Servicios funerarios

             Creía que el trabajo de taxista en esta mustia ciudad, ya encorvada por el peso de sus grandes épocas, no iba a proporcionarme aventuras dignas de ser contadas. Por aquel tiempo, ya me había acostumbrado a la rutina del día. Podía predecir casi cualquier movimiento de la ciudad divisando el mundo desde detrás de la luna, pero no en el satélite, sino en el asiento del conductor.  Una vieja, el coche patrulla, un viejo, el cartero, la vieja de vuelta… No me resultaba difícil intuir las preocupaciones de los transeúntes, pero más que a eso, a lo que dedicaba los monótonos e interminable ratos de espera en la parada de los taxis era a adornar la vida de la gente de “a pie” – aunque a veces también me fijaba en los que estaban sentados en los bancos – con fábulas que yo mismo inventaba. Había adquirido tal destreza en este tipo de imaginerías que toda la ciudad parecía el elenco de actores de una enrevesada novela policíaca. El del Kiosko de Cánovas, me gustaba imaginar, era socio del que barría el paseo por la tarde, ambos estaban al servicio del que era jefe de los dos, el director de la sucursal del Santander, situada a un costado del paseo. Se dedicaban al tráfico de jamón serrano empaquetado como ibérico; unos canallas de la más baja calaña. Todo el negocio era dirigido por la persona que menos cabía esperar, el yonki que florecía en las zonas verdes del paseo junto a su cartón de vino Don Simón. Este tenía la mejor tapadera, desde su palco mohoso no se le escapaba una, ni si quiera el que barría el paseo por las mañanas, que sabía muy bien que era un infiltrado de la Camorra placentina que le quería robar el negocio. En esto ocupaba las largas horas de espera. Entrelazaba las vidas de mis conciudadanos como si de una novela de García Márquez se tratase. Lo más interesante que pasaba en mí día a día era lo que yo mismo ponía con mi imaginación. Pero jamás pude imaginarme la funesta tarea que había de acometer.

            Ese día el despertador sonó a la hora de siempre, desayuné lo de siempre y fui a recoger a la clienta de siempre. La misma conversación banal de siempre con esta me precipitó a predecir el resto del día. Pero me equivoqué. La mañana transcurrió como esperaba, hasta que sonó el teléfono dejando ver en la pantalla el nombre del jefe, ese pobre hombre. En principio no entendí muy bien lo que me proponía; mi jefe se había criado en un pueblo muy pequeño de Extremadura, donde el lenguaje de los hombres no difería mucho del de los animales, y a veces me costaba entenderle. Al parecer existía un servicio que podían hacer los taxistas que yo desconocía y me removía algo por dentro. El tanatorio requería de mi ayuda, me necesitaban en la asistencia de un entierro; a cambio de una buena compensación económica, claro. Aun así, no entendí cómo podía ayudar un taxista para sepultar a un muerto. Resultó que mi cometido consistía en poner la tapa al féretro, sacarlo a la sala del funeral, transportar después a los dolientes hasta el cementerio, donde ayudaría, junto al enterrador, a sepultar el féretro en la casilla que le correspondiese. Después de tantas quejas con respecto al tedio y la rutina del trabajo, lo menos que podía hacer era aceptar. Aquella misma tarde se llevaría a cabo la tarea. Para mí era especialmente inquietante, ya que nunca había estado en  presencia de un cadáver. Muchas cuestiones asaltaron mi cabeza. Me preguntaba si sería tan espeluznante como decían, si el frio de su cuerpo verdaderamente te podía helar la sangre. Una mezcla entre curiosidad y terror me acompañó durante toda la espera y aquella mañana ya no sentí más el aburrimiento al que estaba acostumbrado. Dejé que aquel río de cadáveres que se apelotonaba en mi mente fluyese sin obstáculos; no juzgué, sólo observé, quería enfrentarme al monstruo sin prejuicios.

        A las cuatro y diez apagué el motor del taxi estacionándolo en la puerta del tanatorio. Entré por la puerta y la seriedad del ambiente me borró con un sordo bofetón la media sonrisa que la emoción dibujaba en mi cara. De repente recordé que aquel cadáver que había que mover de un lado para otro, antes estuvo vivo; esas personas que estaban allí vestidas con sobriedad le conocieron en vida y sufrieron su desaparición. Debí haberme puesto un color de camiseta menos llamativo que aquel verde esperanzador. Todo el mundo me miró al entrar y por el gesto de las caras deduje la incomodidad de algunos de ellos; esa gente no estaba para esperanzas, todavía no.

            Con la cara algo más seria, proseguí mi camino sin llamar mucho la atención, con un ojo buscaba al encargado que me habría de decir lo que tenía que hacer, mientras con el otro buscaba la máquina de café. Como no encontré a ninguno de los dos, me dirigí a la cafetería. Pedí un café con leche y me senté en la barra a tomarlo mientras pensaba en las caras de desconsuelo que adornaban el salón de la entrada.

  • “¿Algún familiar?” – me preguntó el camarero interesándose por mis pensamientos.
  • “Por la descomposición de sus caras, alguno hay ahí fuera, sí” – respondí sin pensarlo demasiado.
  • “¿No vienes a enterrar a nadie, verdad?” – prosiguió el camarero.
  • “Ojalá pudiera decir que no…” – dije con los ojos muy abiertos y la mirada perdida – “Perdón.” – recomponiéndome – “Sí vengo a enterrar a alguien, pero no es familiar, más bien cliente, se podría decir. Soy taxista, me han contratado los del tanatorio para ayudar a mover un féretro. Estoy un poco nervioso, la verdad, nunca he visto un cadáver en vivo, bueno… en persona, bueno…”
  • “¡Bah!” – replicó el camarero.
  • “¿Le parece poca cosa?” – respondí algo indignado y desconcertado.
  • “Un cadáver no es nada hijo,” – explicó – “yo he ayudado muchas veces a eso que tú vas a hacer y ahora te da tanto reparo. Te sorprendería la indiferencia con la que llegas a tratar con los cadáveres. Llega un punto en que ni siquiera puedes llegar a imaginártelos hablando. Una persona viva es siempre desconfiable, pero un cadáver está ahí con la estupidez con la que están las piedras.”
  • “Hombre, visto así…” – no supe decir nada más.

            Me terminé mi café de un sorbo, me despedí del camarero, y salí decidido en busca del encargado.

           En el mostrador de información me dijeron que tenía que dirigirme a la sala refrigeradora en la que mantenían a los difuntos, allí encontraría a la persona que estaba buscando. No era difícil encontrar la morgue; el frío y el silencio ensordecedor me llevaron hasta allí como el barquero guía las almas errantes a donde no quieren ir. Cuando entré en la sala, vi a un hombre impaciente vestido de traje, de pie, junto a otro de características similares, pero este mucho más tranquilo y tumbado.

  • “Venga, que vamos tarde. ¿Dónde estabas? Yo soy el celador.” – dijo el que estaba de pie, hablando con la mayor normalidad.
  • “Yo soy el taxista, perdón por la tardanza, le he estado buscando por el edificio.” – dije con la voz entrecortada mientras miraba al que estaba tumbado con el rabillo del ojo.
  • “¿Nunca has visto un cadáver? No te preocupes hijo, son inofensivos. El primero impresiona, luego te familiarizas en seguida.” – dijo el celador pasando suavemente el dorso de sus dedos por la fría mejilla del cuerpo.
  • “Ya, ya…” – sin saber que decir después de ese repugnante gesto.
  • “Venga, deja de lloriquear y agarra de allí. Ayúdame a llevar el muñeco a la sala.” – se apresuró el celador para intentar aliviar la tensión.

             Al principio me pareció completamente irrespetuosa, cuanto menos, la forma en que esta gente trataba a los cuerpos. Suponiendo que no todos fuesen tan cariñosos con ellos como el celador, lo que me pareció grotesco. No era así, sin embargo, como se dirigían a los familiares. Con el mayor aplomo les presentaban sus condolencias, así yo también; les hablaban con delicadeza y respeto y les hacían pasar lo más leve que pudiesen el mal trago que se atoraba en sus gargantas. Con el semblante serio le indicaban a los dolientes el siguiente paso del ritual y, mientras los familiares procedían desganados, ellos comentaban en voz baja y por detrás el partido de fútbol de la noche anterior. No pretendía ser irrespetuosos, ni mucho menos, sólo que ellos no veían la situación desde el mismo prisma. El contraste de sensibilidades era desconcertante. El entierro transcurrió como se espera de algo así; los familiares lloraban intentando no perder demasiado las composturas, y los trabajadores procedían rutinariamente intentando no parecer descorteses. No podía ser de otra forma. No significaba lo mismo para unos que para otros. Los familiares estaban viviendo el fin de la vida un ser querido; pero para los trabajadores no había vida en eso que sepultaban. No lo habían conocido vivo, mucho menos habían padecido su muerte, y después de tanto tiempo trabajando allí, me habían dicho, les costaba ya trabajo imaginárselos hablando y sintiendo. Los trabajadores no vivían una muerte, simplemente trataban con un muerto.

            Cuando el ritual terminó, me costó comprender lo que allí sucedió. Tenía que seguir con mi trabajo de taxista, pero mis pensamientos siguieron con el muerto, ya en sepultura. La tranquilidad con la que los trabajadores del tanatorio vivían su rutina me había parecido más espeluznante que el propio cadáver. Uno de ellos me había contado que una vez hicieron una especie de teatrillo cuando el edificio cerró al público. Recrearon paródicamente un debate político. Habían elegido dos de sus invitados mejor presentables y los habían sentado en un par de sillones mirándose cara a cara, como si estuviesen debatiendo; mientras, una cámara fija los grababa y por detrás, una voz con acento periodístico iba haciendo preguntas sobre el panorama político actual. Como era de esperar de tales debatientes, las respuestas eran siempre evasivas y frías, se les notaba indiferente a las preocupaciones del entrevistador. Lo que, desde luego, hacía que el video fuese bastante satírico y cómico, no lo podía negar.

                Si lo pensaba bien, sólo me había sentido algo descompuesto en el momento en que entré en la morgue y vi por primera vez ese rostro azul escarlata. La impresión de lo desconocido, supongo. El segundo vistazo ya no me dio tanto pudor, y para el momento de ponerle la tapa al féretro ni siquiera pensaba que estaba tratando con alguien. El cuerpo no se inmutó cuando la oscuridad le vino encima. No fue mucho más doloroso que cuando cerraba la caja de la colección de minerales que tenía en mi casa. No obstante, el llanto de la esposa al cerrar la tapa, no decía precisamente lo mismo. Ella no enterraba a un muerto, despedía la vida de su marido. Estaba claro que el trato con un cadáver, y la vivencia de una muerte, no se movían por esferas comunes. Mientras que el respeto a la muerte es, indudablemente, algo intrínseco al padecer del ser humano; el trato con un cadáver no supone más que cierta aversión transitoria. Es fácil ponerse en la piel de una persona que sufre la pérdida de su propia vida, pero un cadáver ya ha perdido su subjetividad y, por tanto, su dignidad; y requiere de un trabajo mucho más costoso por parte de la imaginación el sentir empatía por algo que se nos presenta tan frío y tan tieso. Es así como la tragedia que sufren aquellos padecen una muerte puede devenir en farsa y comedia para aquellos que sólo llegan a presenciar un cuerpo inerte. Este, como me dijo sabiamente el camarero, está ahí con la estupidez con la que están las piedras. Después de aquello, estaba seguro, podría haber caminado sobre una pila de cadáveres sin inmutarme.

Ato G. R.

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