Un día en el río…

Por aquello de que “la comedia es tragedia más tiempo”, me veo no solo con el privilegio de poder contar esta historia en primera persona sino, además,  con el de poder contarla, ya pasado el tiempo, “cómicamente”. Toda comedia ofrece una situación en la que el patetismo de los personajes les sitúa por debajo de aquel o aquellos que la contemplan, de tal modo que el “espectador” siempre se encuentra como  envuelto en un áurea de superioridad. No obstante, las situaciones que protagonizan los personajes de la comedia pueden ser del todo catastróficas y exageradas y, de hecho, cuanto más excesivos son estos términos, mayor es aun  la carcajada que explota en la garganta de los que la contemplan, siempre desde fuera y al margen, como si no fueran más que una panda de chimpancés burlones.


Como dice la canción, “contaba solo con ocho años” y aquella tarde calurosa de julio nos fuimos la familia al completo a pasar un día “maravilloso” al río (no recuerdo cuál). Cuando digo al completo me refiero a mi padre, a mi madre, a mi tía (melliza de este), mi hermanita Paula, una prima y yo. Por aquella época Paula y yo éramos como dos imanes de cargas opuestas y, en consecuencia, nuestra relación podría definirse como enérgicamente repulsiva. No era extraño, por tanto, que nuestra presencia allí dónde fuéramos podía sacar de quicio hasta al más tranquilo de los budas. Por otro lado, mis padres no eran budistas, de hecho eran bastante histéricos, especialmente cuando se trataba del tema de la digestión. Aunque mi padre podría ser perfectamente un hombre distinto a cualquier otro, en el tema de la digestión era igual de obstinado y radical que muchos padres, y si no pasaban hasta dos horas una vez trascurrida la comida, ya podía ser el mismo día del juicio final que por cojones ni el meñique nos dejaba sumergir en ese agua cristalina y tentadora que nos rodeaba por todas partes. Imagínense entonces para un par de niños que se llevaban como el agua y el aceite lo tortuoso que podía resultar pasar dos horas allí, rodeados de naturaleza, sin poder hacer absolutamente nada. Otro tema conflictivo y que iba con el de la digestión como anillo al dedo, era el de la siesta: ahora no solo no podíamos ni soñar con sumergir la puntita del meñique en la orilla, sino que tampoco podíamos corretear por ahí a nuestro arbitrio, lejos del ojo vigilante que dormitaba. Así que esta era la situación de la siesta-digestión: ¡un prolongado y eterno aburrimiento!
Aunque teníamos vetado cualquier contacto con los progenitores durante todo ese tiempo, todavía nos quedaba la prima, pero a los veinte años, una prima tiene mejores cosas en las que pensar o al menos mejores cosas que hacer que entretener a unos mocosos insoportables. Como lo de la prima tampoco funcionaba, probábamos con la tía Rosa, que no es si no la auténtica protagonista de esta historia.

La tía rosa, que vivía en una ensoñación perpetua, parecía oscilar en un mundo interior hecho a la medida de ella, con sus pros y sus contras, pero con aquella parsimonia de la que, aun siendo mi hermana y yo como los mosquitos durante el sueño, no podíamos  perforar ni siquiera  la capa más externa. Era imposible penetrar en aquel universo caleidoscópico que formaba su consciencia. Como buena anarquista, la ley o la norma no implicaban para ella más que una imposición externa y ajena a su libertad de espíritu. Dejando entretenida a mi hermana con uno de aquellos nokias prehistóricos de los que ya nadie se acuerda, evitando la inoportuna vigilancia del ojo fraterno y protector  de su mellizo y armada con el valor de un conquistador de las américas, se le ocurrió la magnífica idea de atravesar la angosta garganta con su sobrino de ocho años. El paseo, que en teoría debería ocupar el tiempo  hasta la hora  que daría fin a  la maldita digestión, se prolongó más de lo debido, pero por circunstancias completamente ajenas a las que se podría

esperarse de una idea tan estupenda como la suya.

Caminamos juntos por un sendero bastante empinado, rodeados por la exuberante vegetación que embellecía el curso del río y amparados por las rocas afiladas como colmillos de lobo que descendían junto a nosotros hasta la orilla cristalina. Si como efectivamente se nos cuenta, alguna vez existió un paraíso para el hombre, este debía de ser sin duda alguna al menos uno de ellos, pues nunca fueron mis ojos testigos de tan inmensa belleza, una belleza que nos engullía por todas partes, una belleza que, como una mujer, podría resultar mortal. Los latigazos del sol fueron rebajándose conforme las horas de la tarde proseguían su curso natural y las sombras amenazantes de las rocas parecían ceñirse sobre nosotros como águilas sobre presa. Paramos junto a unas pozas dónde disfrutamos de un corto pero agradable baño y finalmente tuvimos que tomar la amarga decisión de retornar hacia el camino de vuelta. Es aquí, dónde los genios malignos que revolotean alrededor de la caleidoscópica consciencia de mi tía Rosa tuvieron una importancia vital, pues contra las afirmaciones que emanaban de la boca de un niño que proponía retomar el camino anterior, donde el descenso era más fácil y prolongado, se impuso su autoridad, una autoridad que por cierto se fundamentaba en lo que cualquier persona adulta y normal consideraría la más estúpida de las imprudencias. Pero claro, precisamente lo más característico y genial de mi tía Rosa es el no parecer ni adulta ni normal (es por eso por lo que me llevo tan bien con ella); y con su autoridad, digo, se impuso la firme decisión de escalar el alto y peligroso precipicio que, desde mi estatura infantil, no parecía  si no topar  con el mismísimo cielo, un cielo verde y divertido que nos miraba estupefacto desde su inmensidad. Haciendo caso sumiso y en retaguardia, seguí los pasos de mi joven tía que me precedía con una estabilidad de  trapecista borracho. Comenzamos a escalar aquella sinuosa dentadura de roca que ascendía sin fin por el desfiladero. Cuando la cima ya se vislumbraba desde nuestras sudorosas frentes, cuando el final estaba tan cerca del éxito que el mero hecho de no lo alcanzarlo parecía absurdo, capté con la lentitud propia de los que presencian el desastre cómo los pies de mi tía Rosa perdían el control, se zarandeaba hacia atrás y, justo antes de que cayera al vacío de piedra y muerte, conseguí escuchar como murmuraba entre dientes, con esa característica ironía que acompañará siempre  todas sus desgracias:

¡Ay, hay que joderseee!

Cayó contra las rocas, despeñándose como un muñeco de plastilina, inerte. Escuché pasmado desde la cima el crujido de los huesos y la sangre salpicó las rocas en forma de pequeñas nubes emanando de  su cabeza rota. Cuando aquel cuerpo moribundo que hacía unos segundos era el de mi tía Rosa yacía al fin junto a la orilla, comenzó a hundirse lentamente y, por si no fuera poco el salto que dio, ahora el río parecía querer llevarse su parte y comenzó a tragarla como un monstruo terrible mientras se teñían las aguas de  sangre roja y oscura. Con esa adrenalina que se libera en las situaciones de supervivencia y observando con terror el espectáculo que todavía no  había dado por concluido, descendí por el crudo y resbaladizo desfiladero velozmente hasta topar contra el medio cuerpo hundido de mi tía Rosa que a mis ojos ya no era más que un montón de carne y huesos rotos, porque así lo creí y grité  yo:

Tía Rosa se ha matado.

Intenté por todos los medios sacarla del agua, pero debido a la delgadez y escasa fuerza de mis pequeños brazos, apenas logré apartarla unos centímetros y así la dejé arrimada junto a unos juncos donde me limpié de la sangre pegajosa que había cubierto mis trémulas manos. Finalmente volví a escalar el desfiladero, corrí como el diablo hasta alcanzar el campamento, donde mis padres posiblemente ya no estarían preocupados por la digestión ni por la siesta. Cuando volví con mi padre a donde se había producido el siniestro, vimos a la tía Rosa enajenada, en pie y con la cabeza medio abierta. Se palpaba desorientada los bolsillos y decía en tono preocupado:

¿Mi bolso? ¿Mi mechero? ¿Dónde está mi tabaco?”

 

IRINEO LEONEL

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s