LA TIZA (NOVELA NIHILISTA) Capítulo I. Robar a los muertos  

 

Capítulo 1. Robar a los muertos

 

De mis primeros años de infancia, aquellos que transcurrieron antes de la guerra, conservo ahora muy pocos recuerdos ¡Con qué rabia se le van a uno los años y que frágil resulta ser la memoria! No obstante, como si se trataran de un montón de viejas fotografías que danzaran a su aire por las hojas amarillentas de un antiguo álbum familiar; lo primero que recuerdo es que vivíamos en un pueblo bastante primitivo que se hundía como un ciempiés enroscado en el seno de un hermoso valle. Sus calles se levantaban sobre los restos de una vieja calzada y olían a estiércol.

 

Nosotros habitábamos uno de los pocos chozos de las afueras, en un arrabal reservado a los campesinos y a la gente más pobre de la aldea. El techo era de paja, las paredes de barro y el suelo de tierra. Por cocina teníamos un horno de piedra sobre el que se calentaban unas pizarras que nos servían de somier caliente en invierno. Atrás teníamos un pequeño huerto, un corral con unas pocas gallinas y algún que otro marrano. También teníamos un cobertizo que hacía de despensa y un establo bastante mediocre donde dormía el asno. Mi madre era una mujer antipática, seca de carnes y de una piel pálida como la de los muertos. Mi padre era un hombre fornido, moreno como una pantera y de un temperamento hastío que en ocasiones se volvía brutal. Si bien mi madre se ocupaba de las tareas del hogar, mi padre se pasaba el día en el campo, labrando la tierra, dando de comer a los animales y cuidando del huerto. Algunas veces se ausentaba y no regresaba a casa pasado unos días. Aunque la vida en el pueblo no era fácil, tampoco resultaba convulsa y ante todo era monótona y aburrida. No obstante, las cosas no tardaron en cambiar…

Cuando la guerra alcanzó nuestro pueblo, se convirtió en toda una costumbre escuchar desde el ruinoso campanario la voz de alarma, señal de que volvían los aviones, esa especie de pájaros de acero que surcaban el cielo y arrojaban las bombas que caían  como truenos sumiendo todo el pueblo en una vorágine de fuego y metralla. Entonces cada cual debía ponerse a cubierto donde pudiera, empresa nada sencilla, pues tan solo unas pocas casas contaban con un sótano bajo tierra, dónde a veces y gracias a la repentina caridad de un anfitrión, podían a amontonarse hasta veinte personas. Después se escuchaba el estruendo de los cañones y también los lejanos disparos de ametralladora que acechaban desde algún lugar perdido entre las montañas. Así, los gritos de los desgraciados que no habían tenido la suerte de hospedarse en aquellos improvisados bunkers, desgarraban el cielo con sus llantos mientras una lluvia de fuego los calcinaba en medio de aquella sinfonía diabólica.

Cuando todo este alboroto terminaba, de la misma manera que al pisotear un hormiguero, las gentes del pueblo volvían a sus vidas con una intensidad de la cual no me había percatado antes y, a pesar de la escasez acostumbrada, ahora debíamos dejar todo para los jóvenes soldados que llegaban en masa de los alrededores. Todo el mundo debía colaborar y desde bien temprano se organizaban partidas de hombres e incluso mujeres y niños para tapiar las casas con sacos de tierra o almidón, luego se cortaban las calles con alambre de espino y los pocos edificios públicos del pueblo que no habían sido reducidos por la bombas se convirtieron en hospitales provisionales o auténticas fortalezas. Todos los días llegaban camiones cargados de hombres, suministros o cualquier tipo de artilugios empleados parada hacer la guerra. No obstante, lo más atroz siempre transcurría en la clandestinidad, y era precisamente a la sombra, donde se llevaban a cabo todos los actos de venganza y de odio contenidos en el espíritu de estas gentes, cuyos instintos más primarios eran de nuevo reavivados por el viento de la guerra.

Recuerdo una noche calma y sosegada, donde una agradable brisa de julio parecía sumir al pueblo en un sueño profundo. Picado por la curiosidad, me escapé de la cama y recorrí a escondidas las calles desiertas evitando ser visto por los guardias. Oculto en algún sitio, vi con mis propios ojos a un grupo de hombres armados que aporreaban la puerta de la casa donde vivía el maestro, éste salió en silencio y fue conducido a la fuerza sin protestar hasta una arboleda a las afueras del pueblo. La brisa revolvía las hojas de los álamos inspirando cierto aire de misterio. Me acerqué al grupo con pies de plomo lo más cerca que pude y hallé un escondite perfecto tras un muro de piedra que se erguía a duras penas. Desde allí y con la claridad que me proporcionaba el brillo de la luna, podía ver con nitidez lo que sucedía al otro lado: los hombres apuntaban con las bocas de sus fusiles el cuerpo iluminado del maestro; la expresión impasible de su rostro ante los cañones que iban a dispararle hacía de él un hombre valiente. Apenas logré escuchar algo cuando la nube de pólvora se pronunció de forma estrepitosa sobre el maestro, que al instante caía desfallecido en el polvo tiñendo la tierra de una sangre negra que le brotaba del pecho y las tripas. Los hombres se largaron una vez finalizaron el trabajo y dejaron ahí al maestro rígido como una estatua. No pude contener las ganas de acercarme, así que una vez que todo quedó en silencio, me aproximé a aquel cuerpo moribundo. Sus manos estaban agarrotadas de forma extraña, permanecía todo él como encogido igual que una araña y en su cara se dibujaba una mueca esperpéntica que se extendía desde la barbilla hasta la frente, aún arrugada y constreñida por el horror. Sus ojos continuaban abiertos mirando a algún punto del firmamento, sin embargo, me resultaban ausentes, como si en verdad no miraran más que a la eternidad, entendí entonces que aquel era el rostro de un hombre que había mirado directamente a la muerte y sentí por ello una profunda admiración. Observé que de la boca le corría un hilo de sangre, aproximé mis labios a esa boca inerte e introduje hasta el fondo mi lengua, lo besé de esta forma con deseo y chupé la  sangre amarga que le brotaba de allí y que aún estaba caliente. Entonces me sedujo la idea de que le había sorbido el alma y aquel pensamiento me embargó de una felicidad como nunca había sentido en mi vida.

Muchas personas hablan de la guerra como la peor enfermedad del hombre, a estas personas he de decirles que, al menos en mi caso, no había experimentado tantas emociones como en aquellos años, ni nunca antes me había sentido tan vivo. Quizás ello tenga que ver con que yo siempre había vivido rodeado de la más absoluta miseria, por lo que las carencias que padeció mi familia no fueron a peor con la guerra, si no que se mantuvieron intactas: mi familia y yo éramos como la hoja perenne que resiste a la perpetua caducidad de las estaciones.

Cuando mi padre desaparecía durante algunos días, aprovechaba el mínimo despiste de mi madre para largarme de casa y observar la guerra de cerca. Esta transcurría lenta pero mortífera, como el rectar de una víbora y, aunque soñaba con ser alguno de esos hombres que daban su vida en el frente; lo cierto es que por el momento me conformaba con ser un mero espectador: yo era como un buitre en busca de carroña, que desde aquella libertad proporcionada por el inmenso océano celeste, subiera a lo más alto y mirase con regocijo como arrojaban a los hombres desde el puente, maniatados y con pesos amarrados a los pies hasta que se ahogaban en las aguas verdes del Tajo. A veces, alguno de ellos conseguía salir reptando de aquel infierno y, con todos los huesos rotos, se arrastraba durante unos metros por la orilla hasta que era abatido por los tiradores que aguardaban desde el follaje. Todo eso me llenaba de un gozo indescriptible, y si por aquel entonces hubiera tenido desarrollado el apetito sexual ¡Cuantas veces me habría masturbado contemplando aquel macabro alborozo!

No pasó mucho tiempo hasta que descubrí que demonios hacía mi padre cuando se ausentaba de casa. Ya fuera porque a mis once años mi padre comenzara a considerarme un hombre o quizás simplemente porque necesitaba un ayudante escurridizo y de pequeñas proporciones, un día me apremió a que le acompañara a una de sus acostumbradas escapadas.

Cogimos al viejo asno, que huesudo y decrépito, tenía que tirar con el peso de los dos. Yo iba en primera posición y mi padre a mí resguardo, por si aquel asno explotado pudiera cobrar un instante de lucidez y arrojará contra las piedras a sus dos hostigadores. Jamás había sentido a mi padre tan afectuoso, cuando en verdad, lo único que recibía de él eran reproches y palizas a las que me tenía tan bien acostumbrado como a mi madre.

Tras varias horas de caminata nos fuimos adentrando poco a poco por una senda que se metía al fondo de una gruta y parecía inaccesible a primera vista. Aquel lugar era tan tétrico como espeluznante, aunque mentiría si dijera que no tenía también algo de mágico. La luz de la tarde incidía sobre nosotros colándose por el pequeño bosquejo de matorrales y helechos que crecían al pie de las rocas, sobre estas proliferaban todo tipo de líquenes y discurrían pequeños hilillos de agua que se filtraban por la tierra. Las paredes de granito que formaban la gruta se iban estrechando conforme fuimos avanzando por aquel sendero inhóspito y cargado de humedad. Hacia el final de la misma, dimos con lo que mi padre estaba buscando: la escueta travesía desembocaba en un vertedero de cadáveres humanos, donde el olor insoportable que desprendían su cuerpos hinchados parecía no importunarles a los cientos de moscas que zumbaban alrededor, ni tampoco a los gusanos que devoraban aquellas entrañas putrefactas. Contemplé aquellas larvas escurridizas que de vez en cuando asomaban sus diminutas cabezas de alfiler hacia la superficie de la víscera, para después volver a perforar aquel tejido necroso y hundirse de nuevo en lo más profundo de aquellos cuerpos, que aunque muertos, parecían moverse como si aún continuaran respirando, como si aún les latiera un corazón tierno y podrido como una manzana. ¡Qué paraíso! ¡Qué felicidad la de aquellos seres inmundos! ¡Ay de aquellos que gozan dichosos de su podredumbre! ¡Qué desgraciados serán siempre los hombres que busquen la salvación de sus almas en quimeras y edenes! ¡Ay, filosofía! ¡Inigualable Diosa, capaz de iluminar los umbrales más perdidos! Enseña a estos hombres que la vida nunca estuvo por encima del lodo y que no hay mayor felicidad que la de dar rienda suelta a nuestras incomprensibles pasiones.

Nos bajamos del asno, al que dejamos amarrado a unas raíces que sobresalían de la tierra y que parecían bastante firmes.

-¡Quiero que registres a estos muertos, hijo! Posiblemente los soldados que llevaron a cabo esta masacre ya hayan arramplado con todo lo que pudiera tener valor, pero nosotros, ¡Qué somos tan pobres! no deberíamos dejar ni los huesos.

Obedeciendo a mi padre, me puse a chapotear en aquel cementerio improvisado. El olor  tan desagradable que emanaba de ellos me produjo alguna ahorcada, pero una vez me hube acostumbrado a aquel clima tan peculiar, me dispuse a rebuscar entre los muertos cualquier cosa que pudiera valernos. Salvo alguna que otra cosa que no merece la pena ni mentar, tan solo hallé un reloj de bolsillo cuyo cristal estaba roto y su tiempo parado, dentro del mismo había una foto vieja que supuse de la mujer del desdichado. Me la guardé. Mi padre no se equivocaba, se notaba que ya tenía experiencia en este tipo de hurtos pues los soldados ya lo habían registrado todo. No obstante, el valor de todo aquello no lo encontré en nada material, si no en lo que allí estaba viviendo: aquellos rostros desfigurados y amarillentos me absorbían por completo la atención, toqué sus cuerpos tersos y fríos como un glacial, metí los dedos por los orificios que habían causado las balas y los unté de diversos líquidos, mucosas o membranas que me suscitaron una sensación de placer hasta entonces desconocida. Recuerdo que le arranqué los ojos a más de alguno y me los guardé en los bolsillos de la chaqueta. Había partes del cuerpo que podían desmembrarse con gran facilidad, especialmente los dedos que estaban desechos como si se tratara de mantequilla…

Mientras tanto, mi padre andaba atareado con la extracción de los dientes de aquellos malaventurados. Para lo cual incorporaba una pequeña barita de acero que clavaba entre las dos mandíbulas. Mediante un mecanismo de rueda, esta podía aumentar su tamaño, de modo que abría aquellas bocas hasta partirles la mandíbula. De esta forma, con la boca abierta de par en par y con la ayuda de unos alicates, iba arrancando los dientes uno a uno hasta meterlos en un saquito como si se tratasen de auténticos diamantes.

Percatándome entonces de que no me viera, sentí una curiosidad inaudita por palpar los penes de aquellos muertos, introduje una de mis manos por la bragueta y hurgando con delicadeza llegué a tocar ese miembro inerte, menguado y ya del todo inservible. Tiré de él para arrancarlo pero me fue imposible… ¡Ay, santo Dios! Pensé que en ese momento no necesitaba nada más para ser feliz el resto de mis días, solo quería estar rodeado de muertos, los muertos me caían bien, los amaba. ¡Solo Dios sabe lo que hubiera dado por ser uno de aquellos gusanos que rondaban por allí!

Cuando mi padre terminó aquellas ortodoncias infernales, desatamos al asno y comenzamos el camino de vuelta. A nuestras espaldas el sol se hundía lejano en el horizonte, las nubes me parecieron entonces manchas de sangre que flotaban en el cielo cárdeno y la luna comenzó a asomar tímidamente en forma de guadaña anunciando su reinado. Sintiendo la respiración profunda de mi padre soplándome sobre la nuca, empezó a hablarme en un tono tranquilo y que a decir verdad no le pegaba nada con su carácter.

-En este mundo tan mal repartido, el pobre nunca debe avergonzarse de los esfuerzos que realiza para ganarse la vida. Verás hijo, así nos ha puesto Dios en el mundo, unos gozan de buena salud, otros mueren a los pocos días de nacer, otros amasan fortuna sin mover un solo dedo y otros se pasan la vida trabajando para vivir en la miseria. Jamás cambiará nada, todo prevalecerá de este modo porque así es el ritmo de la naturaleza. Este trabajo que hemos hecho juntos nos dará algún que otro beneficio y jamás deberemos avergonzarnos de lo que hacemos, ni tampoco de quienes somos. Querido hijo, nosotros somos como las cucarachas que recorren las calles, ¡Tan solo lo que a otros les sobra nosotros lo aprovechamos! Y si no les sobra nada, hijo, entonces habrá que robarlo. Porque el robo y el saqueo son la única dirección que recorre todos los escalafones de nuestra sociedad.

-Sí, padre- contesté yo.

La verdad es que era de las pocas veces que me hablaba en un tono tranquilo y su reflexión despertó en mí un cariño hacia él que hasta entonces me era completamente desconocido.

-Hijo, si el rico es como una sanguijuela para el pobre, un parásito que le sorbe las energías hasta desfallecerlo ¿Qué esperan que haga el pobre, rodeado siempre de carencias, si no luchar a su manera contra la injusticia que le oprime? Tan indiferente le es a la naturaleza lo que hagamos que, como si se tratara de una madre, todo lo comprenderá y nunca nos perjudicará por ello. Hay hombres ignorantes y estúpidos que hablan de que el hombre oscila entre la divinidad y la bestia ¡Nada más estúpido y alejado de la realidad! El hombre carece de divinidad y solo en el ser salvaje se encuentra su verdadera esencia, aquella que honra y nos es dada por la naturaleza. Sin embargo, al ser el hombre el hijo preferido de ésta, nos ha dotado de una capacidad superior para manipular y confeccionar la realidad a nuestro antojo. Nosotros, hijo mío, tenemos el don de la mentira, de la hipocresía y en el empleo de estas artes nos va nuestra supervivencia en este mundo. Los hay que, renegando de su instinto, tratan de engañarnos haciéndonos pensar que es beneficioso para el hombre promover las buenas acciones, sin embargo, ¿habrá existido alguna vez un solo rey o gobernante honrado sobre la tierra? ¡Creo que no! En consecuencia, si el rico y el poderoso reciben a la muerte en un edredón de plumas y con el estómago siempre lleno; mientras que el pobre, solo sabe recibirla en la más absoluta miseria, ¿no crees, querido hijo, que deberíamos imitar a estos hombres ilustres y egoístas que viven en la cúspide de nuestra sociedad?

-Supongo que sí, padre.

-¿Sabes? Todos esos hombres que vimos allí apilados, todos te digo, eran buenos hombres. Yo conocía a varios. Uno era ganadero, otro artesano, otro se dedicaba hacer quesos para la ciudad, también había entre estos dos que eran hermanos y viajaban juntos durante la trashumancia con sus ovejas. El último que nos queda no era más que un pobre anciano. Todos ellos siempre pagaron sus impuestos, nunca hicieron nada contra la ley y de ninguno de ellos escuché nunca decir malas palabras… Sin embargo, fíjate en mí ¡Hijo mío! Jamás he pagado nada al estado, jamás he ayudado a nadie, siempre me precaví de actuar de forma honesta, nunca di ni daré limosna y jamás he tendido la mano a un moribundo. Todo lo que yo tengo lo he robado, incluso este viejo asno se lo robé a un buen amigo, al que por cierto, también le robé a su mujer, la que es ahora tu madre.

-¡Yo quiero ser como tú, padre! ¡Llévame siempre contigo! No me gusta madre. Nunca me enseña nada, solo me pega.

-Hijo, haré de ti un hombre de provecho. Al menos que te quede eso cuando yo muera…

La conversación no continúo mucho más. Pasamos el resto del tiempo prácticamente en silencio, las estrellas brillaban sobre nosotros como luciérnagas del cielo, un vientecillo que soplaba de frente nos alivió del bochorno que corría entonces por el mes de agosto. Los grillos orquestaban desde algún lugar oculto entre la maleza y los búhos ululaban desde las ramas como sirenas del bosque. Me sentía muy hombre al lado de mi padre, por fin compartía algo conmigo que no fueran puños.

Estaba distraído pensando en todo lo que me había dicho, cuando de repente, justo frente a nosotros se vislumbró desde la oscuridad una vieja cabaña. Parecía un galápago del que solo se viera su caparazón gris resaltando sobre la maleza. Poco a poco fuimos divisando un porche sostenido por dos columnatas de madera vieja, este estaba iluminado por dos farolillos, al vernos, un par de  santo-rostros, que copulaban apaciblemente en la pared, se dispersaron rápidamente escabulléndose entre las enredaderas que cubrían las columnatas. Había también un ventanal que daba al interior de la vivienda y que estaba igualmente iluminado por una luz tenue y anaranjada, de un color casi crepuscular. Nos apeamos del fatigado asno y mi padre lo ató a una vaya cercana a la entrada del porche. Después le arrimó un barreño con agua dónde había ahogados varios insectos. Señal de que no sería la primera vez que paraba por la cabaña. Entonces me miró de forma imponente con aquellos ojos marrones y ardientes y que resplandecían bajo unas cejas tan negras como una noche sin luna.

-Voy a presentarte a una amiga mía, pórtate bien y no enredes con sus trastos. Esta vieja bruja tiene de todo, ya verás, a ella es a quien la vendo los dientes…- en ese momento, emergió de entre las sombras un gato negro, tenía unos ojos grandes y amarillos, pasó rápidamente ante nosotros maullando y  mostrando una sonrisa de dientes blancos como perlas-¡Vamos, sígueme!- Dijo mi padre.

Entramos en la cabaña.

IRINEO LEONEL

 

 

 

 

 

 

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