Cavilaciones de un César artista

 

  • C: “Por supuesto que sí, Helicón, una muerte puede ser cómica, y artística en muchos otros sentidos.” – ilustró Calígula a su amigo sin que este le hubiese preguntado cosa alguna – “¿Sino a qué viene ese poco saber estar, esa desvergüenza con la que nos increpan los cadáveres? Tirados ahí, inmóviles, ausentes, como si no les importase lo más mínimo que estén dejando el suelo perdido de sangre. El error está en pensar que hay algún tipo de delito de propiedad en el hecho de arrebatarle la vida a alguien. Eso sería como decir que la lluvia se debe a las plantas por el hecho de que estas necesitan de aquella para vivir. Pero no hay discurso que un geranio pueda ofrecerme, por muy elocuente que sea, para convencerme de su derecho a ser regado. Del mismo modo que no me convencerá ningún condenado, y con esto me refiero a condenado a vida, de la necesidad de su condena. La propia necesidad de la condena se establece una vez sentenciada la misma. Un viviente no necesita la vida sino para vivir, no hay derecho más allá de esto. Sin embargo, si hay un más allá de ese derecho, ¿o no es así mi querido amigo? ¿Y no sería en ese más allá del que me hablas donde se asienta el fundamento estético del acto de abrirle las celdas a los condenados y verles abismarse por el desfiladero de la libertad?” – en este momento el César, que había estado vagando por la estancia mientras discurría, se paró en seco y clavó la mirada en Helicón como instándole a rebatir su argumentación.

 

  • H: “Yo no he hablado de ningún más allá, Cayo, tan sólo te he dicho hola. Pero ya veo por donde quieres ir, buscas mi provocación verdad, pues te advierto que soy perro viejo y no conseguirás engañarme con facilidad. No caeré en el juego de contradecir tus argumentos de doble filo, Cesar, de todos es sabido que poder y razón se entrelazan hasta llegar a confundirse entre ellas.” – terminó por contestar Helicón esbozando una sonrisilla y creyéndose ingenioso.

 

  • C: Calígula, que en esos momentos tenía la misma cara de decepción de un niño al que se le ha caído un dulce dijo – “No tienes remedio amigo. No sé si la edad te ha hecho viejo como dices, pero desde luego sí aburrido. Te empeñas en buscar la punta en el gurruño de hilos. ¿Qué quieres, pues, que le sirvamos comida caliente a los condenados? ¿Qué le demos también un trozo de pan para rebañar y vino para que la digestión no sea muy pesada? ¿En qué posición quedaría entonces el arte? Pero no todo está perdido, puede que carezcas de ingenio, pero aun conservas tu inteligencia; en efecto, poder y razón caminan de la mano como enamorados hasta tal punto que es difícil diferenciar cuando impera uno y cuando la otra. Pero yo no te hablo de darle poder a la razón, sino de instaurar la razón en el poder. Y un poder verdadero es aquel que trae consigo lo imposible. ¿Te vas dando cuenta Helicón? Vas viendo como tropieza la razón por el camino que desbroza el poder de un César. ¿Qué clase de César sería si no pudiese liberar a los condenados en mi propio territorio? No quiero dar rodeos, amigo, no quiero que mi poder se esconda bajo no sé qué razón de estado, mi poder ha de ser libre de facto. Solo un poder libre en sus raíces puede dar frutos artísticos. Yo te hablo de subir al volcán por el desfiladero de lava, no necesita calzado cómodo aquél que sube al volcán; igual que no necesita descanso aquel que se encamina hacia la muerte, en todo caso, no le vendría mal un empujoncito…”

 

  • H: “Aquí, amigo mío, te voy a detener.” – profirió Helicón alzando la voz – “si no te he entendido mal, pretendes acercarte a los extremos para alcanzar lo artístico, pretendes asomarte al borde del cráter y divisar desde allí no sé qué remotas profundidades, alimento primero de lo artístico. ¿No es así?”

 

  • C: “Veo que estaba en lo cierto cuando alabé tu inteligencia” – dijo Calígula con entusiasmo.

 

  • H: “Pero si como dices: es en el extremo, es en los mares de la discordia y la contradicción donde navega el arte, ¿no serán estos mismos mares los que hagan naufragar a toda embarcación? ¿No es ese el momento donde la belleza, que es lo propio de lo artístico, se torna gris oscura y se despedaza en infinitas partes hasta que no sea posible ni el arte ni la vida?” – preguntó con seguridad Helicón.

 

  • C: “Y también veo que no me equivocaba cuando decía que la edad te ha cegado por completo el ingenio. Te ofrezco miel de la montaña y te empeñas en echársela de comer a los gorrinos.” – Concluyó Calígula con ánimo decepcionado y echando un brazo por el hombro de su compañero continuó diciendo – “Dejémoslo aquí, mi invidente amigo, y vayamos a comer, que no hace falta tener las vistas muy largas para disfrutar de un buen plato de comida. Y luego, Helicón, te pondrás a trabajar. ¿O acaso no recuerdas que todavía sigo queriendo que me traigas la luna?”

 

Ato G. R.

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