La Tiza, capítulo III. La pequeña Obdulia

Teníamos que dar muchos rodeos y la lluvia, que no solo no menguaba sino que fue en aumento conforme pasaban las horas de la mañana, hacía el camino lento y pesado. El terreno arcilloso resultaba bastante resbaladizo, donde las pezuñas del asno quedaban atrapadas con frecuencia en el fango, por lo que mi padre decidió apearse y ayudar a éste tirando de las bridas que tenía sujetas al hocico. Además, como la guerra no andaba lejos y eran muchas las pequeñas poblaciones que circundaban los alrededores, donde de seguro habría soldados hambrientos y desamparados, debíamos tomar siempre el camino más largo, huyendo de los pueblos y las líneas que formaban el frente.

El paisaje era de una belleza desoladora, pues habiendo dejado atrás los bosques de castaños y robles, el follaje fue clareando pasando de verdes jaras y pequeños matorrales a extensas dehesas de encina y alcornoque que se dispersaban sobre el infinito amarillo de los campos. Con la lluvia, los caminos adquirían un tono bermejo y se extendían sinuosos hasta perderse en la brumosa línea del horizonte.

Habíamos recorrido ya la mitad del camino, cuando en lontananza un estruendo ensordecedor produjo tal tembleque que sentimos el vibrar de la tierra bajo nuestros pies. A continuación, como si fueran las piernas de un coloso, columnas de humo se alzaron desde el fondo hasta el aglomerado gris del cielo y dos aviones pasaron de largo silbando sobre nuestras cabezas a la velocidad del rayo.

No habíamos andado ni tres kilómetros cuando de frente comenzamos a ver lo que parecía un convoy compuesto por tres blindados, que a decir verdad, no se asemejaban a los del ejército profesional. Parecían tratarse más bien de furgones enchapados de forma improvisada que no daban el aspecto de poder frenar demasiadas balas. Uno de ellos estaba completamente volcado, con las ruedas mirando hacia el cielo, como un escarabajo que pataleara imponente por ser incapaz de voltearse de nuevo. El otro había caído de lado, de uno de los laterales sobresalía aplastado un brazo. Otros dos hombres se habían estampado contra la luna del vehículo y podían verse pedazos de seso esparcidos por la chapa azulada del mismo así como pequeños charcos de sangre que ya estaban empezado a coagular. El último andaba un poco más alejado, estrellado contra el macizo tronco de un alcornoque donde todavía salía humo del capó deformado como el fóle de un acordeón. Dos hombres completamente carbonizados andaban desparramados junto a éste vehículo en cuyo lateral podía leerse: “F.A.I.”.

̶ ¡Milicianos! ̶ Dijo mi padre mientras me hacía un gesto con las manos para que bajase del burro ̶ Vamos hijo, ya sabes lo que tienes que hacer. Yo voy a ver en los vehículos, si estos desgraciados se dirigían al frente, quizá podamos encontrar algo de comer…

Pasé de los hombres carbonizados, pues de las cenizas poco puede sacarse. Entonces me encaminé entre los otros dos vehículos y descubrí que en aquel camposanto revolucionario había desperdigados, como piezas de un rompecabezas, todo tipo de miembros: el casco de una cabeza, que resplandecía bajo la luz de un rayo que asomó tímidamente desde las alturas, un par de piernas, brazos, manos e incluso dedos. También había cachos de neumático, cristales, cajas de munición, armas etc.

El olor a carne quemada me abrió el apetito, que aunque humana, no por ello dejaba de ser carne ¡Sabe Dios lo que hacía que no probaba un buen pedazo! Pero como la pólvora y el caucho quemado que las impregnaba no debían de ser cosa buena, decidí no hacer caso a la tentación de mi estómago. Hacia el fondo vi dos cuerpos más, las moscas ya habían acudido a su encuentro y revoloteaban en círculo con su característico zumbido. ¡Qué felices las cabronas! pues en lo que yo no hallaba de comer, ellas se frotaban las patitas como diciendo “menudo plato suculento nos espera”. Andaba rebuscando en los andrajos de uno de estos hombres, cuando de repente sentí que una mano se me agarró fuertemente al tobillo. Catatónico, me viré atemorizado. El rostro al que pertenecía esa mano era el de un hombre sucio que presentaba cortes y magulladuras por toda la cara. Tenía una mirada fija en un punto que parecía oscilar como entre dos mundos. Entreabriendo la boca mostró unos dientes cobrizos, dejando caer una baba mezclada con sangre que se le desparramó por la barbilla.

̶ Agua… compañero. Agua, por favor… ̶ Dijo.

Estremecedores espasmos le sacudían todo el cuerpo y con la mano que tenía libre, porque la otra del tobillo no se soltaba, comenzó a palparse en una de las piernas. Pensando que iba a sacar un arma o algo así, observé hasta donde pretendía llegar con esa mano trémula y entonces me percaté que de la rodilla para abajo le faltaba el resto de la pierna.

̶ ¡Padre, Padre! ¡Aquí hay un hombre vivo!

Entonces mi padre apareció con un fusil entre las manos. Dijo:

̶ Agua no llevamos, compañero.

Torciendo ligeramente el mentón, se le dibujó una sonrisita malévola. Sus ojos brillaban de satisfacción.

̶ ¡Agua! ̶ Insistió el hombrecillo casi desfalleciendo.

̶ Primero quiero que apartes tu sucia mano de mi hijo… ¡Bastardo!

̶ ¡Solo quiero un poco de agua! ̶ Dijo aquel de nuevo, pero esta vez soltando la mano, cuya fuerza me había dejado marcado con la forma de sus dedos. Era como si con ese gesto se hubiera asegurado de que aún permanecía anclado en el mundo de los vivos.

̶ ¡Quiero dispararle, padre! ¡Mira lo que me hizo! ̶ mostrándole la marca sobre el tobillo ̶

Quisiera yo matarlo y saber lo que se siente.

̶ No, hijo. Entiendo tu deseo al igual que lo comparto, pero ¿Por qué acabar con el sufrimiento de este desdichado? Prefiero aguardar hasta que la muerte apague la luz de sus ojos. Ello es lo que me aconseja la naturaleza, pues si en su voluntad está alargar el dolor de esta inmunda criatura, nosotros no deberíamos acortar sus intenciones. Escrita está en sus leyes que este hombre viva un poco más, y en tal caso, lo que mejor podemos hacer para servirla, lo que verdaderamente está en nuestras manos, no es otra cosa que prolongar su agonía.

̶ ¡Tened compasión de mí, os lo suplico! ̶ Insistió este sin dar crédito a lo que oía.

̶ ¿Compasión, dices? ̶ soltando una carcajada ̶ jamás hallé tal sentimiento en mi corazón, compañero. ¿Acaso hay compasión en la naturaleza? ¿Crees que tu dolor le importa…? ¡Claro que no! ¡Sorda es a tus deseos como benevolente con mis actos! No te daré agua, dejaré que mueras solo, abandonado en este descampado como un sucio perro…

̶ ¡Vámonos hijo! ¡Qué afortunados hemos sido! ̶ lanzándome un mendrugo de pan ̶ mira lo que tengo, y aquí, en esta bolsa, hay queso, salchichón y un poco de vino. ¿Ves que la fortuna solo está del lado de quien sabe aprovechar bien las oportunidades? Hoy cenaremos bien, mañana ¡solo Dios sabe! Así, todo es dominado por el azar y todo lo que es bueno para unos será malo para los otros. ¡Eterna lucha nos aguarda en este mundo! Si no hubieran muerto estos hombres ¿dónde pondrían sus huevos estas moscas? La muerte es el principio de otra vida y la vida el comienzo de otra muerte, todo funciona así, un movimiento perpetuo como el de las constelaciones y las galaxias que forman el universo. El mundo perfecto solo es una fantasía de aquellos que reniegan de este mundo, igual que estos milicianos, ¿no son ellos los nuevos mensajeros del infame cristianismo? ¿Qué diablos es eso de que los hombres somos iguales por naturaleza? Si en efecto fuéramos iguales ¿A qué viene que unos nazcan vigorosos y fuertes y otros, por el contrario, débiles, raquíticos y enclenques? Si, como dicen, el mundo ha de ser un lugar habitable para todos, donde no reine la injusticia ni la desigualdad ¿a qué viene entonces, que en la naturaleza, sea un hecho el que abunde la escasez y escasee la abundancia? En consecuencia, ¿existirá a caso mayor mal que el de atentar contra los designios de la naturaleza? Sin embargo, estos hombres corrompidos y absurdos, impulsados por el espíritu de la debilidad y el resentimiento, buscarán siempre objeciones a nuestros buenos principios y, con orgullo, nos dirán: “El hombre es como una hoja en blanco para la naturaleza, está por hacerse así mismo y solo de él depende el cómo forjar su propio destino”. ¿Acaso creen estos miserables gusanos que son dueños de sus pasiones? ¿No nos son estas impuestas al nacer?.. “¡Hay que pensar en el progreso!” dicen. ¿Pero de qué progreso hablan estas gentes? Muchas serán las formas de disfrazar a la bestia, muchas las artimañas para disimularla, pero en el fondo de su alma saben que el lobo nunca duerme, que siempre mantendrá un ojo abierto y, cuando menos lo esperen, éste saldrá de su escondite para devorar a los corderos. “El hombre puede elegir entre el bien y el mal” Dicen estos parásitos, no obstante, ahí no discreparé, hijo, claro que podemos elegir y mi elección es ésta ̶ entonces, levantando una de sus enormes botas presionó con fuerza la pierna amputada del miliciano y este comenzó a aullar de dolor retorciéndose como un insecto por el lodazal ̶ ¡El mal, hijo! A ello es a lo que nos mueve este espíritu fogoso y cruel que nos inspira la naturaleza…

Poco a poco la lluvia fue amainando y las nubes dejaron paso a un sol radiante y luminoso que secó de nuestros cuerpos toda la humedad acumulada durante la tormenta. Finalmente, en el declinar de la tarde, divisamos desde una loma más o menos elevada el arrabal donde vivíamos, discerniéndose sobre el mismo nuestro maltratado pueblo. El cual, a lo largo del transcurso de la guerra, había sido reducido a un montón de escombros. El color blanco de las casas se había ensombrecido por el humo de los bombardeos, en la mayoría, el tejado se había venido abajo, al igual que muchas de sus paredes, siendo muy pocas las que se seguían conservado, y aún así, estaban agujereadas como los quesos Gruyer. Las calles parecían sacudidas como por un terremoto y en ellas se respiraba un clima siniestro, de una calma que solo la proporcionaba el silencio pos mortem. Deltorreón y el campanario se conservaba tan solo parte de su estructura interna, ostentada como un esqueleto, una visión tétrica, como la de los árboles deshojados del otoño que alzasen contra el cielo sus ramas raquíticas en ademán de protesta.

Descubrimos a madre barriendo la entrada de nuestra choza, que como ya aludí anteriormente, no era precisamente lo que se entiende por una mujer atractiva, pues todo en ella no era más que pellejo y mal humor. Se trataba de una mujer mezquina y cotilla, que cuando no descargaba su rabia contra mi padre, se dedicaba a echar pestes del vecino, y si no había de quién quejarse, entonces parecía consolarse de las desgracias ajenas, quizá también por tapar las suyas, que ya eran muchas. Su melena lisa y entrecana la solía llevar recogida en un moño, costumbre que, por otro lado, le hacía parecer más vieja de lo que era. Vestida siempre con el mismo atuendo roído y andrajoso, uno podía sentir al verla antes vergüenza que lástima, por ello era que mi padre siempre la quería bien dentro de casa, asunto que conseguía a base escarmientos, pues las mujeres y los niños, igual que los animales, solo parecen entender a base de golpes. En definitiva, mi madre era una mujer que escaseaba de virtudes. No así en defectos, pues de estos podía presumir hasta hartarse, ¡No había uno solo del que careciera!

Cuando se percató de nuestra presencia, escrutó sus ojos pequeños como botones de alabastro y nos saludó con el hocico como si fuera una rata.

̶ ¡Buenas horas son estas de llegar, desgraciado! Además me arrastras al muchacho al mal camino que tú llevas… ¡Holgazán! ¡Mal marido…! ¡Qué desgracia la mía! Haber nacido para ser la sirvienta de un ogro y la madre de un engendro…

̶ ¡Bravo, bravo! ̶ aplaudió mi padre ̶ ¡Cállate ya puerca raquítica! ¡Cállate si aun quieres conservar la dentadura de escorbuto que me llevas! Si por tan mal marido protestas, echa un vistazo a esto… ̶ mostrándole la bolsa con comida ̶ El muchacho y yo hemos ido por los caminos, porque él pronto será un hombre y debe aprender a ganarse la vida. ¡Toma esto arpía! ̶ entregándole el saco con monedas ̶ ¿Vas a quejarte del fruto de mi holgazanería? Y ahora, quiero que desplumes a una de las gallinas ¡Vamos a cenar hoy como el señor mande!

Una breve y casi imperceptible sonrisa, que en muy pocas ocasiones se esbozaba en la arqueada comisura de los labios de mi madre, se dibujó en su semblante pálido y arrugado. Porque, ya que el capricho era algo completamente vetado para la gente de nuestra condición, una mujer espera como mínimo de su conyugue que éste le agrade con algo que llevarse a la boca o quizás algún dinero que le permitiera comprar nuevas telas con las que remendar una y otra vez el mismo vestido. Sin embargo, como se ve que nuestra dicha solo podía triunfar durante un mísero instante para hundirse de nuevo en el pozo de la desgracia, esa levísima sonrisa que acompañó a un extrañísimo instante de alegría, pronto se desvaneció como si nunca hubiera existido.

̶ No habrá ninguna gallina que desplumar ̶ lamentó la desdichada ̶ en vuestra ausencia, los moros del general acamparon en los alrededores y no han sido pocas las chozas del arrabal que han sufrido el hurto de sus manos ladronas. Debí yo estar dormida cuando esos malnacidos robaron todas las gallinas, porque al despertar y bajar al corralito para darles el grano ya no quedaba ninguna. Por ser moros, al marrano ni lo han tocado, pero el huerto al igual que las gallinas nos lo han desplumado.

Al oír esto, mi padre profirió Dios sabe cuánta blasfemia, bajó a comprobar por sí mismo lo que mi madre decía y viendo el desastre que había ocasionado nuestra afable excursión, se cubrió el rostro con las manos y le escuché llorar como a un niño. Desde ese momento su humor se tornó insufrible, golpeó a mi madre por negligente, la cual, como si se tratara de un efecto rebote, descargó sobre mí la rabia de mi padre y me molió a palos. Cuando nos hubimos tranquilizado un poco, nos dispusimos en torno a la tabla que nos servía de comedor. Mi padre tomó asiento en la única butaca de nuestro humilde hogar, bebiendo descosidamente el vino e, impulsado por su inigualable caridad, nos arrojaba al suelo la pielecilla que le sobraba del salchichón así como las cortezas del queso que trajimos.

̶ Tampoco llega a tal extremo nuestra desgracia… Jajaja ̶ chilló la loca, con esa vocecilla que le venía de lo más adentro cuando olvidaba una desgracia propia y se regocijaba de las ajenas ̶ ¿Sabes que aconteció a la pobre Hermenegilda? Si te parece mucha desgracia la nuestra, marido, escucha con atención. Como se sabe en todo el pueblo, el marido de ésta, Toribio, era más rojo que la piel del demonio y sabiendo esto los moros, sacáronlo a rastras de su escondite y, obligando a su mujer a presenciar la escena, lo despellejaron como a un conejo y ahora dice el buen cura que se han fabricado botas con la piel del rojo… Jajaja.

̶ ¡Carteras me haría yo con los huevos de esos cabrones! ̶ balbuceó éste medio ebrio.

Debido a la generosidad de mi padre, mi madre encendió una lumbre y puso a cocer dos cebollas, de las cuales a mí solo me tocaría un cuarto, pues así eran las relaciones de poder en las que se sustentaba el equilibrio familiar de mi casa.

̶ ¡Anda maridito! Pásame un poco el vino, comparte con tu mujer y ahoguemos penas.

Bebiendo el vino que éste le había dejado, la muy endemoniada continuó contando más desgracias:

̶ Y a esa viuda de Godofreda… A esa que llaman la epiléptica ¡Jajaja! ¿Sabes que aconteció, maridito mío? ̶ achispada por el vino, a esta mujer, malvada por naturaleza, no solo le levantaba el ánimo nutrirse de cuantas desgracias pudieran humillar o destrozar la vida del prójimo, si no que, conforme las relataba a la tétrica luz de la lumbre, su rostro parecía adquirir mayor salud, incluso mayor belleza. Sabía por experiencia que el relato de todas estas fatalidades no solo la hacía más atractiva ante los ojos de mi padre, que en la mayoría de las ocasiones procuraban mirar siempre para otro lado, sino que además llegaban a enternecer su corazón de piedra, un corazón tan impuro como el de mi madre. Quizás pueda llamarse a esto amor, aunque no puedo asegurarlo, pues yo mismo jamás conocí este sentimiento y jamás pretenderé conocerlo… ̶ denunciada por no sé quién de colaborar con los comunistas, fue sorprendida por estos carroñeros de áfrica y, violada tantas veces como hombres penetraron en su instancia, fue sacudida de tales espasmos que acabó por ahogarse en su propia espuma.

Entonces mi padre, inspirado por estos comentarios, se aproximó a mi madre y empezó a lamerla con su lengua amoratada e hinchada por el vino. Ésta, que comenzaba a excitarse con aquellos voluptuosos lengüetazos, se entreabrió de piernas permitiendo que la manaza de mi padre hurgara en su matojo desgreñado y sucio. Por su parte, y sin dejar de chismorrear, mi madre agarró la polla del monstruo y empezó meneársela con los dos puños…

̶ ¡Ahh…! ̶ gemía el basilisco ̶ Y… y… el labrador, Valentín, el mismo anarquista que provocó aquel alboroto en la plaza del pueblo, con aquellos necios discursos sobre la revolución, a ese lo llevaron preso los moros hasta la hacienda del Marqués. Éste les había prometido una copiosa suma de dinero si ataban al predicador a cuatro de sus caballos, de tal forma que con el azote de las bestias éste fuera completamente desmembrado… ̶ ¡Oh… sí…! ̶ Decía el Marqués ̶ continuaba mi madre mientras el otro la penetraba hasta el fondo de la matriz ̶ que quería desayunar contemplando aquel espectáculo mientras las primeras luces del alba acariciaban su rostro…

Enroscados como culebras sobre la tierra del lúgubre cuartucho, yo contemplaba la escena desde un rincón mientras devoraba mi pequeño cuarto de cebolla. Entonces no pude reprimir el irrefrenable deseo de masturbarme observando el origen de lo que una vez fue mi creación, y considerando esta maravillosa idea, eyaculé morbosamente sobre las fornidas espaldas de mi padre…

Como fruto de aquella noche inolvidable, nueve meses después nació mi hermana Obdulia. Ésta niña, nacida de las fétidas cloacas de mi madre, era curiosamente de una belleza casi divina. Tenía una piel suave y delicada, del pelo le caían rubios tirabuzones, el óvalo blanco como la porcelana contrastaba con unos mofletes regordetes y de una tez rosada e inocente. Dos ojitos azules miraban muy vivos y resplandecientes desde un iris lapislázuli. En definitiva, la pequeña Obdulia parecía lo que se dice un ángel caído del cielo. Era difícil no conmoverse ante ella, hasta mis padres, aquellos dos monstruos de la naturaleza, mostraban ante Obdulia unos sentimientos de cariño y afecto de los que yo siempre fui radicalmente marginado. La belleza de Obdulia, su temperamento dulce y enternecedor, me lo representé como una artimaña del diablo para ahogar en mí lo poco que habría ya de redención. De esta forma, si mi hermana despertó en aquellas dos innobles almas sentimientos de bondad y ternura, aunque solo fueran auténticos mientras contemplasen al objeto amado, porque es así como el objeto del amor actúa sobre nuestra atención, eclipsando al resto de seres que nos rodean y proyectando sobre lo amado todo tipo de perfecciones y atributos irreales; en lo que a mí respecta, solo supuso el inicio de un proceso de metamorfosis, donde el gusano del mal, gestando como un virus y codificado en mi ADN desde tiempos ancestrales, pronto emergería de aquella fina crisálida que hasta entonces lo ocultaba…

¡Qué dolor más insufrible el de contemplar la belleza en un mundo donde solo existe la deformidad! Estas almas puras e inocentes, acontecimientos accidentales de una naturaleza obstinada en sí misma, tienen la capacidad de provocar la ira de los malvados y abrir una especie de brecha en el orden de las cosas. Yo veía en mi hermana algo así como la reencarnación de Cristo, que avenido a un mundo cruel y despiadado, actuó siempre de forma honesta, abriendo su corazón a los hombres y uniéndoles por un sentimiento superior al odio que los dividía. Era el amor como tal, el puro amor desinteresado y ejemplar que traería la paz entre hombres enfrentados por sus celos y envidias. Sin embargo, al ver yo que la supervivencia en este mundo dependía exclusivamente del egoísmo, instinto por antonomasia y del cual se derivan el resto de nuestras acciones, me encontré irremediablemente impulsado por la necesidad de acabar con la vida de mi propia hermana, pues de esta acción dependía mi propia integridad en el mundo. Cuestión que, como ya he dicho, no dejaba de ser más que puro egoísmo, pues de ninguna manera podría culpar a mi hermana de la forma en que había sido concebida, como tampoco ella a mí, pues los dos habíamos sido engendrados por esta naturaleza indiferente y hostil. Además, esta naturaleza solo conoce un método que garantice de forma efectiva su constante devenir: la eterna e implacable guerra entre los elementos de su creación.

Sé que estas reflexiones no serán nunca del agrado para la mayor parte de los hombres, y que muy pocos son los que las han defendido a lo largo de la historia. Resultan, en definitiva, una verdad incómoda, pero que una vez comprendida será imposible eludirla. Basta una visión caleidoscópica lanzada a este vasto universo que nos envuelve para convencerse de ella. La vida nunca será un elemento imprescindible, sino simplemente un hecho más de ostentación de las múltiples y variadas formas que tiene este misterioso universo de expresar su voluntad.

Por las mismas fechas en las que mi hermana Obdulia vino al mundo, la guerra entre los hermanos de España terminó por dar sus últimos coletazos de vida. Ese monstruo, creador de nuevos paradigmas, se consumía al fin entre las últimas luces de su ocaso. La muchedumbre se lanzó a las calles saludando con el brazo en alto a este nuevo sol que iluminaba con luz pálida los restos de su miseria. Pero como en toda nueva época es un hecho prioritario el borrar las huellas de su pasado, la flamante maquinaria se puso de inmediato manos a la obra y, si ya fueron muchas las vidas que se tragó el huracán de la guerra, todavía serían más las víctimas que resultarían de estas nuevas operaciones de depuración, pues todo el mundo sabe que a veces es mucho peor el remedio que la enfermedad. Mi familia tampoco se libraría de esta redención. Estaba decidido a ser un hombre de la nueva España, y con la maldad como religión, aproveché las circunstancias para librarme del yugo familiar. No me dejaba de resultar irónico el hecho de que para esta nueva España, no menos hipócrita y corrompida que la anterior, la religión cristiana y la integración de todos los valores tradicionales, entre ellos los de la familia, fueran uno de sus pilares fundamentales, cuando en lo que a mí respecta, lo que estaba a punto de ejecutar no consistía en otra cosa que en la aniquilación de mi propia familia. Mientras el febril delirio colectivo inflamaba las calles durante el día, durante las noches, revestidos de su atuendo azul marino, los falangistas recorrían los hogares del vecindario purgando a todo sospechoso como si de una verdadera caza de brujas se tratara.

Este país de malos hermanos hallaba en la traición el máximo exponente que lo definía, pues tan pronto como un vecino fuera denunciado ante la nueva legislación de haber colaborado con el bando republicano, la guardia civil acudía rápido como el rayo y, en menos de lo que la alborada comenzase a teñir de claro azul las sombras de la noche, los denunciados desaparecían misteriosamente y nada volvía a saberse de ellos. Los denunciantes solían ser recompensados por este tipo de acciones y eran alabados por el nuevo régimen como auténticos héroes de la patria. No había que demostrar nada, pues el régimen dominante podía convertir la sospecha en culpabilidad tan pronto como le viniera en gana, con tal de purgar al supuesto “enemigo” toda acción de denuncia se justificaba y resultaba legítima. Ávido y sagaz en todas estas cuestiones, tramé un plan perverso para deshacerme de mi propia familia. La idea de librarme de ellos, de romper los lazos de sangre que supuestamente nos unían, me excitaba hasta el paroxismo de la locura. Sin embargo, si bien con dicho plan el destino de mis padres pasaría a manos de la autoridad, no así el de mi hermana, que niña e inocente, no podría ser acusada de culpa, por lo que sería inmediatamente absenta de crimen y, debido a la magnética atracción que ejercía este ser divino sobre las personas, sería destinada a una familia próspera que le ofrecería un destino agradable y repleto de oportunidades. Esta elevada posibilidad me horrorizaba, el destino de esta inocente criatura debería pasar por mis manos, estas manos que servían a los designios de la naturaleza y que la salvaría de los imprudentes incidentes que amenazaban con quebrar su impoluto equilibrio. Una de las formas mediante las que suele manifestarse la divinidad, reside precisamente en la virginidad de los cuerpos, por tanto, el hecho de profanarlos, implica quizás el mayor de los sacrilegios y, puesto que la naturaleza se opone a toda forma de divinidad ya que es radicalmente lo opuesto, creí yo no hallar mayor ofrenda a esta madre que en el hecho de desflorar a mi propia hermana. Sin embargo, desde el mismo momento en que fuera desvirgada, Obdulia dejaría de ser imagen de divinidad, y en consecuencia, se daría por frustrado el insigne sacrilegio.

La manera en que resolví esta paradoja sigue siendo hoy en día uno de mis mayores logros intelectuales: lo primero que hice fue raptar a la pequeña Obdulia, empresa que realicé con mucho cuidado y evitando toda brusquedad, pues el solo hecho de que despertara arruinaría mis planes. Una vez en mi posesión la estrangulé con el propósito de mantener su virginidad intacta, y de esta manera, los senos de la santa cristiandad no podrían rechazar un alma tan pura. El solo hecho de haber cometido mi primer asesinato y de ser dueño de ese cuerpo terso y por formar, me inflamó de una voluptuosidad tan enfermiza que me fue imposible contenerme… Me abrí camino entre las estrechas y casi inaccesibles sendas inexploradas de mi hermana y, aunque no había llegado más que a meter un poco el glande, tal fue la presión ejercida por aquel tieso conducto que allí mismo, sobre el cuerpo sepultado de mi Obdulia, me vi obligado a derramar el cálido esperma. Para no dejar rastro de mi crimen, determiné arrojar el cadáver de Obdulia al marrano, gesto que el cerdo aprobó con un clamoroso ¡Oing, oing! Como una dura nuez, el cráneo de mi hermana quebró entre los dientes del cerdo y en menos de media hora la pequeña Obdulia había abandonado este mundo para siempre. No pude sentirme más dichoso en aquel momento, de una forma simultánea había asesinado, desvirgado y practicado el incesto. Había ofrendado a la naturaleza, le había llevado de nuevo a su cauce y de alguna forma, hasta lo había desbordado, pues la desfloración de mi hermana fue también un acto de necrofilia y en ello vi yo una superación de sus propias leyes. Por otro lado, ¿hasta que punto me había burlado de la religión? ¿Esa estúpida pantomima compuesta por criaturas imbéciles y depravadas? Sin prestar más dilación al asunto, pasé a la segunda parte de mi plan.

Salí a hurtadillas por la parte trasera del chozo, subí por el arrabal y crucé con sigilo las calles angostas de la periferia hasta dar con la arteria principal del pueblo. Seguí esta calle larga como un día sin pan, iluminada por unos pocos farolillos que desprendían una luz verdecilla hasta desembocar en la plaza. Una vez allí me encaminé hacia lo que originalmente fue el ayuntamiento del pueblo. Sobre el sufrido edificio se atisbaba hondeando el águila imperial de la bandera rojigualda. Frente a la puerta maciza del ayuntamiento, dos guardias civiles intercambiaban algunas palabras, ambos estaban envueltos en su capote verde oscuro y desde lejos sus rostros se escondían bajo el inconfundible tricornio. Uno de ellos se apoyaba sobre la culata del fusil, mientras que el compañero daba unas últimas chupadas a su cigarrillo. Al verme se pusieron firmes, cual dos estacas diligentes que denotaran de este modo su sobrada disciplina. Uno de ellos me apuntó con el fusil y el otro, en lo que tiraba la colilla al suelo, me ordenó detenerme.

̶ ¡Alto! ̶ Dijo uno de los guardias con un bigote negro semejante a un felpudo y que le cubría la mitad del rostro ̶ ¿Qué hace aquí un mocoso de tu edad? ¿No sabes que hay toque de queda? ¡Vuela a tu casa si no quieres pasar la noche en el calabozo!

̶ ¡Caballeros de la nueva España! ̶ exclamé forzando a mis ojos para que desprendieran alguna lágrima ̶ solo por el deber y el compromiso que siento hacia mi patria me he atrevido a saltarme la norma, ruego que antes de juzgarme, por favor sean tan amables de escuchar mi petición. Ante Dios juro ̶ y poniéndome la mano sobre el pecho ̶ que esto que voy a contarles es competencia de ustedes y es muy importante que toméis cartas en el asunto cuanto antes.

̶ ¡Habla entonces buen muchacho! Te escuchamos ̶ Dijo el otro guardia bajando el fusil.

̶ Buenos señores, espero que no me hagáis culpable de mis orígenes, pues uno no es libre de nacer donde quisiera y solo Dios sabrá el motivo de haberme asignado tan dura prueba. Desgraciadamente, así quiso la vida darme alumbramiento, nacido de una prostituta comunista y un padre republicano y criminal como pocos yo haya visto en este pueblo. Desde mi niñez intentaron que yo también aborreciera a Dios, arrebatándome así del pecho la única esperanza que hasta hoy me ha hecho soportar la vida. Pero a pesar de las constantes humillaciones, maltratos y martirios que me han hecho pasar estos horribles padres, ni uno solo ha logrado doblegar mi santa fe hacia el Redentor de los hombres. ¡Ay, nobles guardias! ¡Si supierais los crímenes que he presenciado, las blasfemias que he escuchado, las palizas que he recibido y el hambre que me han hecho pasar los desgraciados…! ̶ restregándome con los muñones las lágrimas del rostro, fruto de una inmejorable actuación ̶ Solo el Cristo bendito supo darme fuerzas, y esta noche, cuando escuché que pretendían fugarse y cruzar la frontera hacia Portugal, descubrí el sentido de tan extraña prueba a la que me expuso desde el nacimiento el señor, pues solo entregándolos a la justicia Nacional, que es también la justicia católica y el único tribunal en la tierra que resulta un espejo de las leyes de Dios, creo yo que podré salvar ya no solo mi alma, que poco importa, si no la de mis pecadores padres, pues dios es bueno y santo y todo sabrá perdonarlo.

̶ ¡Muchacho bendito! ̶ Respondió el del fusil ̶ Nosotros los guardias tenemos la responsabilidad de salvaguardar el estado de aquellos que pretenden destruirlo. Pero lo que tú acabas de hacer solo puedo concebirlo como un milagro. ¡Niño con corazón de oro! De todos los hombres patriotas con los que he tenido el honor de luchar en esta cruzada, de todos aquellos que demostraron el más increíble valor y coraje durante la batalla, pocos los hay sin embargo tan leales a Dios y a España. Jamás imaginé que un simple niño me diera tamaña lección, pues debo admitir que salvo el propio general ninguno ha demostrado un amor tan incondicional a su patria como tú lo has hecho esta noche.

̶ ¡Oh protectores de la nueva España! ¡Que Dios os bendiga! Abajo en el arrabal es donde malvivo con estos demonios, ¡Vayamos antes de que se fuguen! ¡No lo permitan caballeros! ¡Síganme que yo les mostraré el camino!

̶ ¡Compañero! ̶ Dijo el del bigote ̶ ¡Este niño es un patriota! ¡Cumplamos con nuestro deber por España!

̶ ¡Viva España cojones! ̶ Dijo el del fusil.

̶ ¡Viva!

̶ ¡Por una grande!

̶ ¡Por una libre!

̶ ¡Viva, viva y viva España! ̶ terminamos finalmente los tres al unísono.

Me sentía como un capitán dirigiendo un escuadrón de fanáticos. ¡Qué maravillosa sensación aquella que deviene al traicionar a la gente! ¡Cómo nos integra esta actitud dentro del panorama social! ¡Cómo lo quiere la naturaleza y qué feliz nos hace servirla! Tenía razón mi padre, la mentira y la hipocresía son dos elementos sin los cuales no podría funcionar la sociedad. Estas dos virtudes, que poseen solo los seres humanos, son equiparables al fuego de Prometeo: sin la mentira permanente en el mundo, la mayoría de los seres humanos carecerían de motivación para actuar, ya que todos nuestros actos responden a la motivación de sus ideas, a una fe falsamente instaurada y a la que deben todo su sentido. Por otro lado, la hipocresía, es una herramienta intrínseca a la propia mentira, ya que sin la maya de la hipocresía el ser humano no podría soportar la carga de su conciencia. La filosofía, si quiere perseguir la búsqueda de la verdad, no debería negar estos dos atributos tan fundamentales para el ser humano, muy al contrario, debería mostrarlos, legitimarlos, asumiendo que nos son indispensables, ya que el problema no está en su existencia, sino simplemente en la obcecación, por parte de la mayoría de la gente, en negarse a aceptar el verdadero motivo de sus intenciones.

Poniendo pies en polvorosa llegamos en un parpadeo hasta la parte trasera del chozo. El marrano nos recibió con unos ronquiditos, pues parecía haberse quedado mansamente dormido tras la copiosa cena. Valiéndome de la siniestra oscuridad que nos rodeaba, le pegué tal patada al cerdo en el costado que éste comenzó a chillar despotricando por la pocilga y armando mucha algarabía, pues de ninguna manera quería que los guardias sorprendieran a mis padres durmiendo ya que debía dar la impresión de que pretendían fugarse. El alboroto causó efecto, pues mi padre apareció al instante en el umbral del establo con fusil en mano. Se mantuvo tras la verja de madera que separaba el establo de la pocilga, de tal modo que solo sobresalía el cañón del arma en señal de advertencia.

̶ ¿Quién hay ahí? ̶ Dijo.

̶ ¡Alto rojo! Somos la benemérita, deponga las armas inmediatamente o procederemos a dispararle.

̶ ¡Fuera de mi casa! ¿Qué coño la benemérita? ¡Despierta mujer que han vuelto los moros! ̶ Gritó mi padre.

Todos empezaron a ponerse tensos, aprovechando la oscuridad, me oculté tras el marrano.

̶ ¡Está avisando a su mujer! ¡Vete a la entrada y dispárala si no se detiene!

̶ ¡Me cago en Dios! ̶ gritó de nuevo mi padre y salió a descubrirse tras la verja soltando involuntariamente el primer tiro.

El guardia le respondió con otros dos disparos que iluminaron repentinamente la instancia como el destello de los relámpagos. Una nube de pólvora con olor a plomo fundido se alzó hasta la techumbre y mi padre se derrumbó sobre la paja dejando escapar un río de sangre. La escena me produjo tal excitación que comencé a masturbarme casi de forma inconsciente. Al otro lado de la casa escuché los chillidos de mi madre, que tras un leve forcejeo, fue cosida igualmente a balazos por el otro guardia. Con esta última escena de violencia acabé corriéndome sobre el lomo del marrano.

Agradeciéndome el gran servicio que había ofrecido a mi país, los guardias me llevaron hasta su capitán, el cual me obsequió con un chocolate caliente y me dijo:

̶ Buen muchacho, debido a los servicios prestados, vamos a garantizarte una vida nueva, alejado de todo este calvario y recibiendo la mejor de las educaciones. Un muchacho como tú, huérfano y patriota, no debe vagar más por este mundo de rencores y miserias. De momento pasarás a manos de la administración, ellos estudiarán tu caso y te llevarán a una residencia amable y pacífica, donde seguro estoy harás muchas amistades. Desgraciadamente, son muchos los niños que como tú tratan de abrirse camino en este negro episodio de nuestra España.

̶ Yo no sé como agradecerle tanta bondad, señor capitán, es cierto que he sufrido mucho… ¡Muchísimo! ̶ Repuse yo encantadísimo mientras sorbía apaciblemente mi chocolate.

̶ Gracias al espíritu católico de nuestro general, la orden jesuita vuelve a ocuparse de la educación de nuestros jóvenes. En la capital castellana se ha inaugurado un nuevo colegio, el prestigioso Cristo Rey, voy a sugerir a la administración que te destinen allí. Hijo mío ̶me dijo el capitán pasándome la mano por mis enredados cabellos ̶ ya verás que buena educación se te ofrecerá allí, ya conocerás a los jesuitas, no hay gente más devota y encantadora que estos hombres de Dios…

Le devolví el gesto con una radiante sonrisa, aunque lo único que sentí con aquella nueva proposición fueran nauseas. Esperaba dinero, ¡Mucho dinero! pero eso de ir con unos jesuitas… casi me entraron ganas de llorar y salir despavorido…

IRINEO LEONEL

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s