LA MÁQUINA TRAGAPERRAS

A veces, este mundo tan absurdo en el que vivimos, donde la mayor parte de los acontecimientos parecen sucederse sin ningún sentido, puede llegar a sorprendernos de una forma perturbadora. Tanto es así que, en mi caso, que soy además la persona más reticente que conozco, haría muy bien en borrar de la memoria toda esa cosmología de la arbitrariedad, pues, haciendo mía la experiencia, o no deja de carcomerme las pocas neuronas que me quedan, o actúa como el ácido corrosivo sobre ideas que quizás, por incomprensibles, resulten aún más verdaderas que toda esa irritante apología de la incertidumbre que hoy día nos mantiene tan expectantes. Pues así de asombrosa es la lógica humana, que cuando el mundo todavía era un lugar enigmático, se tornó, de repente, pensable; en cambio, cuando la ciencia creía haber logrado alcanzar los límites de lo cognoscible, sin preverlo ni creerlo, retornó el mundo nuevamente a su origen enigmático. Así es, queridos amigos, actualmente todo parece explicado por esta corriente de lo inexplicable, un negro nubarrón de ecuaciones ininteligibles se extiende por el universo, cuyas conclusiones parecen albergar la última palabra respecto del mismo, donde todo ha sido corroborado gracias a la incuestionable fiabilidad de su extrañísimo lenguaje, del que cabe decir con sumo acierto que representa la realidad tal cual sé “manifiesta”. Además, aun siendo esta forma de hablar prácticamente inaccesible al ciudadano medio, cuentan con el apoyo incondicional de aquellos que aun sin comprender absolutamente nada, ponen en su boca los mismos aforismos y, con un orgullo muy por encima de sus conocimientos, nos arrebatan la palabra y exclaman:

⸻⸺ “¡Perdona, es que esto es así porque lo dice la ciencia…!”

Pues esto, queridos amigos, ocurre realmente todos los días, y si bien nunca se descubre nada nuevo, el entusiasmo con que los medios de comunicación nos bombardean cada mañana durante el café ha terminado por resultarme un tanto sospechoso. Incluso hoy, paseando tranquilamente por los deprimentes parques de mi barrio, me topé con dos viejos involucrados en una acalorada discusión sobre la contradictoria superposición de los electrones, y creyéndose ellos mismos electrones entrelazados, los oí comentar desconcertados el resultado de su supuesta y recíproca interacción a distancia, pues, evidentemente, situados cada uno de ellos en un extremo opuesto del parque, la única interacción que experimentaron fue la del mismo viento colándose entre sus arrugas. Como digo, hartito estoy de encontrar casos semejantes, y si alguno no creyera en esto que estoy diciendo, le sugiero que observe muy de cerca, como si mirara por el objetivo de un microscopio, y podrá comprobar con sus propios ojos que, por desgracia, estos “eruditos” son una especie muy abundante en la actualidad, pudiéndolos hallar bajo formas más variadas y diversas que en las infinitas bacterias que reptan bajo la atenta mirada de nuestro hipotético microscopio. Pues bien, como estaba diciendo, si como afirman estos científicos lo improbable es al final lo más real que puede concebirse, también sucederá lo improbable con más frecuencia de lo que uno piensa, y si esto definitivamente resulta ser verdad, ¿no debería aceptar de buen grado aquel proverbio que decía “los caminos del señor son inescrutables”? Y, ante todo, eludiendo ese pesimismo que, como decía, siento tan arraigado, ¿no debería aceptar de una vez por todas el extraño sentido de lo que acontece y abrir mi corazón a este buen Dios de los infortunios confiando ciegamente en su probabilística bondad?

 

Quizás por todo ello anduviera yo, como de costumbre, más borracho que una cuba. Es decir, plenamente en mis cabales, pues, si el mundo es al final una cuestión de probabilidades, la única probabilidad bajo la cual se me antojaba soportable el mundo era esta de estar completamente borracho. En este sentido, el sofocante sol de agosto solo tiene una cosa buena, y es que, a las lagartijas como yo, con tanto calor nos sale muy a cuenta refugiarnos bajo la confortable sombra, casi litúrgica, que ofrece cualquier lúgubre taberna de mala muerte. No recuerdo la cantidad de cerveza que circulaba en ese momento por mi sangre, pero aún con todos los sentidos nublados, mantuve la suficiente lucidez como para poder contaros algo acerca de aquel santuario de borrachos: una barra de madera de pino enmugrecida y pegajosa rodeaba el estrecho cuchitril tras el cual, el héroe del bar, es decir, el camarero, se atrincheraba como arquero en su almena tirando cañas con una habilidad admirable, hidratando de este modo a su fiel clientela. Algunos taburetes le acechaban como pirañas, sobre los cuales reposaban los gordos traseros de los transeúntes que se habían reunido con el firme propósito de emborracharse en soledad, pues solo de esta manera lograban alcanzar la clarividencia necesaria como para afrontar los avatares de la existencia, y lo más importante, solo en soledad podían experimentar la firme solidez que sustentaba sus matrimonios. Al extremo opuesto de la entrada, había dispuesta una máquina tragaperras, el único ser de todo aquel antro que podría presumir de limpieza, y que, sin lugar a dudas resultaba ser muy inteligente, algo que seguramente habría conseguido tras haber sorbido muchos sesos, pues nada más detectar la proximidad de alguno de esos sonámbulos, la muy pilla comenzaba a despotricar emitiendo unos sonidos bastante insoportables, mefistofélicos, pero que, como si fueran la dulce melodía de una cítara encantadora, misteriosamente, lograba quebrantar la férrea voluntad de aquellos jugadores empedernidos. No obstante, los había, si cabe, algo más desconfiados, en cuyos rostros contraídos podía denotarse cierto atisbo de recapacitación. Sin embargo, nuestra inteligente tragaperras, sin perder la esperanza de cautivar a estos buscadores de fortuna, desplegaba sobre ellos toda su aurea lumínica, y era desde luego un método infalible, pues, como abejorros seducidos por el dulce olor a néctar que segrega engañosamente la planta carnívora, se posaban estos desdichados sobre la máquina dispuestos a perder hasta la última moneda de sus andrajosas carteras. Por lo demás, conformando el resto del espacio, un conjunto de mesas distribuidas un poco así, intuitivamente, como a ojo de buen cubero, se extendían hasta el extremo contrario del bar, lugar donde me encontraba yo contemplando todo aquel circo mientras me pasaba la lengua por el bigote manchado de espuma.

En esto, un intachable caballero vestido a la última moda rural apareció repentinamente por la puerta, como digo, con su camisita a cuadros remangada hasta los codos y bien embutida en el pantalón arrugado que, en un intento de estirarlo, se había subido prudentemente hasta los sobacos. Primero lanzó una mirada precavida oteando el interior del sitio, y, antes de entrar, este caballero tan elegante y educado, en un intento quizás de aclarar su voz, lanzó un gargajo bastante considerable a las puertas de esta oficina de alcohólicos anónimos. Una vez hubo finalizado esta operación se encaminó hacia la barra y, en un castellano que nos sorprendió a todos, le comentó a nuestro servicial camarero:

⸻¡Ire uthé! ⸻ le dijo señalando una de las botellas⸻ ¡Póngame una copina de la coñá esa, jombreh! jaga el favoó, ¡Qué vengo mu zediento derr campo!

Como zoólogo al que le falta la lupa con qué escudriñar su colección de nuevos especímenes, observé fijamente a este misterioso caballero de piel parda como una butaca de mimbre recién barnizada; las mangas remangadas de su camisa dejaban entrever unos brazos robustos como troncos de alcornoque, poblados densamente por un vello viril más negro que la brea. En la frente, constreñida y perlada de sudor, se le se unían graciosamente sus dos cejas dándole el aspecto de un macho muy bien formado. Bajo estas, dos ojos pequeños y marrones se hundían como cerillas ardientes en la oquedad de su cráneo. Su cara, salpicada por diversos lunares, estaba rematada por una nariz que había crecido sin problema hasta transformarse en una porra, bajo la cual ostentaba orgulloso un bigotillo de una sutileza aristocrática y que disimulaba a la perfección su espíritu campestre. Por entre la comisura de sus labios, no sabemos a qué fin, asomaba tímidamente un palillo que remataba esos aires de grandeza de los que tanto parecía presumir nuestro respetable caballero.

⸻¡La virghen! ¡Qué buena que está la condená! ⸻increpando al servidor con la copa ya vacía⸻⸺ ¡Disponga! ¡disponga, jombreh! Qué me va usté serví otra máh, qué estoy mu zediento… ¡iré uhté!

Cuantos prejuicios se ahorrarían esos intelectuales de Madrid, filólogos de la cúpula, si en efecto descendieran a nuestra acogedora región y escucharan de primera mano esta hermosa flor del lenguaje que fue siempre nuestro castúo. ¡Qué orgulloso estaría nuestro Gabrielito! ¡Con qué entusiasmo se sacudiría los gusanos que le roen la osamenta! Pues en efecto, nuestro inigualable poeta no consagró en balde su carrera literaria. ¡El castúo está vivo! ¡Aún se habla entre las gentes respetables!

Casi de forma automática, como dos inoportunos moscardones, fue a posar los ojos sobre la endiablada “tragaperra” nuestro entusiasta políglota. Casi podríamos decir que ambos se alegraban mucho de verse, pues si bien nuestro caballero no titubeó ni un segundo en acercase, tampoco la máquina pareció ocultar su alborozo, y si uno le daba suaves palmaditas en el costado como si fuera un mamporrero que tratase de apaciguar a su yegua recién fecundada, la otra no dejó de entonar sus entrañables melodías, al mismo tiempo que desplegaba ante él todo su encanto lumínico con el objeto de perpetuar la preciosa armonía que se captaba entre ambos.

⸻⸺¡írala! ⸺⸺se dijo así mismo mientras la cubría de tiernos besos⸺⸺ ¡Máh caliente qué está que una muhé pagana!

¡Ay que ver cómo sobresalía sobre el resto de gandules este Don Juan! ¡Con qué delicadeza cortejaba a la máquina este seductor nato! No le temblaban las piernas ni le sudaban las manos al echar las monedas por la ranura, no palpitaba su corazón nervioso ante el excitante juego del enamoramiento. Seguro de sí mismo, sin que por ello le faltara picardía, trataba a la máquina con ternura, pulsando las teclas con suavidad, recorriendo con la yema de los dedos la superficie impoluta de la pantalla y, sin que le fallase en ningún momento la paciencia, dejaba que la máquina fuera sacando por sí sola las primeras tiradas de premios. Yo contemplaba esta escena obnubilado, embriagándome cada vez más de la agradable compañía que me rodeaba. Tras pedir otra copa y volver a la máquina, a la que había dejado aparcada unos instantes, el caballero retomó sus lascivas caricias. Sin embargo, decidió probar algo nuevo. Ahora que la tenía en sus manos, que era el único dueño de su voluntad, haciéndola vibrar y cantar todo cuanto quería, comenzó a pasar de cuando en cuando su húmeda lengua por la ranura, dejando que entraran despacio las monedas, pero muy de poco en poco, con plena conciencia de que en el amor conviene no darlo todo de golpe, pues pocas cosas hay más excitantes que la sugerencia. En ese instante, sin poder resistir durante más tiempo las caricias de este galante seductor, completamente derrotada, la máquina experimentó el orgasmo más sublime que pueda imaginarse, es decir, el de los cuatro “Yokers” sobre la luminiscente pantalla. Entonces la máquina comenzó a gemir enloquecida a través de sus exhaustos altavoces, y fue tal la algarabía que se montó, que no hubo un solo taburete que no se girara para contemplar a los dos enamorados.

⸺⸺¡Epa! ¡Viva la jembra que me ha parío! ¡El premio gordo! ⸺⸺exclamó nuestro ilustre ganador.

Entonces, las voluptuosas entrañas de la máquina comenzaron a descargar el torrente de monedas, golpeando con tanta fuerza la trampilla que se me figuró como el aguacero de una tormenta, y tal sería el premio gordo, que la condenada no dejó de eyacular monedas hasta pasados diez minutos.

⸺⸺¡Viva la virghen! ⸺⸺gritaba el caballero sin caber en su gozo⸺⸺ Si lo sabía yo, qué la mu santa míba a jhacé rico… ¡Carái!

Hundiendo sus manos en el premio, que no cesaba de acumularse en la trampilla, comenzó a amontonar monedas en la barra ante la estupefacción del pobre camarero, que maldecía su destino al verse rebasado por el fatal acontecimiento.

⸺⸺¡Pero no le da a uhté vergüenza! ¡Me va a desbancar uhté, oiga! ⸺⸺le increpó desesperado.

⸺⸺No sea uhté asina conmigo, jombreh. Y disponga uhté unas bolsinah pá que lo juarde-toito tó.

Una vez que arrampló con todo su botín, nuestro ilustre caballero nos miró con ojos complacientes, arrojó el palillo al suelo mugriento y se largó.

 

IRINEO LEONEL

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