Los pacientes del Doctor Augusto

El doctor Augusto era un hombre entrado en años, de rostro portentoso pero melancólico, cejas pobladas, nariz pronunciada y ojos cenicientos.

En cuanto a su vocación profesional, el doctor Augusto no era ciertamente lo que se entiende por un doctor, no al menos en un sentido académico y quizás tampoco en ningún otro. Lo cierto es que él mismo se había otorgado dicho título a expensas de cualquier tipo de reconocimiento que no fuera el que él mismo se daba. Tal era su exceso de majadería que incluso presumía no solo de ser un doctor, si no que se consideraba el mejor doctor de todos los tiempos. Ahora bien, aun asumiendo de forma extraoficial que Augusto fuera un doctor de prestigio ¿Qué clases de enfermedades trataba? Para Augusto, solo había una clase de enfermedades dignas de su trabajo, de hecho, él mismo se consideraba incapacitado para tratar otro tipo de enfermedades que no guardaran relación con el cerebro y sus trastornos. Sin embargo, lo auténticamente revelador del trabajo de Augusto, consistía en el método singular que utilizaba para tratar las enfermedades de sus pacientes. Un método que según él, no solo le permitiría alcanzar el reconocimiento más elevado que jamás haya existido en el mundo de la medicina, sino que además, debido a su originalidad y eficacia (aun por comprobar) arrojaría tanta luz sobre esta clase de enfermedades que ya no resultarían un enigma para los siglos venideros. ¿En qué consistía entonces este método tan novedoso con el que Augusto pretendía curar todo tipo de enfermedades mentales? Pues bien, según su teoría particular, una enfermedad mental no consistía en otra cosa que en un “leve desvío” del comportamiento psicológico normal, lo cual podría corregirse mediante un aumento considerable del delirio que afligiera al paciente, es decir, si se alimentase la locura hasta el límite de su capacidad, la pulsión enfermiza que enturbia el juicio del paciente se desmantelaría tan proto como no hallara una locura mayor. De esta forma, mediante un tratamiento de choque, el enfermo,  al cobrar consciencia de la incoherencia  en la que se viera sometido por los dictámenes de su locura, lograría por su propia voluntad erradicar el sinsentido de sus errantes proyecciones. Por consiguiente, el doctor Augusto nunca trataba como verdaderos locos a sus pacientes, si no que les incitaba de forma un tanto perversa a que dieran pie a esas fantasías hasta el agotamiento. Según él, el límite de este tratamiento lo ponía el propio paciente, pues tarde o temprano todos acabarían incurriendo en una contradicción cuyo fin sería la cura inmediata de la enfermedad.

Si bien es cierto que “todos los caminos conducen a Roma” igualmente podría decirse lo contrario de Toledosano. Aquella aldea dónde vivió el doctor Augusto hasta el fin de sus días, era de veras un sitio tan remoto como desconocido. Igual que una diminuta isla perdida que se alza en medio del inmenso océano, Toledosano se alzaba en la cumbre de un pequeño monte, coronado por gruesas nubes que dibujaban sobre el cielo las más extrañas formas, en la región de O…*.

Un pequeño arroyo discurría por Toledosano bajando desde la cumbre hasta la ladera y allí se perdía retorciéndose filiforme como un gusanillo de plata que se hundiera en el horizonte. Aquel paraje remoto no conocía otro clima que el de la tundra donde apenas alguna vez los rayos del sol alcanzaron a dar algún tipo de color al poblado. Aquel paraje condenado, frágilmente podría sostenerse sobre el montón de ruinas que lo conformaban y de hecho, podría decirse que Toledosano pertenecía a aquel conjunto de pueblos de nuestro país, donde el progreso parece haberse quedado en el camino. En derredor, el magenta y el gualda crecían abundantes en forma de líquenes y musgos que se adherían a las rocas heladas y donde todo se mostraba como poseído por el más hastío abandono. Las noches eran frías como el témpano, en las que ululaba un viento áspero, única algarabía que rompía con ese silencio sepulcral que acontecía tras la caída del sol.

Siempre habrá artistas que dediquen todos sus esfuerzos a retratar con celo este tipo de paisajes, donde la melancolía se anua con la belleza hasta alcanzar sensaciones poderosas. Así, cuando una luz vespertina se filtraba por el aglomerado de nubes apagándose con tristeza en lontananza; más de uno podría sentirse acongojado al descubrir en dicha visión el fin de la propia existencia, porque ello es lo que oculta la luz vespertina, el advenimiento de una eternidad inexpresable.

Al amanecer, la luz era tan pálida y enfermiza que no era de extrañar que uno pensara que en Toledosano solo habitaban fantasmas. El pequeño poblado contaba con unas pocas chozas, la mayoría de ellas desocupadas e inertes, una iglesia en descomposición y un viejo cementerio olvidado incluso por sus muertos. Las calles que atravesaban las avenidas eran como las venas que recorren el cuerpo de un moribundo, descoloridas y poco abundantes, de un aspecto cadavérico. Por encima de todo ello asomaba anémico el castillo de Augusto igual que el leviatán de un imperio hecho pedazos.

Dueño de este castillo, era de suponer que el doctor Augusto estuviera en posesión de una gran fortuna, pero no la fortuna que deviene en forma de felicidad, si no más bien ese tipo de fortunas que lleva en sí el germen de la ruina, puesto que no hay mayor ruina que la que acompaña a una vida austera y solitaria. De este modo, la austeridad y la soledad habían alimentado la extraña megalomanía de Augusto, que además de doctor, se figuraba Marqués de O* y señor de Toledosano.

Aunque el castillo recordara con nostalgia la gloria de épocas pasadas, aunque ya no fuera más que la sombra de un recuerdo, lo cierto era que todavía desprendía sentimientos de respeto y que aunque derrotado, continuaba conservando ese aire de misterio, temor y grandeza que lo hizo siempre tan emblemático.

Por su parte, el doctor Augusto vivía solo en el castillo, viudo y sumergido en una atmósfera de soledad aplastante.  De entre todas las enormes galerías que atravesaban aquí y allá el suntuoso castillo, comunicadas por tétricos pasillos iluminados tenuemente por el ardor de unos pocos candiles, Augusto solo ocupaba una parte minúscula de todo aquel recinto: un lúgubre despacho atestado de polvo, mal ventilado y que se encontraba en lo alto de una de las torres, dónde el frío llegaba a tal extremo que uno podía sentir que le perforasen los huesos. En el propio despacho se acostaba y pasaba todo el día. A la entrada del mismo había un perchero dónde colgaba una gran variedad de prendas, desde levitas anticuadas, fracs, gabardinas, finos camisones confeccionados con la más suave seda, hasta sombreros de botín de todos los colores y tamaños. Pero en uno de los enganches despejados de tanta prenda, se encontraba el famoso “báculo”, símbolo del marquesado que presumía ostentar y tan indispensable para el doctor,  cuyo pomo tallado en marfil tenía la forma de un león con las fauces abiertas. A la izquierda del perchero se podía ver una vitrina de mármol, con puertecitas de cristal sucias y cubiertas de telarañas que apenas dejaban vislumbrar la colección de botellas de coñac que aguardaban en su interior. Al fondo del habitáculo se extendía una cama turca cuyas sábanas hacía años que no se cambiaban, una pila para lavarse, una suerte de vestuario y finalmente, la pared.

También era allí donde recibía a los pacientes. Todos ellos se sentaban frente al doctor disponiéndose en la incómoda butaca que austeramente les ofrecía y todos podían contemplar alrededor el magnífico desorden donde trabajaba nuestro prodigioso doctor, semejante al estudio de un artista, que en su locura creativa, se hubiera olvidado hasta de su misma persona. No obstante, todo ello no impedía que los propios pacientes pudieran apreciar el hecho de encontrase frente al despacho de una gran eminencia. Las propias estanterías eran testigo de ello, abarrotadas como lo estaban por pesados libros sobre psicología aplicada. Por lo demás, la mesa de Augusto no presentaba mejor aspecto que el resto, donde torres y torres de cuadernos se amontonaban unos encima de otros bajo el título de Memorias clínicas, apuntes con los que el doctor se entretenía hasta altas horas de la madrugada, escribiendo todo tipo de observaciones, recopilando hechos y experiencias de toda índole, labor en la cual vertía toda su alma. También había varias tazas de café, restos de culos de botella y saquitos de tabaco, la mayoría completamente seco y desperdigado por toda la mesa. Por último, decir que en algún hueco entre las estanterías se vislumbraba un retrato de la mujer de Augusto, la señora S…*. El retrato reflejaba la más solemne belleza que pueda concebirse en un rostro femenino, donde se apreciaban los ojos más hermosos del mundo, unos ojos marrones e inteligentes que miraban con inquietud el extraño panorama que les ofrecía a diario las consultas de Augusto.

El resto del castillo parecía la osamenta de un gigantesco y decrépito espécimen: los diferentes compartimentos permanecían completamente vacíos, las telarañas ocupaban cada rincón olvidado, las baldosas estaban desquebrajadas, las paredes saturadas de grietas, surcando la superficie como los cauces de un río seco o las líneas que definen la palma de una mano, las fachadas ennegrecidas por la humedad, las ventanas exteriores hechas añicos, el barniz de los muebles descompuesto y cubierto de mugre, y finalmente, del hermoso jardín que ocupaba el resto del recinto y que antaño fue comparado con los campos  elíseos; fruto del más escrupuloso cuidado y jalonado por las flores más bellas y olorosas, no quedaba más que un bosque enmarañado de malas hiervas que crecían sin control a la caza del poco sol que las alimentaba.

Por lo demás, las puertas del castillo siempre se encontraban abiertas, como una gran boca dispuesta a tragarse todo aquello que franqueara el umbral que las definía. Allí donde el viento bramaba con furia, hacía chirriar todo cuanto se cruzara en su camino, haciendo sentir de continuo la mismísima presencia de lo demoniaco.

Aquella mañana, el doctor Augusto se había levantado realmente temprano, tan temprano que aun faltaban varias horas para que la aurora comenzara a teñir de púrpura el infinito horizonte. En este aspecto, quizás sea un error afirmar que Augusto ya estaba levantado a esas horas puesto que técnicamente aun no se había acostado. Sin embargo,  esto ya era una costumbre en la vida rutinaria del doctor: apenas dormía, pero cuando lo hacía, no era sino manteniendo los ojos entreabiertos y la cabeza reposando en una de sus manos simulando un ademan pensativo. Lo cierto era que Augusto nunca dejaba que se le atrasara el trabajo, sus pacientes eran lo primero porque estos constituían todo el sentido de su vida. No obstante y para sorpresa del doctor, ese día llamaron a la puerta especialmente pronto, ni si quiera le había dado tiempo a vestirse adecuadamente, pues seguía envuelto en su camisón de seda, calzado con sus zapatillas de piel y sorbiendo los últimos tragos de café agrio con coñac que acostumbraba a beber mientras revisaba sus memorias.

̶ “¡Adelante, adelante! Pase usted sin miedo, la consulta ya está abierta”. Dijo el doctor un poco desconcertado mientras se reclinaba sobre el sillón y encendía la pipa de tabaco, de la que por cierto, no podía desprenderse ni un instante.

̶ “¡Oh, doctor! Disculpe usted mi atrevimiento ̶ señaló el paciente algo nervioso por la temprana intrusión, y quitándose el sombrero, dijo ̶ Me llamo P…*, aunque todo el mundo me conoce como Eoceno. Vengo desde muy lejos en busca de su consejo, llevo caminado durante toda la noche con la intención de ser el primero de la inmensa cola que acostumbra a formarse a causa de su milagrosa consulta. Solo espero que pueda ayudarme con el mal insoportable que padezco desde hace más de diez años. Estimado doctor, en mi poblado afirman que es usted sin duda alguna el mejor doctor de estos lares, todos coinciden en que usted es sabio, que posé  una destreza innata sin parangón en lo que se refiere al tratamiento de la locura y también dicen que no hay ni un solo trastorno que escape a su conocimiento.

̶ “Eso es completamente cierto, señor Eoceno. De hecho, puedo asegurarle que en una sola sesión que usted tenga conmigo determinaremos el problema y muy posiblemente estará curado en unos días. Esto, señor Eoceno  ̶  dando una contundente calada a la pipa y exhalando todo el humo sobre el rostro del pobre P…*, ̶ se lo garantizo al cien por cien”.

̶“¡Qué bien he hecho entonces con venir a verle, doctor! Sin embargo, es necesario que comprenda mi desaliento, hasta el momento todos los doctores que visité fracasaron en sus resoluciones, es usted, doctor, mi única y última esperanza”.

̶“Para su tranquilidad, señor P…*, ha de saber usted que no está tratando con un doctor cualquiera, yo soy toda una eminencia en este campo y para demostrarlo voy a emplear con usted un nuevo método. Si, Eoceno ̶ de nuevo exhaló una bocanada de humo que dejó flotar sobre su cabeza hasta desvanecerse, siguió ̶ he desarrollado un método especial que hasta el momento me ha dado resultados muy satisfactorios”.

̶“No sabe usted el alivio que siento en este momento, doctor. De veras que pensé que nadie estaría en posesión de darme una sola respuesta gratificante, empecemos doctor cuanto antes ̶ dijo este apremiando al doctor ̶ ¡Mi felicidad está desde ahora sujeta a sus conocimientos!”.

̶“De acuerdo, veamos don P…*, ¿Qué es exactamente lo que le ocurre y por qué dice sentirse tan afligido?”.

̶ “Resulta que, hará aproximadamente diez años, no soporto la idea de que se haga de noche, no entiendo exactamente la causa de este temor, pero cuando siento que las últimas horas de luz comienzan a perder fuerza, como es completamente natural, me siento sin embargo muy acongojado, se me dispara la fiebre y comienzo a sudar por todas partes. Entonces me detengo ante el crepúsculo, observo como el sol va muriendo en el seno de la montaña, ocultándose entre las tinieblas mientras se ahoga en una implosión de color y sufrimiento. No puedo soportar esta visión ¡Oh, doctor! Me sobresalta la irracional idea de que voy a morir justo en el instante en que el sol desaparezca, de que voy a borrarme del mundo como se borra el sol del cielo. Todo esto me ocurre cada día y el presentimiento del terror aparece mucho antes de que acontezca el ocaso, desde bien temprano así lo temo, incluso antes de que amanezca de nuevo ya estoy pensando que en unas horas será el fin. Es insoportable doctor, sufro a todas horas, siento que me consumo de forma irreversible, pues no soy capaz de conciliar el sueño, apenas sí cómo y por lo general, es como si me encontrara sumido en una eterna pesadilla de la cual me resultara imposible despertar”.

̶“Ya entiendo ̶ dijo el doctor de tal forma que inspiraba la mayor confianza en sí mismo  ̶ lo que usted padece no es algo distinto al famoso síndrome vespertino”.

Entonces el doctor se dirigió hacia una de las estanterías y extrajo de ella un libro corpulento que rezaba del siguiente modo: La ensoñación vespertina. Girándose hacia su paciente (al que había dado la espalda) continuó:

̶“Este trastorno suele agudizarse en aquellos momentos en los que la vida comienza a ceder a los impulsos de la muerte. No obstante, no debe usted preocuparse, veo en apariencia que goza de buena salud física, no presenta desde luego el aspecto de un moribundo…”

̶ “Esto me alivia considerablemente, doctor”.

̶“La solución es fácil, sin embargo, solo de usted depende seguir el tratamiento que voy a proponerle y le recomiendo que lo siga con determinación. Si no lo hace, será entonces por su propia cuenta que decida abandonarse a su desesperación. Lo que usted debe hacer desde este momento, como si efectivamente fuera la única cosa que deba preocuparle y que ocupe todo su pensamiento, consistirá en lo siguiente: puesto que tiene miedo al ocaso y todo lo que ello conlleva, le sugiero que se encierre en su casa, que tapone a ser posible toda rendija, todo orificio mediante por el cual pueda incurrirse hasta el más mínimo atisbo de luz”.

̶“¿Me está sugiriendo que haga de mi hogar la más siniestra cueva, doctor?”

̶“Exactamente ̶ continuo el doctor ̶ usted debe crear un clima de noche perpetua en su propio hogar, no encienda ni una sola vela, desprecie toda luz eléctrica si es que los dichosos impuestos no han acabado de sabotear su hacienda, aprehenda así a vivir sumido en las tinieblas como si hubiera nacido ciego. Todo ello no solo le reportará salud, si no que además podrá ahorrarse usted hasta el último céntimo, todo cuanto consista en evitar el consumo es ya de por sí una mejora en la calidad de vida. Sin embargo ̶ continuó mientras arrancaba a fumar de nuevo como un poseso ̶ debe encontrar la manera de coordinarse con dos momentos sumamente importantes que trascurren en el día: la alborada y el crepúsculo. Durante los instantes en los cuales se desarrolle el primer “crepúsculo”, usted saldrá de su cueva y se quedará petrificado contemplando con suma alegría el nacimiento del nuevo día. Regocíjese usted en este acontecimiento tan usual, halle en él un pretexto para la felicidad y  una vez que el astro extienda sus rayos, bañando de luz todo aquello que alcanzase su mirada, deberá ocultarse en su acondicionado nicho. Allí permanecerá en tinieblas sin que esto deba importarle, y permanecerá hasta que finalmente se produzca el ocaso. A continuación, señor Eoceno, usted volverá a cruzar el umbral de su casa y contemplará los últimos atisbos de luz. Sin embargo, deberá permanecer en el mismo lugar durante el resto de la noche, pero esta vez no debe acompañar a sus pensamientos la angustia que le ocasiona el fin de los días, sino que debe concederle a su ánimo una tregua. En ese momento, solo ha de pasar  por su cabeza la idea de que pronto le aguardará el alba y que a lo largo de la madrugada comenzará a vislumbrarse desde el otro lado del horizonte. De esta forma, Eoceno, usted siempre tendrá una sensación de eternidad, pues si en un primer momento, contemplará con gratificación el surgimiento del día, en un segundo momento, esperará con impaciencia la aparición del mismo y en consecuencia, su sensación será la de que siempre amanece”.

̶“¡Oh, doctor! Me siento ensimismado, ningún doctor que me haya tratado antes hubiera dictado tan extraño prospecto. No obstante, si esto curarse definitivamente mi angustia, os juro, mi futuro salvador, que haré todo lo que me ha propuesto y cuando esté completamente restablecido, correré la voz por toda la región de O…* para que hasta el más ignorante de sus habitantes sepa de su consejo”.

Satisfecho por la adulación recibida y con el pretexto de atender a más pacientes, el doctor Augusto despidió felizmente al bueno de Eoceno. Se encendió la pipa y carraspeo un poco por el exceso del humo. Dirigiendo su mirada a los llamativos cuadernos de consultas clínicas hizo uso de su pluma de doctor profesional y comenzó a escribir en la cabecera de uno de ellos. Con la letra más elegante y clara del mundo, escribió: El síndrome Vespertino. Lo cierto es que al doctor Augusto le entusiasmaba anotar sus experiencias con los pacientes, todo lo tenía concisamente ordenado en sus cuadernos, en ellos describía el fenómeno, las posibles causas y el método con que se proponía curar estos trastornos, sin embargo, no era sino por los caprichosos nombres que atribuía a los extraños síndromes que trataba, con lo que Augusto sentía auténtico deleite.

No logró pasar más de una hora cuando comenzaron a llamar a la puerta de nuevo. El ruido despertó de un leve sueño a nuestro doctor, que habiéndose quedado dormido de forma repentina, con la nuca reposando entre las manos y los pies dispuestos encima de la mesa, no pudo contener el equilibrio y cayó de espaldas produciendo un gran estruendo. Exclamó:

̶ “¡Un momento!”

Entonces acudió rápidamente a cambiarse detrás de un tocador al fondo del despacho, cambió su bata de invierno y sus zapatillas de piel por un vestuario mucho más adecuado conforme a la profesión que pretendía ejercer. Sacó un peine del bolsillo para hacerse la raya con los escasos pelos que aun poblaban su brillante cabeza y se atusó el bigote tan rápido como pudo. A continuación se apropió de su báculo sin dejar de admirar las fauces del león que tanto le entusiasmaban y volviéndose hacia el escritorio, fingió poner  en orden  los objetos que abarrotaban el espacio de la mesa, se prendió la pipa y, estando al fin completamente listo para recibir al próximo paciente, anunció:

̶“Disculpe la tardanza, puede usted pasar ahora”.

En esto, atravesando el umbral que separaba ambos compartimentos, apareció un hombre ancho, sin afeitar, con una mirada hundida, harapiento y al que se le notaba bastante fatigado.

̶“¿La consulta de doctor Augusto? –preguntó este con voz trémula.

̶“ Aquí es, en efecto –y como aquel parecía no decidirse a dar un solo paso, el doctor, impaciente, preguntó ̶ ¿Qué desea..? ̶ señalando hacia la butaca, dijo ̶ “Puede usted sentarse ¿sabe..? ¡Ande, tome asiento y hablemos!”.

̶“¡Oh, doctor! No sabe usted las ganas que tenía de conocerle, me llamo Q*, sin embargo, suelen dirigirse a mí como Flánfilo. Lo crea usted o no, soy de un pueblo donde todo el mundo le conoce, dicen de usted que obra milagros, que, con una sola consulta, es capaz de arreglar años de sufrimiento, doctor”.

̶“¡Bueno, Flánfilo! Todo eso es consecuencia de mi inmejorable trabajo, de todos los pacientes con los que he tratado a lo largo de este tiempo, de ninguno digo, he recibido una sola queja ̶ le dio unas caladas cortas pero contundentes a su pipa hasta sentir que se le abrasaban los labios, a continuación, observando a la extraña criatura que tenía en frente, dijo ̶ “¿Ahora centrándonos en el caso, puede usted decirme qué le pasa exactamente?”.

̶“¡Inmediatamente doctor! –exclamó agitándose aquel en la butaca ̶ Verá,  de nadie salvo de usted he escuchado que tratase casos como el mío, es algo complicado pero le seré franco: ardo en deseos de transformarme en un flan.”

Dicho esto, el paciente contempló al doctor expectante, se llevó algunos dedos a su boca, y de los nervios que le sacudían todo el cuerpo, comenzó a desgarrarse las uñas con la ansiedad de un enfermo.

̶“¡Vaya! Así que es usted un nuevo caso de Transformación. Hacía tiempo que no me visitaba un paciente con el mismo problema, tampoco es que haya tratado muchos casos de este tipo, a veces, el deseo del enfermo supera la capacidad de curarse y si le soy sincero… ̶ optó  por callarse, dirigió su mirada a uno de los cuadernos que reposaban en la mesa y con mucha precaución logró esconderlo sin que los ojos chispeantes de Flánfilo lograran darse cuenta del encubrimiento.

̶“¡Demonios! –exclamó aquel sorprendido ̶ ¿Acaso consiguieron convertirse en un flan?”

̶“En absoluto”.

̶“Entonces ¿Qué ocurrió?”

̶“Lo cierto es que ninguno de ellos pretendía ser un flan. Sin embargo, ambos deseaban pasar a ser otra cosa, ¿me entiende?”

̶“¡Oh, doctor! ¿Será cierto que la naturaleza comete errores con alguna de sus obras? ¿Por qué si no habría de crearme con tal imperdonable fisionomía? ¿Si fui concebido como un hombre, a qué demonios se debe que  el sentido de mi vida gire en torno a la posibilidad cuántica de transformarme en un flan?”

En esto, con la intención de meditar el nuevo caso, el doctor se despegó de su asiento y comenzó a dar vueltas por el despacho, su cara denotaba profunda concentración, así la mirada permanecía  fija en el infinito y las manos, enlazadas tras el lumbago, sujetaban la pipa que no cesaba de emanar humo a cada instante. Por su parte, la mirada inquieta del paciente le seguía con milimétrica precisión, de un lado a otro, esperando intranquilo la respuesta del eminente doctor. Entonces, cuando aquel hubo meditado con suficiente tiempo su respuesta, anunció:

̶“El estado de las cosas es esencialmente transitorio, ¿no es cierto que el movimiento es la esencia de lo que acontece? Siendo así, nada en esta vida permanece fijo, nada es constante. En este sentido, existe la posibilidad de que una consciencia desviada no sea capaz de aceptar la actualidad de su cuerpo y por el contrario, solo vea su existencia como una fugaz apariencia. ¿Qué otra cosa podría explicar los deseos que estimulan la transformación?  Eh aquí el anhelo imposible del hombre: ser aquello que los límites de su contingencia le impiden ser. No obstante, tal voluntad solo puede nacer del corazón de un desviado, y en este sentido, quizás toda la experiencia del ser humano consista precisamente en esto, en un desvío patológico.

̶“¡Doctor! ¿Insinúa usted qué el hombre, desde el comienzo de las eras, ha soñado siempre con transformarse en un flan? ¿Cómo es posible que ello sea así? ¿Será quizás que nuestras raíces como especie emanan de un Flan primordial?”

̶ Con vuestro caso, ya no me cabe ninguna duda. Quizás el universo, antes de formase, podría haber sido un flan, sin embargo, ¿no es el flan producto del hombre? Entonces, puesto que el hombre viene del universo y el universo viene de un flan, o bien el hombre creó el flan porque ello le permitió comprenderse en cuanto hombre, ya que la esencia del hombre, del universo y del flan son en realidad la misma cosa, o quizás, fue este flan primordial e increíblemente sabio el que, a sabiendas de no poder producirse así mismo, crease al hombre como objeto de perpetuación. ¿No es todo esto cierto, señor Q*?”

Todo esto profirió el doctor con mucho gusto, aplicando de nuevo aquel método que conduciría al paciente a una absurdez tan lamentable que solo de él dependería salir de tal enajenación. Con todo ello, Flánfilo comenzó a ponerse muy nervioso, no sabía que contestar a tan improbable conclusión, de tal modo que, sientiéndose completamente confundido, exclamó:

̶“¡No lo sé Doctor! Pero lo que sí puedo asegurarle es que no hay un solo minuto del día en que no me sienta atraído por la idea de transformarme en un flan. Esa forma tan flácida, tan vacilante,  apunto de ceder al desastre con tan solo hincarle la cuchara, me conmueve. Contemplo su fisionomía con sumo placer, observo como se precipita sutilmente su jugo sobre el costado igual que un río de lava por un volcán de caramelo. ¡Oh, doctor! Ese olor que desprende me traslada a los días más hermosos de la infancia, donde comía flan hasta casi reventar. Siempre anhelé ser uno de ellos, disfrutaba incluso de todo aquello que tuviera relación con su elaboración… No se imagina, doctor, lo que soñé durante años ser metido en un molde, aun por formarme, rodeado de huevo, azúcar, leche, vainilla y toda esa amalgama de alimentos que darían cuerpo a un nuevo flan. Cada vez que mi abuela preparaba uno de ellos me sentía recreado, hipnotizado con el batido de aquellas diestras manos que me parecían ángeles creadores. ¡Ojalá esas manos pudieran batirme con esa energía hasta hacer de mi esencia el más dulce flan!”.

El doctor cogió el bastón que había aparcado junto a su asiento y contemplando con detenimiento las fauces abiertas del león, dijo:

̶¿Se siente usted destinado a ser un flan? ¿No desea otra cosa en la vida, caballero?”.

̶“¡Doctor! Ese es el problema, todo lo que siento, todo lo que quiero, aquello para lo que he nacido no consiste en otra cosa que en eso. El problema es que por más que lo intento no soy capaz de lograrlo. ¡Doctor! No puedo soportar esta frustración de sentir ser lo que no soy. Necesito quitarme esta carga, la mayor parte del tiempo me siento indispuesto, paso mi vida hecho un ovillo en mi cama esperando el día en que algún pariente, preguntándose por mí tras haber dejado de dar señales de vidas durante un tiempo considerable, entre a buscarme al dormitorio y contemple con asombro que tras el amasijo de sábanas y colchas revueltas se oculta el más suculento de los flanes”.

̶“Es usted francamente un caso ̶ y mientras expiraba la última mota de tabaco, continuó ̶ No hay nada más imparable que la fuerza del deseo, muchos libros sabios cuentan que, si nuestro deseo es puro de corazón, la voluntad por él inspirado podrá incluso superar la barrera impuesta por las leyes del universo y quizás, por extraño que parezca, usted logre alguna vez tan extraño propósito. No obstante, todo tiene su método y su aplicación especiales”.

Entonces, todo el rostro del paciente pareció resplandecer de súbita felicidad. De esta forma, inspirado por la mayor de las esperanzas, preguntó:

̶“¿Realmente con sus indicaciones llegará el día en que me vea convertido en un hermoso flan, doctor?”. Acometió insistente.

̶“Por supuesto,  señor Q*, por su puesto. No dude de ello nunca más”.

En ese instante, el doctor observó de forma concisa el rostro de su paciente y con la misma seguridad de aquel al que nunca le falta el éxito, volvió a poner en práctica ese método tan extravagante:

̶“Desde este momento, le sugiero que no haga otra ingesta que la de comer flan, desembuche todo su dinero, hasta la última moneda de su fortuna debe invertirse en comer todo tipo de flanes: los tradicionales, los de nata, de limón con caramelo, flanes de vainilla con turrón, flan de café, de pistacho, flan de merengue y canela, flan de queso, de frambuesa, de coco, de plátano con ciruelas, flan de jengibre y frutos secos, flan de remolacha, de zanahoria, de ajo, de cebolla, flan de pepino e incluso hasta flan de mejillones… Engulla señor Q* todas estas variedades de flan y cuando crea que haya agotado todas las posibilidades existentes que hay y quepa por haber en el mundo de los flanes, entonces vuelva a comenzar la serie tantas veces como crea necesarias. Todo ello, claro está, sin abandonar nunca esa posibilidad de transformación que tanto anhela. Le aseguro, Flánfilo, que o bien acaba por transformarse en uno de ellos, o por el contrario, terminará repudiando  los flanes hasta tal punto que jamás volverá a cruzarse por su imaginación tamaña idea”.

Finalmente, dando por resuelto el caso, Q* salió alegre del despacho, decidido a seguir al pie de la letra los prospectos del doctor, consciente más que nunca de convertirse en el flan más caro de sus sueños.

Una vez quedó solo de nuevo, Augusto se levantó un poco perezoso del asiento y mientras se apoyaba a dos manos sobre la cabeza del león, miró de frente  tras la estrecha rendija que daba a las puertas del castillo desde donde se contemplaba aquel inhóspito paraje en qué consistía Toledosano y sus alrededores. Una alegría sincera se apreciaba en su rostro, esa noche se sentía muy contento con su trabajo, suspiró satisfecho y girándose hacia el retrato de su mujer, la señora S…*, dijo:

̶“¡Oh, mujer querida! Aun derramo las más dulces lágrimas que puedan brotar de este corazón incompleto y destinado a perecer con tu recuerdo. ¡Dueña incondicional de esta alma discreta, que enterrada entre los dosieres de mis pacientes, reclama infatigable tu presencia! ¿Acaso crees que me olvidé de ti? ¿Qué son estos pacientes si no la manera de combatir tu ausencia? ¿Qué más quisiera yo que contemplarte una vez más, tan bella como la más suave primavera,  tan radiosa como la estrella más brillante? Solo existe una cosa más terrible que la muerte, y esta es precisamente, la muerte del ser que amamos. Sin embargo, ni la muerte podrá borrar de mí tu recuerdo, pues siento que solo obtuve estos ojos para que me los robara el deseo de mirarte, olfato, que solo lo quise para respirar tu fragancia, también ¿con qué otro objeto fueron concebidos mis oídos si no para escuchar únicamente las palabras pronunciadas por tu voz solmene? ¿y estas manos? ¿de que me sirven si no es para acariciar tu tez de nácar, pura y suave como la misma seda? ¡Ay, mujer gloriosa! ¿Para qué quiero un corazón si no es para amarte? De que me vale tener aquí este músculo, que solo late desesperadamente por ti. Contempla ahora estas ruinas detestables, esta suciedad impura en la que se haya entregado todo mi espíritu. ¡Espérame mujer amada! Espérame en  cualquiera de los paraísos dónde te halles. Deseoso estoy de reunirme contigo, de sentirme de nuevo embriagado por tu infinita belleza que no hace mucho constituyó el sol de mis días. Sin ti no soy más que un tullido, un ser indeseable, ciego,  incompleto ¡Oh, mujer! ¿Qué destino más odioso me aguarda en este mundo, rodeado incesantemente por los demonios que me asaltan en tu ausencia?”

̶“¡Oh, querida! No me mires de ese modo, no juzgues desde tu inmortalidad lo amargo de mi existencia. ¡Orgullosa has de estar de tu querido Augusto! Orgullosa porque después de tanto tiempo he dado al fin con el único método que garantiza nuestra salvación, ¿Qué me dices a eso? ¿Acaso no has visto con tus hermosos ojos de  cornalina desfilar ante este despecho los más desesperados hombres en busca de mi ayuda? Si aún me mantengo a medio cuerpo sobre esta nave que se hunde en las profundidades abismales de la locura, es solo por el hecho de que antes de enterrarme, está escrito que Don Augusto Fernández  Pérez será coronado con el laurel de Hipócrates, y el día que Dios quiera despedirme de este mundo odioso, en el epitafio de mi tumba rezará: Augusto Fernández, doctor universal de los tiempos modernos.

Tras este conmovedor discurso, Augusto se dirigió hacia el fondo del despecho, dejó colgado el bastón sobre su perchero y hurgó en la pequeña vitrina de mármol que quedaba a su izquierda. Abriendo la cristalera seleccionó una de sus botellas predilectas para rendir con ánimo tan laborioso servicio, se trataba en este caso de una botella de Jenssen Arcana. El doctor Augusto gastaba gran parte de su dinero en bebidas de este tipo, no obstante, solo se permitía beber un trago de coñac cuando se sentía satisfecho de su trabajo, el problema era que no pasaba un solo día sin que Augusto se retirara de su labor como el  hombre más trabajador y satisfecho del mundo. Sirviéndose una copita de este líquido del color del ámbar, se paseó por las estanterías del despacho mientras fumaba compulsivamente de su pipa, en esto, deslizó sus ojos por cada uno de los estantes abarrotados de gruesos libros sobre psicología aplicada hasta dar con lo que estaba buscando: sobre varios de esos tomos había un pequeño cofre de madera. En él guardaba todas las cartas de correspondencia que mantenía con algunos de los clientes. Aunque Augusto aseguraba que su método nunca le había fallado, lo cierto era que este método no era perfecto. Respecto a los pacientes con el síndrome de la transformación, incluso aplicando este nuevo método del que alardeaba, los resultados no solo habían sido nulos si no que para desdicha del doctor, habían acabado trágicamente. Por ello se había tomado la precaución de ocultar uno de esos cuadernos bajo la atenta mirada de Q* y por la misma razón, decidió destruir aquellas cartas, que aun permaneciendo meticulosamente escondidas en el interior del cofre, echarían a perder tantos años de trabajo si en algún momento fueran descubiertas. Augusto no quería renunciar al método y, para consolarse se decía a sí mismo:

̶“¿Qué hubiera sido del célebre Pasteur si hubiera renunciado a los fines preventivos de la vacuna solo por el mero hecho de equivocarse con un par de sujetos? ¿Acaso no merece la pena arriesgar un poco con tal de salvar a la humanidad entera del abrazo estrangulador en el que nos aprisiona la locura?”

Augusto lo tenía muy claro, no iba a tolerar que dos míseras cartas echaran a perder toda la eficacia del método. Sin embargo, antes de quemarlas quiso leerlas por última vez. La primera de ellas hacía referencia al paciente T…*, en este caso el síndrome de la transformación se manifestaba en el paciente de una forma extrañísima: resultaba que el desdichado no era capaz de diferenciar su cuerpo del de una silla y, creyendo realmente que se trataba de una especie de híbrido entre hombre y silla, padecía el mayor de los tormentos. Aplicando el método de Augusto, el paciente había optado por encerrarse voluntariamente en su casa, atado de pies y manos a la silla donde pasaba tantas horas. La intención de Augusto consistía precisamente en forzar al paciente  a que recuperara el juicio ante lo absurdo de la situación, sin embargo, el paciente resistió ese castigo hasta el fin de sus días. Murió unido a su silla como a  una extremidad más de sí mismo y el doctor no pudo luchar contra el infatigable deseo del paciente por llegar a ser aquello que era imposible ser. La carta la escribía el hermano del paciente que, con una cólera de mil demonios, denunciaba al doctor por emplear métodos tan aberrantes. El otro caso frutado de transformación estaba vinculado a otro paciente que se presentó al doctor como Júpiter el cambiante. Este hombre contó al doctor su deseo de transformarse en una goma de mascar que, arrugado y seco, permaneciera pegado en una pared hasta el fin de las civilizaciones. Además de su tan atípico deseo, contó al doctor acerca de las prácticas clandestinas que realizaba el enfermo con tal de lograr sus propósitos y de minimizar al máximo el tiempo empleado para ello. El doctor, interesado en salvar la vida de su paciente ante el avance imparable del trastorno, le recomendó a través de una serie de cartas que multiplicara esas prácticas hasta el paroxismo de su capacidad, entre estas prácticas tan extrañas, el doctor aseveraba que, si conseguía permanecer más de dos semanas adherido a una pared, lo más probable era que su locura no tenía ningún tipo de arreglo, pues nadie, ni aun poseído por tan extraño juicio, tendría tanta paciencia como para soportar una práctica tan deprimente. Sin embargo, en contra de lo esperado, Júpiter el cambiante, permaneció adherido a aquella pared durante más de cuatro semanas hasta  que el sol, la deshidratación, la ausencia total de alimentos y la falta de descanso acabaron con  su mediocre existencia. De esto también se enteró gracias a un hermano del paciente, que escribió al doctor muy furioso  informándole de lo acontecido mientras descargaba contra él un montón de improperios, tachándole con los más groseros ultrajes y refiriéndose a él la más de las veces como el peor doctor del mundo o como el doctor de Satanás.

El doctor terminó de leer las cartas detenidamente, exhalando sobre ellas el incienso de la pipa que al chocar contra el papel se esparcía por el espacio bajo las formas más diversas, como diversas eran también las formas de locura que asolaban a los pacientes de Augusto. En esto, girándose hacia el escritorio, rebuscando en uno de los compartimentos que formaban las cajoneras, agarró un encendedor y comenzó a quemar esas pruebas nefastas que le incriminaban. Dijo:

̶“Arder, arder, viles criaturas. No dejaré que vuestras soberbias alucinaciones acaben con mi trabajo. ¿Eh acaso sentirme culpable por los caprichos de un destino del que no se puede escapar? La razón de sus sin razones había fijado ya el destino trágico al que estaban abocadas estas criaturas infames ̶ entonces, mirando de nuevo al cuadro de la señora S…*, cuyos ojos le observaban inquietantes, suscitando en Augusto el más odioso remordimiento, provocaron en este una cólera apabullante que, agarrando iracundo la botella, la arrojó contra el retrato de S…*, rompiéndose de este modo en mil pedazos y salpicando las paredes del valioso coñac. En esto, prosiguió histérico:

̶“ ¡Tú tienes toda la culpa, mujer detestable! ¿Cómo perdonar tu abandono? Solo te pedí unas semanas más, ¡el tratamiento estaba en proceso! Y sin embargo… ¡te negaste! ¿Crees que con arrebatarte la vida iba a cambiar algo?”

Sentándose muy fatigado sobre el sillón,  contempló el cuadro magullado por el impacto, donde el óleo había quedado  rasgado y empapado del coñac. Ahora, el retrato de su difunta mujer se asemejaba al de un ser viperino, pues en dos partes se había dividido su bello rostro a causa de los cortes. Las lágrimas  asomaron a los ojos grises del pobre doctor,  primero tímidamente y después hasta cubrir el rostro fruncido y desesperado de Augusto. Finalmente, nuestro doctor pareció dormirse sobre el escritorio, entre su cuadernos de memorias clínicas y tan borracho como de costumbre.

En esto, unos golpes desde el otro lado de la puerta despertaron del ensueño al doctor. Sobresaltado como cada vez que llamaban a su despacho de improvisto, Augusto se levantó tan presto como le permitía el estado indecente en el cual se encontraba. Aletargado, había olvidado por completo que aquella noche acudiría a la consulta la condesa, una vieja inmensamente rica y acicalada,  pero fea como el carbón. Sucedía que a falta de un doctor especializado en los delirios más inefables, se había desplazado hasta la remota y desértica población de Toledosano con la única esperanza de que el doctor pudiera atender uno de los casos más extraños con los que habría de enfrentarse nunca. El doctor corrió rápido hacia el vestuario con la intención de engalanarse con su mejor uniforme, pero con las manos trémulas por el frío y el corazón en la boca a causa de la reciente resaca, la intención no pasó de una mediocre apariencia y más que un doctor parecía un forajido.  Luego, anunció:

̶“Pase, pase, condesa de G…*. Llevo esperándole todo el día. Dijo este en tono despreocupado en tanto que se peinaba con unos dedos gruesos y pegajosos los cuatro pelos que poblaban su calva.

Entonces, la condesa penetró en la instancia con la gracia de un pato, pues sus anchos pies apenas cabían en sus tacones de charol verde esmeralda, tampoco sus medias de seda daban un aspecto afeminado a los rollizos y peludos muslos de la condesa. Al igual de esperpéntico resultaba su vestido malva por el que a modo de embutido había conseguido deslizar su desproporcionada fachada. Varias capas de maquillaje caro cubrían su rostro embrutecido por la angustia y la desesperación, algo que disimulaba tan mal como Augusto sus aires de profesionalidad. Tampoco la condesa podría presumir de un buen cabello y las claras evidencias de alopecia que asomaban desde su cráneo las había ocultado bajo un pañuelo. No obstante y a pesar de todas las precauciones, la estampa de la condesa no podía ser más grotesca de lo que era.

Sin poder eludir cierto asombro por el ambiente lúgubre y cargado que se respiraba en aquel lugar. Lo primero que observó la condesa fue el cuadro desfigurado de la señora S…* bajo el cual discurría un pequeño río de Jenssen Arcana que desembocaba en un puñado de cristales. Sin embargo, mostrando toda la diligencia que su situación le exigía, dirigiéndose al doctor, anunció:

̶“Buenas tardes doctor, soy la condesa G…* le escribí notificándole la causa que me ocupa. ¿Recuerda?

̶“Sí, claro. Tome asiento. Nos pondremos a ello pronto.”

La condesa sacó de su pequeño bolso una pitillera, y despuntando uno de esos cigarrillos finos que incrustó en ese tipo de filtros que tanto gustaban a los fumadores de la más alta burguesía, signo de finura y elegancia; tomó asiento y comenzó a dar densas bocanadas. Lo mismo el doctor, que dando calor de nuevo a su pipa, esperó expectante a que la condesa de G…* encontrara la manera adecuada de explayarse:

̶ ¡Ay, doctor! Ya le comenté que me hago cargo de mi joven cuñado. Mi difunto marido, que en paz descanse, fue  lo único que me dejó en herencia. Desde entonces me hago cargo de él casi como si fuera un hijo. Desde la muerte de mi esposo, esta desgraciada criatura no ha hecho más que complicarme la existencia. Le conozco desde hace muchos años y la verdad es que siempre tuvo un carácter envidiable y una inteligencia sobrehumana. No obstante, desde la muerte de mi marido, al que por cierto se sentía estrechamente unido, no ha hecho más que incrementar ciertas fantasías que le han llevado a la pérdida total del juicio. ¡Ay, doctor! En un primer momento me figuré que estas fantasías guardaban relación con el dolor que le ha causado la muerte de su hermano, que de alguna manera no eran para él si no una especie de refugio en el cuál pudiera aislar los sufrimientos de su corazón. Sin embargo, ¡qué equivocada estaba! No consigo la manera de ayudarle, vive obsesionado con la idea de que es un gran matemático, un genio inigualable en lo que respecta a la ciencia de los números y sus relaciones, dice trabajar en un gran proyecto que sacará a la humanidad de la mayor de las ignorancias, pero lo único que yo percibo de este propósito es el de quedarse completamente pirado”.

̶“No nos precipitemos condesa de G…* Antes de especular acerca de las causas que parecen devorar las neuronas de su cuñado, me gustaría echar un ojo a esa carta que en la clandestinidad suele redactar su sobrino y que usted muy prudentemente me comunicó que le había extraviado ̶ desprendiendo una nube de humo que flotó hasta inmolarse contra el techo, preguntó ̶ ¿Trajo la carta, señora condesa?

̶“Por supuesto que la he traído, usted mismo será testigo de la locura que padece. Pero antes de que proceda a ello, me gustaría aclararle alguna cosa más acerca del comportamiento singular que sorbe la inteligencia de mi estimado cuñado. Desde que murió mi marido, parece vincular estas fantasías no a sí mismo, si no más bien a un hermano del que denuncia precisamente la locura expuesta. Es decir, mi cuñado no reconoce su enfermedad como algo propio, si no que utiliza a su hermano como la causa y el origen de sus demoniacas proyecciones– la condesa rebuscó en el interior de su bolso  extrayendo de él un pergamino que desenrolló cuidadosamente, y entregándosela al doctor, dijo ̶ Aquí tiene la carta que conseguí hurtar a este desgraciado, para lo cual tuve que dormirle mediante químicos, pues debe usted saber que jamás me permite penetrar en el granero, lugar donde duerme y lleva a cabo todas sus fechorías”.

Augusto la agarró ansioso.

̶“Bien, bien, vamos a leerla entonces”.

Dijo este en tanto que retiraba la pipa humeante de sus labios y la dejó reposar sobre el escritorio sin poder evitar que ésta vertiera un poco de ceniza. Tendida la carta ante sus ojos, que planeaban chispeantes de izquierda a derecha, comenzó a leer:

 

 Querida condesa de G.

 Supongo que sabrá adivinar de antemano el motivo por el cual le remito estas pocas líneas con tanta urgencia. Como ya sabe y está puesta en el tema desde tan largo tiempo, pues conoce a mi hermano como una madre, no le resultará extraño que éste lleve tanto tiempo aislado en el corazón de la región de O…*, encerrado en su castillo , abandonado a su mala suerte y sin tener contacto alguno con ningún tipo de género humano o animal. Según me he enterado, pues como ya he dicho hará diez años que no comunica palabra ni da señas de su existencia, su juicio parece haber sido manipulado por no sé qué clase de fantasía luciferina convenciéndole de este modo que posé un gran talento para gobernar los números.

 En este aspecto parece no albergar ninguna duda, y cree haber sido elegido por la providencia como ya lo fueron otros tantos, al igual que los célebres Arquímides, Copérnico, Galileo, Newton, Einstein, Planck y otros cuantos eminentes y privilegiados cerebros que ha parido la especie humana,  para que junto con ellos, alumbre de las entrañas recónditas de este caótico mundo, la pura y absoluta verdad que en su esencia esconde. Tales son los disparates y la demoniaca locura en la que anda envuelta su entera y degenerada imaginación, razón por la que me siento tan preocupado.

Queridísima condesa de G. ¿qué ha hecho mi pobre hermano, de qué ha pecado para condenarse con tan inmerecido castigo? ¿Qué he hecho yo como para recibir del altísimo tan altísima desgracia? Según cuentan los vecinos, intrigados todos ellos por la siniestra actividad que parecía sentirse en el interior del castillo, extrañados además de lo lúgubre y vacío que les parecía aquel lugar, descubrieron con asombro que en los ventanales del mismo, había gravadas con tiza las fórmulas más extraordinarias, indiscernibles y complejas que jamás se hayan visto escritas por una mente matemática. Sin embargo, todo ello resultaba al parecer caótico, pues se mezclaban sucesivamente y sin ningún sentido aparente, todas las ramas de las matemáticas, desde el más cifrado álgebra hasta la más perfecta geometría, desde la más mínima y simple cuenta hasta el más exacerbado análisis matemático: ni las mismísimas ecuaciones diferenciales de Maxwell, ni las complejas trasformaciones de Lorentz, ni la refinadísima inteligencia de Einstein, podrían hacer sombra al simulado e insuperable ingenio, locura, paranoia y estupidez que sacude las neuronas de mi desgraciado hermano.
Queridísima condesa de G. espero que usted comprenda la desgracia que acaece sobre el deteriorado estado mental de mi hermano, así mismo, le ruego con todo el pesar de mi corazón y violando todo el pudor que pudiera ocasionar el hecho de pedir dinero; que me ayude aportando una cuantiosa suma, pues yo no dispongo de los fondos necesarios para contratar buenos especialistas. Mi objetivo nunca ha sido otro que ayudarle, se de la existencia de un tal doctor que es capaz de poner remedio a los males más descabellados que quepa imaginar dentro de la mente de un enfermo y que además reside casualmente en O…*.

Querida condesa, esperemos que el bueno de mi hermano recomponga parte de su anulado juicio y recupere el buen carácter y la afababilidad de la que fue siempre tan digno. ¡Ay condesa… ay! ¡qué dios nos salve y ampare a todos!

Con amor y lágrimas en los ojos, su amado cuñado.

 

Asombrado por una carta tan farragosa, el doctor dijo:

̶“Es sin duda, condesa de G…* uno de los casos más extraños y llamativos que he observado a lo largo de mi ejemplar trayectoria. Aun parece que posea elocuencia, al menos como para desembarazarse de forma consciente y meditada de aquello que denuncia en “el otro”. En este sentido, condesa de G…*, ̶ continuó Augusto con la pipa de nuevo humeante entre los ennegrecidos dientes ̶ creo que la dificultad del asunto se encuentra no tanto en la locura misma, como sí en cambio, en la adjudicación de tan extravagantes fantasías al hermano que busca incriminar”.

̶“Usted no puede imaginarse esta locura doctor, mi cuñado se pasa horas enteras encerrado en el maldito granero, a veces incluso días. Como ya le he dicho, me tiene vetado el paso. A pesar de eso, sale muy raras veces, casi siempre de noche, es entonces cuando se dirige al buzón de la hacienda, allí acostumbra a arrojar las cartas que supuestamente me dirige. Aprovechando tan extrañas ocasiones me decidí a espiarle, aunque ello me llevó toda la noche, descubrí entonces que una vez echadas las cartas, acudía a por ellas unas horas más tarde, las recogía y se encerraba de nuevo en el granero. Estoy segura de que no sospechó en ningún momento que vigilé estos movimientos clandestinos. Sin embargo, y he aquí la locura en cuestión, a la mañana que siguió tras este evento, irrumpió con una angustia enfermiza en mis aposentos diciéndome:

̶“Ese maldito impostor de hermano que tengo ha vuelto a escribirle, vuelve a solicitar su dinero, de nuevo me tacha de loco y de matemático empedernido. Sospecho que me utiliza para salvarse de la locura que él mismo padece. Pero no se preocupe usted, condesa, he quemado las cartas de ese desgraciado para que no le importunen más”.

̶“¿Entiende usted las contradicciones que sufre su alucinada cabeza, doctor? Se trata de algo completamente retorcido: él mismo escribe esas cartas a su hermano y él es a la vez el hermano que las recibe. Entonces resulta que él es al mismo tiempo el que ultraja y el ultrajado. ¡Ay, doctor, todo ello no puede ser más absurdo!

Dicho esto, la condesa sacó un pañuelo del bolso y encomendó sus lágrimas a la desesperación más absoluta. Entonces el doctor se levantó pensativo y comenzó a dar vueltas en círculos por la instancia, rascándose de tanto en tanto la cabeza mientras fumaba ensimismado. Como si la luz de un pensamiento acudiera a iluminar la incertidumbre que suscita toda paradoja, sonriendo con cierta ironía, dijo:

̶“Sin duda, esto se merece una buena copa de coñac  ̶ girándose hacia la condesa, a la que había dado la espalda; preguntó ̶ ¿le apetece una, condesa?

Arqueando las cejas, con la mitad del rostro cubierto por el pañuelo que secaba sus lágrimas y extrañada por la impropia forma de proceder de un doctor con el prestigio de Augusto, reprochó al instante:

̶“¡No, doctor!

Con la copa llena hasta la comisura, volvió el doctor a su asiento. Antes de retornar había cogido un libro de una de las estanterías que rezaba el embrujo de los números. Lo abrió cautelosamente y comenzó a murmurar algo, con ello empezó a impacientar a la desesperada condesa, que no paraba de reclinarse a disgusto en la butaca decrépita que se le clavaba en el trasero.

̶“Entonces, el problema es más complicado de lo que pensé en un principio. Aunque no podamos exactamente determinar cuándo es uno y cuando es otro, si podemos sacar en claro que tanto uno como otro creen ser, al menos, uno de los hermanos. Por tanto, el problema está en la identidad del hermano que una y otra vez se ve suplantada por la de él mismo. ¿No es esto cierto?”.

Concluyó Augusto en tanto que se llevaba la copa a los labios y relamía la dulce esencia que los impregnaba.

̶“¡Usted dirá doctor! ¡Ay, yo no sé qué hacer con ésta angustia que padezco!” Con otro cigarrillo encendido, la condesa contemplaba de soslayo a Augusto, mientras éste fumando más y más de su pipa parecía meditar en una posible solución al enigma. Entonces, el doctor, como siempre que se disponía a hacer alarde de su peculiar y perverso método, anunció:

̶“No se preocupe señora condesa, tanto su cuñado como su doble hermano y usted no podrían estar en mejores manos. Si usted sigue al pie de la letra las aplicaciones que hacen de mi nuevo método el más célebre de todos los tiempos, pronto veremos la identidad de su cuñado completamente restaurada”.

-“¡Ay, doctor! ¡Qué alegría escucharle esto!”

̶“Atienda entonces, condesa. Deberá usted calcular exactamente con qué frecuencia visita su cuñado el buzón y, la tarde que preceda a esa noche, deberá usted pintar toda la casa de todo tipo de fórmulas matemáticas, reales o imaginarias, cubra usted todo de números, pinte las paredes, los espejos, los muebles, el suelo, los techos, ¡Todo a fin de que su cuñado tenga la impresión de que su hermano está en la casa! No obstante, antes de que la luz de un nuevo día arranque con su vigor las pesadillas de los sueños, deberá usted borrar cada pintada sin dejar el mínimo rastro. Acostumbre a su sobrino a esa presencia y ausencia de números y fórmulas en su casa y cuando haya pasado un tiempo, invierta usted el procedimiento. ¿Me entiende, condesa? Solo de esta forma encontraremos la manera de hacerle dudar de su propia locura”.

̶“¡Doctor! ¿Qué he de lograr con dicho procedimiento? ¿Acaso cree que confundiéndole de esa manera conseguirá restaurar su juicio en lugar de entorpecerlo aún más?”.

Dijo desconcertante la pobre condesa.

̶“¡Oh, ilustre condesa! El juicio de su cuñado ya camina entre tinieblas, en compañía del diablo ¿Qué más podría sucederle? ¿Acaso puede pudrirse lo que ya está podrido? Todo lo contrario, confundiendo a su cuñado también confundiremos a su hermano, porque él es uno y la misma cosa. Además, solo de él depende que incurra en la contradicción y en el absurdo que alimenta esa imposible fantasía”.

La condesa le contemplaba escéptica, sin poder llegar a creer que ese método fuera realmente efectivo, sin embargo, pareció relajarse pasado el rato  cruzándose de piernas y dejando entrever el roto de las medias por el que se filtraban algunos pelillos. Continuó Augusto:

̶“Es más, le sugiero que utilice todo su ingenio para confeccionar disfraces algebraicos, vístase usted un día de número “phi”, de raíz cuadrada o si quiere de algoritmo…̶ el doctor paró un segundo dubitativo, rascándose el mentón y lanzando una sonrisa un tanto sarcástica, se resolvió y de forma concienzuda, determinó ̶ es cierto, el algoritmo siempre funciona”.

̶“Si usted lo dice, doctor… Solo quiero que mi amado cuñado recupere de algún modo la cordura. Cada día que pasa se me torna irremediable dicha situación”.

Se despidieron cordialmente. Cuando el doctor se encontró de nuevo a solas, reorganizó sus cuadernos de memorias clínicas. Apuró la copa y encendió la pipa. Ahora tenía mucho trabajo, bajo la cándida y escueta lucecilla que iluminaba de forma mediocre el escritorio, se dispuso a redactar una carta que consideraba de urgencia. Haciendo de nuevo uso de su pluma y empleando en ello lo mejor de su ingenio y elocuencia redactó:

 

Queridísima y sin igual amada condesa

 No sé como agradecerle la prolífica suma de dinero que me ha enviado con el noble propósito de ayudar a mi pobre hermano, en consecuencia, prometo de corazón que la confianza extrema que ha depositado usted en mi buen hacer se verá con el tiempo gratamente recompensada. Estimada condesa, he dicho con el tiempo, porque me temo que no tengo muy buenas noticias de la salud mental de mi hermano, ¡Oh bondadosa y caritativa condesa! de nuevo me veo abocado a la dolorosa tarea de escribirle…

Resulta que, como empujado por un viento de levante o como el eco que resuena entre las montañas dispersándose en la lejanía; su delirio de genio matemático ha traspasado toda posible frontera de lo humanamente lógico, y desde su retirado castillo, ha ido cobrando tal renombre y prestigio con tal proeza que solo la rapidez con que se le voló el juicio lo podría igualar. Tal es el caso, estimada y prudente  condesa, que hasta le ha dado por fundar una escuela que lleva por nombre el suyo propio y en la cual, según me han informado los espías que pagué cuantiosamente con vuestra donación, enseña un extraña combinación (que dicta mucho de ser inteligible) entre las ecuaciones lineales y la líneas del pentagrama, cuyo resultado final es una especie de síntesis perfecta entre la música de Beethoven y las conjeturas de Euler.
Si no me han informado mal, cuentan estos espías, que entre el día y la noche o entre la noche y el día (no recuerdo bien) recibe a distinguidos peregrinos de todos los rincones de O…* buscando al que denominan “el profeta del álgebra”, y acuden a él con la esperanza de que les resuelva aquellas dificultades que normalmente tienen a la hora de contar las ovejas, de llevar las cuentas de lo que han vendido o para cualquier otro tipo de transición comercial que, según creen, “solo él sabe resolver”. Si usted piensa que tal asunto no puede ir a más ni puede ser más absurdo, figúrese como de descomunal fue mi desdicha cuando me enteré del asunto de la escuela, dónde enseña todo tipo de idioteces, cuyas lecciones solo consisten en estúpidas ecuaciones que no conducen a otro puerto más que aquel donde se afirma y reafirma su locura. Hasta aquí, mi amada condesa, lo que mis espías me han contado de todo lo que han visto y oído. Seguramente, mientras lee estas pocas líneas, se preguntará de dónde ha sacado mi hermano tan desatinadas ideas y como diantres ha conseguido atraer, como luz al insecto, a una muchedumbre de origen tan humilde como desencaminada inteligencia, pues no tienen ellos menor culpa que mi hermano. En mala hora le digo, querida condesa, que desde que mi hermano yace olvidado por aquellas tierras, no han hecho otra cosa que alimentar de estiércol las pocas neuronas que en el cerebro retenía, ni tampoco andaría mi hermano más loco que genio, que no, más genio que loco, pues, mi discreta condesa, ¡no hay que ser muy lúcido para diferenciar la locura del genio que el genio de la locura!
No quisiera ser deshonesto y ojalá Dios no lo consienta, pero espero que no llegue usted a pensar que la ayuda que le pido, tanto ahora como la vez pasada, es antes para provecho propio que para el fraterno, pues no creo que usted, por mala ventura, crea o incluso imagine que no soy yo más cuerdo que mi hermano ni mi hermano menos loco que yo.

Le quiere, su cuñado.

Una vez hubo terminado de redactar la carta, el doctor se sintió más feliz que nunca, la enrolló cuidadosamente y, dirigiéndose hacia la estantería, la guardó en el pequeño cofre donde acostumbraba a enterrar todos sus secretos. A continuación, se dirigió hacia la pila y tras lavarse concienzudamente la cara, buscó un pequeño espejo de mano que guardaba en uno de los cajones del tocador y se contempló en la superficie cristalina de forma hipnótica. Entonces contrajo todos los músculos de la cara, mostrando de este modo las arrugas que el tiempo y el cansancio dibujaban en un rostro que en ese momento dejó de reconocer como suyo. Todo en él pareció ensombrecerse excepto las venillas rojas que poblaban una nariz gorda y deforme. La ira comenzó a brillar en sus ojos grises y resplandecientes, notaba como le hervía la sangre al mismo tiempo que se incrementaba la respiración, sintió entonces un odio abominable hacia ese rostro que se dibujaba furioso en el pequeño espejo y, no pudiendo contener por un instante más la negrura que le sorbía el alma, se estampó la cara contra el fino cristal. Los cortes que le produjo el incidente pronto hicieron manar una sangre caliente que fue a parar a los labios, la cual saboreó con siniestra complacencia. Mirándose de nuevo en la resquebrajada superficie, se dijo así mismo:

̶“Esto está mucho mejor, está usted mucho más guapo así, doctor. No hay nada tan reconfortante, ni tan hermoso como la propia sangre. ¡Quiero bañar con la sangre del hermano esta máscara infame que me sirve de rostro! ¡Limpia, oh férrea sangre, el amargo rostro de aquel que siente el corazón envenenado!

Sin importarle lo más mínimo su nuevo aspecto, haciendo caso omiso de las heridas que le desgarraban la cara, volvió a su vitrina de botellas y agarrando una por el cuello, bebió de un solo trago hasta la mitad. Una vez notó los efectos analgésicos del coñac, se armó de valentía y vació lo que faltaba sobre su rostro completamente endiablado mientras sentía los más terribles escozores. Entonces arrojó todos los cuadernos de memorias clínicas por el suelo, se reclinó sobre su sillón poniendo los pies encima del escritorio, se encendió una vez más su preciada pipa y tras unas bocanas densas como el humo de un incendio, porque en ese momento todo era incendio en el interior de Augusto, observando el desfigurado retrato de su mujer, dijo:

̶“¡Ay, querida! quién no admitiera que somos tal para cuál incurre en el más lamentable de los errores. Tus cortes y mis cortes, ¿no son ahora la prueba inequívoca del amor más puro que quepa imaginar? ¿No murió Romeo por Julieta? ¿No se apuñaló el tierno vientre esta inigualable mujer por amor a su media mitad? ¿Cómo si no iba trocear su cara tu querido Augusto, si no fuera por el amor que que siente hacia ti, la más ilustre y bella de las mujeres?

Estas amorosas declaraciones, que en ocasiones inspiraban el espíritu del impredecible doctor, fueron interrumpidas repentinamente por unos porrazos que dieron tras la puerta del despecho,  era como si llamaran a la puerta golpeándola con el pomo de un bastón en lugar del sutil toqueteo, tímido y educado con el que solían llamar al despacho de Augusto. Tal interrupción no fue bien recibida por el doctor, por lo que tardó unos minutos en contestar, hasta que los porrazos volvieron a llamar con tanta fuerza que poco hubiera faltado para echarla abajo. Entonces, el doctor, en vista de que aquel que llamaba a la puerta de forma tan ostentosa parecía estar aun más loco que él, se resignó y anunció:

̶“Adelante, puede usted pasar ¡Quién demonios sea! pero haga el favor de no destrozarme la puerta”.

Entonces apareció un hombre con lentes solares y singularmente vestido: llevaba puesto un sombrero que se quitó al instante una vez entró en la instancia, portaba una capa roja y alargada que le llegaba hasta los tobillos, esta se ajustaba debajo del cuello con una especie de broches dorados y de mujer, salvo las manos, que estaban envueltas en unos guantes blancos y finísimos; el resto del cuerpo permanecía dentro de la capa que todo lo cubría. No obstante, lo que más llamó la atención del doctor fue el hermoso bastón que este traía entre las manos, cuyo pomo de marfil tenía la forma de un león con las fauces abiertas.

̶“Disculpe estos ruidos, doctor ̶ Dijo este en tono conciliador. Pero creo que la única forma de dar por supuesto la existencia real de los objetos es golpeándolas con furia”.

̶“Déjese de chácharas y tome asiento. Estas no son horas de venir a una consulta, ¡Mire! –y señalando al pequeño ventanuco que daba al exterior, dijo ̶ Ni si quiera ha amanecido todavía”.

̶“Y dios no lo quiera, doctor. Podría quedarme aun más ciego de lo que estoy”.

̶“¿Es usted ciego, caballero?” ̶ Preguntó Augusto mostrándose algo más paciente ̶ y… ¿Cómo dice que se llama usted?

̶“Puede usted dirigirse a mí como el señor Buena Vista, doctor. Y lo cierto es que no soy un ciego, no al menos en un sentido común, no obstante, dudo de la existencia de todo aquello cuanto me rodea y para el caso, es como si estuviera completamente ciego”.

̶“Qué extraña cosa… ¿Podría usted entrar un poco más en detalle de lo que le pasa?” Preguntó aquel.

̶“Verá usted, doctor. Lo cierto es que gozo de una visión más que perfecta, se podría decir que incluso padezco un exceso de visión, puedo discernir fácilmente el vuelo de una mosca a más de quinientos metros o seguir el rastro de una colonia de hormigas desde un globo aerostático, y todo ello sin forzar lo más mínimo los ojos. Sin embargo, del mismo modo que soy capaz de ver cosas que nadie podría ver, en la misma proporción me siento sumamente atraído por la filosofía idealista. ¿Conoce usted al gran Berkeley?”

̶“No tengo el gusto, ciertamente… Pero sígame usted comentando –dijo el doctor, y en tanto aquel comenzaba a hablar de nuevo, se dirigió hacia uno de los estantes hasta dar con un libro que rezaba del siguiente modo: El ciego que en realidad ve. Entonces, abriéndolo hacia la mitad, comenzó a consultar una extensa redacción sobre este tipo de patología, observando al mismo tiempo al hombre de la capa, al que escuchaba atentamente mientras sopesaba el tratamiento más adecuado a su caso.

̶“Ese gran hombre iluminó mi mente con su filosofía, descubrí entonces como de fútiles eran las cosas que me rodeaban, cuan de efímeras y ridículas. Entonces pensé… ¿Y si es cierto que todo aquello cuanto vemos no posé más que una existencia ficticia impuesta por nuestra imaginación? ¿Y si nada fuera en el fondo real? ¿Acaso es cierto este cuerpo que creo sentir como mío? ¿Es este castillo en verdad un castillo? Y… quizás lo más importante ¿Es usted un doctor..? Quizá todo lo imagine, quizá sea mi imaginación el único principio o la causa primera de toda posible realidad… Hasta aquí todo soportable doctor, la filosofía nunca es mala si se emplea en diminutas proporciones, pero este hombre increíble acabó por suscitarme tal cantidad de dudas y preguntas que comencé a cuestionar todo aquello cuanto me sucedía. Entonces todo comenzó a antojárseme intangible, poroso, incierto… Si por ejemplo conseguía superar la terrible incertidumbre de saber si vivía o no, entonces volvía a preguntarme por la naturaleza de la palabra incertidumbre en cuestión, si era ciertamente una palabra o por ejemplo, un ruido. Cuando conseguía resolverme en este tema, me preguntaba qué era en realidad el pensamiento y si este existiría o no, aun a sabiendas de que se estaba produciendo en mí el propio acto de pensar. Pero cuando conseguía olvidarme de todo, me asaltaban más y más dudas –pasándose la manga por la frente perlada de sudor, continuó ̶ entonces miraba el amanecer, el hermoso amanecer rosado, pero entonces, me decía, ¿será realmente el amanecer, amanecer; o son solo imaginaciones? ¿Y si cuando amanece en realidad está anocheciendo? y cuando anochece… ¿atardece, amanece o realmente anochece? Todo esto era para volverse loco, doctor. Así fue como decidí comprarme estas lentes tan oscuras, para no ver absolutamente nada, porque en el momento en que percibo algo ¡Ay, doctor, me asaltan todas estas preguntas del demonio!

El doctor ya no tenía ninguna duda respecto al como tratar este caso extraordinario. Cerró el libro de un plumazo y lo dejó caer contra el suelo. El ruido sacó del ensueño a Buena vista, que girándose hacia el doctor, preguntó:

̶“¿Han sido esos ruidos un ruido? Escuché como cerraba el libro de sopetón, después me pareció escucharlo estamparse en el suelo, pero… ¿Y si no fuera un libro lo que usted cerró? ¿y si no fue un ruido lo que oí? ¿y si no existieran ni el suelo, ni el libro? ¿y el ruido, existiría el ruido aunque no lo hubiera oído?” Ve doctor, ¡Soy incapaz de parar, me va estallar la cabeza!”.

En esto el doctor se acercó hacia su paciente y sin que a este le diera tiempo a reaccionar le robó el bastón de entre las manos. Entonces, el doctor, dijo:

̶“¿Y esto? ¿Qué fue esto, señor Buena vista? ¿Le robé el bastón o fue ciertamente usted quién me lo robó a mí? Verá usted, Buena vista…”

A continuación, agarró con fuerza el bastón por el extremo opuesto a la cabeza del león, y dirigiendo las fauces contra el cráneo del paciente, le lanzó tal capirotazo que poco hubiera faltado para dejar a este sin conocimiento durante toda una semana. A consecuencia del golpe, el paciente cayó de bruces contra el suelo, enajenado, aturdido, no podía presentar peor aspecto. Entonces, el doctor, exclamó:

̶“¡Oh, siempre desconfié de ese idealismo perverso! la única realidad es esta misma en la cual existimos, señor Buena vista. Ahora bien, ¿Existimos realmente? ¿Qué prueba hay de que yo exista? ¿Existe usted? ̶ entonces, lanzando una mirada fugaz hacia el retrato de su mujer, dijo ̶ Verá, caballero, quien yo fui ni me importa, quien seré tampoco importa. Sin embargo, ¿Quién soy ahora? El dolor, señor Buena Vista, el dolor es la clave que hace efectiva la existencia y solo por el dolor sé que estoy existiendo. Del dolor no hay duda alguna, no me importa un carajo la pregunta de si existo cuando sueño o si estoy soñando cuando existo, pero cuando siento este dolor aquí ̶  y señalándose el lugar que ocupa el corazón, continúo ̶ siento la evidencia de mi ser y la siento hasta el punto de que no creo que haya otra causa que justifique la existencia de este mundo. ¡El mundo es dolor Señor Buena Vista! El mundo es real porque nos duele ¿Qué sería un mundo sin dolor, sin sufrimiento? Solo frivolidad, solo idealismo….”

Como no podía ser de otra manera, el paciente, saliendo un poco del aturdimiento, aunque no consiguiera más que arrastrarse por la fría losa como un gusano; comenzó a dudar de todo aquello que decía el doctor, primero dudó de las palabras, a continuación, de su orden y combinación en el discurso, y finalmente, de la posibilidad del discurso mismo. Sin embargo, y para su sorpresa, había algo de lo cual no albergaba la más mínima duda, y esto era el insufrible dolor que padecía en la sien como causa del bastonazo, un dolor que aunque insoportable, le habría permitido estar totalmente seguro de algo sin necesidad de cuestionarlo. Al comprenderlo, se excitó de alegría y logró incorporarse poco a poco.

̶“¡Estoy curado, doctor! –Aulló Buena Vista realmente emocionado. No cabe duda de ello, me duele la cabeza como si me hubiera estallado contra un muro de piedra. ¡Qué alegría siento! Me ha devuelto usted la cordura, ¡Es usted el más loco genio que haya conocido! jamás volveré a dudar de nada en mi vida, ¡ahora lo entiendo! El dolor es la salvación, y si alguna vez dudo de esta principio, ̶ Exclamó colérico-  ¡Qué me partan la cabeza!”.

Tras lo dicho, el paciente rompió decididamente aquellas lentes oscuras, prometiendo a su vez quemar todos aquellos libros de Berkeley que tantos males y trastornos habían ocasionado a su vivaz entendimiento. Después se despidieron cordialmente y aunque el señor Buena Vista salió de la consulta con la cabeza medio abierta a causa del tremendo golpe que había recibido; lo cierto es que no dejó de dirigir todo tipo de extravagantes  alabanzas hacia el doctor, así fue considerado como el alma más ilustre que jamás haya conocido la historia humana, capaz de solventar los males más inefables, esperanza y consuelo de todos los descarriados, de todos aquellos que, viviendo la agonía de una tortuosa locura; encontrasen finalmente la salvación en manos de este doctor sublime, cuyos métodos nunca podrían ser superados en originalidad y eficacia.

Solo de nuevo, el doctor contempló con disgusto el desorden en que se hallaba su consulta: tabaco, cristales, botellas vacías y cientos de papeles se extendían por todo el habitáculo, como si hubiera pasado un huracán por allí y todo lo hubiera desbaratado. Parecía realmente un naufrago que intentará mantenerse a flote entre los restos de una catástrofe. Sin embargo, a pesar del estropicio, tampoco tenía verdaderos motivos para sentirse mal, pues de nuevo había dado un golpe certero y mortal a la locura más inverosímil, devolviendo la coherencia a un entendimiento que parecía irrecuperable. Absorto en sus pensamientos, se encendió la pipa, agarró una nueva botella de Jensen Arcana y, bebiendo como alma que desatase el diablo, se dirigió al retrato de su mujer en estos términos:

̶“¿Albergas aún, querida mía; la más nimia duda sobre el triunfo incondicional de mi método? ¡Cuántos pacientes han salido henchidos de júbilo tras convencerse de mis irrefutables consejos! ¡De cuantos honores he sido colmado!  ̶ cambiando radicalmente el gesto, vociferó ̶  ¡Oh, fétida perra del demonio! ¿Sabes aún lo que me hiere que nunca creyeras en mí? Todos los días me atormenta el recuerdo de tu trágico final, jamás serás testigo real de lo que he conseguido, de mi eminencia, de mi éxito ̶ relajando el rostro, pareció asaltarle la tristeza de forma repentina y continuó ̶ ¿Podré yo olvidarme de esa mirada tuya, aquella en la que me juraste amor eterno tras lanzarte al vacío entre cristales? Todo ello abrió en mi alma el más infranqueable de todos los abismos. Pero, querida mujer ̶ continuó diciendo mientras alzaba la botella a modo de brindis ̶ yo no puedo culparte de tu naturaleza maldita ¡Todos aquí somos viva y cruel naturaleza! Sin embargo, maldita sea la hora en la que te enamoraste perdidamente del impostor de mi hermano, ese insaciable envidioso que quiso separarme de ti. Jamás le perdonaré lo que nos hizo, ¿Cómo olvidar su crimen? ¿No fue un crimen el que se interpusiera entre mi amor y tu curiosidad? ¿Acaso no éramos felices aquellas tardes de verano en el jardín, cuando yo te colmaba de flores y tú me sonreías tiernamente? No fui yo entonces ningún loco, al no ser que consideremos al amor como un género de locura. Yo solo quería permanecer a tu lado mientras preparabas aquellos flanes suculentos que tanto me hacían alcanzar el éxtasis. Embriagado por tu tarea ¿quién no hubiera soñado ser uno de ellos? Recuerdo esa boquita tuya, pintada de carmesí sobre unos labios hermosos y tensos; ¡Oh, qué hermosa era cuando masticabas! entonces yo solo querría dormir en tu boca como el chicle que mordías entre tus dientes de alabastro ¡Oh dichoso amor de los días que fueron! Incluso me hubiera conformado con que me dejarás pegado en algún rincón desde el cual pudiera observarte, siempre aún a sabiendas de no poder sentirme existiendo eternamente en tu boca. ¡Dulce amor de mi infatigable fantasía! querría haber sido hasta la silla en la que te sentabas, sentir tu espalda en mi respaldo y tus delicadas manos sobre el apoyabrazos al que dignamente te prestabas. ¡Era tan feliz a tu lado! ¡Tan soñador! ¡Me figuraba cosas imposibles con tal de lograr tu atención! Pero mi destino era otro bien distinto. Mi destino era  permanecer lejos de ti durante días enteros amarrado cruelmente al potro de torturas donde  experimentaba ese loco de mi hermano y del cual andabas tú tan prendida. ¡Ese bastardo inmundo y calculador! ese matemático enfermizo que se creyó en posesión de la verdad, ese doctor infernal que tuvo la osadía de encerrarme para siempre y alejarte de mí. Ese desgraciado tan solo era un cobarde, entonces ¿qué mejor fin le hubiera aguardado más que aquel que yo le ofrecí? ̶ dejando la botella a un lado, y dirigiendo sus manos hacia el cielo en un ademán de auténtica desesperación, exclamó ̶ ¡Ojalá regresara de entre los muertos para poder así matarle de nuevo con mis propias manos!”

Todo esto profirió el doctor con rabia y medio alucinado. Agotado del todo, dejó caer la cabeza entre sus brazos que extendió sobre la mesa. Así, con el rostro cubierto, comenzó a sollozar copiosamente, permaneciendo en un estado de confusión continua que le condujo a un profundo sueño.

Como era habitual en esta consulta, unos golpecitos tras la puerta del despacho bastaron para despertar al doctor de una contundente resaca.

̶“¡Un momento! ̶ farfulló este de mala gana. Entonces abrió los ojos ardientes e hinchados, refunfuñó mientras se los restregaba y se levantó rápidamente con la intención de poner todo un poco en orden. Tirado en el suelo bajo el montón de “memorias clínicas” le pareció discernir aquel vestido de color malva con el cual se presentó la condesa, algo de lo que se extrañó tanto como cuando, colgado del perchero, descubrió la misteriosa capa roja que anteriormente ya cubriera el cuerpo  del mismo señor Buena Vista.

̶ “¿Será posible esto? ̶ se dijo un tanto desconcertado. Tan efectivos resultaron mis métodos que parece que no solo se olvidaron de su extraña locura, sino que además,  también parecen haberlo hecho con su misma ropa”.

Entonces, repasando con la mirada el resto del cuarto, con el terrible presentimiento de que todo esto no obedecía más que al comienzo de una verdad que estaba a punto de desentrañar, observó con horror, que tanto el suelo como las paredes y el techo, estaban atestadas de extrañas fórmulas matemáticas, se trataba de una especie de telaraña compuesta por números y cuentas infinitas, fórmulas descabelladas que en  apariencia, y quizás solo en a apariencia; carecerían del menor sentido. De nuevo, los golpes de la puerta distrajeron su atención, impaciente, y con el corazón latiendo frenéticamente bajo el pecho; exclamó:

̶“¡Ya le he oído diablos! Pare usted quieto o me negaré rotundamente a recibirle”.

Entonces, dando unos pasos hacia la pila, donde pretendía lavarse la cara, topó con el mar de cristales del espejo que anteriormente hizo añicos, los encontró desparramados bajo sus pies, y contemplándose en ellos, observó con dificultad como de su sien izquierda sobresalía un voluminoso chichón, de un colorido tan intenso que le pareció dotado de vida. Sin dar crédito a todo lo que estaba viendo, escuchó de nuevo esos golpes tras la puerta; finalmente, queriendo salir de aquel estupor que le parecía más propio de una temible pesadilla que de la vida real, acudió a sentarse tras el escritorio. Con la intención de serenarse y olvidarlo todo, dio un trago a la botella y se ocultó tras una gruesa cortina de humo. Entonces, algo más relajado y dispuesto a enfrentarse de nuevo con el mundo real, anunció:

̶ “Puede usted pasar ahora, aunque le aseguro que no dispongo de mucho tiempo, ¡Pronto amanecerá!

Exclamó este al fin.

En esto, traspasando el umbral de la puerta que daba paso al consultorio, un espacio reservado a un mundo particular (el de los pacientes del doctor) y bien distinto de cualquier otro, surgió de entre una densa niebla un hombre escuálido, y que no presentaba un aspecto distinto al de un fantasma. Extrañado de lo que se mostraba ante sí, el doctor sintió una curiosidad inaudita, pues el doctor estaba completamente convencido de no haber tratado nunca con ningún muerto y aquel hombre ciertamente parecía eso, un cadáver recién desenterrado. La niebla se disipó, el muerto tomó a asiento frente al doctor al que no dejaba de contemplar con cierta ironía. Sus ojos brillaban incandescentes y permanecían fijos en el doctor. Su aspecto era realmente horrible, repleto de magulladuras y amputaciones: le faltaba la oreja izquierda, parte de la nariz, las dos carrilladas del rostro que agudizaban aún más su aspecto cadavérico, también observó que le faltaba algún dedo en ambas manos, especialmente se fijó en el dedo corazón de la mano derecha, el cual estaba completamente arrancado. Tras este reconocimiento, el doctor se aventuró a decir:

̶“¿Quién es usted y a qué ha venido? Mi profesión vela por la salud mental de los vivos y no, como parece usted pretender, por la de los muertos”.

El muerto callaba y dirigió una sonrisa al doctor en la que dejó entrever una dentadura podrida y a falta de casi todos los dientes. A continuación, se dirigió al doctor del siguiente modo:

̶“¡Oh, doctor! Si es cierto que de donde vengo hablan maravillas de usted, que puede curar ciertamente cualquier trastorno indeseable y que no hay locura que escape a sus profundos conocimientos, me gustaría que dejara de pensar en términos de vida o muerte ya que esto carece de importancia para el caso que le ocupa. Vengo en calidad de enfermo y creo que mi caso le interesará especialmente.

El doctor expulsó de su boca alcoholizada y hedionda una gran humareda que topó ante aquel rostro marchito. En lugar de desvanecerse y atravesar al fantasma, la nube de humo revotó y el doctor comprendió entonces que aquel individuo no era un espectro del inframundo, si no que a pesar de sus carencias, aún tenía carne fijada y era completamente real.

̶“Está bien, le creo. Ni usted ni los suyos se equivocan, dudo mucho que su caso sea aún más complejo de aquellos que ya traté y, en el caso de que así fuera, no dude por un instante que pronto dilucidaremos la solución. Además ̶  continuó diciendo el doctor con la pipa anclada en los labios ̶ el método que estoy empleando para solventar los trastornos de la locura me está dando buenos resultados. En casi todos los pacientes que traté, ni uno solo volvió peor de lo que estaba y eso me indica la entera perfección que han alcanzado mis propios procedimientos.

̶“Celebro todo esto que me dice, doctor. Temo que si no ponemos pronto una solución a mi caso, acabaré haciéndome pedazos hasta desaparecer. Entonces ya no albergará ninguna duda de que solo seré un cadáver, porque ciertamente voy en camino de acabar con mi propia existencia. Fíjese usted en esto doctor  ̶ entonces,  introdujo el dedo índice en el hueco que se habría entre moflete y moflete ̶ yo mismo me hice este estropicio, también me arranqué la oreja, me serré parte de la nariz y me comí varios dedos”.

Estupefacto, el doctor preguntó:

̶“¿Cómo dice? ¿Insinúa que fue usted mismo el ejecutor de estos abominables actos? ¡Demonios! Al final va a ser su caso el más relevante de mi carrera. ¿Por qué hizo usted todo eso? Cuénteme su historia que le escucharé atentamente”

Dijo este apremiándole y picado por la curiosidad.

̶“Todo comenzó hace diez años. Un día desperté aterrado, el caso es que nunca he sido capaz de recordar porqué. Pero desde entonces vengo sintiendo una presencia interior, algo realmente turbulento y cruel, una suerte de conciencia maldita, de remordimiento insoportable y cargado de odio hacia mí ser hasta el punto de que veo este cuerpo y siento que no es el mío. ¡Ay, doctor! Como siento mi cuerpo una cosa extraña, tengo la necesidad de deshacerme de él, de maltratarlo e incluso de devorarlo. Así, un día cogí unas tenazas incandescentes y me extirpé las carrilladas que devoré con una febril ansiedad y de forma copiosa. Igual hice con la oreja, me la arranqué de un tijeretazo y la tragué como un salvaje animal. Si es cierto que hay muchas personas que se muerden las uñas ̶ dijo este mientras extendía los dedos ante el doctor  ̶ fíjese bien que yo incluso me he amputado hasta los dedos. ¿Lo entiende doctor? si sigo así pronto optaré por arrancarme hasta mi propio corazón, y eso, si no me abro antes la cabeza y engullo mi angustiado cerebro”.

El doctor se quedó observando a ese ser fantasmal y malherido. Entonces se levantó y comenzó a dar vueltas por el caótico despacho. Oteando los estantes se agachó hasta quedar prácticamente de cuclillas y extrajo un grueso tomo cubierto de polvo. El tomo, que presentaba un aspecto bastante deteriorado, sucio y carcomido por los años;  llevaba por título: “Autofagia y desorden de la identidad corporal”. Entonces volvió de nuevo tras el escritorio, sin dejar de fumar e inundarlo todo de humo, y tan concentrado estaba en su lectura, que no se percató de que el muerto, poseído por un arrebato demoniaco, comenzó a desgarrarse parte del brazo izquierdo y tras arrancar un pedazo de carne y nervios, se llevó un pie descalzo y morado a la boca, al que por cierto, no vaciló en cercenar dos o tres dedos. Como si nada de esto preocupara al inmutado doctor, dijo en tono desenfadado al paciente:

̶“Bien, atiéndame usted… Don… ¿Disculpe me dijo usted su nombre?”

Con la boca llena, contestó el otro balbuceando:

̶“Ciriaco, doctor. Me llamo Ciriaco “el loco”.

̶“Pues bien Ciriaco, atienda usted lo que voy a decirle. Resulta que la naturaleza que nos creó, no contentándose a veces con sus productos, puede influir en nuestra conciencia y provocar en nosotros la automutilación e incluso puede conducirnos a devorar nuestro propio cuerpo. La caprichosa ley de la naturaleza exige para la perfección de sus obras una continua y perpetúa autodestrucción. De ahí que tras una devastadora extinción, florezcan de nuevo las más bellas y variadas formas de vida, que resultarán mejor adaptadas a sus nuevos designios. No obstante, y he aquí el punto fuerte de la cuestión; la naturaleza nos dotó también  de un instinto para preservar la propia identidad, de lo cual podemos concluir que aquello que usted padece no es otra cosa que una profunda contradicción consigo mismo. Sin embargo, ha de ser por fuerza y necesidad que este instinto domine siempre sobre la nunca satisfecha mano de la naturaleza, pues de lo contrario, no habría uno solo ser que no estuviera extinto, ya que una y otra parecen actuar siempre en sentido contrario”.

̶“No estoy seguro de comprender nada de lo que dice, doctor”.

Dijo aquel que, una vez consciente de sus nuevas heridas, las relamía con sufrimiento empleando para ello una lengua negra y cubierta de costras.

El doctor terminó de un trago el resto de la botella, pues para continuar con la aplicación de su extravagante método necesitaba de la máxima inspiración. Una vez más, buscaba esa contradicción en el paciente, esa especie de alumbramiento donde la conciencia pura, cubierta por las tinieblas de la demencia, fuera encontrando el camino de su liberación, de la misma manera que un rayo de luz, filtrándose entre el espeso follaje de un bosque, alcanzara a iluminar aquellas regiones en penumbra ocultas por el denso ramaje. Continuó:

̶“A pesar de todo, resultaría muy absurdo que la propia naturaleza actuara contra sí misma, de ahí que la solución al problema que usted padece se encuentre precisamente en dejar actuar a esa naturaleza que le deteriora, ya que llegará el momento en que su instinto de conservación se imponga y le prevenga antes de que un aniquilamiento total acabe con su propio ser. Sin embargo, señor Ciriaco, antes deberá liberarse de ese remordimiento que le asfixia y destruye, deje a la sabia naturaleza que controle los movimientos de su alma perturbada, que actúe según su enigmático proceder. Jamás la detenga, jamás la cuestione, quizás acabe usted por arrancarse el resto de los dedos, las piernas e incluso los brazos. Tarde o temprano ella misma dejará de importunarle”.

Enajenado por tan extraño proceder, Ciriaco le recriminó al doctor:

̶“¿Me está sugiriendo que la única forma de acabar con este mal que me perturba desde hace diez años, consiste en dejarle actuar libremente sin tomar ninguna precaución al respecto? ¿Tengo que esperar hasta que a penas ya solo sea una masa informe de miembros mutilados e inservibles? ¿Solo cuando deje de ser quién soy, cuando ya ni siquiera se me pueda considerar humano, se apiadará de mí la naturaleza y me dejará en paz? ¡Jamás escuche algo más estúpido! ¡Usted es un impostor, doctor!”.

Una vez dicho esto, el propio Ciriaco se hundió dos dedos en las cuencas oculares y se las vacío por completo, derramando sobre sí su esencia gelatinosa y cubierta de una sangre negra y pestilente.

̶“¡Eso es Ciriaco! Veo que se toma de una forma estupenda mis consejos, ande, coja usted mi pluma y apuñálese los oídos”.

Ciriaco no vaciló y se apuñalo los oídos, la garganta, el pecho, las piernas… todo el cuerpo fue víctima de su propia voluntad destructora y así lo hizo hasta caer de la silla prácticamente inconsciente y muerto de dolor. El doctor no paraba de reír, completamente alcoholizado y repleto de maldad. Se dirigió a Ciriaco y comenzó a golpearle con su bastón hasta teñir de sangre las fauces abiertas del león. Dijo:

̶“Vea usted Ciriaco lo infalible de mi pronóstico. Usted ya no puede más, en cierta manera ha quedado hecho un estropicio, pero libre al fin del mal que le persuade de prolongar su martirio hasta el propio homicidio de sí mismo. No se equivoque señor Ciriaco, para mí solo existe una causa por la cual sacrificaré toda mi vida, solo quiero desterrar de este mundo a la infame locura que nos ciega. ¿Cómo he de combatirla si no es mediante las mismas armas que ella emplea? Es una solución novedosa, lo sé. Quizás la más revolucionaria hasta el momento y quizás, también, la más cruel. ¿Pero no resulta eficaz? ¿Acaso no he destronado a lo largo de estas terapias los fantasmas más terribles e inauditos que jamás hayan acosado el alma contradictoria del hombre? ¡Ay, Ciriaco! No has debido dudar de mí ni por un instante, aún soy más prodigioso en toda la maldad que llevo dentro que la suma total de todos mis eminentes conocimientos sobre la demencia. Pues, estimado Ciriaco, ¿acaso no sabe que yo soy el más tremendo loco de todos los pacientes con los que he tratado? ¿No reúno acaso todas sus propiedades? ¿No soy yo la causa y el efecto de mi propio padecer? Pero si no consigo curar a mis propios pacientes, si no consigo salvarles de la locura que les trastorna, ¿Cómo habría de poder salvarme a mí mismo?”.

El pobre Ciriaco, ya no oía ni sentía nada, solo el impulso de conservarse, el fuerte instinto de supervivencia, le influjo las fuerzas necesarias como para conseguir salir de allí arrastrándose por la entreabierta puerta del despacho. Sin embargo, antes de salir de aquel consultorio de los infiernos, dijo al doctor:

̶Usted es el más bruto e ignorante de todos los doctores que yo haya conocido. Además usted solo es un impostor y un asesino. El mayor loco de O…* esclavo de sus propia obsesión y el mismo protagonista de la tragedia que asoló Toledosano hace diez largos años. Usted no es más que un desalmado que huye de sí mismo, refugiándose en los sinuosos caminos de la locura más inimaginable que haya existido nunca. ¿Acaso olvidó en lo más profundo de su turbulento corazón quién es realmente? Solo es más que una sombra, un espectro moribundo que vaga por esta tierra de fantasmas buscando el perdón de sí mismo. Es un fratricida y un loco, un endemoniado caníbal, la carga de un hermano y el ser que la naturaleza nunca quiso crear. Sin embargo, así lo quiso el destino, que el mal siempre triunfara, que usted ¡doctor de Satanás! Será condenado por siempre a dialogar con sus demonios, que no encontrará escapatoria a su propia naturaleza corrupta y grosera, y que jamás hallará consuelo, ya que la infelicidad es solo la razón de su maldita existencia”.

Ciriaco desapareció y el doctor quedó solo. Un fino hilo de luz penetró desde el ventanuco. Por primera vez desde hacía años el sol parecía asomar en Toledosano. Tan pronto como la luz incidió dentro del cuarto, todo el cráneo del doctor se perló de sudor y su cuerpo comenzó a verse sacudido por espasmos violentos. El miedo surgió en Augusto, pues la claridad será siempre el principio del fin de todos los comienzos, y la verdad que nos trae el nuevo amanecer volverá a estar repleta de contradicciones. Augusto solo quisiera vivir en un mundo oscuro. Buscó refugio cubriéndose entre sus memorias clínicas pero la claridad que envolvía la instancia ya era ineludible. Quiso acostarse, pero cuando se acercó a la cama turca notó un bulto que se retorcía, en ese amasijo de sábanas había alguien incapaz de pernoctar, que susurraba con voz tímida y discreta, semejante aquel que reza unas oraciones o solicita del universo el cumplimiento de algún íntimo deseo. Se escuchaba murmullar:

̶“Quiero ser un flan, ¡Oh, vamos! Seamos un flan… Me he comido muchos, por favor. ¡No me tortures más y préstame la forma deseada y el anhelo de mis sueños”.

Augusto no podía creer nada ¿acaso fueran sus demonios a quienes trataba? Todo le parecía absurdo, tropezó con su butaca y se dejó caer desfallecido, sin embargo, en lugar de encontrar el cómodo sillón desde el cual atendiera normalmente a sus pacientes, sintió que se sentaba sobre los huesos de un esqueleto, duros y firmes que se le clavaban en la espalda y el trasero. Entonces se giró hacia atrás para ver qué nuevo misterio le esperaba. Cuando volteó no pudo contener un chillido que le desgarró desde lo más adentro, se puso histérico,  tenía el corazón en un puño, pues al tornarse descubrió que estaba sentado encima de un esqueleto cuya calavera le observaba con una mueca desagradable y un tanto extraña: la misma mandíbula del esqueleto estaba desencajada y parecía sonreírle irónicamente. Sus extremidades estaban fuertemente aferradas a las cuerdas que lo unían al asiento.

̶“¡No puede ser! ̶ se dijo. ¡Todo esto carece del mayor sentido!”

Exclamó en un ataque de pánico.

Se levanto de allí y sintió erizársele el bello de los brazos y la nuca. Jamás había tenido tanto miedo. De repente, algo semejante a una espesa baba, como la que desprenden los caracoles al trepar a una pared, le chorreo de forma contundente sobre la cabeza y hombros. Dirigiendo sus ojos inquietos y expectantes hacia arriba, contempló con horror que justo encima de él, pegado en el techo de la instancia, había un gran chicle supurando saliva que desprendía un olor nauseabundo y  un sonido asqueroso al derramarse. En medio de esa masa informe y arrugada, creyó discernir al propio Júpiter el cambiante, este le miraba impasible y con cierta curiosidad. Sus pequeños e inteligentes ojos observaban al doctor tras unas gafas de cristal, discerniéndose su nariz puntiaguda y sus mofletes sonrosados, bajo los cuales se dibujaba una sonrisa que se debatía entre lo diabólico y lo inesperado. El doctor estaba acongojado, cerca del infarto, no podía creer nada de lo que estaba viendo aunque lo sintiera completamente real; entonces miró hacia el retrato de su bella mujer en busca de auxilio. Pero en la mirada que esta le lanzaba no encontró consuelo alguno, más bien lo contrario, pues era una mirada sin compasión, incluso demoniaca, en la que sus ojos de cornalina parecían penetrar más allá de la carne y como si solo esa mirada bastara para fulminar todo el trastorno de Augusto. El doctor se sentía desnudo ante ella y cayó desplomado en el suelo, retorciéndose como los gusanos a los que hieren afiladas agujas. Las lágrimas comenzaron aflorar en aquel rostro constreñido por el miedo, el arrepentimiento y la desesperación. Gritaba:

̶“¡Ya basta! ¡Ya basta! Se lo que estáis pensando, se lo que queréis de mí, jamás fui un doctor, solo soy un loco, el más abominable que pueda concebirse, ¡Soy Ciriaco el loco! ¡Ciriaco el terrible!”.

La mirada de la señora S…*, que nunca fue su mujer si no la más linda y amable cuñada que pueda imaginarse; se mostraba ahora justiciera, vengativa, ella que fue su único consuelo en vida, le despreciaba, le odiaba y ya nunca podría perdonarle porque se mató. Eso sentía Augusto, que no pudiendo soportar la visión de aquella mirada, intentó anteponer a ella su mano derecha, que extendiéndola frente así, descubrió con horror que le faltaba el dedo anular. Se desmayó.

Despertó de madrugada, algunas horas antes del amanecer. Ciriaco se sentía convulso y con ganas de vomitar. Observó en que había quedado su despacho: todo desparramado por los suelos, las memorias clínicas empapadas de alcohol y todo lo demás lleno de cristales y cascos de botellas reventadas. Se encendió su pipa que encontró entre los estropicios de sus continuos arrebatos. Le dolía profundamente la cabeza. Tomó café e intentó reponerse un poco y pensar. Ahora se acordaba de todo, al menos sabía quién era. Sin embargo, estas sombras tormentosas que se acumulaban en sus recuerdos, el remordimiento ante el cual le resultaba imposible desembarazarse, pronto se socavaron en lo más interior de su consciencia. Estaba de acuerdo en que estaba loco. No obstante, era un loco que había tomado consciencia de su locura, era un loco cuerdo, un héroe, se decía. ¿Cómo había logrado curarse? ¿No deja de ser loco quien sabe estarlo? ¿No le coinvertiría esta convicción en el hombre con más sano juicio del mundo? Odiaba su nombre, su identidad y ahora que se había dado cuenta de quién era realmente ¿Por qué no ser lo que él quisiera? Entonces una idea le vino a iluminar su trastornado pensamiento. El no era Ciriaco el loco, él era el gran doctor Augusto. Un loco que supo curarse a sí mismo, por tanto, debería dar ejemplo al mundo de su triunfo. Recopiló sus cuadernos, recogió sus ropas y enseres y ordenó el escritorio como un buen profesional. Todo estaba listo para empezar. Sin embargo, ¿cómo había llegado a curar su enfermedad mental? ¿Qué método digno de él le serviría más adecuadamente para desentrañar de las tinieblas; en las que parece originarse la locura; la claridad de la consciencia sana? Estando en estas cavilaciones, se dijo así mismo:

̶“La locura, ese extraño diablo que nos persigue, no tendrá también debilidades? ¿Qué pasaría si el loco se vuelve más loco aún de lo que su locura en un principio le inducía? La locura que nos usurpa el juicio y la locura que nos lo devuelve ¡Eh aquí la cuestión y el remedio! ¡Ay, doctor! ¡Qué sabio es usted! De cuantos elogios seré colmado con este nuevo procedimiento. La sublimación de mi locura es la extinción de la misma. Solo debemos enfrentar al paciente con su locura más cruda y multiplicarla hasta el desfallecimiento. Si efectivamente la locura es el pensamiento mismo de la incoherencia, la suma de las incoherencias derivadas me servirán de ariete contra sí misma, y entonces, del conjunto de todas estas incoherencias resultará el pensamiento más claro que pueda concebirse. ¿De qué nos valdría ocultarla? La locura es solo locura porque se afirma, se reconoce. Por tanto seré yo, el doctor Augusto, el primer doctor del mundo que cure la locura mediante su afirmación extrema, y la multiplicaré hasta el absurdo de su misma existencia”.

Una vez hubo pronunciado su inigualable discurso, el doctor se sentía pletórico, dueño de su propio destino y por fin con un objetivo que otorgase sentido a su vida. Él era la prueba de que existía una posibilidad de recuperación. Odiaba y despreciaba aquellos métodos aberrantes con los que su hermano lo maltrataba. ¿Hubiera sido en el fondo menos loco que su hermano y su hermano más loco que él?  Si Augusto es un loco en lugar de un doctor, todo ello dependerá en cualquier caso de la óptica con la cual se mirase el asunto. Lo importante es que Augusto consideraba su locura como un hecho accidental. Entonces miró al retrato de la señora…S* y pensó ¿verdad que no hubo nunca sobre la faz de esta tierra rostro más hermoso? Respiró limpiamente y oxigenó con ello su enfermo cerebro. Aunque se sentía un poco fatigado, estaba listo para trabajar. Esperó pacientemente a que alguien llamara a su consulta. En estas cavilaciones, como era completamente de esperar, alguien llamó a la puerta del doctor.

̶“Puede usted pasar, la consulta está recién abierta”- dijo impaciente el iniciado doctor.

El paciente entró de forma tímida pero decidida. Apenas prestó atención al lugar donde se metía. El solo querría llegar a ser una cosa al mismo tiempo que padecía terriblemente su ausencia, dijo que se llamaba Júpiter.

IRINEO LEONEL

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