El aventuroso

            Llevaba tres cervezas y todavía no conseguía quitarme aquel asqueroso sabor de la boca. Había estado paseando por la ciudad. De nuevo, buscando una aventura. Esperando que algún suceso emocionante me encontrase y me zarandease hasta calentar la sangre de mis venas, o detener por completo aquel monótono latido que surgía incesante de mi pecho, cualquier cosa me hubiese valido. Ni si quiera estaba seguro de estar buscando correctamente. ¿De veras tenía que andar pasivo por la vida, confiando en que este ignominioso mundo se dignase a prestarme atención?

Vivir de la esperanza. A otros les funciona, no a mí. Tenía demasiado presentes aquellas palabras que leí en un vasto tomo de la obra de un alemán decimonónico, tan enojado como punzante, que decía así: “El presente siempre es insuficiente, pero el futuro es incierto y el pasado irrecuperable”. No me gustaba demasiado hacer caso a los filósofos, ya se sabe lo pretenciosos e hipócritas que puede llegar a ser. Los más son como niños caprichosos que sólo quieren llamar la atención. En cualquier caso, aquellas palabras se marcaron en mi pecho como hierro candente. Del futuro, pues, nada podemos saber; y sólo un necio entregaría la responsabilidad de su existencia a una promesa futura. Nada, no se trataba de esperar nada; sino de actuar. De ser consciente, precisamente, de que uno, y sólo uno, es el responsable de su vida. Pero, ¿cómo actuar cuando el aire mismo me sabe a hiel, y lo que de tangible tiene el mundo se vuelve ceniza en mis manos? ¿A qué cabo he de agarrarme cuando, al asir las cuerdas, estas se vuelven serpientes venenosas?

           No, no puedo actuar sin tener por seguro el suelo en el que piso; no sin saber hacia dónde se dirigen mis pies. Esa tampoco es la manera de buscar aventuras. Más bien ha de ser algo diferente. Ni yo, ni el mundo, algo externo a los dos y que, a su vez,  necesite de ambos para ser. Algo que reúna los dos polos y forme una unidad, un entre en el que se desarrollan las aventuras y las pasiones burbujean revoltosas rebasando el pecho que las contiene. Creo que he bebido de más, se me están subiendo los filósofos a la cabeza. Siempre me pasa a la tercera cerveza; ¿será casualidad que las caóticas divagaciones de los borrachos se parezcan tanto a las de los filósofos? Como un acto inconsciente mi mano agarró de nuevo el vaso y seguí bebiendo. No me resistí al caer en la cuenta.

            Seguí pensando en el paseo vespertino que di aquel día. Decidí irme hasta el centro a caminar. Me bajé en la estación Bellas Artes y, como siempre, no cabía una persona más en la alameda. Me imaginé el cosquilleo que deberían sentir los árboles en sus raíces por el traqueteo de la gente bajo sus copas, como si estuviesen plantados en un hormiguero. Me integré en el bullicio como si fuese uno más, como si mi existencia tuviese también algún propósito. Parecían muy decididos en su trayecto y yo no tenía ganas de pensar hacia dónde ir; así que caminé con ellos. Sólo me dediqué a seguí el reguero de gente. Iban muy rápido, como si todos fuesen consciente de su temporalidad, como si la de la guadaña les fuese pinchando por detrás advirtiéndoles de la inevitable existencia de ambos. Un señor de ropa elegante y pelo engominado me rebasó, muy apurado, dándome un golpe en el hombre. Debía de tener alguna reunión importante, una de esas en las que se deciden los presupuestos para el año. Pensé que él sí tendría un propósito para su vida. Debía ser el más indicado para hacer lo que quiera que hiciese en su trabajo, sin él, me pareció, no funcionaría. Del asco que me dio me paré en seco. Tenía hasta ganas de vomitar, pero se me pasaron cuando la muchedumbre que venía detrás de mí, me embistió con la voz en grito. No podían retrasarse ni un segundo, me pareció deducir de su agresividad; sin ellos su trabajo no funcionaría.

              Estaba claro que yo no pertenecía a ellos. Sí tenía un trabajo, pero sabía de sobra que no era imprescindible en él, cualquiera podría ocupar mi puesto. Así me lo advirtió mi jefe cuando llegué tarde por segunda vez esta semana. No me importaba, tampoco me gusta trabajar ahí.

              Cuando salí del río de gente, me encontré de frente un señor de ropa mugrienta. Estaba tirado en el suelo, aprovechando los rayos de sol como si estuviese haciendo la fotosíntesis. Parecía que, como yo, él tampoco tenía prisa. No se dio cuenta, pero me quedé allí un rato mirándole en silencio. Yo era el único que le miraba, los demás simplemente lo esquivaban como si fuese una pieza más del mobiliario urbano. Me divertí imaginando a funcionarios del gobierno colocando estratégicamente a indigentes para que la clase trabajadora se sintiese mejor al compararse con ellos. Seguí observándole un rato, intentando descifrar si tendría algún propósito para su vida. Pero, sobre todo, preguntándome si habría vivido alguna aventura. Si alguna vez se habría sentido parte de este mundo. Me lo imaginé, en su vida pasada, como aquél señor apurado de pelo engominado que me dio el golpe en el hombro al rebasarme. Me lo imaginé encorbatado, con el portafolios en su mano derecha y un reloj enorme y brillante en la izquierda; de esos tan horribles que gustaban de cargar en su muñeca la gente de bien. No pude evitar una carcajada.

          Seguí caminando en busca de mi camino. Decidí confiar en mis pies, que diesen cuenta de su libertad. Por un momento conseguí evadirme del griterío de la gente con prisa. Sus propósitos, sus caprichos. Me evadí de la ciudad, de su nombre, de su cultura. Como si hubiese conseguido obviar lo contingente y echar un vistazo directo a la esencia del momento. Un gran vacío me inundó. Me sentí sobrecogido y mis pies se pararon en seco, como temerosos del mundo que pisaban. Miré hacia arriba, las fachadas de los enormes edificios me asaltaron como si quisieran aplastarme, como si quisieran que me uniera a ellas formando una piedra más de la estructura. La calle se me antojaba un escenario de teatro, casi pude notar que los edificios estaban hechas de cartón-piedra. Una patada y podría derribarlos. Mi cuerpo se paralizó. Ahora estaba en escena y estaba en blanco. No sabía ni una palabra del guion, del nombre de la obra, del papel que yo interpretaba. Nada. La presión me pudo. La vista se me empezó a nublar y no alcanzaba a oír ni una de las impertinencia que gritaba la gente que estaba a mi alrededor. Estaba a punto de desmayarme cuando, de nuevo, la más vieja de las musas vino a sacarme de mi sepultura. El ronco sonido de un saxo tenor rodeó mi cuerpo como si de un lazo de cowboy se tratase y tiró de él hasta ponerme en marcha. Becerro de mí, lo seguí sin resistirme. Mis pasos encontraron un propósito. El dulce camino que el saxo trazó para mí me llevó hasta un bar de la calle Regina. Me senté, pedí una cerveza oscura a la camarera y permanecí en un ensueño escuchando la agrupación de jazz que deleitaba al público.

           Una vez más la música había venido a salvarme, a darme un soplo de aliento en el último momento. Siempre me había sentido recogido en su presencia. Pero sabía que ella no podría proporcionarme la aventura que buscaba. Era un lecho caliente, una cura temporal al desgarro de la existencia. Pues su fuerza embriagante hacía que me olvidase de mi condición de existente. Eso me gustaba de ella, en el olvido de mí que me infundía me sentía feliz, protegido. Pero la aventura que yo buscaba necesitaba de mi conciencia, de la comunión de mi alma con el mundo. Y la música, como la poesía, no sucede en este mundo.

Ato G. R.

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