En el metro

      La historia que voy a contar no tiene precedente en mis memorias, ni en las memorias de nadie que haya conocido. La verdad, no sé muy bien cuál fue la causa de esta, ni siquiera estoy seguro de haberla vivido de verdad; pues bien podría haber sido una de las muchas historias que mi abuelo me contaba de pequeño, o pude haberla leído en un cuento de algún autor sudamericano, o soñado, o puede que, sencillamente, la inventé para luchar contra el tedio. En cualquier caso, yo ya la he interiorizado y la recuerdo como si la hubiese vivido en mis propias carnes. Además, la historia es tan curiosa y dice tanto del absurdo en el que vivimos que se fundamenta por sí misma, por lo que es completamente irrelevante si es fiel a la verdad objetiva, o por el contrario es fruto ficticio de una imaginación desbordada.

            Lo primero que recuerdo es estar de pie en el metro, probablemente era la línea 3, pero eso no tiene importancia. Estaba, digo, en algún vagón de alguna línea de metro de la Ciudad de México. El calor era sofocante. El aire, denso y pesado como si estuviese hecho de plomo. Y el escaso viento caliente que entraba por las ventanas del vagón cuando este se movía, más que aliviar los agobios, removía los hedores de la estancia de tal forma que, al calor y la densidad, hay que añadir ráfagas esporádicas de olor a una cierta mezcla entre perfume y sudor reseco de la propia jornada. La situación era de lo más detestable. Recuerdo, además, que tenía algo de prisa; por lo que si el tiempo que pasé en esa situación no fue demasiado, debido al estrés de querer llegar antes, para mí no fueron menos de una treintena de años lo que ese vagón se llevó de mi tiempo. En cualquier caso, el metro avanzaba, y fue en una de las estaciones del centro, cuando aún quedaban siete para que yo me bajase, cuando un río de gente pretendió entrar en el vagón en el que yo me encontraba. A los pocos segundos me di cuenta, por la presión que sentía en las costillas y el dolor de un pisotón en un dedo del pie, que no sólo pretendían entrar, sino que lo estaban conseguido. El vagón se llenó como si de una lata de sardinas en escabeche se tratase, solo que en vez de escabeche, era sudor reutilizado el líquido que nos conservaba. Si no se olvidan sumarle, a esta marabunta de gente apelmazada, el calor y el agobio que ya viajaba antes con nosotros, tendrán una imagen aproximada del panorama dantesco en el que me encontraba. Y así, entre dolores y sudores, entre olores y quejidos, entre pérdidas y recobros de conciencia, y algún que otro “patachús” de alguna señora mayor, fue que llegamos a la parada donde yo me tenía que bajar. Otra odisea estaba por llegar, y fue en el momento en el que el vagón abrió sus puertas cuando la batalla comenzó. Los que estábamos dentro, y teníamos que bajar, empezamos a empujar hacia afuera intentando serpentear entre la gente para llegar a la puerta; y los que estaban fuera, que no les hacía ninguna gracia perder su tiempo en esperar al siguiente tren, empujaban hacia adentro con todas su fuerzas para intentar hacerse un hueco en el amalgama de cuerpos. Unos empujando hacia afuera, otros hacia adentro, y algunos otros, neutrales, intentando mantener su posición, impedían que el río fluyera y la gente se pudiese mover. El calor fue extremo en estos momentos y la ropa ya empezaba a pegarse a mi piel como una grasienta servilleta de bar se pega a las manos. Pero debía bajar en esa estación, no podía llegar tarde, por lo que cerré los ojos y empujé con todas mis fuerzas. No sé a quién me llevé por delante, o si pisé más miembros de los que debía. Parecía que estaba en el asedió de una guerra medieval en el que debía avanzar sin mirar atrás pisando un campo de cuerpos inertes. Avancé pues, como si mi vida dependiera de ello, y creo no haber exagerado con esto teniendo en cuenta la situación en la que me encontraba. Mi esfuerzo fue tal, que por un momento perdí el sentido, por lo que no puedo describir exactamente cómo fue que salí de aquel infierno.

           Lo siguiente que recuerdo fue que, al recobrar la consciencia, estaba tirado en el suelo de alguna estación de metro. Alcé la vista en busca de una indicación que me dijera donde estaba: era la parada correcta, lo había conseguido. Los latidos de mi corazón fueron amainando, mi sudor se fue secando y conseguí aliviar mis pulmones con un aire algo más fresco que el que había en el vagón. Me tranquilicé. Una vez recompuesto mentalmente, pensé en comprobar si seguían conmigo mis cosas, o si por el contrario había perdido algunas en el trajín de la batalla. Noté el peso de mi mochila, seguía conmigo. La baje y la puse en el suelo, delante de mí, para comprobar que estaba todo. “Pero, ¡Qué coño!” ¡No era mi mochila! “Un momento, ¿Este abrigo? ¡Este abrigo no es el mío!” No lo entendía, ninguna de mis cosas eran las mías; mi mochila, mi ropa, mis zapatos, no eran mis zapatos, llevaba puesto los mugriento zapatos de otra persona. “¿Cómo podría haber pasado eso?”, seguí preguntándome atónito por lo absurdo de la situación. Pero fue al llevarme las manos a la cara del asombro cuando descubrí lo más insólito. Yo, que disfrutaba de unas manos ligeras y delgas como las de un virtuoso pianista, me encuentro que ahora tengo por manos las rudas y ásperas herramientas de algún constructor entrado en años; y de un color más café de lo habitual, por cierto. Cuando saqué el teléfono para ver mi cara reflejada en el espejo comprobé que sí, que no solo llevaba puestas las cosas de algún otro, sino que también encarnaba su cuerpo. Algún señor chaparrito, de tez oscura y cuerpo cansado, disfrutaba ahora de un cuerpo joven y esbelto como el que yo poseía; y yo debía conformarme con el suyo, un cuerpo magullado por largos años de duro trabajo.

            Y eso fue lo que me ocurrió, cuando todavía era joven, no hace muchos años. Pues si habéis seguido atentos el hilo de la historia, os habréis dado cuenta que en ese nefasta salida del vagón del metro, envejecí de golpe treinta años; y si en aquel momento disfrutaba de unos frescos veinte cuatro, ahora he de tener, por lo menos, la cincuentena, nunca lo he sabido con certeza. La explicación que a mí me consuela es que en medio de aquél amalgama de cuerpos, yo pretendía con todo mi ánimo salir, y este señor, que ahora encarno, se empeñaba con todas sus fuerzas en entrar, cosa que a ninguno nos hubiese sido posible, por leyes simples de la física. Y como la vida, que no entiendo de leyes ni límites, no podía detenerse por las necias intenciones de dos individuos cualesquiera, nuestras consciencias saltaron alternativamente al cuerpo del otro, consiguiendo así, de alguna forma, lo que pretendían. A esta explicación me agarré entonces para no caer en la locura, mas nunca he querido investigar a fondo el porqué de aquel suceso. Siempre me ha parecido prudente el ser cautos a la hora de preguntar, y ser consciente, ante todo, del limitado entendimiento que nosotros, pobres humanos, poseemos. Además, pretender amoldar todo a la sesgada vista de la propia especie, sólo se le permite a los dioses, académicos,  y demás criaturas vanidosas. Para nosotros, baste con decir que a donde las razones no llegan, dejemos que juegue libre la imaginación; por lo que dejo en vuestras manos, lectores, el otorgarle veracidad o falsedad a esta curiosa historia.

Ato G. R.

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