Anfitrión

Anfitrión era un joven menudo, de rostro perfilado y cabello negro y lacio como una noche sin estrellas. En el lóbrego hueco que delimitaba su boca resaltaban unos dientes perlados y afilados que recordaban a los de una piraña; y sus ojos, saltones y brillantes, daban la impresión de reflejar un alma inocente y sin remordimientos. Aunque sólo una de las dos cosas fuese cierta.

Aun habiendo nacido en la llanura extremeña, lugar donde se crio y del que nunca salió más que en sueños y fantasías, Anfitrión representó siempre un carácter extraordinario para la apacible dehesa, tan perezosa como era para los cambios. Gustaba vestir con las telas más refinadas que se pudieran encontrar, y si su capricho conocía de algún ejemplar extraordinario, llegaba a pagar cantidades que avergonzarían hasta el más acaudalado de los nobles para conseguirla. Pese a no haber nacido en cuna de alta alcurnia, la afamada empresa dulcera de su familia le había proporcionado todo el sustento económico que su liberado capricho requería. Y sin llegar siquiera a infanzón, su vida no había discurrido por senda diferente de la de cualquier duque o marqués con los que se regocijaba tan a menudo en reuniones de la alta sociedad. Anfitrión era conocido en toda la región por las ostentosas veladas que organizaba semanalmente, a las cuales llegaban eminencias de todas partes de la región y todas recibían el trato más calurosos y atento que pudieran desear. Su carácter público siempre era de lo más cortes y la pomposa verborrea con la que adornaba sus discursos le hacía aparentar más edad y autoridad de la que realmente tenía. Todo en la vida de éste estaba dirigido a la celebración de reuniones de lo más excéntricas, sobre todo por los manjares que protagonizaban las copiosas comidas. Debido a su naturaleza caprichosa, su afán de hacerse notar entre sus altas amistades y las posibilidades que le ofrecían la holgada economía familiar, su gusto se inclinaba en su mayoría por lo exótico y lo inaudito, le encantaba todo lo que procediese de aquellas extrañas tierras que leía en los libros de la empolvada biblioteca familiar. Las más de las veces, ni siquiera sabría él mismo situar en el mapa el lugar al que pertenecía el animal que se iban a comer, o que rasgos tendrían los recolectores que recogía los extraños vegetales que lo guarnecían. Hasta tal punto llegaba su obsesión que había desarrollado una incomprensible aversión por todos los productos locales, los cuales rechazaba más por su vulgaridad que por su calidad. Con todo, nadie podía dudar de la exquisitez de las viandas con las que Anfitrión agasajaba a sus invitados que, casi, y sólo casi, hacían olvidar a los comensales que su región estaba repleta de manjares que perfectamente podían hacer sombra a aquellas deliciosas rarezas.

Cualquiera que hubiese tratado públicamente con Anfitrión hablaría de él las mil maravillas. Sus atentos y frecuentes banquetes, la diligencia con la que lo organizaba todo, le habían hecho merecer la fama de generoso y desinteresado. Incluso el cura, que era un gran aficionado en lo referente a las pasiones estomacales, pretendía santificar a Anfitrión por su labor; e incluso, en alguna ocasión, mientras apuraba los últimos tientos de una botella de licor de guindas, lo había comparado entre balbuceos con el mismo San Francisco de Asís. Anfitrión conocía el nombre y las pesadumbres de cada persona con la que se cruzaba y cuando algo ocurría en el pueblo, no pasaban ni diez minutos para que este llegase con ánimos de ayudar en lo pertinente. Como Anfitrión cuidaba mucho de no profundizar en las relaciones más de lo conveniente para su estatus social, decían de él que si no tuvo la suerte de haber nacido en alta cuna, esto quedaba enteramente compensado por la nobleza de su espíritu. Sin embargo, debajo de tanta pompa y ornamento con la que decoraba su vida no había sino un ser mezquino y solitario a la fuerza que se agarraba a un añejo resentimiento de la infancia para manipular a las personas hasta tenerlas, como animales, comiendo de su mano – como literalmente había ocurrido en alguno de sus banquetes -.

De esto podían dar debida cuenta sus dos fieles sirvientes, Fulgencio y Mangurrio, dos hermanos huérfanos casi de la quinta de Anfitrión adoptados por su familia al nacer. Debido a su cercana edad, se habían criado como hermano de este, por lo que conocían su verdadero rostro. Anfitrión siempre fue el hijo preferido de la familia, más por legitimidad que por aprecio; y aquella, más ocupada en atesorar fortuna que en la educación de su único hijo, encargó, no sin chantajes y amenazas, a los dos hermanos el cuidado del pequeño demonio; y eran ellos los que sufrían sin rechiste todas sus impertinencias. Aquel maldito niño siempre les había recordado de dónde venían, y que sin él y su familia ahora estarían descomponiéndose en alguna recóndita cuneta o, con suerte, curtiendo el riñonal en algún terruño por un mísero trozo de pan con queso. Los hermanos que, más por provecho que por caridad, habían sido recogidos de la calle, sabían que su cometido no era sino el de servir a los caprichos del verdadero hijo predilecto y si no sucedía así, la vil criatura no tenía el más mínimo reparo en manipular a su familia para abandonarlos a su suerte devolviéndolos a la nada de donde habían venido, como alguna vez casi ocurre. Sin embargo, la familia de Anfitrión siempre había tratado con cortesía a Fulgencio y Mangurrio, lo que provocaba en aquel una ferviente irritación que desembocaba en oleadas de llantos, pataletas y reproches de lo más doliente hacia sus progenitores. Los hermanos sabían que si en el trato recibido por los padres se entreveía algo de inquina, esto se debía a algún tipo de chantaje por parte de Anfitrión, que no soportaba dejar de ser el centro de atención y nunca había perdonado a sus padres la llegada de los dos hermanos a la casa. Pero de esto ya han pasado algunos años, y la familia de Anfitrión ya no vive para ver el sino de su hijo “el verdadero”, como apuntaba Anfitrión una y otra vez mirando a los hermanos por el rabillo del ojo para que no hubiese confusiones. Desde entonces, quizás por la fuerza de la costumbre, las humillaciones con las que Anfitrión obsequiaba continuamente a los hermanos ya no se sentían tan punzantes, y la relación fraternal con Anfitrión había pasado de ser un deber impuesto a un trato voluntario de fiel servidumbre que casi rozaba la amistad, sin embargo no podemos decir que la posición de los hermanos fuese enteramente desinteresada. Anfitrión sabía que si Fulgencio y Mangurrio seguían a su lado era por lo ventajoso, en cuestión de economía, que era para ellos servir en una de las casa más afamadas de la región; y, por qué no decirlo, por el gusto que procesaban los dos hermanos por los ingentes banquetes y los licores de etiqueta.

Fulgencio era un hombre grande y robusto, de rostro melancólico pero mirada limpia como el agua de manantial. No había persona más elocuente e imaginativa, y su gusto por la farándula hacía de él un personaje imprescindible para amenizar las veladas de Anfitrión. Mangurrio era también alto, pero más delgado y sosegado que Fulgencio. Rara vez hablaba si no le dirigían la palabra; sin embargo, no había necesidad de ello, pues cualquier petición que pudieran tener los comensales quedaba saldada por él antes de que estos pudieran abrir la boca. Además, el humor era su facultad más loable, y siempre remataba las historias de su hermano con el toque de sátira que aliviana el peso de las grandes cuestiones. Ambos formaban lo que Anfitrión, en un ramalazo de extravagante cursilería, había bautizado como Le garde du bon goût, y no eran sino ellos la verdadera razón del éxito que recibían las reuniones, aunque Anfitrión no quisiera darse cuenta de ello.

Si bien no era cierto que ninguno de sus invitados había tenido queja alguna del trato recibido, era verdad que a todos les encantaba ser invitados a los ya conocidos Banquetes de la Anfidehesa. Los habían bautizado así, con más ironía que adulación, debido al rechazo sin sentido que Anfitrión procesaba por las delicias de su tierra, lo cual nunca le habían perdonado sus invitados. Pese a todo, nunca faltaba detalle. Una cantidad ingente de manjares de los sitios más recónditos, tan perdidos como la acaudalada fortuna de Anfitrión pudiera conseguir, acompañada siempre por los mejores vinos y licores de etiquetas impronunciables decoraban cada semana las infinitas mesas de nogal y mármol. Y para el postre, y esto era lo mejor, Anfitrión sacaba una degustación de las últimas creaciones de su empresa dulcera – el único producto regional que ensalzaba con todo los elogios, pues era este el que le proporcionaba el sustento- . Había para todos los gustos, desde las tradicionales roscas de alfajor, deliciosas por su historia más que por su sabor, a las ya clásicas por aclamación popular galletas rellenas de crema de cacao. Si algún invitado había tenido la mala suerte de dar con un plato que por su sabor o por su exceso de extravagancia no llegaba a entusiasmarle – lo cual sucedía bastante a menudo -; su gusto quedaba saciado cuando las bandejas de dulce recién echas se servían para el postre junto al poderoso aroma del café portugués. Ahí es donde la sonrisa de Anfitrión se ensanchaba con tal engreimiento que dejaba ver hasta las últimas piezas de sus filas molares, y conseguía extinguir por unos momentos aquella desazón que sólo le abandonaba cuando la gente no podía sino darle las gracias por el trato recibido, y besarle las manos y los pies – cosa que rara vez había permitido -.

Aquel sábado la reunión se acordó para última hora de la tarde, coincidiendo la llegada de los invitados con los últimos rayos del ocaso. No en vano, Anfitrión mandó a Fulgencio que le preparase el chaqué italiano con el que le obsequió el año pasado Pietro Mingolla, hijo del Barón de la Toscana; que con sus tonos negros metalizados chisporroteaba como la lava de los volcanes con las luces vespertinas. Así mismo, acompañó el atuendo con una corbata y un pañuelo de seda china entre color malva y bermellón jugando con la rosada paleta que se dibujaba en el firmamento en el momento del crepúsculo. Fulgencio y Mangurrio, como no podía ser de otra forma, se dejaron aconsejar por el refinado gusto de Anfitrión y vistieron, como él, los tonos broncíneos. Para rematar la estampa, el coctel de marisco como entrante principal, que acompañado de los rosados caldos italianos formaba la guinda del pastel que Anfitrión preparó con redoblado celo para esa noche. Los manjares que iban a protagonizar la velada no podían ser sino aquellos que, servidos con la luz indicada, ultimasen los detalles de aquella rosácea velada. A la hora del recibimiento todo estaba preparado; y el patio de la casa de Anfitrión, bañado por la cálida luz crepuscular, suavizaba sus contornos en un juego de luces y colores rosáceos que, junto con las figuras de Anfitrión y sus sirvientes, recordaba a un lienzo de la etapa rosa picassiana. De tal guisa eran los caprichos de nuestro protagonista, y no con menos de lo perfecto se habrían de contentar.

Uno a uno lo invitados fueron llegando y, uno a uno fue Anfitrión dándoles las gracias por su presencia; estrechando las manos de los caballeros, besando a las damas y deseándoles una feliz velada. No pudo ser mayor la satisfacción de Anfitrión cuando vio que los invitados habían aceptado su recomendación de vestir con tonos rosados, la presión que sentía en el pecho por los nervios de pretender que todo saliese según lo acordado fue disminuyendo cuando observó el reconfortante panorama oscilante entre el malva y el bermellón. Pero aumentó de repente hasta pararle en seco el corazón cuando vio al alcalde entrar con un desacompasado traje color verde pistacho que irritaba los ojos de solo mirarlo. Cerró los ojos, tomo un par de bocanadas profundas de aire y se tranquilizó. Cuando los abrió, fue directamente a darle la bienvenida al ilustrísimo, le estrechó la mano mientras le sonreía y le invitó a servirse uno de los vinos de la noche. Relamiéndose los labios fue aquél hacía la mesa del bar y en cuanto se apartó de Anfitrión, este sólo necesitó lazar una discreta mirada a Mangurrio para darle a entender las instrucciones pertinentes. Antes de que el alcalde pudiese saborear la copa de vino que se acaba de servir, los dedos de Mangurrio le tocaron en el hombro para llamar su atención, y al darse la vuelta le dijo este con amabilidad, pero con una mirada que no daba pie a declinaciones: “Buenas noches su ilustrísimo, el señor me pide hacerle saber que le está esperando en la bodega para darle a probar una de sus últimas adquisiciones. Le ruego, si tiene a bien, acompañarme.” Sin decir una palabra y dejando, con la desilusión de un niño al que se le acaba de pinchar la pelota, la copa que se acababa de servir en la mesa; el alcalde hizo un ademán con la mano para indicarle a Mangurrio que le mostrase el camino. Ambos de dirigieron a la casa y una vez dentro le guio por la enorme mansión atravesando largos pasillos repletos de lienzos con marcos barrocos que representaban gente tan extraña que uno no sabría decir si fueron personajes reales o divagaciones de algún pintor demente. Enormes salones de los que colgaban lámparas de araña y decorados con sillones de esos que parece que se van a romper sólo con poner una mano encima, de esos en los que uno se imagina a Luis XIV echando la siesta. Hasta que, por fin, los pasillos se fueron haciendo cada vez más lóbregos y fríos y, enfrente de una portezuela de madera, Mangurrio se paró, y echando un vistazo al alcalde, abrió la puerta con una mano invitándole con la otra a pasar a la tenue habitación que apareció al otro lado. Entró y vio a Anfitrión con una botella de vino en la mano, leyendo la etiqueta como si no se hubiese percatado de la llegada de los otros dos.

  • Acérquese, su ilustrísimo- ordenó sin apartar la mirada de la botella.

Este obedeció, y algo nervioso, pues las caras de ambos no eran muy amigables, avanzó con paso lento.

  • Château Mont-Redon, cosecha del 54. Su sabor es fuerte a pesar de sus matices de pan e higos. Un empaque y un cuerpo como pocos caldos de aquella región. Pero si hay algo verdaderamente magnífico en este vino, es el color. Este rosa amoratado me calma por su serenidad, podría permanecer horas mirándolo sin siquiera catarlo. ¿No lo cree usted así señor alcalde?”– y mientras le preguntaba le lanzó una mirada punzante que desconcertó por completo al alcalde y le hizo sudar.
  • Eh… sí, claro… supongo que tiene razón. La vedad, yo no me fijo mucho en las apariencias de los vino, prefiero bebérmelos. – dijo soltando unas inseguras carcajadas que se perdieron en el eco de la habitación.
  • Por supuesto, que podría esperar de un alma burda como la suya. Permítame abrirlo para dárselo a probar.

Y agarrando la botella por la embocadura, la levantó por encima de su cabeza y la bajo con todas sus fuerzas hasta estamparla en la frente del ilustrísimo señor alcalde. Este, calló desorientado al suelo, todo bañado en el rosado caldo, mientras un hilo de sangre le bajaba desde la cabeza hasta empañarle los ojos.

  • ¡Ve ahora el color, su ilustrísimo, o todavía no sabe distinguir un delicado tono rosado de un espantoso verde pistacho! – le gritaba Anfitrión a la cara mientras aquel se enjugaba los ojos bañados en su propia sangre. – ¡Entiende ahora la impertinencia que resultan usted y su dichoso traje en mi reunión!
  • ¿Todo esto es por el traje? Anfitrión, le juro que creí que la recomendación tonal era opcional, que mi traje no causaría tanto revuel…
  • ¡Cállese! – dijo con desprecio mientras se limpiaba una gota que lamentablemente fue a impactar en su corbata de seda. – ¡Mangurrio!, aclárele a este caballero lo que significa un color entre malva y bermellón. No quiero seguir hablando de música con un sordo.

Anfitrión salió de la bodega con paso ligero y sin mirar atrás; al mismo tiempo, Mangurrio se hincó de rodillas encima del señor alcalde que se retorcía en el suelo intentando zafarse inútilmente. Y mientras le agarró la pechera con la mano izquierda, con la derecha cerrada fue dando puñetazos en el ilustrísimo rostro hasta que el malva-bermellón al que tornó el color de sus pómulos quedó de lo más acorde con la estampa de la velada.

Una vez resuelto el aprieto, la fiesta pudo continuar. Cuando Anfitrión salió de nuevo al patio para reunirse con sus invitados, Fulgencio los estaba entreteniendo con una de sus alocadas historietas para suplir su ausencia. Sin mostrar la menor cortesía por el relato de Fulgencio, Anfitrión interrumpió: “Disculpen la tardanza caballeros, estaba en la cocina eligiendo personalmente las viandas que degustaremos esta noche. Espero les guste la cola de canguro, a mi entender es de las carnes más jugosas y rosadas que haya probado. Por favor, tomen asiento. Pero antes, permítanme entregarles un breve listado de normas a acatar en una velada de buen gusto como esta. Con un percance es suficiente”. Esto último lo dijo para sus adentro. Los invitados hicieron muecas con las caras, como molestos por la impertinencia de Anfitrión al cortar la historia de Fulgencio. Este, que tenía las octavillas preparadas, fue entregando a los invitados, que permanecían con la cara algo desencajada, un listado que rezaba de la siguiente manera:

Protocolo prusiano para el correcto desarrollo de una velada de buen gusto.

  1. Los invitados habrán de vestir tonos similares, dependiendo estos del entorno donde se celebre la reunión.
  2. Al sentarse a la mesa, los comensales lo harán por la parte izquierda de la silla, dejando primero que se sienten las damas. Al levantarse repetirán el movimiento de forma inversa.
  3. Uno de los cinco tenedores puestos en la mesa servirá para que los invitados lo coloquen entre su baja espalda y el respaldo de la silla, siempre con las puntas dirigidas hacia el comensal, lo que permitirá a este mantener la postura correcta en todo momento.
  4. Si se sirve comida de cuchara, el movimiento de esta habrá de ser siempre el indicado por las agujas del reloj, y nunca al contrario.
  5. Si un comensal requiere el uso de una servilleta, la usará siempre dándose delicados “toquecitos” en las comisuras de los labios, evitando restregarse la misma por la boca.
  6. La copa de vino será siempre sujetada con la mano izquierda utilizando únicamente los dedos pulgar, índice y corazón, empinando los otros dos lo más que se pueda; y antes de ser ingerido habrá de hacer un ademán de olfatearlo, habiéndolo agitado previamente con suavidad.
  7. En ningún caso se permitirá el giro de la cabeza para ninguno de los dos lados, pudiéndose mirar por el rabillo del ojo si fuera absolutamente necesario.
  8. Siempre habrá de dejar en el plato un mínimo de un diez por ciento de la comida que había en un principio, entendiéndose de mal gusto acabársela toda.
  9. Al terminar, los cubiertos habrán de dejarse sobre el plato, en posición de las cuatro menos veinte para indicar que se quiere más comida o en posición de las seis y media para indicar lo contrario.

Así mismo, se recomienda a los comensales no conversar, reír ni mirar a nadie durante la comida; ni, por supuesto, masticar con la boca abierta.

Gracias por su comprensión: Anfitrión.”

Los invitados, cada vez más atónitos, se sentaron a la mesa por la parte izquierda de la silla y esperaron reflexivos la llegada de la comida, como intentando comprender lo que acababan de leer. Anfitrión, que se sentó adecuadamente en el puesto presidencial, hizo señas a Fulgencio para que mandase traer la comida, y cuando este hubo de irse, levantó su copa hacia el centro de la mesa invitando a un brindis:

  • ¡Amigos!, quisiera agradecerles que hayan consentido en acompañarme esta noche. Los que me conocen saben que estas reuniones son mi vida, y que no pudiera perdonarme que mis invitados sufrieran molestia alguna durante su estancia en mi casa.” – los invitados asentían sonriendo mientras se revolvían en los asientos para acomodarse al tenedor prusiano. – “me arriesgaré a decir que le gustará la carne que están al traer, tanto como veo que les está gustando el vino italiano, por la cantidad de botellas vacías. Señoras, señores… ¡a su salud! – levantando la copa.
  • ¡Salud! – gritaron todos al unísono.
  • Desde luego este vino está delicioso, aunque el mejor compañero de un buen vino es un buen queso. Y no veo ninguno por aquí, Anfitrión. – dijo Eusebio el ganadero.

A Anfitrión se le hizo un nudo la garganta. Las sienes le empezaron a palpitar, y solo la imagen de tan asqueroso producto le provocó varias arcada. Cerró los ojos, respiró profundamente dos veces y se dispuso a responder:

  • Eso dicen, mi buen amigo – sin perder la sonrisa – pero muchos de aquí saben que aunque he sido nacido y criado en esta buena tierra, nunca he procesado demasiado gusto por el queso, el embutido u otros productos regionales. Pero pruebe el foie de pato braseado, don Eusebio, creo que también será un buen acompañante para este vino.

Eusebio torcía la boca mientras escuchaba.

  • Hay que ver anfitrión. – intervino moviendo la cabeza Encarni la del viñedo – No puedo entender como no puedes apreciar los tesoros de nuestra tierra. ¿Y el vino?, el vino si te gusta. Yo te podía haber traído una de mis mejores cosechas si me lo hubieses pedido.
  • Lo se querida. Y no es por ofender tus caldos, pero este de aquí, con ese tono rosado carmesí como agua de rubíes, es una de las mejores cosechas de la Toscana; muy pocos han tenido, como usted, el placer de saborear su néctar. – se excusó Anfitrión.
  • ¡Mi vino no tiene nada que envidiarle a este, ni en color ni en gusto! – sentenció Encarni cruzándose de brazos.

Anfitrión se descomponía por dentro, notaba como en cada bufido que profería la bestia, rompiendo todas de las normas del bon goût, una mano tiraba de sus intestinos hacia arriba como queriendo sacárselos por la boca. En el fondo los odiaba, no podía negárselo; pero la satisfacción de sentirse valorado, querido por el público, la gloria de ser aclamado entre palmas y griteríos de honra por ser el portador de las divinas reliquias, por ser la madre que da de comer al hijo de su propio pecho y sentirse como el cesar, coronado de laurel, recorriendo la ciudad hasta las escaleras del senado. Esa era la joya de cuyo brillo se alimentaba Anfitrión; en esa búsqueda ocupaba su existencia.

  • Pues tiene usted razón, Encarni – dijo Faustino el constructor – Yo he tenido la suerte de conocer muchos lugares más allá de los lindes de esta santa tierra, y en cualquiera de los sitios he degustado con placer toda su cultura. En temas de comida y bebida, entiéndanme. Y nada que haya probado le hace sombra a mi chato de vino de pitarra y mi tapa de jamón ibérico. He dicho.” – todos le aplaudieron y asintiendo con la cabeza; menos Anfitrión, que había terminado metiendo la cara entre las manos para intentar recomponerse y olvidar la imagen del jamón, que estaba a punto de hacerle vomitar. – Y de esto puede dar cuenta mi ilustrísimo amigo el señor alcalde. Por cierto, ¿dónde está? – preguntó Faustino mirando en derredor.
  • Se ha tenido que ir, – dijo Anfitrión con la voz queda, intentando disimular que el corazón estaba a punto de salírsele del pecho – me ha dicho antes que le había surgido un asunto de última hora y que, con el mayor de los pesares, debía ausentarse. Me ha pedido que le disculpen y a cambio me ha regalado esto para todos. – dijo mientras mostraba una caja de Cohíbas recién traída de la Habana.
  • Con el buen tabaco que hacen en mi pueblo… – comentó no se sabe quién.

Anfitrión, al que se le empezaron a hinchar las venas de su cuello hasta parecer culebras trepando por un tronco y casi le salía espuma por la boca, estuvo a punto de pegar un grito y morder a alguien arruinándolo todo cuando fue interrumpido por Fulgencio:

  • Damas, caballeros, la cena está servida. Bon appétit. – dijo mientras hacía una reverencia.

Inmediatamente comenzaron a aparecer platos en la mesa para los gustos más variopintos. Desde una sopa de raíces tibetanas decorada con pétalos de flor de loto, hasta dedos curados de avestruz africana– de las elecciones más inusuales de Anfitrión -, pasando por la suculenta cola de canguro asada que decoraba el centro de la mesa. Adoptando la postura correcta – que el tenedor en el rabillo de la espalda no dejaba de recordar-, empezaron los comensales a servirse los platos sin mirarse siquiera a la cara, como bien recomendaba la octavilla. No hacían falta palabras para darse cuenta del efecto de semejantes extravagancias, mientras uno chuperreteaba el dedo de avestruz como si fuera una gamba para intentar sacarle algún sabor, otro daba vueltas en el plato a la rodaja de cola de canguro, como intentando discernir que partes eran las que debía comerse y cuales debía apartar. Sin embargo,  la sopa de raíces tuvo muy buena aceptación, todos se acabaron el cuenco – a excepción de Encarni, que no paraba de sacarse raíces en forma de hilo de entre los dientes – y alguno incluso mandaron servir más. Pero un par de cuencos de sopa no es alimento para un regimiento de estómagos curtidos en la ruda dehesa, y pronto empezaron a lanzar reproches al aire mientras Anfitrión pretendía no escuchar. Hasta que, cuando ya na pudo aguantar más, Eusebio el ganadero se levantó dando un golpe con las palmas de las manos en la mesa y dijo: “¡Ya está bien, esta porquería no hay quien se la coma!” – y se fue apresurado hacia la salida. Estaba claro que Anfitrión le había pedido demasiado a la buena gente de esta tierra; aquí somos pocos, y estamos acostumbrados a caminar sobre conocido. Esta vez, el exceso de excentricidad había dislocado el eje, y la rueda giraba descontrolada mientras Anfitrión, a duras penas, se afanaba en encauzarla.

  • Calma, señores, Por favor. ¿Pero qué ocurre? ¿Acaso no son de su agrado las preparaciones de esta noche? – dijo levantándose de repente para intentar calmar los murmullos cada vez más altos de la mesa.
  • ¡Por fin! – dijo Faustino levantándose hasta la altura de Anfitrión y treinta centímetros más – Llevo casi diez años esperando esa pregunta. Nunca te he dicho nada por respeto a tu familia, pero ahora que no están entre nosotros, ardía en deseos de tener la oportunidad de soltarlo. Mira Anfitrión, aunque tú siempre hayas querido negarlo, esta es una tierra humilde, de muchas carencias y pocas necesidades. Aquí la oveja que tiene frío se arrima a su hermana para calentarse, la mula magullada apura su último suspiro para tirar del arado, y el escuálido cerezo, aguanta el duro invierno para resurgir en primavera con su manto blanquecino. Los ríos avanzan con fuerza abriéndose paso entre la dura roca, y la encina, insignia y ejemplo de esta tierra, mantiene su verdor bajo el árido sol estival mientras el pasto se seca a su alrededor. Aquí la gente ha sabido convivir con la nieve y la sequía, ha sabido hacerse roca para aguantar el vendaval y ha sabido apreciar el costo de los frutos que su duro trabajo le ha proporcionado. Y ahora vienes tú, con tus trajes de luces como un torero, ofreciendo las más extrañas viandas de quién sabe dónde como queriendo echar por tierra todos nuestros sacrificios y desbancando el prestigio de nuestra santa casa. ¡Pues aquí hay uno que ya no aguanta más! – sentenció Faustino con los ojos tan abiertos que parecían que se le iban a caer.
  • Y aquí hay otro- gritó Eusebio que se acercaba a la mesa empuñando una pata de jamón en una mano y un queso del tamaño de una rueda de carretilla en la otra.

La gente gritaba enfervorecida dando la razón a los dos hombres. Anfitrión no sabía dónde meterse, todos le miraban y le señalaban increpándole, como acusándole de traición. De repente se sentía como el cesar, en las escaleras del senado, pero esta vez rodeado de una docena de asesinos iracundos, cada uno de ellos empuñando una daga bañada en sangre. Se imaginó su vientre agujereado y escupiendo el rojo elemento. La vista se le empezó a nublar, las rodillas le fallaban y tuvo que apoyarse con los brazos sobre la mesa. El sudor le empapaba el rostros y apenas lograba coger aire. De pronto, un manto negro se extendió donde antes estaban sus invitados y sintió caerse al vacío hasta perder la conciencia.

Al cabo de un rato despertó del ensueño. La luz que entraba por la leve apertura que permitían sus párpados le cegaba, sentía que la cabeza le iba a estallar y se sintió entumecido, apenas pudiendo sentir su propio cuerpo. Cuando el dolor de cabeza cesó y le permitió percatarse de la situación, se dio cuenta que estaba desnudo y con las extremidades atadas unas a otras por detrás de la espalda, de tal forma que parecía una res a la que llevaban obligada al matadero. Un escalofrío recorrió su espina dorsal e inmediatamente empezó a forcejear para liberarse. Inútil, lo único que consiguió fue llamar la atención de sus captores, que al darse cuenta de que se había despertado, dejaron el jamón y el queso que ya llegaban a la mitad y se abalanzaron sobre él como hienas hambrientas.

  • ¿Qué tal se encuentra el señor? – preguntó Fulgencio, no con poca ironía.
  • Fulgencio, hermano… Mangurrio… soltadme por favor, esta broma no tiene gracia. – suplicó Anfitrión con los ojos inundados de lágrimas.
  • “No, si la broma empieza ahora. Ya verás que risa.” – respondió Mangurrio cortando un trozo de queso. – Toma, prueba esto hermano, te gustará. – acercándole el trozo de queso a la boca.

Anfitrión se resistía como podía, retorciéndose de angustia y suplicando a gritos llorosos que le apartaran eso de la cara. Pero los potentes brazos de Fulgencio no encontraban resistencia en una criatura tan contrahecha como Anfitrión, cuando lo tuvo inmovilizado, clavándole la rodilla en la espalda, le metió los dedos en la boca y tiró de sus mandíbulas hasta abrírselas cual cocodrilo. En ese momento, Mangurrio aprovechó para meterle un trozo de jamón acompañado del oloroso queso en la boca, pero nada más rozar las papilas de la boca de Anfitrión, este empezó a vomitar a chorros hasta que su estómago quedó vació, de tal forma que parecía una sirena de piedra de esas que les sale un chorro de agua por la boca y decoran las fuentes de las capitales. Todos empezaron a reír a carcajadas, la estampa no les pudo resultar más graciosa. Y mientras Anfitrión luchaba por mantener la cabeza alta para no ahogarse en su propio vómito, que guarnecía todo el fondo de la bandeja de plata donde le habían depositado como a un cochinillo, los invitados reían y comentaban la situación animados por los dos hermanos, los cuales se dirigieron directamente a Anfitrión con estas palabras:

  • Durante casi treinta años hemos vivido mi hermano y yo a la sombra de un espinoso arbusto que no levanta tres palmos del suelo, – comenzó a decir Fulgencio – y durante todos esos largos años hemos tenido que aguantar su caprichoso devenir, que unas veces nos utilizaba vilmente y otras nos echaba por tierra hasta hacernos beber del negro lodo. Nos ha insultado, humillado y maldecido cuantas veces ha querido, pero nosotros hemos resistido con la fuerza de un alcornoque. Todo eso hemos podido aguantar; pero si algo nos increpa, es la petulancia y la soberbia de un ridículo personaje con aires de sultán trasnochado. Usted ha pretendido ser el mejor anfitrión de estos lares obviando y devaluando la tierra que sujetan sus pies; y eso, ni esta buena gente ni nosotros se lo podemos permitir. Y recios y viscerales como somos, le vamos a hacer pagar todos estos años de difamaciones e inquina con extrema severidad y dura reprimenda. Y por fin esta casa conocerá un banquete a la altura de su localización, cuyo plato principal habrá sido nacido y criado en esta tierra. Hermano, manda a encender los hornos. – ordenó Fulgencio a Mangurrio sin apartar la mirada de Anfitrión.
  • ¡Devolvamos al diablo al fuego de donde salió! – dijo Mangurrio sonriendo con crueldad y regocijo.

Anfitrión se quedó pálido como un cadáver y, aunque sabía que algún día iba a pagar por el trato que le brindó a los dos hermanos, las infames artes que pretendían utilizar para vengarse, y la impiedad que reflejaban sus rostros, le encogía el corazón y le acongojaba como si mil arpías le picasen con sus garras infernales. Quiso gritar para pedir ayuda, pero se dio cuenta de lo inútil que sería. Casi todo el pueblo estaba allí celebrando su inminente muerte. Habían abierto más botellas de vinos, esta vez de las cosechas de la Encarni; no paraban de servir platos de jamón y queso, y hablaban y se reían como nunca antes los había visto Anfitrión. “Menos mal que, por no saber cómo, apenas he catado esa cola de canguro. Sigo teniendo hambre ahora que llega el verdadero banquete. Mirad que mala cara se le está poniendo al pobre, vamos a sazonarlo a ver si se anima.” – llegó a escuchar Anfitrión decir a Eusebio el ganadero, que le miraba fijamente y se acercaba con ojos de loco sosteniendo un bote de sal en una mano y uno de pimienta en la otra. A penas sintió los granitos de sal y pimienta caer sobre su lomo, Anfitrión sintió un vacío infinito que le invadió el pecho, y cuando noto que Eusebio le sujetó en lo alto de la cabeza una corona de laurel, empezó a llorar desconsolado: “¡Ay, desdichado de mí!, que quise ser rey y acabé comido por los leones. Otro trágico final para la magnanimidad. Después de Cesar, traicionado por su propio pueblo, y de Napoleón, desterrado de su tierra; aquí llega Anfitrión, engañado por sus propios hermanos, por los que siempre puso la mano en el fuego. ¡Abrid las puertas, ángeles celestes, que allá voy coronado de laurel! ¡En tu seno dormiré esta noche, padre divino, y en él mis estigmas habrán de sanar!”

Se ve que era ostentoso hasta para morir. Y en estas cavilaciones discurría la mente de Anfitrión cuando un grito procedente de la cocina le sacó de sus lamentaciones. “¡Los hornos están listos!” – se escuchó. Y cuatro hombres se acercaron a la bandeja donde Anfitrión sollozaba, la alzaron hasta la altura de los hombros y lo llevaron hacia dentro en procesión como si llevaran el cadáver de un emperador a la pira donde se consumiría hasta mezclarse con la tierra en forma de polvo y cenizas.

 

Ato G. R.

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