EL OJO

Lejos nos habían traído nuestros pasos.A uno de esos lugares en el que las calles permanecen siempre en silencio, como dormidas, donde abunda la basura y los edificios grises. Era un día de verano, con olor a bochorno y el cielo encapotado. El calor húmedo provoca que la ropa se te adhiera con fuerza,haciéndote sentir incómodo, como si se cerniera sobre el cuerpo una segunda piel y tratara de asfixiarte. La tinta se había corrido emborronando el papel, pero por suerte ya estábamos a las puertas de nuestro destino: el último agujero de la ciudad.

Era sucio de veras aquel agujero, un auténtico nido de ratas. Se respiraba un ambiente cargado, podía olfatearse el vicio, la podredumbre, el sudor de los seres mezquinos que lo habitaban. La anfitriona nos recibió airosa,apenas cubierta por una bata de aspecto roñoso que ostentaba sin disimulo varios lamparones de aceite. Tras el lúgubre umbral podía discernirse el angosto pasillo, al que seguía una oscuridad abismal. Nos recibió fumando, en actitud prepotente,entornando los ojos negros y brillantes como un inmundo roedor. No quería forasteros en su madriguera, aquel era un sitio reservado, debía olisquearnos con detenimiento, restregando su hocico arrugado por cada uno de los recovecos de nuestro húmedo cuerpo.Necesitaba asegurase de que nosotros, al igual que ella, emergíamos de la misma cloaca.

⸺¡Pasá, chico! ¡Pasá lo dó! ⸺murmuró entre dientes la rata.

Seguimos a la anfitriona por el estrecho pasillo, adentrándonos en lo más lóbrego de aquelagujero. A nuestro paso crujían las baldosas, por cuyas hendiduras brotaban incontables cucarachas quemerodeabaninquietasentre la mierda, palpando con sus alargadas antenas cada milímetro de aquel suelo infecto. Los rodapiés desquebrajados, sin color, jalonados porelmoho exuberante que reinaba allí desde hacía siglos. Atravesamos una habitación en penumbra, donde había un televisor encendido que daba muchas voces.Realmente insoportable. Sobre una butaca de mimbre se mecía una vieja, caduca, escuálida,con la forma de un neumático desinflado y con más arrugas que la corteza de los árboles. Sonreía la vieja por Dios sabe qué, quizás sonreía a la muerte, ¡Oh, si! ¡A la muerte! Con la que debía emprender su retorno al abismo. Una de sus cuencas había sido profanada, quizás a causa de alguna enfermedad que le hubiera robado la gelatina del ojo.Pero en la otra, ¡Santo Dios! Relucía un ojo de cristal, en cuya ovalada superficie de tonos glaucosse reflejaba el televisor en miniatura.

⸺¿Disfrutando de la telenovela, eh señora? ⸺pregunté muy simpático a la momia.

Llegamos a una pequeña sala de estar, todo está desordenado. Las persianas bajadas. Todo lo cubre el polvo, desde las estanterías hasta el tapiz que cubre la mesa frente a la cual nos sentamos. La luz parpadeante de una bombilla orbita sobre nuestras cabezas cual si fuera una luna muerta. Sobre el tapiz hay una bolsa de plástico que contiene la razón por la cual estábamos allí, en aquel remoto lugar. Entreabriendo la bolsa, nuestra anfitrionaintroduce la punta de un cuchillo como si fuera una garra. Vertiendo el polvo en una bandejita, exclama:

⸺¡Ea, mi niño! Que ahí te la planto, ¡Hasme el favó de probal-la!

⸺¿Puedo? ⸺pregunta el sujeto que me acompaña.

⸺¡Faltaríamáchici!

Apenas termino de enrollarme el turulo, cuando aquel ser ya había metido ansioso las narices en todo el fregaó. ¡Qué bárbaro! ¡Jamás había visto algo así! Todo el polvo oscila en el aire,liviano y resplandeciente bajo la luz de la bombilla. El tiempo se detiene, al menos en esa fracción de segundo cuando se cobra consciencia de haberlo echado todo a perder. Entre la cortina de humo que se desprende del cigarrillo, el cual es casi todo ceniza, la ardiente mirada de la mujer se debate entre la ira y la incredulidad. La ceniza acaba por desmoronarse sobre la tapicería. Entra en cólera:

⸺¡No le dé má a tu amigo! ¡no quiero tenémá problema con la muni! ¡Ese no sabe! ¿Oyes?

Le lloran los ojos al animal, su nariz es un barranco de mocos verdes y líquidos que le cuelgan como trapecistas descalabrados.Estornuda. Los trapecistas encuentran un punto de apoyo entre las cejas de la anfitriona. Pero el sujeto tiene ganas de bromear, exclama:

⸺¡Ze me han dormió lo dienté! ¡Qué pazada, niño!

La Anfitriona se incorpora y nos amenaza con el cuchillo que rutila bajo la luz eléctrica.

⸺¡Mal nasío! ¡Yo te apuñalo, lo jhuro!

⸺¡Hay qué largassesossio! ⸺me dice despavorido.

Salimos del cuarto con la cabreada anfitriona pisándonos los talones.Sin embargo, al darle esquinazo, escuchamos un gran estruendo en el pasillo como si se hubiera venido abajo un muro de piedra. Nos viramos. Allí está, con el cuchillo clavado en lo más hondo del pecho. Ya no brillan sus ojos negros y ardientes. No tiembla de ira. Una paz perturbadora le ha borrado del rostro todo atisbo de expresión.

⸺¡Está muerdta! ¡Muerdta!

⸺Voy a por la bolsa, vamos a llevarnos todo ⸺le digo.

⸺Si, pero está muerdta…

Contemplo aquel cuerpo inerte, pálido,tendido sobre las baldosas como un trapo sucio.

El chuchillo está firmemente adherido, me va a costar sacarlo. En el proceso noto como crujen los huesos bajo la rígida piel… Finalmente lo tengo entre mis manos.

⸺¿Y la made? ¿qué hasemo con la made? ⸺me preguntanervioso, sin despegar los ojos como piedras del charco de sangre que se ha formado junto a mis pies.

⸺¿La vieja? ¡Dejemos que muera aquí encerrada!

Sin embargo, ¿qué veo? Sobre la hoja afilada del puñal se proyecta la imagen de la vieja.Tan nítida como si la viera a través de un espejo:está tranquila, meciendo su escuálido cuerpecito frente al televisor, ajena a la catástrofe. Su ojo de cristal resplandece de forma sobrenatural, como si fuera una epifanía.

⸺Me está llamando… ⸺ susurro mientras extiendo las manos hacia aquella visión⸺ ¡el ojo! ¡llevémonos también el ojo!

 

IRINEO LEONEL

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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