TRAS LA MIRILLA

Inocencia Concepción vivía sola. Era una mujer de ochenta y dos años, con muchas arrugas en la cara y con la piel de las manos apergaminada, pero aún bastante lúcida y con los ojos brillantes y vivos que desprendían un aire de eterna jovialidad. Inocencia Concepción había estado casada por muchos años antes de quedarse viuda. La mitad de su vida la había pasado con su difunto marido: un Ogro de monstruosas proporciones que le había dado diez hijos. Cuando le preguntaban a Inocencia cómo había tenido tantos hijos, ella se sonrojaba y señalaba la lavadora, y decía: “ahí encima, mientras se lavaba la ropa”. Después miraba para otro lado y se hacía la cándida barriendo la alcoba, echando a las vecinas que indagaban con tanto descaro en su vida privada. Pero no todo se reducía a hacer hijos con el Ogro al galope de una lavadora. Lo cierto es que lo de hacer hijos lo había hecho con implacable determinación, a lomos de muchos otros muebles que habían puesto a prueba con sus libidinosos traqueteos. Pero sería impertinente, además de irrelevante, enumerar las incontables posturas y los infinitos objetos de los que Inocencia Concepción y el Ogro se habían valido para dar rienda suelta a sus fantasías sexuales y a toda su descendencia. En sus primeros años de casada, además de generar progenie, Inocencia Concepción también desempeñaba un sinfín de tareas domésticas, y todo ello a la vez que estudiaba magisterio, la mayoría de las veces escondiéndose del Ogro, que siempre andaba de un lado a otro barruntando sobre sus proyectos literarios y amenazando severamente con largarse a África y abandonar a su mujer. “¡Pero por qué no te largas de una vez y nos dejas en paz!”, le gritaba Inocencia, harta ya de aquel loco y sus delirios literarios. Pero el Ogro seguía y seguía, y bajaba al bar de la esquina cada noche, y se apostaba en la barra y le daba a la ginebra hasta dejar tiritando las reservas de alcohol de las que dispusiera el encargado, y todo ello mientras se fumaba un paquete de tabaco tras otro y miraba desafiante con sus ojos vidriosos y melancólicos. Después lanzaba insultos como si fueran proyectiles, insultos ciegos que no iban dirigidos a nadie pero que eran como fulminantes relámpagos de ira que casi siempre terminaban con alguna cabeza abierta. Aunque los médicos habían calificado de sobrenatural la fortaleza física del Ogro, tras veinte años de excesos sin tregua, y después de haber superado un cáncer de pulmón y otro de próstata, finalmente, fue el cáncer de páncreas el que terminó devorándole hasta arrancarle la vida.

Cuando por fin enviudó, Inocencia Concepción sacó la plaza de maestra. Desde entonces, su ambición profesional no conoció fronteras e impartió clases en Ávila, Andorra, Casablanca, Hamburgo, Ribe, Múnich, Frankfort, Stuttgart, San Petersburgo, Palanga, Poznan, Oslo, Zúrich, Carcassonne, Toronto, Medellín, Asunción, Austin, Wellington, Brazzaville y Trujillo. Casi todos sus hijos salieron políglotas y casi todos sus nietos mestizos, y amasó una gran fortuna de maestra porque supo cuando comprar acciones y cuando venderlas; y llegó a codearse con muchos magnates y conoció a célebres personajes de televisión, y se hizo íntima amiga de casi todos los políticos importantes y directores de empresa de la mayoría de los destinos donde hubo trabajado. Pero el trabajo nunca fue un impedimento, ni mucho menos un pretexto, para abandonar a los suyos. Además de sacar adelante a sus diez hijos y garantizar el porvenir de sus nietos, también se encargó del cuidado de su madre, o al menos de ingresarla en la mejor residencia del país. Procuró en la medida de lo posible que las visitas a su madre en la residencia se sucedieran con cierta regularidad. Un año antes de jubilarse, aquejada de la falta de visión en un ojo y de la progresiva pérdida de audición, su madre falleció. Inocencia Concepción recordaba con un sabor agridulce la última vez que la visitó. La encontró completamente encorvada en una mecedora, como si se tratara de una Cochinilla enroscada. Pasando las arrugadas yemas de sus dedos por el rostro de su hija querida, la viejecita senil la reconoció y profirió unos gemiditos a modo de sorpresa. Tenía ciento diecisiete años y se había convertido en la anciana más longeva del país. Hasta hacía solo un par de años, Doña Pía Seferina Sánchez, aún mantenía la lucidez suficiente como para jugar a la brisca, pero con los años su carácter se había agriado por completo y se había vuelto una tramposa sin escrúpulos; y ello le había granjeado la enemistad definitiva con los demás residentes:

            ⸺¿Cómo está madre? ⸺preguntó.

            ⸺Bien hijita. ⸺Dijo.

            ⸺¿Se entretiene usted, madre?

La viejecita aspiró con fuerza el aire pestilente del geriátrico:

            ⸺A la muerte, hijita, a la muerte es a la que más entretengo últimamente ⸺masculló en tono lapidario.

Entre las dos hubo un silencio sepulcral. Se miraron la una a la otra, se miraron con la ironía propia de los años, con la ironía triste del tiempo, como si contemplaran la imagen del pasado y el futuro simultáneamente, situación paradójica que ambas asumían, porque, a fin de cuentas, lo que era su hija, también lo fue su madre, y lo que hoy era la madre, mañana lo será la hija. Finalmente, la viejecita anunció:

            ⸺¿Quieres ver mis cuadros?

⸺¿Es que pinta usted, madre? ⸺quiso saber.

⸺¿Pintar yo? ⸺apuntándose con un dedo huesudo y trémulo⸺ ¡Sánchez no pinta! ⸺exclamó de forma vehemente la vieja.

Pasándose la lengua de pergamino por unos labios igualmente resecos:

⸺¡Sánchez hace arte, hijita! ⸺y virándose hacia una joven empleada, increpó⸺. ¡Traiga los cuadernos de Sánchez!

Sin inmutarse, la joven empleada desapareció para volver minutos después con una pila de cuadernos.

            ⸺¡Aquí están! ⸺celebró.

Inocencia Concepción contempló con desaliento la portada de los cuadernos. Una a una fue pasando las hojas. Figuras geométricas de orden primario aparecían coloreadas con distintos pigmentos, en muchas se rebasaba el margen.

            ⸺Son una preciosidad, madre ⸺dijo con lágrimas en los ojos⸺. Es usted una artista…

            ⸺¡La Sánchez no es como estas viejas! ⸺aproximando sus labios acartonados a la oreja de su hija⸺ ¡Sánchez no es una vieja chocha! ⸺susurró.

Inocencia Concepción se estremeció, y volvía estremecerse cuando evocaba el recuerdo de aquella última visita. Porque Inocencia Concepción solo temía una cosa en este mundo: que algún día perdiera la cabeza, al igual que su madre. Y es que a sus ochenta y dos años gozaba de estupenda salud, pero en el momento que olvidaba alguna cosa, como, por ejemplo, una fecha, el nombre de algún conocido, el título de una película o alguna de las ciudades o pueblos donde había trabajado, experimentaba un miedo patológico. El miedo a quedarse loca se acrecentó con los años y finalmente se transformó en algo obsesivo. Obsesión que combatía a través de una vida disciplinaria y ejemplar, pues todos los días madrugaba para acudir a sus clases de gimnasia, o para pasear en círculos por aquellos mismos parques y avenidas que tras la jubilación recorría diariamente, una y otra vez, obcecada en no traspasar nunca los límites de lo conocido. Llevaba una dieta sana y equilibrada, y tras sus rutinarios ejercicios, veía un rato la televisión o se preparaba un baño caliente y espumoso, al que solía aplicar diversas sales, y entonces procedía a relajarse y no pensar en nada, escuchando la reproducción de algún concierto de Farinelly; y después de comer dormía una breve siesta, o telefoneaba a sus diez hijos, o se recostaba en el sofá leyendo los cuadernos de viaje de Kapuscinski, y así aguardaba, sumida en su lectura, hasta que la luz del ocaso se refractaba en los edificios de enfrente provocando una lluvia de chispazos metálicos; y cuando aquel bello espectáculo culminaba, le gustaba salir al cine, o meterse en el teatro, o simplemente se escapaba a tomar un Rueda, aunque no sin antes acicalarse frente al espejo pintándose los labios y maculándose el cabello, mientras contemplaba su imagen a través de sus ojos grises y achinados, disimulando las arrugas con polvos de maquillaje, y después se adornaba con joyas y pendientes, y también probaba con todo tipo de boinas y sombreros; y antes de marcharse volvía a mirarse una última y definitiva vez en el espejo, al que lanzaba una hermosa sonrisa.

El señor Dámaso Cortés, su biógrafo, la visitaba los jueves por la tarde. Un caballero de expresión seria, con los ojos absolutamente negros, que, tras el cristal ovalado de sus gafas, parecían un par de ratoncillos asustados. Entonces Inocencia Concepción fruncía el ceño y se aplicaba la yema de sus dedos anular e índice de sendas manos sobre las sienes, y así, totalmente concentrada, indagaba en sus recuerdos como el buzo que recorre las insoldables profundidades del océano; y de esta forma, los episodios más significativos de su existencia emergían poco a poco a la superficie. Lo primero era su infancia, que transcurrió mayormente en la fonda de su abuela. Allí en la fonda fue muy feliz. De cuando en cuando lograba escabullirse de las miradas vigilantes de su abuela y su tía Margarita, y entonces se metía a escondidas en la lacena en busca de alguna pieza de fruta. “La fruta era algo muy escaso en aquella época”, le explicaba al señor Dámaso. “Las temporadas que pasaba en la fonda mi piel cobraba un matiz más brillante, porque lo normal era tener un rostro cobrizo, casi roñoso, ya que apenas ingeríamos vitaminas. Lo cierto es que me encontraba muy lozana en comparación con los otros niños del pueblo”. Después hablaba de su tía Margarita, que murió aquejada de una pena enorme, una pena que la tornó pálida y flacucha hasta parecer un esqueleto: “a la tía Margarita le salía espuma por la boca y le daban unos espasmos horribles, como si algo la estuviera devorando por dentro, como si en sus entrañas albergara al mismísimo demonio. A veces la tía Margarita se levantaba a media noche y se desplazaba a cuatro patas por las lúgubres galerías de la fonda, enloquecida, con los ojos dándole vueltas, como si fueran a ponerse del revés; mientras se mordía la lengua hasta lastimársela, y después arañaba las paredes y se retorcía sobre sí misma haciéndose sus necesidades encima. La tía Margarita hablaba una lengua extranjera, gutural, que parecía emanar de los abismos de la tierra. Después llegaba el párroco, un hombre gordo y violento, que sostenía una enorme cruz de plata contra el rostro constreñido de mi tía, como si de algo sirviera aquel estúpido remedio, porque evidentemente no funcionaba, y mi tía le escupía y le decía obscenidades. Pero el párroco también la insultaba y eventualmente la molía a golpes, con lo que Margarita respondía lanzando unos aullidos desgarradores capaces de estremecer los mismísimos cimientos de la fonda”. El señor Dámaso se prendió un cigarrillo. Inocencia Concepción perdió el hilo de lo que estaba contando y se quedó anonadada observando la llama anaranjada, y cada vez que el señor Dámaso daba una chupada, a Inocencia Concepción se le venía a la cabeza la imagen de un caballo. Pero no de un caballo enjaezado, sino de un caballo salvaje, con las crines mecidas por el viento, pifiando desaforadamente alzado sobre sus patas traseras, con los ojos abiertos como escudos de bronce y las aletas de la nariz completamente dilatadas…

Inocencia Concepción caminaba en dirección a su casa. La luz del crepúsculo declinaba en el horizonte, y por más que forzara la vista, no llegaba a diferenciar el fin de la avenida. Sin embargo, pronto se dio cuenta que era incapaz de discernir ni siquiera lo que se encontraba más próximo. Todo se le presentaba borroso: las ramas de los árboles, las baldosas de la acera, las señales de tráfico, e incluso los rostros de las pocas personas con las que se cruzaba. Era como si en el centro de sus ojos se hubiera introducido un cilindro de cristal opaco. Si realmente quería ver algo con nitidez, debía mirar por el rabillo del ojo. De repente se topó con el portal de su casa, le costó sobre manera corroborar que se trataba del número correcto. Ladeando la cabeza y fijando la vista en el ángulo adecuado, miró en el interior de su bolso en busca de las llaves. “¡Vaya, aquí no están!”, se dijo. Frustrada, optó por palparse todos los bolsillos, pero nada. Las llaves no estaban por ninguna parte. Se le aceleró el pulso. Estaba muy nerviosa. Quiso gritar, pero no pudo. Se le había formado un nudo en la garganta y era incapaz de proferir sonido alguno. Entonces se viró hacia el panel de los timbres. Un escalofrío la recorrió todo el cuerpo: era imposible marcar el timbre puesto que éste se encontraba pintado, como si fuera de mentira. “¿Pero qué coño está pasando aquí?” se preguntó indignada. En ese momento notó la presión de una mano que se cerraba sobre su hombro derecho arañándole la ropa. Con el rabillo del ojo divisó una mano gruesa, con las venas muy marcadas y peluda como la zarpa de un oso. Con horror contempló las uñas sucias y afiladas en la que culminaban los dedos de esa mano monstruosa. El aliento de la criatura le calentó la mejilla derecha desprendiendo un olor fétido, como el que emana de las alcantarillas. Trató de virarse, pero el miedo se lo impedía. De repente escuchó algo, parecía que aquella cosa pretendía hablarle, el timbre de la voz era siniestro y terrorífico. Al fin alcanzó a entender:

⸺“¡Despierta!”

Inocencia Concepción despertó con la frente perlada de sudor, respiraba agitadamente, y en seguida se dio cuenta de que se había orinado encima. Sentía las extremidades muy rígidas y le dolían las mandíbulas. “Solo ha sido una estúpida pesadilla”, se dijo. Dispuso unas sábanas nuevas y se dirigió al baño a cambiarse. Por la ventana del baño se filtraba una luz plateada. Inocencia Concepción observó la luna llena, que era como un sol oscuro abriéndose paso en las tinieblas de la noche. De vuelta a la cama observó que bajo la puerta principal entraba una franja de luz. Se extrañó de que a esas horas hubiera luz en el vestíbulo. Inocencia Concepción vivía en un sétimo y no tenía vecinos, y si la luz estaba encendida era porque alguien había subido hasta allí. “Pero si no soy yo, ¿entonces quién?” se preguntó desconcertada. Se agachó a cuatro patas y miró por debajo de la rendija. Si hubiera alguien en el vestíbulo la luz penetraría segmentada, señal de que “algo” aguardaba al otro lado de la puerta. Sin embargo, al mirar bajo la rendija, la luz entraba de una sola pieza. No obstante, quiso asegurarse de que efectivamente no había nadie y se dispuso a observar tras la mirilla. Aplicó el ojo al estrecho agujero. Inmediatamente retrocedió presa del pánico. Un sabor a sangre le llenó la boca, parecía que iba a vomitar el corazón. Aguardó un instante y trató de respirar profundamente. A continuación, sin dar crédito a lo que había visto, aplicó de nuevo el ojo a la mirilla. “¡No puede ser!”, exclamó acongojada. Tras la mirilla podía vislumbrarse una silueta, aunque cualquier rasgo reconocible permanecía velado por el misterio.

            ⸺¿Quién está ahí? ⸺preguntó con voz trémula.

Silencio.

⸺¡Eh, responda o llamo a la policía inmediatamente!

Silencio.

Se dirigió al salón. Encendió la luz y trató de tranquilizarse. Quiso telefonear a sus hijos, pero era demasiado tarde y no quería parecer una histérica. Después consideró seriamente llamar a la policía. “¿Y qué les digo? Voy a parecerles una loca”. También barajó la idea de abrir la puerta y exponerse directamente a lo desconocido, pero el pavor que sentía la paralizaba por completo. “Dios mío, ¡qué puedo hacer!”. La cabeza le pesaba como si fuera de plomo. Sosteniéndola entre sus manos, a las que no abandonaba el temblor, pensó: “¿Es que acaso he perdido la cabeza?”. Permaneció así hasta que la rindió el sueño. A la mañana siguiente se despertó tumbada en el sofá, la luz del amanecer se intuía tras las cortinas. No recordaba cómo había terminado allí. De hecho, no recordaba nada. Ni siquiera sabía quién era. Pero quizás, lo más extraño de todo, era lo bien que se sentía aquella mañana, como si nunca antes hubiera sido tan feliz.

FIN

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s