La Tiza,Capítulo VII La cena con Viroel

Al anochecer, el mismo Don Alonso nos condujo hasta las dependencias de este venerable cura. Antes de ello el padre Viroel le encargó que nos dedicara un lavado a conciencia, muy distinto al acostumbrado, pues para ello empleó un barreño donde fuimos zambullidos, él mismo nos cepilló todo el cuerpo, incidiendo especialmente en la zona de los genitales y el ano. También nos enjabonó y rocío de un perfume con aroma a jazmín. Así mismo nos vistió con unos camisones muy singulares, de un blanco traslucido como la misma pureza. Una vez estuvimos listos, el padre Viroel nos recibió en la puerta luciendo una indumentaria que sobrepasaba lo estrafalario, envuelto en una capa roja engalanada por un forro blanco y moteado como la piel de un dálmata. Así mismo se había colocado una corona real que se cerraba en torno a su cráneo esmaltada de perlas, gemas y joyas preciosas de todos los tipos. Sobre el círculo coronal se erguía resplandeciente la cruz de los cristianos. También llevaba un bástulo con cabeza de cuarzo y madera de roble. Anillos de oro cubrían todos los dedos de su mano derecha y, como en el caso de padre Cid, en uno de ellos llevaba grabados el sello jesuita. Nos instó con el bástulo a que entráramos a su vasto dormitorio.

Quedé francamente sorprendido del inmenso lujo que configuraba la instancia de este honrado jesuita. No había nada que no fuera hecho con caros materiales, hasta el propio catre de la cama, la que, por cierto, era de una dimensión extraordinaria, estaba hecho de oro. Los laterales los cubrían suaves cortinas de seda de diversos colores y a cada lado había dos mesillas que sostenían varios libros. Dos soberbias mamparas iluminaban tenuemente esta parte de la instancia. El suelo estaba tapizado con un aislante de piel de lo más confortable. El espacio de una de las paredes lo ocupaba un lustroso armario de abedul, con relucientes espejos incorporados, al otro lado había varios muebles hechos con madera de caoba, uno de ellos era una vitrina que mostraba diversos galardones y méritos militares. También había un retrato del general, a su izquierda un inmenso crucifijo del Dios ajusticiado y a su derecha la bandera del régimen. En una esquina de ese mismo lado, una abertura diáfana daba acceso a un ostentoso tocador revestido de mármol. En el centro, sobre una mesa digna de emperadores, nos esperaba humeante una copiosa cena. Al fondo, unos leños crepitaban bajo el fuego de una vasta chimenea desprendiendo un calorcillo bastante agradable.
Nos sentamos a la mesa, el mismo Viroel trinchó el delicioso pavo relleno que nos aguardaba,
servido sobre un lecho de patata y guarnecido con crema de castañas y escalivada. Observé que mis dos compañeros no daban crédito al buen trato que recibían, la verdad, que yo tampoco, pues durante aquella maravillosa velada, el cruel jesuita mostró su rostro más humano y encantador entreteniéndonos con un sinfín de anécdotas. Nos habló de sus orígenes, enterándonos de que este monstruo provenía de la esplendorosa tierra de Valaquia, en la lejana Rumanía. Había nacido y crecido bajo la protección de una importantísima familia de la nobleza, cuyo escudo pertenecía a la guardia real moldova. Nos aseguró que era descendiente directo del gran héroe Vlad III, apodado “El empalador”. Del cual había heredado su inclinación por el más refinado de los sadismos (cuentan que uno de los mayores placeres de este siniestro príncipe era el de desayunar mientras gozaba de los gritos propiciados por los moribundos en cuyos bosques él mismo mandaba empalar). También, como su ancestro, amaba incondicionalmente al catolicismo y despreciaba cualquier otra religión. En este sentido, nos declaró abiertamente su odio hacia los comunistas, pues según él, resultaban ser una amenaza incluso peor que la del islam. Nos contó que sus padres habían sido asesinados por estos salvajes cuando la revolución de 1917 y que había tenido que inmigrar a España para salvar la vida. No tardó en integrarse en la institución jesuita y, cuando esta fue prohibida tras la proclamación de la república, decidió dejar los hábitos para incorporarse a las columnas nacionales y combatir a la escoria roja.
Estábamos en el punto álgido de la conversación, cuando Viroel se incorporó de la mesa y se dirigió hacia una vitrina al otro lado de la habitación.
⸻Creo que esta noche lo merece… ⸻dijo agarrando una botella y trayendo cuatro copas consigo⸻ Vamos a brindar por este dulce encuentro con el mejor de mis Brandis.
Cómo de grande fue nuestro asombro cuando descubrimos que dentro de la misma había macerándose una cabeza. Aunque no estaba mal conservada, presentaba un aspecto acartonado y de una tez amarillenta como la bilis, sus ojos de vidrio aún permanecían abiertos, igual que su boca, de la que sobresalía la punta morada de una lengua retorcida.
⸻¡Por San José Bendito! ⸻exclamé⸻ ¡Ahí dentro hay una cabeza!
⸻¡Claro que hay una cabeza! La del mismo general Buenaventura Durruti. Yo mismo la arranqué de su cuerpo en plena batalla. ¡Este cerdo! ¡el más odioso de los revolucionarios! ¡el más vil y trastornado de los hombres! ⸻sirviéndonos las copas⸻ Jamás se me borrará de la memoria aquel día estupendo: yo estaba atrincherado, las balas llovían amenazantes sobre nosotros, entonces, observando con mi francotirador, agazapado en los montículos de la tierra quemada por los obuses, discerní su inconfundible boina rojinegra. Apunté y, cuando lo tuve en el punto de mira, apreté el gatillo alcanzándole en la cabeza. La artillería lanzó fuego de cobertura y nuestras tropas avanzaron a discreción, bayoneta calada, muchos cayeron como héroes por el camino, pero yo conseguí salir impune y asaltar las trincheras enemigas. Entonces me topé con él, que había sido abandonado por sus camaradas y aún agonizaba sobre el charco de sangre que le brotaba de los sesos. Milagrosamente la bala le había salido por la nuca limpiamente. Si ese bellaco hubiera recibido rápidamente atención sanitaria, habría salvado la vida. ¡Fijaos bien! ⸻ exclamó inclinando la botella⸻ ¡Ahí mismo puede verse el orificio que le causó mi bala. Sin embargo, quiso la providencia mantenerle con vida y ofrecerme el honor de degollarle con mis propias manos. Me metí la cabeza en un saco y he aquí el fin de esta hermosa historia.
Todos aplaudimos y bebimos sin escrúpulos del maravilloso brandi que se nos ofrecía.
⸻Ahora, mis queridos discípulos, pasemos a cosas más serias ⸻dijo dando un largo trago a la botella y dejándola de vuelta en la vitrina. A continuación, se dirigió a el armario y sacó del mismo un juego de vergajos compuesto de cuero, de tal forma, que, al azotar, cada golpe hacía correr la sangre muy fácilmente⸻ Vamos a aplicar el Knout, famosa disciplina que usan los verdugos de los enemigos de mi patria para ajusticiar a los condenados.
⸻¡Oh, padre! ¿pues de qué se nos acusa a nosotros, que no somos más que vuestras putas serviciales? ⸻le dije al monstruo para acrecentar su fantasía.
⸻¿Piensas que por el hecho de saberos culpables iba a temblar menos mi mano justiciera?
⸻Al menos en ese caso estaríais cumpliendo con vuestras obligaciones ⸻le dije para picarle.
⸻¡Oh, en absoluto! El deber es un vocablo que no tiene cabida en el placer. Yo solo obro por mis impulsos, esa es la primera ley de la naturaleza. ¡Oh, celestiales criaturas! Solo hayo placer en condenar la virtud, en impulsar el vicio, y es completamente cierto, yo no he conocido mayor felicidad que la de convertirme en el artífice de las lágrimas que derrama un inocente.
Mis amigos me miraron estupefactos temiendo por su vida, pero les convencí que todo formaba parte de las fantasías de este hombre al que debíamos complacer.
⸻¡Vamos, poneros contra la pared que os voy a poner finos! ⸻aulló la fiera.
Le obedecimos. El muy bestia comenzó a azotarnos con tanto brío que pronto hizo saltar nuestras carnes, mientras lo hacía se meneaba su implacable instrumento, más erecto cuanto más fuertes resultaban los azotes. De los vergajos pasó a continuación a las varas y nos molió a palos golpeándonos por todas partes, aunque especialmente en los riñones y las pantorrillas que era donde más dolía. Como vio que las varas no causaban el efecto deseado, nos lanzó unos bastonazos terribles con la piedra de cuarzo. Solo se dio por satisfecho cuando creyó habernos roto varios huesos.
Una vez finalizaron estos previos entremeses, se hizo dar por culo sirviéndose de Marcos mientras se la chupaba a Jaime y yo daba por culo a Marcos. Después alternamos, ahora era yo el enculado por Jaime, seguido de Marcos que me la chupa a la vez que el padre le introducía la lengua en el ojete. Una vez más, sin perder el esperma en ningún momento, variamos de posición. Marcos enculaba a Jaime que a su vez me daba por culo a mí, mientras que yo le chupaba las bolas al padre al mismo tiempo que le introducía el puño entero en el ano. Después nos ordenó que le atáramos una soga al cuello y que le enculáramos Marcos y yo, mientras Jaime le cortaba el aire a la vez que era masturbado por el padre. Cambiando nuevamente de postura, se hizo sodomizar por mí al mismo tiempo que le cortaba el aire con la soga, mientras Marcos le chupaba el glande, sobre el cual se inclinaba Jaime mostrando el trasero al jesuita, el cual introducía la nariz en su ano y le instaba para que se peyera. Por último, nos ordenó que le atáramos las manos al catre de la cama y le sodomizáramos los tres simultáneamente, lo cual no resultó muy complicado, pues con tantas penetraciones le habíamos dilatado de tal forma el ojete que con facilidad hubiéramos podido meter dentro la cabeza. Con estas últimas lubricidades eyaculó copiosamente y con tanta potencia que su esperma dio un salto de al menos diez metros, aunque seguro estaba de que alcanzaría otros diez si no fuera porque las puertas de la instancia lo frenaron.
Un poco fatigados, nos tumbamos los cuatro sobre el colchón de plumas de su lujosa cama y ahí permanecimos reponiendo fuerzas hasta el siguiente ataque. Sin embargo, el desorbitado miembro de Viroel seguía en las mismas y nos obligó a masturbarle entre los tres mientras nos chupaba y hundía sus largos dedos en nuestros culos. Nos lamía las heridas y no paraba de decir barbaridades y blasfemar contra ese mismo Dios que decía amar incondicionalmente. Volvimos a hacer que se corriera y nos embadurnó por completo, pero muy lejos de perder sus fuerzas, el infame padre quiso proponernos nuevos juegos, si cabe más lascivos, más sucios y más crueles que los anteriores.
Nos maniató y postró de rodillas ante su trasero, debíamos lamerle el culo hasta que se cagara y después tragarnos la mierda. No obstante, como este nuevo juego le excitó mucho más que los anteriores, quiso correrse sobre su mierda antes de que la tragáramos. Después nos metió los dedos hasta la laringe y nos hizo vomitar su execración, con la cual se lubricó el pene y, una vez humedecido, nos lo metió superficialmente en el ano. Yo no pude aguantar y acabé defecándole encima, entonces, el osado libertino, se comió la mierda que él mismo había cagado, eyaculado, vomitado y sodomizado. La suma de tantas obscenidades hizo que perdiera el semen una vez más…
Todo aquel que se haya dejado embaucar por la vertiginosa carrera del vicio, sabrá por experiencia que, en el juego de la lubricidad, para corregir la inevitable decadencia del impulso original, cobra especial importancia la innovación en las formas y procedimientos sobre los cuales se ejecuta el deseo. Sin embargo, mientras que la capacidad de desear se torna infinita, no así los medios para calmar nuestra insaciable voluptuosidad, de tal forma, que, las llamas que un día encendieron las pasiones del libertino serán las mismas que terminen consumiéndola. No obstante, ¿existe acaso mejor forma de morir? Recordad que solo el goce nos mantendrá vivos, que dífilamente hallaremos consuelo en otra clase de religión y que no existe una filosofía más acorde a la naturaleza que la del placer en sí mismo. 
Mis compañeros sollozaban aterrados, temblando de horror ante Viroel. Cómo me desagradó su miedo ¿acaso me hacía algún bien aliarme con semejantes alimañas? Mi lugar solo podía estar entre los más fuertes, sin embargo, no era la debilidad de unos ni la fuerza del otro lo que me movía a traicionarles, sino tan solo el placer de este comportamiento infame. Bien es cierto que, a la hora de lograr mis objetivos, la traición no supondrá nunca un obstáculo para eximirme de cualquier clase de culpa, ya decía mi padre que el remordimiento es solo un parásito del que debemos desprendernos. No obstante, aunque las necesidades de mis circunstancias me impulsarán a la traición, la verdad es que, para mí, necesidad y placer siempre estarán unidos de una forma inexorable.
Mis compañeros me miraron con ojos suplicantes, para que interviniera de una vez y pusiera fin a los abusos. Entonces me incorporé del suelo y le susurré algo a Viroel en el oído.
⸻¡Ay, bribón! Por tu boca habla la misma culebra que satán envió para seducir a Eva.
Me giré de nuevo y sonreí a mis temerosos compañeros.
⸻¡Acabemos la faena de una vez! ¡Sacrifiquemos a estos gusanos, Viroel! ¿Acaso no nos han sido entregados por la naturaleza para gozar de ellos hasta la extenuación?
⸻¡Traidor! ¡mal nacido! ⸻me gritó Marcos.
⸻¡Tenga piedad de nosotros padre, fuimos engañados por esa serpiente! ⸻exclamó Jaime.
⸻¡Qué mi importa la piedad! ¡Qué me importan todos los seres humanos de este asqueroso planeta! Vuestro fin es servirme, solo siento a mi corazón latir cuando concibo un crimen ⸻dijo golpeándose el pecho⸻ solo ante el derramamiento de sangre sé que aún no lo tengo de piedra. A vuestro sufrimiento debo yo mi alegría y a gozar de vosotros hasta destruiros el amor a mis días. ¡Oh, cucarachas! ¡Cómo concederos piedad si es lo que más me repugna! por otro lado, ¿qué hay más fácil de aceptar que aquello que más nos place?
⸻¡Sois unos puercos miserables! ⸻dijo Marcos alzándose en rebeldía.
Viroel le tumbó de un golpe con el bástulo y le dejó inconsciente. Lamiendo la sangre que había quedado impregnada en la superficie del cuarzo, dijo:
⸻La piedad, siniestra palabra que hace aborrecerme… ⸻virándose hacia mí⸻ ¡hasta pronunciarla carece de sentido! La piedad solo es posible si consideramos como iguales a nuestros semejantes, sin embargo, cuanto veneno, cuanta falta de filosofía hay en esa consideración. La piedad, la compasión, la misericordia… Solo los locos de una especie depreciable darían cabida en el mundo a estas palabras. 
⸻¡Padre! ¡hagámosles padecer mil martirios! ⸻con esta última idea, la polla del padre comenzó a dar coletazos irguiéndose cada vez más.
Me ordenó que colocara a Marcos contra la pared, después le vertimos un poco de agua para que volviera en sí. Por otro lado, mi amigo Jaime no se movía del sitio, permanecía apostado de cuclillas y abrazándose a sus piernas. Cabizbajo, parecía divagar en sabe dios qué. Quizás imaginara que todo ello no era más que una pesadilla, quizás pensase en que nunca salió de su pueblo, o quizás, recordara a su madre, maldiciéndola por haberle arrojado a este mundo hostil, donde no pasó ni un solo día sin que fuera un completo infeliz.
Vrioel se acercó a la lumbre e introdujo la punta de acero de su bástulo hasta tornarla incandescente. Se acercó a Marcos que aún andaba aturdido por el porrazo.
⸻¡Vas a ver engendro lo pronto que espabilas! ⸻entonces introdujo la punta del hierro en uno de los ojos, lo que hizo que marcos enloqueciera de dolor y comenzase a chillar desesperado⸻ ¡Venga! ¡Muchacho! ⸻me dice mientras le abrasa el otro ojo⸻ ¡Dios inmaculado! ¡Se me ha puesto dura como una piedra! ¡Métemela, muchacho! ¡Quiero sentirte dentro mientras termino con este desgraciado!
⸻¡Utiliza esas pinzas para arrancarle la nariz y las dos orejas! ⸻le dije mientras le trabajaba el ano.
⸻¡Buena idea! ⸻exclamó mientras me recibía tirándose unos pedos⸻ ¡Oh, hasta se ha evaporado la gelatina de los ojos! ¡Qué maravilla!
Volvió a la lumbre sin consentir que me despegara de él en ningún momento, las pasó unos minutos por el fuego y volvimos a la escena del crimen. El cartílago de las orejas se pegó al hierro candente y la sesgó con una facilidad inaudita. También le arrancó la nariz e, instándole a que abriera la boca, le cortó la lengua.
Con esto último Marcos volvió a perder el sentido y dejó caer su cabeza a un lado.
⸻¡Oh, mierda! No puedo continuar si no chilla… ¡no consigo excitarme de la misma manera!
⸻Pues entonces extírpale los pezones al otro, eso no hará que se desmaye y seguro que nos deleitaremos de sus gritos durante un buen rato.
⸻¡No! ¡Por favor! ¡Dejadme os lo suplico! ⸻exclamó Jaime sollozando y cubriéndose el rosto horrorizado.
⸻¡Eso, suplica! ¡Suplica! Todo ello hace que mis huevos ardan como las cenizas ⸻le contestó el jesuita.
El olor a carne quemada me excitaba tanto o incluso más que al propio padre, quizás porque de alguna manera, me traía de vuelta a la memoria esos felices días con mi padre. En cualquier caso, jodí al cura de maravilla durante el transcurso se estas operaciones. De los pezones pasó a los dedos del pie, de los del pie a los de las manos, también le sesgó la lengua, le vacío los ojos y le cortó las orejas. A todo esto, el valiente Jaime se resistió a perder la conciencia y aunque no disfrutaba tanto como nosotros de las fechorías con le afligíamos, resultó ser muy generoso, pues no dejó de gritar hasta quedarse completamente afónico.
Cuando todo hubo terminado tanto el padre como yo habíamos descargado unas cinco veces, todavía bajo los efectos de la concupiscencia que había embotado todos nuestros sentidos, nos tumbamos exhaustos junto a nuestras despedazadas víctimas. Sin embargo, cuando apenas habíamos descansado unos minutos, Viroel no se demoró en proponer nuevas locuras. Pasándose un brazo por el rostro perlado de sudor y recogiéndose hacia atrás el flequillo que le cubría la frente, el padre se recolocó la corona y agarro de nuevo el bástulo encaminándose hacia el armario. Extrajo del mismo unos hierros con puntas afiladas y me dijo:
⸻Quiero terminar la noche con un homenaje a mi ancestro. Vamos a empalar a estas bestias y a comernos sus carnes para recuperar tal derrocho de energía.
⸻¡Pero padre! ⸻repuse asombrado por tal proposición⸻ ¿No ofenderemos a la naturaleza si llevamos a tales excesos la depravación?
⸻¡Y en qué la ofendemos! Más bien al contrario, muchacho. Sospecho que la ofenderíamos mucho más si nos priváramos de ello. Pero ya que soy enemigo declarado de cualquier dogmatismo que no sea expuesto a la luz de la razón, voy a explicarte porque no solo no la ofendemos comiéndonos a estos miserables, sino que, además, resulta que nos estará infinitamente agradecida de que lo hayamos hecho. Cuando nosotros, los filósofos, decimos que el hombre ha de seguir los impulsos con que la naturaleza les ha creado, no estamos afirmando que dependamos de esos mismos impulsos. Pues en cierta manera, cuando la naturaleza nos dio la vida se desentendió de nosotros por completo, porque no somos la naturaleza sino su resultado y de ahí que nos sintamos libres como la espuma que salta formando la bruma del océano. Nosotros, como el resto de seres que pueblan este planeta, le somos totalmente indiferentes y le importa un diablo que seguíamos o no sus leyes. Estas siempre se seguirán cumpliendo al margen de lo que nosotros hagamos. Cuando se perpetúa solo estamos cumplimentando una mínima parte de su proyecto, la ínfima cuña que se esconde tras todo su proceder, sin embargo, cuando destruimos, ¿no estamos devolviendo a esta madre universal el poder que invirtió en propagarnos? Lo que la naturaleza desea es la destrucción, pues su afán no es distinto al de un niño que juagara a romper los castillos de arena que el mismo construyó para divertirse. A esta madre le es igual que sople un viento tóxico, que se sequen los océanos, que se quemen todos sus bosques o que se extingan las bacterias, solo somos los juguetes con los que se entretiene…
Empalamos a estos miserables con las varas al rojo vivo y los metimos en el horno de piedra. La parte más exterior comenzó a tornarse en corteza y la grasilla sobrante cayó a las brasas desprendiendo un olor delicioso. Cuando terminaron de cocinarse, el padre Viroel cortó dos buenas lonchas de sus nalgas y me las entregó diciéndome:
⸻Disfruta de esta carne inigualable, un poco más fuerte que el cerdo, más sabrosa que el cordero y tan tierna como la de la gallina. No creo que exista otra mejor en el mundo, durante mucho tiempo nuestros antepasados practicaron la antropofagia ⸻dando un mordisco a una pierna⸻ ¡qué razón tenían al preferirla a cualquier otra!
Disfruté aún más de esta cena que de la primera y, cuando nos sentimos con fuerzas, volvimos a nuestros salvajes juegos de lujuria. Para excitar más nuestra imaginación, el padre había arrancado las cabezas de estos delincuentes y las enganchó a las barras que formaban el catre de la cama. Con estos estimulantes seguimos fornicando hasta altas horas de la madrugada. No recuerdo las eyaculaciones que había tenido esa noche, pero sí que acabé con la polla en carne viva y que unas costras muy feas, aparecieron supurantes al amanecer cubriendo la mayor parte de mi glande…
Durante el tiempo restante consolidé mi posición como monaguillo, tal era la rapidez con que había logrado adaptarme a aquel ambiente. Incluso el propio Viroel consintió en esta posibilidad y obtuve de él las mejores recomendaciones. Todos los padres hablaban de mí, todos deseaban conocerme y tratarme en intimidad, lo mejor de todo ello era que el bueno de mi amante no era celoso en absoluto. Despreciaba y condenaba todo tipo de lazo conyugal, a este respecto, solía decirme:
⸻¡El amor que nos suscita la ardorosa pasión ha de ser libre como un rayo de luz! ⸻y cuánta razón, cómo atarnos a una sola cosa cuando hay tantas formas de disfrutar de nuestros deseos⸻ Solo el cristianismo, una doctrina defendida por los hombres más imbéciles de la tierra, podría concebir divinidad en estos lazos. ¡Blasfemias! Nada más lejos de la naturaleza ni de nuestras inclinaciones. ¡Rompamos las barrearas que nos cohíben! ¡Forniquemos con nuestros padres, con nuestras madres, hermanos o hijos, forniquemos con animales, con cadáveres, con todo aquello que nos plazca y nos haga felices! ⸻exclamaba loco de amor por mí⸻ Ninguna autoridad a de privarnos de ellos, mucho menos una religión quimérica y despreciable, cortemos esos tentáculos con que la cultura quiere asfixiar a la poderosa naturaleza, ¡acaso hay algo más absurdo que un tabú! Todas las costumbres de una sociedad obedecen a un factor climático, hasta el cerebro de un mosquito podría comprender esto.
En este sentido, nunca dejó de adoctrinarme y era costumbre que, tras varias horas de placer, pasáramos las noches abrazados mientras el padre meditaba sobre las grandes cuestiones de la filosofía. Entonces me agarraba la cara con sus enormes manos y mientras me besaba apasionadamente, discurría siempre en los siguientes términos:
⸻¡Mi joven discípulo! ¡Cuánta mentira hay en el mundo! ¡Me cago en Dios! ¡Cómo escasean los verdaderos filósofos!
⸻Querido padre, jamás creí una sola palabra de la religión ¿Cómo pensaban estos granujas engañarnos con fábulas semejantes? Por más que hablan de la universalidad de la moral en los hombres, no encuentro yo ninguna razón que sustente este comportamiento, y menos aún lo veo reflejado en la naturaleza que nos dio la vida…
⸻Persigamos esta peste execrable que resulta tan infecciosa, erradicamos al parásito del hombre religioso, pues si queremos que el hombre se encuentre consigo mismo no cabe otra posibilidad que aniquilar todas las religiones del planeta. La semilla de esta original idea ha devastado pueblos enteros, abriendo un agujero en el cielo que se ha tragado los anhelos y sueños de todos los hombres que amaban la vida. ¡Denunciemos estos crímenes que coartan a la naturaleza de sus verdaderos propósitos! ¿Acaso existe mayor sentido que el de gozar de nuestra insignificante existencia? ¡Amemos el vicio! ⸻exclamaba cubriéndome de húmedos y lascivos besos⸻ ¡Revolquémonos en la inmundicia y la mierda! ¡la carne es el único anhelo de nuestro espíritu! ¡Hombres de las estrellas, bajar de ese resplandor que os ciega y venir a copular a la tierra!
Aprovechando el poder de mi influencia sobre el padre, me había permitido establecer cierta ley en la sociedad de los internos. No creo que haga falta decir que esta dictaba mucho de ser justa. Dicha ley establecía que los internos que hubieran salido victoriosos durante los combates de las comidas debían entregarme una de sus mejores piezas, en caso contrario, Viroel les sodomizaría hasta la muerte y, creedme, pocas cosas más dolorosas existen en el mundo que el impacto de este rompeculos de la providencia. ¡Cómo nos divertíamos mi querido y yo con estos juegos! Lo cierto es que no me hacía falta en absoluto, pues él mismo me ofrecía los mejores platos cuando me sentaba junto a él a la mesa y gozábamos del violento espectáculo en que las hacía consistir. ¡Qué pronto saqué a la luz el despotismo que llevaba dentro! ¿de qué me servía la reputación de monaguillo si no era para ostentar mi poder?
Mientras fuera monaguillo, no habría vicio que no me callara ni honradez que no denunciara,
claro que todo ello me granjeó nuevos enemigos, sin embargo, tampoco me faltaban protectores y chivatos. Mi querido subnormal, aquel que me señaló Darío, no dudó en traicionar a sus antiguos amigos y ponerse de mi lado. A pesar de su corpulencia, se mostraba muy sensible ante cualquier mínima alusión a su innegable retraso, por lo que ganármelo me resultó infinitamente sencillo: siempre cediendo ante los chantajes de aquellos que eran más inteligentes que él, había renegado de su fuerza adoptando una posición cada vez más sumisa. Todo lo consentía, todo antes que padecer la vergüenza y las humillaciones con que le amenazaban de no obedecer a malvados como Bermejo y otros que le seguían. ¡Qué mejor llama que mis palabras para desatar la combustión de su vengativo corazón! Le di un poco de poder, le hice sentir importante y, sobre todo, le di vía libre para que implantara su propio régimen de terror contra aquellos que a mí me resultaban particularmente desagradables. Además, sabiendo yo que era muy cariñoso y que sentía cierta devoción por el cuerpo masculino, le recompensé facilitándole ciertos placeres de promiscuidad con todo aquel que deseara. Mi fiel vasallo acabó siéndome imprescindible, dispuso a mi disposición una red de chivatos que me informaban a diario de cualquier clase de contratiempo que pudiera afectar a mi seguridad. Unos días antes de que finalizara el turno con Viroel, mis informadores me advirtieron de que Carmelo, Rubén, Esparto y Samuel planeaban atentar contra mi vida. Tengo que admitir que, estos astutos zorros, no tardaron en intuir lo diferente que resultaba mi comportamiento de lo que en un principio les había prometido. El miedo ante esta posibilidad me trajo muchos quebraderos de cabeza y la verdad es que nunca he sentido pudor a la hora de admitir que soy el hombre más cobarde que conozco. Comprendí que la única forma de salir airoso de esta situación pasaba ante todo por deshacerme de los últimos vestigios anteriores a mi ascenso al poder, por lo que una vez más, vinieron las mentiras a coronar mis labios y, contando con el incondicional apoyo de mi buen Borja, no nos hicieron falta más pruebas para convencer a Viroel de castigar a estos infractores. Presentamos conjuntamente nuestra denuncia al director, contándole con todo lujo de detalles como estos pervertidos habían practicado la sodomización a expensas de los padres. Jamás observé una cólera semejante en un hombre tan pequeño como Cid y, debo advertiros, que la sentencia con que dictaminó este compasivo cristiano el fin de aquellos pobres diablos, me sigue pareciendo, incluso hoy en día, la más cruel que pueda imaginarse.

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