El liberado [Crónicas, 2013]

 

“El hombre servil es una vergüenza para la naturaleza y no participa de ningún consuelo celestial o terreno. Quien quiera ser libre ha de serlo por sí mismo”. R.W.
“¿cómo privarnos del loco? ¡Si todavía os avergonzáis de vosotros mismos, no sois de los nuestros!” F.N.

Como la nariz de un perro, su vida era inquieta y jamas le resultaba nada aburrido. En cualquier momento, encontraba un “que/hacer” para todo, ya sea mirar por la ventana de su cuarto, mirar el reloj, atar una mosca a un pelo y ver como se mueve en círculos desorientada; o salir a pasear al parque y, deteniéndose en cada hormiguero, experimentar desde las alturas la omnipotencia de un Dios, esto ultimo, le conmovía apasionadamente.
Era un completo idiota, o mejor dicho, era de piedrahita. Tenia una larga melena muy rizada que le caía por lo hombros, sus ojos eran diminutos y de un negro muy intenso como el del azabache. En su rostro siempre había dibujada una sonrisa inocente, infantil y bobalicona, semejante a la de un estudiante drogado o a la de un tonto sin remedio. Era delgado como un palillo y el vello, rizado y abundante; le cubría todo el cuerpo.
En verano, cuando iba a la piscina, presumía si no tanto de su inteligencia si de su abundante vello, pues entre las chicas en biquini, se paseaba como un chimpancé dominante, con el pecho hacia afuera y los abrazos arriba, mientras hacia extraños ruidos con la boca.
Aunque, para los expertos en antropología científica, no había singulares diferencias entre el Australopithecus y la típica joven piedrahitense (por más que de purpura vista la mona, mona se queda), las técnicas de seducción ensayadas por nuestro compadre habían quedado obsoletas incluso para las “nínfulas” piedrahitenses.
No tenía amigos ni los necesitaba, él era feliz en su estupidez. Se contaba de él que le gustaba mucho el baile, que los sábados acudía al “chivis”; discoteca famosa (posiblemente la única en todo el pueblo) ya que era allí donde se celebraban los rituales de apareamiento mas paganos de toda la ancha y seca castilla.
No obstante, nuestro compadre era de una “raza superior”, bebía fanta de naranja o de limón (su inteligencia no alcanzaba a diferenciarlas), bailaba durante toda la noche, dejando que la música de su cabeza se reprodujera en cada uno de sus movimientos, mientras otra muy distinta, mas comercial y simplona, ponía en movimiento las caderas de las mozas maquilladas hasta las rodillas y encendía las mejillas alcoholizadas de los machos que se abalanzaban sobre ellas como halcón sobre presa.
Nuestro compadre disfrutaba de su mundo de una forma singular, era libre del prejuicio ya que carecía de inteligencia y no tenia conciencia de si (salvo cuando contemplaba a las minúsculas hormigas del parque). Se sentía liberado de lo vulgar de este mundo como el mas asceta de los budistas. La vida, que es justa con todas sus criaturas, se había cobrado su cordura para darle una libertad absoluta.

IRINEO LEONEL

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