El aventurero

        Preferí volverme andando. Tuve que elegir entre el retorno seguro pero aburrido del taxi, y la intranquila caminata de veinte minutos bajo el peligro de ser sorprendido por algún malhechor. Escogí la aventura.

Aquella noche la embriaguez me hacía sentir como un temerario aventurero de las películas de la dos, que siempre son más creíbles que las otras. La verdad que siempre había querido ser como uno de esos tipos para poder contar historias como las que cuenta la gente las tardes de domingo en los cafés. Llenas de emociones inesperadas, experiencias nuevas y del toque legendario que proporcionan esas tranquilas tardes. No sé dónde habrán vivido esas experiencias tan apasionantes, se supone que compartimos mundo. Pero mi mundo me parecía frágil, como hecho de papel; de su esencia me separaba un abismo. Hacía tiempo que mi corazón bombeaba cansado, como si ya no le entusiasmase demasiado su cometido.  Los días se me hilaban parejos unos a otros, monocordes y pálidos como un cadáver. Ninguno rompe el punto, ninguno se distingue en valor del anterior. Yo también quería entusiasmarme, quería conocer algo nuevo; que mi pecho palpitase por los bramidos de mi corazón como contaban en sus relatos de aventuras estos cuentacuentos de domingo. Quería tener una historia que de verdad valiese la pena contar, y eso implicaba poner mi vida en riesgo.

          Salí, pues, de la casa dispuesto a sobrevivir a mi aventura. Era ya noche profunda, en esa hora en la que sólo andan por la calle los villanos y los aventureros como yo. Empecé a caminar altivo y todo lo derecho que mi borrachera me lo permitía. Entre esta, la oscuridad de la noche y las luces deslumbrantes, apenas lograba reconocer lo que se cruzaba en  mi camino; lo que hacía mi aventura mucho más emocionante. Mis amigos se enojaron mucho cuando les dije que me regresaría andando; todos me habían pedido que les avisase, por favor, a mi llegada a casa. Incluso algunos me habían rogado que no lo hiciera: “Tú no eres de aquí”, me decían, “no conoces bien de lo que son capaces estos hijos de la chingada”. Ya empezaba a sentir el calor, notaba como mi corazón se aceleraba y mis pupilas se dilataban. No cabía duda, si alguna vez iba a conocer el sentimiento de aventura iba a ser esa noche. Era sábado. Contaban diez cuadras de esa casa a la mía, lo suficiente como para encontrarme con algún borracho con ganas de tener bulla o algún secuestrador desalmado de esos de los que tanto habían prevenido. Cualquier cosa serviría para que mi aburrido corazón espabilase. De momento, silencio. Una luz tenue iluminaba vagamente la larga calle. Algún taxi pasó vacilante, intentando que desertase de mi misión. No lo iban conseguir. Deseaba profundamente vivir una aventura, unos lametazos de vida para resucitar aquella alma árida y rígida.

           Distinguí a lo lejos una silueta, parecían dos personas que caminaban al lado una de la otra. Quizás eran mis esperados secuestradores. Quizá el suceso que me sacaría de la tediosa monotonía estaba próximo. Un sudor frío me empapó el cuerpo, miedo. Pero a la vez una emoción surgía de mis adentros. Los aventureros de la dos nunca huyen en retirada, y no iba a ser yo menos. Pero, al estar a unos diez metros de mis misteriosos malhechores, me di cuenta que eran una pareja de enamorados, demasiado ebrios también como para ir abrazaditos. Mi ilusión se desvaneció al instante. Ya llevaba más de la mitad del camino y mi mayor aventura habían sido unos borrosos, por irreales, villanos; espejismo de mi propio deseo. Parecía que nunca iba a vivir una aventura.

          Restaba una cuadra para llegar a mi casa y solo había salido a mi encuentro el inocente silencio de la noche. Mi corazón lo conocía muy bien, eran viejos amigos. Su presencia no podía alterarle. El mismo latido a tempo lento de siempre acabó por guiarme a casa sano y salvo, y aburrido. No conseguí encontrar lo que buscaba. La misma futilidad de siempre era lo que mantenía a las cosas en su sitio. No conseguí mi aventura, no conseguí reducir el abismo que me separa del mundo ni en un centímetro. Mañana en el café me tocará conformarme otra vez con oír las intrépidas aventuras de los demás. Y asentiré sonriente para hacerles creer que entiendo lo emocionante de su historia, que alguna vez he sentido algo parecido. Que alguna vez he sentido.

Ato G. R.

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