5.ÚLTIMA PARTE

 

Emitiendo un sonido carrasposo, como agitando un rubboard, el artista llama la atención del público raspando con una llave la superficie de una botella de champán. Se encuentra sobre una plataforma acompañado por Rosí. La coordinadora mantiene sujeta una cuerda ligada a un Telón que cubre la última de las obras del artista. A lo largo de la exposición nadie había reparado en lo que de una forma secreta ocultaba aquel telón al fondo de la sala. Sin disimular más su encubrimiento, la colosal obra genera cierta expectación entre los penitentes de la cripta antojándose muy prometedora. Desde esta posición privilegiada parecía que el artista ocupase el lugar de un siervo de satán, elevado sobre la misma plataforma donde antiguamente se sacrificaban recién nacidos siguiendo algún tipo de ritual macabro, solo que esta vez, a lo que se aspira es a sacrificar el arte.

El público se viró ante aquella visión apoteósica que anunciaba el fin de la exposición. “E-loy” está pletórico, consciente de que al fin tiene todo el protagonismo de un “sintagma nominal sujeto”. También es cierto que desde esa panorámica todo Stad-Galeri podía reducirse poco más que a una broma, una broma que sin duda el artista quería representar en vivo en su última creación. En ella se reflejarían con precisión los avatares de la sociedad posmoderna, que, sometida a un flujo constante de tendencias, incapacitaba la asimilación de cualquiera de ellas. Estas reflexiones inspiraron al artista lo que sería la obra culminante de la Transneometapoesis: “Esencia”. Cuando “E-loy” dio la orden, la coordinadora, excitadísima, corrió el telón tirando de la cuerda tras el cual apareció un voluminoso espejo. Tanto el resto de las obras como el público se vio reflejado en aquella imagen desoladora, imagen de la que hasta entonces no se habían percatado. El entusiasmo y la alegría no tardó en hacerse notar entre los más sentidos, especialmente entre los Hípsters que se sintieron como en casa, enamorados como lo están de su propia imagen. También los del GLM se sintieron alagados, por fin una obra sincera que les brindaba la oportunidad de poder contemplarse como auténticos héroes, individuos aislados que resistían a la intemperie dentro de una sociedad dominada por reprochables tentaciones. Al mismo “Nutria” le brotaron unas lágrimas cuando imaginó así el mural que el artista les había prometido para inaugurar la reforma de la “Perrera”. El argentino y fanático de la Transneometapoesis discutió con su pareja también argentina pero contraria al fanatismo de su amante por el mismo motivo que habían discutido anteriormente. Después de haber comprado “Jamás saldré de la caverna”, “Andrómaca a lomos de un cocodrilo”, “ Yo el apóstata”, negociado con el artista un par de brazos de la obra de “Antropos de celuloide”, todas las “Obras de Hegel” (aún después de que Tano las hubiera calcinado)  la colección de “anhelos del ser anónimo”, “Genealogía de un artista” (alegando que era muy guapo) y la espectacular fotografía “Resumiendo a Warhol” de la sección “Paisajes artificiales”, después de advertir a su amante que prefería ser un mecenas pobre pero rodeado de arte antes que un homosexual misógino, millonario y sin escrúpulos, después de todo eso, declaró que nunca se iría de Stad-Galeri sin llevarse “Esencia”, pues a pesar de que era cierto lo que le decía su amante, de que a fin de cuentas un espejo no tiene nada de especial, él quería verse siempre reflejado en aquella obra, aunque nunca fuera la misma y aunque siempre estuviera cambiando según quién o qué se asomara en ella. A Cubillo la obra le resultó tan trascendental que era incapaz de entenderla, no así como lo de Warhol, que eso si que lo había entendido muy bien. Sapito creyó que hubiera sido más oportuno que no hubiera nada, aunque pesándolo mejor, tampoco le parecía mal lo del espejo, pues lo de que no hubiera “nada” era una idea fantástica que últimamente inspiraba todos sus poemas, es decir, que desde hacía tiempo no escribía veros libres, ni puntos, ni comas, que en el campo de la poesía lo mejor era no decir nada o si acaso decirlo todo a través de versos en blanco escritos con tinta invisible. El director lamentó que no fuera una botella de champán gigantesca en la que, inscritas con letra muy grande, rezara aquello de “Champán Uva del Norte. Remedio te todos los males físicos y mentales”. Las pijas se sonrojaron al verse tan guapas en aquella obra “desmesuradamente” realista que nada tenía que ver con los disparates de un Picasso, los garabatos de un Miró o las descargas furiosas de un borracho como Polanski.  Las “feministas” solo captaron la fuerza acosadora del machismo a causa de la penetrante mirada que el espejo las dirigía, una mirada que no era distinta a la de ellas mismas, y quizás por ello se sintieron todavía más rabiosas y encabronadas y difamaron la última obra de la Transneometapoesis en los siguientes términos:

⸺⸺¡Fíjate en esos violadores que nos miran desde el espejo! Si no fuera porque no son reales los denunciaba ahora mismo por machistas…

⸺⸺¡Espeja! Mejor di espeja, que, si vienen a violarnos, aunque no fuera verdad, por lo menos que nos violen como a mujeres libres y emancipadas.

Tano y Clarí ni si quiera prestaron atención al último alumbramiento del artista. Hacía ya un rato que habían decidido pasar a otras cuestiones. Clarí le preguntó si ya había pensado en un lugar donde llevarla, Tano contestó que el único sitio donde estarían tranquilos sería en la Taberna, a lo que Clarí respondió con una rotunda negación de cabeza. Llegados a este punto de inflexión, en el que efectivamente Tano parecía haberse quedado sin ideas, Clarí, que era más soñadora, quizás por ello más audaz, le manifestó el deseo de huir lejos, allá donde nadie pudiera verlos, pero no sin antes adueñarse de una de esas magníficas botellas.

En última instancia (o en primera según se mire) a través de su obra, y solo a través de ella, el hombre de éxito, el artista de la Transneometapoesis observó con incredulidad la fuga de los dos amantes. Con el rostro perlado de su sudor y sin dar crédito a lo que estaba viendo sintió el deseo de prender fuego a toda aquella parodia, en la que cientos de botellas de champán rodaban por el suelo como una señal inequívoca del éxito de la exposición. Conjuró contra los penitentes, se cagó en sus obras, que en ese instante empezaron a antojársele ridículas e insignificantes, pero sobre todo maldijo la suerte de aquel bárbaro y adverbio frustrado, escritor embustero y despreciable que jamás publicaría nada. Lamentando la forma en que se desenvolvían los acontecimientos, se dijo así mismo:

⸺⸺¡Me han robado el atributo delante de mis ojos! ¡Mi precioso atributo! Esto no puede acabar así, yo soy un triunfador, un artista. Tengo que hacer algo.

Sin embargo, la lúbrica coordinadora le mantuvo apresado entre sus rechonchos brazos de hembra menopaúsica, incapacitando un posible contrataque y reclamando para sí los favores del artista.

 

IRINEO LEONEL

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