En el último trago

[Teatro en una escena]

Personajes:

Julio (Unos treinta años. Sentado en una mesa él solo)

Camarero (Unos cuarenta y cinco años. Barriendo el suelo)

Borracho (Más años de los que quisiera. Sentado, apoyado en la barra del bar, mirando a su vaso)

(Un bar. Hora de cerrar. Luz tenue. El camarero barre cansado el suelo mientras los dos últimos clientes terminan su bebida. El borracho sentado a la barra es habitual del local, y amigo del camarero. El muchacho joven de la mesa es un cliente nuevo de ese día.)

Camarero (Mirando de reojo a Julio): Ya estamos cerrando, señor.

Julio (Indiferente): Ya veo, ya…

Camarero: Quiero decir que se tiene que marchar, señor.

Julio: No puedo irme, aún me queda la mitad de mi vino. ¿Me comprenderá usted?

Camarero (irritándose levemente): Le comprendo perfectamente señor, pero compréndame usted a mí. Llevo más de quince horas aquí metido, mañana estaré aquí otra quince y quiero llegar a mi casa a descansar.

Borracho (girándose hacia ellos, con tono bromista): ¡Deja que la termine Ramón! Parece un buen muchacho. Además, no seas inconsciente. ¿Desperdiciarías tú el más dulce néctar que los dioses nos han regalado? ¿Te he hablado ya de la posición de Dionisos en el Olimpo de los dioses, Ramón? ¿La veneración que le tenían en la virtuosa y remota polis griega? Dos grandes festividades anuales en su honor… (Continúa relatando sin mirar a ninguno de los presentes).

Julio (riéndose y siguiéndole el juego): Escúchele, difícilmente oirá mentiras de la boca de un borracho. Y este, además, parece noble.

Camarero (al borracho): Déjalo ya Valentín, y vete a casa con tu familia.

Borracho (poniéndose serio de repente): Ya te dije que no hay familia con la que ir desde que se fue mi hijo. El muy cabrón me dejó solo con esa bruja de mi mujer. Desalmada… El día menos pensado me voy, y ¡ahí la dejo!, a ver si es verdad que no le hago falta, a ver cuánto tarde en venir suplicando… (Sigue hablando para nadie).

Camarero (mirando fijamente a Julio): Bueno, ¿se acaba usted la copa o qué? Que me quiero ir ya a mi casa.

Julio: La verdad que yo no tengo casa a la que ir.

Camarero: ¿No tiene hogar? No parece usted un sintecho, si me permite el comentario.

Julio: Tengo un sitio al que voy a dormir, como el señor de la barra, pero de ahí a llamarlo hogar…

Camarero (sintiéndose identificado): Bueno, mi casa tampoco es el paraíso, si le sirve de consuelo. Hay días en los que preferiría que no se acabe la jornada ¿sabe? Solamente por romper con la rutina. Siempre a la misma hora, con la misma luz que ilumina la calle, entro en el portal de mi casa. Subo los veinticuatro escalones que completan las dos plantas y, ahí está. Esa puerta de roble oscuro con el puto cristo dando la bienvenida. ¡Qué asco le tengo a esa puerta! (mordiéndose el labio y retorciendo el mango de la escoba).

Julio: Le entiendo, hay exactamente siete pasos y medio de mi cama a la taza del váter, y nueve más hasta la cafetera. Es insoportable como se familiariza uno con la rutina ¿me comprende usted? Por eso me gusta venir a estos templos. En ellos se siente uno tranquilo, comprendido, sin la presión de sentirse juzgado. Se puede hablar con libertad de cualquier asunto; ustedes, los sacerdotes, sin duda sabéis escuchar.

Camarero: ¡Sí!, dios sabe que eso es cierto. ¿Verdad compañero? (dice apoyado en la escoba, mirando al borracho de la barra).

Borracho (sin prestarle atención): … y vendrá arrastrándose como la víbora que es, y me pedirá que vuelva con ella porque no puede vivir sin mí. ¡Y una mierda voy a volver con ella! Que ganas de perderla de vista… (Continúa su monólogo).

Julio (compadeciendo al camarero): Es usted un bendito por aguantar lo que aguanta.

Camarero: Vaya que sí. (Dice respirando hondo) (Silencio) En realidad le aprecio, ¿sabe? Me hace compañía. Me entretengo mucho escuchando sus alocadas historias. Una vez me contó que se le apareció la virgen y todo.

Julio (intrigado): ¡Ah!, ¿sí? ¿Y cómo fue?

Camarero: Fue un martes por la noche al cerrar el bar. No se había terminado todavía su cuarta botella de un vino de pitarra riquísimo que traigo de mi pueblo y se la llevó para el camino. Se montó en su coche y se fue. Yo lo vi desaparecer al final de la calle., como todos los días. Pero al día siguiente cuando llegó, me dijo que cuando iba por la carretera de camino a su casa vio una luz muy potente y deslumbrante y tuvo que frenar en seco. Que entonces le golpearon la ventanilla y cuando la bajó, se le apreció la virgen. (Mirando al borracho que parecía no prestarle mucha atención) ¿Verdad Valentín? (Dirigiéndose de nuevo a Julio) Al principio no la reconocía, me dijo, porque no iba vestida como es habitual en ella; pero luego, con una luz entre las manos, empezó a hablar en un idioma rarísimo, como en arameo, y dedujo, pues, que era ella. Además, me dijo, le puso un aparato en la boca para que soplara, como si quisiera comprobar que tan pecaminosa era su alma.

Julio (riendo): Ya veo por donde va. (Mirando de reojo al borracho) ¿Y por qué creyó nuestro amigo que era la virgen?

Camarero: Porque dice que a partir de ahí no se acuerda de nada más. Y que lo siguiente que recuerda es despertarse en su casa sano y salvo. Un milagro, vamos. Eso sí, luego le llegó a casa la factura por el servicio. (Dice riéndose a carcajadas).

Borracho: ¡Y, además, ya no tengo el carnet de conducir de la cartera, me lo robó la hija de puta! (dice riéndose, sin que se le pueda entender muy bien).

Julio (riendo también y mirando al camarero): Desde luego no te aburres con él.

Camarero: Es un buen tipo Muy ingenioso, sólo que ha sufrido mucho. Siempre habla del hijo que se le fue. De lo que se divertía con él jugando de pequeño, y de lo orgulloso que siempre ha estado de él.

Borracho (mirando a Julio): Hasta que se fue huyendo sin mirar atrás, el muy cabrón. Y me dejó solo con la bruja de su madre. Desalmado… ¿se puede ser más miserable? Hasta Judas Iscariote tenía más honor que ese… (Continúa hablando para él).

Julio (al camarero): Se le ve dolido.

Camarero: Siempre se queja de eso. El pobre hombre no lo supera.

Julio: Le entiendo, yo también tuve que separarme de mi familia. ¿Por el bien de todos, sabe usted?

Borracho (siendo sarcástico): Pobrecillo, se sacrificó por el bien de su familia…

Camarero (molesto por la falta de tacto): ¡Valentín, coño, déjale contar la historia! (a Julio) Continúe usted.

Julio (hablándole al camarero): Si no me hubiese ido, hubiésemos acabado matándonos. La situación era insoportable. Mi padre… ¡Nunca nos pegó! Él no es así, pero no le aguantaba, siempre de mal humor, o borracho. Mi madre la pobre, cristiana devota, lo dio todo por un marido inútil y no se dio cuenta de que su propia vida también pasaba.

Camarero (sorprendido): Vaya, ¡este tiene más problemas que tú Valentín! Pobrecillo, anda que tocarte una familia así.

Julio: Y Ahora, por si fuera poco, me han echado del trabajo. Me he quedado sin dinero y me toca volver con ellos. Va a estar bonita la cosa. También los he echado de menos, no puedo negarlo.

Borracho (mirando a Julio enfurecido): ¡Así que por eso vienes cabrón! ¿Y ahora tengo yo que abrirte las puertas de mi casa como si nada?

Julio: No es solo por eso papá. También os he echado de menos.

Camarero (desconcertado): ¿Papá?

Borracho (sin apartar la mirada de Julio, con los ojos furiosos y dolidos): Sí, amigo, este es mi hijo. El que se fue.

Julio (intentando alivianar la situación): Anda papá, déjalo ya. Vamos a casa y hablamos tranquilamente, que este hombre tiene que irse a descansar.

Camarero (aprovechando la oportunidad): ¡Sí, sí! Venga compañero, ¡arreando! Y mañana me cuentas como han ido las cosas (dice apurándole para que se vaya).

Borracho (dolido también con su amigo): Cada día eres más desalmado Ramón. Uno aquí con el corazón en el puño por la llegada de su hijo, el que se fue; y tú echándonos descaradamente. Sin invitarnos a una copita para ahogar las penas ni nada… (Sigue relatando mientras se pone la chaqueta moviéndose de lado a lado, como un resorte).

            (Padre e hijo, agarrándose del brazo, se dirigen a la puerta para salir. Julio se da media vuelta y se dirige al camarero.)

Julio (al oído del camarero): Gracias por cuidar de mi padre, señor. El pobre no tiene remedio, pero no se porta mal. Es buena persona.

            (Salen los dos por la puerta y se queda el camarero solo barriendo el suelo).

Camarero (hablando para sí): Que es buena persona, dice… ¡Vaya con los líos que tiene la gente, la telenovela que me han montado aquí en un momento! Pero, vamos, que yo también tengo mis propios problemas. Esta misma noche le digo a mi mujer de cambiar esa horrible puerta. ¡Qué asco le tengo a esa puerta!… (Continúa hablando solo mientras termina de barrer).

FIN

Ato G. R.

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