La Tiza, capítulo IV. Redención

En tanto que la lenta administración se ocupaba de mi caso, el afable capitán de la benemérita me dejó hospedarme en su casa. Su mujer me dispuso en una especie de habitáculo un jergón de paja que había acolchado a base de mantas y que me resultó de lo más confortable. Debido al trajín de la noche anterior me sentía muy fatigado y pude descansar apaciblemente durante casi dieciocho horas seguidas. ¡Jamás había dormido tan bien!

 

Cuando desperté me sentía regenerado. Atraído por cierto olor, que despertó en mis tripas la más furiosa de las tormentas; bajé a la planta inferior de la casa, donde la mujer de mi bien hechor me obsequió con una comida estupenda “¡San José Bendito!pensé para mis adentros. Jamás imaginé que hubiera en el mundo gente tan buena y generosa como aquel dulce matrimonio. Os juro que creí nacer de nuevo.

Tras zamparme tres huevos fritos y dos lonchas de panceta, acompañado todo de un pan delicioso recién horneado por esta inigualable cocinera, la mujer acercó un barreño con agua y me ordenó que me desvistiera.

̶ ¡Santo niño! Mi marido te llevará hoy ante el corresponsal que se hará cargo de tu destino, debes estar limpio y guapetón. Fíjate en esto  ̶ la mujer desapareció en el pasillo y volvió al minuto con unas mudas limpias y cuidadosamente dobladas ̶  he aquí que con mi diestra mano, virtud con que Dios dota a las buenas mujeres, he transformado unos viejos andrajos en estos estupendos trajes. Estarás hecho un pincelito, niño mío.

Creo que a lo largo de mi vida jamás me había dado un baño, la piel la tenía arrugada y seca, poblada por costras de roña y suciedad que se habían ido acumulando formando un próspero ecosistema para todo tipo de bacterias. Al ver que no hice amago de lavarme, la mujer del capitán intuyó mi inexperiencia y optó por desvestirme ella misma. Con la ternura de una madre que nunca tuve, esta cándida mujer me dijo:

̶ ¿Será posible niñito que no sepas lo que es lavarse? Déjame hacer hijo mío, ya verás como pronto borramos de tu cuerpo esas malas huellas que te hacen parecer tan pordiosero  ̶ empapando la esponja en el agua espumosa del barreño comenzó a frotarme la cara ̶  ya se empieza a adivinar tu rostro, ¡Válgame Dios! Fíjate criatura, si hasta eres hermoso como un príncipe.

A continuación se arrodilló ante mí y comenzó a desvestirme, me quedé completamente desnudo, libre como cuando nos arrojen al mundo despojándonos así de toda felicidad. Me frotó bien el cuello, la nuca y detrás de las orejas. Los cachos de costra cayeron al suelo como la muda de una serpiente, después, frotó concienzudamente la espalda, el pecho, las axilas, los brazos y la barriga. Finalmente, comenzó a frotarme el bajo vientre, bordeando las ingles y bajando después hasta los tobillos, se detenía en las pantorrillas y subía terminando debajo de los huevos. Concentrada en su labor, la mujer no se dio cuenta de que al agacharse, sus finos cabellos me rozaban el miembro produciéndome unas cosquillas bastante placenteras. Además la mujer llevaba un escote nada discreto, dejando casi al descubierto dos pechugones blancos como la piel de una virgen y grandes como un par de sandías. Esta magnífica visión, acompañada de la exuberante concentración hormonal que a mis doce años fluía incansable por toda la sangre de mis venas, determinó que la polla comenzara hincharse de forma incontrolable dejando entrever un glande cada vez más gordo. Observé como de aquel volcán en plena ebullición rezumaba ese líquido preseminal que actúa como lubricante cuando la cabeza de nuestro pene olfatea la proximidad  de una hembra. Comencé a sentirme ruborizado y traté de disimular el implacable instrumento tapándolo con las manos, pero todo fue en balde. La mujer se dio cuenta de lo que ocurría, sin embargo, no hubo alarma ninguna. Aquella madre sabia y fogosa pareció incluso disfrutar del efecto que producía su proximidad sobre mi indefensa persona.

̶ ¡Ay, niño! ¿Cómo osas avergonzarte del maravilloso instrumento con que la naturaleza te ha dotado? No trates de ocultármelo, pues ante lo que de forma natural se excita ante las hembras, del mismo modo, de forma natural nos excitamos nosotras al clamarlo ¿para qué fue si no diseñado el cuerpo de la mujer?  ̶ Entonces, aquella hermosa mujer a la que yo tomaba por servidora de Dios, se desabrochó el sostén y dos enormes ubres afloraron hacia el exterior tomando como prisionero a mi pene en el cálido y estrangulador abrazo de sus senos  ̶ ¡Menuda bastardo que Dios te ha dado! ¡Qué voluptuosas somos nosotras las mujeres! Pues has de saber que no existen criaturas sobre la tierra que rehúsen más de contenciones, ni que desprecien más los estúpidos votos religiosos cuando se les ofrenda con un miembro tan duro como el tuyo ¡Oh celestial criatura!  ̶ terminando de decir todas estas blasfemias, aquella maravillosa puta de la naturaleza, se metió con absoluta devoción toda la daga en su boca hasta aprisionarla en la garganta. Maestra del arte gutural, la muy zorra lo embadurnó todo con su saliva y, al mismo tiempo que me succionaba el glande, me masajeaba los cojones con una mano y con la otra me la exprimía entre los dos almohadones que tenía por pechos. Los enormes pezones se le habían puesto de punta como dos uvas cargadas de leche. Finalmente, sacándose el glande de la boca lo pajeó hasta hacerme saltar todo el esperma sobre los hermosos rasgos de su óvalo  ̶ ¡Ohhh…! ¡Uh…!  ̶ mugió satisfecha como las vacas recién ordeñadas  ̶ ¡No sabes niño mío lo feliz que me has hecho! Desde que llegaste a esta casa, siento como si el alma de Dios lo llenara todo con su luz y resplandor… El bueno de mi marido, desde que con él hice boda, no ha osado tocarme, ni si quiera con el fin de procrear, pues entre estos hombres de su condición el placer sigue siendo cosa de pecado. ¡Desgraciada de mí! Si Dios le hubiera dado al menos un tercio de lo que tú tienes a su humilde anchoíta… ¡Pero no! ¡Mi pobre hombrecito tiene que vivir del consuelo de la religión!

Dicho esto terminó de lavarme y cuando me vi vestido con el nuevo atuendo, os juro por Dios que ya me creí un hombre del todo. Los pómulos de la cara ya no parecían desde luego los de un niño, una fina pelusilla me cubría el labio superior y poblaba gran parte del mentón. Tampoco carecía de buenas espaldas, era más o menos alto y los primeros atisbos de musculatura juvenil ya se iban perfilando sobre mi cuerpo. Gozaba de buena salud y estaba dotado con un buen miembro ¿Qué más puede pedirse a la vida?

Como el cornudo capitán se demoraba más de lo previsto, la buena mujer me pidió que le aguardara en casa, pues de ninguna manera podía faltar a la misa que el cura daría aquel domingo. Antes de marcharse me plantó un beso en los labios y me manoseó un poco el paquete. Una vez solo en la casa del capitán, me dediqué a explorar la hacienda en busca de algo que mereciera la pena robar. Porque robar al prójimo es una de nuestras primordiales inclinaciones, siendo la más arraigada en nuestros instintos desde los orígenes. Sin duda alguna fue la primera lección que recibimos de la naturaleza y en todas sus formas de vida descubrimos que el robo constituye la parte esencial para la supervivencia de las especies. Si desde el inicio la vida nos exige cubrirnos de necesidades ¿Cómo no obtenerlas mediante el robo? La abeja roba el néctar a la flor y el oso la miel a la abeja. Ahora bien, parece que hay criaturas que se conforman con robar lo necesario, sin embargo, ¿Por qué no así en el hombre? Las criaturas inferiores al hombre carecen de la capacidad del deseo y de ahí que, al no desear, tampoco sientan la avaricia que el deseo les produce. No obstante, el hombre posé un ansia de deseo infinito, y, por tanto, una necesidad de satisfacerse más allá de su propia subsistencia. Es gracias al deseo de tener más por lo que el hombre decidió juntarse en sociedad. De hecho, una sociedad no podría sobrevivir sin el robo, pues es la tendencia infinita hacia el deseo de usurpar los bienes del otro lo que a lo largo de la historia ha ido transformando una forma de sociedad por otra. Dependiendo del robo que el deseo les inspire, una sociedad podrá ser monárquica cuando el robo lo ejecute mayoritariamente uno, oligárquica cuando sean unos pocos los que ansían hacerse con los bienes de muchos y, finalmente, una sociedad será democrática en la medida en que el robo se convierta prácticamente en el deseo de todos sus integrantes. Pero no todo robo tiene la misma capacidad de satisfacer el deseo, aunque igualmente natural, robar al que más tiene es un hecho depravado y propio de las mentalidades más reactivas e infértiles. Sin embargo, robar al que menos tiene, robar al que te ayuda, al bienhechor, es una de las grandes virtudes en las que el hombre siempre debiera ejercitarse. Ello nos hace más sanos y respetables o ¿acaso no es la naturaleza la primera en beneficiarse de la debilidad? En todas sus faenas observamos siempre la prosperidad del fuerte sobre la del débil, en cambio, ¿Cuándo ha triunfado la debilidad sobre la fuerza? De la misma manera que el hombre fuerte y vigoroso reafirma su salud frente a un grupo de enfermos, así afirmará el avaro su riqueza ante un puñado de pobres.

Salvo la marca de algún balazo perdido en las paredes del exterior, la verdad era que la casa se había mantenido prácticamente intacta. Tenía dos pisos que unía una retorcida escalera. Las baldosas que cubrían el suelo eran de cerámica con estampados de cuadritos que alternaban colores rojos y blancos semejantes a los de un tablero de ajedrez. A parte de la cocina, el habitáculo donde había pasado la noche y un modesto cuarto de baño, la planta inferior daba acceso a un jardincito interior circundado por arreates jalonados de diversas flores. En medio del patio se alzaba un hermoso naranjo que proyectaba sombra a una mesita de madera y un par de sillas. Imaginé a este insípido matrimonio pasándose las tardes enteras de domingo leyendo o charlando bajo aquel naranjo, ya que desgraciadamente, según el testimonio de la propia mujer, su marido no alcanzaba para mucho más. No vi nada que me interesara en la parte inferior, así que decidí subir a la parte de arriba. A mano izquierda encontré el dormitorio, observé que dormían en camas separadas, y entre ellas, como un muro que separase las contenciones de los deseos, tenían puesto una mesilla provista de un solo cajón y sobre la cual reposaba cautelosa la gran biblia. Encima de ambos cabeceros un Cristo redentor colgado en la pared parecía velar por la castidad del matrimonio. También había una bandera con las nuevas enseñas del régimen, una cómoda con un par de viejas fotos, un armario empotrado de madera al que venían solapados un par de espejos y un tocador para la mujer. Empecé a rebuscar en el cajón de la mesilla, pero solo hallé papeles, una funda de gafas vacía y un frasco de bicarbonato. Entonces me viré hasta el tocador que estaba provisto de varios cajoncitos, frascos de perfume y un pequeño cofre. Salvo pinturas y piezas de maquillaje no encontré nada de provecho, sin embargo, en el cofrecito vi un collar de perlas (o eso me pareció a mí) e inmediatamente me lo guardé en uno de los bolsillos. A continuación, fui hacia el armario, pero en ese momento escuché el clicar de una llave y bajé a toda prisa a la planta de abajo, cogí una escoba que me encontré por el camino y me puse a barrer parte de la entrada.

̶ ¡Oh muchacho! ̶ Dijo el capitán cornudo colgando el tricornio en el perchero de la entrada ̶  deja eso, niño. Tal faena es cosa de mi mujer.

̶ Solo quería colaborar y demostraros mi agradecimiento, señor capitán.

̶ ¡Pamplinas muchacho! Eso es cosa de mujeres… Te traigo buenas noticias, tengo un billete de tren con destino a Cristo Rey. Si, muchacho  ̶ alcanzándome el billete ̶  este es el pasaje hacia tu prometedor futuro. Allí serás internado y aprenderás todo cuanto es necesario en la vida, dormirás en una buena cama todas las noches y comerás como pocos pueden hacerlo hoy en día. Saldrás esta tarde, yo mismo te llevaré en coche oficial hasta la estación de tren más cercana… A ver  ̶ dijo revisando el billete ̶ si, saldrás desde Mérida.

Cuando la mujer volvió de la misa, comimos los tres juntos un estupendo cocido. Provisto de su buena pieza de ternera, su gallinita desmenuzada, chorizo de matanza, jamón, apios, zanahorias, puerros, nabos, patatas y ¡quién sabe cuántos manjares más! Para los tiempos que corrían, desde luego no podría decirse que este afable matrimonio pasara insuficiencias.

Al terminar, el capitán bebió su café con coñac y anunció nuestra marcha. La mujer se despidió obsequiándome con una bolsita cargada de un par de piezas de fruta y dos o tres bocadillos. Además, me regalaron un maletín donde la buena mujer colocó las nuevas prendas que había remendado y que solo en apariencia parecían sacarme de pobre, a dicho equipaje incorporó también un jabón casero hecho con aceite residual, un pequeño espejito y un peine. Al verme en el umbral de la puerta, me pareció que le brillaban los ojos y seguro estoy que deseaba que la penetrase, ¡Sabe Dios cuánto tiempo hacía que no la metían un buen cipote! ésta prodigiosa mujer desprendía sexualidad por cada poro de su cuerpo. Cada postura, cada gesto, cada palabra, e incluso hasta en el propio cocido podía respirarse su reprimida concupiscencia. ¡Un buen pollardo! En eso debía de pensar todo el día, cada vez que la observaba se llevaba sus manos a la entrepierna y si estas no conseguían apagar el fuego libertino que la deshacía por dentro… ¡Ay! ¡La muy puta! ¡Hasta con el palo de la escoba se frotaba! Mala suerte que su marido anduviera pululando por la instancia como un mosquito cojonero, que por cierto, entre sus idas y venidas no dejaba de vaciar meticulosamente unos botijos de cerámica que vertía en unas cantimploras metálicas.

En la puerta había un coche aguardando. Al ver al capitán el subordinado lanzó su pitillo y nos pusimos en camino. El capitán se sentó a mi lado, en la parte trasera del vehículo, y una vez en marcha, este hombre, que hasta entonces me había parecido un santo, cambió radicalmente de temperamento. Cuando me miraba inspiraba auténtico terror, ni un atisbo de amabilidad encontraba yo entonces en aquellos ojos negros y centelleantes por los que dejó asomar su alma turbulenta: la sonrisa curva y siniestra, al mismo tiempo que lasciva y degenerada, la crispación, el frenesí, todo en él se había transformado y cualquier cosa cabría esperar de este hombre enfermo y depravado… Durante todo el viaje me instó para que tragara cantidades ingentes de agua, y una tras otra, fui vaciando sus jodidas cantimploras.

̶ ¡Vamos muchachito, bebe! ¡Bebe si quieres estar sano! ¡Bebe para que se vuelva transparente! ̶  me decía este feroz engendro de la naturaleza.

Parecía excitarse al ver que me removía inquieto en el asiento.

̶ ¡Pare capitán! ̶ le suplicaba desesperado ̶  ¡pare o le juro que me haré pis encima!

̶ Eso ni lo sueñes muchachito  ̶ y desenfundado la pistola de su cinto ̶  o juro por dios que te meto un tiro. Y tú, cabo  ̶ dijo virándose hacia el conductor ̶  ¡Ni se te ocurra parar! ¿Me oyes?

̶ ¡A sus ordenes capitán!

Tras una hora de tortura el cabo aparcó junto a la estación. El capitán le ordenó que permaneciera dentro del coche, pues debía comprobar que el muchacho no se equivocase de tren. Nos fuimos directos a los baños de la estación y asegurándose de que no había nadie ocupando las vitrinas nos encerramos en la más alejada de todas. Con pistola en mano me ordenó que me subiera a la taza del váter y me desabrochara los pantalones.

̶ ¿No tenías ganas de mear, muchacho? ¡Pues mea granuja! ¡Méame en la cara y en el pecho! ¡Quiero bebérmelo, cojones! ̶ aulló el capitán descubriéndose de cintura para arriba.

 ̶ Toma cabrón  ̶ dije para mis adentros ̶  y mee al fin sobre este condenado y más miserable de los hombres. Durante unos tres minutos bañé a este perro de mi orina y lo hice coordinando la efusividad de la meada con el ascesis de su pasión. Pues el éxtasis solo es posible si va precedido de cierta gradualidad en el placer, de modo que primero le rocíe el pecho, con fuerza, como un chorro de hidromasaje, después le apunté  a los ojos y, finalmente, opté por mearle dentro de la boca, donde lo tragó todo igual que un sumidero. Con los ojos en blanco mirando hacia Dios sabe dónde, la lengua brincándole en todas direcciones y la nuca reclinada hacia atrás, comenzó a pajearse un miembro diminuto y fino como un cabello mientras soltaba una cantidad indescriptible de palabrotas y obscenidades. Al fin, una vez terminé de mearle, la anchoíta, como gustaba llamarla su mujer, lanzó un esperma grisáceo e insalubre, aunque suficiente como para salpicarme entero.

¡Como hierran aquellos que aún consideran la razón por encima de las pasiones! Pues en el mundo de nuestros deseos ésta solo interviene de una forma negativa, como un mero defecto de nuestra voluntad. En el intrincamiento de nuestras pasiones y apetitos más íntimos, que afloran desde el sótano de nuestra alma en forma de un torrente continuo e infinito; puede suceder que algunos de ellos actúen como freno de los otros. Vincular este refrenamiento a la razón y olvidar el origen preexistente de estos impulsos, se ha convertido en el motivo esencial para que tantos filósofos hayan considerado a ésta como algo superior a la voluntad. Sin embargo, este refrenamiento que creemos observar en la razón resulta completamente falso a la naturaleza: una y otra vez comprobamos como de porosos son estos límites y como son rebasados por la misma voluntad, la cual nunca dejó de mantener abiertas las esclusas del deseo, liberando así todo cuanto hay de vitalidad en nuestro espíritu.

Una vez pasado el arrebato, poco a poco su cara volvió a recuperar la serenidad que yo conocía, como una luz que iluminara paulatinamente la oscuridad de una instancia, donde aquel monstruo, espantado por la claridad de la conciencia, regresara a los sustratos más profundos de aquella alma trastornada. Se peinó el cabello hacia atrás y se pasó un pañuelo por el rostro borrando de este modo los últimos restos de su indecorosa pasión.

̶ Bien, hijo. ¡Muy Bien! Siento si te he asustado, pero nunca debe detenerse aquello que nos mueve al placer y nos reconforta el espíritu. ¿Qué sería la vida sin el torbellino que nos suscita las pasiones del cuerpo? ¡Nada! La carne y el alma están unidas por el hilo indisoluble de la voluntad y la forma en que ambas se comunican resulta de esta gravedad a las que nos tiene sometido el deseo… Pero  ̶ dijo éste consultando su reloj ̶ no nos entretengamos más, el tren saldrá en un momento. ¡Atiéndeme muchacho! Allí te estará esperando el padre F. Cid, ya está el tanto de tu hora de llegada, este caballero de Dios es uno de los hombres más reputados de la nueva cristiandad, a él mismo le debemos la fundación del propio colegio, así mismo como se ha confiado en él para su dirección. Se trata de un hombre con un fuerte sentido de la piedad y es su misión encarrilar a todo aquel cuyo desgraciado origen haya podido desviarle del verdadero camino que conduce hasta Dios. Sé un chico bueno como hasta ahora lo has sido, jamás contradigas la palabra de estos caballeros, obedécelos en todo y te prometo que el futuro de una vida de prosperidad te aguardará a la vuelta de la esquina…

Tras su inconfundible silbido, el tren puso en funcionamiento toda su potente maquinaria, de la chimenea que encabezaba aquel armatoste comenzó a manar una densa cortina de humo negro como el chapapote, el deslizamiento por aquellas vías de procelosa configuración, hacía que en el interior de los vagones las ventanas vibraran produciendo un ruido ensordecedor, y si uno miraba a través del cristal podía observar con facilidad la lluvia incandescente de chispas que saltaban desde los raíles. Todo ello me pilló desprevenido, pues jamás había montado en un tren y me daba la sensación de que todos aquellos que andábamos por allí metidos, sin tener muy claro donde sentarnos, éramos tristes supervivientes que merodeaban desconfiados por el quejumbroso tracto intestinal de un enorme gusano metálico, al que habíamos ido a parar quién sabe cómo y sin tener la más mínima idea de cuando saldríamos de aquel desapacible lugar.

Finalmente, deseando salir de aquellos claustrofóbicos conductos del infierno, encontré una plaza libre junto a una ventana. Una vez allí me dispuse a contemplar la extensa llanura de nuestra tierra, la Extremadura, una de las muchas prolongaciones marchitas de Castilla, campos eternamente secos, rocas solitarias que motean el paisaje salpicado de incontables encinas, cuyas hojas brillan plateadas a la luz de un sol senil y abrileño. Pasando el cañaveral bordeamos el cauce del gran tajo que divide al país ¡Serpiente antropófaga de aguas verdes! En uno de sus regazos se vislumbraba un pequeño pueblo, donde destacaba el despampanante resplandor de una torre que se erguía indiferente al resto del mundo. ¡Ay! ¡Esa torre se mantendrá impasible al curso de los acontecimientos! Firme como una espada resistirá el paso del tiempo, siendo lo único que se recuerde de ese pueblo cuando años más tarde se entierre bajo las silenciosas aguas del Tajo…

Por fin todo quedaba atrás, jamás retornaría a aquella tierra desamparada y salvaje, borrados están de la historia mis lazos sanguíneos, mi origen y todos aquellos cuanto conocí. Aunque al viajero común suele sorprenderle la melancolía, especialmente cuando cobra consciencia del paso del tiempo, donde todo lo vivido se le aparece a la memoria idealizado, en un amalgama de confusos recuerdos que lidian entre la realidad y la fantasía, en mi caso; como todo en mi vida había consistido en desapego, viviendo la realidad como una extraña pesadilla y soñando esa pesadilla como el único mundo que a mí me satisfacía, puedo asegurar que mi joven corazón ya estaba prevenido contra tan enfermo sentimiento, propio de los corazones blandos y de los espíritus decrépitos. No obstante, yo sentía otra cosa, que, sin poderla llamar melancolía, pues no conservaba recuerdos anteriores a mi nacimiento, resultaba igual de amarga. Esta amarga sensación me sobrecogía especialmente en aquellos instantes previos al crepúsculo, cuando observaba desde la ventana, pasadas ya unas cuantas horas del viaje, como el sol distante y rojo como una cereza se hundía inalcanzable tras el seno ensombrecido del horizonte. Mi “melancolía” se retornaba más allá del nacimiento, se trataba de un deseo abrasador por recuperar esa experiencia sagrada que transcurre durante la preexistencia. Era como si a la hora de nacer, una vez que el alma había sido extirpada de Dios sabe que lugar, hubiera arrastrado en su caída una porción de aquel polvo estelar en el que gravita la energía del todo. Yo deseaba a toda costa volver a esa región de lo que aún está por hacer, ahogándome en la oscuridad eterna de la noche sin tiempo, levitando como el humo en un océano de inexistencia.

Y como aquel viejo que se refugia en la más turbia borrachera de recuerdos, yo mismo encontraba refugio en mi desapercibida existencia, cabalgando entre las sombras, ajena al mundo que me rodeaba y del que solo captaba una infinita variedad de estados que se transforman con el tiempo. Solo podía asemejarme al resto en lo insignificante de sus vidas, ¡Cómo de lejos estaba yo de entender eso que algunos filántropos denominaban empatía! Nada había en el mundo que me importara menos que aquellos individuos que me rodeaban, ¿Qué valor podía esconderse en aquellos rostros sombríos y cabizbajos, cuyos ojos escrutados apenas se adivinaban bajo el ala ancha de los sombreros? Hombres trajeados, sucios o desarrapados, padres de familia o quizás olvidados por ella tras la guerra, hombres que lo habían perdido todo y hombres que no sabían que hacer con lo que tenían. Hombres preocupados por su destino incierto y hombres a los que ya nada importaba. Los había que se frotaban las manos tras echarse el cálido aliento, los que leían el periódico indiferentes cruzándose de piernas y fumando un cigarrillo. Los refugiados y los que se habían quedado sin él y los que como yo miraban por la ventana divagando en sabe Dios qué. Igualmente las mujeres, algunas con un hijo mugriento y piojoso colgado del pecho, sobre las rodillas o acunado entre los brazos, mujeres viudas con la mirada amarga, mujeres desposadas agarradas del brazo de sus jóvenes maridos de prometedor bigote…

Todos ellos se me representaban como un fenómeno accidental de mi imaginación, quizás solo estuvieran ahí para paliar mi propia insignificancia, quizás solo constituyeran el medio para satisfacer mis propios intereses. Desde aquella experiencia con el pobre maestro, fusilado a quemarropa junto a la arboleda que se extendía a las afueras del pueblo, me di cuenta de lo poco que valía una vida, de que esta no constituye más que la parte transitoria de un movimiento perpetuo, que nada hay de magnífico y sorprendente en ella, que más vale abstenerse de juicios estúpidos y particulares sobre si merece ser respetada, que si la naturaleza produce cientos de vidas por cada minuto del día de forma gratuita y descontrolada, nada de malo hay en el hecho de deshacerse de ellas también de forma gratuita y todo cuanto se quiera.

A mi juicio son dos las potencias que actúan por separado en la naturaleza, pero unificadas a su vez por un solo principio. Así me figuraba yo dicho mecanismo: infinitos conjuntos de moléculas interferían de forma autónoma agregándose unas con otras según el apetito de su deseo, las más débiles se concentraban formando cuerpos frágiles e inestables, las más fuertes se enlazaban llegando a formar estructuras más complejas que a su vez serán las destinadas a encabezar el ritmo y la marcha de la naturaleza. De esta dualidad impuesta en todo lo animado se derivarán el resto de sus leyes: cuanta más capacidad de perpetuación, pongamos por caso a cualquier insecto, menor es la probabilidad de supervivencia del individuo en sí, y los mismo sucedería a la inversa. Comparemos en este sentido al insecto con el elefante, mientras que el primero puede poner hasta mil huevos de una sola sentada, el segundo tardará casi don años en dar luz a una sola cría. Sin embargo, a la hora de acabar con el individuo, la diferencia entre uno y otro es igualmente notable. Por tanto, la naturaleza lo ha dispuesto todo de tal manera que, para continuar su invariable equilibrio entre estas dos potencias naturales, se convierte en una exigencia de la misma el hecho de que aquellos seres portadores de un enlace molecular débil mantengan una relación sumisa frente a aquellos que dispongan de un enlace molecular superior. No obstante, a pesar de que el ser humano ocupa un escalón superior al resto de los eslabones naturales, las competencias entre individuos de la misma especie no podrían seguir reglas distintas a las ya examinadas, y por la misma razón de equilibrio entre fuerzas, los seres humanos más débiles deberán someterse a los designios y deseos del más fuerte. Sin embargo, la manera en la que un individuo llega ser el conglomerado de uno u otro tipo de moléculas es todo un misterio, fruto del azar y del deseo indescifrable con el que se expresa la voluntad en la naturaleza.

Debido a la ausencia de cualquier elemento de empatía en mi organismo, muy claro tenía yo cual era mi función biológica en este mundo, así mismo, el hecho de dirigir cualquier acto de maldad hacia cada uno de los “semejantes” que me rodeaban me producía un placer exuberante y acorde con la voluntad de mi deseo. ¡Cómo de justificado me parecía desde esta óptica el crimen! Y ¡Qué poco valían todas las vidas del universo con tal de satisfacer mis necesidades!

En estas cavilaciones se me pasó el viaje, los edificios pasaron rápido ante la ventanilla, grises, inmensos, como gigantes que dormitasen en la ciudad oscurecida. Una luna amarilla como un diente sarroso asomaba desde las alturas expectante, espiando los sueños y las calles vacías de la ciudad. Tras cruzar un puente de acero, anunciaron por megafonía que el tren había llegado a su destino. Al salir hacía un frío como nunca antes lo había sentido, podía cortarle a uno la respiración y de seguir así la gelatina que recubre los ojos se volvería rápidamente de escarcha. Una niebla inquietante se posaba sobre la ciudad, acariciada por aquella bruma gélida y enfermiza que apenas dejaba ver desde la estación el resto de edificios que circundaban alrededor. Pasé unos minutos pensando que acabaría completamente congelado, cuando de repente un coche estacionó justo en frente de la acera. De este salió un hombrecillo de esos que podrían pasar desapercibidos en cualquier parte del mundo, más viejo que joven y con la cara chupada de un galgo. Llevaba puestas una boina de invierno y una bufanda que envidié al instante, además de un abrigo largo y gris que le protegía hasta las rodillas.

̶ ¿Eres el muchacho que nos envía el capitán, no?

̶ ¡Ese soy señor! Me dijo que me recogería el Padre F. Cid.

̶ Y en el colegio te aguarda  ̶ abriendo la puerta trasera del vehículo ̶  ¡Pasa, muchacho! ¡Pasa antes de que te congeles!

Frotándome las manos para que no se helasen, me introduje en el coche tiritando como un pobrecillo.

IRINEO LEONEL

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