Dos crónicas cortas (2014/2015)

[Perfiles, Magia negra]

No fue esta vez en la latina si no en el barrio oeste donde entre las sombras y la música se alzó su imponente sombra, una sombra rígida y marginada. Era la sombra de un hombre solitario, caminaba sin saber a dónde, maldiciendo su destino, un destino que separaba el amor entre dos locos, un amor como el de Romeo y Julieta pero a diferencia de este, aquel no nacía del romanticismo si no de la esquizofrenia. Antes vendía rosas como hacen los latinos, ahora vendía cupones y como el decía siempre: “¡asco de vida!”.


De la comisura de sus labios pendía la babilla pastosa que se le formaba por el consumo de pastillas, los doctores le obligaban a controlar sus impulsos más feroces, los sentimientos violentos que provenían de los gritos de aquel corazón maltrecho. Como el cocodrilo hambriento, al ver toda la multitud ebria que acudía a los prostituidos eventos artísticos del barrio, como los turistas locos de Europa que invaden el levante español en verano; se sumergió en el asfalto camuflándose en su propia oscuridad, y allí donde había más presas, alzaba la voz y proclamaba el nuevo premio para aquella semana, un premio remotamente escondido entre los cupones arrugados y desordenados de sus bolsillos. Le ignoraban. Algún buen cristiano sin corazón le aconsejaba que volviera a lo de las rosas, él sonreía mientras al mismo tiempo imaginaba abrirle las entrañas y sacar palmo a palmo los ocho metros de intestino alcoholizado de aquel imbécil. Nada. “La gente ya no cree en la suerte”, decía para sus adentros. La desesperación le oprimía el pecho. Moribundo, sin rumbo, de vuelta a casa, volvía a pensar en su desgracia y no en la del prójimo, él era un mal cristiano con corazón, decía: “Culpamos a Dios de nuestra desgracia, son pruebas, son trabas, en el paraíso obtendré mi redención”.
De vuelta a casa, al final de una de las muchas calles que se abrían desde la plaza central como arterias de un corazón, había una cabina ambulante, alumbrada por una tenue luz del color de los infiernos, dentro, tras unas cortinas negras, había una mesa con varias barajas de cartas, una vela a medio consumir y tras la mesa un hombre sentado que decía ser adivino, señor de la magia negra. Era un hombre con mucho sobrepeso, que hacía mucho ruido al respirar y que según contaban los vecinos, jamás se le había visto en otra posición que no fuera la de sentado. Decía llamarse “josechu”, el vidente del oeste. Nuestro conocido, que creía en estas cosas, entró vacilante (no tenía un duro con que pagarle). Tras presentarse, “josechu” tomó entre sus rechonchas manos una baraja de cartas y empezó a barajarlas con habilidad y destreza. Nuestro conocido estaba emocionado, quería conocer el porvenir de su destino, necesitaba luz, esperanza, él solo quería volver a ver a la mujer que amaba, encerrada desde algunos meses en un sucio manicomio. Todo fue demasiado rápido. Tres cartas cayeron sobre la mesa. “Josechu”, el vidente, dijo: 1. Algo te pasa, 2. Esto que te pasa guarda relación contigo, 3. Finalmente todo se solucionará. Después añadió: “ahora has de marcharte, hay más gente esperando”. Nuestro conocido, especialmente al escuchar el mensaje contenido en la carta número tres, se levantó de la silla y casi histérico de alegría dijo: “muchísimas gracias mi queridísimo y muy mejor amigo, ¡qué dios te bendiga!”.

[Perfiles, Doctor Mentira]

¡Qué tipo era aquel! ¡Cómo me reía de sus historias! Historias tan diversas y divertidas como su propia persona: barrigón, algo jorobado, una barba histriónica y pelirroja, ojos azules y hundidos en su cráneo bajo los cuales se dibujaban unas ojeras dramáticas. Siempre inventaba historias de todo tipo, salpicadas de detalles muy nítidos, que de algún modo, conferían algo de verdad a sus curiosas mentiras. Personalmente, creo que todo el mundo miente, o más bien, todo el mundo reinventa su vida, ya que la vida en sí, como categoría asilada, no es más que una vacuidad insufrible que deviene en un océano de aburrimiento. Quizás, de alguna forma inconsciente, la idea de reinventar su monótona vida impulsaba su instinto mentiroso cuando nos hablaba. Eran muchas historias, pero para que comprendáis aquello que he mencionado de los detalles muy nítidos, quizás la mejor historia sea aquella que contó acerca de los príncipes de España:
El actual rey, Felipe VI, también conocido como Felipe el leticio o el breve, y su mujer, Leticia, cuando todavía ocupaban el puesto de príncipes, nuestro querido familiar fue a visitarles al palacio de la Moncloa con la intención única de reparar el sistema operativo del ordenador personal de la princesa-reina. Tal fue el caso, que un lunes de agosto muy caluroso, mientras nuestro compadre hibernaba como un oso entre las sábanas sudadas de su alcoba, le despertó una llamada telefónica que él calificó de extremadamente urgente. Por increíble que parezca se trataba de Leticia, la princesa reina. Debemos de suponer que nuestro compadre antes que ser un completo desastre, era un reputado informático y, que la princesa, buscando en una lista de contactos encontró su nombre subrayado y en negrita en las páginas amarillas con una anotación de carácter explicativo que apuntaba: “muy recomendable”. Nuestro compadre, que llevaba ya algunos meses sin conseguir ningún tipo de trabajo, se vistió lo mejor que pudo y tomó el primer tren de Bilbao-Madrid tan pronto como tuvo ocasión de hacerlo. Estaba muy emocionado, ¿quién lo creería? ¡Iba a conocer a la futura reina de España! Sin embargo, lo que más le llamó la atención de tal extraña aventura, fue que cuando agarró la muñeca de Leticia para comunicarle que su ordenador estaba en perfecto estado; pudo comprobar su extremada delgadez de muñeca, en efecto, como él afirmó con sus propias palabras: “Leticia tenía unas muñecas extremadamente finas, y al observarla más atentamente, pude comprobar la tremenda escualidez de su figura”.

 

IRINEO LEONEL

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