Capítulo 3. La isla de los monos: una distopía ecologista

Conforme avanzábamos por el grueso del bosque, nos sobrevino una extraña sensación al divisar a lo lejos un estercolero de inimaginables proporciones, y del cual emanaba una cortina de gases de color verde cuyo hedor empezó a filtrarse a través de los conductos de ventilación. Decenas de camiones cargados hasta arriba de mierda vertían toneladas de basura en aquella montaña de materia putrefacta. Miré a Jack con desconcierto. Él preguntó a Kirk de qué iba todo aquello. Kirk se viró hacia nosotros expulsando una carcajada sardónica:

            ⸺The fucking paradise ⸺. Dijo. 

A continuación, dejando atrás el vertedero, atravesamos una vereda hacia el interior del recinto. Franqueamos una establecimiento prácticamente en estado de derrumbe. Kirk nos dijo que estaba construido con materiales extraídos directamente del estercolero. Una improvisada estructura de hierro lo mantenía erguido a varios metros de altura, de tal forma que, para acceder a él, había que subir por una escalera de mano. El terreno sobre el que se levantaba dicho establecimiento lo constituía un lodazal de excrementos y restos de plástico.Era difícil imaginar que alguien pudiera vivir allí. Algunos gatos saltaron rápidamente a ocultarse en unos recovecos. Unos perros nos salieron al paso meneando sus inquietas colas. Kirk estacionó frente a una cerca situada unos metros más allá. El resto del camino lo hicimos a pie. Ante nuestros ojos se desplegaba un paisaje salpicado de accidentes geográficos de toda índole. Cada pocos metros se levantaban montículos de tierra donde se retorcían decenas de lombrices. Salvo la frondosa vegetación que se recortaba en el horizonte, solo hallábamos cráteres y terreno desbrozado. Tenía la sensación de caminar por la superficie de la luna, o por cualquier paisaje de un planeta inhóspito sobre el que se hubiera descargado una lluvia de meteoritos. Pasamos cerca de unos establos y unas chozas destinadas a albergar loros que no dejaban de parlotear y reproducir sonidos ininteligibles. Sin embargo, en un momento dado, uno de los loros de plumaje muy colorido desplegó sus alas en actitud amenazante y dijo:

            ⸺Fuck you!

No muy lejos de aquellas siniestras pajareras cruzamos unas charcas de poca profundidad que tenían el aspecto de un cenagal. En estas aguas insalubres y opacas chapoteaba un grupo de patos. A partir de las charcas el paisaje se iba transformando en una selva que parecía impenetrable. Había plantas que jamás había visto. Todo estaba cubierto de verde. Sobre nuestras cabezas se alargaba el espeso ramaje en un intento vano por alcanzar los rayos del sol. Apenas se discernía el cielo. Conforme avanzábamos la atmósfera estaba más cargada, rezumaba de las plantas un vapor que ocultaba por momentos la silueta de Kirk, que avanzaba imparable aplastando con sus enormes botas las ramas podridas. Hubiera sido preciso un machete afilado para continuar por aquella selva donde los juncos y los helechos se erguían hasta los dos metros de altura. Tras caminar más de media hora divisamos un claro en el que había aparcadas tres caravanas. Estaban unidas entre sí como si se tratara de una madriguera. Una madriguera sumida en telarañas, atestada de polvo y revestida de un moho negro como el cielo nocturno. La capa de pintura estaba tan deteriorada que presentaba un tono herrumbroso. En la entrada de la caravana más próxima había una especie de porche improvisado construido a base de troncos y cubierto tristemente por una tela ajironada mecida por el viento. Kirk se sentó en una butaca de mimbre cochambrosa y se prendió un cigarrillo. Contemplando nuestros rostros compungidos, inspiró una buena bocanada de aire y añadió:

            ⸺The best place to live.

Nuestras nuevas dependencias estaban provistas de tres colchones sin faja y cubiertos por varias capas de mugre. Se trataba de un cuartucho lúgubre en el que apenas entraba algo de luz. Anexo a la sala de los colchones se encontraba el baño. El retrete era nauseabundo, aunque por suerte todo cuanto allí vimos no eran residuos fecales si no que, como nos aclaró Kirk, tan solo era el barro y la tierra de sus botas. La ducha estaba descuajaringada y envuelta en telarañas. Allá donde pasáramos el dedo descubríamos una gruesa capa de polvo. La última caravana constituía el vestíbulo común. Había un par de sillas medio rotas frente a un mueble que sostenía un televisor antiquísimo. Encima del televisor había un reproductor de vídeo. En un estante próximo a la entrada estaban las películas. En un rincón se encontraba una estufa de leña. Después seguía una cocina completamente destartalada, con la pila obstruida y llena de cachivaches sin lavar y mezclados con restos de comida. Sobre la encimera reposaban utensilios de cocina que no presentaban mejor aspecto. Tras dejar nuestras mochilas Jack y yo salimos a fumar mientras Kirk volvía de la “lacena” con unas latas de cerveza…

Ya esa misma tarde empezamos a trabajar. Solo una imaginación delirante podría llegar a comprender los enigmáticos proyectos de Darren. De vuelta a la entrada del recinto, lo encontramos subido en una hermosísimo caballo cuyas negras crines ondulaban al viento. El caballo pifiaba y relinchaba desprendiendo vapor y babas como si nuestra mera presencia le incordiara. Las moscas revoloteaban en torno a sus ojos húmedos. Nuestra silueta se reflejaba en los ojos del caballo como en un estanque. Jack se acercó y le palmeó el hocico, pero el caballo le rechazó ladeando la cabeza. Darren le clavó las espuelas en el costillar y el caballo bajó la cabeza en actitud sumisa. El hombre nos dio la bienvenida y se apeó del caballo atándolo al poste de la cerca. Era alto, con los hombros echados hacia adelante, desmesuradas espaldas, encorvado, enjuto, con las facciones arrugadas por el tiempo y la vida solitaria. Una greña canosa le asomaba por los laterales de la boina. La barba le crecía rala e hirsuta. Tenía una forma particular de mirar. Quizás fuera la mirada de un loco. Nos habló sobre nuestro trabajo allí. Todo cuanto abarcáramos con la mirada era de su propiedad. Llevaba allí más de treinta años limpiando y acondicionando el terreno para sus animales. No recuerdo en que punto de la conversación me perdí, pero para cuando quise rengancharme de nuevo solo alcanzaba a entender la palabra “Caballos”. Por lo visto, según terminó de explicarme Jack, debíamos construir un camino que unificara los establos con el establecimiento. Porque los caballos eran muy importantes para nuestro anfitrión. Porque los caballos podían dañarse las pezuñas o hacerse un esguince en aquel terreno horadado. Porque los caballos eran para él como los hijos que nunca tuvo, bien porque ninguna mujer podría amar a un loco de sus características o por algún otro motivo más difícil de dilucidar. Los caballos eran como sus retoños, al igual que los loros, los gatos y otros tantos animales que a lo largo de nuestra instancia iríamos descubriendo. Después nos habló de la basura y de las cantidades ingentes de plástico e inmundicia que se extendían por todo el recinto. Se que es una auténtica porquería, dijo. Se que en estas condiciones alguien pueda pensar sobre mí que estoy completamente chiflado. ¿Pero es que acaso soy yo el chiflado? Toda esas montañas de basura no son más que los residuos de las poblaciones aledañas. ¿Quién si no yo, sirviéndome de vuestra estimable colaboración, iba a recoger y limpiar todo esto? Mis animales tienen derecho a vivir en un sitio confortable, libre del plástico que estrangula nuestro hermoso planeta. Prestar atención a lo que voy a deciros: aquí todo ha de ser aprovechado. Nosotros somos los consumidores de los que consumen. Consumiremos sus restos. Todo cuanto ellos han despreciado lo transformaremos en recursos útiles. Será la única forma del salvar el planeta, de vengarnos de su falta de compromiso con los más desfavorecidos… 

Kirk nos llevó hasta unos cobertizos instalados en la parte trasera del establecimiento principal. Después cargamos con las únicas herramientas disponibles para ejecutar el trabajo. Sin duda se trataba de una misión titánica. En formación triangular comenzamos a remover y cavar con vigorosa energía. A nuestro alrededor el hombre galopaba dando órdenes sin tregua. Apuntaba con sus dedo índice hacia el horizonte y decía cosas del tipo: “En un futuro no muy lejano, en futuro no muy lejano…” Después apremiaba a su caballo con las espuelas y salía disparado perdiéndose en la lejanía. Cuando retornaba de su cabalgata, como si con cada viaje volviera inspirado de nuevas ideas, ideas que eran como súbitos relámpagos que se propagaban por sus chamuscadas neuronas, nos hacía emprender un nuevo “camino” partiendo de otra posición. Como si todos los caminos fueran a parar a los establos. Como si el establo fuera Roma. En cualquier caso no cesamos de formar agujeros en la tierra. Cuando paramos para fumar unos cigarrillos y quitarnos las camisetas sudadas, me pregunté si el motivo aparente de que hubiera tantos cráteres en aquel recinto se correspondía directamente con el hecho de que otros colaboradores, ignorantes como nosotros, hubieran emprendido con anterioridad otros “posibles caminos” a las órdenes de aquel ecologista lunático y amante de los animales. Se lo dije a Jack. Pero Jack, cuya disposición era incuestionable, simplemente cabeceó y continuó removiendo la arena con el rastrillo. Realizamos esta tan ardua como estúpida tarea hasta el declinar del día. Al terminar los tres nos sentíamos exhaustos. A cambio de aquella primera jornada el hombre nos entregó un saco de patatas. Con una sonrisa que dejaba entrever sus sarrosos dientes, dijo:

⸺For the dinner!

De vuelta a las caravanas Kirk preparó la cena, una cena que no consistía en otra cosa que patatas cocidas con un poco de sal y que, sin embargo, nos pareció todo un manjar tras el esfuerzo realizado. Después salimos al porche y fumamos mientras contemplábamos las estrellas que crepitaban en la inmensidad del firmamento. Kirk no paraba de hablar, ni Jack ni yo captábamos gran cosa, pero asentíamos, asentíamos constantemente como dos imbéciles… Después nos sentamos alrededor de la tele y Kirk se empeñó en ver una película. Tras varios intentos y unas cuantas hostias al deteriorado televisor conseguimos ver “Chopper”: una de las películas favoritas de Kirk. Era una película que trataba sobre un carismático y popular criminal de Australia. En la primera escena aparecía Chopper acuchillado por uno de sus compañeros de celda, pero Chopper era de una naturaleza sobrehumana y se recuperó casi a los dos días, a pesar de que le hubieran asestado más de veinte puñaladas. Aprovechando el pretexto de la operación quirúrgica, Chopper abandonó la prisión y logró fugarse del hospital descalzo y cubierto únicamente por una bata para enfermos. Como Chopper no tenía dinero fue a buscarlo por su cuenta y atracó una tienda en el centro. En un primer momento, en un alarde que podríamos calificar de auténtica estupidez, el dependiente trató de contener al delincuente; a causa de los cual recibió un duro impacto en el que notó los devastadores nudillos del puño de Chopper trocear la carne endeble de su hocico. El dependiente cayó al suelo desmayado, por lo que Chopper pudo agenciarse el escaso botín custodiado con tanto recelo por el propietario. Aunque medía casi dos metros y pesaba ciento ochenta kilogramos, Chopper consiguió pasar desapercibido bajo la luz meridiana de Australia y fue a ocultarse en el barrio suburbial donde vivía su exnovia. Su exnovia era una drogadicta que, quizás por decoro, se pinchaba en la lengua, y como Chopper había estado mucho tiempo en la cárcel, al menos el tiempo suficiente para que ella se olvidara de él, la exnovia drogadicta de Chopper yacía con otro hombre en la cama. Tras golpear la puerta reiteradas veces sin obtener respuesta, Chopper la tumbó de una patada y subió con paso firme las escaleras que conducían al dormitorio de su exnovia. Cuando la encontró con el otro Chopper no pudo contener su ira y agarró del cuello al amante alzándole varios palmos por encima del suelo, y de lo mucho que apretó y de la fuerza sobrenatural que poseía Chopper, al amante se le saltaron los ojos de sus cuencas viniendo a rodar escaleras abajo como un par de ciruelas desechas. Después se abalanzó sobre su exnovia y se la folló durante varias horas seguidas, hasta el punto de que ella nunca había gozado así con un hombre, evidentemente con un hombre que no fuera Chopper. Cuando Chopper se corrió ella dio por concluida la reconciliación. Sin embargo, después de reconciliarse, Chopper la golpeó y la llamo perra y zorra de mierda y la dejó allí paralizada por el miedo con la sangre brotándole de la boca. Después Chopper volvió a sus andadas y siguió atracando y burlando a la bofia, matando a cuantos se le pusieran delante y manteniendo salvajes y apasionadas relaciones sexuales con todo tipo de mujeres… Debido a su carismático y extrovertido carácter fue invitado por la televisión para ser entrevistado en un programa que se llamaba “Héroes populares”. La entrevista cubrió récords estadísticos, incluso los demacrados y alcohólicos aborígenes que merodeaban por la periferia de los barrios marginales acudieron a algún bar de mala muerte para no perdérsela. La célebre entrevista se convirtió en un acontecimiento histórico sin precedentes en la Australia de finales del siglo XX. Al final de la película la fama de Chopper había pasado a la posteridad, y él, cansado de vivir del pasado, decidió retirarse de las cámaras y reinsertarse en la sociedad montando un puesto de bisutería a orillas del océano.

A la noche me despertaron unos ruidos. Provenían de la ventana. La oscuridad era total.  Los ruidos continuaban de forma ininterrumpida. Me viré hacia Jack y Kirk pero estaban completamente dormidos. Era como si estuvieran llamando a la ventana. Unos golpecitos. Unos toques. Una llamada de cortesía. Desde luego lo que fuera que estuviera llamando debía ser muy educado. Quizás no quiera molestar. Pero el “toc-toc” proseguía. Como una gotera. Como la agujas del reloj. Me levanté. Al asomarme a la ventana, apoyando las dos manos sobre la superficie fría del cristal, lo que vi me dejó pasmado. Al principio solo alcanzaba a ver un enorme ojo amarillo. Una mirada torva. Un pico. Un cuello largo y fino. Un plumaje negro. Unas garras como las de un raptor arañando la tierra. Ahí fuera había una avestruz, no cabía la menor duda. Nos miramos fijamente. Me estremecí. Recordé a Hitchcock. La avestruz también pareció asustarse. Después, tras emitir un ronco graznido, salió emperifollada perdiéndose en el follaje. 

Al día siguiente nos levantamos muy temprano. Por las noches las temperaturas bajaban. Al tocarme la punta de la nariz la noté congelada. La atmósfera de la habitación estaba cargada. Se respiraba sudor. Olía fuerte, pero especialmente eran los pies sudados de Jack lo que había impregnado todo. Después Jack preparó café. Un café largo. Americano. Eché de menos los desayunos del hotel. Ahora no teníamos nada, ni unos míseros huevos, solo el café aguado e insípido. Salimos a fumar. Las estrellas aún resplandecían en el firmamento carmesí como en un océano de purpurina. En cierta manera resultaba exótico despertarse en medio de la nada, rodeado de vegetación por todas partes, exhalando un aire húmedo cargado de infinitos aromas. Todos los animales parecían despertar al unísono generando una peculiar armonía. Los maullidos, los graznidos, los relinches, algún ladrido… Era como estar en un paraíso no bíblico. Un paraíso con defectos. Un paraíso difícil de idealizar, poco literario etc.

De vuelta al campamento base nuestro “anfitrión” nos tenía deparada una sorpresa. Nos quería presentar a “Moly”, su pequeño caimán. Mientras hablaba con nosotros el hombre acariciaba la escamosa y dura piel del reptil como si fuera un gato. A veces el caimán se volteaba y se ponía de panza para arriba para que el hombre le acariciara el vientre. A veces desplegaba sus fauces exhibiendo la afilada hilera de sus dientes o movía la cola como si tratara de decir algo al que le llevaba en brazos. Más allá del bosque, en tal dirección, hay un pantano que por desgracia se encuentra bastante sucio, ya que hasta hace poco era un vertedero más, dice. Muchos de los peces que compré en una piscifactoría de Dublín murieron a causa de ello. Mi Moly ya no puede alimentarse ni bucear a sus anchas por aquellas aguas. Por eso os voy a pedir que limpiéis el pantano de basura, en el cobertizo Kirk sabe dónde están las redes: adelante marineros, adelante… Jack protestó de camino al sitio: “¿Cómo coño vamos a limpiar un pantano? ¿Con una puta red? Este hombre esta chiflado, ¡ha perdido el juicio!” A mí me preocupaba particularmente el hecho de que hubiera pirañas, o cualquier clase de monstruos fluviales, a fin de cuentas; visto lo visto, allí podría suceder cualquier cosa. En cuanto a Kirk, se le veía bastante seguro de sí mismo. ¿Qué hacía exactamente Kirk allí? ¿qué pintábamos nosotros? ¿qué era todo aquello?

El pantano apestaba. Una espesa niebla cubría la superficie de aquellas tierras enlodadas y sucias. Estábamos hundidos en el barro hasta la cintura. En medio del pantano había semihundido un vehículo, envuelto en la niebla, ostentando la cubierta oxidada y vieja, ya sin un color discernible, parecía que estuviéramos contemplando la osamenta de un ser extinto. Nos pasamos todo aquel día sacando plástico de aquella repugnante charca. Pero éste no era el único trabajo de semejantes características. En dos ocasiones más nos vimos sumergidos con la mierda hasta el cuello, enterrando y desenterrando los desperdicios apilados en los vertederos de los que os hablé nada más llegar al recinto. No me cabe ninguna duda de que los gases verdosos que ascendían desde el interior del estercolero eran absolutamente tóxicos. Cada paso por aquel tumultuoso terreno, que parecía moverse bajo nuestros pies como si estuviera respirando, era más inseguro que el anterior. Por este motivo nos habíamos atado los cuatro unas cuerdas a la cintura, de tal forma que, si alguno de nosotros se hundía hasta el abismo, pudiera ser rescatado rápidamente por los otros. Las moscas se abalanzaban sobre nosotros en tropel. El hombre no paraba de repetir:

            ⸺Find useful things!

            ⸺What are you talking about? ⸺preguntó Jack.

            ⸺For what? ⸺dije.

            ⸺For my beloved animals, guys ⸺concluyó Darren.

En un momento dado me dio un vuelco al corazón cuando noté que algo lo suficientemente grande como para que no pasara desapercibido se movía entre mis botas. “Es el alma del basurero”, pensé. Rápidamente hundí las pinzas con forma de garra biónica y di con algo carnoso. De entre toda la basura emergió la cabeza de un pavo. Agarré al pavo por el pescuezo y lo saqué a la superficie donde comenzó a gluglutear histéricamente mientras saltaba a la pata coja (la otra estaba seccionada).

Otra de la tareas encomendadas consistía en seleccionar piezas de fruta que se pudrían en unos almacenes de madera. Por entre las rendijas se filtraba de vez en cuando los rayos de sol iluminando parcialmente los estantes. Los mosquitos de la fruta revoloteaban entre nuestras manos. Las piezas que podían salvarse las reservábamos para alimentar a los animales, pero las mejor conservadas nos las quedábamos nosotros. Me hacía gracia ver a Jack olisquear la fruta como si fuera una rata. Le pregunté que si le gustaba más esto que limpiar los baños del hotel. Él se cruzó de brazos y continuó el trabajo blasfemando en francés. Quizás nos estuviéramos volviendo locos….

Una noche Kirk nos propuso ir al Pub “Highway”. “Highway” estaba cerca y podíamos llegar andando desde el recinto. El Pub lo frecuentaban borrachos de la Irlanda profunda, individuos con la mirada vidriosa y provistos de un hígado de acero. Los irlandeses son propensos a beber. Se apostillan en los taburetes rodeando el grifo de cerveza como cernícalos hambrientos. Algunos son propensos a jugar mientras beben. Otros son propensos a contar chistes. Chistes por lo general malísimos. Chistes pésimos. Chistes de mierda como: “¿qué le dice un borracho a otro? Dame un punto de apoyo y me beberé otra cerveza”. Las risas manan de sus gargantas de forma carrasposa. Fuman. Golpean sus pintas y se abrazan para no perder el equilibrio. La iluminación del pub era crepuscular. En la lúgubre sala los irlandeses jugaban a las cartas, al billar o los dardos. Algunos mantenían extraños diálogos consigo mismos. Conversaciones que no conducían a ninguna parte. Reflexiones en voz alta acompañadas de una mirada olvidadiza. Una mirada vaga, empedernida, la mirada de un alma alcohólica. A veces parecían volver a la realidad. Entonces cabeceaban. Suspiraban. Se echaban el pelo hacia atrás o se ceñían el sombrero.  Como si hubieran salido de un sueño o de una pesadilla, del algún oculto y profundo afluente del subconsciente. A veces los ojos parecían concentrarse en algún punto fijo del suelo o la pared. Quizás escuchaban voces en sus cabezas. Quizás algo les hablara. Algo de otra dimensión. Quizás hablaran con Dios y les dijera: I don´t give a rat ass. Algunos de ellos también eran muy irascibles. En cierta manera “Highway” me recordaba a alguno de los escenarios de la película de “Chopper”. Kirk parecía estar en su salsa codeándose con ellos mientras empolvaba la corona de la vara de madera con el taco de Billar. Jack y yo echamos unos dardos y cuando nos aburrimos (los dos éramos pésimos) nos dedicamos a beber y mirar el Billar. En una ocasión Kirk se quejó de cómo colocó la blanca uno de sus compañeros de juego y no tardó en armarse una acalorada discusión. Discutían sobre ciertos aspectos técnicos del juego. Sobre diferentes modalidades del juego. Sobre cosas que Jack y yo estábamos muy lejos de comprender. Ambos fueron subiendo de tono y en una determinada ocasión Kirk dijo:

            ⸺Fucking bastard!

Tras lo cual el hombre insultado partió el palo de billar de un rodillazo y se abalanzó sobre Kirk. Kirk se puso en actitud de combate escrutándole como un boxeador. Deslizaba los puños frente a su enemigo con aparente destreza. El irlandés le agredió y Kirk paró el golpe con el antebrazo. Después le lanzó un gancho y todos sentimos el crujido de la mandíbula. El irlandés se desplomó. Pero ahí no acabó la cosa. Otros dos nos cercaron por detrás. Las botellas volaban por la sala cual si fueran balas. Kirk se subió sobre la mesa de billar propinando patadas a quien osara acercarse. Kirk les gritaba:

            ⸺Live de Crown of England!

A lo que los irlandeses respondían:

            ⸺Feck you english sissy!

Yo me enredé con uno que trató de clavarme un casco de botella. Jack recibió un puño en la boca del estómago y cayó encogido como un feto. Cada vez había más irlandeses dispuestos a pelear. Llovían en todas direcciones como metralla incandescente. Dos me cogieron de los brazos mientras un tercero me golpeaba en el vientre. Jack arremetió contra otro partiéndole un taburete en la espalda. De los agujeros del billar emergían cabezas de irlandeses blasfemando y enseñando los dientes. Otros aparecían detrás de la barra portando objetos punzantes. Conseguí liberarme de mi agresor de un cabezazo y crucé la sala para reencontrarme con Jack. Del suelo crecían manos provistas de uñas afiladas que me arañaban los tobillos. Surgían de todas partes. Nos acechaban desde todos los ángulos posibles. Los vi que traspasaban ventanas. Los vi que florecían desde el interior de las bolas de billar. Los vi que trepaban por las paredes y el techo y se abalanzaban sobre nosotros echando espuma por la boca. Eran incontenibles…

Escapamos de la reyerta siendo tres moribundos. Teníamos magulladuras en todas las extremidades y la ropa hecha jirones y manchada de sangre. La luna reilaba en la floresta bañándola de luz plateada. Nos internamos en el grueso del bosque con la sensación de ser observados por millares de ojos. Ojos omnipotentes que nos vigilaban desde el follaje. Quizás los ojos de algún depredador hambriento. Quizás los ojos de espíritus malditos. Quizás los ojos de irlandeses salvajes. El viento ululaba entre las copas de los árboles. Parecía que nos adentráramos en el estómago de un gigante. La oscuridad nos fue rodeando y nuestros corazones fueron sacudidos por violentas convulsiones. El bosque estaba vivo, sus ramas se agitaban sobre nuestras cabezas. Sus raíces se retorcían bajo nuestros pies. Yo me adelanté presa del terror. Perdí a mis compañeros. Les llamé. Aullé como un lobo malherido. No obtuve respuesta. “Se los habrá tragado el bosque. Ya no serán más que una pasta gástrica disolviéndose en la penumbra”, pensé. “Son como ravioles. Son como los huevos con beicon. Todos comparten el mismo destino. El espeluznante y aterrador destino de la digestión”. 

IRINEO LEONEL

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