UNO RAPIDITO

Ahora que estás tumbado en mi cama, 
puedo ver los dedos de tus pies sobresaliendo entre una esquina de la sábana, que intenta tapar con timidez la pequeña porción de gemelo que sentía frío tras el último polvo; 
sentada junto a ellos y frente a la caja de lata que un día guardó en su interior galletas danesas variadas, 
termino de liar.
Lo enciendo, un par de caladas más
y torno sobre mi eje
estirando el brazo derecho, 
y alargando los dedos
haciéndote llegar algunas bocanadas de magia química.
Comienzo a reptar hacia ti, te miro fijamente
intuyes lo que se deviene, pero no sabes cómo.
Acerco mi nariz al pie izquierdo que antes llamaba mi atención, lo acaricio con ella, 
saco la lengua y la paso dura por la zona más inervada de su epitelio y
notas una especie de vértigo tras el arrancar de la montaña rusa cargada de escalofríos que comenzará a elevarse en poco tiempo.
Mi mano derecha ya había adelantado trabajo en su otra extremidad, debe estar llegando a rozar la parte posterior de su rodilla, dibujando espirales infinitas con las yemas de mis dedos
sobre el calor de su piel.
Mi lengua sigue subiendo al ralentí, sin perder de vista su objetivo principal, 
ya le queda menos 
mira de reojo y celosa a la mano que ya está allí,
rozando su envés 
sobre la parte interna de tu muslo, 
sobre tu ingle
sobre tu escroto
despertando a tus demonios en reposo
y dando aviso de las coordenadas necesarias para llegar a ciegas.
Finalmente consiguen jugar al unísono, 
empiezo a lamer desde muy abajo 
desde bien adentro;
me vas a sentir hasta que duela 
aunque pidas lo contrario 
(pero todavía no). 
Sigo subiendo y sigo lamiendo, 
noto como te crece debajo de mi lengua 
empapada en mi saliva, 
resbalando entre mis manos mientras pasa de una a otra repartiendo equitativamente su calor.
Miro hacia arriba
puedo ver tu palpitar
ni si quiera hablas, tampoco es necesario 
(pero no dejes de mirar).
Te como sin miedo,  
desconozco si eres tú quien entra 
o yo quien sale,
me atraganto 
y vuelvo a comenzar con ahínco. 
Apoyando tu mano sobre mi cabeza
marcas el ritmo un tiempo
sabes que me estoy yendo;
observas con atención cómo me elevo, 
me ves alzando el vuelo 
que terminará con un liviano planeo 
hasta depositar mi pelvis 
justo en el vórtice 
de tus más primitivos instintos.
Los dedos índice y corazón de mi mano derecha te abren mi coño 
que se deja caer sobre tu polla, la cual aprieto hacia tu abdomen 
para comenzar a mover mi cadera desde delante hacia detrás. 
Vemos cómo desaparece tu glande, nos miramos regalando lascivia y vemos también cómo reaparece embadurnado con un denso y transparente flujo que nos permite aumentar el ritmo de fricción. 
Desaparece 
y a la vuelta, 
esta vez la huella del placer es aún más notoria, cuasi blanquecina. 
Mi clítoris quiere explotar 
late conmigo 
o contigo. 
Ahora eres tú quien pierde el control;
me agarras por el cuello, inmovilizando también mi mandíbula, 
fijando con tus ojos la diana 
apuntando hacia ella con tu polla jodidamente dura, para clavarla en el blanco sin titubear  haciendo que pierda el norte 
dentro de un infinito bucle abarrotado de embestidas.
Embestidas curiosas al principio, 
lentas, intensas;
embestidas maduras, 
rítmicas, meditadas. 
Embestidas que se van envenenado a ritmo paracelsiano hasta nacer con furia.
Tengo los labios entumecidos 
y los dedos de mis pies han entrado en una especie de extasiante rigor mortis 
del que no quieren salir.
Hemos perdido la cuenta de mis corridas 
y tu ebulles por dentro 
a pocos segundos de hacerte expandir. 
Puedo ver reflejadas en el espejo las huellas de tus manos encarnadas en mi piel 
y automáticamente se vuelve a contraer mi entrepierna. 
El goteo que riega mis muslos me saca del trance 
busco saliva en tu boca 
y bajo decisa a beberme tu sed. 
Enseguida se vuelve a humedecer mi lengua 
al verse enredada de nuevo en tus latidos, 
me llenas la boca con rabia, lamo con más ganas
hasta que la noto llegar 
férrea, espesa, contundente;
tu leche 
brotando sobre mis labios, vertiéndose por las comisuras de mi boca, manchándome las manos, llegando a la clavícula y dibujando a la perfección, 
como si la conociera desde siempre 
la curvatura de una de mis tetas 
para anidar en el pezón como último destino.

Amamita muscaría

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