Sueños de un César artista

Aún era de noche. Entra Calígula sobresaltado en los aposentos de Helicón. Sudoroso y con ropa de cama se dirige al lecho donde su amigo aún permanece dormido. Se sienta en el borde de la cama sin mirar al anciano.

 

  • C: “¡Vengo de estar con él, Helicón!” – gritó entusiasmado Calígula mientras zarandeaba a su amigo que se despertó súbitamente algo incomodado– “Se ha aparecido en mis sueños. Cosa que no ha de extrañarnos, pues es en los sueños el único sitio donde un dios sigue teniendo jurisprudencia.”

 

  • H: “¿Qué sucede, Cayo? ¿Quién ha venido a perturbar tu descanso como tú vienes a perturbar el mío?” – replicó Helicón con cierta ironía.

 

  • C: “¿Quién va a ser, estúpido? ¿Quién es aquel que llega desde oriente para irse sin despedirse dejando tras de sí un reguero de sonrientes cadáveres? ¿Quién es el que trae consigo una corte de ménades y sátiros en voluptuosa danza y comunión? ¿Quién es el que trae la vid y la hiedra para refrescar alma y cuerpo? ¿A quién acompañan las bestias y se tumban postradas a sus pies? ¿Quién sino el dos veces nacido?” – insistió Calígula con los ojos abiertos y redondos como la luna llena.

 

  • H: “¿Te refieres a Dioniso? ¿Qué quería de ti, mi César? ¿Qué te dijo? Cuéntamelo todo amigo” – respondió Helicón, que empezaba a interesarse por la conversación a la par que dejaba escapar el sueño.

 

  • C: “No me dijo nada, Helicón, no seas necio. Él comprende y no necesita hablar, cualquier palabra que profiriese aniquilaría los oídos más audaces. No, él ya no habla, amigo, solo ríe y ríe a carcajadas, así redime sus tribulaciones. Para hablar ya tiene a su siervo, igual que yo te tengo a ti para que rellenes mi copa. Pero escucha, amigo, escucha lo que me dijo el sabio Sileno, el siempre erecto. Ahí andaba yo, absorto en mis cavilaciones mientras paseaba por el bosque cuando me sobresalté al ver al sátiro rezongando en lo alto de una roca. “Vuelve por dónde has venido monarca, este no es sitio para reyes envarados como tú. Vuelve antes de que te coman las fieras”. Con estas palabras se dirigió a mí el sátiro, pero yo no me asusté Helicón, ¿dónde se ha visto un César cobarde?”

 

  • H: “Prefiero un César cobarde a un César artista.” – interrumpió Helicón.

 

  • C: “Y yo prefiero un amigo muerto a un súbdito impertinente. Pero te perdonaré eso que has dicho porque sé que a pesar de tu lengua larga y tus miras cortas tienes buen oído para un charlatán como yo. Aunque recuerda que el mejor confidente es siempre un cadáver, así que: ¡cállate! y escucha lo que le dije: “No me insultes, macho cabrío. No soy ningún monarcucho al que te sea lícito tomar el pelo. Soy un emperador, el emperador de Roma. ¡Yo soy el César! Además, uno completamente libre, así que no hagas que te de caza y te haga servir para mi próximo banquete.” En ese momento me miró a los ojos y se quedó impasible durante largo tiempo. Como si mis palabras hubiesen hecho efecto en su osadía, o eso pensaba yo hasta que el muy cabrito estalló en risas y carcajadas. “¡Aquí no hay césares ni súbditos!”, dijo mientras continuaba riéndose, “¡Ni imperios, ni pueblos! ¡Aquí somos todos hijos de la tierra! Todos aquí compartimos el padre y la madre y somos hijos del mismo llanto de dolor. Pero si quieres saber de lo que hablo primero habrás de atraparme, ¿podrás hacerlo ahora que tus siervos no velan por ti, señor emperador?” Y después de esto salió corriendo hacia el corazón del bosque como criatura huidiza que es.”

 

  • H: “Y, ¿tú qué hicist…” – incorporándose con diligencia.

 

  • C: “Chsss… Ni una palabra, Helicón, o te corto la lengua” – rechistó Calígula sin piedad alguna por su amigo. Mientras, este se recostó de nuevo sobre el lecho y puso su mejor cara de atención – “Así me gusta. Te preguntarás qué hice, ¿verdad, amigo?” – preguntó ahora el César con sarcasmo. Pero Helicón, que conocía demasiado bien a su amigo no hizo el mínimo ademán de contestar. – Eres un buen súbdito, Helicón, cobarde y sumiso como a mí me gustan. Pues salí corriendo tras él, ¿qué iba a hacer sino? ¿Cómo iba a aguantar sin preguntarle todas las dudas que sus palabras habían sembrado en mi alma? Yo sabía sobradamente quién era él, su cornamenta y su enorme miembro erecto no dejaba duda alguna. Sabía a quién andaba acompañando y no podía regresar sin conocerle. No sé durante cuánto tiempo corrí para atrapar al endemoniado, ni cuantas artimañas tuve que inventar, hasta que por fin, después de lo que me pareció más de un año de persecución, Sileno cayó en mis redes. “Ya me tienes en tus manos, para ser un César no pareces tan estúpido. Te contestaré a tres preguntas que formules ahora mismo, pero habrá una que no te contestaré por mucho que insistas, no te hará ningún bien saber su respuesta. Vamos, empieza a preguntar.” Eso me dijo; Helicón…

 

  • H: “¿Qué querría decir con eso, que enigma sería aquel que es mejor no desvelar? – Calígula le miró fijamente con la seriedad del que planea un asesinato. – “Perdón, César, continúa por favor.” – rectificó el anciano.

 

  • C: “Eso me pregunté yo, mi impertinente amigo, pero no lo supe hasta el final. Si consigues tener esa bocaza cerrada tú también adolecerás de la respuesta. ¿Dónde está él, donde está Dioniso?, le pregunté para empezar. “Él no está en ningún lado, más que en lugar que le pertenece a un dios, allí donde coinciden su voluntad y su deseo. Está dónde un hijo siempre debe estar, en el regazo de sus madres, padeciendo sus congojas y tribulaciones. Afina más en tus preguntas César, o de lo contrario no conseguirás aprender nada de este sabio.” Jugó conmigo, Helicón, pero aprendí que no hay que atar en corto a las bestias. “Demonio cabrío…”, continué preguntándole, “a ver qué te parece esta: ¿Cuál es el deber de un César?” “El deber de un César es mandar. ¿No te han enseñado los mohosos ancianos que te coronaron con el laurel? Sigues sin aprender, señor emperador. Ya sólo te queda una.” Esto me contestó entre risas el muy rastrero. ¿Y cuál fue mi reacción? “¡Quieto ahí, alimaña! Déjame pensar.”, le dije amenazándole con mi gladio. Esta vez me tomé mi tiempo, amigo, no podía perder la última oportunidad. ¿Qué le hubieses preguntado tú? ¿Qué querrías saber del que ha bebido de los manantiales más profundos de la tierra?” – preguntó Calígula pidiendo la participación de su amigo. Pero este, pese a estar atento a la narración, no movió ni un músculo…

 

  • C: “Ahora puedes hablar Helicón, no juegues tú también conmigo.” – recalcó el César con un suspiro de desgana.

 

  • H: “Lo tengo muy claro amigo, ¿qué es lo que todo el mundo se pregunta constantemente? ¿Qué es lo que más desea todo el mundo sino la felicidad? Le preguntaría justamente por esto, lo tengo muy claro” – contestó Helicón con seguridad.

 

  • C: “No puedes estar más errado, amigo mío. Tantos años en esta vida y parece que has ido por ahí con los ojos vendados. La gente dice que desea la felicidad y se afana en buscarla, pero no saben con certeza donde hacerlo. Nadie le ha visto nunca la faz a esa ramera. No, no es eso, no se trata de buscar, se trata de encontrar. Lo que todo el mundo desea saber es que le es lícito desear, que es lo mejor para uno, eso es lo que todo el mundo ansía conocer. Ves, Helicón, por esto soy yo el César y tú te has pasado la vida sirviendo a uno de nosotros.” – aseveró Calígula sonriendo.

 

  • H: …

 

  • C: “No digas más, no vaya a ser que me sangren los oídos. Escucha, sin embargo, si quieres aprender algo. Habiendo descifrado el enigma me dirigí a mi presa con decisión. “Escúchame bien, Sileno el sabio, esta vez no hay equivocaciones ni segundos caminos, responde con veracidad a la pregunta que te voy a formular: ¿Qué es lo mejor y más deseable para el hombre?” Pero la criatura no contestó, hizo como si hubiese oído nada y permaneció en silencio. “Responde a la pregunta que te hago, sátiro, o no volverás a contestar ninguna más” Y me dirigí a él con ánimos de amenaza. En ese momento la vil criatura empezó a retorcerse y luchar para librarse de sus amarres, pero saqué mi gladio y amenacé su garganta con la afilada punta. El sátiro se quedó inmóvil por fin y me miró a los ojos, pero no era una mirada de odio, Helicón, era compasión lo que rezumbaban son ojos, compasión y pena como si estuviese viendo a un condenado a muerte. En un instante su cara se endureció, lo que fue pena se transformó en ira y con ojos de fuego me dijo estas palabras: “¡Mísera estirpe efímera, hijos del azar y de la ardura!, ¿por qué me obligas a decirte algo, lo que te conviene no escuchar? Lo mejor de todo no está en absoluto a tu alcance, a saber, no haber nacido, no ser, ser nada… Y, en su defecto, lo mejor para ti es… morir pronto”.

 

  • H: “Cayo…”

 

  • C: “Lo sé, Helicón… Estoy haciendo una labor intachable al frente de Roma.” – dijo con satisfacción mientras se ponía en pie y se colocaba el ropaje.

 

Helicón no dijo nada más, sólo permaneció en silencio observando como Calígula dejaba la estancia, altivo y con paso ligero.

 

Ato G. R.

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