Capítulo 4: La isla de los monos

Con el paso de los días la idealidad de nuestro espíritu aventurero se iba derritiendo
como un cubo de hielo expuesto al sol. Era como un techo con goteras. Como un
colador por donde se nos escapaban las energías. Lo que sentíamos era algo parecido a
lo que experimenta un soldado cuando tras años de contienda regresa a la aburrida y
monótona vida de ciudad. Nosotros no es que no aburriéramos precisamente, pero sí que
habíamos experimentado un desencuentro con nosotros mismos. Una especie de olvido.
Habíamos entrado como en un limbo donde la ausencia se había tornado al mismo
tiempo en consuelo y tormento. Era como si en realidad no hubiéramos tenido un
pasado, como si el límite de aquella vasta finca fuera también el límite de nuestra propia
existencia, o de todo cuanto pudiéramos pensar e imaginar. Ni nos duchábamos, ni nos
afeitábamos, ni nos lavábamos los dientes, ni nos cambiábamos de ropa.
Aquel día fue distinto. Aquel día quise ducharme por primera vez en semanas. No sería
fácil. Al accionar la ducha el agua corría helada y a cuenta gotas. Las arañas se movían
como acróbatas por su tela. Las observé alzando la cabeza en dirección al techo. Ellas
también me miraban. Parecía que lo hicieran con cautela. Vi mi imagen reflejada en sus
ocho ojos diminutos. Una de ellas se tiró encima y la aparté de un mandoble. Cayó
muerta y arrugada a mis pies. La pisé una, dos y hasta tres veces. Sus tripas saltaron
manchando la mampara. Después agarré la toalla y fustigué a todas. Trataron de huir de
mi fatal y devastador azote pero en unos segundos las había aniquilado. El agua las
arrastraba hasta el desagüe y allí se hundían perdiéndose para siempre. Aquel día fue
Darren personalmente a visitarnos a la caravana y nos agasajó con huevos y beicon. En
una carretilla traía apiladas unas cajas de cartón, clavos, púas, y una par de martillos y
extintores. Mientras salimos a fumar al porche Darren pidió a Kirk que fuera al
cobertizo a por las escaleras de mano y después al lago a preparar las barcas. “¿Para qué
son los extintores?” preguntó Jack. “Se emplean como defensa, para asustarlos y que
nos dejen trabajar”, respondió Darren. “¿De qué tenemos que defendernos? ¿A quién
tenemos que asustar?” pregunté yo intrigado. Darren no entendió mi inglés y miró a
Jack como si fuera el intérprete. Jack no supo que hacer y se rascó la cabeza. Después
Darren dijo:
⸺Today we will visit the monkeys.
“Claro que soy católico. Yo soy irlandés, no un jodido inglés protestante. También
hablo gaélico porque tengo los huevos muy gordos. Mi madre me leía la biblia y

después yo también la he leído. He leído la biblia incluso al revés. He leído la biblia
dado la vuelta. He memorizado palabras al azar de la biblia y las he repetido en voz alta.
Creo en todos los ángeles del cielo. Creo en Adán y Eva y en la blanca paloma y en
Jesús. Sobre todo creo en Jesús. Pero nada de ello me impide adorar y amar a los
monos, mis hermanos. En una de mis expediciones a la tierra del evangelio visité a un
buen amigo, por supuesto un amigo irlandés. Un amigo irlandés con el que puedo hablar
gaélico con gusto y que naturalmente es tan católico como yo. Mi amigo trabajaba en un
laboratorio de pruebas con animales, concretamente con monos. Sí, con monos digo,
con jodidos monos a los que maltrataban atrozmente en el laboratorio. Mi amigo me
preguntó en gaélico que si Dios no había creado a los monos para que el hombre
recordara sus pecados. ¿Cómo? No te entiendo, dije. No tiene importancia, me dijo. El
caso es que los monos son unos animales carcomidos por los piojos y el pecado. Solo
están ahí para advertirnos, para dar ejemplo de que si el hombre peca acabará como
ellos. Un hombre santo no se parece a un mono. Jesús no se parecía a un mono. ¿Y a
qué se parece Jesús?, pregunté intrigado. Da igual a que se parezca Jesús, pero está claro
que no es un mono. A lo mejor Jesús se parece más a un pez, pero ni en las peores
pesadillas podría parecerse a un mono. Después me llevó al lugar donde guardaban los
monos. A medida que nos íbamos aproximando, los chillidos de aquellas criaturas se
incrementaron hasta tornarse francamente insoportables. ¿Qué es este lugar? ¿A dónde
coño me llevas?, pregunté irritado. Al infierno, me dijo. Entonces penetramos en una
sala que olía a huevos podridos. A residuos fecales. A mierda. Quizás fuera el olor del
pecado. Los monos estaban encerrados en jaulas nadando en su propia inmundicia. Los
había tuertos o completamente ciegos. Los había mutilados, desmembrados, cortados,
seccionados… ¡ay Jesús!, pensé. Yo sentí que los monos me odiaban. Sentí que sus
almas estaban envenenadas por el pecado… Chillaban y golpeaban los barrotes
iracundos. No albergaba la menor duda de que si los soltaban en aquel momento nos
harían pedazos. ¿Qué será de estos monos? pregunté. Los van a sacrificar, me dijo. ¿Y
si te los compro? ¿y se les llevo a la madre patria y les enseño gaélico? Me parece una
idea brillante, me contestó. Por eso quería que los vieras. Porque la idea de que los
sacrifiquen me destroza el alma. Comprendo. Te los compro. ¿A todos? Me preguntó
incrédulo. ¡A todos, los quiero a todos!, respondí”.
De eso hablaba Darren de camino a las barcas. Allí Kirk nos estaba esperando listo para
zarpar. La mañana se había levantado con mal tiempo. El viento azotaba desde el norte

y nos caían finas pero constantes ráfagas de lluvia. Kirk y Darren encabezaban la
expedición y Jack y yo les seguíamos unos metros por detrás. En sendos costados del
bote habíamos amarrado las escaleras. El extintor y las herramientas lo cargamos en la
popa. Surcábamos las aguas del pantano no sin falta de esfuerzo debido a las adversas
condiciones climáticas. Hundíamos los remos en aquel líquido ponzoñoso y enlodado.
Del fondo regurgitaban burbujas que gorgoteaban nada más alcanzar la superficie
desprendiendo un olor a podredumbre. Bolsas de plástico flotaban como cadáveres. En
un momento dado la niebla se nos echó encima y perdimos de vista a nuestros
compañeros. Al principio eran susurros casi imperceptibles. Después un rumor
inquietante y misterioso a la vez. Luego fuimos diferenciando más sonidos. Cantos
mezclados con el zumbido de los insectos y el gorjear de los pájaros. Daba la impresión
de que se estaban comunicando entre sí. Era la inconfundible y envolvente llamada de la
selva. La niebla se fue levantando sobre nosotros como si se quebrara. A lo lejos
comenzamos a discernir lo que parecía ser un islote revestido de frondosa vegetación.
Una estatua de piedra de tamaño colosal se recortaba en el horizonte contrastando con el
matiz calcáreo de la orilla.
⸺The Monkey´s Island ⸺dijo Darren postrado en la proa de su barca y oteando
el horizonte a través de un catalejo.
Cuanto más cerca nos encontrábamos de la playa, la estatua fue cobrando la forma de un
majestuoso gorila de increíbles proporciones. Todos sus rasgos estaban esculpidos con
una destreza y precisión admirables.
⸺Kink Kong ist hier… ⸺añadió Darren.
Coronando el islote parecía concentrarse una tormenta. Un relámpago iluminó
súbitamente nuestros rostros anonadados. La lluvia fue a más y ahora caía sobre
nuestras cabezas con rabia. Desembarcamos. Desenredamos las escaleras y nos
armamos con los extintores. Del interior de la selva saltaron unos monos pequeños, de
pelaje claro y cola alargada. Emitieron unos sonidos como de reconocimiento y treparon
hábilmente por las extremidades y el torso de Darren. Uno de los monos se le subió al
hombro y empezó a observarnos con la cabeza ladeada. Darren sacó unos cacahuetes
que guardaba en una bandolera y no tardaron en acudir más monos. “En el interior
construí hace años cabañas para los monos. Ahora deben estar prácticamente deshechas.
Hay que repararlas. Cuando hayáis trepado a lo alto de los árboles deberéis forrarlas con

los cartones y después asegurarlas con los clavos” Dijo Darren. “Los cartones están
deshechos” Dijo Jack. “Me importa una mierda” Dijo Darren. “Kirk os mostrará el
camino. No dejéis de usar el extintor cuando se os acerquen los monos. Los que viven
ahí dentro no son tan adorables como estos pequeñines. Allí en la jungla viven mis
mandriles, y os advierto de que son particularmente agresivos”.
Nos adentramos en la profundidad del islote con Kirk dirigiendo la marcha. Del cinto le
pendía un cuchillo que de vez en cuando empleaba para abrirse camino. Nos advirtió
que prestáramos mucha atención dónde poníamos los pies, que deslizándose bajo la
maleza podrida del suelo había serpientes venenosas. “También hay tarántulas come
pájaros y escolopendras letales”. “¿Qué ha dicho?” le pregunté a Jack. “Look
”⸺señalando al suelo⸺ “danger”, dijo Jack. Sobre nuestras cabezas se mecían las
ramas. La densa vegetación frenaba la lluvia que se cernía sobre la isla. Yo no dejaba de
mirar a todos lados. Sentía al corazón revolcándoseme en el pecho como si fuera un
sapo. El grito de los monos era cada vez más acentuado y yo sentía que nos
contemplaban expectantes entre la maleza, aunque no los viera. Kirk se detuvo ante
unos árboles y señaló con el dedo índice hacia las copas. Todo lo que quedaba de las
cabañas estaba allí arriba, a unos veinte metros de altura. Había restos de cartón
diseminados por el suelo. Anclamos las escaleras en la tierra mojada y comenzamos el
accenso. Kirk se quedó abajo sujetando la escalera. “Yo vigilo” dijo, y después
desenvainó el cuchillo. Sujeto al hombro llevaba el extintor y Jack transportaba los
martillos y un saco con clavos. Una vez arriba nos introducimos en una de las cabañas y
emprendimos el trabajo. Al primer golpe de martillo se tambaleó toda la estructura. Yo
me encargaba de rellenar los huecos vacíos con el cartón que habíamos traído y Jack de
fijarlo en las tablas de madera.
“¿Sabes Jack? En verdad pienso que tienes mucha suerte por haber nacido francés” “Y
eso por qué” preguntó. “Coño, pues porque en Francia os cargáis a vuestros monarcas.
The fucking Crown dead, man”, dije. “En mi país eso no pasa. Como mucho les obligan
a exiliarse. Pero eso de que le hayáis cortado la cabeza a un rey es la hostia”. Jack me
miró sin comprender. “Lo que quiero decir es que me parece estúpido que existan reyes.
Vosotros ya os disteis cuenta hace mucho tiempo. Pero en mi país los sigue habiendo.
¿Y sabes lo que es peor todavía?”, “¿El qué?”, preguntó. “Que no lleven corona, tío”.
“Eso es verdad”, dijo. “Mira, a mí la política me importa una mierda, Jack. Solo digo
que si por narices hay un rey, que lleve una jodida corona. Esmaltada y de oro, una

corona de verdad, cojones. Por lo menos en todos los actos públicos. Piénsalo, si al final
parte de mis impuestos van para la familia real, por lo menos obligarle a llevar la puta
corona. Joder Jack, que te lo estoy diciendo enserio, tampoco estoy pidiendo que se
ponga una capa y haga el imbécil con un cetro. Solo que si es el rey que lo sea con todas
sus consecuencias. “¿Pero qué más da eso ahora?”. “¿Cómo que qué más da, Jack? Si el
puto rey fuera un tipo serio con lo que representa debería llevar corona. Vosotros los
franceses no podéis entenderlo porque le cortasteis la cabeza. Pero eso de que vaya en
traje… No me jodas. Voy a ponerte un ejemplo, observa a los reyes moros. A eso lo
llamo yo tener estilo de rey. O si no fíjate en los obispos, tío. Los cabrones de los
obispos. Esos también visten con toda la parafernalia litúrgica…”
Como Jack no decía nada me viré hacia él. “¿Qué pasa Jack?” Pero Jack seguía sin
contestar. No estaba bien, una expresión de auténtico terror se le había dibujado en el
rostro. “¿Se te apareció el fantasma de Luis XVI?” dije bromeando. Pero al ver que
seguía sin reaccionar, me volteé a ver qué pasaba: unos metros más allá se acercaba un
mandril. La fiereza de su rostro se acentuaba debido a una larga cicatriz en medio de los
ojos. Una luz asesina resplandecía en ellos. Me fijé en que en una de sus extremidades
delanteras le faltaban un par de dedos. Desplegó sus fauces exhibiendo dos afilados
colmillos. Podía sentir su aliento acariciarme la cara. Unos hilos de baba le colgaban de
la comisura del hocico. “Alcánzame el extintor Jack” le susurré. Pero el imbécil estaba
completamente paralizado. Me deslicé por las tablas de madera realizando movimientos
muy lentos y con el mayor sigilo posible. Cogí el extintor y apunté en dirección al
mandril. “Dile a Kirk que suba” le dije a Jack sacudiéndole un hombro. “Kirk no está”
dijo. “¿Cómo qué no está?” Miré hacia abajo desconcertado. Efectivamente Kirk había
desaparecido. Tirado en el suelo resplandecía el filo del cuchillo como piel de serpiente.
“Quizás se lo hayan comido los mandriles sin darnos cuenta”, pensé. “Jack agarra el
martillo, ¿quieres?”. Otros dos mandriles aparecieron de la nada. En ese momento nos
cegó el fulgor de un rayo seguido de un estruendo estremecedor. Los mandriles
empezaron a alterarse y estrecharon el cerco. Ahora estaban demasiado cerca. Uno de
ellos, el más grande de todos, emitió una serie de ruidos guturales, y se palmeó con
tanta fuerza el pecho, que tanto a Jack como a mí se nos erizó el vello de los brazos.
Noté el pulso del corazón sacudir mis sienes. La adrenalina nos indujo a prepararnos
para la lucha. Les gruñimos y enseñamos nuestros dientes. Jack apretaba el martillo con
fuerza. Yo accioné el extintor tal como nos había explicado Darren, pero los mandriles

no se apartaron ni un milímetro de sus posiciones. “Piensa en Frau Müller, Jack. Piensa
en esa jodida zorra y reviéntale el cráneo”. Todo sucedió muy rápido. Jack blandió el
martillo y se abalanzó sobre el mandril más próximo. En ese momento los otros dos
saltaron hacia mí tratando de mordisquearme las botas. De una patada me zafé del más
pequeño, pero el otro consiguió alcanzarme un brazo y clavarme sus colmillos.
Protegiéndome la cara con el antebrazo ensangrentado, agarré un clavo y le vacié un
ojo. El mandril profirió un gemido de dolor y se desplomó sobre las tablas de madera.
Me viré hacia Jack… Lo encontré flexionado de rodillas sobre el torso del mandril, que
reposaba en un charco de sangre. “¡Jack!” exclamé. Pero el francés no me hizo el menor
caso, y parecía haberse tomado muy en serio lo de Frau Müller, pues no dejaba de
golpear la cabeza del mandril a pesar de que yacía completamente muerto. No paraba de
repetir: ja´i tué salope allemande! ja´i tué salope allemande! ja´i tué salope
allemande..! Traté de limpiarme la herida del brazo con el agua acumulada en las hojas.
El dolor que no había sentido durante la contienda comenzó a manifestarse. Era muy
intenso, como si aún tuviera la dentadura clavada en la carne. Tenía miedo de haber
contraído la rabia. La sangre no dejaba de correr por los dos agujeros por donde se
habían hundido los colmillos. Volví a llamar a Jack. Esta vez sí me escuchó y dejó caer
ladeada la cabeza del mono. “Que estropicio”, pensé. La mirada estrábica del primate
sin vida, todavía con el martillo incrustado en la parte frontal de la cabeza, me provocó
escalofríos. Por la frente de Jack resbalaban goterones de sudor. El rostro presentaba
algunos arañazos, pero por lo demás parecía estar bien. “¿No estás herido, verdad
Jack?”. “Creo que no”, dijo. “Pues hazme un implaste, ¿quieres?”. “Con qué”, dijo. “Y
yo que hostias sé, ¿no ves que me estoy desangrando?” dije alterándome cada vez más.
“Sí, lo veo. Pero no tengo ni idea de cómo se hace un implaste, Putain!”. “Con los
cartones mismo, pero haz lo que sea. ¡Estoy empezando a marearme!” dije.
Me serví de la ayuda de Jack hasta que alcanzamos la orilla. Teníamos un aspecto
lamentable. La cabeza de piedra del gorila había sido seccionada. La encontramos entre
las barcas, unos metros más allá, besada por las pestilentes aguas del pantano. La causa
parecía haber sido un rayo, ya que del resto del busto emanaba una cortina de humo.
Había sido un corte limpio y perfecto. No había ni rastro de los otros dos. Sin embargo,
oculto bajo la arena, encontramos el catalejo de Darren…

FIN

IRINEO LEONEL

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