La Tiza, capítulo V. Discípulos de Jesús.

El colegio Cristo Rey se encontraba a las afueras de la ciudad, tan alejado de todo que ni podía distinguir la estela luminosa del casco urbano. Tenía la forma de una extensa tumbada, compuesto por dos serrallos laterales y uno frontal más achicado y que los mantenía unidos en curva. La entrada la encabezaban dos enormes columnatas de granito que conformaban una ostentosa capilla.  En lo alto se alzaba una cruz de piedra en la que se habían gravado las iniciales latinas “IHS”. La entrada al colegio pasaba por la misma capilla, a través de un macizo portón adornado con remaches de bronce que tenían forma de concha. Dos herrajes de acero custodiaban el grueso de la cerradura. El cochero, que también era el Bedel del colegio según me había confesado unos minutos antes, sacó un manojo de llaves del bolsillo, y tras unos minutos de forcejeo que a mi parecieron siglos, consiguió finalmente abrir la maldita cerradura. Una vez cruzamos la capilla, que, por cierto, dictaba mucho de continuar la grandeza de la primera impresión, pues vista de puertas para dentro resultaba un lugar tétrico y bastante sencillo, sin ningún detalle curioso que merezca resaltar, lo primero que vi al entrar en Cristo Rey fue un enorme claustro empedrado y compuesto por arcos de medio punto, en cuyo centro había una fuente con la graciosa forma de un angelito que mostraba un pene ridículo del que manaba un chorrito de agua. Al final del mismo se encontraba el serrallo superior que unía los otros dos laterales. Según me indicó el Bedel, ese serrallo estaba reservado exclusivamente a los padres del colegio, teniendo terminantemente prohibida la entrada los internos, al no ser que de forma extraoficial solicitaran nuestra presencia para algún tipo de asunto. Los otros dos serrallos estaban destinados para el alumnado. En uno se encontraban las habitaciones, que en total sumaban cincuenta, es decir, había una habitación por cada seis internos. En el otro se encontraban las aulas, la biblioteca y el comedor. Las ventanas de los serrallos daban al interior del claustro, de manera que las únicas vistas posibles eran siempre hacia dentro, dando la impresión de que el arquitecto de tan vasto mausoleo fuera gran conocedor de los deseos que abrumaban las almas de estos jesuitas, especialmente de su gusto por la intimidad en que debían desarrollarse sus clandestinas ceremonias.

Una vez atravesamos el claustro nos encontramos con otro portón, el que daba acceso al serrallo de los padres. Sobre el dintel de la puerta sobresalían dos estandartes desplegando sus respectivas banderas mecidas por un viento frío y nocturno. La primera no había dejado de verla desde que acabó la guerra, pero al observar a tan poca distancia la imagen de aquella imponente águila imperial a la que se yuxtaponían los colores del mismo fuego, imagen que, por otro lado, se entremezclaba con aquella niebla húmeda y oscilante que nos rodeaba, me resultó de tal belleza que quedé absolutamente prendido. Superpuesta al águila, se podían distinguir las enseñas que ornamentaban y simbolizaban los cinco reinos de España, coronados todos ellos por la soberanía nacional, mensaje principal que revindicaba la unidad de la patria.

La otra jamás la había visto en mi vida, su estampa era semejante a un sol compuesto por dos redondeles concéntricos, el exterior guardaba una distancia de no más de diez centímetros con el que circundaba. En la parte superior de ese espacio se podía leer “compañía de Jesús” y en la inferior “jesuitas”. De este mismo redondel irradiaban un total de treinta y dos rayos, uno curvilíneo por cada tres rectos. En medio de ese sol había estampadas las mismas inscripciones que ya observé en la cruz de la capilla. De la “H” sobresalía una cruz latina y bajo ella había dispuestos tres clavos, el central se mantenía erguido y ligeramente inclinados los otros dos. Los símbolos estaban bordados de un color dorado, mientras que el fondo yuxtapuesto era de un color más oscuro, de un rojo pardo, amarronado, como el granate de la espesartina.

Cruzando la segunda puerta de esta suntuosa fortaleza de la cristiandad llegamos a un estrecho corredor, iluminado por la luz eléctrica y blanquecina que irradiaban desde el techo unos pequeños focos. Finalmente desembocamos en una pequeña instancia en la que se encontraba el despacho del director. El bedel me pidió que aguardara en uno de los sillones que se habían dispuesto allí para hacer más confortable la recepción. Una cálida luz que pendía de una lámpara de araña bañaba la instancia de una iluminación suave y acogedora, también el ambiente era muy agradable, de los radiadores emanaba un calorcillo de lo más estupendo, por lo que en lugar de sentarme me dirigí hacia el calor y comencé absorberlo como si fuera una esponja. Sobre las paredes había colgados diversos óleos y acuarelas inspirados en temática religiosa. Particularmente me llamó la atención uno de ellos que mostraba a un cristo crucificado. De las manos atravesadas por los clavos se veía correr la sangre seca y su rostro permanecía inclinado hacia abajo, señal de que ya había dejado este mundo. La corona de espinas le colgaba de la frente ensangrentada, pero lo turbulento de aquel cristo era la solemnidad de su rostro, iluminado por una especie de aurea que contrastaba con el fondo negro del cuadro, como si en aquel reino de las tinieblas que envuelve el misterio de la vida, en aquella absoluta nada, la luz del creador se mantuviera aún presente, solo que de una forma vaga e imprecisa, como el reflejo brillante de la luna que rutila en la oscuridad de la noche recordando a los hombres que el sol aún está vivo.

Las puertas del despacho se abrieron y el bedel asomó la cabeza desde dentro haciéndome una señal para que me acercara. Cuando entré me sorprendió el estado impoluto y el orden meticuloso que presidía cada centímetro del despacho. No había un solo espacio desaprovechado, todo estaba precisamente donde debía estar según las dimensiones y la orientación de aquel cuarto. En las estanterías, por ejemplo, todos los libros estaban perfectamente colocados, en recta posición, sin dar lugar a un tomo que ligeramente sobresaliera más que otro. Los cuadros de las paredes se mantenían en sorprendente estabilidad, ni uno más arriba o abajo que los demás, mucho menos torcidos y todos separados a la misma distancia y colgados al mismo nivel. Sobre la mesa del escritorio no había nada que no estuviera correctamente dispuesto, los papeles apilados en torres rectangulares y con todas las esquinas alineadas a la base, los lápices afilados, todos exactamente de la misma medida, como si hubieran sido utilizados simultáneamente y empleando el mismo desgaste para cada uno de ellos. Separados de los lápices había plumas de diversos colores, pero todos pensados a conciencia, de tal manera que este amante de la geometría y de la estética más retrógrada se había precavido bien de que ninguno desentonara con los del conjunto. Igualmente había un cenicero que resplandecía de limpieza, a pesar de que, en ese preciso instante, el padre F. Cid, fumaba uno de sus largos cigarrillos. Cosa fabulosa, pues la cortinilla de humo que desprendía el cigarrillo, ya fuera por el arte de este fumador o por la simbiosis sobrenatural que se respiraba entre todos los objetos que configuraban aquel soberbio orden, no variaba el bucle de sus formas ni la velocidad con que ascendía hasta inmolarse contra el techo. No obstante, lo único que rompía este soberano orden, y digo soberano ya que era precisamente este orden lo que, antes que cualquier otra cosa en particular, llamaba verdaderamente la atención de todo cuanto ocupaba el despacho, resultaba ser paradójicamente la propia presencia de su artífice, es decir, el señor cura. Aquel señor que tenía en frente poseía un rostro controvertido, en el que me observaban unos ojos nada discretos, grandes y azules como el mismo cielo. Su cuerpo era de una extremada redondez, arrugado como una albondiguilla, y, sobre todo, algo menguado de huesos, pues me pareció ver a sus pies pendular desde el trono que ocupaba tras el escritorio, era, sin lugar a duda, la cosa más extraña que había visto nunca. Iba enfundado en su hábito negro y brillante, revestido de una estola morada enganchada por el cíngulo a su grueso abdomen. El alzacuello lo llevaba firmemente apretado, comprimiéndole la garganta y acentuando el tamaño de las venas que le surcaban el cráneo desnudo. Un medallón que parecía de oro macizo le colgaba del cuello, observé que llevaba gravado el mismo símbolo que ya mencioné fuera. En la mano derecha reposaba el cigarrillo, y la otra, sujetaba un pequeño perrito, muy peludo, feo e indeseable, de esos que ladran agudamente nada más olfatearte y le dan ganas a uno de aplastarles la cabeza, la lengua le colgaba ordinaria y minúscula de un hocico plano que carecía de la mínima protuberancia. La mano de aquel hombre no dejaba de acariciar de forma un tanto engatusada al perrito, se diría que llevaba horas acariciándole, enroscándose entre los mechones de ese pelo lacio y suave, con ritmo, disfrutando de las placenteras vibraciones que emitía su cuerpecillo manso y relajado. En una de sus continuas caricias me percaté de que su dedo corazón portaba un anillo con una joya preciosa, de color verde esmeralda, que junto con el medallón ya valdría más que la vida de todos los internos.

Cabe decir que este ilustrísimo señor, era uno de los más reputados cristianos de la nueva España, su piadoso y blando corazón era algo más que evidente, pues de solo observar con que ternura y delicadeza manoseaba a su perrito, que ya dormitaba entre sus brazos, a uno se le enternecía el alma. Entre sus honradas labores como hombre de Dios, destacaban el sin fin de ayudas prestadas a los huérfanos de la guerra, sintiendo una especial compasión hacia los del bando perdedor. Los más reaccionarios del régimen le habían criticado esta postura al tacharla de discriminatoria, a lo que él, con la cortesía propia de su oficio, les respondía con preguntas un tanto retóricas: “¿Acaso ignoran ustedes la palabra de Jesús? ¿Qué nos diferenciaría a nosotros, los cristianos, del resto de credos salvajes y miserables, si no fuera por la certeza y la confianza que depositamos en el perdón absoluto del Señor? ¿No se hizo Dios un hombre semejante a nosotros y se sacrificó por nuestros pecados, precisamente él, que nunca fue culpable de nada salvo de su extenuada e indiscutible bondad?” Y si bien se cansaba de contestar a base de preguntas, entonces recurría a sentencias de su propia cosecha, extraídas de aquel espíritu bondadoso como pocos, pero que resultaban tan verdaderas como vagas e imprecisas eran sus preguntas: “A este hombre que adoráis de palabra, adorarle también de corazón y veréis como yo veo que no existe mayor verdad que la de apiadarse del desfavorecido”.

Pero está escrito en nuestra naturaleza, que el ser humano nunca hará las cosas movidas por nobles impulsos, pues eso que llaman nobles impulsos, acciones desinteresadas y altruistas, no son más que la punta mínima de lo que en realidad corresponde a un profundo sentimiento de repugnante vanidad. El problema de la vanidad radica precisamente en que carece de utilidad para la especie humana, resulta execrable a la propia naturaleza y no hace sino hinchar de aire los egos megalomaníacos de aquellos que la practican. La persona vanidosa es lo que podría considerarse un parásito de sí mismo, pues como un instinto atrofiado del espíritu, vive y se alimenta de su propia estupidez.

Pero este no era el caso de padre F. Cid, muy bien sabrá Dios cual eran las verdaderas intenciones que ocultaban sus hipócritas sentencias. Nada más elocuente que la mentira, nada más útil que la hipocresía, de ambas se servía este fantástico granuja para satisfacer sus extraños deseos. Lo cierto era que, si bien a este hombrecillo de Dios le interesaban los más desfavorecidos, no era en ningún sentido por vanidad, si no por la utilidad y rentabilidad que extrae el tirano de la voluntad de un corazón desesperado, a quien nada le queda y a nadie importa. Este era precisamente el estado de los internos.

⸻Excelencia, aquí está el muchacho que esperábamos ⸻anunció el bedel tras de mí y agarrándome por los hombros.

⸻¡Muchacho! Acércate… No seas tímido, aquí somos todos como una gran familia ⸻dirigiéndose al bedel⸻ disponga una silla para el muchacho, haga el favor Don Alonso.

⸻Eso está hecho ⸻acercándome la silla⸻ Por cierto, Don Cid, si me lo permite, voy a ir a la lavandería a por el uniforme del chico, fíjese, por poco me lo encuentro congelado en la estación ⸻acariciándome la cabeza, me dijo⸻ ¿quieres un chocolate? Así entrarás en calor, muchacho ⸻Dirigiéndose de nuevo al cura⸻ ¡Ay, Don Cid! Se me cae el alma al ver a estos niños, ¡Fíjese en qué estado vienen! ⸻virándose hacia mí de nuevo⸻ Pero no te preocupes de nada, muchacho, ni te imaginas lo bien que te sentirás en nuestras manos, ya verás cuando conozcas a tus compañeros, son unos chicos estupendos y muy agradecidos. Has tenido suerte, muchacho ¡Mucha suerte! normalmente suelen mandaros a Madrid, pero aquí, aquí estarás en la gloria, ya verás.

⸻No sea usted pesado, Don Alonso, ande, haga usted menester y convide al muchacho con un chocolate. Lo primero es lo primero, después iréis a por el uniforme.

Marchándose el bedel me quedé solo en el despacho con el cura y su perrito. El hombre estaba anotando no sé qué en un copioso libro de registros. Vi como tachaba varios nombres, y después, con una sonrisa de oreja a oreja y lanzando una nube de humo sobre mi rostro, me preguntó:

⸻¿Nombre y edad?

⸻Tomás, padre, y tengo doce años.

Asombrado por lo que le había dicho, los dos enormes ojos del cura se posaron sobre mí de una forma extraña, como dos moscas inquietas que revoloteasen buscando un pedazo de miga en algún recoveco de mi arrugado vestuario. Sensación que por otro lado me hizo sentir realmente incómodo, pues por un momento pensé que este cura tenía la capacidad de ver a través de la ropa.

⸻¿Te queda algún familiar en tu tierra, alguien que te eche en falta por algún motivo?

⸻No padre, estoy en sus manos de aquí hasta que cumpla la edad de marcharme.

⸻¡Ay, esta guerra! ¡Cuántos huérfanos! ¡Cuánto desgraciado hay en el mundo! Pero puedes estar tranquilo, muchacho. No te va a faltar de nada. Aquí somos una comunidad pacífica y cristiana, por desgracia la guerra ha sido inevitable en este país tan dividido, pero para eso estamos los señores eclesiásticos, para velar por la unidad y la paz entre los hombres. Haremos de ti un hombre culto, trabajador, con valores… Quizás te cueste un poco adaptarte a nuestras normas, aquí somos muy disciplinados y por experiencia sé que vosotros, pobres hijos del demonio rojo, carecéis de esta gran virtud.

⸻Lo entiendo, señor. Pero haré todo cuanto esté en mis manos por complacerles.

⸻Entonces, Tomás hijo, serás muy feliz con nosotros. Pero has de ser firme, comprometerte en todo, y ante que nada, ser voluntarioso.

“A mí este cura no me engaña” Pensé. Algo me olía mal en todo esto, cuando me miraba con aquellos ojos azules y fríos como el fondo de los océanos, destellaba un lijero resplandor, peligroso como el filo de una hoja de chuchillo. ¿Y el colegio? Tan alejado, situado en medio de un páramo… desde que entré por la capilla estuve atento a ver si había algún lugar por el que pudiera fugarme en caso de peligro, pero todo estaba herméticamente sellado, como una fortaleza que se sitiara así misma.

En esto regresó el bedel y me entregó una taza de chocolate bien caliente.

⸻¡Oh, gracias! ¡Muy amable, Don Alonso! ⸻Respondí al buen bedel.

También el me resultaba un tipo extrañísimo, en todo el viaje apenas me había hablado, en cambio, ahora, resultaba tan cortés, tan hospitalario… y cuando miraba al cura, la expresión de esta criatura adquiría tal bobería que me resultaba de lo más repugnante. Yo ya había aprendido a no fiarme ni de mi sombra, pero menos aún hay que fiarse de los bobos. Parecía un perro tonto muy bien amaestrado, cuando aquel le llamaba se acercaba como olisqueando, alzando las orejillas, con los ojos abiertos y expectantes, ostentando una lengua plana y babosa como el estúpido que era.

⸻Nosotros somos muy serios en nuestro trabajo ⸻continuó diciéndome el cura⸻ y no podemos tolerar una sola falta, mucha ha sido la confianza que ha depositado en nuestras manos el gobierno de esta gran nación. ¿Lo entiendes Tomasín? Si eres bueno con nosotros, nosotros seremos buenos contigo, pero hazme creerte sospechoso de alguna fechoría ⸻me advirtió apuntándome con los dedos que sostenían el cigarro⸻ ¡Qué solo Dios sabe los severos castigos con que somos capaces de responder!

⸻Ni una sola queja recibiréis de mí, señor. Haré que os sintáis orgulloso en todo momento, seré el mejor estudiante, no habrá ejercicio para el cual no me presente voluntario y acataré todo cuanto se me ordene. Solo quiero llegar a ser un buen cristiano y, quizás, algún día, convertirme en un hombre de relevancia, de esos que se necesitan para levantar España.

⸻Sin duda, Tomás, pareces tan buen muchacho como el que describía el capitán en su carta, además de que me han comentado que eres un joven héroe de la patria… Pero si bien ante Dios no cabe prueba que refuerce nuestra fe, pues esta nos es concebida de puro de corazón, discrepamos mucho de la verdad que contengan las palabras de un hombre. A nosotros, joven Tomás, solo nos sirven los hechos ⸻frotándose las manos⸻ ¿Estás bautizado?

⸻Por su puesto, padre. A pesar de ser hijo de rojos, los hipócritas de mis padres, ante la presión social del pueblo decidieron bautizarme, siendo esta acción la única buena que recibí de ellos. Sin embargo, no puedo demostrárselo.

⸻Bueno, bueno… Pero Tomás, en ese caso, si no hay un papel que lo certifique, es como si no… ¿No querrás condenar tu alma, ¿verdad? ¡Mira! ⸻exclamó dejando escapar una maliciosa sonrisa⸻ Vamos a bautizarte otra vez, ahora mismo. Es puro protocolo, hay que borrar el rastro de rojo que te quede, aunque esté mal decirlo, los rojos son como los piojos ¡siempre queda alguno! ⸻Al bedel⸻ Traiga usted el vino reservado para estas ceremonias, Don Alonso, ¡Hágame el favor!

El bueno del bedel fue hasta una vitrina al fondo del despacho y trajo una botella.

⸻¡Aquí la tiene, excelencia!

⸻¡Bien! Muchacho, ahora tienes que desnudarte por completo. Debemos rociar tu cuerpo con la sangre del señor.

Obedeciendo la orden me desnudé, algo que no era ni mucho menos de mi agrado, pero ya me había comprometido a hacer todo cuanto me pidieran. Resultaba imprudente y absurdo rebelarse contra la autoridad de aquellos que ostentan el poder. Nada más sano a la naturaleza que mantener la actitud del cobarde, solo podremos salvarnos si aceptamos la sumisión ante la fuerza, ¡Absténgase los héroes de inútiles sacrificios!

⸻¿Ves este perrito, Tomás? ¡Toma! ¡Dale la vuelta y acaríciale el vientre! ⸻entregándome al perro, el cura ordenó a Don Alonso que me vertiera el vino encima, acción que, por otro lado, debió excitarle muchísimo, pues se puso a lamerme por todas partes, recorriéndome con su lengua como antes me había buscado con sus ojos. Entonces se detuvo en mi ano, lo entreabrió con los dedos, e introdujo su lengua como una gorda lombriz. Cuando la sacó tras un par de minutos de exploración, exclamó⸻ ¡Empieza a peerte Tomasín! ¡Te ordeno que pees en mis narices! ¡Quiero respirar la fragancia de tus intestinos! ⸻Intentando no cagarme, puse todo el empeño en hacer lo que me pedía, finalmente, no sin esfuerzo, me tiré tal pedo que no solo apestó todo el despacho, si no que produjo tal estruendo que creí venirse el techo encima ⸻¡Oh, cerdo! ¡Cerdo! ⸻dirigiéndose al Bedel⸻ ¡Alonso, hágame usted el favor! ¡Sodomíceme! ¡Oh, santo Dios! ⸻El fiel bedel, que me pareció recibió dicha orden con sorprendente entusiasmo, comenzó a darle por el culo mientras vaciaba el resto de la botella sobre la espalda del cura, la cual lamía con devoción.

De esta manera, el perrito ocupaba la cabeza de tan extravagante trenecito, al cual acariciaba tal como me había ordenado el padre Cid, en segundo lugar, me encontraba yo de rodillas sobre el escritorio, seguido de la lengua del cura que ocupaba mi ano y, por último, el bedel fornicando aquella albondiguilla, arrugada y poseída por tan demoniaco arrebato.

⸻¡Chúpale la polla al perro! ⸻me dijo este hombre cruel⸻ acaríciele el pene hasta que despliegue la cabecita en forma de cuña, ¡Y chúpala! ¡Quiero que la sorbas como a los sesos de una gama! ¡Chúpala Tomasín!

Chupé ese pene diminuto y húmedo, y lo cierto fue que, a pesar de lo que creía, tampoco fue tan desagradable como imaginaba… Moviendo la cadera el condenado, follándose mi boca como si montara a una perra, ¡El muy hijo de puta! No dejaba de ladrar, y frenético, se revolvía como una sabandija entre mis manos que forcejeaban por mantenerle quieto.

El cabrón del cura, que a todo estaba atento, como el comandante de una tripulación depravada, me ordenó que le besara y derramara sobre su boca todo lo que su perrito había expulsado. Metió su lengua con sabor a mierda y la enlazó con la mía, el esperma del perrito pasó de una dueña a la otra y finalmente acabó por tragarlo mezclado con ambas salivas.

A continuación, se levantó los hábitos y mostró una polla torcida y mediocre, aunque gorda como un puño. Por eso gustaba tanto de apretarse el alzacuello, pues de esta manera lograba exhibir siempre una polla erecta. Los impactos del bedel, que seguía sodomizando al cura, hacía que éste pusiera unas caras la hostia de esperpénticas, primero optó por meterme el dedo pulgar en el culo, que, por cierto, se había tomado su tiempo en lubricarlo y, asegurándose que el camino estaba más o menos abierto, me clavó su gordo aguijón eyaculando casi al mismo tiempo. La fuerza con que realizó esta operación provocó el resquebrajamiento de mis esfínteres y sin poder contener tan tremendo dolor caí desmayado al suelo…

⸻¡Vuelve, muchacho! ¡Vuelve! ⸻soltándome unas bofetadas en la cara⸻ ¡Vuelve campeón! Ya acabó todo…  ⸻escuché decir a don Alonso.

Desperté como de un sueño profundo y desagradable, al incorporarme, sentí flaquear las piernas debido al dolor, pues ciertamente jamás había sido víctima de tortura igual ¡Solo Dios sabe lo que aún me quedaba por vivir en aquel infiernillo! durante unos instantes creí haber perdido el habla para siempre, la neblina que cubría los ojos empañados por las lágrimas y la vergüenza me impedía discernir la silueta de aquellos que después de haberme maltratado, trataban ahora de socorrerme. Pero haciendo de tripas corazón, tal como se suele decir, opté por sacar fuerzas de la propia degradación de mi persona. Además, siendo mi amor propio tan poca cosa, pues a la voluntad de la naturaleza muy poco le importan las formas egoístas en las que este amor se afinca en nuestra alma, no veía yo en esto ningún inconveniente. Respecto a estos religiosos degenerados ¿Qué otra cosa podía hacer si no ganarme su confianza? Si es que deseaba lograr mis objetivos, esto era desde luego lo primero que debía de tener en cuenta. En consecuencia, sin renunciar al placer de la venganza, pues quiero dejar constancia de que todos los actos aborrecibles que he cometido a lo largo de la vida fueron motivados por el placer y no por un exceso de amor propio, creí que sería de gran ventaja para mí comportarme tal como lo haría un planta carnívora: desplegaría con paciencia las fauces de mi “corola”  dando acceso a las mieles del estambre, dejando que el pervertido abejorro gozara revolcándose en el polvo de mi néctar, y cuando la tiranía de su deseo ejerciera más presión aún que el propio instinto de salvarse, cerraría de improvisto las esclusas del paraíso y lo enterraría para siempre. ¿Acaso existe en la historia evolutiva de nuestra especie un fenómeno tan arraigado a nuestra naturaleza como la traición?

⸻Ya estás bautizado ¡enhorabuena, muchacho!  He de reconocer que te has portado como se esperaba… ⸻tomando al perro de nuevo entre sus entrañables manos⸻ Mi perrito también está contento de haber descargado. Eres toda una celebridad, Tomasín.

⸻¿Puedo vestirme, padre?

⸻¡Oh! Faltaría más, cubre tus vergüenzas hijo… ⸻rascándose el cogote y mirando fijamente hacia mi paquete⸻  no vayamos a enfadar al señor con la contemplación de tan prodigioso pito ⸻dirigiéndose al bedel⸻  ¿Verdad que el muchacho posé un buen aparato, Don Alonso?

⸻Un pene magnífico, excelencia.

No obstante, noté yo cierta aprensión en el tono de su voz, pues quizás imaginase una pronta sustitución y ¿qué más puede ofuscar a un perro que el hecho de sentirse abandonado por su amo?

⸻Don Alonso, haga usted el favor, vaya a por el uniforme del chiquillo y condúzcalo a su cuarto ⸻mirando un reloj de cuco que había colgado en la pared⸻ ¡Ya casi es media noche!

Salimos. Temí que el bedel quisiera vengarse a causa del comentario del padre F. Cid, pues me tuvo como un cuarto de hora caminando desnudo por las infinitas galerías, corredizos y habitáculos que configuraban el siniestro serrallo de los padres. Llegamos a un cobertizo en el sótano, sin tomarse demasiada prisa, demoró más de diez minutos en encontrar la dichosa llave. Me parecía que disfrutaba viéndome brincar de un lado a otro, inquieto, sin saber cómo contener el frío que me helaba los huesos.

⸻¡Aguarda fuera! ⸻Dijo cerrándome con la puerta en las narices. “Hijo de puta” susurré carraspeando con los dientes.

¡Dios sabe la infinita paciencia que tuve que desarrollar! Esta vez sí que se tomó su tiempo, varias veces se me pasó por la cabeza la idea de buscar algo con lo que golpear a ese desgraciado, robarle las llaves y largarme para siempre de ese asqueroso lugar. Pero al fin salió, y me entregó un ridículo uniforme, de al menos dos o tres tallas inferiores, los pantalones eran tan cortos que parecían calzones, muy poco faltaba para que se me salieran los huevos.

⸻¡Estás ideal, joven!⸻ Dijo sonriendo mi malhechor⸻ Seguro que serás el favorito, al menos entre los padres, que son a los que hay que complacer. Especialmente a Viroel, ¡Ése sí que es bueno! ¡Cómo enrabieta cuando no hacen lo que manda! Ni puedes imaginar lo furioso que puede llegar a ser… Mañana, mañana a primera hora le conocerás, él es el responsable de vuestro grupo esta semana. El padre F. Cid y yo solemos observar como imparte su soberbia disciplina, dudo que exista un mejor espectáculo. A ese hombre le gusta bramar desde bien temprano como el teniente que fue ¡Dios lo tenga en su gloria! Pero no vayas a pensar que esto es terrible, para nada, Tomás. Lo que ocurra o no en Cristo Rey nadie en el mundo podrá saberlo, todo esto está tapiado como la tumba de un Papa. Por otro lado, si piensas que vas a hacer muchas amistades ⸻continuó este Hermes del averno⸻ ¡Pobre iluso! Aquí, cualquier acto de promiscuidad entre los internos será condenado con la muerte, así que hazme caso, a la mejor compañía que puedes optar es a la de la soledad… 

Atravesamos de nuevo el claustro y accedimos al serrallo de los internos. Subimos una larga e interminable escalera, cada piso contenía un pasillo alargado, sin calefacción y con una iluminación tan lúgubre que apenas alzaba para ver un poco. Tampoco disponíamos de agua, la cual, por supuesto, nos la racionalizaban estos santos padres de la católica religión. Así que imaginé que todos los fondos monetarios que donaban las almas caritativas del país se invertían en asuntos que nada tenían que ver con nuestra manutención, por lo que estos jesuitas, cuya orden exige al practicante un temperamento ascético como el del maestro Jesús, se tomaban su doctrina tan solo de palabra, dejando lo ejemplar del asunto como algo exclusivo de los internos.

⸻¡Hemos llegado! Permíteme decirte algo, aquí nadie entra y sale sin mi permiso, solo yo dispongo de las llaves ⸻me dijo sacudiendo el manojo⸻ de modo que una vez que entres en la habitación no saldrás hasta que yo os abra cuando despunte el día. Esto es todo, ¡Buenas noches, Tomás!

La habitación era exageradamente pequeña para que durmieran allí seis personas, a pesar de que contaba con un estrecho ventanuco, que, por cierto, dejaba filtrarse algo de luz del exterior, pues si no sería imposible ver nada allí dentro, la habitación desprendía un olor enfermizo y durante unos instantes me quedé allí plantado, escuchando la agitada respiración de los que ahora serían mis inseparables hermanos. Dos literas ocupaban la mayor parte del espacio, dispuestas una enfrente de la otra a cada lado de la habitación. La separación entre los colchones era tan poca que daba la impresión de estar superpuestas, como si durmieran amontonados unos encima de los otros. El único hueco libre era uno que se encontraba en el primer colchón empezando por el suelo de la litera situada en el lado izquierdo. Maldije mi mala suerte, ¡Cómo echaba de menos la casa de mi buen capitán! Me abrí hueco como puede y me cubrí con la colcha hasta la nariz.

⸻¡Eh, nuevo! ⸻susurró una vocecilla desde la penumbra⸻ ¿Qué, ya te bautizaron?

Escuchando unas carcajadas de arriba que hicieron tambalear toda la estructura, otra voz, dijo:

⸻¿También se la tuviste que chupar al perro?

⸻¡Qué preguntas Juan! todos nosotros se la hemos chupado.

Dijo un tercero.

⸻Yo vomité y me dieron tal paliza que no me morí de milagro… ¡Qué pena no haberlo hecho!

Contestó el de arriba en la litera de la derecha.

⸻¡Cállate Rodrigo! ⸻exclamó la primera voz⸻ Ya habrá tenido bastante por hoy… ¿Cuál es tu nombre, nuevo?

⸻Tomás… Pensé que este era un lugar diferente, vine aquí por una…

⸻¡Jajaja! ⸻rieron al unísono⸻ No me cuentes más ¿Cuánto te apuestas, Rodrigo, a que a éste también le recomendaron?

⸻¡Qué preguntas Juan! todos venimos por recomendación ⸻dirigiéndose a mí⸻ Bueno, Tomás, espero que no te ocurra como al último que ocupó tu lugar…

⸻¿Qué pasó? ⸻Repuse intrigado.

⸻¡Parar ya! Vais a asustar al nuevo…

⸻¿Qué pasa Bermejo? Hoy te vas a poner en plan comprensivo… Te recuerdo que fue tu culpa…

⸻¿Me vais a decir qué pasó o no?

⸻Que te lo cuente Bermejo, tanto que manda callar ahora… ⸻Dijo Juan.

⸻¡Eso! ⸻insistió Rodrigo.

⸻¡Eh! ¿qué pasa? ¿Viene el nuevo y se os pone tiesa? ¡Quiero dormir, cojones! ⸻se escuchó en la otra litera.

⸻¡Si no te la pelaras todo el día, Jaime! ⸻contestó Juan.

⸻¿Vas a contarle o no? ¡Bermejo! ⸻insistió Rodrigo.

⸻¡Joder! ⸻exclamó Bermejo⸻ ya sabéis que ese hijo de puta no era de mi agrado.

⸻¡Que se lo cuentes coño! ⸻gritaron Juan, Rodrigo y la otra voz que no era Jaime.

⸻Ese marica se hizo monaguillo ¿comprendes? ⸻me dijo Bermejo, al que pude distinguir virándose desde el segundo colchón en la otra litera⸻ Era un chupapollas que se creía superior a los demás. Siempre con los curas, mariconeando, y como se dejaba hacer de todo muy pronto se convirtió en el favorito del padre Llanos. Resulta que Llanos es, además, gran amigo del director, al que ya conoces. El marica le tenía loco, éste conseguía casi cualquier cosa de Llanos y como a lo largo de su instancia aquí se había ganado la enemistad de varios internos, entre los que, por supuesto me incluyo, resulta que el muy cobarde aprovechaba su tremenda influencia sobre el padre para vengarse de las humillaciones que le hacíamos pasar…

⸻¡Ve al grano, pesado! ⸻exclamó Juan desde arriba.

⸻¡Eso! ¡qué me estoy durmiendo! ⸻añadió Rodrigo.

⸻Entonces un día me inventé que le había sorprendido coquetear con Arrupe en uno de los baños…

⸻¡No mientas Bermejo! Dijiste a Llanos que se la estaba chupando a Viroel porque éste, que tenía una polla al menos diez veces más grande, le satisfacía como ningún otro… ¡Ah! También que solía burlarse de él con Arrupe, al que le dejaba dar por culo a diario, diciendo de Llanos que era un menguaó, y que además de pequeña, no se le levantaba.

⸻Tiene razón Marcos ⸻repuso Juan⸻ a mí también me contó lo mismo…

⸻¡Qué más da! El caso es que Llanos se puso hecho una furia, empezó a echar pestes de sus compañeros, y aunque le suplicó al director que echaran a Agrupe y Viroel del colegio, lo cierto es que Don Cid decidió que la mejor opción era castigar al interno, acusándole de haber roto con la normativa establecida, según la cual, si un cura se enamora perdidamente de un interno, queda terminantemente prohibido que éste pueda acostarse con otros padres sin el consentimiento de su amante. Para dar ejemplo, los curas acordaron propiciarle el peor de los castigos, de esta forma se pondría de manifiesto lo que ocurre cuando alguno de los internos trata de transgredir las rigurosas leyes del colegio.

⸻Pero, si como dices, fue una denuncia falsa ¿Cómo no la desmintieron los padres a los que comprometiste? ⸻Pregunté yo ante tal descuido por su parte.

⸻¡Ahh! ¡Jaja! ¿Pero qué más da que fuera falsa? el muy marica acabó confesándolo todo, si, ¡absolutamente todo! Aunque, escúchame bien, aun sin confesión, la cual fue extraída muy hábilmente por los genuinos métodos de estos caballeros de Jesús, yo no corría ningún peligro. Estos padres carecen de la más mínima porción de cerebro. Con lo único que se quedó Llanos fue que su juguetito le había sido infiel. Te aseguro que esto no es en absoluto un descuido, cada día se acuestan más borrachos que el anterior, cegados por sus pasiones, teniendo todos los sentidos de su cuerpo embotados de lujuria, estos malvados no dedican un segundico a la reflexión. Las relaciones entre ellos son complicadas y mezquinas, no hacen más que mentirse unos a otros, pero lo bueno es que nunca recuerdan nada, todos los días se repite la misma rutina… En el tiempo que llevo aquí encerrado, jamás se hace otra cosa que servirles en sus deseos. Sus doctrinas son siempre las mismas, todo comienza por captar el “mensaje”.

⸻¿Qué mensaje? ⸻pregunté.

⸻Bueno, Tomás… ¿No querrás saberlo todo el primer día, no? Aguarda a mañana y ya verás que pronto lo captas.

⸻¿No le vas a contar como le castigaron? ⸻Dijo Marcos.

⸻¡Eso, cuéntale! ⸻reiteró el insistente Rodrigo.

⸻¡Está bien! ¡Está bien! ⸻levantando parte del colchón y tanteando sobre el somier, extrajo parte de un cigarrillo que guardaba en una caja de cerillas, prendiéndoselo, continuó⸻ ¿conoces lo que se llama la “Cuna de judas”?

⸻No he oído hablar de eso en mi vida.

La nube de humo comenzó a desenvolverse por la habitación ocultando el rostro de Bermejo, del que solo podía intuir la sombra de una silueta proyectada por la luz que entraba desde el ventanuco.

⸻¿Quién fue el que ideó lo de la “cuna”? ⸻preguntó Juan⸻ ¿no era el padre Salazar el que sentía tanta debilidad por esos artefactos de la vieja inquisición?

⸻¡Qué preguntas Juan! ¡Claro que fue Salazar! ¿No ves que ese cínico siempre habla lo mismo cuando nos lleva al taller? ⸻repuso Marcos y, dirigiéndose a mí, dijo⸻ Salazar es un tipo extraño… Posé una imaginación fascinante, Tomás, y su ingenio carece de límites en lo que respecta a las infinitas formas que conoce de poder infligir dolor a un ser humano. Todo aquello que un día creíste imposible, él lo hace realidad. Esos extravagantes artefactos que lleva acabo en el taller, en los que, por supuesto tenemos la obligación de colaborar, son una prueba evidente de hasta dónde puede llegar la inteligencia humana con tal de destruirse…

⸻¡Pero sí que es el más extraño de todos! ⸻añadió Rodrigo⸻ ¿Alguien le ha visto alguna vez participar de los mismos juegos que el resto de los curas? Yo al menos no, y jamás me percaté de que abusara de ningún interno. Además, siempre está solo, apenas se relaciona con el resto de los hermanos y también es el único que no apesta a alcohol.

⸻¡Callaos ya y dejarme que siga con la historia! ⸻exclamó alterado Bermejo⸻ Bueno… como te decía… la “cuna de Judas” es un artefacto de madera con la forma de una pirámide cuya cúspide está revestida de una pieza de acero muy afilado. Desnudaron al maricón y lo inmovilizaron con un sistema de cuerdas, el cual estaba sujeto a su vez a un mecanismo de palanca que el mismo Viroel manejaba a su antojo. Cuanta menor fuerza hacía por mantener al marica oscilando sobre la base de hierro, mayor era la presión que ésta punta ejercía en el ano de nuestro compañero. El proceso fue lento, pero muy eficiente, apenas pasaron los primeros minutos de la operación, el muy maricón ya lo había confesado todo y la sangre corría a raudales deslizándose por la pirámide. Finalmente, se acordó entre los padres dejar caer el “bulto” de tal forma que el ano del acusado quedó completamente desgarrado. ¡Qué gritos pegaba entonces el condenado! ¡cómo se deshizo en lágrimas y sufrimiento! Pues el propio Llanos determinó que así se quedara, aguantando tanto como resistiera su cuerpo el corte del acero. El muy desgraciado tardó tres días en morir, gritando durante las noches y los días como un poseso. Finalmente, al amanecer del tercer día sus gritos cesaron y todos acudimos al claustro a comprobar en que había quedado la cosa… ⸻dando el último tiro al pitillo, que apagó en el mismo colchón⸻ ¡En tres trozos se partió! ¡En tres jodidos trozos! ¡Imagínate! El puto pico de hierro acabó por atravesarle la garganta, reluciendo al descubierto entre la boca como si lo hubieran empalado…

Quedé fascinado con aquella historieta, y aunque fuera poca la luz que allí alumbrara, tuve que disimular la monstruosa erección que se me dibujó bajo la colcha, fruto de mi inagotable deseo por la corrupción de todo aquello cuanto me rodeaba, factor que, por su parte, obedecía únicamente al grado de atrocidad con que terminó la crónica de tan terrible relato. Poco a poco el cansancio fue causando sus estragos entre mis hermanos, cuyo animoso espíritu fue decayendo hasta el sueño más profundo. No obstante, yo me mantuve despierto algún tiempo más, meditando en todo cuanto me había contado Bermejo y barajando las posibilidades de que disponía para llevar a cabo mis objetivos. Estaba claro que éste era el más respetado por todos ellos, por tanto, tal como nos aconseja la naturaleza, si verdaderamente quería alcanzar ciertos estatus entre mis compañeros, al mismo tiempo que me ganaba la confianza de los padres, en lo primero que tenía que pensar era en cómo deshacerme de Bermejo sin levantar sospechas, pero, como ya me habían advertido, si quería granjearme a los curas, no había otra forma de hacerlo que convertirme en su monaguillo, lo cual, suscitaría conjuntamente la enemistad de mis compañeros…

A la mañana siguiente, cuando los primeros atisbos de luz penetraron en la habitación, dejando al descubierto nuestros semblantes sucios y demacrados, unos súbitos porrazos tras la puerta nos arrancaron del sueño las tinieblas en las que por unas horas nos refugiamos en paz y ajenos a todo. No dejaba de resultar paradójico que aquella oscuridad fuera infinitamente más agradable que la infame luz de aquel mundo en que tuvimos la mala suerte de nacer, porque aun siendo luminoso, resultaba mil veces más turbulento que la peor de las pesadillas. Don Alonso nos llamaba a voces, que incluían todo tipo de insultos, pues tal era el proceder matutino con que gustaba despertarnos todos los días.

⸻¡Arriba sucias ratas! ¡Salir de las tarjeas como la porquería que sois! ⸻escuchándose la llave que introducía en la cerradura⸻ ¡Vamos! ¡Mal nacidos! ¡Hijos de una puta sarrosa y de un padre impotente! ¡Hoy recibiréis los palos que dieron a vuestra madre cuando os abortó! ⸻entró en la habitación escupiendo como una serpiente y propiciando decenas de golpes sobre nuestros famélicos cuerpecillos, gritaba enloquecido⸻ ¡Hoy desayunaréis esperma puercos miserables! ¡Levantaos de la puta cama si no queréis que os muela a puñetazos ⸻entonces, agarrando a Jaime de las orejas, le arrastró de la cama con tanta fuerza que terminó por estamparle contra el catre de la litera. A continuación, dirigiéndose a Rodrigo, que en ese momento trataba de escabullirse, le lanzó una patada a la nuca con tanta fuerza que le precipitó de bruces contra el suelo. Tampoco se libró Bermejo, al que abatió de un puñetazo a bocajarro partiéndole las narices.

Los demás, que no quisimos acabar como el resto, salimos despavoridos al umbral de la puerta, aunque ello tampoco nos eximió de recibir algún que otro cachete. Unos sesenta internos permanecían rígidos aguardando en el corredor las órdenes de aquel sátiro del demonio. Sus caras denotaban el horror acumulado, expresión del cansancio en aquellos rostros prematuramente envejecidos, donde un par de ojos miraban angustiosos tratando de comprender su mala fortuna, siendo como eran, testigos de tanta crueldad y sufrimiento experimentados. Resulta milagroso lo que puede dar de sí un cuerpo humano, y, si como dicen, la esperanza es lo último que se pierde, puedo aseguraros que estos muchachos enclenques y desprotegidos, si es que alguna vez creyeron en ella, ahora era del todo evidente que la habían dado por perdida desde hacía mucho tiempo. Los más débiles lloraban desconsoladamente, mezclando sus lágrimas con la inmundicia de su miseria, los más fuertes se mantenían serios, con la faz embrutecida, inexpresivos, guardando para sí la impotencia y el resentimiento que les abotargaba.

⸻¡Cuánta mierda junta, joder! ⸻rezaba el desalmado⸻ ¡Si no fuera por la inigualable bondad de vuestro director os masacraría como las cucarachas que sois! ¡Oh sí, joder! ¡Os inmolaría a todos! ¡Cabrones! ¡Y me follaría el culo agarrotado de vuestros cadáveres! ¡jajaja!

Todos los internos que ocupaban el corredor fuimos conducidos por Don Alonso hasta el claustro, descendiendo uno a uno los cinco bloques que configuraban el serrallo. Cada bloque albergaba diez habitaciones, lo que sumaba un total de sesenta internos por planta. Cada planta constituía así mismo un grupo. El primero que se solicitaba siempre era el último, es decir, en el que yo me encontraba. La razón de ello era que cada grupo estaba organizado según la edad de los alumnos, cada año, un nuevo grupo descendía al bloque correspondiente del serrallo, dejando el anterior a las nuevas generaciones que se incorporaban. Lo que harían con los alumnos del primer bloque, es decir, aquellos cuya edad oscilaba entre dieciséis y diez y siete años, era todavía para mí un misterio. Cada padre era el responsable de un grupo a la semana, y cada cinco semanas se realizaba un sorteo donde se volvían a organizarse los turnos entre los padres. De esta manera, cada padre tenía el derecho de usufructuar, según sus propios deseos, los internos de un grupo durante el periodo establecido. Por otro lado, se nos tenía terminantemente prohibido entrar en contacto con el resto de los grupos, al no ser que, por algún motivo extraordinario, como tal fue la ejecución del monaguillo, el consejo de padres determinara la asistencia general de todo el colectivo. Las mismas separaciones encontrábamos en la biblioteca y en el comedor, divididos en cinco habitáculos, cada cual presidía uno de los cinco Padres. Como ya me había adelantado Don Alonso, el turno que asignaron a nuestro sector para aquella semana le correspondía al padre Viroel.

 

IRINEO LEONEL

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