Literato

         Contaba ya más años que muchos de los libros que leía, y hacía más de cuarenta que dedicaba sus fuerzas a la composición de cuentos y relatos, en su mayoría de ficción. Había desarrollado un gran amor por la literatura. “Sólo en ella”, decía, “encuentro el sentido que el mundo se empeña en ocultarme”.Desde luego, no había perdido la costumbre de seguir leyendo todo lo que llegase a sus manos. Desmenuzaba a conciencia volúmenes enteros de historia, de filosofía, de física, de psicología, etc. Leía y anotaba las opiniones de las grandes mentes que han contribuido a la construcción de la humanidad, y todas le parecían eso, opiniones; en su mayoría parciales o insuficientes, como no puede ser de otra forma. Pero sus pretensiones holísticas no entendían de límites. Desde joven se había visto arrastrado por las inquietudes de una mente despierta y curiosa. Siempre había encontrado placer en el preguntar y había dedicado gran parte de su vida a ello. Por lo que había acabado embaucado por las poderosas redes conceptuales de los filósofos, a los que empezó a estudiar desde bastante joven. De Tales a Žižek, pasando por los resbaladizos cínicos, la enrevesada metafísica de la mística escolástica y el sufrimiento terrenal del romanticismo; intentando develar los recovecos más ocultos del pensamiento. No despreciaba nada sin haberlo estudiado previamente. Leía con atención cada una de las concepciones del mundo que se diluían entre las páginas marcadas de los tomos, ordenados por orden alfabético, que los estantes de la biblioteca pública le ofrecían. Diseccionaba a cada pensador con la precisión de un cirujano, extraía de cada uno los pretendidos argumentos que le daban un sentido al mundo; a menudo disonantes y contradictorios entre ellos. Pese a haber adquirido la paciencia con que la edad te recompensa, se desesperaba cada vez más con la diversidad de opiniones, y el paso de sus años le hacía cada vez más escéptico. Había emprendido la tarea de encontrarle algún sentido a la vida humana, cuanto menos a la suya, y a cada opinión que leía sobre el tema su piel se palidecía un poco más y su semblante se mostraba más cadavérico por momentos. Agarrado a cada vez menos asideros, recorría tambaleante el puente de la vida. Cada luz que le ofrecían las grandes mentes de la historia se apagaba en sus manos de hielo y el camino se difuminaba cada vez más en la oscuridad.

     El prolongado tiempo que le había ofrecido su larga edad, le había permitido acometer diferentes propósitos con respecto a la finalidad de su escritura. En un principio se dedicó a la construcción de ensayos filosóficos críticos. Entabló largas discusiones con mentes que hacía ya tiempo que se la habían comido los gusanos. Cansado de no llegar nunca a ninguna conclusión satisfactoria decidió probar con otro tipo de palabras. A menudo, era en la poesía donde encontraba  aseveraciones o sentencias de tal verdad que se encadenaban con fuerza al mundo y era muy difícil contradecirlas, si tal cosa surtiese algún efecto en la poesía. Algunas, pese a haber sido escritas muchos siglos atrás, todavía retumbaban en los corazones de aquellos que las revivían leyéndolas. Tal era la fuerza de la palabra poética, que superaba el tiempo y la historia. Siempre le pareció el más bello de los oficios y, sin duda, el más efectivo. Pero empezaba a sospechar que uno no elegía ser poeta. Le parecía que estos pertenecían a una especie aparte de hombres y muchas veces, pese a la voluntad de muchos de ellos, no podían sino dedicar sus fuerzas a la caza del absoluto, siempre tan huidizo. El poeta, pues, no elegía serlo. Y, de todas formas, él no alcanzaba a tener del todo esa sutileza que la poesía exige.

         Sin dejar de lado el ejercicio poético, se dedicó a la composición de relatos literarios. ¡Oh, que feliz ocurrencia! Como disfrutaba de ello. Alababa a cada minuto ese magnífico día en que decidió dedicarse a la literatura. En sus textos, todo cobraba sentido. Cada personaje, cada palabra que pronunciaba cada personaje, se entrelazaba con las demás en el momento preciso formando fabulosos paraísos de papel. Había un principio y un final de cada historia. En ellas se apreciaba el camino que las almas errantes de sus personajes, casi todos de mente poderosa e indecisa, iban trazando en el sinuoso discurrir de su tiempo. Jugaba con ellos, les deba razones y propósitos para sus vidas. Todos estaban ahí, actuaban como actuaban, decían lo que decían por algo. ¡Que felices eran en sus afanes! Por mucho que el personaje sufriese y se desgarrase por el hastío de su historia, su creador sabía que todos los dolores formaban parte de algún sentido ulterior. Cada nube difuminada entre nubes, cada situación que vivía su personaje, cada destello del sol en las briznas de hierba formaban una pieza de los puzles a los que dedicó el trabajo de muchos de sus años; sin tensiones, sin remordimientos, amaba cada una de sus creaciones como se ama a un hijo.

     Pero a lo largo de estos últimos meses, en los cuales había sentido un fuerte decrecimiento de thymos, como le gustaba decir con Homero; ni a sus relatos les encontraba un fin, un sentido. Los caprichos de los personajes se le revelaban y no le permitían cerrar las historias. Era como si sus palabras se forjasen con tanta fuerza que se alzaban, con vida propia, contra el propio autor dentro de los cuentos, y los protagonistas se mostraban irritados con la pretensión de aquel de prescribir el destino de sus vidas. Cada frase que escribía en el papel notaba que ya no le pertenecía, que formaba parte del pasado y no del suyo propio, sino de aquel del que vivía su historia. Llevaba más de seis meses sin lograr terminar ningún relato, y durante los dos últimos, ni siquiera lograba concebir la idea de alguna historia nueva.

       Él no lo sabía, pero yo, que apenas estoy empezando en esto de la literatura y mis palabras todavía no han adquirido la fuerza suficiente como para revelarse contra mí, sé muy bien a que es debido. De las primeras inquietudes que el sujeto de nuestra historia tuvo, y que desde pequeñito ya removía sus entrañas, era encontrar una verdad suficiente como para poder decir que la vida tenía algún sentido. Esta preocupación esconde otra más radical y es la de que si la vida vale la pena de ser vivida o si por el contrario hay que dar paso al suicidio. Durante sus largo años de duro estudio, no había conseguido dilucidar en lo más mínimo el posible sentido que pudiera tener la vida, más bien lo había emborronado conforme leía y contrastaba diferentes concepciones al respecto, como la goma de borrar emborrona el papel marcado con fuerza por el lápiz. Como no encontró cabo alguno al que agarrarse decidió dedicarse a la fabricación de sentidos. Relegó el sentido de su propia historia a los relatos que cuidadosamente iba componiendo. Durante muchos años lo hizo de la forma más elegante y genial que supo; abandonando en el olvido voluntario la inquietud que desde su más temprana juventud ardía en su interior. De alguna forma, le había dado un sentido a su vida, su ingente obra le avalaba. Pero en estos últimos meses en los que sus propios relatos le traicionaban y las musas le habían dejado en la más absoluta desolación, sólo su propio camino, pedregoso y abrupto, le pedía la cuenta de sus pasos. Sin los paradisíacos senderos que dibujaba en sus relatos, el lúgubre camino que se le presentaba sólo podía llegar a una meta; a la última, a aquella que ya no se cuenta. A aquella cuya presencia siempre había irrumpido en sus pensamientos. Al dejar de poder extasiarse en la escritura literaria, su propia existencia le sobrevino. Sin sus creaciones, sin el pequeño mundo de ficción que había ido creando a lo largo de su vida, no podía sino dejarse llevar por la corriente del destino de lo vivo. Muchas opiniones había leído sobre el huidizo sentido de la vida, pero ninguna las enfocaba con la luz adecuada; hasta que el radiante destello que desprendió la afilada hoja de la guadaña al aproximarse iluminó con fuerza su camino y todas sus dudas se esclarecieron.

Ato G. R.

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