La Tiza, capítulo VIII : La misa negra

Por las razones que ya mencioné antes, no tardaron nuevamente en llenarse las instancias con más desgraciados y, como solo los que quedábamos sabían todo lo que allí había transcurrido, me fue mucho más fácil controlar a estos allegados.

⸻¡Oh, hermanos míos! Rehusar de aquello que no os mueve al placer y la corrupción, pues no habiendo nacido para otra cosa, ¿existirán mejores medios para alcanzar la felicidad? Solo os pido que me seáis fieles y que no tengáis compasión de aquellos que reniegan de estas delicias con que la bilogía nos ha dotado. En esta nueva era de anarquía que acontece, solo os exijo la misma lealtad ante mi persona que aquel Dios que un día ocupó vuestros corazones engañados, pues yo soy el ejemplo, la verdad, y si la desecháis, solo os esperará el castigo de estos padres malvados y depravados. ¡Amad al que os protege y denunciar siempre aquellos que por egoísmo pretendan suplantarme!

Así solía yo dirigirme a los idiotas que me rodeaban, como a las gallinas a las que se despluma y aún te siguen allá donde vayas con tal de que le des un poco de trigo ¡y qué estúpido como la gallina será siempre el pueblo! ¡y qué mejor arte en la política que la persuasión! ¡Oh, sí! ¡Títeres políticos! ¡maestros del engaño! Y si no fuera porque amo vuestro despotismo, ¡cómo de bien haría la gallina del pueblo en picaros los ojos y colgaros de la soga! ¡oh, genuinos mentirosos!

Con gusto os relataré como acabaron estos últimos enemigos míos. Aprovechando que se le había asignado como tutor en el siguiente turno, el padre F. Cid decidió encargarse personalmente del asunto, del que, además, según decía, le sacaría un provecho educativo excepcional. Como ya os lo presenté cuando llegué a Cristo rey, este hombrecillo con aspecto de albóndiga, no solo dirigía la institución, sino que, además, resultaba ser la encarnación del espíritu religioso de la misma y ejercía con plena devoción su cargo de capellán. Por este motivo, puesto que así lo exigía mi papel como monaguillo, colaboré lo mejor que pude con este inefable cura en sus extrañísimas misas que tendrían como motivo los suplicios de estos cuatro desventurados. Lo primero que se acordó es que estos tendrían lugar una semana después de haber comenzado el turno, pues a la hora de propiciar los severos castigos con que la autoridad eclesiástica de este colegio respondía ante cualquier acto de rebeldía, los condenados debían pasar al menos siete días en aislamiento absoluto, a los que además se les prohibía todo tipo de alimento con el fin de depurar la suciedad de sus cuerpos, reservando para el día de los suplicios las del alma.

Pero antes de ir al grano, dejarme explicaros un poco en qué consistía la rutina con este adorable jesuita. En principio, mucho más apacible que el virulento Viroel, el padre Cid nos alimentaba tres veces al día, los desayunos eran tan escasos como las cenas, consistiendo en café aguado los primeros y en duros mendrugos las segundas. Las comidas, infinitamente aburridas y mediocres, casi nunca variaban de menú, el cual siempre consistía en un plato de arroz o patatas, que muy pocas veces se acompañaban con algún trozo de carne. Por otro lado, era imposible de obviar la terrible coincidencia entre los días que comíamos carne y los que se echaban en falta a algunos compañeros, pues como si fuera obra del más santo milagro, tan pronto como estos desaparecían la noche anterior, más llenas se encontraban las cazuelas con que nos alimentaban al día siguiente.

Al comenzar la jornada, tras nuestro escueto desayuno, don Alonso nos guiaba hasta la biblioteca, una enorme sala provista con más de quinientas estanterías donde reposaban todo tipo de libros. En el centro de la misma se habían dispuesto seis filas compuestas por diez pupitres alineados en forma horizontal respecto del ancho de la instancia.

Encabezando las filas se encontraba el escritorio del padre F. Cid, lugar en que solía permanecer la mayor parte de la jornada, acariciando a su perro lanudo mientras nos dictaba interminables textos que debíamos redactar meticulosamente como si fueran gravados a tablilla, o bien, nos mandaba transcribir sin descanso miles de libros, la mayoría de ellos de interés filosófico o religioso, aunque también pasaron por nuestras manos una colección entera de obras clásicas, las cuales debíamos traducir al castellano. No es de extrañar que me familiarizase en poco tiempo con el griego y el latín, así como que mejorase la escritura considerablemente. He de admitir que durante los cinco turnos que a lo largo de mi instancia compartí con F. Cid, fueron muchos los conocimientos que acabé por absorber, leí todo cuanto pueda saberse sobre religiones y mi pasión por la filosofía creció como la rama de un árbol sobre la que nunca dejara de incidir la luz del sol.

Ciertamente, no existe religión que la iguale ni ciencia que la supere, la filosofía es el camino hacia la verdad más profunda de este universo, solo que el camino hacia ella no exime de locura a sus practicantes como tampoco les previene de su trabajo suicida.

Solo los filósofos, al situarse en un plano infinitamente superior al de la moral convencional, que viene ahogar a todos los pueblos de la historia en una supina ignorancia, terminará por desentrañar algún día las peligrosas artimañas que esta emplea para tiranizar nuestros impulsos, sumiendo a los cuerpos en agravantes negaciones y renegando de los principales instintos que impulsa la naturaleza. Además, es del todo inverosímil que el hombre posea dos naturalezas, la moral solo es una máscara para el simulacro, primer mecanismo con que los resentidos pretenden ocultar nuestra auténtica ontogénesis, la cual siempre estará a la misma distancia del hombre civilizado que la del salvaje. Sin embargo, son pocos los filósofos que dedicaron todos sus esfuerzos a demoler los cimientos de tan despreciable monstruo, ¡con qué extravagancia formuló Platón su teoría imbécil sobre las ideas y cómo vació de este contenido a su execrable república, antes propia de una colonia de hormigas que de una comunidad de hombres! ¡oh, con qué nivel de perversidad utilizaron luego los cristianos estas mismas ideas para hacer hueco a su ridícula religión! Por otro lado, ¿podía sentirme más identificado si cabe con las confesiones de San Agustín? ¡con qué habilidad supo esconder tras los hábitos su naturaleza lasciva y concupiscente y cómo gozaría de ella en clandestinidad! Y existirá acaso mayor inocencia que la de un estúpido y solitario Kant, un ser tan anodino como extraño a su tiempo, que, viviendo siempre al margen de la humanidad, habló con altiva entereza de todo aquello cuanto él mismo carecía.

Sin embargo, mayor fue mi estupefacción al leer los principios de la filosofía oriental, conque fineza describen estos hombres los atributos de la existencia, pero como hierran al vincular los mismos efectos para la materia que para la voluntad, ¿Con qué derecho podría la moral excitar el perpetuo movimiento de la materia disgregante que conforma el universo? Si la materia no es más que la suma de agregados, ¿cabe imbecilidad mayor que la de considerar el alma del hombre como algo que trasciende la realidad de aquellos? Todavía peor, si es cierto que la materia se compone de agregados independientes ¿cómo podían insinuar que la moral, cuya esencia se sustenta en la volición, repercutiría en la reencarnación de la materia? Allá donde haya moral, habrá una religión que la respalde, y si esta no es más que el resultado de un delirio universal, ¿seremos tan ineptos de tomar en serio los ridículos preceptos que se siguen de su quimérica moral?

La misma luz que venga a iluminar el conocimiento jamás podrá disociarse de las tinieblas desde donde emergió, pues es la nada el origen de todas las cosas y es el caos el único orden posible, de manera que, evite el hombre de privarse de toda clase de goce, especialmente de aquellos que vinculamos al crimen, pues habiéndonos arrancado el yugo de la responsabilidad, ¿no recogeríais conmigo el fruto suculento que nos brinda el ateísmo? ¿existirá algo más delicioso que el permanente éxtasis de nuestros sentidos?

Por otro lado, ¡con qué amabilidad recibí el antiguo testamento! ¡No había ni un solo pasaje que no desmintiera la fábula religiosa! ¡Pero qué maravilla me resultaba aquel Dios caprichoso, engreído, manipulador, cruel y vengativo que llenaba las páginas de tan afable libro! ¡Por fin un Dios hecho a la medida del mundo y no forjado en los sueños y anhelos de un hombre ensombrecido! Sin embargo, el nuevo, ¡menuda basura propagandística! Digna de los cristianos repulsivos y mediocres. Nada más absurdo que considerar a un Dios todo poderoso dotado de misericordia, ¿quién podría creerlo? Con que sutiliza ha deformado siempre el cristianismo los libros más sagrados, con que virulencia se expande esta epidemia por el mundo y qué necesidad encuentro en extirparla.

¡Pero en fin! nada tan interesante como los libros sagrados, en ellos está escrito lo más genuino de la imaginación humana, un registro impresionante de toda la infamia que hay y cabrá por haber en este mundo.

Respecto a las transcripciones, no teníamos más opción que poner mucho empeño y esfuerzo en este trabajo, pues, el malvado jesuita, resultaba muy exigente con la caligrafía y, revisando cada transcripción con ojo de lupa, al mínimo desvío mandaba a don Alonso para que nos aplicase un buen escarmiento. Como supondréis, salvo en el caso de que se me aplicase a mí, yo disfrutaba notoriamente cuando se lo aplicaban al resto. Sin embargo, como esto sucedía pocas veces, pues nadie estaba dispuesto a arriesgarse a perder una mano por descuidar su labor, hacía que la cantidad de horas que pasábamos allí metidos se volvieran terriblemente pesadas y monótonas. Para pasar el trago, no se me ocurría nada mejor que interrumpir el trabajo para denunciar a algún compañero, lo cual enfurecía mucho al jesuita, mostrándose implacable ante un solo segundo de distracción. Claro que siempre procuraba denunciar a aquellos que consideraba sospechosos, pues desde que estaba al mando, me volví si cabe más miedoso y cobarde. Claro que todo ello no hacía sino sentirme más acorde con la naturaleza, pues es sabido que el miedo es el mecanismo más efectivo para la autoconservación y que sin él seríamos rápidamente devorados por el constante infortunio.

Como era de esperar, mi habitación pronto se había vuelto a llenar de nuevos huéspedes y aunque todos me respetaban, había un tal Nervo que me inspiraba el más visceral de los odios. Este joven, natural de México, de piel parda y compostura enclenque, maltrecho, de ojos hundidos y mirada nostálgica y clara como un cielo sin nubes, parecía estar dotado de una sensibilidad para el arte que me resultaba de los más repugnante, pues ha de saber el lector, que de todos los artes con los que el hombre trata de dar fuerza y sentido a su existencia, es el de la poesía el que más asco me produce. Quizá sea porque como en la religión, en la poesía se detectan con facilidad las mentiras elementales que brindan al hombre débil la oportunidad de construir su imaginario, un imaginario que resulta tan inverosímil como sus pasiones, las cuales han dejado de ser instintivas, irracionales, para inocular cierta moralización que me escandaliza, y, ¿acaso hay algo más aberrante que la racionalización de un sentimiento? Dedicadas a los dioses más inefables como son el amor, la eterna nostalgia o la misma melancolía casi religiosa en la que los poetas parecen poner más empeño incluso que a la propia elaboración de su obra, inundada normalmente por sentimientos de debilidad, cada verso se me aparece como un síntoma más de su apresurada degeneración, una degeneración que es, al mismo tiempo, exclusiva y excluyente, más notoria aún cuanto más insoldable se tornan la visión del poeta y su insignificante relevancia.

Además de coexistir en una misma habitación con este engendro de la naturaleza, también compartía pupitre, y tras observarle de tanto en tanto, me di cuenta de que bajo el amasijo de papeles, este mentiroso ocultaba una especie de octavilla sobre la que plasmaba, aprovechando la más leve pausa en el trabajo, su abominable alma de poeta.

⸻¡Oh, vil canalla! ⸻grité a este desgraciado⸻ ¿acaso quieres condenarnos a todos con tu imprudente comportamiento?

El pobre muchacho pegó un brinco en el pupitre y ocultó rápidamente la octavilla bajo los papeles. Después se giró interrogándome con sus hermosos ojos claros, tornándose de pronto más pálido que la misma nieve.

⸻¡Pero qué diablos es esto! ⸻vocifero el honorable padre⸻ ¿distracciones durante mis lecciones? ¡Dios me libre y no quiera utilizarme para desatar su cólera!

⸻¡Dios no lo permita! ⸻repuse⸻ Pero no quisiera yo, buen Cid, que por la arrogancia de uno pagásemos los demás. ¡He aquí el único culpable y alborotador! ⸻dije señalando a Nervo⸻ ¡No escondas la prueba bandido! ⸻y dirigiéndome al padre⸻  ¡Bajo los papeles oculta una octavilla y vi que escribía algo sospechoso, señor!

⸻¡Será mentecato! ⸻llamando a Don Alonso⸻ ¡haga usted el favor!

Don Alonso se acercó a nosotros con una expresión maliciosa en el rostro, abofeteó a Nervo y revolvió entre sus papeles hasta encontrar la dichosa octavilla. Sus ojos planearon de derecha a izquierda sobre el arrugado papel y, volteándose hacia F. Cid, dijo:

⸻Tiene razón Tomasín ⸻mostrándole el papel⸻ usted mismo, padre. ¿Qué hacemos con Nervo?

El padre se acercó hacia el pupitre con el perro entre los brazos, y mientras le acariciaba la cabeza, lanzando una mirada colérica al rostro estupefacto del pobre Nervo, dijo:

⸻¡Con qué esas tenemos! ¿verdad?  ⸻mirando a Don Alonso⸻ ¡Haga usted el favor, que el mismo muchacho lo lea en alto ⸻virándose hacia Nervo⸻ ¡Lee, criatura! Me tienes intrigado, quiero saber que es eso tan importante como para que eludas la buena educación que aquí te ofrecemos.

⸻¡No señor, se lo suplico! ¡no me obligue a leerlo! Ha sido una estupidez, no volverá a ocurrir.

⸻¿Eh oído bien a este necio? ¡Don Alonso! Abofeteé de nuevo a este espécimen, a ver si así me entiende.

Recibiendo los más terribles golpes, entre sollozos, comenzó a leer su brillante poema:

⸻¿Por qué si Dios existe no deja ver sus huellas, por qué permanentemente se esconde a nuestro anhelo, por qué no se haya escrito su nombre con estrellas en medio del esmalte magnífico del cielo? ⸻lanzando algunas lágrimas estremecedoras, dejó la octavilla sobre la mesa.

⸻¿Pero qué obscenidad es ésta? ¿te burlas de nosotros, criatura? Jamás escuché nada tan patético.

⸻¡Lo lamento tanto, señor! No volverá a ocurrir, no sé qué estaba pensando, pero de ninguna de las maneras pretendía yo ofenderle.

⸻¡Pues sin duda los has hecho, bastardo! Primero por interrumpir mis lecciones y, segundo, por mentar con esa libertad a nuestro Dios. ¿Acaso crees que nos debe alguna explicación? El milagro de la creación es inexpugnable, como inescrutables sus senderos. ¡Serás castigado Nervo! ¡Jamás volverás a cometer tamaño ultraje contra el salvador! ⸻con la cólera nublando sus sentidos, exclamó⸻ ¡Trágate la octavilla cerdo!

El pobre Nervo obedeció al instante y devoró con amargor su pequeña creación.

Agitando los testículos y excitando el pequeño pene del perrito, su amo consiguió que este orinase sobre el rostro maltratado de nuestro poeta, pero no dando por zanjado el asunto aun fue a más, y metiéndole el dedo meñique por el culo, lanzando un estremecedor aullido, el chucho cagó sobre la faz de Nervo. Cuando esto sucedió, muy excitado, el padre le mostró su mediocre polla y la untó sobre el desecho mojón.

⸻¡Chupa guarra! ¡Chupa la mierda que corona mi polla! ⸻golpeando la porra en el charco de orina se la introdujo en la boca embadurnada de flujo⸻ ¡Oh, Caramba! ¡Es sin duda la mezcla equilibrada de tantas segregaciones un ingrediente interesante para el placer! ⸻dirigiéndose a don Alonso⸻ ¡Haga usted el favor buen Alonso! No quisiera yo sucumbir y descargar tan pronto el santo esperma, irrumpa con su instrumento en mi horadado recto y empuje con fuerza las puertas de este templo como si las demoliera un ariete.

Don Alonso afrontó con acalorada pasión su anhelante cometido. Mientras tanto, yo aproveché para sacarme la serpiente tiesa de vitalidad ante la contemplación de la escena. Recayendo la atención del padre sobre mis pudendas partes, muy lejos de desautorizarme, ordenó a Don Alonso que me cediera un hueco, pues su ojete era lo suficientemente ancho como para que se hospedaran nuestras excitadas culebras en tan mugriento nido. A continuación, siendo avasallado por nuestras incesantes embestidas, ordenó a otros dos muchachos que nos patearan el trasero y, al mismo tiempo que nos maltrataban estos, otros, entre los cuales se encontraba mi obediente Borja, por orden de este perverso padre, se mostraron decididos a sodomizar y hostigar a los que hostigaban, gozando así impunemente de la consentida promiscuidad que solo en los momentos de frenesí llegaba a ser tolerada.

Pues como toda ley, esta no nace sino en el seno del delirio, por el mismo motivo, ¿existe aún mejor razón que la de transgredir la ley empleando el mismo mecanismo que la originó?

⸻¡Oh rediós cojonudo! ⸻aulló el sucio agresor⸻ ¡No consientas aún la salida del flujo vitalicio! ¡Qué nos rodeen los que quedan y nos muestren abiertos sus blancos y tiernos culos! ¡Solo me correré con el agradable coro celestial que ofrecen sus olorosos pedos!

Todos se pusieron culos a la obra, afinando sus pedos que se deslizaban como abejorros por sus anos cantarines, agudos o prolongados, cortos pero estruendosos, se combinaban indiscriminadamente componiendo la orquesta más obscena que haya escuchado nunca.

En el paroxismo de los éxtasis, el padre F. Cid tumbó a su perrito sobre la cabeza de Nervo y le sobó los genitales hasta que el pequeño prepucio rosado del glande afloró como la punta de un pintalabios y, contemplando el éxito de sus caricias, lo excitó hasta recoger en su boca el fruto de su trabajo.

Finalmente, como si fuéramos fichas de dominó, Cid derramó su santa semilla en la boca de Nervo, al mismo tiempo que contrajo con mucha destreza los músculos de su recto facilitando increíblemente la eyaculación simultánea de los que llenábamos su conducto. Sin embargo, todavía con la polla dura, F. Cid se volteó hacia los que antes había ordenado hostigarnos y los golpeó severamente empleando para ello el medallón de oro macizo que llevaba por colgante. Mientras esto acontecía me ordenó chupar los húmedos pitos de Borja y el otro compañero, como esta labor no me resultaba muy agradable, agité con mucho arte sus instrumentos y masajeé bien sus peludos cojones hasta vaciarlos sobre mi cara.

Una vez concluidas estas operaciones, el buen padre exigió orden en la sala, se arregló los hábitos y desenfundó un puñal que ocultaba bajo el cíngulo. Sin mediar palabra lo clavó en el dorso de la mano de Nervo crucificándola así contra el pupitre. Mientras este enloquecía de dolor, nos dijo:

⸻De los embusteros conviene prevenirse cortándoles la lengua, pero en este caso, el crimen viene de la palabra escrita y no es el órgano de la lengua el que peca de embuste ⸻dirigiéndose en ese momento exclusivamente al Bedel⸻ ¡Don Alonso! Alcánceme el hacha que guardamos para estos castigos, despojemos al atormentado poeta del instrumento que dispone para dar forma a sus ensoñaciones.

⸻¡No padre! ¡Se lo suplico! ¿Será tan cruel de cortarme la mano? ⸻preguntó despavorido.

⸻Execrable criatura… ⸻con el hacha entre las manos⸻ ¡Mira con qué alegría recibe mi pene tu lluvia de lágrimas! Como decía un inminente filósofo: es de la mirada del que no goza de donde yo deduzco que soy más afortunado que él. Es pues tu perdición lo que alimenta la llama de mi voluptuosidad, ya que no solo es el dolor de un ser ajeno lo que la mantiene viva, si no el deseo infinito de prolongarlo hasta la eternidad ¿habrá mejor forma de conseguirlo que privarte para siempre de aquello por lo que tu alma siente la mayor inclinación?

Acto seguido, el verdugo la cercenó de un firme golpe y un chorro de sangre brotó casi instantáneamente salpicando sobre los hábitos y la faz del padre. Nervo alzó su ensangrentado muñón y lo contempló a tras luz con sorprendente sobriedad. Como si aún no hubiera cobrado conciencia de lo ocurrido, le lanzó al padre una irónica sonrisa y cayó desmayado.

Unos enfermeros se llevaron a rastras al moribundo, sin más interrupciones, el padre nos instó nuevamente a que continuáramos con las transcripciones.

Lo cierto era que la razón de tan exhaustivo trabajo, en apariencia tan inútil, residía en que este genio de la estafa distribuía parte de nuestras copias por todo el país, vendiéndolas al mejor postor educativo y granjeándose una fama tan poco merecida como de notoria resultaba su lucrada osadía. Gracias a nuestro imparable trabajo y al arte y cuidado que poníamos en cada trascripción, muchas de las obras originales eran hábilmente falsificadas, las cuales exportaba como auténticas a las lejanas tierras donde los jesuitas llevaban a cabo sus imprescindibles misiones. Como en estas tierras casi inhóspitas donde estas sabandijas religiosas pretendían inocular la peligrosa semilla del cristianismo, eran por lo general, muy ignorantes, compraban estas copias a un precio desorbitado, costeándose gran parte de esta vida licenciosa a la que tanto gustaban entregarse estos representantes de Dios, marcada por todos los excesos y depravaciones que aquí se cuentan. Pero no penséis que estas fechorías eran desconocidas por la mayor parte de la iglesia, muy al contrario, contaban con el apoyo indiscriminado de los más altos cargos, pues de todas estas aberrantes criaturas que parasitan las instituciones religiosas, ni una sola se salva en corrupción y saboteo. De hecho, éste en apariencia desinteresado negocio, del que se vanagloriaban presentar al público como parte de un programa educativo en una ardua campaña por expandir el cristianismo, no era sino una minúscula parte de todas las artimañas eclesiásticas que se han empleado a lo largo de la historia con tal de enriquecerse. Todavía hoy perduran gran parte de estas asociaciones que, presentadas sin ánimo de lucro, se benefician de la moralidad vigente entre los ingenuos ciudadanos, pues nada parará a estos devotos mientras puedan seguir llenándose los bolsillos.

¡Con qué hipocresía desprecian estas gentes los mismos valores que ellos mismos pretenden instaurar! ¡Demasiados siglos llevan pervirtiendo este mundo como para que se les escape algún vicio!

A la semana de haber comenzado el turno, tuvieron lugar los esperados suplicios. Para entonces, nuestros inocentes condenados presentaban un aspecto de los más enfermizo, daba la impresión de que, si aún podían mover alguna extremidad, era tan solo por el hecho de que una mano invisible manejara los hilos de los que pendían sus escuálidas articulaciones. En aquellos rostros decrépitos, pálidos como el papel donde elaborábamos las transcripciones, rutilaban todavía unos ojos achinados que se hundían en la negra oquedad de sus cráneos, consumidos por la agonía que devora el alma de los condenados cuando se aproxima su final.

Como digo, estos cuatro amigos míos, fueron transportados hasta la capilla completamente desnudos y encerrados en una suerte de jaulas confeccionadas por gruesos y trabajados barrotes de madera, que el ingenioso Salazar había mandado fabricar en sus infames talleres.

Como ya anuncié anteriormente, la capilla era un edificio que de puertas para dentro carecía de hasta el más mínimo esplendor, peor incluso que las anodinas iglesias protestantes que son capaces de decepcionar al transeúnte más devoto. De hecho, si no fuera por un juego de velas que se había dispuesto junto a la entrada, el órgano tubular que yacía incrustado en una especie de plataforma encima del estrado y un Rosellón que dejaba filtrar la tenue luz del interior del claustro, me atrevería a decir que dictaba mucho de parecerse a un lugar de culto religioso. Completamente al descubierto, unas horribles paredes hechas con ladrillo ostentaban su desacertada desnudez, así como unas gruesas columnatas de acero remataban la sujeción de toda la estructura acrecentando la atmósfera industrial que se respiraba a lo largo y ancho de la instancia.

Tampoco se disponía de confesionario, algo que no me resultaba extraño, pues ¿qué labor confesional cabría esperar de aquellos que no existían si no para vivir y morir en el seno de la infamia? Al fondo se encontraba el púlpito, construido sobre unos hierros como si se tratara de un escenario provisional, aunque ciertamente, lo que íbamos a presenciar aquel día era antes digno de un espectáculo que de un acto de fe.

Encima del púlpito, entre los cuatro condenados, me encontraba yo sintiéndome el muchacho más afortunado del mundo, luciendo ante toda la muchedumbre mi hermosa chilaba con remaches rojos en los flancos y de un blanco pulcro como el alabastro. A mi izquierda se situaban Esparto y Samuel, suspendidos de las cuatro extremidades por unas cadenas conectadas a los barrotes laterales de las jaulas. Del mismo modo, a mi derecha, yacían Rubén y Carmelo. Exceptuando al padre Salazar, encargado de acompañar la ceremonia con la música celestial que emanaba del litúrgico instrumento, igual que negros moscardones, orbitaban a nuestro alrededor los demás curas, cubiertos celosamente por sus siniestros capirotes que apenas dejaban entrever el resplandor iracundo de sus miradas. Sin embargo, debido a sus características y opuestas estaturas, era imposible no reconocer entre ellos a los padres F. Cid y Viroel. El perrito de Cid también danzaba por ahí, husmeando con su plano hocico cada centímetro de la instancia, saboreando el infinito paraíso de los olores que se le ofrecía. Pues es bien sabido que los olores más fuertes para el hombre son ante estos animales los más finos perfumes, en este sentido, ¿qué felicidad mayor podría aguardar a esta inocente criatura, rodeaba como estaba por el fétido amalgama de olores que desprendía nuestra condición infrahumana? En medio había una larga mesa en la que nuestros buenos jesuitas habían dispuesto todo lo necesario para celebrar la misa más extraña en la que uno pudiera encontrase: botellas de vino ocupaban el extremo de la misma, también había unas cestitas con hostias y varios estuches con todo tipo de herramientas tortuosas. Tras el pulpito figuraba una estatua de cartón que exhibía a nuestro sufriente salvador, al que irónicamente sacrificaron como solo hacían con los peores delincuentes de la época.

Ante el púlpito se extendían varias filas de banquetas distribuidas horizontalmente hasta el fondo de la capilla. Cerca de trescientos internos nos observaban expectantes desde sus asientos, y sí, por fin nos habían reunido a todos juntos, la curiosidad por contemplar la forma en la que el sufrimiento se iba perfilando entre aquellos con los que estaba destinado a compartir el infierno me conmovió infinitamente. ¡Podéis creerlo! A medida que mis ojos recorrían los distintos grupos, ¡Que extraño resultaba ver a un solo interno de una sola pieza! por no hablar de las decenas de orejas, ojos, dientes, lenguas, manos y dedos que allí se echaban en falta. Infinidad de cicatrices, irritaciones, quemaduras, amputaciones infectadas, pestes, gangrenas y así hasta llegar a los del último curso, entre los cuales, los había incluso carentes de las cuatro extremidades, o todavía peor, algunos de ellos tenían heridas tan mal curadas que daban la impresión de estar podridos en vida.

El padre F. Cid pidió a Viroel que abriera las jaulas. Después se viró hasta la salida de la capilla, donde Don Alonso esperaba fumándose un cigarrillo, y le rogó que fuera por los barriles con piedras que tenía preparados para dar comienzo al inaudito sermón. Los dos padres restantes permanecían detrás en silencio, mostrando una actitud muy devota mientras cada uno sujetaba entre las manos un crucifijo. El capellán se posicionó en la parte posterior del escenario, desplegó con elocuencia sus cortos brazos ante la multitud y comenzó la misa en los siguientes términos:

⸻¡Amados discípulos de Cristo Rey! El motivo de la reunión, como ya supondréis, podría parecer a simple vista que se debiera a una gravísima falta cometida contra la honorable cristiandad que aquí supuestamente representamos, un pecado imperdonable que habría atentado contra los principios más esenciales de la farsa religiosa. ¡Queridos discípulos! Como es la hipocresía la más usada de nuestras artimañas, con gusto os diría: habéis de saber que de todos los pecados que más escandalizan al santo cielo, es sin duda este de la promiscuidad y la sodomía ⸻señalando a los acusados⸻ Por ello, estos imperdonables y malvados terroristas, serán hoy sometidos a los más terribles suplicios, pues, aunque la misericordia de Dios sea ilimitada, ello nunca eximirá al hombre de obedecer su designios aquí en la tierra, y, si alguien osará violar su ley divina, ¿qué deberíamos hacer nosotros, sus respetables servidores, sino compensar dicha falta con un castigo proporcional a los crímenes que aquí se juzgan?Mientras que el cuerpo será atrozmente maltratado, empleando todo el suministro de nuestra imaginación, así como todos los artilugios que nos brinda el arte de la tortura ⸻dijo exhibiendo las herramientas que había sobre la mesa⸻ el alma habrá reparado su deuda y será devuelta nuevamente a las manos de Dios.

Normal que, entre estas gentes inmundas, el suplicio ⸻continuó el más honesto de los hombres⸻ sea el único camino hacia la redención, pues habiendo puesto en jaque la vida eterna, solo una muerte multiplicada por la atrocidad del suplicio revindicará el triunfo incondicional de las divinas leyes. Hasta aquí las razones que la religión más despreciable de la tierra pudiera considerar acerca de lo que es justo o no en relación a sus aberrantes fantasías. Pero este no es nuestro caso, a nosotros, los filósofos, se nos ha encomendado una misión mucho más respetable y sincera ⸻alzando el puño en alto⸻ ¡demos caza a ésta enigmática Diosa! ¡Aunque naufraguemos hasta el insospechado fondo del océano! ¡Aunque haya que perseguirla hasta la cueva más lóbrega y profunda de la tierra! ¡Y si han de tacharnos a nosotros de fanáticos, que sea por desentrañar del mundo su irradiante certeza y no por conspirar contra ella como hacen los inventores de quimeras! ¡Mis amados pupilos! ⸻alzando sus brazos al cielo⸻ yo os pregunto lo siguiente ¿qué le permite al hombre erguirse en un poder infinito…? ¡La invención! ¡Esa es la clave! Y con ello la implantación de sus mezquinas ideas para politizar y regular vuestra insignificante existencia. ¡En el nombre de la verdad! Ésta es la auténtica causa de lo que aquí se planeta, pues el motivo único del castigo que nosotros vamos a ejecutar y vosotros a presenciar, será el de negar, mediante una atrocidad sin límites que prevalecerá por siempre gravada en vuestra memoria, la posibilidad de concederos una libertad que solo a nosotros corresponde gozar ⸻dirigiéndose a Salazar⸻ ¡Salazar hermano! ¡deléitanos con la música más hermosa que conciba un alma tan oscura como la tuya!

Desde los tubos metálicos que sobresalían del órgano, comenzó a vibrar una música cuyo canto parecía nacer del mismísimo averno, donde los tonos graves y estridentes se iban alternando con otros más agudos, semejantes a partículas de luz que vinieran a irradiar por unos instantes el reino de las tinieblas, así, cada frase se encadenaba con la anterior causando una siniestra polifonía que tan pronto parecía elevarse hasta el cielo como volvía a precipitarse en el más profundo de los abismos. La sublimidad con que esta música envolvía la instancia bien podría sobrecoger a cualquiera de los hombres, ¡qué fácil era sentir en ella la pequeñez de estos frente a la inmensidad de aquella! pues siendo la vida como un pequeño islote perdido en el océano, solo le quedará esperar con incertidumbre su incierto destino hasta que un día se lo trague la marea. Sin embargo, con qué puntería lograba alcanzar esta música aquellos corazones de plomo, con qué vigor revivía en ellos su insaciable maldad y con qué franqueza la disfrutaban.

⸻¡Fantástico Salazar! ⸻aullaba de júbilo el malvado⸻ es sin duda Bach el maestro de la fuga y ¡cómo de maravilloso es escucharle cuando uno planea cometer aberrantes fechorías! ⸻volteándose hacia los condenados e incitando a la multitud para que los increpase⸻ ¡Hoy se dará ejemplo de la indiscutible supremacía de aquellos que ostentan el poder frente aquellos que lo cuestionan! ¡Vuestro cuerpo sufrirá el martirio máximo hasta que la muerte os haga el favor de visitaros! ⸻dirigiéndose ahora al Bedel⸻ ¡Haga usted el favor, Don Alonso! ¡Distribuya las piedras entre los jóvenes! ⸻a la multitud de nuevo⸻ ¡Bien! ¡bien! ¡Disfrutemos un poco! la lapidación es el más antiguo y hermoso de los espectáculos, ¡con qué sinceridad se alegra mi alma al contemplarlo! ¡Ni hay brisa más agradable que ese silbido con que las piedras zumban el aire! ¡Ni existe placer comparable al romper una cabeza cuando se emplea un método tan exquisito…! ¡Fíjate Tomás! ⸻me dijo alzándose los hábitos⸻ ¡Aún no ha empezado el espectáculo y ya la tengo morcillona! A mis cuarenta años solo me la pone dura el hecho de infligir sufrimiento, especialmente cuando aquel que lo padece carece de culpa en la misma proporción que le sobra al que lo ejerce. ¡Oh Tomasín! ⸻me dijo abrazándome la serpiente⸻ tengo el alma tan negra como una noche sin estrellas ¿dudas acaso de que exista un mayor criminal…?

Empezó el espectáculo, uno a uno, los internos iban recogiendo las piedras que les ofrecía Don Alonso y las arrojaban tan fuerte como sus enclenques musculaturas les permitieran. Cada piedra había sido tallada cautelosamente, los cantos estaban tan afilados que no hallaban resistencia al colisionar contra nuestros condenados, cortando sus carnes con admirable facilidad. Además, era curioso con qué odio eran lanzadas, buscando siempre causar el mayor daño, ya fuera porque ello les hacía sentir menos desgraciados, ya fuera porque encontrasen cierta satisfacción en devolver el mismo dolor del que ellos mismos eran víctimas, me resultó imposible concebir un espectáculo más sangriento. Mi amigo Borja lanzó una piedra tan grande que podría pasar por roca y, como esta estaba especialmente afilada por uno de los cantos, sesgó de un solo golpe medio muslo de Carmelo. También Nervo, si, el manco poeta resentido que se encontraba en una de las filas esperando su turno, no dudó en cobrarse su mano por una cabeza. Sus hermosos ojos como un cielo claro se habían tornado grises y malvados, con qué rapidez se había transformado nuestro ángel en demonio, agarró entonces con su única mano la más dura de las piedras que allí pudiera haber, y apuntando hacia la cabeza de Samuel, la lanzó con tanta rabia que se la partió como si fuera porcelana. En apenas media hora se habían arrojado más de diez mil piedras y cien mil insultos, poco quedaba ya de humano en aquellos despojos encadenados que se desangraban como chotos en una plaza de toros. Ni Viroel ni el padre Cid se habían dejado de masturbar contemplando aquella atrocidad, no obstante, como estoy apunto de relataros ahora mismo, guardarían su semen para otros sacrilegios mucho más refinados.

⸻Hermano Cid, pongamos orden en la sala ⸻escuché susurrar a uno de los padres.

⸻¡Oh, sí! Ha llegado el momento de que comulguen estos infelices.

Dijo la inconfundible voz del padre Viroel que, en todo aquel tiempo, no había dejado de sobarme y olfatearme el ano con su juguetona nariz.

⸻¡Pero director! No deberíamos concederles el favor de la hostia bendita sin haberla ultrajado antes. Me muero de ganas por cagar sobre estas estúpidas tortas de harina.

⸻Tiene usted razón, Llanos ⸻dijo Cid que, dirigiéndose al colectivo, anunció⸻ Ha llegado la hora de que comulguen estos condenados. Masturbémonos y derramamos el santo esperma de nuestros cojones, aunque si lo queréis, también podéis cagaros o mearos en el sagrado cuerpo de cristo, no encuentro un solo inconveniente en ello.

⸻Considero que estos ritos cristianos son sumamente despreciables, todo este tiempo he deseado cagarme en la fuente sagrada que los contiene.

En ese instante, el padre Cid y Viroel me ordenaron que les masturbara y chupara hasta que eyaculasen, mientras tanto, el padre Llanos se cagó sobre las hostias y Agrupa las meó hasta convertirlas en una pasta grumosa. Por último, mis dos amantes se corrieron sobre todo el condumio y lo volvieron más repugnante de lo que ya era aún sin ultrajarlo.

⸻Creo que hacemos bien en despojar de lo sagrado algo tan sumamente insignificante. Ellos mismos cometen un terrible sacrilegio bebiendo y devorándose el mismo Dios que dicen que les ama. ¡Menuda estupidez! ⸻farfullo Agrupa⸻ pues esto es lo que yo opino de un Dios tan aborrecible, un Dios que, como esa larva que se auto inocula en la cabeza de las hormigas, las acaba poseyendo hasta el punto de enfrentarla con el resto de sus hermanas y, una vez que ha causado el caos en la colonia, se despide de su huésped despojándole la cabeza.

⸻Pero además resulta que este Dios tan abominable tiene muchos rostros, en mi opinión, siguiendo la parábola de las hormigas, lleva demasiado siglos sorbiendo el alma de los hombres. No importa que este sea aquel ente poderoso o el destino al que tiende el corazón del pueblo, ayer se llamó Dios, hoy es revolución y mañana será el progreso. Todas estas ideas tienen su raíz en los mismos principios y encuentro en el deseo de librarme de ellos la única felicidad posible.

⸻Respetable opinión Llanos. Pero centrémonos en nuestros placeres y dejemos apartada la filosofía para otro rato ⸻volviéndose a la multitud⸻ Ahora que habéis entendido que no existe ofrenda ni ofensa para este Dios imaginario, pensemos en que sí la tiene y divirtámonos haciendo tragar a estos moribundos el pan divino mezclado con las execraciones que lo adornan.

Todos aplaudieron las palabras del padre Cid y se escucharon muchos vitoreos al fondo de la sala. Aunque no lo necesitaran, el recibimiento caluroso con que los internos aprobaban estos actos, instó a los padres a continuar con sus crueles fechorías. Por otro lado, mientras no fueran los que padecieran, ¿tendrían motivos para cohibirse de un espectáculo tan maravilloso? El mismo Borja, anterior amigo de los condenados, parecía disfrutar muchísimo de este espectáculo, pues no solo era el que más piedras he insultos les había dirigido, sino que además despotricaba de la risa con los burlones comentarios de los padres, cosa que no me dejaba de sorprender ya que su menguada inteligencia apenas alcanzaría para comprender una frase que incluyera más de un verbo y, sin embargo, ¡Cómo chocaba las palmas! ¡cómo me guiñaba los ojos sin caber en su gozo! Como un orangután mongolo que se aplaudiera así mismo tras haber sido ridiculizado en un circo.

Aunque rozaban la inconsciencia, el dolor aún les mantenía despiertos. El padre Viroel les hizo tragar con vino toda la ofrenda divina. Después tomaron entre sus brazos al pobre Rubén y lo pusieron encima de la mesa. Como es bien sabido, el padre F. Cid, siendo un escrupuloso amante de la geometría, no pudo contener las ganas de cortarle la otra oreja que le sobraba. Llanos, al que pronto conoceréis en detalle, era entre otras muchas cosas un cirujano excelente: provisto de un bisturí le practicó en el abdomen una incisión en forma de cruz. En ese instante, el buen bedel le tendió un saco de esparto que contenía varias ratas, agarró un par de ellas por la cola y las introdujo en el estómago recién abierto de la víctima, a continuación, cosió la hendidura y aguardó complaciente mientras los nauseabundos roedores le devoraban las entrañas.

⸻¡Hermanos, dejadme a mí el resto! ⸻suplicó Agrupa⸻ ¡Ardo en deseos de chupar este pito! Pocas cosas me excitan más que el semen de aquellos que están a punto de expirar. Por sorprendente que parezca, el semen de un moribundo suele hallarse bastante agitado, tragarlo en este estado es sin duda lo más delicioso que existe.

⸻Más aún, querido hermano, ⸻le contestó Llanos⸻ si aquel que expira lo hace en el paroxismo del dolor. Pues conociendo el fin de su existencia, la víctima suele producir mayor cantidad de este líquido y aún a sabiendas de estar a un solo paso de la tumba, siempre le quedará la esperanza de morir perpetuándose.

Pero ni siquiera un maestro en el arte de la felación como Agrupa pudo conseguir que aquel miembro se empinase. No obstante, completamente obcecado en lograrlo, mandó a Don Alonso que pusiera a calentar un hierro y una vez que se tornó candente, lo metió por el recto de la criatura abrasándole los esfínteres.  Finalmente, y a pesar de todas las dificultades, consiguió endurecer el miembro del muchacho.

⸻¡Bravo! ⸻aplaudió el monstruo mientras aquel agonizaba en terribles sufrimientos⸻ ¡Ahora sí que está erecto! ¡Voy hacer que te corras exhalando el último aliento!

El siguiente en entrar en escena fue el bello Carmelo, este mártir había recibido tantos impactos que pocas eran las partes del cuerpo que no estaban completamente destrozadas, pero sin duda, eran los genitales los que se habían llevado la peor parte, pues, a través de la desgarrada bolsa escrotal que los cubría, se podían vislumbrar sus hermosos huevos blancos y resplandecientes como perlas de nácar.

⸻¡A este le quiero encular valiéndome del cuerpo de cristo! ⸻exclamó el padre F. Cid mientras untaba el glande en la fuente con las hostias⸻ pero me gustaría que tú, Viroel, le cortarás la cabeza justo antes de correrme. No creo que exista un placer superior a aquel que provoca la contracción del ano cuando esto sucede ⸻virándose hacia mí⸻ ¡Y tú, jovencito! quiero que me penetres con uno de esos crucifijos, agárralo del travesaño y métemelo por la base que es la parte más gorda ⸻sacudido por espasmos de placer mientras le sodomizaba con la cruz, el loco no dejaba de gritar⸻ ¡Oh sí! ¡Maravilloso! ¡Dios cabrón! ¡Retuércelo! ¡Retuércelo Tomasín! ¡Qué proeza la mía! De tres formas me sirvo para estigmatizar al Dios puto: pues si bien solo abro la boca para blasfemar contra él, me valgo de su cuerpo para pecar jodiendo y, al mismo tiempo, soy jodido con la cruz sobre la que expiró para perdonar mis pecados.

Finalmente, cuando no podía llevar a más grado su infamia, sabiendo que no retendría su esperma durante más tiempo, F. Cid suplicó a Viroel que sesgara la vida del desdichado. Por desgracia no pude ver con claridad la escena, pues el resplandor del filo de la espada me deslumbró justo en el momento en que Viroel descargó su rabia sobre la pobre víctima. Un segundo después la cabeza de Carmelo rodaba libremente por el estrado como si fuera una pelota.

A éste le siguió Esparto, al que las pedradas le habían desencajado las muñecas y partido los tobillos. Tendido como un trapo sobre la mesa, Llanos procedió a descuartizarle mientras era sodomizado por Viroel. Así mismo, Viroel me pidió que le enculara y, muy animado, F. Cid me metió la lengua en el ojete, recorriendo como una fregona todos mis conductos que, como ya me había advertido con anterioridad, debían encontrase lo más sucios posible. El último vagón de este tren amoroso lo ocupaba Agrupa y su misión consistía en azotar a Cid con el mismo crucifijo que antes lo había enculado. Durante estas lascivas operaciones, Llanos, que gemía eufórico por las embestidas con que era penetrado por la gruesa verga del padre Viroel, dijo:

⸻¡Voy a cortarle la cabellera a este santo, Don Cid! Creo que le vendrá de miedo para disimular su pomposa clava. ¡Este muchacho tiene sin duda un hermoso cabello! ⸻hundiéndole la hoja del bisturí en el cráneo⸻  A pesar de lo que se cree, esta práctica fue difundida entre los indios gracias a que los holandeses pagaban a muy buen precio las cabelleras de sus enemigos. ¡Menudo granuja ese tal W. K! Pero también los franceses, ¡oh sí! Ellos fueron los primeros en entregar las cabelleras de los indios muertos para recibir su recompensa. ¡Pero cuanta farsa hay en el mundo! No deja de tener gracia que la civilización más bárbara de la historia considerara a esas pacíficas tribus de américa unos miserables salvajes.

⸻Ahora mismo voy a usarla ⸻contestó Cid sacando su áspera lengua de mi culo⸻ ¡Haga el favor de entregármela hermano!

Deshaciéndose del capirote el padre Cid se colocó la cabellera, quedando además firmemente adherida gracias al sudor que le perlaba la molondra. Pasándose entonces una mano sobre sus nuevos rizos, nos preguntó impaciente:

⸻¿Y bien?

⸻Le sienta de maravilla, padre ⸻le dije.

⸻Parece usted un querubín excelencia, con esos bucles dorados…⸻afirmó Agrupa.

⸻¡Oh! Desde luego, Don Cid, parece que hubiera rejuvenecido veinte años ⸻opinó Llanos mientras trepanaba la cabeza desnuda del muchacho.

⸻¡No sean exagerados! Si algo rejuvenece el alma de un hombre es el crimen ⸻desviando la mirada hacia la operación de Llanos, preguntó⸻ ¿Qué harás con el cerebro del chico?

⸻¡Oh! Voy a preparar un mejunje a base de neuronas. Muchos especialistas recomiendan esta dieta rica en nutrientes y grasas saludables. Además de su preciado sabor, nos reportará nuevas energías para continuar con más crímenes.

Una vez degustamos tan suculento aperitivo, Viroel tomó entre sus brazos al último condenado.

⸻¿Y qué hacemos con este? ⸻Preguntó.

A ver que desean nuestros invitados ⸻dijo Cid volviéndose hacia las banquetas.

Todos aplaudieron eufóricos pidiendo al unísono la crucifixión.

⸻¡Estupendo! ⸻volviéndose hacia el bedel⸻ ¡Don Alonso, querido, haga usted el favor! Disponga de algunos voluntarios y tráiganos la cruz que guardamos en el sótano. ¡Ah, por cierto! Tampoco se olvide de la virgen que nos donó Doña Francisca para celebrar la pascua, concibo nuevos sacrilegios con los que perfeccionar este último acto.

Don Alonso partió con doce voluntarios y volvieron al cabo de unos minutos con todo el material necesario para la culminación de la misa. Los voluntarios depositaron una hermosa cruz de nogal sobre la mesa y colocaron al trémulo y asustadizo Samuel sobre ella.

⸻¡Parar! ¡parar! ¡No de esa forma! ⸻exclamó Cid colérico⸻ ¡Invirtámoslo! ¡Debe ser crucificado cabeza abajo como hizo con San Pedro el glorioso Nerón!

Se le colocó una corona de espinos en la frente y valiéndose de un pequeño artilugio, Llanos se cuidó mucho de que los espinos penetraran superficialmente en la carne del joven para no privarle de sentido al mismo tiempo que le hacía correr la sangre de forma abundante. Viroel le perforó las espinillas de sendas extremidades con unos clavos tan gruesos como estacas, no obstante, para las manos empleó clavos más finos, pues de lo contrario, estas podrían desgarrarse una vez lo colgaran. La mezcla del crujir de los huesos con los alaridos de la sufriente criatura me la puso tan dura que, notando la presencia de mi verga bajo la chilaba, Viroel quiso que le enculara mientras remataba con los clavos. Guiado por ese extraño, pero sublimearrebato que me sobrecogía cuando era testigo de las atrocidades más abominables, jodí al padre con mucho gusto hasta que los dos nos sentimos exhaustos. Por último, el padre Cid pidió a Don Alonso que formara una pila de fuego sobre el estrado.

⸻¡Espere un momento Don Alonso! ⸻exclamó presuroso el prudente Salazar que bajaba en ese momento de la plataforma⸻ le recomiendo que no empleé para el fuego troncos que contengan humedad, en ese caso, se levantaría una humareda tan densa que le provocaría la muerte por asfixia.

⸻¡Excelente observación! ⸻señaló Cid mientras se repeinaba los bucles recién adquiridos⸻ que desgracia sería que el pobre chico muriera antes de ser calcinado.

El obediente bedel dispuso todo tal cual se le había recomendado y, ayudado por el fornido Viroel, irguieron la cruz sobre el estrado. Una vez se mantuvo en esta posición al prisionero, el propio peso del muchacho hizo que la piel comenzara a desgarrarse provocando un sonido idéntico al deslizamiento de una cremallera. A continuación, los padres Agrupa y Llanos dispusieron a la virgen junto a la cruz, a la que untaron con la sangre de los condenados, pero no sin antes haberla obsequiado con un mugriento collar de intestinos que le colocaron alrededor del cuello. En actitud devota, la virgen María mantenía extendidas hacia arriba las palmas de las manos, y ¡tal era su gusto por la profanación! que, ideando nuevos ultrajes contra la santísima, el malvado de Agrupa tendió sobre la mano izquierda el corazón de Esparto, mientras que, en la otra, no pudiendo retener sus ganas de cagar, plantó un mogón bien hermoso y negro como el azabache. Por último, apilando junto a la montaña de troncos a los sacrificados, o más bien lo que quedaba de ellos, rociaron todo con gasolina y le prendieron fuego. Con mucha rapidez, las llamas empezaron a trepar por la estructura devorando la madera y la carne del crucificado como si se trataran de pequeños animales mientras que el pobre Samuel no dejó de chillar hasta que se le quemaron los nervios. Cuando el rostro de la Virgen quedó cubierto por las llamas y se carbonizó hasta convertirse en escoria, con mucho entusiasmo, el padre Cid, exclamó:

⸻¡Eso! ¡Eso! ¡Qué arda la muy puta!

⸻Pues sin duda, de santa ha de tener poco, solo leí que ardían de la misma manera las brujas más infames ⸻señaló Llanos.

⸻Mira ⸻le reprochó Cid⸻ te digo yo que esta es peor que todas las brujas juntas. Seguro que lo de Virgen era pura ironía, ¿cómo si no había de quedar preñada? Estos cristianos son unos grandes inventores de fábulas, siempre se han encargado de deformar la realidad a su antojo. Es más, creo que la forma más adecuada de dilucidar los textos bíblicos consiste precisamente en interpretar lo contrario de lo que allí queda escrito. Siguiendo esta regla, me atrevo a decir con toda certeza que la madre de Cristo no era Virgen en absoluto, sino que, al contrario, fue la puta más sucia de toda Jordania.

⸻¡Ahjá! ⸻profirió animado Agrupa⸻ desde luego se trata de un libro contradictorio y absurdo. Aunque coincido contigo en los que dices de esa puta, en ocasiones, deberíamos tomarlo todo al pie de la letra, pues tal y como insinúan algunas teorías, el mismo cristo fue en realidad un villano, por no decir que quizás fuera el peor tirano de todos cuanto abundan en la historia de los hombres. Las mismas escrituras parecen delatarse cuando ponen en su boca frases como: “no piensen que he venido a traer la paz sobre la tierra. No vine a traer la paz, sino la espada” y también “porque he venido a enfrentar al hijo con su padre, a la hija con su madre y a la nuera con su suegray así, el hombre tendrá como enemigos a los de su propia casa” o “el que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí ”.

⸻Entonces, ¿haremos algún mal quemando al hijo de Dios y a la puta que lo parió?

⸻Todo lo contrario, Llanos ⸻repuso Cid⸻ lo único que temo es que por una vez en la vida se me acuse de realizar una acción repleta de bondad.

Una vez el fuego hubo consumido los últimos restos de divinidad que quedaban en aquella capilla, el padre F. Cid se dirigió a su público con unas solemnes oraciones que darían fin a su mefistofélica ceremonia. Entonces, la rechoncha albondiguilla dio unos pasos al frente, extendió sus cortos brazos al cielo y, mirando con sus ojos azules e inyectados en odio a su mutilada comunidad de devotos, comenzó a alabar al Señor de la siguiente manera:

⸻¡A ti te invoco en mi ayuda, a ti qué en los culos de un bálano tieso, lanzaste el esperma a borbotones! ¡Esperma de los Santos y de la Virgen, esperma de los Ángeles y de Dios! Sobre todos ellos empalmo mi verga cuando quiero encenderla… ¡Divino Jesús! Sostén mi aliento, y, por un momento, a mis venas presta el ardor de tus cojones. Que todo se excite, que todo se encienda; acudid putas y cabrones: para excitar mi vivo éxtasis, mostradme vuestros culos frescos y redondos, ofreced vuestras nalgas torneadas, vuestros muslos firmes y rellenos, vuestros miembros tiernos y carnosos, vuestros anos llenos de cagarrutas torneadas ⸻en ese momento, tanto yo como el resto de pupilos nos separamos las nalgas con las manos y abrimos bien nuestro ojete para que el cerdo contemplara satisfecho la mierda que los recubría⸻ pues solo me gusta joder culos, y no coños sarnosos repletos de pelo… Hombre, ballena, dromedario, todo, hasta el infame Jesús, en los cielos, bajo el agua, sobre la tierra, todo nos dice: joded en los culos; pues razonable o no, todo se mezcla y en cualquier lugar el culo nos llama, el culo pone a todas las vergas en celo ⸻alzándose los hábitos y ostentando su polla torcida al mismo tiempo que bajando los brazos empezaba a acariciar la polla de sus hermanos, prosiguió⸻ pues el culo de la felicidad es la vía, en el culo yace toda la alegría y fuera del culo no habrá salvación…

Como si su canto fuera la dulce música de una cítara encantadora y nosotros la cobra hipnotizada que bailara al son de su melodía, sin ser apenas conscientes, sacudidos por la fuerza del deseo, nuestros cuerpos comenzaron a frotarse indiscriminadamente, y desde ese momento, no hubo un solo orificio que no fuera ocupado por un dedo, un pene o una lengua. Entonces las identidades se difuminaron para formar una sola máquina orgiástica, sumida en la fiebre de la concupiscencia, nutriéndose del sexo impúdico de nuestra lascivia hasta que una tormenta de semen estalló entre los padres y los hijos de Cristo Rey.

⸻Devotos a los que el infierno sujeta: solo para vosotros han sido hechas las leyes; pero su débil y frívola cadena sobre nuestros espíritus no pesa. En las riberas del Pisuerga apacible, la voz horrible del hijo de Dios trata en vano de ablandar el corazón: si un culo no pasa, no veré empalmarse mi verga y Dios no es más que un encalador ⸻en ese instante la inmensa polla de Viroel se insertó en el horadado ano del padre y entre gemidos de placer gritó⸻ ¡En el seno de la santa iglesia, sobre el altar mismo donde Dios se hace! Todas las mañanas sodomizo el culo regordete de un muchachito. Mis queridos hermanos, mis queridos discípulos, se engaña el que de la católica pompa me puede creer celoso… ¡Dios padre encula a la puta María! ¡El Espíritu Santo jodió a Zacarías! ¡Y sobre un trono de nalgas con sus soberbias promesas del universo Dios se mofa!

Salpicado de semen por todas partes, echando a volar la cabellera entre embestida y embestida, sacudido como un demonio por los éxtasis de la lujuria y lanzando espuma por boca, el infame padre aún tuvo fuerzas para recitar una última estrofa antes de alcanzar el paroxismo de la voluptuosidad:

⸻¡Oh, Lucifer! Tú, al que adoro, Tú que haces brillar mi espíritu, si en tu casa se jode todavía, en tu culo metería mi instrumento ⸻introduciendo salvajemente su polla en mi ano y arañándome las caderas con sus impúdicos dedos, aulló⸻ ¡Si ya no se me empalmara y en tu casa yo me encontrara, mi gran tormento, sin duda, sería ver que un demonio fornica y que mi culo no es fornicado!

 

 

 

 

 

 

 

 

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