La Tiza, capítulo II. La bruja del bosque

En el umbral de la puerta, parcialmente iluminado desde el interior, nos recibió una mujer de mediana edad, tenía una cabellera larga y lisa, del color de la ceniza, el óvalo de la cara lo surcaban varias arrugas dándole un aspecto soberbio y maltratado por los años. Unos ojos pequeños y resplandecientes como el fulgor de una tormenta se hundían en el interior de unas cuencas moradas como el cielo del atardecer. La nariz era alargada y en su término se curvaba como una cimitarra invertida. Los labios los llevaba pintados de negro y, a mi parecer, quizás fuera lo más bonito de aquel rostro tan abominable que la naturaleza quiso dar vida.

 

Si efectivamente, tomáramos como válido el argumento de ciertos filósofos de la naturaleza, que afirman que ésta es una gran arquitecta, conocedora de la belleza, favorable a la armonía y al equilibrio entre las obras a las que da cobijo en su seno; deberíamos añadir que, ya fuera por la prisa o el estrés que le supone poblar este mundo de formas tan variadas, a veces resulta imprudente o quizás más bien imprecisa a la hora de dotar de belleza a todos sus seres. La prueba de ello, sin venir a menos, se la debemos a esta bruja, pues parecía haber sido tallada por la mano más grosera e imprudente de la naturaleza , donde a base de tajadas fuera perfilando un rostro cada vez más monstruoso.

-¡Al fin llegas! -Dijo la bruja echando pólvora por los ojos- Espero que vengas con los bolsillos cargados, créeme, tan solo me falta un poco de ese material para completar el proyecto. Ya está todo en orden, quizás en un año podamos cubrirnos de oro. ¡Ay, querido! Yo que nací para emperatriz y lo único que conseguí fue ser la reina de un puñado de ratas…-y, fijándose en mí, se inclinó olisqueando con su enorme trompa- Pero… ¿a quién has traído contigo? ¡Esta criatura arrastra el perfume de un cuerpo podrido!

-Él es mi…

-¡No me lo digas!- le cortó la bruja llevándose el índice a los labios- Este hombrecito tan sucio y mal oliente no pude ser si no obra tuya.

-Soy el hijo de mi padre, señora. Hoy he ido a trabajar con padre y seré como él.

-¡Pero mira que cosa más rica este niño! Parece avispado… como su padre. ¡Ojalá llegue el día en que te hagas un hombre! Sí, un hombre que sepa dar placer en la misma proporción que carezca de cariño. No hay nada más excitante que un hombre frío y desalmado, el corazón es un órgano que debe petrificarse. Niño ¡Imita a tu padre! De todos los hombres que han penetrado por las oscuras sendas de mi templo ¡Qué pocos han sabido darme tanto placer! ¡Ay! De solo pensarlo me tiemblan las piernas y chorreo como una cascada… Debes comprenderlo, niño, todas las virtudes que ha de reunir un hombre de cara a una mujer no consisten en otra cosa que en la arrogancia, la impudicia, la impasibilidad y la crueldad que demuestre ante nuestro sexo. Poco más podría hacernos tan feliz a nosotras que, sumisas por naturaleza, solo nos enamorarnos de un hombre que nos maltrate y desprecie hasta la saciedad. ¡Qué de viriles os hacen estos atributos ante nuestros ojos!

-¡Cállate vieja!- Dijo mi padre mirándola con asco- cierra esa boca apestosa que me huele a demonio. ¿Quieres darnos de cenar? El chico y yo traemos hambre. Luego tendremos tiempo para tus juegos -rebuscándose en uno de sus bolsillos, le tendió a la vieja el saquito de diamantes humanos- ¡Aquí tienes bruja! Van unos ciento sesenta más o menos.

La vieja husmeó el interior de la bolsa, metiendo hasta el fondo su alargada nariz, como si fuera una mariposa que desenroscara su trompa hasta chupar el néctar de una flor; sonrió al instante como satisfecha de lo que había detectado con su desorbitado instrumento. Exclamó:

-¡Maravilloso! ¡Maravilloso! Tienen el olor que deja la muerte cuando se lleva la vida de un inocente. Bueno, como estaba segura de que no tardaríais en llegar, os propongo que paséis al fondo, os he preparado una cena copiosa y enérgica.

Nos guió hasta una pequeña sala que hacía al mismo tiempo de alcoba, comedor y laboratorio. A pesar de su escasa iluminación, pude hacerme una idea de dónde nos encontrábamos. A la izquierda de la instancia había una estantería que ostentaba todo tipo de libros, de los cuales, no recuerdo ningún título en concreto ya que por aquel entonces apenas sabía leer y escribir. Sobre la misma había tarros de vidrio que, ordenados por complejidad organizativa, mostraban el desarrollo embrionario de varias criaturas. También había animales enteros como era el caso de serpientes, lagartos, tortugas y algún que otro roedor. Un poco más allá podía verse un escritorio donde reposaban matraces que contenían líquidos de diversos colores, un mortero de cobre, una lupa provista de un mango hecho con colmillo de jabalí, que a juzgar por su grosor y tamaño, debería haber pertenecido a un macho bastante robusto. Otro tipo de cacharros que jamás había visto en mi vida ocupaban el espacio restante y todo se encontraba sucio y desordenado como si hiciera años que permaneciese deshabitado. No cabía ninguna duda de que allí era donde esta vieja chiflada llevaba a cabo todos sus experimentos esotéricos. Al fondo del todo había una chimenea de piedra, bajo la cual burbujeaba un caldo de un color negro como la brea. El olor que desprendía aquella cazuela era francamente nauseabundo. A la derecha se encontraba una mesa hecha con madera de pino, de forma rectangular, que parecía lo suficientemente grande como para que cenáramos los tres cómodamente. En medio de la mesa había una vela con forma de tridente, emitía una luz floja, de tal forma que al sentarnos parte de nuestra cara permanecería oculta en la penumbra. En definitiva, la sensación de estar allí se asemejaba a la de los sueños, todo teñido de una luz vespertina…

Mi padre y yo nos sentamos, lo cierto es que estábamos hambrientos, hacía que no probábamos bocado desde la mañana, que a decir verdad, había consistido únicamente en un mendrugo de pan duro como una piedra. Antes de sentarse con nosotros, la vieja se dirigió a un pequeño arcón y extrajo del mismo unas bandejitas con comida, si es que podía llamarse así a la bazofia que traía. No sé cuánto tiempo llevaba eso ahí guardado, pero os aseguro  que aquellas bandejitas ya estaban preparadas mucho antes de nuestra visita. Despedían un olor semejante al de la cazuela, cuyo contenido supondría el segundo plato de aquella cena tan copiosa y enérgica que nos aguardaba.

Cuando me fijé en su contenido no podía creerlo ¡Qué barbaridad! ¡Ni si quiera un muerto de hambre se atrevería a hincarle el diente a esa porquería! Una de las bandejas contenía cuatro sapos bien gordos, si cabe, aún más pasados que el campo de fiambres del que veníamos. Estaban tan pasados que el color de su piel se tornaba azulado, soltaban un líquido bilioso, mientras que de la boca le salían una espumilla de lo más repugnante ¡Su descomposición era algo más que evidente! A modo de guarnición de este suculento plato, nuestra cocinera nos sirvió un puñado de gusanos que por Dios juro que los muy cabrones aún andaban vivos y coleando, pues se retorcían en el plato como sanguijuelas por la carne. La otra bandeja contenía una cabeza de cordero que estaba partida a la mitad, ostentando su viscoso cerebro, de color rosado y  cubierto por una fina capa de moho. Después, la vieja nos trajo dos cuencos de cerámica, sobre los que había vertido hasta el borde el contenido de la cazuela. La muy cerda tuvo razón al decir que se trataba de una comida copiosa y enérgica, pues la puta sopa tan negra que era, resultaba ser de cucarachas. Estas flotaban en la superficie completamente calcinadas y estaban tan creciditas que parecían langostas.

̶ No sé qué clase de modales te habrán enseñado en tu casa, muchacho, pero en la mía todo a de comerse con las manos. Espero además que ni se te haya pasado por la cabeza lavártelas ¡Tienen que estar bien sucias!

̶ ¡Claro que no, señora! Mírelas usted bien  ̶ repuse yo en tanto que las extendía muy abiertas ante sus ojos ̶  que las traigo asín de haber tocado muchos muertos.

̶ ¡Qué cantidad de mierda no has servido, zorra!  ̶ vociferó el animal de mi padre.

̶ ¿Y qué esperabas, fiera?  ̶ respondió esta fabulosa mujer y, virándose hacia mí de nuevo, dijo  ̶ ¡Bien, niño! Me maravilla la educación que has recibido, te felicito por ello… ¡Ahora quiero que os zampéis todo! ¡Ay, mis amadas y adorables bestias!

La vieja se sentó frente a nosotros y nos contemplaba ensimismada. Entonces mi padre agarró de las patas al sapo más grande de la bandejita y se lo llevó a la boca sin miramientos. Parecía una serpiente devorando un ratón, su garganta empezó a dilatarse y cuando ya dio por finalizado el bocado, se lo sacó de la boca mostrando el esqueleto del vicho.

̶ ¡Jamás probé un bocado tan asqueroso! Ni la misma mierda sabe tan mal…

Apenas había tragado al sapo, agarró un puñado de gusanos y, apretándolos con fuerza (incidente que, por otro lado, hizo que reventarán las tripas de alguno), los devoró con la misma efusividad. Entonces, girándose hacia mí, todavía con la boca llena, me dijo:

̶ ¡Come, hijo! No te dejes amedrentar por estos alimentos  ̶ pasándose un brazo peludo por los morros    No existe otra forma de acrecentar un espíritu impuro.

Aunque yo quería ser como mi padre en todo, debo reconocer que para superar esta prueba me faltó coraje. Al menos al principio. De todas las bazofias allí servidas, la que menos asco me inspiraba era la endiablada sopa. Me llevé a los labios ese caldo infecto y, cerrando los ojos, lo tragué sin vacilar. Al menos no me suscitó ninguna arcada, por lo que me sentí con mayor valentía a la hora de atacar al cordero. Este último me resultaba más agradable a la vista, el cerebro me parecía hermoso, como el capullo de una amapola que comienza abrirse al llegar la primavera. Hundí mis dedos sucios como el hollín y me llevé el trozo a la boca.

̶ ¡Muchacho, muchacho!  ̶ aulló la vieja ̶  No hay bocado más delicioso que el cerebro. Todo se concentra allí, es como si hubieras devorado su alma.

̶ Las cucarachas no están mal, crujientes, nutritivas, aunque un poco quemadas. En cambio el caldo ¡Vieja loca! Parece sacado de una cloaca.

̶ ¡Ay, querido! Es que esa agua es la que, ya usada, reservo para un buen consomé. En esta sopa el caldo es una mezcla del agua que das de beber a tu asno, de la que me sobra a mí de mi aseo personal y de la que mana por la cañería de mi desagüe.

Con todo, dando unos sorbos cortos pero contundentes, mi padre acabó por finalizar la sopa. Atacó entonces la cabeza, de la que comió más de la mitad del seso de una sola sentada, de un pellizco le arrancó la lengua, que ya era de un color completamente verde, y la tragó igualmente sin contemplaciones. Antes de que arramplara con el resto, me hice yo con los ojos, que ya sea por alguna fijación particular o simplemente porque me atraía su tacto blando y gelatinoso, los comí casi con agrado, descubriendo que en realidad se trataba de un tentempié de lo más sabroso.

̶ La comida define lo que somos, de ahí que sea tan primordial llevar una dieta equilibrada y acorde con nuestra forma de pensar. Estos alimentos contienen las sales necesarias para forjar un cuerpo vigoroso y fuerte como un roble. Así como para desarrollar el espíritu fogoso y turbulento que anima vuestra vida. Especialmente para ti, mi dulce muchacho, que en menos de lo que imaginas habremos hecho de ti todo un hombrecito. ¡Ataca esos sapos, criatura! Cuando sus nutrientes se adhieran a las partes más sensibles de tu cerebro ¡Ya no habrá ácido que deshaga su dureza! ¡Tú alma será entonces digna de todos los placeres y tu corazón no volverá a encogerse ante nada ni ante nadie! ¿Imaginas tener la capacidad de ser completamente libre, alejado de todo remordimiento y manejar a voluntad tu propio destino?

̶ Tiene razón la vieja, hijo. No hay nada más horrible que el remordimiento, ni nada más grato que liberarnos de este parásito. Pues este no obedece más que al miedo de recibir un castigo externo y contrario al interés que mueve nuestros propios deseos. Muchos dicen que el remordimiento nace del interior de la propia consciencia, como si fuera una voz amable que nos precaviera de cometer malas acciones. Sin embargo, las acciones nacen de la espontaneidad del espíritu, y en este sentido, ante los ojos de la naturaleza, resulta indiferente que estas sean buenas o malas. Estas nociones no las crea la naturaleza, hijo, si no los prejuicios de una cultura enfermiza que trata de reprimir los impulsos más vivos de los que nos dotó esta sabia madre. Así, al contrario de lo que defiende la execrable moral, el enemigo nunca está en uno mismo, si no en el predominio de las instituciones y las leyes.

Tras estos elocuentes discursos, los prejuicios que antes me habían acobardado a la hora de probar esos sapos gordos y jugosos, se disiparon tan pronto como cobré conciencia de ellos. Dispuesto entonces a superar todo obstáculo que pudiera alejarme del placer y la verdad, comencé a desgarrar con los dientes aquella piel rugosa y viscosa que los hacía tan poco apetecibles.

Una vez más he de rendir culto a esta indispensable herramienta que es la filosofía, pues ¿Qué harían los hombres sin ella? Solo de ella depende nuestra felicidad en este mundo, guía infalible que nos ayuda a comprender nuestra naturaleza, desmontadora de prejuicios, consuelo del desdichado, amante de la verdad y ante todo, instrumento insustituible a la hora de forjar aquellas concepciones que amoldan nuestros deseos a la voluntad que mueve nuestro corazón…

Cuando todo lo hubimos devorado con saciedad y nuestros estómagos estaban satisfechos del acostumbrado vacío que los solía llenar, la vieja se levantó retirando las bandejas y cuencos, que sin pasarlos por agua los devolvió al arcón, dónde permanecerían  hasta la próxima visita. Entonces, llevándose las manos a la cabeza, en ademán de alguien que hubiera olvidado algo importante, nos dijo:

̶ ¿Cómo he podido ser tan despistada? Me olvidé de daros algo de beber…Bueno, no importa, ahora mismo lo saco. Os tengo reservado una sorpresita, además beberemos los tres, juntos canalizaremos la energía excedente y pondremos a prueba la efectividad de estos nutrientes… ¡Nuestros cuerpos se harán uno y, revolcándonos como animales, viajarán nuestras almas a umbrales del universo que ni imagináis!

De una pequeña vitrina junto a la estantería, que por estar pegada a ella y con la escasa luz que alumbraba la instancia no me había percatado antes; la bruja sacó un frasquito de cristal que contenía un líquido transparente con matices ocres casi imperceptibles. En el fondo del frasco había sumergida una extraña flor de un color gris pardo cuya cabeza estaba coronada de espinas.

̶ ¡Orujo de estramonio!  ̶ dijo esta mujer tan extraordinaria ̶  Se trata de uno de mis “gran reserva” y solo lo saco en ocasiones especiales. Tendréis el honor de probar una de las bebidas más exóticas que existen en el mundo, un exceso de la misma bastaría para matar a más de veinte caballos. Con unos doscientos grados de alcohol, dudo que encontréis una bebida más letal. No obstante, los efectos que puede producir en nuestro discernimiento  trascienden el plano de la fantasía y nos elevarán allí donde solo los dioses habitan. Esta flor de inconmensurable belleza, fue conocida entre nuestros antepasados tartesios  como la “hija del cielo”, más tarde los romanos la llamarían  la “flor de la vida” o “la benefactora de la humanidad”. Esta flor tenía la propiedad de otorgar valor a los hombres durante la batalla, transformando en cuestión de minutos al hombre más mísero y cobarde del mundo en un auténtico héroe… Sin embargo, esos palurdos de los cristianos, esa peste execrable que, como la gangrena, ha infectado toda la cultura occidental, no pudiendo soportar que ésta simple flor, nacida de las entrañas del bosque; supusiera una redención quinientas veces más superior que la de aquel Dios pusilánime que pretendían instaurar, decidieron llamarla “la flor del demonio”, denigrando de esta forma una flor que llegó a codiciarse más que todo el oro de América y que todo el opio de china.

Dicho esto, la vieja sirvió un dedal de este líquido que rezumaba desde el fondo de la copita desprendiendo un vaporcillo amarillento, que al respirarlo, creí yo que se me abrasarían las narices. Mi padre fue el primero en atreverse con este nuevo experimento de la bruja, sin meditarlo demasiado, lo tragó como si de agua se tratara y, fueron tales los espasmos y las deformidades que se dibujaron en su rostro, que fue todo un milagro que pudiera contarlo: la cara se le puso de un morado intenso, en las sienes, unas venas gordas como meñiques parecían a punto de estallarle y el blanco de los ojos se enrojeció  como si a estos los hubiera sumergido en un tanque de ácido.

̶ ¡Me cago en Dios!  ̶ Aulló este enloquecido ̶  ¡Jamás probé un veneno igual! ¡Más, zorra! ¡Quiero más de este elixir embrujado!  ̶ excitada como las gatas cuando les viene el celo, la vieja sirvió dos dedales más  ̶ ¡Hostia puta! ¡Me cago en la redomada puta virgen María!  ̶ Vociferó mi padre de nuevo, pero esta vez, golpeando tan fuerte la tabla de la mesa que poco faltó para tirarlo todo al suelo ̶  ¡Mi hijo! ¡Sirve a mi hijo, cacho de puta!

Obedeciendo a la mala bestia der mi padre, la vieja se aproximó babeando, tal era su grado de lubricidad y, como nada más iba vestida con una simple bata de verano, al inclinarse sobre mí con el objeto de servirme, pude contemplar unos senos flácidos y arrugados que se vislumbraban sin disimulo desde el escote que le proporcionaba el enganche de la bata. Aunque anteriormente ya había tenido más erecciones, la que experimenté con esta visión sobrepasó todo lo concebible, pues como si cobrara vida propia, mi pene alcanzó unas dimensiones inimaginables, hasta el punto que pensé que me iba a reventar el pantalón junto con todo lo acumulado en mis cojones durante los once años de mi vida. Sin más dilación, acabé de un sorbo el contenido de mi copa y ante Dios juro que sentí morir en aquel instante, pues creí pensar que todo se deshacía en mi interior como si lo que hubiera tragado fuera un río de lava. La vieja también bebió y, pasando por el mismo trance, los tres nos pusimos a tono con el endiablado estramonio.

̶ ¡Por Cristo que jamás había estado tan cachonda! Pero como el placer es cosa de contención, antes de seguir adelante, quisiera que me fustiguéis hasta la extenuación de vuestra fuerza.

Entonces la bruja corrió a por un juego de fustas que solo dios sabría donde lo guardaba y, para incrementar más aún la fantasía de esta prodigiosa mujer, nos ordenó que nos pusiéramos unas máscaras a modo de disfraz, pues solo en el juego del simulacro uno puede fardar de haber perdido todo atisbo de humanidad. A mí me entregó una que tenía aspecto de trasgo, acorde con mi estatura, pues entre ellos no parecía más que un mísero duendecillo. A mi padre le ofreció una cuyo óvalo era todo como el de una pantera, cada detalle estaba confeccionado a la perfección, la piel estaba hecha de un terciopelo brillante como el azabache, ésta le cubría todo el rostro salvo las dos rendijas destinada a los ojos que resplandecían tras la máscara ebrios de lujuria. También podían distinguirse los bigotes del felino que le crecían alrededor de una almohadilla color carne que hacía de nariz. Por último, en la abertura de la boca, sobresalían unos colmillos afilados, de tal modo que estos quedaban sujetos a la boca de mi padre y se fijaban desde dentro. Por su parte, la bruja, cuyo rostro era ya de por sí inhumano, prefirió no usar ninguna. Si a todo este conjunto sumábamos la locura en la que nos tenía sumidos el estramonio, fácilmente pasaríamos por emisarios del diablo anunciando el apocalipsis.

Tras quedarse completamente desnuda, atamos a la vieja de todas las extremidades con unas cuerdas destinadas a tal uso y que encontramos en el interior del estuche donde guardaba las fustas.

̶ ¡Azotarme mal nacidos! ̶  Dijo ésta loca echando espuma por la boca.

Mi padre agarró la primera que encontró, compuesta por cuatro látigos de cuerda trenzada, cuyo extremo consistía en tres pequeños garfios. Una vez fijados en la carne con el primer impulso, al retirarse, desgarraban la piel con mucha facilidad mientras la sangre, sin demorarse un momento, brotaba con libertad allí dónde los garfios habían plantado su beso. Entonces la vieja comenzaba a estremecerse, gritando como una endemoniada, desembocando en una crisis voluptuosa y terminando con una lluvia de flujo que escupía su peludo coño abierto como un higo. Tras trescientos azotes mi padre me cedió el turno. Yo me serví de una fusta algo más modesta pero no menos eficaz. Más corta que la anterior y compuesta únicamente por dos cuchillas en el extremo, comencé a golpearla en forma de cruz en la zona de los riñones y en las pantorrillas. ¡Como chillaba la desgraciada! Igual que a los gorrinos a los que cortan la yugular durante una matanza. Como esta vieja carecía de límites, decidimos desatarla antes de que perdiera el conocimiento, entonces mi padre se sacó una verga gigantesca, gorda como una de mis piernas y al menos tan larga como tres veces mi antebrazo. Comenzó a montarla por detrás igual que un toro y, embestida tras embestida, la vieja comenzó a sentir tanto placer que acabó por mearse encima.

̶ ¡Hijo de la gran puta!  ̶ gemía la perra ̶  esta polla tuya es más grande que la de un caballo… ¡Dale más bribón! ¡Ahh..! ¡Sí..! ¡Así! ¡Dios de los cielos! ¡Voy a pringarlo todo cojones! ¿Dónde coño está el niño?  ̶ Virándose en mi busca ̶  ¡Ven aquí hostias! ¡Quiero chuparte! ¡Voy a tragármela hasta los huevos!

La vieja no me dejó ni desabrocharme el pantalón, sus hábiles dedos pronto encontraron lo que su boca tanto deseaba. Atónita al ver un miembro tan erecto y duro para una edad tan prematura, comenzó a chuparlo con devoción. Todo lo recorría, desde la punta del glande hasta el escroto de mis cojones. A la muy zorra se le habían puesto los ojos en blanco. Su lengua era como una babosa gorda que al moverse lo impregnara todo de una babilla que hacía muy cómoda la succión. Trabajaba con mucha diligencia, tan estupendamente, que en menos de un par de minutos yo pensaba que iba a echarlo todo en su boca. Entonces me apretó de los cojones cortando repentinamente la eyaculación, me dijo:

̶ ¡No te corras cabroncete! Quiero que acabes en mi culo, es allí donde debes soltar lo que tus pelotas quieren descargar en mi boca.

Me cambié de posición con mi padre, cuya polla le ocupaba al menos un tercio del esófago de la vieja. Debido a mi falta de experiencia, una de sus manos colaboró para guiarme por el estrecho sendero donde debía introducir mi miembro, sin embargo, fue tan brusca que, al echar hacia tras el pellejo, se rompió el frenillo. No obstante, apenas sentí dolor, ¡tal era el estado que me embargaba! He de reconocer que aquel conducto era todavía más cálido que el de la boca, donde las paredes rugosas me dieron mucho placer cuando mi pene entró en fricción con ellas, finalmente, tras un par de empujones no pude aguantar más y lo eché  todo adentro. Fue un chorro largo y espeso como nunca antes había experimentado. El culo de la vieja pareció recibir mi ofrenda con sumo gusto, pues de la relajación se me cagó encima. Aún más bárbara fue la eyaculación de mi padre, que durante casi dos minutos tuvo a la vieja bebiendo su formidable y consistente leche.

Cuando todo hubo acabado, nos dejamos caer rendidos en un jergón que la mujer extendió sobre el suelo de la instancia. Todo me daba vueltas, las pocas palabras que cruzaron entonces estos monstruos a penas llegué a entenderlas, todo se mezclaba en mi cabeza: la forma de los objetos se fue desfigurando ante mis ojos, la luz fue adquiriendo diversas tonalidades hasta fusionarse con el resto de la sala. Tampoco era capaz de distinguir los cuerpos, que entrelazados unos con otros, pasaron a formar uno solo como una especie de organismo vivo que se retorcía entre charcos de sangre, flujo y esperma. Mi imaginación flotaba desbandada muy lejos de allí, como un joven mirlo que alzara por primera vez el vuelo consciente de su libertad. ¡Qué lejos me sentía de este mundo y cómo de insignificante me parecía todo cuanto hubiera conocido! ¿Qué valor podría otorgarse a la vida cuando uno experimentaba esta sensación de eternidad? Todo el universo se me figuró entonces como un desierto en el que soplase un viento continuo, donde todas las formas que se dibujasen sobre su lisa arena, volverían a borrarse tan pronto como su ciega e incomprensible voluntad se encaprichase de nuevo.

Cuando desperté tenía la cabeza como si mil púas la atravesaran. Me pitaban los oídos y en el estómago sentía unas nauseas horribles. Sin embargo, conforme me fui despejando, una paz interior fue invadiendo mi alma hasta llenarla de dicha, igual que un rayo de sol que bajara de entre las nubes para calentarnos en la fresca alborada. Esta felicidad, me embargaba a tal punto, que pronto mis dolores se disiparon como si fueran niebla y, tras el episodio desenfrenado que viví la pasada noche, hasta la bruja me pareció más hermosa. A mi padre también se le notaba mejor aspecto: aquel ceño fruncido que le volvía un hombre amargo y cansado de vivir; se había borrado del rostro junto con todas las arrugas que va trazando una vida marcada por la miseria y el sufrimiento.

¡Qué bien sienta liberarnos de esa mala sombra que turba nuestros deseos! Pues, como ya afirmaron los filósofos, la naturaleza es una madre sabia y precavida que, siendo consciente de las duras pruebas que nos exige la vida, siempre dota a sus criaturas de una energía excedente y superior a la necesaria, de tal modo que si no aprendemos a canalizarla mediante una economía del deseo favorable a nuestros instintos, ésta puede volverse contra nosotros ocasionando todo tipo de trastornos y enfermedades. ¿Cómo podría explicarse si no el fenómeno de los sacrificios, las orgías romanas o la beligerancia que define el sentido y la historia de los distintos pueblos? Todo ello no obedece más que a una sola cosa: la destrucción es una parte indispensable de la vida pues sin aquella ésta no podría desarrollarse. ¿No se expande y contrae el universo en su eterno devenir? ¿Quiénes eran los héroes nórdicos si no aquellos que, sedientos de vida, proclamaban todo lo que en ella había de salvaje y sublime? ¿Acaso no era una costumbre entre las tribus más antiguas de la especie devorar el corazón de sus enemigos? ¿No les dotaba todo ello de una fuerza superior que hacía más fascinante la vida? Ante aquellos que hacen propaganda de quimeras y utopías, deberíamos advertirles de que todo se define desde su contrario, pues, como es la vida a la muerte, también es la muerte a la vida y ambas cosas no constituyen sino dos formas en las que deviene lo existente.

La vieja nos despidió en el umbral de la puerta, al vernos, el asno nos recibió rebuznando ¡Qué poco la había durado la calma! Mi padre me mandó desatarlo mientras cruzaba unas últimas palabras con su amiga.

̶ Esto es para ti  ̶ dijo ésta entregándole un saquito de monedas ̶  por lo del oro, ya sabes, el proceso de la alquimia es un trabajo laborioso y resulta muy fácil mandarlo todo al diablo. Con solo un despiste… ¡Niño!  ̶ Exclamó y, haciéndome una seña con el dedo para que me acercara, continuó ̶  ¡Ven! Esto es para ti, toma, te lo has ganado. Ahora eres todo un hombre.

Me entregó dos monedas, era la primera vez que tenía algo así entre mis manos y me puse muy contento. Desde ese día el dinero pasaría a convertirse en mi mayor obsesión, pues en este cochino mundo nunca existirá nada más valioso. Ni si quiera la flor del estramonio podría comparársele. El dinero es la sangre del mundo, el principio de la vida y la llave para la felicidad. ¿Qué puede haber más atractivo que el poder que éste nos da? ¿Qué hace que en este mundo corrompido y corrupto lo que une a unos pocos se convierta en un pretexto para la división y el enfrentamiento del resto? ¡El dinero! ¿Qué puede hacer que el fin justifique siempre los medios? ¡El dinero! ¿Qué es lo que nos hace más libres y cuál es, en definitiva, lo que marca la diferencia entre un Dios y el resto de los mortales? ¡El dinero! ¡El dinero! ¡El dinero!

̶ A esta guerra poco le queda, posiblemente en un año todo haya acabado. ¿De dónde cojones quieres que siga sacando más dientes? Llevo saqueados más de cien cuerpos y tú llevas prometiéndome el oro desde hace más de dos años… Me juego el garrote con cada diente y siempre andas poniendo escusas.

̶ No voy a necesitar más dientes. Lo tengo todo listo, ahora es solo cuestión de esperar ̶  Repuso la vieja.

̶ ¡Mira! Volveré pasada la guerra, más te vale que me tengas los lingotes listos para entonces o si no juro que te arrancaré la cabeza por ladrona y embustera. Como me entere que todo esto es una farsa… ¡Te juro que! ¡Te…!

̶ ¡Cállate ya bribón! No es una jodida farsa. Tendrás tu oro. Palabra de bruja  ̶ dijo ésta alzando la mano derecha sobre su corazón ̶  ¡Iros ya o la tormenta os pillará de camino! Ya sabes donde vivo…

Emprendimos el camino de regreso, la mañana había salido nublada y una lluvia fina caía sobre nosotros enlodando el camino. Los cuervos graznaban. Viré hacia atrás un par de veces hasta que perdí de vista la cabaña, quién sabe si la bruja nos aguardaría la próxima vez con la mismas bandejitas, quién sabe si no tendría ya todo listo para entonces…

 

 

 

 

 

 

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