LA ISLA DE LOS MONOS

Desde la ventana del avión, la luz del amanecer resplandecía sobre el horizonte como una orilla en llamas. Planeábamos sobre un mar de nubes en el que apenas un instante después nos sumergimos. Atravesamos un violento tramo de turbulencias y finalmente volvió la claridad. Ahora se podían discernir los verdes prados de Irlanda, irradiados por la luz nueva, y surcados de finísimos caminos de arena, que, desde aquella altura, parecían hebras de pergamino. La carretera serpenteaba en dirección a la urbe igual que una culebra arrastrándose a su madriguera. Aterrizamos. Me sentía eufórico, mi espíritu sediento de aventuras. Contaba con bastante tiempo antes de coger el autobús, por lo que decidí callejear un poco por el centro de Dublín y buscar alguna cafetería. Cuando viajo me gusta perderme entre el asfalto, inmiscuirme entre las jaulas de hormigón que recorren las grandes avenidas, y observar con detenimiento la infinidad de rostros que me circundan. Me gusta estar perdido en medio de esa corriente, en un vaivén que bombea la ciudad como un riego sanguíneo.

Una vez me hice con un café caliente entre las manos, caminé por la avenida ***, y en la esquina que cruzaba con ***, me topé con la famosa estatua de James Goyce. Hacía dos años que los dos tomos del “Ulises” se pudrían de aburrimiento en los estantes de mi habitación. Una amiga me los había regalado por mi cumpleaños, y en aquel momento sentí una lástima terrible por no haberlos llevado conmigo en este viaje. A veces me rodeo de tantos libros que no sé qué hacer con ellos. A veces siento una especie de conexión con alguno de ellos y entonces sé que ha llegado el momento de leerlos. Contemplando la estatua del mejor escritor de Irlanda, experimenté de nuevo esta sensación, y por eso os digo que sentí mucha lástima de no poder disponer de ellos en aquel momento. Yo sabía que esa estatua cobraría vida en el instante en que pasara las páginas del “Ulises”, que, por otro lado, eran la única forma de acceder a Goyce. Mientras pensaba en todo esto apuré el cigarrillo. Me imaginé leyendo a Goyce sentado en este mismo banco frente a su mirada de bronce, escuchando en silencio todo lo que tenía que contarme, reteniendo en mi memoria las palabras que habrían de hacerle inmortal. Le imaginé escribiendo todo eso con ritmo frenético una fría madrugada de invierno en un desván enterrado en polvo. Imaginé toda la euforia del escritor contenida hasta ese momento. Una euforia de la que al fin se desechaba escupiéndola por el cerebro. Imaginé mecanografiando toda esa materia cerebral que, finalmente, quizás por simple azar, había llegado hasta mis manos. Entonces sabría quién fue realmente Goyce, porque toda el alma de un escritor está omnipresente en su obra. En Irlanda las cuatro estaciones del año pueden sucederse sin interferencias en un mismo día. Al aterrizar el sol brillaba en el cielo como un huevo frito, sin embargo, era un sol frío, un sol de marzo que no tardó en ocultarse entre las nubes. Después cayó una lluvia fina y azotó un vendaval salado de la costa. Cuando cogí el autobús dirección a ***, ya había dejado de llover. Por aquel entonces mi inglés dejaba mucho que desear, cuando les hablaba, los irlandeses me observaban con sus ojos grises como si fuera un paleto ancestral que aún no hubiera descubierto la sintaxis. Pero, en cualquier caso, me sonreían y los irlandeses me parecían unos tipos agradables. En el autobús también había un mochilero como yo, quizá algo más mayor, corpulento y con la cara redondeada y blanca como un dulce de mazapán. Sus ojos azules y pequeños parecían dos botones de golosina. Me acerqué a él y le pregunté si por casualidad se dirigía al mismo sitio que yo. Me dijo que sí, y después se presentó como Kirk Orkney. Me dijo que venía de Australia, que tenía 25 años y que hacía bastante tiempo que deseaba viajar por Europa. Le pregunté qué cuánto pensaba quedarse en el hotel y, si como yo, también iba de voluntariado. Él me respondió que no, y que tampoco sabía durante cuánto tiempo iba a estar por allí. Posiblemente una o dos noches, me dijo. El resto del tiempo no hablamos más. Si no hubo entre nosotros más conversación, tengo que reconocer que era el único responsable. Mi nivel de inglés rozaba lo imprescindible. En cualquier caso, me apegué a él para no perderme una vez llegáramos al pueblo. En teoría el autobús estacionaba en un pueblecito de montaña y después debíamos caminar unos cuatro kilómetros montaña arriba hasta llegar al Hotel. El pueblecito estaba en la llanura de un valle que antiguamente había sido un páramo rodeado de volcanes. Todavía la silueta de sus enormes cráteres podía discernirse a lo lejos, aunque prácticamente borrada por la erosión y el paso del tiempo.

Cuando llegamos la niebla oscilaba entre las casas como un fantasma. A medida que ascendíamos hacia el hotel los tejados negros de las casas, con forma conoide, sobresalían de entre la niebla como sombreros de bruja. A nuestro alrededor la vegetación era exuberante y salvaje. La niebla había regado la hierba de innumerables diamantes, y entre la espesa floresta, donde jamás llegaba la luz, imaginé umbrales poblados únicamente por criaturas mitológicas. Cuando llegamos al hostal fuimos a recepción. Una mujer de pelo corto y ojos claros sonrió al verme y me dio la bienvenida. Después me acompañó a mi alojamiento llenándome los oídos de palabras por el camino, palabras que, por supuesto no entendía, a pesar de mi constante asentimiento de cabeza y una sonrisa impecable que ya tenía muy ensayada para este tipo de ocasiones. Una vez mi abuela, que a lo largo de su trayectoria profesional se había recorrido toda Europa, me dijo que en la vida era fundamental aprender a disimular con gracia, porque como no aprendas esto, me decía, te tomarán por un idiota. Lo de mi abuela tiene mucho mérito porque jamás la tomaron por una idiota, incluso tras haber pasado más de la mitad de su vida en Hamburgo y no saber una sola palabra de alemán. Mis dependencias estaban segregadas del hostal, orientadas hacia el este, de tal manera que ver amanecer desde allí era todo un privilegio. Especialmente los días despejados, donde podías observar al sol escalando por la montaña hasta alcanzar el cielo. Pero también los días nublados era bonitos. Frente a la habitación se extendía toda la montaña, casi impenetrable y, que, como ya he dicho, imaginaba plagada de misterios. De todo lo que me dijo la recepcionista solo entendí que era aquí donde me hospedaría: una habitación rectangular bastante amplia, con una mesilla redonda en el centro, doce literas, un baño y Jack. Jack era un francés que venía de la región de Bretaña. Íbamos a estar los dos solos, así que, aunque segregados, teníamos bastante espacio. Jack tenía 23 años, era blanco como la cera, con el pelo corto y moreno, estrecho de hombros y con carita de ratón. Jack tampoco hablaba nada de inglés, así que nos compenetramos perfectamente. Pronto nos hicimos como hermanos. Nuestra comunicación híbrida quizás podría recordar muy vagamente al inglés, no obstante, resultaba muy fluida y eficiente. Si, por ejemplo, cuando estábamos trabajando en hotel, yo le decía:

⸺ey, Jack, take me plis el recogedor!

Entonces Jack, que me había entendido perfectamente, me respondía:

⸺oh, oui, mon ami, but too help me leiter â plier les draps.

Una vez me hube instalado, me dirigí con Jack de nuevo a la recepción y nos encontramos con Kirk bajando de las escaleras que conducían al piso de arriba. Kirk nos propuso dar una vuelta por el bosque antes de que oscureciera, nosotros asentimos y le seguimos ladera abajo. Fue un milagro que no nos descalabráramos, este Kirk era rápido y ágil como un gamo. Este Kirk saltada de un tronco a otro y chapoteaba por todas partes haciéndonos saltar el barro a la cara. Si de repente nos topábamos con un obstáculo, como bien podría ser un matojo de espinos, Kirk lo apartaba sin miramientos sangrándose las manos. Si, por ejemplo, había un tronco podrido cortándonos el camino, éste lo partía dándole una patada y problema resuelto. Yo seguía a Kirk intentando no quedarmeatrás, saltando por donde el saltaba y arañándome por donde él se arañaba, y, aun así, fueron muchas las veces que me sentí perdido y vulnerable en aquella selva inhóspita. Pero fue Jack él que iba más retrasado, apenas sí podía seguirnos el paso, maldiciendo en francés contra aquel terreno escarpado y atestado de charcos, que, con los pasos agigantados del australiano, carecía de tiempo para franquearlos. Cuando caía de bruces al suelo exclamaba furioso:

⸺weit, weit, oh… merde le chemin. Fuck the wey…

⸺no weit, look to the skay… ist dark.¡Oscuro man! ⸺le rugía yo señalando a las estrellas.

Cuando llegamos a lo que parecía un obstáculo insalvable, un muro de casi cuatro metros de alto, que ni si quiera el propio Kirk podía tumbarlo, pues ya lo había intentado repetidas veces a base de puñetazos sin éxito, Jack aprovechó para quitarse las botas embarradas y mostrarme unas ampollas supurantes por las que se desprendía un líquido amarillento. Parecía que estuvieran vivas, del tamaño de un pulgar, latiendo bajo la carne igual que una colonia de alienígenas carcomiéndole la planta de los pies. Me dijo que le habían salido esta mañana, cuando ayer estuvo caminando durante doce horas por Dublín hasta que finalmente pudo encontrar alojamiento. Jack se recostó entre las raíces de un árbol. Le lavé las heridas con el agua emponzoñada de un charco cercano. Después improvisé un ungüento valiéndome de un manojo de bayas silvestres. Como había visto muchos documentales de supervivientes, tranquilicé a Jack desenvolviéndome con seguridad, aun desconociendo por completo los efectos “supuestamente” curativos de las bayas. Aun así, puse todo el empeño del mundo en que aquel jugo penetrara bien a través de las yagas hediondas de los pies del francés. Finalmente, Kirk descubrió un paso por el que superar la muralla y, con el ímpetu que le caracterizaba, aulló:

⸺Guys, follow me!

Escalamos el muro y nos dejamos caer hacia el otro lado aterrizando sobre una montaña de estiércol. Casi al unísono, en nuestras respectivas lenguas, gritamos los tres:

⸺Oh, shit!

⸺Putain!

⸺¡Qué montón de mierda!

Kirk propuso cruzar rápidamente la finca, antes de que el granjero se coscara de nuestra presencia y se lanzara a tiros desde el granero. “La carretera está del otro lado”, dijo, y salió disparado en esa dirección. Nosotros le seguimos exhaustos unos cien metros por detrás, pero cuando escuchamos las voces del granjero, guadaña en mano, que bramaba contra nosotros por haberle fastidiado el compost y espantado las vacas, mi amigo Jack se olvidó de sus heridas y salió de allí corriendo como alma que lleva el diablo.

A la mañana siguiente desayunamos los tres en el comedor del Hotel. La sala era muy espaciosa y contaba con unos amplios ventanales que ofrecían unas vistas magníficas de la montaña. El desayuno era fabuloso, con razón aquel sitio se llamaba “Hotel y desayuno”. Teníamos café, vasos de zumo de naranja natural, cuencos abastecidos de copos de avena y frutos secos que bañábamos en leche, rodajas de morcilla frita, alubias enlatadas con salsa de sauce, es decir, las clásicas beans inglesas, huevos revueltos y Bacon. El Bacon irlandés me llamó particularmente la atención. Jamás había probado uno igual, grande y grueso como un filete de ternera y sin pizca de grasa. No tenía comparación con las tiritas ridículas que compraba en el Mercadona. Aquella era la tierra prometida de los desayunos. Devoramos todo con mucho apetito, la carrera de ayer nos había dejado extenuados, de hecho, Jack y yo nos acostamos sin desvestirnos y con la ropa encostrada de barro. Después del desayuno fuimos a fumar un cigarrillo al recinto del hotel. Jack me enseñó a fumar sin filtro. Se liaba los cigarrillos a la “americana”, según me dijo. Tenía unos dedos hábiles para este liado de cigarrillo y me extendió uno de los suyos para que lo probara. En su rostro de ratón se dibujó una sonrisa que mostró unos dientes amarillos como sus yagas. Kirk también fumó un cigarrillo de los de Jack, y después nos comunicó que tenía que seguir su camino. Le preguntamos que a dónde pensaba ir. El vientecito de la mañana hondeó los cabellos rubios y lisos de Kirk, que se limitó a guiñarnos un ojo y decirnos:

⸺ I don´t know, guys.

Nos despedimos de Kirk con cierta tristeza, porque a pesar de que estuvimos a punto de despeñarnos con tal de seguirle el ritmo, lo habíamos pasado en grande huyendo de aquel granjero loco, que, bajo la luz de la luna, sesgaba el aire con su guadaña buscando nuestras cabezas. Kirk desapareció por el sendero que bajaba hacia el pueblo, cargado como una mula, con el sol emergiendo de frente posándose sobre la espalda. A esas horas el comedor estaba prácticamente vacío. Cuando regresamos, solo había un grupo de tres alemanas arrinconadas en un extremo de la instancia. Estaban charlando con la recepcionista mientras desayunaban, y de cuando en cuando, señalaban hacia nosotros soltando alguna carcajada. En media hora empezábamos la jornada. Ni Jack ni yo sabíamos todavía en qué consistía nuestro trabajo. La recepcionista nos presentó a las alemanas, que llevaban allí desde no se sabía cuándo. La más alta de todas tenía una mirada firme, una mirada de sargento, formada por dos ojos negros como cañones de escopeta que nos apuntaban como diciendo: “No sabéis lo que os espera”. Nos pasó revista de arriba abajo y después nos estrechó la mano con tanta fuerza que me crujieron los huesos. Dijo que era Frau Müller. Las otras dos eran más bajas pero muy corpulentas. En contraposición con la sargento, que llevaba el pelo rasurado, las otras lo llevaban largo y rubio, muy brillante, recogido en un moño o formando una trenza. La que se presentó como Simone tenía la cara salpicada de pecas y nos contemplaba con unos ojos azules, tan azules como el zafiro, y que parecían más grandes de lo eran tras el cristal de sus gafas. La piel de las alemanas era de una palidez extrema, como si todas las noches, antes de acostarse, se sumergieran en una piscina de cal. Solo Anje, la tercera, presentaba un tono más colorado, particularmente en los mofletes, fenómeno que con el tiempo Jack y yo asociaríamos a que desayunaba mucho. Según lo que nos contó Frau Müller, trabajaríamos juntos realizando diversas tareas relacionadas con el mantenimiento del hotel, lo cual incluiría la exhaustiva limpieza de los dormitorios, los baños, los suelos de las instancias comunes, las cocinas y hasta el mismísimo tejado, especialmente en lo que se refiere a destaponar el canalón, donde posteriormente descubriríamos una infinidad de ratones y pajaritos putrefactos. También deberíamos cortar regularmente el jardín, al menos, según nos decía la sargento, tres o cuatro veces al día, pues aquí llueve mucho y la yerba crece más rápido. En cambio, los fines de semana, los tendríamos libres.

A pesar de ser un voluntariado, por lo que nadie de los empleados cobraba absolutamente nada, las alemanas se tomaban su oficio con mucha diligencia. Para cada trabajo habían desarrollado un método de una sofisticación sobrehumana. Nosotros, como es natural, debíamos adoptar esos métodos si no queríamos que Frau Müller nos castigara sin cenar.

No se puede concebir la de cosas que se pueden encontrar en las habitaciones cuando han pasado por allí toda una tropa de adolescentes. Aquella primera semana supuso nuestro bautizo de fuego en el mundo de la hostelería. Recibimos un grupo de cuarto de la ESO de un instituto de Madrid, “Los Angelitos”, y jamás olvidaré ese nombre. Venían con motivo de fin de curso y para mejorar el inglés. En varias de las habitaciones nos encontramos charcos de vómito de todos los colores que Jack y yo fregamos a conciencia con el desayuno revolviéndose en las tripas. Había chicles pegados en los lugares más recónditos, bolsas de plástico, envases de todo tipo, restos de latas en conserva, incluso hasta piel de embutido. Por su puesto las papeleras estaban vacías. En algunos baños de chicas nos encontramos compresas usadas adheridas a los zócalos, que, contempladas así en abstracto, parecían una burda imitación de algún cuadro de Lee Lozano. En las duchas hallamos matojos de pelo atascando por completo el desagüe, y que resultaban muy difíciles de extraer sin que nos produjeran ahorcadas. Pero mucho peor eran aún los de los chicos. Sobre la taza del retrete y en sus alrededores había restos de orina que se habían cristalizado formando una especie de costra. También había pelos por todas partes. Jack los examinaba uno por uno, con una meticulosidad de forense, diciéndome que no había duda de que se trataba de pelo púbico. Algún bromista había obstruido la cisterna introduciendo un rollo de papel higiénico, de tal forma que, para limpiar el interior del inodoro, debía rascar con mis propias uñas los restos de mierda que se habían quedado en la taza. En ese instante apareció Simone empujando un carrito con cien mil productos de limpieza. Todos eran distintos y cada uno servía para una cosa. Igual sucedía con las bayetas, debíamos usar una u otra según el tipo de superficie. A Jack y a mí nos resultaba imposible aclararnos con las infinitas indicaciones de Simone, parecía que nos estuviera leyendo el prospecto de algún medicamento extrañísimo o las instrucciones de un mando a distancia. Nos volvíamos locos. Simone sudaba por todos los poros de su piel y una y otra vez se pasaba el antebrazo por su rostro perlado y pecoso. Ella se desesperaba con nuestra falta de entendimiento. En seguida apareció Anje y nos lo explicó en alemán. Tampoco entendimos una sola palabra. Finalmente apareció Frau Müller con cara de estreñida y nos dio tantas voces que nos pusimos manos a la obra y sin rechistar. Lo cierto es que cuando las alemanas desaparecían, Jack y yo nos dejábamos llevar por el instinto, como yo cuando lo de las bayas. Sin embargo, aun sabiendo de sobra que estábamos completamente solos, siempre teníamos esa sensación de que nos espiaban, de que la mirada acechante de la sargento se clavaba en nuestra espalda como si fuera de hierro candente. Aquel primer día limpiamos y fregamos como si no hubiera mañana, y después hicimos la colada, planchamos y terminamos doblando las sábanas. Lo de las sábanas a mí me tenía histérico. Por más que repitiera el proceso con Anje, de tantos pliegues que esta mujer le daba, yo acababa haciéndome tal lío en la cabeza que no había forma de que nos entendiéramos.

Hubo una tarde, tras una dura jornada de trabajo, en la que Jack salió de la ducha y observé por primera vez que tenía los antebrazos surcados de cicatrices. Las cicatrices consistían en una serie de cortes en posición horizontal y tenía al menos quince o veinte cortes por cada brazo. No parecían cortes accidentales, más bien parecían hechos adrede y con la clara intención de hacerse daño. Era como si a través de aquellos cortes Jack hubiera querido aliviar un dolor más profundo. Uno de estos dolores que no se curan, pero que ingenuamente Jack quería neutralizar cortándose en los brazos. Pensé que posiblemente Jack usara un cuchillo afilado y grande, de estos que emplean los carniceros para cercenar las piezas que después exponen en el mostrador de su tienda salpicado de sangre. Me imaginé a Jack encerrado en un baño, con una furia desmedida rajándose en los brazos bajo la luz oscilante de una bombilla. Me concentré en retener esa imagen, donde la luz tenue y moribunda que pendía del techo como de una luna agonizante iluminase todo el horror de su alma perturbada. Pero ahora Jack estaba tranquilo. Quizás ya no sentía aquel dolor con el que antes se contemplara en el espejo, con los brazos ensangrentados y el corazón revolcándose en su propio odio. Jack se vistió rápido. Me miró con sus ojos negros e inquietos, que revoloteaban por la habitación buscando el tabaco. Salimos a echar un cigarro. La luz de la tarde declinaba tras la montaña y pronto todo el bosque se cerniría en la más absoluta sombra. Mientras fumábamos me armé de valor y le pregunté por aquellas cicatrices. Él me miró de soslayo y le dio una calada pausada a su cigarrillo antes de contestar. Después, como quitando importancia al asunto, me dijo:

⸺Forgot you this cuestión. Always ist… oh, Putain! Love story.

IRINEO LEONEL

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