimo!  Como si fueran dos linternitas de luz que le sirvieran de guía ante la bastedad distorsionada de sus pensamientos.

     -“Pero ¡mi dulce hermana! ¿Acaso hubiera bastado tan solo con la necesidad de un rey? ¡Ni hablar!  ¿Qué es un rey sin sus “lacayos”? Cómo éramos cuatro, debíamos elegir un rey de entre nosotros, al que otorgaríamos tierras y le serviríamos con nuestra propia vida en caso de conflicto, el resto seríamos príncipes, ¡Los altos príncipes del Imperio! -exclamaba empuñando como si fuera una espada la propia escoba, apuntando con ella hacia la ventana, dónde se vislumbraba la calle desierta, el terraplén de barro y por encima las vallas que rodeaban aquellas malditas pistas de hormigón-. Sin embargo, mi vestal y pura hermanita, así como en las actuales democracias occidentales el político no es más que un títere sujeto a los  hilos de una élite, que gobierna en la sombra con mano invisible, de la misma forma actuaríamos nosotros, los príncipes, sobre nuestro rey. ¿Quién, piensas,  pequeña hermana, quién de los cuatro amigos con los que crecí aquí es actualmente el rey? Como sucede en estos casos y quizá en todos los demás, el rey no podía que ser otro que el más tonto de los cuatro, esto es, G*. Nosotros, en cambio, a pesar de las estúpidas adulaciones protocolarias, reinaríamos en la sombra dirigiendo todas las operaciones. No obstante, como es normal que el poder se suba a la cabeza como la fiebre, no nombramos Rey a G* de buenas a primeras, le hicimos legítimo heredero de quién por aquellos años, considerábamos el verdadero Rey del Imperio, esto es, el padre de G*…

     -“Toda ficción, mi dulce hermanita, por minúscula que sea debe partir de una base real, pues solo a través de las impresiones que reciben nuestros sentidos acerca de lo que existe, se imagina, y solo de esta forma podemos operar con lo inexistente. Aunque, tal como aseguran ciertas tradiciones religiosas, parece que sucede al contrario, ¡imagínate que absurdo! ¿Acaso será posible deducir lo absoluto de lo que necesariamente es contingente? ¿Cómo el mundo, tal cual se nos manifiesta, podría ser jamás consecuencia  de algo que no podemos percibir de ninguna de las sabias maneras con las que nos ha dotado la naturaleza? ¡Oh hermanita, mi querida hermanita! ¡Vuelvan todas esas tradiciones al esfínter desde donde se execraron…!

     -“Cómo te decía, por aquellos años, el partido socialista gobernaba en nuestra ciudad y nosotros tuvimos la suerte o quizás la desgracia, de que el padre de G* se encontrara entre los  principales concejales del partido durante aquellas elecciones, cosa que, por otro lado, también coincidía con su ascenso a presidente del barrio. ¿Cómo no iba de alguna manera a influir tal reputación a la hora de elegir un Rey del Imperio? Pasando de la mera realidad a la más prodigiosa de las fantasías, así fue cómo el padre de G* pasó a ser “López el Grande”, legítimo dueño y señor de este imperio incrustado entre montañas…”

     Entonces mi hermano se quedó en silencio, contemplando cómo caía el sol desde la ventana, viniéndole desde lo más profundo de su alma aquellos arrebatos de nostalgia. Era como ver a un anciano en los albores de la muerte recordando sus gloriosos días de juventud. En esos instantes, me preguntaba si aquello que pensaba o imaginaba era tan importante como para  tomar  en serio todas las idioteces que decía; o, por el contrario, cabría  pensar en mi hermano como en un romántico anacrónico o simplemente un descerebrado, porque el tono enfático con que recordaba todo aquello me indicaba que no podía ser más cierta para él la realidad que su delirante fantasía. No obstante, a pesar de mis dudas, él continuaba siempre hablando…

     -“Desde entonces, el padre de G* no solo era el Rey del Imperio, sino que achacamos a su mera presencia, aunque solo fuera como idea, el porvenir de toda nuestra fortuna. Solo gracias a él, el Imperio habría logrado todo cuanto tiene, cada metro de terreno arcilloso, cada jara, cada matorral, cada encina, cada soplo de aire puro que inspirábamos se lo debíamos únicamente a él. Tal era la veneración con la que le concebíamos que no pasaba un solo día sin que yo, desde el escritorio de mi habitación, compusiera algún tipo de poema engrandeciendo su obra…

     -“¡Pero pequeña, cómo es posible que aún no hayas acabado ni la mitad del plato! Fíjate, estás  babia”. A lo que yo contestaba:

     -“Pero es que no puedo con más ¿quieres comértelo tú, por favor?”

      Bastaba con un sonrisita, desplazando con el dedo de forma sutil el plato  como si se tratara de una sugerencia o incluso de algún tipo de proposición, para que él, tal como hizo con el primer plato, se abalanzara feroz y hambriento como un león. Como siempre, tras darse el atracón, me ofrecía yogur o manzana. Entonces volvía a colocar en su sitio el cepillo y el recogedor. Después, cuando escurría el mocho de la fregona y no sin cierta impaciencia  se disponía a rematar el suelo, continuaba:

     -“Mi niña, ¿te gustaría escuchar alguno de esos poemas que compuse sobre “López el grande”? Todavía los conservo dulcemente en mi memoria  -con la actitud de un verdadero devoto, con la mano izquierda sobre el corazón, la cabeza alzada y el pecho inflamado, recitaba-:

     -“¡Oh  Rey sol que prendes en la alborada!/ que extiendes tus rayos filiformes cual si fueran antenas/ que guardas este Imperio bajo tu ley y  honra!/ “López el grande”, vasallo tuyo soy hasta la muerte/ ¡esclavo incondicional de tu inmortal designio!”.

     -“Si hermanita, durante años me dediqué a escribir poemas acerca de este genio infinito, claro que, todos ellos bajo el pseudónimo de “Vicente el ciego” ¿Cómo un príncipe podría dedicarse al humillante oficio del poeta? Sin embargo, los reyes son recordados antes por las alabanzas con las que son colmados que por su propias hazañas. Era solo por esto que tenía que suplir, a falta de un verdadero poeta comprometido con la causa, este vacío, ya que de lo contrario, tanto nuestro rey como el Imperio hubieran permanecido para siempre en el olvido. A nosotros, los príncipes, nos ocupaban otros asuntos, como delimitar la extensión del Imperio, establecer una bandera con la que nos sintiéramos íntimamente representados, crear la moneda única y, lo más importante: asegurar aquellas zonas que, por su proximidad con otros imperios, podrían resultar un tanto peligrosas. ¿Acaso es concebible un Imperio sin enemigos con los que enfrentarse? Claro que no ¡Oh, hermanita! Nuestro siguiente objetivo debía ser pues crear enemigos, enemigos con los que el Imperio, desde sus más remotos orígenes se viera una y otra vez enfrentado,  quizás bajo la amenaza de una guerra eterna, ya que solo a través de la guerra el corazón del pueblo gira siempre en la misma dirección, pues, ¿acaso hay otra causa que una más a los pueblos y a las naciones que las victorias que celebran o  las derrotas que padecen?, especialmente las derrotas.  Con tales consideraciones, no tardamos mucho tiempo en rodear al Imperio de múltiples enemigos, fíjate bien, hermanita, que así era la cosa: al norte, los despiadados bárbaros de la montaña, al oeste el cruel Imperio de San Marquino, al sur la mezquina Pinilla y por último, en el este, la vil Guadiloba. Desde ese momento, todo lo que traspasara las fronteras del R. U. sería considerado como un despreciable enemigo”.

     -“Respecto a la distribución del territorio, ya que un estado solo puede considerarse como perfectamente armónico al punto que su esencia sea federalista, el Imperio fue dividido en cuatro partes, pues cuatro eran los príncipes, así es ¡mi hermanita querida! Toda esta sección, de un extremo a otro, nos pertenece, nos es tan irrenunciablemente asumida que no podemos considerarla sino como una extremidad más de nuestro cuerpo, como una extensión. Quizás, pequeña, te resulte algo ridículo, miserable e incluso intolerable que con lo grande que resulta ser el Imperio, nos haya tocado una parte tan mínima. Sin embargo, esta experiencia te engaña, pues en primer lugar, mi dulce hermanita, habitamos en la parte más alta, casi en la cumbre de la montaña, lo cual es de gran importancia estratégica ya que podemos observar con mayor precisión cualquier ataque enemigo que se aproxime en lontananza -algo que, teniendo en cuenta  que las únicas vistas que ofrecía nuestra casa eran, de un lado, un enorme terraplén de barro sobre el que se sostenían las horribles pistas de hormigón; y del otro, las desoladoras llanuras de nuestra región atravesadas por las carreteras que comunicaban la ciudad; mucho  me  hacía dudar  de qué existiera la más mínima posibilidad de que se produjera una invasión enemiga.

     -En segundo lugar -continuaba diciendo mi hermano- aunque sea cierto que la parte habitable que nos ha sido cedida por “López el Grande” sea en comparación con el resto la más insignificante, contamos con todos sus exteriores, con todos esas encinas, jaras, bellotas, piedras y, en definitiva, con todo aquello que desde nuestro privilegiado asentamiento alcanza nuestra humilde visión…”

     Anonadada con el discurso de mi hermano, viendo como la oscuridad  ya entraba por la ventana envolviendo todo en una penumbra que anunciaba el fin del día, pensé que, si todo aquello fuera cierto, no podía sentirme más dichosa, pues, siendo mi hermano príncipe, ¿acaso no sería yo después de todo una hermosa princesa? Sin embargo, aunque lo que contaba mi hermano me resultaba de lo más divertido, qué lejos estaba  yo de comprender la repercusión y la trascendencia que todas aquellas quimeras, en un principio inocentes, tendrían para la salud mental de mi hermano! Si nada de ello fuera cierto, ¿cómo explicar esa energía, esa pasión con la que hablaba de un simple barrio quizás más feo y marginal que cualquier otro? ¿Qué clase de ilusión podía sostener aquel fantasma inaudito que incubaba su propia fantasía?

     -”Una vez dispusimos todo de este modo, antes de emprender las peligrosas y heroicas operaciones militares que conquistarían para la posteridad  la reputación que el Imperio se merece, debíamos incorporar  a su honra y relevancia, una bandera que igualmente se hiciera meritoria de la causa a la cual  serviría, y no menos debía suceder con la moneda, la única moneda válida que  circularía desde entonces por todo el Imperio. En este sentido, es al ingenio de uno de los príncipes, Q*, gran conocedor del “Paint”, hasta el punto de que no he podido encontrar a otra persona en todo el planeta con la misma destreza en lo que a la utilización de este programa se refiere; al que el Imperio debe sin duda alguna el diseño de su bandera y de su característica moneda. Como te digo, no hizo falta que Q* presentara mucho modelos, apenas nos bastó con el primero que nos mostró para saber que ése sería el definitivo. Lo mismo ocurrió con la moneda, a la que llamamos “Runo”, siendo su valor tal que con un solo “Runo” bastaba para gobernar económicamente todo un Imperio. Respecto a la bandera, si esperas un momento, puedo enseñártela”.

     ¡Claro que estaba deseando verla! Entonces mi hermano subió a su cuarto y en menos de lo que nos fulmina el resplandor de un rayo, regresó con un viejo archivador, dónde me parecía que guardaba con todo detalle cualquier asunto que mantuviera relación con el Imperio. Dejándolo sobre la mesa, comenzó a pasar hojas y hojas de documentos que, tanto  por lo ilegible de su escritura, como por la poca vinculación que en apariencia mantenían entre sí dichos archivos, me resultaban incomprensibles.     Al fin se detuvo frente a una fotocopia vieja, muy arrugada y señalándola mientras la observaba con insana predilección, me dijo:

     -“¡Oh mi aprendiza hermanita! Contempla por ti misma lo que sin duda ha de ser una de las maravillas del mundo, testigo sin igual de la cima más alta que pudiera conquistar el ingenio humano.”

 Rebosando de alegría me mostró aquella especie de boceto, un boceto que a pesar de mi edad me pareció  de lo más cutre e infantil: toda la composición estaba encuadrada en una especie de rectángulo que ni siquiera conseguía ser mínimamente geométrico, así mismo el rectángulo o el cuadrante estaba dividido a la mitad por una diagonal. En la parte superior aparecía una “R” en mayúscula pintada de azul celeste, en la parte inferior, escrita de la misma manera, aparecía una “U” en verde fosforito. La línea diagonal era de color rojo y el fondo del rectángulo (la bandera) de un blanco muy simple. Si esta era la enseña que vinculaba a los habitantes del Imperio uniéndolos en una sola patria,  ¡cómo sería entonces la moneda! ¡Cómo de fútil y artificial toda esa gloria y reputación de aquel estúpido Imperio!  Comprendí con cierta aflicción lo lejos que estaba de ser princesa y, por contraste,  lo desarraigado que se encontraba mi hermano en un mundo en el que no había elegido vivir.

     -“Como ya sabes, ¡oh, hermanita del alma!, odio con todo el fervor de mi corazón todo tipo de religiones que haya y quede por haber en toda la infinitud del universo y más deleznables aún me resultan sus articulaciones morales. No obstante ¡he aquí la paradoja que nos ocupa! Aun siendo toda religión una fórmula más, que denota hasta qué punto el hombre puede ser la más estúpida de las criaturas, resulta que, de ellas se engendra la única posibilidad de desarrollar cierta eticidad, es decir, solo mediante el sentimiento religioso los hombres construyen sus comunidades morales. Esto es así porque toda religión no es en el fondo más que una peligrosa idealización de cómo debe ser una sociedad. ¡Oh sí, hermanita! La religión no es algo distinto  del reflejo práctico que  proyectan los estratos de una sociedad. Los Griegos se deshicieron  de los mitos de Homero cuando estos les resultaron inservibles para organizar la nueva estructura moral. El propio “Bogo” se hizo hombre para hacerlos iguales (igualmente de insignificantes) derrocando de una vez las jerarquías entre los judíos. Entonces, ¿qué son las ideologías modernas, la ciencia de ahora, esa siniestra fe  en una democracia corrupta hasta la médula, más que miserables y ridículas religiones encubiertas? Y, puesto que el individuo actual se siente desincronizado con respecto a la sociedad en la que vive, ¿cómo cabría explicar si no las nuevas tendencias, la proliferación incontrolable de estas tribus contemporáneas que carecen de un referente legítimo, el consumismo hedonista del arte con el que ciertas sanguijuelas han succionado hasta la última gota de su pureza? Todas estas razones legitiman de algún modo que, en un Imperio  en apogeo como el nuestro, urja la necesidad de construir una especie de modalidad religiosa, que garantice el sentido y la vitalidad de sus costumbres. En este aspecto, todos los príncipes del Imperio estuvimos de acuerdo en lo siguiente: solo el “Continental” podría consistir en la religión del Imperio. ¡Hermanita, pequeña mía! Te preguntarás ¿cómo un juego de cartas puede ser  la religión de un Imperio? No seas ilusa, mi brillante estrella, no hay nada que no se haya meditado antes con minuciosa prudencia. El continental es el único juego de cartas que puede garantizar la prosperidad de una comunidad moral como la nuestra. Ello es así porque la misma dinámica del juego nos incita a su práctica hasta convertirse en una necesidad compulsiva. Aunque del juego se deriven ciertas tensiones que en más de una ocasión pudieran resultar desastrosas, lo cierto es que al convertirlo en juego de culto para los cuatro príncipes (siendo nosotros cuatro las verdaderas piezas motrices que salvaguardaban la existencia del propio Imperio), resulta que, a través de los lazos que forjábamos al practicar el “conti”, el inestable Imperio se mantendría estrechamente unido. No se trata, hermanita, de que el continental se asemeje en la teoría a una religión, sino que, al jugar al continental se recuperaba esa irrupción de sentido tan relevante para la nueva sociedad que tratábamos de preconizar”.

     El reloj de la cocina marcaba las ocho y media, desde la ventana ya se filtraba la oscuridad y el silencio de la noche. Yo había terminado al fin de comer, a todo esto, mi hermano había limpiado todo al milímetro y la cocina se encontraba tan pulcra como el templo de un Sultán. Así fue durante todos aquellos años, enlazando prácticamente la comida con la cena, como mi hermano daba fin a sus infinitos discursos. Sin embargo, pasaron algunas semanas antes de que mi hermano volviera a mencionarme un solo comentario acerca del Imperio y lo cierto fue que lo noté bastante agitado durante todo aquel tiempo. Siempre andaba de un lado a otro, ocupado con centenares de llamadas telefónicas, pasando casi todo el tiempo encerrado en su cuarto como si fuera un lunático. A veces llegaba con sus amigos y se tiraban discutiendo durante muchas horas sobre temas que me resultaban tan extraños como aburridos. La mayor parte del tiempo me dejaba estar con él y sus amigotes. De todos sus amigos, especialmente recuerdo a G*, recuerdo que siempre estaba sudando, desprendiendo un olor a montuno, salvaje como una fiera. No obstante, cuando los temas que les ocupaban eran de una índole más secreta, mi hermano me echaba de allí sin reparos, alegando que aunque el aprecio que sentía por mí era igual o superior a la fuerza con la que el sol atrae al conjunto de planetas que conforman el sistema solar, que aun así, todavía era muy pequeña para entender lo que allí se debatía y puesto que no deseaba crear prejuicios sobre mi forma de pensar, me suplicaba que marchara a jugar a otra parte. Cosa que me enfurecía bastante, ya que no entendía como podía echarme así tan descaradamente cuando cada tarde y aproximadamente durante más de la mitad de un día se pasaba contándome todo tipo de historias del todo impropias para una niña de mi edad.

      Lo que me resultaba interesante de todo aquello era el descubrir que la locura parecía reducirse tan solo a una cuestión de perspectivas, pues no solo mi hermano era el único afectado por aquella siniestra facultad que le imposibilitaba discernir la realidad de la ficción. Todos ellos estaban sumidos en aquella especie de paranoia colectiva, un hecho que, por otro lado, me resulta no solo natural, sino incluso necesario a la hora de asentar los lazos más básicos en una comunidad, pues ¿no es el influjo mutuo que se desprende de esta locura lo que ha favorecido la prosperidad de las civilizaciones? ¿Cómo si no hubieran podido subsistir en un mundo tan contradictorio como éste?

     No obstante, fingiendo irme de allí dónde mi hermano recreaba con los suyos aquel mundo ficticio que solo podía caber en una imaginación tan desorbitada como la suya, lo que solía hacer era ocultarme de su vista, mientras me disponía a espiarles a hurtadillas sin que se persuadieran de mi presencia. Aunque todos ellos parecían igual de anormales, de la misma manera que cuando estábamos en la cocina, al único que escuchaba hablar era a mi hermano:

     -“Ya que se aproxima el día de tu décimo octavo cumpleaños G*, todos nosotros estamos de acuerdo en que tras abdicar tu padre, tu pasarás a ser el nuevo monarca y desde ese momento habrá que referirse a ti como “López el máximo”. Tras largos años de paz en nuestras fronteras y como primer paso hacia el largo camino de gloria que te aguarda, creo de vital Importancia que te corones en algún nuevo territorio conquistado de tu propia mano, sirva como ejemplo el caso de “Pinilla”. Según me han informado ciertos espías, las cosas andan bastantes confusas por allí y creo más que nunca en la oportunidad de tomar este vasto y prometedor territorio. Si estáis todos de acuerdo, me he permitido realizar ciertos cambios en algunos pasajes del nuevo testamento pensando que, ya por carecer de cualquier tipo de utilidad, al menos que tras estos cambios a los que he dedicado pacientemente estas últimas semanas, sean de más provecho a la hora de ensalzar el homenaje de tu coronación.  Mi futura majestad, puesto que nadie como yo conoce el incontable valor que tiene para nosotros la ejecución de tan célebre acto, te presento a continuación dichos cambios, que seguro estoy que serán acogidos en tu alma con la mayor de las alegrías.

     Entonces mi hermano comenzó a recitar aquellos pasajes cuyos cambios no consistían por lo general en otra cosa que en sustituir la palabra Señor o “Bogo”, por   “López el máximo”, la de casa, por reino o imperio, y por último la de “Padre”,  por rey. Recitó:

      -Esto anunciaremos, mi querida majestad, cuando toda Pinilla sea nuestra:

      “Hoy ha entrado la salvación en esta reino,… El hijo del Rey ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido”. Y también diremos: “¡Bendito el que viene/en el nombre del Rey! ¡Bendito el reino que llega,/ de nuestro Rey López!/¡Viva Rey altísimo! Y por último, como amenaza a todo aquel habitante de Pinilla que se muestre receloso ante el nuevo poder al que debe someterse, o incluso  a todo aquel que no muestre la más sincera devoción hacia tu persona, a todos ellos les advertiremos: “ “López el grande” dijo a “López el máximo”: siéntate a mi derecha hasta que ponga a tus enemigos debajo de tus pies”.

     A pesar de las desmedidas sandeces que proclamó mi hermano con el más febril de los entusiasmos, todos aplaudieron con júbilo los arreglos del testamento, colmaron de elogios impensables al futuro Rey y finalmente, acordaron que la invasión a “Pinilla” se llevaría a cabo el domingo siguiente, cuando el nuevo Rey cumpliera la mayoría de edad.

     En otra ocasión, algunos meses después de la coronación de “López el Máximo”, mi hermano, estando de nuevo conmigo en aquella estrecha cocina, mientras organizaba, no sin cierta torpeza, el espacio del lavavajillas para que cupiera  cuanto habíamos ensuciado tras una contundente comida, me dijo:

     -“¡Oh, mi querida hermanita! ¿Acaso no has percibido la felicidad que se respira por el Imperio durante estos tiempos de gloria? Sí, hermanita, en esta nueva era el Imperio está recobrando todo su esplendor, desde ahora toda infelicidad empezará a redimirse. Tamaña alegría parece incluso notarse entre estos árboles majestuosos que cobijan nuestra privilegiada sección, hasta el punto que de sus yemas ya brotó el manto bello y selecto de la primavera”.

     -“¡Oh, hermanita!, pero a pesar de esta rebosante exaltación y jarana que parecen animar el espíritu de nuestro Imperio, aun quedan muchos proyectos que llevar a cabo, tantos como el ingenio y valor que bulle en el corazón de nuestro nuevo Rey. ¡Pequeña mía!, aunque en alguna ocasión te he suplicado que me dejaras a solas con los altos príncipes del Imperio,  esto ha sido tan solo por prudencia. Ahora quiero desvelarte uno de estos nuevos proyectos, ya sabes que no hay nada en el mundo que más me enorgullezca que hacerte partícipe de nuestra historia, pues en nada se diferencia de la tuya propia y quizás algún día serás la dueña legítima de toda esta herencia. Como sabes, cruzando hacia el norte el terraplén, se adentra uno en las profundas entrañas de estos bosques imposibles que guardan el seno de su casi inaccesible montaña. Allí puede uno comprobar con sus propios ojos, la inigualable cantidad de recursos naturales de que dispone esta fértil tierra. Resulta que, en medio de toda aquella exuberante vegetación, se alza uno de los monumentos más portentosos de los que se enorgullece todo el Imperio. Es sin duda alguna, junto con nuestra bandera y nuestra moneda, otra de las maravillas del mundo, ¡patrimonio de toda la humanidad! Desde que nuestro reino se consolidó hace ya varios años, “La Bellota” -así llamaba él a ese prodigioso monumento y patrimonio de toda la humanidad, algo que en realidad, como ya comprobé años más tarde cuando me sentí con fuerzas de escribir esta crónica, no era más que una choza ruinosa, cubierta únicamente por una deteriorada capa de barro (aunque si era verdad que guardaba cierto parecido con una bellota), y que en algún tiempo pasado habría servido de refugio a los pastores transeúntes que viajasen por Extremadura -ha permanecido siempre dentro de las fronteras que circundan nuestro Imperio. Esto, mi bella hermanita, es del todo incuestionable. Sin embargo, como las fronteras no fueron nunca lugares pacíficos, una y otra vez hemos sufrido ataques repentinos de aquellos bárbaros miserables y embrutecidos. Y han sido  no pocas las ocasiones  en que han conseguido apropiarse de nuestra fiel “Bellota”. Hará un par de semanas, mientras realizaba una expedición rutinaria con “Q*” Y “Z*”,  de repente observamos que esos miserables habían rodeado la “Bellota” con una alambrada de espinos gruesos y puntiagudos como estacas. Al descubrir tan imperdonable ofensa, la rabia se encendió con odio en nuestros corazones, acudimos al Rey y  le suplicamos que nos concediera el deseo de vengarnos de aquellas bestias incivilizadas”.

      -“¡Oh mi querida hermanita! Esta noche tu hermano alcanzará la gloria eterna. Partiré al ocaso, aprovechando los últimos rayos de luz de la tarde, pero no te preocupes, hemos concertado que me acompañará Q*. El mismo Rey nos ha equipado con lo último en armamento para lograr con éxito la misión, fíjate en esto.

       Entonces mi hermano dejó olvidado su laborioso trabajo con el lavavajillas y dirigiéndose al jardín giró para meterse en el garaje. Viéndole desde la ventana, descubrí que volvía con un alicate bastante oxidado, una vieja linterna y un libro de bolsillo cuya portada era de un verde oscuro donde estampado con letras grandes y doradas, se podía leer: “El nuevo Testamento”. Entrando en la cocina, me guiñó un ojo y feliz, dijo:

     -¡Eh aquí, futura princesa, todo el arsenal necesario para entrar en combate. Abriéndonos paso entre la densa vegetación, nos iremos aproximando hacia el objetivo, utilizando las linternas únicamente para hacernos señales entre nosotros y acercarnos así con el mayor sigilo. Cuando estemos justo en el sitio, cortaremos rápidamente la alambrada y rodeando con esta de forma inversa  a la “Bellota”, la anexionaremos de nuevo al Imperio. Sin embargo, como “la Bellota” siempre fue en realidad propiedad del Imperio, una misión de reconquista no podría consistir jamás en una venganza. ¿Qué clase de venganza sería entonces recuperar lo que es nuestro? No, hermanita, no. Puesto que la casa más cercana, dónde habitan algunas de  aquellas abominables criaturas, no se encuentra ni a diez pasos de la “Bellota”, será necesario arrojar algunas piedras, siendo las más gordas y pesadas tanto mejores, ya que con suerte podríamos reventar algunos cristales  y, si “López el Máximo” lo permitiera, incluso podríamos quemar toda la casa. Eso sí sería entonces una venganza, ¡oh, hermanita!,  -y abriendo el libro a la mitad y señalando una de las páginas, sonriendo como un orangután ensimismado, exclamó-:

      -“Después de esto volveré y restauraré la choza caída del Rey, repararé sus ruinas y la volveré a levantar, para que los demás hombres busquen a “López el Máximo” y todas las naciones sean consagradas por el Conti.

     Durante todo ese año mi hermano se encontraba más dicharachero que nunca, no me dejaba de hablar de sus aventuras que, entre un extremo y otro del Imperio, emprendía solo o acompañado. Todos los días me leía poemas que dedicaba con toda la veneración del mundo a su nuevo Rey. Otro cambio fue el de la moneda:

     -“¡Oh, hermanita! ¿Recuerdas al viejo “Runo”? “López el Máximo” se merece un nuevo diseño, “Q*” ya está trabajando en ello, dedicando día y noche lo mejor de su inteligencia a la nueva insignia. Además, debido a la cada vez mayor expansión del Imperio, su economía está experimentando un auge sin precedentes, por lo que no conformándose con una sola moneda, el Rey ha optado por producir billetes y repartirlos entre todos los habitantes del  reino, de esta forma no solo habrá superado a su padre en publicidad e influencias, sino que  aplicando este resorte cobrará fama de ser un espíritu generoso y caritativo. A nosotros nos ha encomendado la misión de asaltar cada buzón con estos nuevos “Runos”, “Q*” ya nos ha adelantado que la insignia consistirá en una fotografía de perfil, donde se apreciarán con exactitud los bellos rasgos de “López el Máximo”, tan solo equiparables a los de Apolo.  De esta forma, vestido con sus mejores galas, posará para el nuevo billete. A su vez, todo el billete estará encuadrado en un rectángulo perfecto, a su izquierda aparecerá “1 runo” y a su derecha, en miniatura, un estandarte portador de los mismos colores que nuestra bandera y donde podrá leerse con claridad: “Imperio R.U. Razón y Unidad”.

     Sin embargo, a pesar de toda esta inventiva con la que mi hermano recreaba sin descanso aquel mundo de ensoñación y fantasía, desprendiéndose por completo de todo cuanto fuera ajeno al Imperio y sus misiones, pronto atravesaría una espiral de consecuencias cuyo término solo podrían ser la más devastadora de las catástrofes y  la soledad más absoluta. Como toda locura, esta solo puede partir de una desafortunada ruptura entre el “ego” y el mundo con el cual tratamos de identificarnos. A medida que el mundo fantasmagórico e irreal de mi hermano iba hinchando su “ego”, el distanciamiento con la auténtica realidad estaba a punto de alcanzar un nivel de inflexión sin retorno. Aún así, una podría pensar que mientras el mundo de fantasía en el cual se retroalimenta el ego del sujeto no traspase las barreras  de su mente, la trasfiguración de la realidad no será una amenaza seria. Efectivamente, cada uno de nosotros vive inmerso en su propio plano de ideas y opiniones, siendo en ocasiones la objetividad antes un concepto incongruente que una idea clara y fácil de abordar. No obstante ¿Qué ocurriría si ese mundo ficticio no solo traspasara las fronteras de la mente, sino que se rebelara contra sí mismo, enfrentándose con el sujeto que le nutre e impulsa a seguir viviendo? Según mi hermano, muchas fueron las causas que le impulsaron a tomar una decisión tan dolorosa y cruel para con su patria. La principal de todas fue sin duda que “López el Máximo” había considerado el Continental como un juego imperfecto y que para los nuevos tiempos que corrían, se estaba quedando obsoleto. Frente a este continental ortodoxo, el Rey, había propuesto un nuevo continental dónde se ampliarían las partidas hasta cuatro tríos y cuatro escaleras, e incluso se cambiarían algunas normas a la hora de formar combinaciones. En este sentido, la escalera no podría combinarse en una secuencia de cartas tales como: carta-comodín-carta. Este aspecto del continental ortodoxo lo consideraba inservible e injusto. En consecuencia, la opción quedaría reducida a comodín-carta-carta-comodín. Como el Rey consideraba que estos cambios estaban del todo justificados, ya que según él, se había inspirado en principios más emancipatorios, no dudó en denominar a este nuevo continental, “El continental Runo o progresista”. Sin embargo, de este modo, se desechaban las viejas costumbres y tradiciones heredadas de “López el Grande”, en consecuencia, mi hermano no tardó en encolerizarse tachando al nuevo continental de ultraje máximo  y aseveraba que, aun desquebrajado, incendiado y dividido el Imperio, todo ello estaría justificado antes que tolerar la chabacanería y anti-ortodoxia de “López el Máximo”. Me advertía que nada de ello le resultaba fácil, que su alma no podía estar más afligida y rota, como si un rayo la hubiera destruido en mil pedazos; y que aun saliendo victorioso de la contienda, su alma jamás volvería a reponerse del golpe, que aunque triunfara, declarar la guerra a su propia patria habría sido como matar a un padre y que ese sentimiento le carcomería hasta el fin de sus días:

    -“¡Oh, hermanita querida! ¡Único ángel que todavía perdura en este árido infierno! Olvida aquellos días pasados, dónde un aura celestial y una gloria infinita envolvían este pacífico Imperio. Pronto se desatará la tormenta más despiadada que allá conocido el mundo, pronto la oscuridad se cernirá sobre nosotros como la noche más eterna. Todo aquello cuanto conoces perecerá bajo el martillo de la guerra, dónde solo la muerte será ya el último consuelo. Olvida todo cuanto fuiste, cuanto fuimos, olvida la fortuna que te aguarda, que desde hoy solo conocerás el más miserable de los sufrimientos. ¡Querida niña! El porvenir ya solo será una sombra de lo que pudo ser posible, pues aunque lograra restaurar la paz y la razón en este extraordinario Imperio, hoy reducido a triste ceniza, no por ello el final que nos aguarda podría ser más amargo, ni más doloroso. ¿Acaso es concebible un rey que ni reine ni gobierne? Un rey desentendido de las grandes causas que preocupan a su Imperio, absorbido por toda clase de vicios, convertido en una bestia infame por su glotonería, reencarnado en un ser lascivo, venenoso y podrido. ¿Qué ejemplo de rey es este si no el de un ácrata irresponsable, traidor, más repugnante incluso que ninguno  de los monarcas de mismísimo San Marquino? ¿Cómo un rey, heredero de la más pura casta ha podido degenerar en todo aquello que se merece el más vil de los desprecios? ¿Qué vergüenza ha de sentir el Ilustre “López el Grande” al ver convertido a su hijo en la más hedionda de las criaturas? No hermanita, no. Antes de ver como se destruye todo aquello por lo que he luchado, todo aquello en lo que he creído hasta ahora, preferiría morir mil veces antes que esperar a que lo devora el horror de la pasividad. Tomaré las armas, formaré un nuevo Imperio tan grande que ni en toda la galaxia cabrá su opulencia! ¡Seré como el héroe trágico que se enfrenta al más sublime y mortal de sus destinos! Reconquistaré el Imperio aunque me deje toda la sangre de mis venas y chamusque hasta la última neurona de mi ingenio, no importarán los medios ¡Oh, hermanita! Solo vivirán aquellas almas puras que, prefiriendo la muerte al ocaso de nuestro sueño, apoyen conmigo esta noble causa de restaurar lo que el vil “López” ha optado por demoler. No habrá tregua, desde hoy, los truenos que vomiten las nubes y resquebrajen el cielo con sus bramidos consistirán en el único himno de mi alma. ¡Oh, hermanita! Arrodíllate y besa al nuevo Rey “W* I el Magno”. Desde ahora, esta sección y sus exteriores,  pasará de formar parte  del “R.U. Razón y Unidad” y construiré un nuevo estado que tendrá por nombre el de “R.U. La Raza unida ¡oh, pequeña!”.

     Todo esto me decía con unos ojos que miraban irascibles y cubiertos de lágrimas. Su corazón buscaba desesperadamente aferrarse a alguna esperanza, pero en el fondo más recóndito de su alma, sabía que aquel mundo con el que llevaba soñando tantos años se desvanecería poco a poco, como el sol que se oculta fundiéndose con la línea carmesí del horizonte. Lo cierto fue que no hubo grandes cambios, salvo los que experimentó mi hermano enfrentándose consigo mismo, librando una dura batalla que solo existía dentro de su mente y que perduró durante tres largos años. Le pillé algunas veces yéndose solo a la montaña o contemplando el rutilante brillo de una luna abandonada a la misma pena que su espíritu. Finalmente, mi hermano se sintió derrotado, había perdido la guerra, una guerra que le había arrebatado todo cuanto quería, excepto la irrenunciable compañía de una amarga soledad y un silencio exasperante. Se sentía terriblemente envejecido y cada vez le urgía más la necesidad de exiliarse, al menos hasta que lograra cicatrizar todas aquellas heridas que habían descompuesto su alma. La última vez que hablé con él del Imperio fue cuando se disponía a partir a Salamanca, iba a comenzar la carrera de filosofía e iniciar una nueva vida, lejos del Imperio y su imborrable recuerdo. Entonces, me dijo:

     -“¡Oh, hermanita mía! He de partir lejos de aquí, de esta tierra que un día fue el refugio de mi corazón, el crisol que albergaba toda mi vivacidad! Buscaré una nueva luz que guíe el paso de mis días, aunque marche al extranjero, allá donde nuevas historias renazcan de las ruinas que hemos ido dejado atrás. Pero no pierdas la esperanza ¡pequeña mía! Cuando haya recobrado las fuerzas que por aquellos años sentí calentar mis venas, volveré como el relámpago a la tierra. ¡Oh, bella hermana! Solos tú y yo anunciaremos el apocalipsis de este Imperio gobernado por la brutalidad más abominable, reinventaremos todo esto de nuevo, incluso a mi vuelta nos casaremos,  engendraremos los más bellos hijos, la más pura casta de la tierra, la única portadora con la misma sangre, seremos como aquellas estrellas remotas que, aun extintas, su brillo continua irradiando hasta el final de la historia”.

 

FIN

IRINEO LEONEL

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