PATÓGENOS

El universo es infinito. Dicen que el universo se expande. Pero ¿puede expandirse lo que no tiene
fin? Si no tiene fin tampoco tendrá principio. Algunos piensan que el universo es de tal
naturaleza, que si partiéramos en una dirección determinada, acabaríamos retornando al punto
de inicio. ¿Tiene el universo la forma de una circunferencia, o como lo describen los
matemáticos, de un ocho en posición horizontal? Hay otros que piensan que el universo es
infinito debido a su composición fractal, o que lo es bajo la mirada de un caleidoscopio, o quizás
todo lo que es infinitamente grande será también infinitamente pequeño. Un universo
compuesto de infinitas escalas, y cada escala un infinito en sí mismo…
El apéndice de un capilar sanguíneo puede proporcionar un refugio confortable, aunque no por
mucho tiempo. Siempre conviene escrutar minuciosamente el entorno, en busca de un
recoveco, de alguna grieta o agujero donde lograr ocultarse. Pero ni siquiera allí se está
completamente a salvo, especialmente cuando se es un patógeno. En tal condición, guardar las
distancias y cuidarse de no tropezar con las deambulantes brigadas de leucocitos, son claves
imprescindibles para la supervivencia. Los corpúsculos policiales, que ostentan cegadoras y
parpadeantes luces, custodian con recelo cada angosto y lúgubre conducto…
Resguardados en una de estas cavidades, un grupo de patógenos se reparte el trabajo
subrepticiamente:
⸺Aquí estamos muy bien ⸺dijo agitando sus fimbrias.
⸺Sí, estamos bien, pero tenemos que darnos prisa. Hay que pactar⸺ratificó la Yesina
Pestis.
⸺Tiene razón ⸺añadió un virus.⸺ Hace días que no me zampo el nucleótido de una
célula extraviada.
⸺¿Qué ha sido eso? ⸺preguntó una tercera, intrigada.
⸺Es mi virus. Hacemos simbiosis…
Sacudiendo el flagelo:
⸺Enhorabuena. Ya decía yo que estabas más gorda.
Una única ley regula la convivencia de tan extraña y variopinta comunidad. La ley se estableció
durante los remotos tiempos en los que se instauró la vida. Ni si quiera el caos podría carecer
de orden, por este motivo, cuando distintos patógenos rodean una célula con el fin de devorar
sus componentes vitales, dicha ley establece que solo aquellos que previamente hayan realizado
simbiosis tendrán la potestad de infectarla…
En perpendicular, al final de la bocacalle, cruza una vena mayor por la que discurren
rápidamente los eritrocitos.
⸺Al próximo hematíe me engancho ⸺anunció una.
⸺¿Y a dónde irás?
⸺Qué se yo. Pero no pienso repetir y volver al hígado. Allí se filtra todo, es francamente
repugnante…
⸺El estómago también tiene lo suyo… Aquello es como una ciénaga, pero de ácido.

⸺Es peor el intestino, en ese laberinto las de la flora lo tienen todo colapsado. Además
está el riesgo de salir disparada al abismo.
⸺¿Y si nos vamos al cerebro? ⸺sugirió una cuarta.
⸺Dicen que el cerebro es como el paraíso. Que las neuronas son las células más jugosas
de todas…
Un tren de plasma atraviesa rápidamente la calle desprendiendo un metálico resplandor. El eco
de las sirenas se pierde en la distancia…
⸺Vaya, parece que tenemos infección. ¡Ojalá sea necrosis!
⸺No, no es necrosis. Me están llegando señales de una muela. Demasiada azúcar…
⸺Hermoso lugar la boca. Desde allí las vistas son espectaculares, durante el invierno,
en el cielo del paladar, los gérmenes resplandecen como estrellas.
Del interior de una de las bacterias, atravesando su gelatinosa retícula, emerge un virus diminuto
con forma de araña:
⸺¡Qué fácil lo tenéis las bacterias! Para vosotras infectar es pan comido. Os propagáis
por el aire o por el agua como el que anda por su propia casa, sin embargo, alguno de nosotros
somos tan vulnerables a esos elementos que vivir allí fuera supone todo un suplicio.
⸺Por no hablar del periodo de incubación ⸺señaló el virus de inmunodeficiencia
humana⸺. Una vez me contaron la historia de uno que permaneció latente más de quince años.
⸺¡Menuda putada! Pero al menos no os matan los malditos antibióticos. Tras la
escaramuza pasada en los pulmones, en una prometedora neumonía, perdí a la mitad de los
míos.
⸺A mí me pasó algo parecido, cuando la faringitis. Muchas de las nuestras terminaron
execradas por el sistema urinario ⸺intercaló un estreptococo.
Un estruendo descomunal sacude violentamente el capilar. Sus paredes empiezan a desgarrarse
y cae una lluvia de líquido intersticial. El pánico cunde entre los patógenos. Algunos de ellos se
lanzan a la vena adhiriéndose a la corriente de hematíes.
⸺¡Estamos perdidas! ⸺aulló una.
⸺No te quejes, las de vuestra especie habéis desarrollado mucha farmacorresistencia
en los últimos años, tenéis a toda la OMS acojonada.
⸺Pronto llegarán los basófilos, los eosinófilos y los devastadores neutrófilos. Sus
huestes vendrán armadas hasta los dientes ⸺dijo uno de los virus esbozando una sonrisa
sardónica.
⸺¡Los putos leucocitos! Me tiemblan todas las fimbrias del cuerpo…
El virus de la Influenza se constriñó como un erizo de mar desinflado. Oscilando como un satélite
en torno a una de las bacterias (infinitamente más grande), exclamó:
⸺¡No nos largaremos de aquí sin presentar batalla!

Las patrullas de leucocitos localizan a los patógenos. La lucha es cruenta. Varias bacterias son
fagocitadas y otras cuantas diseminadas en una pasta de proteínas. Sin embargo, los virus,
aprovechando la confusión de la batalla, consiguen introyectarse en el núcleo de los leucocitos
y recombinarse con el ADN. Unos instantes después toman el control de sus cuerpos y se
esparcen por el sistema inmunológico. Las defensas de la ciudad se han vuelto contra sí mismas.
Pronto acabará todo. La era del virus ha comenzado…

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