EMISORA DESCONOCIDA

Hacía varios meses que Max Expósito escuchaba la radio. Prácticamente lo hacía a todas horas: Max Expósito se levantaba con la radio encendida, y también se iba a la cama escuchando algún programa monótono hasta que los lamidos del sueño le apagaban los últimos rescoldos de conciencia. No tenía preferencias por ninguna emisora, le bastaba con que estuviera sintonizada correctamente. Desde hacía un tiempo le resultaba inconcebible separar su vida de la radio, en todo momento, todo cuanto deseaba, consistía simplemente en escuchar la radio. Durante sus largos trayectos en metro. Durante sus reuniones, donde al menos siempre mantenía un auricular pegado a la oreja. Al principio el círculo de allegados le regañaba por ello echándole en cara su falta de educación, pero como todo esto a Max Expósito se la refanfinflaba, con el tiempo terminaron resintiéndose y no les quedó otra que normalizar la situación. Algo semejante ocurría en el trabajo, porque según él, en el maravilloso trabajo que desempeñaba, a lo más que podía aspirar era a estar como ausente. Cuando su jefe, el dueño del Asador de pollos Grijalbo, se percataba de que Max Expósito se había incorporado ambos auriculares y estaba como ausente, le increpaba con el dedo índice de la mano y le acusaba en los siguientes términos: “Te he dicho que en el trabajo no quiero auriculares. ¡Apaga ya esa maldita radio!”. Después, el jefe del Asador de pollos Grijalbo se atusaba su bigotillo blanco e hirsuto como un cepillo de dientes y entraba en el Asador refunfuñando. Cuando salía del trabajo Max Expósito seguía escuchando la radio. Para entonces ya eran la 6:00 pm y la vulnerable llamarada del ocaso se desvanecía raspando la silueta cada vez más sombría de la ciudad. Cuando el ruido del tráfico interfería en su escucha interminable, entonces se apretaba los auriculares y subía al máximo el volumen de su radio como si quisiera introducirse las emisiones en el cerebro. Con mayor vehemencia escuchaba la radio en el baño, especialmente mientras se duchaba, tanto o más que cuando se reunía o trabajaba o daba sus paseos o usaba el transporte público. Pero encontrándose en la ducha, se lamentaba Max Expósito, no podía usar sus auriculares. Para solucionar este problema logístico gastó una fortuna en un equipo de música. Entonces sí, ahora podía escuchar la radio si se duchaba, a través de aquel magnífico sistema estéreo que solo utilizaba con aquel extravagante propósito.
Antes del noticiario de las 7:00 am solo emitían música o programas sobre adivinación. Para entonces Max Expósito ya estaba despierto y escuchaba la radio. Se había despertado con la emisora 110.0 MHz, con la reproducción de temas como “Nihil”, “Mercury” o “Squeeze” de “Ghostemane”. Para Max Expósito aquel grupo representaba toda una obra magistral dentro del panorama del “Ruidismo” o “Noise”. Cada día contaba con más adeptos, admiradores incondicionales como él, que escuchando a “Ghostemane” experimentaban orgasmos sublimes. A las 5:45 am, en la emisora 96.9 MHz, daba comienzo el programa “consulta con Amanda”. En la introducción que precedía al programa se enumeraba el tipo de cosas en las que Amanda podía ayudarte: problemas de amor, impotencia, trabajo, mal de ojo, salud, futuro… Después Amanda iba atendiendo las diferentes llamadas. A veces eran tantas llamadas que acababan colapsando la línea telefónica del programa. Las mujeres que “consultaban con Amanda” llamaban desde pueblos recónditos provenientes de regiones remotas en las que predominaban la superstición y la escatología. La mayoría eran señoras de edad variada, que generalmente oscilaba entre los cuarenta y setenta años. Los nombres de algunas de ellas podríamos considerarlos litúrgicos: como la señora Concepción, Martirio, Angelita, María Purísima, Encarnación y Milagros. Otros en cambio bien podrían expresar estados de intranquilidad o inquietud, como era el caso de la señora Angustias y la señora Apuros, otros reflejaban mayor solemnidad: Aurora, Felicidad, Consuelo… y otros, sin embargo, desprendían cierta melancolía, como el de la señorita Soledad, que según contaba a Amanda, era huérfana, carecía de amistades y a sus cuarenta y tres años seguía soltera: “Amanda, soy una solitaria”, decía. En los instantes próximos al comienzo de las llamadas, Max Expósito se preparaba su café americano en su cafetera americana. La cafetera estaba obstruida y al echar el café lo expulsaba a base de pedos. Se servía el café y daba vueltas en círculos por la cocina, enfundado en su albornoz y escuchando la radio en actitud concentrada:
⸺A ver Milagros ⸺dijo Amanda⸺ elige carta: derecha, izquierda o centro
⸺Centro⸺. Decía Milagros.
⸺¿Cuál es su consulta, Milagros?
⸺Salú.
⸺Está usted como una rosa.
⸺Ire usté señorita Amanda, eso no pué sé…
Otra llamada:
⸺¿En qué puedo ayudarte Concepción?
⸺Es por mi hijo. Quiero saber cómo anda de amore.
⸺Izquierda, derecha o centro.
⸺Izquierda.
⸺Concepción, ¡su hijo está hecho un picaflor!
⸺Que va a sé ese… menudo zángano está hecho mi Fermín. Todo el día se la pasa ojeando esa revista. Me la esconde en el baño porque son una cochiná. Y yo le pregunto: ¿y esto Fermín? ¡esto qué eh lo que eh! Y Amanda ¿sabe lo que me dice ese desgraciaó de hijo que Dio me a dao? ¡de ciencia! ¡me dice que son de ciencia! ¿lo pueh creé?
Otra llamada:
⸺Dígame Angustias.
⸺¡Ay, Amanda! Quiero sabé mi futuro.
⸺Izquierda, derecha o centro…
⸺Centro.
⸺¿Se encuentra usted bien, Angustias? Aquí me sale la “Guadaña”.
⸺Ay, Dioh mío. Eso debe sé. ¡Qué tengo una angustia dentro…!
A las 7:00 am escuchaba el noticiario en la ducha. Después se vestía con su ropa holgada, desaliñada y sucia. Salía de casa a eso de las 7:15 am y caminaba por “Arrepentimiento” hasta coger el metro en “Horizontes”. La mañana se había levantado plomiza. Del alcantarillado emanaba un vapor neblinoso que se mezclaba con la luz anaranjada y tenue de las farolas. Durante el trayecto estuvo escuchando un programa especializado en obras de arte. Si las creaciones artísticas que se comentaban no eran del todo polémicas, sí, al menos en ciertos aspectos, podrían resultar inquietantes. El programa: “Obras de arte que han marcado un hito en la historia de la humanidad” lo presentaba el señor Soplavaina, y el invitado del día, un catedrático experto en arte contemporáneo, se llamaba Hierroflojo:
⸺“Una y tres sillas”. Así se titula la obra que vamos a comentar hoy. ¿Qué puede contarnos sobre esta obra maestra, señor Hierroflojo?
⸺Se trata de una obra de Joseph Kosuth. La obra consiste en una exposición de una silla real, la foto de una silla y la definición de una silla.
⸺Interesante. Entonces, podríamos afirmar, señor Hierroflojo, ¿que lo que pretendió Kosuth con esta obra fue presentarnos un mismo objeto bajo tres ópticas diferentes?
⸺En mi opinión, señor Soplavaina, la clave de esta obra está en el vínculo que relaciona las palabras con los entes, y, al mismo tiempo, con sus representaciones. Sin embargo, yo me pregunto, ¿cuál es el mecanismo que establece esta relación? Es decir, ¿por qué medio se produce la representación? ¿cómo se realiza el tránsito de los entes a las palabras? Y lo más importante, ¿existe dicho vínculo?
⸺Pero señor Hierroflojo, ¿si no existe esa relación, si no existe tal vínculo, de qué forma podríamos concebir una silla?
⸺Señor Soplavaina, quizás, la única forma de referirnos a una silla sea a través del silencio.
⸺Estoy convencido, señor Hierroflojo, de que esta obra tuvo que suscitar mucha polémica entre los críticos.
⸺Yo diría, señor Soplavaina, que la obra, meditándolo mucho, debió de ser más bien inquietante.
Bajó en la estación “Vespertino” y caminó diez minutos por “El Crucificado” hasta llegar al Asador de pollos Grijalbo. A las 8:00 am empezaba el trabajo. Max Expósito ocupaba un cargo respetable: la mascota de la entidad. Dentro del establecimiento se desprendía de su ropa holgada, desaliñada y sucia para vestirse de “Pollo”, que era como enfundarse un traje de astronauta; y después se paraba en la puerta del local adoptando un sin fin de posturas aleatorias con las que pretendía captar la atención de los viandantes. A veces daba pequeños saltitos o ejecutaba peligrosas cabriolas o realizaba diversos movimientos que consistían en flexionar la piernas o los brazos o ambos a la vez, como si en lugar de ser el relaciones públicas del Asador de Pollos Grijalbo fuera un monitor de yoga inexperto y vestido de pollo. De cuando en cuando salía el jefe para fumar un cigarrillo y examinar sus acrobacias. Le escrutaba. Arqueaba las cejas. Fruncía el ceño y se metía de nuevo en el asador. El negocio no atravesaba su mejor momento: a poca gente le gustaban los pollos de Grijalbo. Sin embargo, había algunos que se detenían ante las puertas del establecimiento para hacerse unas fotos con la mascota. Durante las diez horas que duraba el turno, Max Expósito tenía tiempo de sobra para escuchar sistemáticamente casi todos los programas del día, entre los cuales destacaban los debates políticos, los de opinión pública, entrevistas variadas a artistas (sobre todo a humoristas y cantantes) personajes eminentes en el mundo de la medicina, expertos en literatura, en astronomía, en fisioterapia y, especialmente, el programa “Aprendiendo a fabricar volcanes”, que era uno de su favoritos y jamás se perdía un solo episodio. En dicho programa se ofrecía todo un repertorio de instrucciones y pautas para elaborar un volcán artesanalmente, además de una descripción detallada acerca de las propiedades insólitas que podían extraerse de dichos volcanes, que eran de índole curativo y muy requeridas en los tratamientos homeopáticos. Por último, al término de programa, se establecía un cara a cara entre el reputado doctor Martillo, toda una eminencia en el mundillo de la metamedicina aplicada, y el Homeópata Don José Montes Cura Lagartos, que, naturalmente, era partidario incondicional de la Homeopatía. Don José Montes Cura Lagartos se había hecho famoso gracias a su colaboración en dos célebres programas: “Bisección de un saltamontes” y “Cómo hacer que tu hámster pierda peso”. Por lo general, a lo largo del debate la tensión se iba acumulando hasta estallar de forma violenta cuando ambos profesionales, es decir, el doctor Martillo y el Homeópata José Montes Cura Lagartos, optaban por abandonar la profesionalidad y arrojarse todo tipo de proyectiles afilados y punzantes.
A las 3:00 pm Max Expósito tenía un descanso de media hora para almorzar. Fue al vestuario a cambiar su traje de “Pollo”, que le pesaba como una armadura, por su comodísima ropa holgada, desaliñada y sucia. Sin embargo, en el último momento cambió de opinión y salió a comer vestido de “Pollo”. Sobre los edificios el sol se abría paso entre las nubes haciéndolas jirones. Anduvo por la avenida de “El Crucificado” hasta girar por “Ulcera”. Desde allí se dirigió a uno de sus restaurantes favoritos, “El bistró Mugrillo”, donde servían la comida enlatada más excelente de la ciudad. A la entrada del bistró había dos hombres conversando mientras apuraban sus cigarrillos:
⸺No entiendo como no te hace gracia, es buenísimo⸺. Dijo uno.
⸺Pues yo no lo cojo, ¿qué quieres que te diga? El chiste me parece una mierda⸺. Dijo el otro.
⸺Vamos a ver si lo pillas de una vez. Te estoy diciendo que subido al carajo hay un hombre que alerta a toda la tripulación de que ha visto tierra firme. ¿Lo entiendes? Grita: ¡Camaradas, tierra a la vista! “¡Tierra a la vista!” ⸺dando una calada⸺ ¿entiendes?
⸺Sí.
⸺Entonces, el capitán, que está preocupado porque todos sus hombres tienen el escorbuto agarrado a las encías desde hace meses, le dice: ¡que más da si somos veintitrés! “¡veintitrés!” jaja, dice “veintitrés”, tío, no me jodas, es buenísimo.
⸺Pues a mí este chiste no me hace gracia ¿qué quieres que te diga? ¡Es estúpido!
Max Expósito se plantó en la entrada. Su figura fue captada por las células de la retina del hombre que no entendía el chiste, que inmediatamente comenzaron a enviar señales eléctricas al cerebro. El hombre quedó tan desconcertado que se quedó contemplando aquel “pollo gigante” como si se tratara de un ser intergaláctico. En sus labios secos y agrietados sostenía el humeante cigarrillo.
⸺¡Quieres hacerte a un lado! ⸺protestó el otro⸺. ¿No ves que el pollo quiere pasar?
⸺Si, pero…pero… es un jodido pollo.
⸺¿Y qué? ⸺exhalando una voluta de humo⸺ como si son “veintitrés”, jaja. “veintitrés” ¿Lo pillas ahora?
Achinando la mirada:
⸺Un pollo enorme.
Una vez en el Bistró se desprendió del capuchón con forma de cabeza de pollo. Suspiró. Se pasó una mano por la frente perlada de sudor y pidió una cerveza.
⸺“¿Targus?”⸺. Preguntó la camarera.
⸺Si ⸺Dijo Max⸺. La de siempre.
⸺¿Y de comer? ⸺obsequiándole con una sonrisa⸺. Tenemos huevos fritos en lata.
⸺Prefiero berberechos, gracias.
La camarera que le sirvió era joven. Los bucles de su cabello eran de color negro azabache. Sus ojos azules e intensos. Su sonrisa más radiante que las estrellas. Desde que comenzó el trabajo había deseado poseerla. “Es una mujer realmente preciosa”, pensaba. Pero ese deseo se extinguió conforme la obsesión por la radio fue sustrayendo todo acto de voluntad. Le dio un trago a la cerveza y subió el volumen de su dispositivo. Emisora 74.3 MHz. “Cómo afilar tus cuchillos”. La voz del hombre que hablaba sobre como afilar tus cuchillos le embargaba de paz. Decía: existen básicamente tres sistemas de afilados. Cada uno con sus ventajas e inconvenientes. El sistema de afilado a mano, cuyas ventajas son: la rapidez, el manejo y su bajo coste, tiene como principal desventaja que se necesita mucha práctica. El sistema de afilado eléctrico, cuya ventaja reside en que es muy rápido, presenta las desventajas de que es muy caro, los filos no son de buena calidad y necesitamos corriente eléctrica para hacerlo funcionar. Este tipo de afilado no lo recomiendo. Por último, el sistema de afilado guiado, cuyas ventajas son la manejabilidad, su fácil uso y que también es muy barato, tiene el inconveniente de que es muy lento. No obstante, yo os recomiendo este último sistema, porque sin tener práctica se consiguen unos resultados muy buenos. Mejor que buenos, con el sistema guiado puede lograrse un afilado perfecto [***]. Yo siempre tengo todos mis cuchillos afilados. Los afilo hasta que pueden cortar un folio con tan solo rozarlo. Los afilo hasta poder afeitarme el bello de las piernas de una pasada. Cuanto más afilado pueda tener mis herramientas, mejor [***]. Conviene tener muy presente el ángulo desde el que vamos a operar el afilado. Para ello es necesario conocer las partes de las que se compone un cuchillo. Las partes de las que se compone un cuchillo son: Punta, Espina, Hoja, Cuello, Línea del bisel, Filo, Bisel, Virola, y Mango. Pero cuando hablamos del ángulo de afilado de un cuchillo, ¿a qué nos referimos exactamente? [***]. Con 25º grados siempre sacrificaremos algo de corte, en cambio, obtendremos un filo más resistente. Con 20º obtendremos un filo que tendrá más potencia de corte, pero será más vulnerable en su capacidad de resistencia. Yo siempre afilo a 25º grados porque me gusta dotar a mis herramientas de filos resistentes [***]. En todo afilado debemos tener muy presente la “rebaba”. El concepto de “rebaba” hace referencia al residuo o a la escoria del metal que tiende a acumularse en la línea de bisel. Lo más arduo en el proceso de afilamiento consiste en retirar este residuo o escoria que puede dañar seriamente el filo de nuestros cuchillos. Ahora bien, ¿cómo podemos quitar o minimizar esta rebaba? Pues tan simple como usando un cinturón de cuero. Dispondremos nuestro cuchillo recién afilado en el lado rugoso de la pieza de cuero. A continuación, sin hacer mucha presión, empezaremos a pasarlo a favor del filo. Recomiendo que se hagan diez pasadas por cada cara, y luego cinco pasadas alternas.
A las 3:30 pm Max Expósito regresó al trabajo. En todo el día solo entraron en el Asador de Pollos Grijalbo dos personas. La primera se trataba de un viejecillo escuchimizado y ridículo que solo quería un vaso de agua. La segunda era una mujer con sobre peso, provista de un lunar gordo y deforme en medio de la cara. La mujer entró soltando amenazas. Exigía una indemnización por los daños y perjuicios que la última ingesta en el Asador de pollos Grijalbo había desencadenado en su flora intestinal.
⸺Mira a ver que te denuncio, so mierdoso⸺. Increpó la mujer.
⸺Cállate so gorda⸺. Dijo el jefe.
⸺¡Por tus pollos ando cagándome una semana!
⸺Por eso no será ⸺atusándose el bigotillo⸺ Lárgate de aquí antes de que te ensarte como a uno de mis pollos.
A eso de las 6:00 pm Max Expósito fue a visitar a su amigo Romualdo Arambuzabal. Durante el camino, en la emisora 60.4. MHz, escuchó “Daft Punk”, de Moroder, y también escuchó “OutRun”, de Kavinsky. Se sumió en el flujo de peatones y desapareció entre ellos. Una sombra más entre las sombras. Pasajeros de un viaje sin rumbo. Caras sin rostro pululando como mosquitos en la niebla incandescente de neones que ilumina la ciudad. Vidas impulsadas por la inercia hacia la nada como un sueño frugal y patético. Vidas acorraladas por edificios grises, punzones oblongos de hormigón que se alzan como inmensos ataúdes. Vidas enterradas en habitáculos. Vidas encerradas en un enjambre. Vidas que viven en la ciudad como un orificio en el fango. Tomó el metro en “Meridiano”. Se bajó en “Objeto”. Subió en ascensor todas las plataformas hasta alcanzar la superficie. Respiró. Se encaminó hacia la plaza de “Los Imprevistos”, al final de la calle “Odisea”. A Max Expósito nunca le había sucedido nada imprevisto en esa plaza. Con el tiempo, tras mucho meditar, descubrió que lo único imprevisto que sucedía en aquella plaza era precisamente que no sucedía nada. Comprendió que el propio significado del nombre condicionaba a la mente a esperar algo, aunque fuera un hecho inesperado, porque precisamente en eso consistía el significado del nombre de la plaza, y cuando te esperas que suceda algo que no te esperas y entonces no sucede nada es como si en realidad sucediera algo imprevisto. Cruzó la plaza y se adentró en el casco histórico donde las calles se enredaban en un interminable laberinto de callejones angostos e inmundos. Ni ratas había entre tanta inmundicia. Solo había viejos y yonkis y prostitutas con sífilis y desquiciados como Romualdo Arambuzabal.
“Escondite” era un bar mugriento, provisto de una iluminación lúgubre y siniestra, con las paredes revestidas de moho y atestado de viejos excéntricos y cucarachas. Allí le aguardaba su amigo Romualdo Arambuzabal. Su amigo se pasaba horas y horas encerrado en aquel tugurio. Su amigo era un matemático sin trabajo que se había pasado la vida leyendo libros sobre matemáticas. Cuando niño, su madre se enfadaba con él porque no salía del cuarto. Durante tardes enteras Romualdo Arambuzabal consumía el tiempo irreversible de su infancia en desentrañar ecuaciones imposibles. Entonces su madre golpeaba la puerta de su cuarto con furia llamándole “perturbado del demonio”, porque la buena mujer no sabía que su hijo se pasaba las tardes enteras desentrañando ecuaciones imposibles, y, en cambio, como le había escuchado decir a otras madres, sospechaba que su hijo se las pasaba navegando por el basto e inconmensurable mundo de la pornografía. Max encontró a Romualdo Arambuzabal en el rincón polvoriento de siempre, inmerso en sus papeles:
⸺Predije tu llegada⸺. Dijo el matemático.
⸺Siempre vengo a la misma hora ⸺quitándose un auricular⸺ ¿Con qué estás Romualdo?
⸺Con tres paradojas⸺. Dijo.
⸺¿Qué paradojas?⸺. Insistió Max.
⸺La cuadratura del círculo, la trisección del ángulo y la duplicación del cubo.
⸺¡Qué pérdida de tiempo! Deberías escuchar la radio.
⸺Ah, ¿sí? ⸺indiferente, sin alzar la mirada⸺ ¿y por qué?
⸺Voy a por una cerveza.
Max Expósito fue a la barra y pidió una Targus. El hombre tras la barra era un viejo encorvado, un viejo encorvado que llevaba un parche porque era tuerto. Un viejo encorvado y tuerto que también era manco porque donde debiera tener la mano tenía en realidad un garfio. Un viejo encorvado y tuerto y manco que también cojeaba porque era cojo, y en lugar de un pie o algo parecido tenía un palo. La barra estaba cubierta de una película pegajosa. Aquel lugar le pareció más sórdido y repugnante que nunca. Volvió con su Targus y se sentó frente a Romualdo Arambuzabal. Durante unos minutos permanecieron en silencio. Un silencio como el que acecha en el atardecer de un desierto. Una cucaracha pasó por encima de la mesa y se escondió bajo los papeles que observaba Romualdo.
⸺Porque escuchar la radio nos hace más humanos⸺. Dijo Max retomando de nuevo la conversación.
⸺¿Por qué?⸺. Dijo Romualdo.
⸺Así estimulamos la imaginación. Los ciegos, por ejemplo, imaginan mucho. Los ciegos son infinitamente superiores a los videntes porque saben escuchar. Si lo piensas, Romualdo, no necesitamos los ojos para nada, son órganos atrofiados, secuelas de un proceso evolutivo imperfecto.
⸺No me digas…
⸺Sin embargo, todavía existen argumentos que ponen en cuestión esta lógica. Claro que, si una teoría no puede refutarse, entonces no hay que tenerla en cuenta.
⸺¿Ah, sí? ⸺revolviendo sus papeles⸺. ¿Cuáles son esos argumentos?
⸺Por ejemplo, aquellos que defienden que los ojos son las ventanas del alma. Estos argumentos metafísicos no me convencen. Yo soy de los que piensan que no se necesitan ojos para escuchar la radio, que es lo más importante. No existe nada más engañoso que ver. El que ve y cree en lo que mira se está engañando así mismo. Yo soy un hombre respetable que estimula su imaginación escuchando la radio, y esto es todo cuanto quiero hacer.
Después Max Expósito le pidió a Romualdo Arambuzabal que le enseñara sus papeles. El matemático cabeceo y le mostró unas ilustraciones:

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⸺¿Y bien?⸺. Preguntó Max.
⸺Bien qué.
⸺¿Has llegado a alguna conclusión?
⸺No. Ni creo que lo haga. En realidad soy un matemático lamentable. Soy el peor matemático que ha existido nunca. Soy nefasto. Ni siquiera sé por qué hago esto, jamás entendí absolutamente nada que tenga que ver con las matemáticas.
⸺Pero has leído muchos libros.
⸺Sí, eso es cierto ⸺rascándose la cabeza⸺. Pero no entiendo ninguno.
La conversación terminó. Tampoco había más aliciente para continuarla. Los vínculos de su amistad eran de una naturaleza tan incorruptible que ni siquiera existían. Permanecieron el uno frente al otro durante mucho más tiempo, sin cruzar una sola palabra. Max se conectó ambos auriculares. Romualdo Arambuzabal prosiguió su estudios a sabiendas de ser un fracasado.
9:00 pm, emisora 51.9 MHz, sesión deportiva: durante el partido de fútbol, la voz excitada del locutor anuncia la entrada en el área de un delantero que chuta a portería. De este gol inminente depende la victoria. Su anunciamiento vibra en las cuerdas vocales del comentarista. La expectación es total, la trayectoria del chute es seguida por millares de miradas de espectadores en todo el mundo. Un revuelo se expande por todo el estadio como una ola. Sin embargo, de una forma imprevisible, absurda e inexplicable ese gol no se consuma. ¿Por qué no? Pues porque tanto el portero como la portería se han desvanecido del campo de fútbol, ante el asombro de todos y sin previo aviso. Este hecho, inédito en la historia del futbol, siembra el desconcierto en el estadio. El delantero terminará ingresado en un manicomio. El locutor se sume en una profunda depresión. Será despedido y posiblemente se acabará suicidando a causa de aquel “gol” infructuoso. El club de ambos equipos se declara en banca rota. Aunque se puede vislumbrar otra posibilidad. Retrocedamos, retrocedamos. Pero ahora, momentos antes del chute, el balón desaparece. ¿Por qué? Nadie lo sabe, el colapso es total. El delantero sufre un ataque de nervios que degenera en epilepsia. El comentarista, en este caso además un experto en mecánica cuántica ofrece una solución: “El balón ha entrado en un puente interdimensional, en un agujero de gusano”. Nadie le cree. Por tanto, de una forma irremediable, la depresión retorna hasta que desnudo y delirante decide arrancarse la vida. El silencio es avasallante. En la mirada de los espectadores solo hay cabida para la incertidumbre. Los jugadores se detienen estupefactos ante aquel hecho incomprensible. El portero se incorpora del suelo desorientado. Contemplando el vacío que yace entre sus manos, se pregunta: “¿Dónde está la pelota?” “¿Dónde está el artefacto en torno al cual radica el sentido de mi vida?” “¿Habrá de esfumarse también mi futuro?”. También puede ocurrir que durante el partido, mientras un equipo hace el vacío al otro a través de pases magistrales, en un momento dado, las líneas y las porterías que integran el campo de fútbol dejan de existir. Entonces ambos equipos entran como en trance, aturdidos como sapos cegados por un rayo de luz. Por todo el estadio se escuchan gritos de protesta y los espectadores terminan por destrozar sus asientos y arrojárselos a los jugadores. El comentarista, que en este caso es un mafioso sin escrúpulos, maldice su mala suerte y abre fuego desde la cabina cundiendo el pánico por doquier. La carnicería es brutal. Una montaña de cuerpos humanos se levanta en medio de la grada. Los clubs de ambos equipos deciden incriminar al árbitro, que, sometido a la presión de la opinión pública termina arrojándose por un precipicio desparramando sus sesos por el asfalto. La noticia se hace viral. Las fotografías ocupan las portadas de los periódicos de todo el mundo. Teorías de la conspiración anuncian el apocalipsis. Finalmente nadie entiende nada y el fatal acontecimiento se olvida. En cambio los familiares de las víctimas nunca lograrán borrar de sus mentes el desastre, y en lo sucesivo, con motivo de aniversario, cubrirán el estadio de hermosas flores y dejarán fotos o recuerdos de los que allí murieron y encenderán velas en su honor.
A las 11:37 pm Max Expósito salió de “Escondite” y se adentró en la atmósfera calígine del casco histórico. Las callejuelas de la barriada subían y bajaban y se retorcían como culebras con la cabeza aplastada. En los rincones en penumbra se ejecutaban subrepticiamente negocios clandestinos. A veces se escuchan disparos y el olor a pólvora flotaba en el ambiente hasta la madrugada, momento en el que la policía procedía con el acta del levantamiento de cadáveres. A veces nunca se encontraba el cadáver. A veces pasaban semanas enteras sin que se diera el aviso, y el hedor a podredumbre del cadáver llegaba incluso más allá de la barriada y se extendía por toda la ciudad. A veces un vecino llamaba a la policía alarmado porque en el zaguán de su casa, que normalmente consistía en una ciénaga, porque en aquella ciudad solía llover mucho y las casuchas de ese lado de la barriada carecían de lo imprescindible; había encontrado un cuerpo semienterrado en el fango. Entonces la policía le preguntaba si estaba muerto, y el buen vecino decía que no sabía si estaba muerto, pero que no respondía a sus quejas y que al darle de patadas no se movía un palmo y sonaba como un tronco seco. Entonces la policía le preguntaba por el aspecto que presentaba el cuerpo, y el hombre le respondía en el mismo tono de alarma que era de un color morado y que los labios parecían flores marchitadas por la falta de riego. Bajó por la calle “Ánimas” y las chicas de las esquinas salieron a su paso como murciélagos en desbandada. Siseaban. Le tocaban con sus escuálidos brazos enroscándose a su cuerpo como jaramagos. Max Expósito se deshacía de ellas con violencia y se reajustaba los cascos. Entonces ellas le observaban con sus ojos ardientes como brasas, incrustados en un rostro que era todo pellejo, con las quijadas hundidas hacia dentro y los pómulos saliendo para fuera. En el cruce con “Desprendimiento” una mano se le aferró al antebrazo como si fuera una garra. Al bajar la mirada, postrado de cuclillas, descubrió la figura de “Nariz-Rota”. Una infinidad de teorías circulaban acerca del origen de aquella criatura. La mayoría de ellas especulaban que había nacido de las cloacas soterradas de la ciudad. Pero Dios y el Diablo sabían que aquella criatura provenía directamente de la oscuridad de las entrañas de su madre. Una madre asustada y macilenta que le había echado a las calles de forma prematura. La bestial cicatriz que le desfiguraba el rostro no era otra cosa que el resultado de su primer contacto con el mundo. “Nariz-Rota” caldeaba su pipa desprendiendo un olor a cristales de amoniaco y a cocaína. Contemplaba a Max con ojos muy abiertos. Con ojos negros como un charco de brea. “Nariz-Rota” sonrió a Max de tal forma que dejaba entrever unos colmillos brillantes y afilados:
⸺¿Quieres?⸺. Preguntó.
⸺Déjame en paz engendro ⸺protestó Max⸺. ¿No ves que estoy escuchando la radio?
⸺Dale un calo tú. Dale, dale, dale.
⸺¿Qué es?
⸺Vas a volar ⸺haciendo burbujear la pipa con la llama de su mechero⸺ loco, loco, loco.
Max cabeceó y aspiró con fuerza. La calada le abrasó los pulmones. Después exhaló una densa cortina de humo que nubló todo a su alrededor. El espacio y el tiempo se desintegraron y un escalofrío le recorrió el espinazo. El humo osciló entre ellos hasta evanescerse. Continuó por “Desprendimiento”. La luna con forma de hoz refulgía por encima de la estrecha franja que formaban los altos edificios de la avenida. Cruzó el parque de “Los olvidados”. Se detuvo a contemplar la estatua de Asurbanipal, que encarnaba al antiguo faraón de Asiria dando muerte a un cocodrilo. En el pedestal podía leerse la siguiente inscripción: “El dominio del reino animal”. Después atravesó el parque fijándose en los árboles. Aquellas pacíficas criaturas de la naturaleza le inspiraban una calma infinita. La quietud de sus ramas desprendía bondad. Sus hojas plateadas acariciadas por la luz de la luna eran símbolos de pureza, y sus troncos, marcados por las innumerables cicatrices del tiempo, un tributo a la fuerza y estabilidad de sus almas. Al fin dio con “Arrepentimiento”, subió por la calle alargada en dirección a su casa escuchando “The Walker Brothers”, de “Electrician” y nada más alcanzar la puerta de su dormitorio se derrumbó en la cama. En un estado casi de letargo, con la cabeza dándole vueltas por las habitación, como si realmente se hubiera desligado del cuerpo y levitara por el cuarto como una globo de helio; rastreó en su radio en busca de una emisora que le introdujera en el mundo de los sueños. Emisora 43.1 MHz, “Las hormigas contratacan”: Desde los alto de la copa de las flores, como si fueran atalayas, alguna hormiga centinela escruta el campo de batalla. Hay muchas bajas. En la tierra de nadie resplandecen los cadáveres de millones de hormigas. La lucha encarnizada prosigue durante una semana. Para abatir a una sola hormiga soldado se necesitan siete hormigas obrero. Cada una de ellas inmoviliza una extremidad y otra desgarra el exoesqueleto dejando al descubierto el abdomen. Allí vierte el ácido úrico deshaciéndole los óranos internos. Los cadáveres del enemigo son transportados en inmensas columnas de hormigas hasta la entrada principal del hormiguero, y allí serán devoradas durante todo el invierno. Las hormigas derrotadas y supervivientes serán esclavizadas de por vida. Las vencedoras descuartizarán a la reina y se comerán sus larvas. El imperio de las hormigas de fuego alcanza la extensión de quinientos estadios de fútbol. Un inmenso imperio bajo la tierra…
Le despertaron unas interferencias. Echó un vistazo a los dígitos que marcaban la emisora. Sorprendentemente no podía discernirlos. Aparecían pixelados. No veía más que un borrón incierto en medio de la pantalla. Las interferencias le estallaban en los oídos. Tenía la garganta seca y padecía un dolor insoportable en la cabeza, como si mil agujas candentes le atravesaran el cerebro. Las interferencias pararon. Durante unos segundos fue como si la luz de su vida se hubiera apagado para siempre. Instantes después una voz femenina, la más dulce voz que había escuchado en su vida comenzó a hablarle. No podía creerlo, pero aquella voz era tan maravillosa, tan hipnótica, que impidió que otros pensamientos avasallaran su conciencia. “Es la voz de la camarera del bistró Mugrillo”, pensó. La voz le reclamaba. Le decía que le deseaba, que se le entregara en cuerpo y alma. “Bésame Max Expósito”, decía. La imagen de la voz de esa mujer se manifestó visualmente en su fantasía. Casi podía tocarla. Max dispuso sus labios. La besó en la nariz. La besó en los ojos. Después extendió sus manos para palpar el rostro de aquella imagen misteriosa. En ese instante las interferencias volvieron y la imagen se desintegró dejando una estela de fragmentos. Sin embargo, tras esa imagen se proyectó una nueva. El rostro de la camarera del Bistró se había transformado en el de una criatura infernal. Sus ojos azules de zafiro se habían vuelto de fuego. De sus labios brotaba una lengua bífida y el cabello ondulado y negro como el azabache se había convertido en un nido de víboras. “Ya eres mío Max Expósito”, dijo la criatura.
Amaneció:
⸺Izquierda, derecha o centro?⸺. Preguntó Amanda
⸺Izquierda⸺. Dijo Encarnación.
⸺Oh Dios mío… ¡No puede ser!
⸺¿Qué pasa Amanda, qué pasa?
⸺Ha sucedido. Al fin ha sucedido y es terrible. Monstruoso. Abominable.
⸺¡El qué Amanda! Por Dios bendito, que me tienes en ascuas.
⸺El basilisco. ¡Te ha salido el basilisco!
Max Expósito se incorporó de la cama. Atravesó un pasillo a oscuras hasta dar con el baño. Todo el cuerpo le pesaba como si el campo gravitatorio de la tierra se hubiera incrementado durante la noche. Apenas podía desplazarse, más bien se arrastraba como si fuera de plomo. Tampoco veía nada. Una retícula opaca le cubría los ojos. A tientas dio con el lavabo y dejó correr el agua. Una extraña limitación le impedía formar recuerdos de lo sucedido. Se colocó frente al espejo. La membrana se deslizó hacia los lados dejando entrever los ojos. Las pupilas se comprimieron. Habían adquirido la forma de una elipse alargada por los extremos. El iris de los ojos se había inundado de un color amarillento en el que crepitaban las llamas del infierno. Toda la cara se había cubierto de escamas resplandecientes. Esbozó una sonrisa contemplando su nuevo aspecto y dejó libre su lengua viperina.

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