La isla de los monos. Capítulo 2: Hotel y desayuno

Al terminar la semana acabábamos exhaustos. De tanto fregar platos teníamos las manos en carne viva. Nuestro único consuelo era la llegada del fin de semana, entonces era cuando bajábamos hacia el pueblecito y nos emborrachábamos a Guinness en el “Samay Pub” hasta las tantas de la madrugada. Allí nos desahogábamos. Solo en el “Samay Pub” desaparecía aquella desagradable sensación que nos producía el hecho de pensar que estábamos constantemente vigilados por las alemanas. Lo más duro era emprender el regreso a casa. Las noches en el pueblo eran frías y oscuras, de un silencio desconcertante. Tan solo algún gato negro se nos aparecía de entre las sombras y nos maullaba con recelo. En una ocasión, cuando subíamos haciendo eses por la carretera en medio de la niebla, una niebla tan densa que se nos metía por el cuerpo hasta nublarnos la cabeza, se nos paró un coche de forma tan brusca que casi nos arroya por el precipicio. Las puertas del coche se abrieron y una mano nos indicó que pasáramos. Borrachos como estábamos entramos en el coche sin percatarnos de que quizás fuera peligroso. En el coche eran todos estudiantes, por lo visto de Dublín, es decir, que eran unos Dubs, según nos dijeron. Nos preguntaron que a dónde íbamos. Les dijimos que al hotel. Nos preguntaron que qué hacíamos en Irlanda. Jack les contestó que emborracharnos. Como lo dijo balbuceando todos nos reímos. Después yo les dije que “Fuck England”. Entonces hubo un silencio que nos hizo estremecer. Jack me dio un codazo para que no hablara. Tras esta pausa, que a mí me pareció la más dramática de mi vida, todos estallaron en carcajadas. El que iba delante, al que le brillaban los ojos de forma intensa, sacó dos cervezas bien frías y nos las pasó. Nos dijo:
⸺Are you having the caric? ⸺prendiéndose un cigarrillo, exlamó⸺ Feck off England Guys!
Otro dijo:
⸺A whale of time.
Abrimos las latas rezumando espuma y brindamos fraternalmente por la salud de Irlanda. Cuando llegamos a las puertas del hotel, el conductor me pidió que extendiera la mano y me entregó algo que no alcancé a ver. Comprobé que era sólido. Él mismo me cerró el puño, y añadió:
⸺Yourfriendist off with the fairies⸺apuntando con sus ojos tumefactos directamente a mí mano⸺ a presentfromIrlandman!
Se trataba de una placa de hachís. Desde aquel momento Jack y yo nos alegramos de tener algo para entretener las horas libres. Siempre fumábamos al caer el sol. A veces bajábamos hasta el río que atravesaba el bajo del valle. Allí nos sentábamos en alguna roca y nos dedicábamos a fumar escuchando el murmullo de la corriente. Al otro lado del río, jalonando la orilla, se extendía un ejército sin fin de árboles centenarios, cuyas raíces sobresalían de la tierra como las garras de un animal prehistórico. Entre las ramas de los árboles ululaba un viento frío que se confundía con el canto de las lechuzas. En aquellos momentos cualquier palabra hubiera sido innecesaria, hubiera sido como un ruido ininteligible, un ladrido absurdo capaz de interrumpir aquella privilegiada armonía de sentir nuestros corazones anudados con la naturaleza…
Una noche íbamos a bajar al pueblo a tomar unas Guinness, cuando en el umbral de la puerta, con el rostro oculto entre las sombras, nos cruzamos con la rígida silueta de Frau Müller. Las caladas que chupaba de su cigarrillo iluminaban su rostro de forma repentina, nos observaba fijamente. Nosotros nos cuadramos. El humo del cigarrillo trepaba liviano por el marco de la puerta. Con un tono de voz que a mí me pareció sarcástico y cruel, nos explicó que no íbamos a librar aquel fin de semana. Espachurrando el cigarrillo con la suela del calzado, prosiguió: “Ha llegado de Polonia un grupo de senderistas y tenéis la obligación de servirles”. Exhalando la última voluta de humo, ordenó:
⸺Gotowork!
Los polacos estaban muy animados y tenían una gula insaciable. No tardamos en sufrir en nuestras propias carnes el efecto de su voracidad ilimitada: cuando se habían acabado un plato, o habían vaciado una fuente de comida, bramaban como bárbaros reclamando mayor abundancia. Igualmente ocurría con la bebida, pero en este caso enfatizaban su angustia golpeando la mesa con las jarras de cerveza. Entre unos y otros no paraban de exclamar “¡Curva!” “¡Curva!”,y de llamarse a voces diciendo “¡Buba!” “¡Buba!”, y todas esas voces al unísonoretumbaban por la instancia como truenos del infierno. Mientras tanto Jack y yo transportábamos el carrito de la vajilla, adaptándonos al ritmo de aquellos seres que de cuando en cuando bromeaban poniéndonos la zancadilla. En una ocasión Jack cayó de bruces contra el suelo, provocando entonces una vorágine de carcajadas. Yo me sentía como en una batalla de barcos, yendo y viniendo de un lado a otro con la vajilla, corriendo por los reductos de las baterías como si estuviera arrastrando el carro de municiones. En una fase de la contienda tuvimos que cubrirnos de los desperdicios que nos lanzaban como lluvia de metralla, y solo cuando la ráfaga de proyectiles cesaba, salíamos de detrás del carrito para restituir lo necesario. Cuando hubo terminado la pesadilla, Frau Müller nos ordenó fregar las incontables torres de platos que durante el furor de la batalla habíamos ido apilando en la cocina. Jack tenía los nervios crispados, y ahora que estábamos solos, mientras fregaba de forma incesante, me dijo que él no había venido a fregar platos a Irlanda. “Este viaje lo hago para conocerme a mí mismo.” Yo pensé en sus cortes, quizás si volvía a Francia en aquel estado acabaría completamente triturado. Quise bromear con él, pero enseguida me di cuenta de que no estaba para bromas. Lo vi arremangado hasta los codos, con el rostro bañado en sudor; rodeado de platos por todas partes. Cuando terminamos salimos a fumar. Nos sentamos sobre un pedregal situado más allá del jardín, y mientras deshacía los últimos restos de hachís, Jack me dijo que mañana dejaría el Hotel. Yo me quedé helado. Hasta ese momento la posibilidad de que nos separásemos me resultaba inconcebible. El francés captó mi desolación. La idea de permanecer solo con las alemanas hacía estremecerme.
⸺You can come with me! ⸺me dijo.
⸺Of corse, myfriend ⸺dándole un abrazo⸺ I hatethisfucking place like you.
Dedicamos parte de la noche a rastrear por internet un nuevo destino. Milagrosamente encontramos uno no muy lejos de allí. Sin embargo, aún después de haber leído el anuncio, aquel sitio seguía siendo un misterio. A rasgos generales, el anuncio decía más o menos lo siguiente: “¿Estás buscando aventuras? ¿te gustaría participar en un proyecto hermoso? Y lo más importante: ¿eres un verdadero amante de la naturaleza? Aquí podrás disfrutar de una gran experiencia al mismo tiempo que colaboras para una causa noble. ¡Ayúdame a construir un paraíso!¡colabora con nosotros para que este sueño se haga realidad!”. Un poco más abajo hacía hincapié en que el equipo de trabajo corría por cuenta propia. Si queríamos ir al nuevo destino debíamos procurarnos unas linternas, cuerdas, guantes de jardinería, ropa permeable y botas adaptadaspara trajinar por el barro. “¿Pero todo eso para hacer qué?” nos preguntábamos. Después buscábamos alguna fotografía del sitio, o algún incipiente que nos motivara, pero no encontramos nada.
Era muy temprano cuando nos levantamos al día siguiente. Lo primero que hicimos fue ir a recepción y comunicar nuestra marcha. La recepcionista sonreía igual que cuando llegué, lo cual me hizo suponer que en todo aquel tiempo habíamos sido completamente prescindibles, a pesar de nuestro sacrificio. Desayunamos una vez más en el Hotel, sin duda nuestro momento de máxima felicidad. Nada más entrar al comedor captamos toda la atención de Frau Müller, que nos seguía con su mirada de hierro, agazapada junto a las otras como una manada de leonas hambrientas. Como todos los días, parecía dispuesta a saltar de la mesa y dictar las órdenes.
⸺Look me! ⸺dijo Jack.
En ese instante me percaté de que agarraba la bandeja con fuerza. Le hice un ademán para que se detuviera:
⸺What do you wanttomake, man?
⸺Weit and lock me.
Se incorporó y marchó en dirección al “reichstadt”. Las alemanas se alarmaron. Anje se puso colorada (más que de costumbre), aunque quizás fuera porque acababa de zamparse un bote de judías. Frau Müller le lanzó una mirada inquisitoria, pero Jack la sostuvo. Era la primera vez que aguantaba una mirada de esas durante tanto tiempo. La tensión se respiraba en el ambiente. Anje eructó.
⸺Was machst du? ⸺dijo Frau Müller.
Jack le arrojó la bandeja a la cabeza.
⸺Maintenant lave-moi la putainevaiselle! ⸺exclamó.
Hubo un ruido de cubiertos y platos rotos. Yo rompí a reír como un condenado. Anje se llevó una mano a la boca y soltó un bufido. Simone dijo:
⸺Nicht aufpassen.
Anje volvió a eructar y exclamó:
⸺Scheisse!
Del rostro fruncido de Frau Müller pendían gotas de leche, en uno de los ojos se le había adherido un trozo de beicon. El otro observaba a Jack a punto de soltar una llamarada. Las venas de la sien se habían hinchado como orugas. La cólera le iba subiendo de las entrañas como una nausea. Hacía ademán de gritar, de expulsar toda esa rabia contenida, pero la voz se le trababa en la garganta como si se le hubieran atravesado unas espinas. Respiraba de forma agitada, ostentando lamparones del café en la camisa. Yo me amarré la mochila dispuesto a salir de allí de un escopetazo. Cerrando los puños golpeó la mesa con furia haciendo volar por los aires el desayuno de Anje. Entonces irrumpió en alarmantes berridos:
⸺AAAAchhssslooggg!!
Trató de abalanzarse sobre Jack enseñando los dientes, pero éste logró esquivarla y salimos de allí poniendo pies en polvorosa. Solo nos tranquilizamos cuando alcanzamos el pueblo y sus gritos se ahogaron en la distancia, sin embargo, la influencia de su mirada la continuamos experimentando durante mucho más tiempo, como si todavía nos acechara por encima de las nubes.
Habíamos acordado que nos recogerían en un pueblecito del interior. Durante unas horas caminamos por la carretera sacando el dedo con la esperanza de que nos parara algún coche. Del cielo encapotado caían cortinas de lluvia en forma de trenza, y ya hacía un rato que estábamos completamente calados. Pasamos por una aldea desierta y nos detuvimos en una especie de montículo hecho con piezas de chapa. Estábamos en el último tramo de un camino sin asfaltar que conducía de nuevo a la carretera. Cansados, nos liamos un par de cigarrillos y observamos caer la lluvia. Durante la noche tuve un sueño muy extraño que en aquel momento se me ocurrió compartir con Jack: “Me encontraba con algunos familiares aguardando impacientes la llegada de mi padre. Mi padre había estado viajando durante un tiempo por las profundidades siderales del cosmos, recorriendo infinidad de galaxias y explorando los rincones más recónditos del universo. Según los cálculos que había hecho, a su vuelta mi padre regresaría mucho más joven de lo que era cuando se marchó. Apenas sería un adolescente. La idea de que mi padre fuera más joven que yo cuando regresara del viaje me mantenía en un estado de excitación e incertidumbre indescriptibles. En realidad, todos estábamos nerviosos y expectantes por su llegada, pero yo más que ningún otro particularmente, pues, coño, estaba a punto de rencontrarme con mi padre, mi jodido padre, que retornaría del abismo con la apariencia de un niño. Mientras le esperábamos mi abuela sacó un álbum de fotos para que todos nos fuéramos haciendo una idea del aspecto que tendría mi padre. Las fotos eran viejas y de mala calidad, pero indudablemente era mi padre el que aparecía en ellas. Fotos del año setenta y cinco, mi padre con once años vestido con un pantalón de campana y el pelo negro y largo cayéndole por los hombros. La sonrisa de mi padre. El brillo de los ojos de mi padre mirando a la cámara, inmortales, con un gran desconocimiento acerca de lo que le aguardaba en el futuro. Mi padre sin miedo a envejecer, con la muerte todavía muy lejos de sus ojos, sin miedo a cumplir años, sin miedo a desintegrarse y dejar un rastro de ceniza como única existencia. Mi padre con las manos en los bolsillos o con los brazos cruzados bajo las axilas mirando a la cámara sonriente, feliz. Año ochenta y dos, mi padre tocando la armónica en una plaza o mi padre posando de modelo para una revista. Sus ojos verdes, taciturnos, mirando directamente al infinito, hacia la nada. Expresión seria. Tranquilo. Año ochenta y siete, mi padre con algunas ojeras mirando a cámara y sosteniendo un humeante cigarrillo entre los dedos. Los años van pasando inexorables… No podía contener mi emoción, Jack. Todo estaba a punto de volver a empezar. Según cruzara el umbral de la puerta, ¿cómo saber quién era el padre y quién era el hijo? ¿Lo entiendes Jack? Mi abuela podría abrazarlo como el crío que fue, como el hijo que nació de sus entrañas y que aparecía en las viejas fotos. Pero ¿yo? ¿Cómo podría observar al niño destinado a ser mi padre que, sin embargo, por algún capricho del destino, sin dejar todavía de ser mi padre, había vuelto a ser un niño que tenía frente a sí a un hijo varios años mayor que él? ¿Cómo iba a mirarme mi padre, alzando hacia arriba su cabeza de niño, observando la figura alta y más vieja de su hijo? Y al fin llegó mi padre. Entonces me arrojé a sus brazos completamente desesperado, y por más que traté de reconocer en él los rasgos de un niño, mi padre seguía siendo el de siempre, es decir, inexplicablemente más viejo, incluso noté que había vuelto un poco más gordo que cuando se fue…”.
Finalmente, a eso del medio día, se detuvo un coche. La conductora parecía bastante extresada. Deslizó la ventanilla y nos instó a que subiéramos. Sin embargo, advirtió:
⸺The car ist full Babys!
Se pasó un brazo por el rostro perlado de sudor y bajó el seguro de la puerta para que Jack y yo pudiéramos deslizarnos hacia dentro. El coche iba repleto de niños de unos dos años de edad que llevaban todo el trayecto berreando. Cuando se percataron de nuestra presencia nos observaron con sus pequeños ojos claros y sus narices infectadas de mocos. Callaron durante un instante sin alcanzar a comprender qué hacíamos allí. Después reanudaron los llantos. La mujer nos explicó que los llevaba a un recinto donde se harían cargo unos especialistas en traumas infantiles. Por lo que nos contó, los padres de estas criaturas eran unos drogadictos, absolutamente irresponsables y, en definitiva, nos aclaró que sobre todo eran unos miserables auténticos hijos de puta. Ella solo se encargaba de transportar a los niños. Nos dijo que amaba su trabajo, que llevaba haciéndolo muchos años y que era imprescindible. Mientras hablaba, la mujer giraba el cuello hacia nosotros y maniobraba prácticamente de forma automática sin hacer caso de la carretera. La carreta era estrecha y serpentea por la ladera como una serpiente descabezada. Los niños no se callaban y os juro que se me cruzó la idea de arrojar a alguno de ellos por la ventana. Jack trataba de hacer más ameno el trayecto fingiendo un interés desmesurado por lo que nos contaba la mujer. Yo tenía la sensación de que íbamos a estallarnos en cualquier momento. Los niños lloraban a lágrima tendida, quizás porque de alguna manera conservaban en su memoria el recuerdo de sus padres drogadictos tendidos en el sofá mugriento de su casa, con la tez pálida, las articulaciones rígidas, el rostro desencajado y la lengua seca y morada asomando entre sus labios sin vida.
La mujer nos dejó en las proximidades del pueblo donde nos habíamos citado. El nombre del pueblo no lo recuerdo, pero si recuerdo que tenía un aspecto sombrío y, exceptuando al dependiente de la tienda donde compramos el equipo de trabajo, no vimos a nadie más. Nos refugiamos en los soportales de la plaza, frente el ayuntamiento, siguiendo las indicaciones del hombre con el que habíamos contactado. Al tiempo estacionó en la plaza una camioneta. Imaginad cómo de grande fue nuestra sorpresa cuando descubrimos que el conductor de la camioneta era Kirk. Nos abrazamos los tres como si fuéramos amigos de toda la vida. Durante el trayecto a la finca asaltamos a Kirk con miles de preguntas, tal era nuestra curiosidad por el nuevo trabajo.


IRINEO LEON

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