La Tiza, capítulo VI :Las andanzas de Viroel

Don Alonso nos ordenó que formáramos un círculo en torno al padre Viroel, por su parte, el padre Viroel nos observaba expectante desde el centro, enfardado en su hábito negro, revestido de un forro de piel que le cubría la parte de los hombros y el pecho. Por extraño que parezca, el hábito religioso lo había adornado con todo tipo de medallas, insignias y méritos con los que fue condecorado durante su servicio militar.

 

Ligeramente encorvado, apenas lograba mantenerse en pie de la borrachera que llevaba encima, sin embargo, a pesar del lamentable estado en el que se encontraba, presentaba un porte magnifico, de al menos un metro noventa de altura, delgado y con unas espaldas anchas y enormes que nada tenían que envidiar al más prodigioso de los atletas. Tenía un semblante de proporciones muy bien definidas, nariz griega y un mentón prominente, aunque no exagerado, en el que se vislumbraban unas patillas meticulosamente recortadas. Tenía una hermosa caballera, negra y brillante como la brea, que gustaba peinarse con la raya a un lado, aunque siempre había parte del flequillo que le caí hacia abajo cubriendo la mitad de su frente. Observado a cierta distancia, uno podía quedar fascinado ante su belleza, semejante a la de un Dios, sin embargo, conforme se acortaban las distancias, se discernía con claridad las innumerables cicatrices que le surcaban el semblante, afeando así aquel rostro que en apariencia parecía estar dotado de una solemnidad inmaculada. Las huellas de una vida licenciosa, marcada por los excesos y su impelente extravagancia acababan por conferir a aquel rostro una dureza y frialdad inhumanas. Otro detalle que no puedo olvidar es que a Viroel le faltaba el ojo izquierdo y usaba de un parche para ocultar su ausencia, hecho que según me contaron, aconteció durante la batalla de Guadalajara, frente donde sirvió nuestro héroe en la primera etapa del conflicto.

Aunque el día había salido despejado y sol brillaba en lo alto extendiendo sus rayos sobre las grises fachadas de los pabellones, el clima de castilla, especialmente en pleno mes de abril, no podía ser más intratable de lo que era, seco, frío como un dolor, donde el aire helado se colaba por cada recoveco ululando como un silbido aterrador entre los arcos del claustro y erizando el bello de nuestras extremidades, expuestas al desnudo a tan adverso clima debido al ridículo uniforme con que estos buenos padres nos obligaban a vestir. En derredor, el vaho emanaba de nuestras bocas como el humo de una chimenea, también nos frotábamos con energía las manos por miedo a que se congelasen. En conjunto aparentábamos ser un coro de fantasmas que carraspeaban temblando como mujerzuelas. Como decía, el padre Viroel nos observaba desde el centro, con su único ojo verde como la aceituna y contemplando nuestra pequeñez, disfrutando, creía yo, al sentirse al mando de aquel pelotón de muchachos sucios y desarrapados, cuya única misión consistía en el cumplimiento estricto de cualquier clase de deseo que coronase el malintencionado arte de su imaginación.

Como era costumbre entre estas gentes cínicas y extrañas, el día debía comenzar por un saludo oficial al aire, que consistía en alzar firmemente el brazo derecho dejando completamente extendida la palma de la mano. Después cantábamos todos juntos sabe Dios qué cantidad de disparates, dignos de una congregación religiosa o de cualquier clase de secta. Como yo no me sabía aquel canto de los infiernos, tuve que fingir vocalizar al ritmo de mis compañeros, tratando de imitar sus gestos y dejándome seducir por aquel himno enaltecido de la más soberana imbecilidad, como si los que allí padeciéramos hubiéramos olvidado nuestros cuerpos y toda diferencia fuera abstraída en aquel acto de fingida confraternidad. Una vez hubo terminado esta ceremonia, el padre Viroel nos mandó correr dando vueltas en círculo, rodeándole como si fuéramos los miles de asteroides que conforman la órbita del implacable Dios Saturno.

⸻¡Hijos bastardos de la execrable república! ⸻bramó entonces este tirano⸻ A vosotros no os derrotó el fuego de nuestros cañones, al menos así hubierais muerto como hombres y no como cucarachas. ¡Pulgas indisciplinadas! No existe mayor desgracia que descender de un semen licuado por la cobardía de aquellos que huyeron del combate ¡Ratas miserables y carentes de todo escrúpulo! ¡Escuchadme bien! Vuestro enemigo siempre convivió entre vosotros, dormía junto a vuestras trincheras, oculto en cada uno de vuestros despreciables corazones. ¡Falta de disciplina! ¡Eso os exterminó! ¡Hoy aprenderéis a correr, desgraciados! Pero hoy no correréis por las balas, ni por las bombas que quemaron vuestras asquerosas madrigueras, lo que hoy os hace correr es mucho peor que eso… ¡Jajaja! Lo que hoy os hará correr será mi rabia… ¡corred idiotas! ¡Corred!

Entonces, este monstruo curtido en las trincheras de la muerte comenzó a golpearnos aleatoriamente, lanzando patadas o puñetazos según le viniera en gana, gritando como un desalmado, mirándonos con aquel ojo enrojecido e inquieto por el que se vislumbraban decenas de venillas dilatadas por el alcohol que le hervía en la sangre. En una de estas vueltas me fijé que, en un extremo del claustro, bajo la sombra de uno de los arcos, el bedel y el padre F. Cid nos observaban en silencio, tal como había prometido Don Alonso, y de vez en cuando, me pareció ver que el bedel se inclinaba susurrando unas palabras a su amo, y que éste, como era de esperar, acompañado de su inseparable perrito, lo acariciaba mansamente provocando aquella grotesca mezcla entre ternura y perversidad. Tal fue mi mala suerte, que el padre Viroel, percatándose de estas distracciones, me agarró de la pechera con tanta fuerza que en un momento me vi así, suspendido, pataleando en el aire como a una libre que hubieran cogido de las orejas. Ostentando al grupo su nueva presa, el padre lanzó una mirada de complicidad a las dos figurillas que nos contemplaban desde la sombra, una distracción tan infortunada que solo podría remediarse cobrando un alto precio.

⸻¿Te crees más listo que yo verdad, mocoso? ⸻preguntó este hombre despiadado y cruel⸻ Ahora vas a saber lo que es bueno…

Entonces me lanzó contra el suelo que, por suerte, logré caer con las manos evitando que me partiera los dientes, no obstante, apenas me estaba recuperado de la conmoción, cuando esta fiera comenzó a golpearme en las costillas con tanto brío que apenas podía lograr tomar algo de aire entre patada y patada. Aún con todo, el tirano no dejaba de balbucear:

⸻¡Cerdo insubordinado! ¡cerdo hijo de mil putas! ¡Voy a romperte las costillas hasta que se te claven en los pulmones!

Quiso Dios que otra pasión más fina, aunque no por ello menos cruel, nublara el cerebro de mi predilecto maltratador, pues solo un deseo aún más fuerte tuvo la capacidad necesaria como para drenar toda la violencia liberada en el precedente. Volteándome hacia arriba, me ordenó que abriera la boca, pero viendo que no era suficiente, me la abrió el mismo con sus propias manos, tirando con tanta furia que casi me desencaja la mandíbula. Con una pierna a cada lado de mi cabeza, separadas a una distancia razonable como para observar su ojote entreabierto y el escroto de sus cojones oscilando a menos de un metro de mis ojos, pues bajo el hábito no tenía nada con que tapar su impudicia, este cerdo indecente llamó a cuatro voluntarios, entre los cuales, para mi sorpresa, se encontraba el mismo Bermejo. El muy pervertido, que se había excitado notablemente, dejó al descubierto una asombrosa polla que rezumaba semen por sus cuatro costados y cuyo glande era al menos tan grande como la cabeza de uno de aquellos muchachos. En ese momento, postró a uno de mis hermanos sobre sus rodillas y le ordenó que le chupara el glande, al mismo tiempo, hizo que los otros dos se desnudasen y comenzó a masturbar sus pequeños y flácidos penes con fuertes y agresivas sacudidas. Un cuarto, Bermejo, se subió como pudo a los hombros del postrado y exhibió una picha fina, pero dura y alargada como un florete. El mil veces pervertido de Viroel se introdujo esa polla hasta la garganta, de tal forma que, era chupador y chupado, masturbador y enculado, porque, una vez tuvo a mis cuatro compañeros para él, emprendió una serie de sentadillas sobre mi nariz de modo que la punta de ésta le penetrara alternativamente. En cada venida también me golpeaban sus enormes huevos que eran como sacos de boxeo… Primero se corrió Bermejo, después los otros dos, cuya eyaculación fue mezclada con la sangre de las heridas provocadas por la fricción con que Virolel sacudía sus pollas y, por último, el propio padre, lanzando un chorro tan espeso como el alquitrán, pero más blanco y puro que la misma nieve. Sin embargo, el apoteósico final aún estaba por presenciarse, pues, con la última gota de esperma que lanzó este mal nacido, anunciada ya desde el interior de sus entrañas en forma de pedos terribles, una tormenta de mierda saltó sobre mi rostro, cubriéndolo de una contundente diarrea tan fétida y desagradable como pueda imaginarse.

Tras este espectáculo indecoroso, quedaba demostrado una vez más como la imaginación de un libertino puede llegar a explorar las formas más extensas del deseo, infinitamente más ingeniosas y complicadas que todas aquellas máximas morales que pretenden contenerlas. No hay nada más falso que esa ridícula pretensión de subordinar la pluralidad a un número limitado de categorías abstractas, vacías, que horrorizan y desagradan el poder ilimitado con que esta inabarcable naturaleza se manifiesta. ¡Qué ingenuidad la de aquellos que aún esperan hallar la verdad! ¿Acaso no observan los innumerables esfuerzos del universo por ostentar el más decidido rechazo hacia toda forma de coherencia? ¡Qué desprecio siente mi corazón por todos aquellos que aún no han encomendado su alma al abismo! Como un manto de oscuridad, se extiende por el cosmos el veto impuesto al conocimiento, así que, almas de la tierra ¿qué luz esperáis encontrar más allá del brillo de las estrellas?

Viroel nos obligó a volver a la formación, manchados de la mierda y el semen, fruto de su impetuosa incontinencia, que, lejos de apagar la llama candorosa de su deseo, no hizo sino avivar con mayor fuerza el infatigable fuego de sus malvadas pasiones. Sin embargo, dando por zanjado el asunto de la carrera, quiso ahora que nos pusiéramos a hacer flexiones hasta la extenuación, cobrando su desobediencia con la misma muerte. Para el siguiente ejercicio, pidió a Don Alonso que trajera del cobertizo los últimos artefactos que el bueno de Salazar había terminado de construir recientemente con los voluntarios del tercer grupo. Estos consistían en unos tablones de madera en cuya base había aplicado una chapa metálica provista de pinchos coniformes y afilados como puntas de lanza. Se dispuso uno de estos tablones por interno y  nos ataron las manos a dos especies de correas que sobresalían de los laterales, de tal manera que nos fuera imposible cambiar de posición durante el ejercicio. La longitud de los pinchos marcaba exactamente la distancia a la que debíamos flexionar los brazos, manteniendo todo el cuerpo en línea recta si es que no queríamos acabar atravesados por los conos.

⸻¡Qué extraño! ⸻susurró Jaime desde mi izquierda⸻ en todo lo que llevo aquí jamás nos habían expuesto a ejercicios de esta índole y te aseguro que en ninguno de ellos se privó este desgraciado de manifestar algún tipo de crueldad, pero esto… ¡Es demasiado!

⸻Creo que estos mal nacidos han gastado todos los fondos ⸻murmuró a mi derecha otro compañero, se trataba de Samuel, uno de los heroicos voluntarios que habían formado parte de los lujuriosos juegos de Viroel, cuya cara y cabellos aún permanecían cubiertos por el seco esmegma del padre⸻ según parece, el dinero que derrochan estos santos en todo tipo de placeres ha acabado por arruinarles. Hace dos semanas escuché decir al bedel que debían recortar personal…

⸻Entonces habrá que ser el mejor…⸻repuse yo confiado.

⸻Nunca se sabe, Tomás, lo que sea que tira de la cuerda de estos malvados… No sé cómo decirte, muchas veces con ser el mejor no vale, les gusta sentirse arrastrados por cualquier tipo de deseo que venga a turbar su inteligencia, para ellos la incoherencia es parte de su macabro proceder, les gusta ser caprichosos y absurdos como la misma naturaleza que pretenden encarnar.

Este último consejo de Jaime no quise tomármelo en serio, ¿Y si quería eliminarme? Era completamente natural que quisiera engañarme, en este tipo de situaciones uno a de mirar únicamente por sí mismo. Por otro lado, si me mostraba fiel, sumiso como el que más, donde no hubiera un solo antojo de estos puercos para el que no me prestara voluntarioso ¿querrían de verdad acabar con tan buen servidor? He de admitir que esta nueva circunstancia comenzó a inflamar mis sentidos de una voluptuosidad desquiciante, pues todo aquello cuanto consistiera en mentir, traicionar, difamar y mandar al exterminio a todos cuanto considerase un obstáculo, o incluso sin serlo, siempre suscitó a mi espíritu una forma extraña de alegría, aunque no por ello menos auténtica, pues todos los seres de este mundo han de luchar por aquello que les hace felices, es decir, por aquello que les confirma la plenitud su existencia y, ¿acaso hay alguna otra manera más clara que exprese esta idea como el aniquilamiento entre los sujetos que conforman una misma especie?

El padre Viroel dio la orden y todos nos pusimos en acción, empresa nada fácil, pues incluso entre los mejores dotados, debido al déficit proteínico de nuestros músculos, cada flexión ejecutada nos exigía un esfuerzo sobrehumano.

⸻¡A la tarea mujerzuelas! ⸻exclamó esta bestia sin precedentes⸻ ¡Desde ahora vuestra inútil vida estará sujeta a la fuerza de los brazos! Solo mediante el fortalecimiento del cuerpo mantendréis sana el alma, pues, como si fuera un espejo de la materia, solo del perfeccionamiento de ésta depende el engrandecimiento de aquella. No hay nada más grato a la naturaleza que el desarrollo y mejoramiento del cuerpo, única morada del espíritu que, en tanto receptor del placer, aspira únicamente a coordinar los sentidos que el cuerpo le procura, hallando en su cuidado los más apetecibles deseos. ¡Tensar, muchachos, vuestros órganos! ¡Forjarlos en el más crudo endurecimiento y descubriréis una sensibilidad como nunca hayáis experimentado! ¿Acaso no es la fuerza el único motor que impulsa el movimiento de la naturaleza? La debilidad es un monstruo que debemos erradicar de la tierra, un insulto miserable lanzado a nuestros instintos, cuya presencia corroe el aire que respiramos y corrompe la sangre de nuestra raza…

Pronto sentí flaquear las fuerzas, gotas de sudor me perlaron el rostro mezclado con los grumos de mierda que habían seguido a tan prodigiosa eyaculación, y de esta mezcla resultaba un olor mil veces peor que el de los muertos putrefactos. También las palmas de las manos se me humedecieron, haciendo peligrar la vida al más leve resbalo. ¡Cuánto tiempo iba a durar aquello! Las puntas de los pinchos me rozaban la piel, afiladas como rocas de un desfiladero, fueron causando pequeños rasguños, seguidos de cortes superficiales, hasta que noté la sangre caliente discurrir por aquellos lugares donde las puntas se habían clavado más profundamente. Aun así, me mantuve firme, deseando que el cansancio de alguno con los que compartía desgracia les traicionara antes que a mí. De fondo, se seguía escuchando balbucear al cretino jesuita, más borracho si cabe, pues mientras nosotros nos partíamos el espinazo a base de flexiones, el bribón había solicitado al bedel que le alcanzase una botella, ya que, entre estos hombres de Dios, la estimulación por el alcohol era consustancial al incremento de su depravación y, ésta, a su vez, lo era de la crueldad. No obstante, de poco valdría toda esta muestra de libertinaje si, efectivamente, no se ejercía junto con todos los excesos y abundancias que los límites de estos, creía yo por entonces, insaciables pervertidos, pudieran soportar.

⸻Porque los hombres auténticos, aquellos que están destinados a perpetuar la especie, solo nos lo entrega el combate, la lucha, ¡Oh, santa guerra! ⸻exclamaba alzando la botella y dando copiosos tragos⸻ tu eres el padre de todas las cosas, ahí se demuestra quién está hecho para merecer la vida ¡Con qué grandeza se me antojan los renglones de la historia cuando han sido escritos con la sangre de los hombres! ¿Acaso es posible la paz cuando cada partícula de la naturaleza compite contra su vecina para abrirse un hueco en este mundo? Nada más falso y despreciable que la paz. Sobramos demasiados en este mundo, ¡Hay que limpiar los focos de la vida allí donde se han infectado de debilidad y cobardía! Cada minuto batallado lo conservo gravado en mi retina, ¡Bombas! ¡ametralladoras! ¡granadas! ¡Montículos de tierra saltando por los aires bajo una lluvia de miembros humanos! ¡Ay, división de Soria…! ¡Mirad criaturas indecentes! ⸻nos gritó señalándose el pecho con el cuello de la botella ya casi vacía⸻ ¡Mirad los méritos que concedieron a mi valor durante la batalla! El campo se sembró de vuestros padres, tíos, primos o hermanos, todos cayeron bajo mis balas, todos muertos, amontonados como el estiércol que se usa para abonar los campos, fertilizando con su sangre la nueva España…

Se sentó junto a la fuente de angelito que miccionaba, terminó la botella y lanzó una mirada al cielo, y sabe el mismo Dios que demonios pasaría en ese momento por su cabeza, pero me pareció como si la melancolía, que, a pesar de lo expuesto, muy pocas veces abandona a los hombres, hubiera asaltado de forma repentina la muralla de su corazón y ahogara durante unos instantes la brutalidad de su espíritu. Nosotros seguíamos con las flexiones, ya ni las contaba, quizás lleváramos ciento cincuenta o más. Los brazos se me habían agarrotado y apenas podía moverlos, cuando, milagrosamente, la primera víctima pareció rendirse y, no pudiendo soportar más aquel esfuerzo prometeico, dejo caer a plomo su cuerpo sobre los pinchos perforándose la mayor parte de sus órganos. Al menos dos le atravesaron los ojos, uno la garganta y otro por cada hombro, cuatro el estómago y, finalmente, tres puntas afiladas sobresalían rutilando por cada extremidad y mezcladas con la resplandeciente sangre del moribundo.

⸻¡Parar todos! ⸻dijo Viroel volviendo en sí más excitado que nunca⸻ ¡Jesús de los cielos! ¡Aún está vivo este miserable! ¡Mirad como aletea el desgraciado! ⸻y era cierto que al pobre le sacudían unos espasmos propios del acto reflejo, como si aún quedara algo de vida en aquel cuerpecillo, y, a decir verdad, aquellos coletazos no podrían sino infligirle aún más dolor del que ya padecía. ¡Venga usted para acá, Don Alonso! ⸻dijo este amante de lo terrible⸻ ¡desate a los muchachos! ¡Quiero que se desnuden todos ahora mismo! ⸻bramó furioso de repente.

Como Alonso le tenía pánico, se dio mucha prisa en desatarnos y nos instó a que nos desnudáramos conforme nos iba liberando. Una vez estuvimos todos desnudos, rodeamos al padre, el cual, yaciendo junto a la víctima y relamiendo sus heridas, se me asemejó a una leona que diera a luz y procediera a limpiar los restos de placenta y sangre que la cría hubiera arrastrado al nacer. Lanzando una mirada de fiera al grupo que le circundaba, me llamó a mí y a otros dos compañeros de habitación, Marcos y Jaime.  Nos ordenó que nos acercáramos al centro, según me fijé, esta elección no era del todo arbitraria, pues como pude observar éramos los tres que teníamos el miembro más grande y grueso del grupo.

⸻¡Ardo en deseos de terminar de abrir este cuerpo con mi polla! ¡Quiero sodomizarle y arrancarle de este mundo con el mayor sufrimiento posible! Pero, al mismo tiempo, necesito sentir vuestras pollas bien dentro de mi culo. Todo se realizará en el siguiente orden, ¡Tú! ⸻me dijo⸻ serás el primero en recibir este obsequio, te seguirá el pelirrojo y, por último, el que queda. Cada diez embestidas os iréis turnando en este mismo orden, pero cuando hayáis penetrado noventa veces cada uno, os quiero a los tres a la vez dentro y las mantendréis ahí hasta que termine la eyaculación… Un solo fallo en este ejercicio y os cortaré yo mismo la cabeza ¿me habéis entendido pequeñas putas?

Todos asentimos.

Viroel arrancó al compañero liberándole de los pinchos y dejó caer a un lado el tablón ensangrentado. Dispuso bocabajo la mitad del cuerpo de la víctima y le abrió de piernas como si fuera un muñeco inconsciente. Increíblemente, el muchacho aún tuvo fuerzas para gritar cuando el pincho más grande de todos los que le habían perforado entró en su culo tiñéndose rápidamente con la sangre de sus tripas intestinales. Al mismo tiempo, penetré yo a este descabellado e insensible personaje, mi erección era sincera, para nada había tenido que fingir, ni mucho menos podía disimular el irrefrenable deseo de fornicar cuando este acto era inspirado por el dolor de un ser ajeno, así que me sentí feliz de poder compartir con Viroel aunque fuera esta sola cosa. Mis embestidas fueron lentas, preocupándome de que en cada una entrara y saliera el miembro en su totalidad y contando meticulosamente los impactos. Después me siguieron mis compañeros, que a pesar de las primeras dificultades para empinarla, una vez estuvieron dentro, cobraron la dureza y el vigor natural que las caracterizaba. Teníamos loco a Viroel, que blasfemaba y gritaba todo cuanto podía, hundiendo sus dedos en cada orificio del muchacho procurándole aún más tormentos. Finalmente, los tres nos introdujimos en aquel ancho y acostumbrado conducto y el semen de Viroel volvió a brotar tan contundente y espeso como la vez primera. El chico expiró su último aliento con la polla de aquel centauro llenando sus entrañas.

Por aberrantes que parezcan estos hechos, juro por Dios mismo que no hay nada de falso en ellos, y aun siendo consciente de que hace más de cuarenta años que transcurrieron, espero que el lector de estas humildes, pero ante todo, honestas memorias, me perdone si es que considera que no he sido lo suficientemente preciso a la hora de describirlos, pues aunque intento ser fiel a mis recuerdos hasta donde me lo permite mi mala memoria, durante todos estos años no he hecho otra cosa que entregarme al más salvaje de los libertinajes, gozando siempre de tantos crímenes y depravaciones como puedan enumerarse en esta vida, sin privarme nunca de excesos y encomendando todas las fibras nerviosas de mi organismo al disfrute indiscriminado de toda clase de placer. El llevar una vida marcada por todo tipo de excentricidades, acorde siempre con el ateísmo integral que alienta el proceder mecánico de la naturaleza y de cuyo seguimiento, que resulta además ser el único aconsejable, obtenemos el colmo de nuestra felicidad, no nos exenta de un progresivo deterioro, tanto a nivel físico como cognitivo, y, quizás, sea esta la razón por la que el lector pudiera llegar a pensar que, en determinadas ocasiones, podría haberme dejado llevar por la fantasía. En este caso, ruego que no tenga en cuenta ciertos deslices y que confíe de corazón en la verosimilitud de mi relato. Por otro lado, me gustaría remarcar que es indiscutible el empeño con que la naturaleza nos impulsa a seguir el camino de nuestras inclinaciones, por muy crueles o vergonzosas que estas pudieran a llegar a ser. Pues, si así no fuera, ¿a qué viene entonces que esta sabia madre se haya tomado tanta molestia en crear unos seres dotados de tan innumerables y variadas formas de sentir? Si, efectivamente, nos fuéramos sus hijos predilectos y no quisiera para nosotros el disfrute y goce de todas nuestras pasiones ¿cómo es posible que se haya tomado un esfuerzo tan exhaustivo en esculpir, hasta el más minucioso de los detalles, cada uno de los rasgos que caracterizan el controvertido mundo de las pasiones?  Un examen exhaustivo de hasta dónde puede llegar un ser humano con tal de satisfacer el infinito flujo de deseos que desbordan su alma, bastaría para convencernos de la veracidad de todo este asunto. Además, si el primer principio que mueve la voluntad de los seres es la búsqueda de placer, sean cuales quieran las formas en que este se articule, esto nos indica claramente que no puede ser otra la voluntad de la naturaleza, ya que ella nos precede y nunca podremos superarla. Admitamos cuanto antes esta amable verdad, entreguémonos lo más pronto posible al desahogo de nuestro corazón, execremos todo cuanto acuda a nuestro subconsciente, pues allí donde el deseo comienza a germinar jamás deberíamos ponerle barreras.

Quiso nuestra mala estrella que, durante el resto de la mañana, el bello jesuita se diera por satisfecho con unos pocos más de ejercicios, acompañados siempre de algún que otro manoseo grosero y degradante, pero sin mayor arrebato que merezca la pena retratar. Unas campanadas sonaron desde lo alto de la capilla y marcaron la hora de comer. “¡Por fin algo que llevarse a la boca!” me dije sin percatarme de mi ingenuidad.

Pasamos en tropel al otro pabellón, cuyas puertas nos las abrió el obediente bedel, y nos adentramos por un corredor hasta convergir en una galería compuesta por cinco habitáculos separados, pues, como ya anuncié, entre los grupos se debía evitar todo posible contacto. En cualquier caso, las paredes eran tan finas y de tan mala calidad, que parecían hechas con papel y, a pesar de no vernos, el murmullo formado por todos los grupos a la vez atravesaba cada instancia como si todos estuviéramos presentes, ya que, en cierta manera, sí que lo estábamos.

Como el miso colegio, las mesas del comedor se habían dispuesto en forma de “U”, y como era de esperar, la parte que correspondía a la base, igual que el serrallo central de los curas, la presidía nuestro apuesto Viroel.

En torno a él se abría el resto de la estructura, existía una separación de tres mesas a cada lado del padre, mientras el resto de los brazos que conformaban la “U” lo ocupábamos nosotros. La razón de ello residía en que en las tres mesas situadas a la derecha de Viroel se servían los platos del ostentoso banquete, mientras que las bebidas se servían a lo largo de las otras tres mesas situadas a su izquierda. En las de la derecha, se distribuían los platos del siguiente modo: 1ª mesa: al menos doce variantes que consistían en todo tipo de manjares, ya fueran cremas, sopas, entrantes del más fino ibérico, ingeniosas ensaladas o el mejor marisco de Galicia. 2ª mesa: otros doce platos, encabezados por jugosas y humeantes piezas de carne o pescado, guisadas con mucho esmero, todos distintos, adornados con todo tipo de virguerías y donde se hacía notar la buena mano del cocinero. Además, se les acompañaba con abundantes guarniciones de la mejor selección gastronómica del país y todo con una pinta deliciosa. Por último, 3ª mesa: se servían los postres, había una gran variedad de frutas, seguidas de lo mejor de la repostería, pasteles, tartas y bizcochitos, así como galletas y otros dulces, todos preparados artesanalmente y con los mejores productos. En lado izquierdo, se seguía el siguiente orden: 1ª mesa, una colección de botellas con el mejor vino de la tierra, todos de etiqueta y ninguno con menos de quince años de reserva, así mismo el cava más célebre de Cataluña, la más excelente sidra asturiana o la famosa queimada gallega, servida esta última en una hermosa fuente. 2ª mesa, reservada a las bebidas destiladas, güisque Irlandés, coñac, el mejor Ron cubano y el Vodka más caro de Polonia. Por último, en la 3ª mesa, todo tipo de licores, desde el tequila más fuerte de México hasta la absenta más alucinante de Francia, pasando por toda clase de aguardientes y orujos más propios de nuestra buena tierra, sin olvidar, claro está, el famoso licor de endrinas del norte. Por último, al extremo de la tercera mesa, reposaba un gran tanque de café de al menos unos cincuenta litros.

Al observar yo tan desmesurado banquete sentí el agujero de mi estómago más abierto que nunca, rugiendo como un león desde mis entrañas y la boca toda se me humedeció con saliva que empecé a segregar de forma mecánica, cayéndome de los labios y formando densos charcos sobre la tabla de la mesa. En ese instante creí que poco me importaban los abusos, las palizas o cualquier clase de escarmiento, pues si al menos conseguía llenar el estómago una vez al día, todo ello no tendría mayor inconveniente. ¡Qué fácil es anular el resentimiento! ¡Cómo se bambolea nuestro insignificante orgullo cuando se nos satisfacen las necesidades! En todo esto pensaba mientras aguardaba el momento en que se me dejara arremeter contra el primer plato. Sin embargo, ese entusiasmo que desprendía todo mi organismo con la contemplación de aquellas delicias, no era compartido por el resto de mis compañeros, a los que observé más bien anulados, con la cabeza gacha, como si efectivamente, lo que allí se servía no fuera más que una ilusión que se desvanecería tan pronto como se le hincara el diente. A todo esto, pregunté a mi compañero de la izquierda, por qué no mostraba más interés por lo que allí se nos ofrecía, claro que, de tal pregunta, espero que el lector no crea que la formulé por compasión o por conocer la causa de su desdicha, ¡Pocos sentimientos me importaban más que los míos! Si no que más bien lo hice por mí mismo, por si acaso debía prevenirme de ese entusiasmo que me dominaba. El compañero me miró con una expresión indiferente, un tanto irónica, haciendo sentirme como un estúpido, fue entonces cuando me percaté de la fealdad de aquel rostro desfigurado al que le faltaba un trozo de napia. Por no decir que no había un solo hueco libre en toda su cara que no estuviera surcado por alguna cicatriz. Señalando sus imperfecciones, como si ciertamente deseara admitir que su fealdad no era ni mucho menos algún secreto, me dijo:

⸻¿Ves estos cortes? Ahora entenderás por qué no muestro el menor interés en la comida, ¡Ojalá llegue el día en que evolucionemos y solo nos sea preciso un rayo de luz para alimentarnos! ¿Crees que algo de esto es para nosotros? ¡Como se nota que eres el nuevo! ⸻y riendo por lo bajo⸻ sobre nosotros lloverán los restos que este monstruo desprecie y, créeme, mucha suerte habrás tenido si es que sales de una sola pieza ⸻llamando a su compañero de la izquierda⸻ ¡Rubén! ¡Rubén! ⸻y Rubén se viró hacia nosotros, ¡Santo cielo! Al pobre desgraciado le falta una oreja ⸻¿Qué quieres, Darío? ⸻Nos dijo Rubén⸻ ¡Los huesos del faisán serán míos! ¡Jaja!

⸻¿Por qué le falta una Oreja? ⸻pregunté intrigado a Darío.

⸻¡Mira! Observa a ese de la esquina, el moreno. ¿Lo ves?

⸻Si, es Bermejo, comparto cuarto con él.

⸻Ése le arrancó la oreja. Y el que está a su derecha, el del pelo abultado, Rodrigo, carece de todo tipo de escrúpulos. Vicente, aquel que ves allí sentado ⸻me dijo Darío señalándome con un dedo⸻ es tuerto, Rodrigo le clavó un tenedor por una espina de merluza.

⸻Los dos son mis compañeros de habitación.

⸻¡Ah! ¿entonces eres el que ha sustituido a Francisco?

⸻¿Quién? ¿el monaguillo?

⸻Mira, compañero, mantén los ojos abiertos. Ellos han sido los cómplices de muchos crímenes aquí. Disfrutan denunciando al resto de los internos, les encanta presenciar los sangrientos castigos. Especialmente a ese diablo de Bermejo. Te aseguro que Francisco… Bueno, yo que tú me andaría con cuidado…

Quería seguir preguntándole, debía deshacerme de Bermejo y aquellos que le seguían. ¿Pero cómo destronarle? Por otro lado, repudiaba la idea de que por mi ambición pudieran beneficiarse, aunque solo fuera por pasiva, aquellos que consideraba los débiles. Nada más lejos de mi propósito que compartir ese altruismo de los cristianos. Además, no existe un crimen mayor que el de ayudar al prójimo, porque dicho está en las leyes de la naturaleza, que este tipo de acciones corrompen y destruyen el universo. Es cierto que podemos encontrar cierta simbiosis en los seres, pero si se da es precisamente porque ambos sacan partido de su colaboración. De la misma manera ocurre con el supuesto “amor”, cuyos lazos difícilmente podrían trascender al egoísmo que los inspira. ¿No es el amante un pancista encubierto? ¿Y los lazos sanguíneos? ¡Barbaridades! ¿Acaso les debemos algo a los que un día nos concibieron por un desliz en su placer? ¡Estupideces! Puedo admitir que exista cierto “sentimiento de dependencia” por parte del hijo, pero, una vez finalizado dicho proceso ¿Para qué sirve un progenitor? ¿No deberíamos deshacernos de él como la oruga de su crisálida al concluir su metamorfosis? Por otro lado ¿Para qué diablos quiere un padre a un hijo? ¿le mueve el interés de perpetuar su estirpe? ¿No es esto un claro sentimiento de vanidad? Como sucede en la naturaleza, el hijo acabará suplantando al padre cuando este se vuelva senil y decrépito ¿Existe acaso una experiencia más horrible para un progenitor? Recomiendo que los padres destruyan a sus hijos nada más nacer, si es que no deciden antes aplastarlos durante el embarazo previniendo así mayor desgracia. ¡El carácter sagrado de estos lazos no es más que una desagradable quimera! ¡Una fantasía religiosa que haría bien en borrarse del mundo!

⸻La verdad que no me caen bien… Tengo mis razones para odiarles…

⸻Escucha Darío ⸻interrumpí⸻ debes presentarme a todos los que están en su contra, tenemos que conspirar contra ellos, al menos, que reine la paz entre nosotros…

⸻¿Crees que no lo hemos intentado? ¡Todo el bloque les odia!

⸻¿Entonces? ¿Por qué no les habéis denunciado? Quiero decir, según me han dicho, no es difícil convencer a los padres de algún delito. Además ¿No lo hicieron con Francisco? El propio Bermejo me contó la hábil mentira que diseñó para acabar con él.

⸻¡Francisco! ⸻exclamó este posándose la mano sobre el corazón⸻ fue el único que tuvo las agallas para acabar con todas estas injusticias… Quería que cerraran para siempre Cristo Rey.  ¡Tan valiente! Hasta tuvo que prostituirse haciéndose pasar por el amante de Llanos. Además, no es tan fácil, Bermejo ocupa ahora el puesto de monaguillo y quiere tener todo bajo control.

⸻¡Ah, bandido! Eso no me lo dijo.

⸻No va a confiar en ti de primeras. Creo que ni siquiera se fía de los suyos.  Verás ⸻continuó diciéndome Darío, al que unas lágrimas empezaron a brotarle de los ojos⸻ aquí el infierno no es solo cosa de los padres, es cierto que nosotros no somos más que el objeto de sus voluptuosidades, pero el mayor mal radica en el odio que estos endemoniados jesuitas pretenden promover entre nosotros. Los padres disfrutan de nuestras pequeñas intrigas, desean que nos maltratemos mutuamente, como aquellos viejos Dioses que, por disputas particulares, promovían la guerra entre los pueblos. Francisco, mi queridísimo amigo, quiso llevar todo en secreto. Quería fugarse y contar a las autoridades todas las atrocidades que aquí se cometían. Solo así podría salvarnos. Aun así, el precio era alto, para ello debía ganarse la confianza de Llanos y mover desde allí todos los hilos. Pero todo corazón es débil, nos enamoramos, cometimos el gravísimo error de dejarnos llevar por nuestros sentimientos y, aunque fuimos mil veces precavidos, el zorro de Bermejo terminó por sospechar de nosotros. Echó por la borda el plan. ¡Ese cerdo! Cegado por la envidia, pues no hay nada más engañoso que el poder, pensaba que Francisco recibía un trato más favorable que el resto y, en cierta manera, así nos lo hacían creer los padres, pero yo confiaba en Francisco, sabía que actuaba por una causa noble y día tras día me contaba los mil suplicios y vejaciones que el sádico de Llanos le hacía padecer. Créeme, hermano, lo que movía a Francisco a ocupar tan terrible cargo era el sacrificio por los demás. Pero Bermejo, obcecado en que Francisco era un traidor, que había decidido prestarse a monaguillo solo porque ello le otorgaba más poder, se las apañó para tramar una red de mentiras y engaños en las que acabó por involucrar a más padres, y, finalmente… ⸻dando un golpe en la mesa⸻ ¡Vaya si lo consiguió el desgraciado!

Darío se cubrió el rostro con las manos.

⸻¿Y… a ti, por qué no…?

⸻¿Por qué no me involucró?

⸻Sí, hubiera sido más fácil que montar toda esa trama…

⸻En primer lugar, no le hubieran creído, es cierto que la promiscuidad entre los alumnos está prohibida, pero para creer una denuncia de ese calibre los padres necesitan pruebas. Bermejo solo tenía unas pocas sospechas, pero nada sólido. Además, lo que le obsesionaba era suplantar a Francisco. Solo si metía en el asunto a más curas, que son tan recelosos entre sí como crueles con nosotros, el conflicto lo tenía más que asegurado. En segundo lugar, sabe que no hay mayor castigo para mí que esta impotencia de no poder hacer nada. Me obliga a mantenerme cayado, pues a la mínima muestra de resentimiento le daré un motivo suficiente para confirmar lo que sospechaba. Te digo que ese Bermejo es el mismísimo diablo…

⸻Lo siento mucho, Darío ⸻mentí a este granuja y, para darle credibilidad a mis hipócritas palabras, apoyé mi mano sobre su hombro como muestra de afecto⸻ ¡Escúchame bien, hermano! No podemos tolerar más esta situación, yo mismo estaré dispuesto a sacrificarme tal como lo hiciera Francisco. ¡Limpiemos el nombre y la dignidad de nuestro amigo! ¿Consentiremos que haya muerto inútilmente? Es hora de romper con esta impotencia que te abruma. Si algo bueno me enseñó mi padre, que era un honrado miliciano ⸻continué dejándome llevar por la mentira⸻ es que debemos luchar por un mundo más humano, donde la igualdad sea el principio y la justicia su forma.

⸻¡Oh, compañero! Qué bellas son tus palabras…  Aun así, siento mucho disgustarte. Bermejo está ahora al mando y no nos lo pondrá fácil. Además, ¿Quién te asegura que no nos tenga ya en el punto de mira? ¿Quién te dice que no seamos el blanco de su dardo venenoso?

⸻Pero Darío… ¡Cómo puedes ser tan cobarde! No es Bermejo si no tu propio miedo el que te ha vuelto un impotente. ¡Cobarde! ⸻exclamé dando un puño sobre la mesa⸻ ¿y te consideras todavía amigo de Francisco? Seguro que te despreciaría… ¡Con todo lo que hizo!, y tú, ahí, asustado como la más sucia alimaña…

En ese instante, nuestra conversación fue interrumpida por el padre Viroel, que en todo este tiempo se había bebido dos o tres botellas del vino, arramplado con todas las ensaladas, desmenuzado parte de un faisán y devorado hasta los huesos un pequeño cochinillo del cual quedaba poco más que la cabeza. Los últimos pedazos de carne perteneciente a una pata de venado, que aún trituraba entre los dientes y de la cual solo quedaba la osamenta, dificultaban la inteligibilidad de su discurso, el cual además resultaba de los más extravagante, pues mientras hablaba mantenía agarrados por la cola dos pescados casi a medio terminar.

⸻La naturaleza es una Diosa sedienta de perfección, no exenta de sacrificios y así está escrito en sus leyes, que uno de sus primordiales principios, consista en la eterna competencia de sus seres. Nosotros, vuestros tutores, somos grandes defensores de esta doctrina, gravada a conciencia en nuestros instintos y por ello, puesto que no somos más que los jueces a los que corresponde la ejecución inviolable de todas sus leyes, queremos para nuestros pupilos que, en nuestro colegio, igual que en la naturaleza, se sigan y se cumplan todos los designios que esta Diosa nos ha encomendado. Si queréis ganaros la gracia de vuestra existencia, si queréis alimentaros, deberéis pelear por ello empleando los cubiertos ⸻dijo señalando una pila de estos con uno de los peces⸻ no importando los lazos que os unan, ni los medios que utilicéis con tal de haceros valer el alimento que os disputéis.

⸻¿Por eso te falta un trozo de nariz, cobarde? ⸻susurré a Darío.

Pero mi nuevo amigo estaba muy tenso, su afeada aunque vivaz expresión, se tornó, de repente, muy maliciosa. Los ojos los tenía clavados en Bermejo y me dio la sensación de que la ira lo nublaba. Los puños los mantenía prietos y cerrados y bajo la mesa noté que le temblaban las piernas. Sin duda estaba nervioso.

⸻Tienes razón ⸻me dijo mirándome de soslayo⸻ pero no lo seré más, todo este tiempo cegado por mi dolor, resentido… y mi corazón sediento de venganza. Gracias por haberme abierto los ojos, gracias de verdad. ¡No contendré por más tiempo esta rabia, no voy a concederle ese favor a aquel que acabó de forma tan súbita con los días de mi felicidad!

Sorprendido del efecto nocivo con que mis palabras habían terminado de corroer ese inocente corazón, iba a preguntarle que tenía pensado, cuando nuevamente la voz de Viorel, tan grave como la de un ogro, volvió golpear la instancia absorbiendo el resto de murmullos.

⸻¡Qué empiece la rifa! ⸻dijo este hombre de Dios sorbiendo de un trago media queimada⸻ ¡Ahí va un trozo de carne! ¡Aquí otro de pescado! ¡Vamos perros míos! ¡Alimentaos! ⸻dicho esto, el muy bestia hundió su cabeza en un cuenco de sopa y la lanzó por los aires, así como los pedazos de faisán que ya había desechado, también agarró un puñado de patatas y nos la tiró como si fuéramos palomas. Lo mismo hizo con los trozos de huesos y espinas que le iban sobrando ⸻¡Oh, cuanto despilfarro! ¡Comer! ¡Quiero ver ríos de sangre por estas costillas! ⸻agarrando con las dos manos el cochinillo, lo tiró contra varios de los internos que se batían en feroz combate al rededor⸻ ¡Vamos animales! ¡Ese tenedor, qué perfore algún órgano! ¡Ese cuchillo, qué siegue ya una garganta!

Darío se lanzó en medio del bullicio, agarró un cuchillo de la pila y le perdí de vista. Yo me aventuré despacio, esquivando las decenas de golpes y patadas que zumbaban como balas, pasando sobre cabezas aplastadas, dedos rotos, cuerpos tendidos inconscientes, algunos mal heridos, muchos desangrándose… Pero tuve suerte, conseguí hacerme rápidamente con unas patatas y unos míseros guisantes, después agarré medio muslo de Faisán y me escabullí como pude bajo las mesas. No era el único, muchos como yo, igual de cobardes, preferían conformarse con poca cosa antes que salir con algún miembro amputado de la refriega. Entonces volví a ver a mi amigo Darío, éste, aprovechando la confusión, se dirigió hacia Bermejo, el que andaba pateando a dos muchachos que habían intentado privarle de un trozo de pescado y, como el torero que esconde bajo su capa el mortal puñal, Darío arremetió contra su enemigo atravesándole el oído de una firme estocada. Un chorro de sangre brotó de su cabeza y se desplomó. Pronto fue encubierto por las decenas de muchachos que se amontonaban con tal de llevarse algo a la boca.

Viorel comenzó a excitarse desde su púlpito, presenciando la escena como un auténtico Dios de los infiernos. Plantó su enorme polla sobre la mesa, tan gorda y alargada como la trompa de un elefante, la acariciaba despacio, pues, aunque larga andaba todavía medio flácida, sedada aún por los incontables litros de alcohol que aquel Dios de todos los vicios había ingerido.

⸻¡Qué espectáculo tan hermoso! ⸻decía mientras se le iba empinando⸻ Ni diez mil años de civilización podrían frenar los instintos que laten bajo esa máscara despreciable a la que llaman moral. Esta es, sin lugar a duda, la naturaleza humana ¡Más salvaje que todas las fieras juntas! ¡Nada que envidiar de las epidemias más atroces! ¡Peor aún que la peste más devastadora! ¡Eh aquí el hombre! ¡La pandemia más dañina que haya azotado la tierra! ¿Quién de todas tus criaturas posé el privilegio de poder extinguirse a sí misma y arrastrar consigo al resto de los seres? ¿Quién si no el hombre puede alcanzar tal grado de aniquilamiento? ¡Oh, Diosa madre! ⸻vaciando de un solo trago la botella de absenta⸻ ¡No permitas que esta fuerza decaiga jamás! ¡No permitas que los hombres ignorantes hagan de ti su cómplice! ¡Cómo hierran aquellos que te idolatran considerándote amable! ¡Solo aquí se revela tu esencia! ¡Solo aquí te rendimos tributo! ¿Acaso es concebible asumir otros principios, otras leyes distintas a aquellas que nos inspiró tu mano creadora? ¡Al diablo!

No pudiendo soportar su cuerpo más excesos, el monstruo acabó por vomitarse encima de los hábitos, aunque también alcanzó a salpicar varios platos. Observé con asombro que entre los restos de la pota no digeridos había varios huesos, incluso grandes espinas, señal de que el muy bestia no se había mostrado escrupuloso a la hora de tragar piezas enteras. Sin embargo, no por ello dejó de comer y beber como al principio, vacío la bandeja de frutas, lanzando algunas piezas a los que todavía combatían con arduo valor, mordisqueó alguna de las galletas, probó todas las tartas y al menos engulló siete u ocho pastelitos. Uno de los muchachos que corrían cerca de él fue agarrado de los pelos por una de sus gigantescas pinzas.

⸻¡No te vayas a quedar con hambre muchachito!

Y restregando su estrujada cabeza en el charco de la vomitona poco faltó para que se ahogara. Esta última acción terminó por excitarle del todo, su polla alcanzó su extraordinaria dimensión y ordenó a dos muchachos que le pajearan, mientras que a un tercero se la introdujo superficialmente en el ano. Vi que buscaba a un cuarto, en ese instante se fijó en mí, que debía ser al que buscaba, porque nada más encontrarme se le iluminó el único ojo que tenía y se pasó la lengua por los labios como si fuera una rana.

⸻¡Ven aquí cabrón! ¡Quiero que me sodomices mientras sodomizo!

Pero no solo se conformó con eso el bribón, que, en su deseo de tener los dos principales orificios de su cuerpo taponados, comió directamente de los platos, especialmente de aquellos que había manchado de su propio vómito, embadurnándose la cara con el resto de guarniciones y charcos de alcohol que había despilfarrado por toda la mesa. Se la metí bien dentro para que se atragantara, pero todo eso no hizo sino ascenderle de un solo empujón al paroxismo del placer. Con sus dos manazas sujetó al muchacho que casi había ahogado en la pota y de un mordisco le arrancó los calzones, tendiendo ante sí aquel culo blanquito lo empezó a chupar provocándole la defecación, la cual recibió con entusiasmo y la tragó como si fuera una amarga trufa de chocolate. Luego ordenó a los cinco que nos pusiéramos ante él y mantuviéramos los ojos bien abiertos. Lo que sucedió a continuación, todavía no puedo explicármelo, pero el muy depravado acabó eyaculando al mismo tiempo que nos orinaba, salpicándonos así con mucho arte de sus dos execraciones.

Poco a poco el bullicio de la batalla se fue apagando, y allí, sobre las frías baldosas, había tendidos varios cuerpos. Algunos se arrastraban muy mal heridos, otros, como el de Bermejo, reposaban inertes en un charco de sangre. El resto de los compañeros habían vuelto a sus mesas, no había ni uno solo que no sangrara de un brazo o de alguna pierna, muchos de ellos se tapaban los cortes de la cara ya fuera por el dolor o por la vergüenza de sus desfiguraciones. Yo volví a mi sitio totalmente impone, aunque embadurnado con la mierda, el vómito, el semen y la orina de nuestro santo padre. Observé que Jaime había salido de la contienda muy mal parado, con varios cortes en las extremidades y dos o tres piteras cuya sangre coagulada contrastaba con el brillo dorado de sus bucles. A Rodrigo le habían apuñalado el vientre y necesitaba atención médica urgente, tampoco se libraban mis otros dos compañeros, Juan y Marcos, pero estos no presentaban más que unas decenas de cortes superficiales. Mi amigo Darío regresó más tranquilo de la contienda, aunque con nuevos rasguños en el jeto y varios arañazos que se sumaban a la colección, pero nada serio en comparación con el resto. También el tuerto parecía haber salido bastante impune, no así Samuel, al que habían roto la nariz y le sangraba por ambos agujeros. Rubén, del que podría decirse que habría salido afortunado, pues en uno de sus puños mantenía firmemente aferrado uno de los muslos del Faisán, si no fuera porque yacía rígido en el suelo completamente inconsciente.

Viorel se paseó por el centro de la instancia, con las manos entrecruzadas sobre la espalda y disfrutando de los estragos de su violenta obra, pateó el cuerpo inerte de Bermejo y, al ver que este no reaccionaba de ninguna de las maneras, lo dio por muerto. Dando dos fuertes palmoteadas, entraron por una de las puertas contiguas un equipo de enfermería, a los que siguieron los camareros.

El personal contratado para estos trabajos siempre se mantenía al margen, observando la escena con plena indiferencia. Los padres debían pagar muy bien estos servicios, pues ante un buen fajo de billetes, ¿Quién no se convertiría en una tumba? Solo los hombres imbéciles, cegados por un sentimiento pusilánime de la justicia, antepondrían su orgullo a la compra de su silencio y, ciertamente, no creo que haya una idea más ingenua que la de no dejarse sobornar. No veo yo que exista ningún inconveniente, sería ridículo y absurdo concebir una sociedad en la que el soborno no predominara sobre las instituciones, pues las leyes que rigen la sociedad solo cobran realidad si, efectivamente, aquellos que las protegen son propensos al soborno. Éstas solo están para controlar a la masa, negligente, inculta, parasitada por las convecciones y paradigmas que inventa la misma cultura que los oprime. Además, los mismos que ocupan las élites del poder, son los que dictan las leyes y pensar que estas fueron diseñadas para proteger al pueblo de la tiranía es la más grande de las ingenuidades. Solo el más engreído de los hombres, llevado por algún tipo de indicio megalomaníaco, se atrevería a cuestionar estos principios, creyendo, así mismo, que su comportamiento es infinitamente superior al de aquel que se deja sobornar, pero ésta, es la estrategia de los mártires suicidas, y lo cierto es que lo único que quedará de estos hombres por el paso de la historia serán las huellas que acabe barriendo la marea.

De vuelta al claustro, el infame jesuita nos instó a retomar los ejercicios, pues según él, debíamos quemar las calorías que habíamos absorbido durante la copiosa comida, así que nos hizo correr, brincar, flexionar, estirar y otras tantas perrerías. Cuando muchos de nosotros sentimos flaquear las pocas fuerzas que nos quedaban, marcando el reloj de la capilla las siete de la tarde, el santísimo padre dio por concluidas sus obligaciones escolares, y aunque esta segunda parte de la jornada no resultó tan violenta como la primera, lo cierto es que se hizo chupar y encular al menos otras cinco veces, y en todas ellas solicitó mis servicios, llegando a confesarme que sentía auténtica devoción por mi cilindro y que pronto tendría el privilegio de pasar una noche entera con él, pues ardía en deseos de dormir con aquello metido en el culo durante toda la noche.

Era un hecho que, si los padres deseaban pasar la noche acompañados, estos podían disponer a su voluntad de aquellos internos que se les habían asignado durante la distribución de los turnos. Lo normal era que cada padre eligiera uno por día, salvo en el que caso de que sintiera preferencia por alguien en particular, el cual se convertiría instantáneamente en su objeto, estando penado con la muerte cualquier atisbo de insubordinación por parte del elegido. Sin embargo, el insaciable Viroel era el único que acostumbraba a pasar la noche acompañado de hasta diez internos, aunque por el momento, no se me destinó gozar de tan amable privilegio. Entre los que tuvieron la desgracia de ser objeto de su devoción durante aquella primera noche, se encontraban dos rostros conocidos: Juan y el tuerto. No volví a verlos más.

Era sorprenderte la rapidez en la que se habían incardinado estos acontecimientos tan favorables para mí. En cierta manera, en tan solo un día, el camino hacia la gloria se me había abierto casi completamente de improvisto. Con Bermejo y Rodrigo fuera de combate, pues por la herida de este último acabó también por escapársele la vida, tan solo quedaban Marcos y Jaime. ¡Ay, cuantas cosas barruntaba mi maquiavélica cabecita!

Don Alonso nos guio hasta las duchas, cuyos compartimentos obedecían también a la mencionada división de los grupos. Penetramos en uno de los cinco y nos colocamos en fila horizontal, espalda contra pared y mirando de frente al bedel. Más que una sala de baños aquello parecía un panteón de exterminio. Todo gris, sin ventilación, donde una luz eléctrica parpadeaba inestable. Además, no había duchas, solo una larga manguera que sujetaba el bedel y que estaba provista de un mecanismo que regulaba la presión y la temperatura.

⸻¡Fuera esos andrajos animales! ⸻Nos dijo.

Una vez desnudos el buen bedel nos rocío con un potente chorro tan caliente que de milagro no alcanzaba el punto de ebullición. Ante cualquier amago de evitarlo, nos apuntaba hacia la cara, sin tener piedad de los ojos u otras partes más sensibles. Cuando las marcas de calor ya cubrían nuestra enrojecida piel, entonces alternaba la temperatura, salpicando un agua fría como las que bajan de un glaciar. Siempre resentida, ya fuera por la mordedura del calor o la del frío, pues ambas resultaban en su extremo igualmente abrasadoras, la piel comenzó a llenarse de grietas y el dolor terminó por hacerse insoportable.

⸻¡Agua bendita! ¡Agua que purificará vuestras almas corrompidas! ⸻gritaba el sátiro masturbándose mientras nos mojaba⸻ ¡Daos la vuelta sacos de mierda! ⸻entonces aumentó la presión del chorro, colisionando contra nosotros con tanta fuerza que más de uno acabó estampado contra la pared ¡Tal frágil era nuestra fisionomía! ¡Finos como enclenques juncos sobre los que se cernía la más terrible tormenta!⸻ ¡Oh, cabrones! ¡Abrir vuestro ano! ⸻acercándose por la espalda, agarró a uno de la cabeza y le introdujo el chorro directamente en el culo⸻ ¡Maricón, chilla para que eyacule! ⸻y elevando la temperatura del chorro, inspirado por los terribles alaridos de aquel pobre muchacho, el bedel terminó corriéndose sobre los muslos de la criatura⸻ ¡Así! ¡Así! Dejemos bien limpios los conductos por donde el santo padre gusta de esparcir su divina semilla…

Concluido el aseo, el Caronte nos arrastró de nuevo a nuestras oscuras dependencias. Durante largo rato, me dediqué a escuchar los sollozos de mis compañeros, cuyas almas agónicas no hacían si no suplicar a la muerte una pronta sepultura, pues ya no tenían otro anhelo más que el abismo y sus tinieblas. Los suspiros recorrían cada instancia como el rumor de un río y se extinguían antes de franquear los muros, como los aullidos de un lobo que se ahogaran en la estepa antes siquiera de alcanzar la luna.

⸻¡Ese bastardo de Viroel! ⸻chismorreo Marcos.

⸻¡Estamos perdidos! ⸻Dijo Jaime⸻ Sin Bermejo… ¿Qué vamos hacer ahora?

⸻¿Tú no dices nada, Tomás? ⸻me preguntó Marcos.

⸻¡Queridos hermanos! Tengo algo que deciros… Sé que soy el nuevo, pero que me hayáis mentido de esa forma…

⸻¡Qué hablas!

⸻¿Por qué no me contasteis que Bermejo era monaguillo?

⸻¡Qué importa eso! ¡Está muerto! ⸻exclamó Jaime.

⸻No da igual, a Bermejo lo han matado. Yo vi como lo asesinaron y también me enteré porqué.

⸻¡Deslúmbranos! ⸻Dijo Marcos, que, agitado por la conversación, optó por incorporarse.

⸻¿Qué vais hacer ahora? ¿Sois conscientes de que sin Bermejo no tenéis nada con que defenderos? ¿Sabéis que traman una conspiración contra vosotros? Bermejo jugó sucio y hoy ha pagado por ello, lo mismo Rodrigo, por ser su cómplice. Solo depende de vosotros salvaros y para ello debéis confiar en mí. Pero ¿puedo yo confiar en vosotros?

⸻¿Quiénes? ¡Explícate Tomás! ⸻me exigió Jaime.

⸻Eso, deja de irte por las ramas. ¿Qué es lo que quieres de nosotros?

⸻Rubén lo mató. Le clavó un cuchillo en el oído, yo mismo lo vi con mis propios ojos.

⸻¿E insinúas que esa pulga va contra nosotros?

⸻Esa pulga odia a Bermejo. Y yo también le odiaría, le cortó una oreja, joder. Pero hay más.

⸻Le denunciaremos  ⸻dijo Marcos mirando a Jaime⸻ ¿le denunciaremos, no Jaime?

⸻Escucha ¿Qué quieres? ¿Por qué nos cuentas todo esto?

⸻Porque quiero que confiéis en mí. Para ello deberéis aceptarme como el nuevo monaguillo, si me lo ponéis fácil prometo protegeros tal como hacía Bermejo.

⸻¿Pero quién coño te crees que eres, nuevo? ¿Vas a venir tu aquí exigiendo? ⸻repuso Marcos muy irritado.

⸻Está bien, mirad, he intentado advertiros. Vosotros veréis.

⸻¡Cálmate Marcos! ⸻dirigiéndose a mí⸻ A ver, cuéntanos todo lo que sabes…

⸻Se cuando tienen previsto el siguiente golpe, irán por vosotros. Tratad de comprenderlo, habéis sido los cómplices de muchos horrores. ¡Sois unos seres despreciables!

⸻Pero… ¿Quiénes?

⸻Darío es el cabecilla de esta conspiración. Esta mañana me contó algunas cosas… ha conseguido apoyos, aquí os odia bastante gente. Supongo que quiso prevenirme, pero sospecho que su verdadera intención era ponerme de su lado. Pretende quedarse con el puesto de monaguillo y, creedme, hermanos, si eso llegara a suceder…

⸻¡Ese cabrón de Darío! ⸻exclamó Marcos.

⸻¿Qué sugieres? ⸻preguntó Jaime.

⸻Debéis acabar con Darío… Si él cae, el resto no tendrá nada que hacer, y antes que jugársela, preferirán tragarse su orgullo como lo hacían antes de que Darío le persuadiera. Ahora bien, yo seré a cambio el nuevo monaguillo. No obstante, os garantizo al cien por cien vuestra protección, ¡Hermanos! ⸻exclamé alzando los brazos como un auténtico líder⸻ ¡Juntos ganaremos mucho más que separados! Os aseguro que no tardaré en granjearme el amor del padre Viroel, entonces todo será nuestro ¡Controlaremos todo el bloque! ¡Lo prometo!

⸻¡Está bien! Yo estoy contigo ⸻dirigiéndose a Marcos⸻ ¿Tú que dices Marcos?

⸻No me fío de él…

⸻A ver, Marcos ⸻le dije perdiendo la paciencia⸻ ¿Qué ganaría contando todo lo que os he desvelado si no hubiera tenido en mente convertiros en mis aliados? ¿No crees que hubiera sido más fácil callarme?

⸻Es cierto… ⸻añadió Jaime, algo nervioso por la indecisión de su amigo.

⸻¿Y si me niego?

⸻Entonces disfrutaré viendo como acaban contigo ⸻desafiándole⸻ ¿Crees que te lo he contado todo? Haces muy mal en subestimar la inteligencia de Darío. Lleva meses calculando todos sus movimientos, es un zorro, créeme.

⸻No lo sé, no me das buena espina.

⸻No insistiré más. Pero tienes que entender que esto es una cuestión de confianza. Si vosotros acabáis con Darío, yo confiaré y no tendré más secretos. Mientras tanto, vosotros veréis. ¡Buenas noches!

Me giré contra la pared y aguardé a que mis palabras surtieran efecto sobre la intranquila conciencia de mi compañero. Al instante, le oí decir.

⸻De acuerdo, confiaré en ti…

⸻Perfecto. A partir de ahora como si no os hubiera dicho nada. No podemos arriesgarnos a que Darío desconfíe.

⸻Vamos a matar a ese imbécil, pondremos fin a la vida de ese traidor. Disfrutaré haciéndolo, joder. ¿Qué piensas Marcos? Coño, es un resentido, no existe mayor carroña que esa gente…

Marcos guardó silencio. ¡Qué dulces son los caminos de la traición! ¡Con qué alegría concebía yo mis planes!

Cuando los primeros rayos de la alborada se filtraron en el cuarto, desperté a mis compañeros aprovechando el breve lapso de tiempo que teníamos antes de bajar al pabellón. Desde el fondo del pasillo se empezaron a oír las voces del fanático bedel, así que me di mucha prisa en contarles lo que había pensado para lograr con éxito el plan. Por el momento les advertí que debíamos dejar pasar unos días para no levantar sospechas, pero que sin duda alguna seríamos los primeros en contra atacar.

Bajamos en tropel al claustro y nos dispusimos en torno al padre, la diferencia de internos con respecto al día anterior era más que notable, pues entre todos no llegábamos a sumar ni la mitad de los que éramos en principio. Me pareció que los padres se habían tomado muy enserio el recorte de internos y calculé que, de seguir así, si efectivamente se seguían procedimientos análogos en el resto de los grupos, al final del turno el colegio estaría completamente vacío. No obstante, pronto descubrí que éramos continuamente reemplazados. Apenas unas semanas después de mi llegada al colegio ingresaron más de cien muchachos que ocuparon las plazas de aquellos que habían sido sacrificados a las pasiones de los padres. Por tanto, las continuas purgaciones que sufríamos no eran por ninguna causa económica, lo cual, al menos, hubiera tenido algún tipo de justificación racional, era, por el contrario, la motivada irracionalidad y el impulso criminal de los padres las únicas leyes bajo las que se administraba toda la institución. En consecuencia, los reglamentos, las penas de muerte o los castigos con que nos amenazaban eran pura patraña, cuya única función la justificaba el hecho de implantar un régimen de terror que bloqueara cualquier indicio de insubordinación. En cualquier caso, ¿no es este el criterio que gobierna cada pueblo? ¿no es el terror el único instrumento de dominación sobre el cual ha de asentarse el poder? A lo largo de la historia el empleo de la violencia ha sido el método más efectivo a la hora de mantener el control, también en la naturaleza, cuya única ley fue siempre la del más fuerte. Por la misma razón tampoco importan las formas de articulación de este poder, pues siempre prevalecerá sobre ellos el mismo principio. La única diferencia es, por tanto, simplemente aparente. El pueblo nunca podrá emanciparse, la sola idea de que pueda considerarse esta posibilidad ofende a la filosofía de la naturaleza y obedece a la desfachatez de ciertos hombres que, o bien se trata de enfermos mentales, de palurdos ignorantes cuyos delirios impracticables siguen el mismo impulso que el trastorno de los hombres religiosos, o bien, de hombres encarecidamente deshonestos e hipócritas cuyo único objetivo es el desmantelamiento del orden existente para imponer el suyo propio. En este sentido, queda dicho aquello de no es el trono lo que se envidia, si no el que se sienta en él.  Y si bien he repudiado toda forma de poder que no fuera la que yo mismo impusiera, pues el único deseo que debe inspirar la moral de los hombres es el de ser un déspota, más desprecio siento aún por todas aquellas políticas reaccionarias en las que la idea de Dios se ha abolido en nombre de otras divinidades igualmente falsas e imbéciles. Solo podría concebir un solo Dios, aquel mismo que se amolde a la misma irrelevancia que reina en la naturaleza, de cuyo seno despótico, cruel, irracional y nihilista surge el más sano equilibrio entre todos los seres, planetas, astros, galaxias y constelaciones que abarcan la opulencia de todo el universo.

Los días que siguieron transcurrieron más o menos como el primero, es decir, una y otra vez fuimos despreciados, humillados, torturados, fornicados, cagados, meados y salpicados por el denso esperma del infatigable Viroel. La única diferencia fue que yo me cuidé mucho de prestarme voluntario a todas las atrocidades de este hombre perverso, siempre que viraba con su único ojo, allí estaba yo para ofrecerme, siempre dispuesto a sodomizarlo, convirtiéndome en cómplice y hostigador de sus sucios arrebatos, incluso me permití sugerirle alguna idea, sin faltar a la entera prostitución de mi persona y precaviéndome de no estrechar ni un milímetro el eterno abismo que nos distanciaba. No obstante, quería sembrar en su turbulento cerebro la idea de que podía contar conmigo, hacerle entender que de alguna forma no éramos tan diferentes, pues es un hecho el que entre aquellos que persiguen los mismos fines exista al menos un cierto grado de amistad.

¡Muy pronto recogería los frutos de mi duro trabajo! pues si por un lado estaba consiguiendo el amor de Viroel, convirtiéndome en algo así como una extremidad más de su monstruosa deshumanización, por otro, estaba ganándome la reputación y el respeto entre mis hermanos, pues ante sus engañados ojos yo aparecía como el nuevo salvador, aunque con la diferencia de que yo no deseaba sacrificarme por sus pecados, sino que, muy al contrario, querría extenderlos tanto como me fuera posible.

Empleando la habilidad de la sugestión, el don más extendido entre los cobardes, persuadí al padre Viroel de que no cometiera actos de violencia contra aquellos cuya alianza, por el momento, me era muy necesaria. De este modo concedería un voto de confianza más que suficiente a mis esbirros, cuyo crimen debían ejecutar aprovechando la confusión reinante durante las comidas.

Aunque hacía varios días que no le dirigía la palabra por precaución, en una de las comidas me acerqué a Darío y le felicité por su acto de venganza, le dije que me había sorprendido su valor y que le tenía por ello mucha estima. Por este motivo le comuniqué que los aliados de Bermejo, enterados no sé cómo de su crimen, planeaban atentar contra su vida ese mismo día.

⸻¡Oh! Esos cabrones… Lo hice con cuidado para que no me vieran. Pero es que tienen chivatos por todas partes.

⸻Ayer mismo los escuché que querían darte caza, lo siento mucho Darío. Pero no temas, yo te ayudaré. Durante la refriega estaremos codo con codo. Además, sospecho que también van contra mí.

⸻¿Ves? Ya te advertí… Por cierto, amigo Tomás, me pediste que te pusiera en contacto con los que odian a Bermejo y su séquito. Pues bien, ya lo he hecho.

⸻¿Quiénes?

⸻Son esos de ahí en frente ⸻me dijo señalando⸻ él de la derecha se llama Esparto, Carmelo él que le sigue por su izquierda y ese que ocupa el lugar de la esquina, el grandullón, se llama Borja. Es un buen mozo, pero padece retraso mental. Sin embargo, está de nuestra parte, no te imaginas las humillaciones que le hizo pasar ese cerdo de Bermejo. También me han mostrado su apoyo Samuel y Rubén.

⸻Bien. ¿Y estás completamente seguro de que verán con buenos ojos mi posición de monaguillo?

⸻Sin duda, les he contado todo. Te apoyan, créeme, más aún cuando han visto cómo te has sacrificado estos días.

⸻¡Muchas gracias, Darío! No sé qué haría sin ti, mi fiel amigo ⸻mentí una vez más a este cretino⸻ ¡Juro que lograremos salir de aquí! No descansaré hasta ver a esos curas cabrones en el corredizo de la muerte.

Como había observado la vez pasada, el hecho de apoyar la mano en su hombro parecía darle mucha confianza en mis palabras, así que la dejé apoyada de nuevo, apretujando su hombro muy amistosamente. Sin embargo, el muy cerdo hizo algo entonces que me repugnó, pues subió su mano y empezó a acariciarme, ¡Oh, santo Dios! Si hubiera tenido en ese momento un cuchillo… ¡Vaya sonrisa de idiota que me puso! “¡Eso! ¡Eso! Disfruta ahora maricón, que pronto serás devorado por los bichos” dije para mis adentros.

La función estaba en marcha, antes de mi conversación con Darío mis aliados estaban enterados de todo, yo mismo le conduciría hasta ellos, le sacaría del tumulto hacia un lugar más despejado, y entonces, saliendo estos de su escondite le apuñalarían a traición como ya hiciera el senado con su cesar.

⸻¡Agarremos estos cuchillos, Darío! ⸻grité a mi amigo en medio del conflicto⸻ bien, vamos hacia esa zona, bajo las mesas, desde allí podremos observar si se acercan y atacarles primero.

Agarré un trozo de carne que yacía en el suelo y se lo entregué a mi amigo.

⸻¡Vamos a comer ahí mismo bajo la mesa! ⸻le indiqué.

Nos pusimos a refugio y, dándome las gracias por el pedazo, me dijo:

⸻¡Oye! ¿Les has visto?

⸻¡No! Tú come, Darío ⸻le dije mientras le apuntaba con el cuchillo⸻ yo estoy al tanto, no te preocupes.

Entonces, vi que mis dos cómplices se aproximaron por la izquierda hasta escabullirse tras nosotros. Para mantener a Darío distraído, le confesé que sentía algo por él.

⸻¡Te amo, Darío! ¡Desde hace unos días muero por tu amor! ⸻los ojos de su desfigurada cara se le iluminaron como dos estrellas. Dejando aparte la comida, me dijo⸻ ¡Oh, Tomás! ¡bésame! ¡bésame amor mío! ¡Aquí no nos verá nadie!

Cuando estos aparecieron justo detrás, cuchillo en mano, le dije:

⸻¡Claro que te daré un beso! ¡Un beso de Judas!

En ese momento, cuando el engañado Darío aún no daba crédito a mis traidoras palabras, Marcos y Jaime se abalanzaron sobre mi víctima y le asentaron cincuenta puñaladas cada uno.

⸻¡Muy bien! ⸻les dije⸻ ¡Ahora dispersaos! ¡Los suyos nos estarán buscando!

Corrí hacia el tumulto, me fijé que Viroel tenía tendido ante sí a uno de los muchachos, lo había colocado encima de la mesa y embadurnado de comida. Manteniendo sujeto sus extremidades, aferradas entre sus poderosas manos, pasaba la lengua por el cuerpo de su víctima haciéndolo temblar de terror. Se detuvo en su pequeño pene casi sin pelos y lo empezó a chupar como si se tratara de un percebe. Fue hacia su trono y le pregunté si quería que le diera por culo. El muy pervertido asintió sin despegar los labios. Desde esa posición aproveche para sustraer del banquete algo que comer mientras jodía al padre. Me llevé a la boca todo tipo de manjares y me guardé unos bizcochos y una tableta entera de chocolate. El padre Viroel me ordenó que me corriera, le obedecí, y, sintiendo mi semen llenarle los impúdicos conductos, el animal agarró un cuchillo de la mesa y le desgarró el vientre al pobre muchacho. Después de desparramar los intestinos de la víctima y lanzarlos a la multitud, partió a golpes el esternón de la criatura y separó su caja torácica como si fuera un cangrejo. Hundiendo una de sus manos le arrancó el corazón y se volteó para entregármelo. El jodido corazón, aún caliente, no para de borbotear sangre entre mis manos, me dijo:

⸻¡Joder! ¡Qué excitado estoy! ⸻sentándose encima de la mesa sobre el cadáver, se levantó los hábitos y, abriéndose de piernas como una mujer, exclamó colérico⸻ ¡Vamos! ¡Introdúceme el corazón en el ano! ¡Quiero sentirlo en mis esfínteres y cagártelo en la boca!

Hice lo que me pedía y después de estrujarlo con los músculos del tracto, me lo vomitó en la boca hecho una completa papilla.

⸻¡Oh, muchacho! ¡Eres dócil como una puta mujer! ⸻me dijo metiéndome la lengua hasta la garganta⸻ Esta noche, esta noche dormiremos juntos. En vista a tus servicios, te concedo el privilegio de elegir a dos compañeros para nuestra noche de bodas. ¡Los sacrificaré en tu honor, ángel mío!

⸻¡Oh afectuoso padre! ¿Seré digno de convertirme en tu mujer? ¡Nada tan agradable como ser la esclava de un hombre!

⸻¿Y acaso no lo deseas? ⸻me dijo apuntándome con su único ojo y haciéndome estremecer al instante.

⸻¿Cómo no? ¡Amo tus vicios y ardo en deseos de convertirme en tu puta cada noche!

⸻¿Y quién quieres que nos acompañe?

⸻¡Mi querido dueño! Me gustaría que nos acompañaran mis dos compañeros de habitación, debes vengarte, ayer mismo los escuché maldecirte ¡Hombre de Dios! ⸻continué diciendo a este monstruo⸻ ¡No toleres que feas palabras ensucien la bondad de tu alma!

Viorel me besó de nuevo.

⸻¡Toma hijo! Aliméntate bien para esta noche ⸻tirando hacia sí de mis calzones, me vertió dos platos de comida⸻ Escóndelos ahí y no los compartas con nadie.

Acto seguido me despachó y se puso a encular la carcasa cadavérica de lo que quedaba de la pobre víctima. Volé esquivando golpes y me reuní con mis compañeros.

⸻¡Mis queridos hermanos! ⸻dije mientras les abrazaba⸻ ¡Tomad! Os he traído chocolate y bizcochos.

⸻Eres un santo Tomás ⸻me dijo afectuosamente Marcos⸻ perdona que en un principio desconfiara de ti. Desde ahora tendrás todo mi apoyo.

⸻Es cuestión de que nos apoyemos mutuamente, hermanos. Por cierto, creo que ya tengo conquistado al cura. Me ha propuesto que pasáramos los tres juntos la noche. ¡No me miréis con esos ojos de carnero degollado! ⸻les dije a ver la cara de horror que pusieron⸻ Creo que si nos portamos bien con él gozaremos de muchos privilegios aquí. ¡Escuchad! Bermejo deseaba ser monaguillo para teneros a todos bajo su control, era un egoísta que solo buscaba su propio bien estar. En cambio, yo, mis adorables hermanos, os propongo que ocupéis conmigo dicho cargo y nos beneficiemos recíprocamente compartiendo el mismo oficio.

⸻¡Tomás! ⸻exclamó Jaime colgándoseme al cuello⸻ eso suena fantástico, cuenta con nosotros.

⸻Confío en ti como un hermano ⸻reiteró Marcos.

⸻Solo nos supondrá una noche, hermanos míos, una noche de lujuria con este monstruo y las llaves del paraíso nos la entregará el mismo San Pedro.

⸻Solo me preocupa que el mal nacido se deje llevar por sus demoniacos arrebatos y acabe degollándonos. Los diez que se llevó a sus dependencias han desaparecido, no me cabe ninguna duda de que llevan criando malvas desde entonces.

⸻No te preocupes por eso, Marcos, hermano. Estoy seguro de que hará todo cuanto yo le diga. Por muy ávaro y tirano que se nos muestre, su corazón es débil, un auténtico esclavo de sus deseos. ¿Crees que estará dispuesto a sesgar la vida de aquellos que le procuran el placer? Solo es capaz de alcanzar el éxtasis si sumamos nuestras tres vergas, de tal modo que, siendo nosotros la causa de su clímax ¿cómo osará desprenderse de nosotros si en ello le va la existencia? de verdad, hermanos míos, tenemos una gran oportunidad esta noche para ganarle como aliado…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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